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Mientras Milton camina, y por medio de una serie de flashbacks, Fenoglio nos revela la singular relación de ese trío amoroso formado por Fulvia, Giorgio y Milton. Fulvia es una hermosa muchacha adolescente, turinesa (de ciudad, por tanto), que su padre ha mandado al campo temporalmente, para protegerla de los bombardeos. Una chicha consciente de su arma letal: la belleza, la juventud, la alegría. Fulvia se deja amar de modo distinto por Milton y por Giorgio. La de este último con ella es una relación cercana, tangible, corporal, de este mundo: no en vano, Giorgio es el chico guapo y rico del pueblo. Con ella baila, mientras Milton pone las canciones en el fonógrafo; con ella juega al tenis, mientras Milton lleva el tanteo en el marcador. Milton, en cambio es feo y pobre, pero inteligente, sensible, domina las palabras. La relación entre Milton y Fulvia se nos aparece cargada de “lejanía”: a ella le fascinan sus cartas, su voz y su manejo del lenguaje (conversan en el sofá, “en lados opuestos del sofá”); pero algo en la presencia física, real, del joven parece mortificarla (quizá su fealdad). Así como Milton siente que “la belleza de Fulvia” siempre lo “había, más que nada, afligido” (al tiempo que lo atraía hacia ella), parece como si la fealdad de Milton afligiera también a Fulvia, de algún modo. O quizá la belleza y la fealdad (exteriores) sean sólo el signo exterior de algo interno e inmaterial, algo más poderoso, aquello que realmente les fascinaba el uno del otro, a la vez que les lastimaba (la “alegría” de Fulvia, de la que el triste y feo Milton se sentía fatalmente vedado, por una parte; por otra, la “tristeza” de Milton, expresada en palabras mil veces más bellas que los ojos azules de Giorgio, pero enemiga de su juventud, de su portentosa belleza de mujer adolescente, de una vida en flor, alegre, fecunda y hechizante, como sólo la de una chica guapa puede serlo en este mundo): “Tus bellísimas palabras sólo sirven para hacerme llorar, Milton. Eres malo. No, no eres malo, pero eres triste. Peor que triste, eres tétrico. Si al menos lloraras tú también. Eres triste y feo. Y no quiero ponerme triste como tú. Yo soy guapa y alegre. Lo era”. La novela sugiere que algo estaba roto en Fulvia también, algo que intentaba colmar con Giorgio o flirteando con los chicos exentos del servicio militar en Alba, sintiendo el poder de su propia vida de mujer, de su juventud (ya se sabe que las mujeres huyen de la tristeza como de la peste, y las mujeres jóvenes aún más: como si ese sentimiento contradijese aquello para lo que han nacido: “Creo que las cosas alegres me rehuyen. Ni siquiera consigo verlas”, confiesa Milton al comienzo de la novela, intentando explicarle a ella su propia tristeza). La despedida de Fulvia en la estación de tren, en la que esta sonríe a Giorgio sin decir palabra mientras que a Milton, difuminando su sonrisa, le exige otra hermosa carta de las suyas, resume perfectamente la naturaleza diversa de las dos relaciones, la singular materia de la que están hechos los lazos que unen a Fulvia con los dos chicos. Por si esto fuera poco, el último vértice del triángulo, el que une a Giorgio y a Milton, resulta también especialísimo (“Giorgio parecía soportar sólo a Milton, sólo se entendía con Milton”): la imagen que mejor representa la índole de esta unión (uno más de las deslumbrantes trazos literarios de Fenoglio) es aquella que rememora Milton en cierto pasaje de la novela, cuando alude a aquel instante en el que uno de los dos se tumba para dormirse, en los establos, con los pies recogidos, y el otro espera a que este se haya colocado a su gusto, para ponerse a su lado y ocupar los huecos que el otro deja en el lecho, en perfecto acoplamiento, como dos mediaslunas. No en vano, Giorgio y Milton son, para Fulvia, algo así como una moneda (fatalmente) partida, algo quebrado que le gustaría hallar en un solo ser, pero que está disgregado en dos (o probablemente en más: “El amigo de la señorita... bueno, uno de sus amigos”; “¿Cuál es tu canción preferida, Fulvia? -No sabría decirte. Hay tres o cuatro...”). Fulvia es todo para Milton; también es todo para Giorgio; pero los dos chicos son sólo la parte de un todo para Fulvia.
El lazo que une a esta y a Milton queda sellado por una hermosa y triste canción, “Over the Rainbow”, que acompaña, como una banda sonora del alma, los andares del partisano entre la lluvia y el fango. De hecho, el único momento en el que Milton se rebela ante el contacto físico de Fulvia y Giorgio en los bailables es cuando, por descuido, empieza a sonar el “Over the Rainbow” (su canción, sólo la de ellos dos, no la de Giorgio), falta imperdonable que Fulvia admite al instante (“Tienes razón, Milton”). Y es que, en esta novela, todo parece estar irremediablemente acotado por alguna fatalidad (inserta en la misma entraña de la vida), hay límites insalvables: espaciales (“prefería ignorarlo todo del Turín de Fulvia; su historia existía únicamente en la casa sobre la colina de Alba”); temporales (“no la veía desde el principio de la guerra y no volveré a verla antes del final”); emocionales (el amor dividido de Fulvia por los dos chicos, la canción reservada a Milton y a su amada); límites que sólo parecen poder quebrarse en un remoto “más allá”, en el particular “over the rainbow” de unos jóvenes protagonistas destinados a morir en cualquier momento de esta guerra (“Usted nos habla de la vejez. Y la vejez no es asunto nuestro, en ningún sentido”).
_________________ Mi Blog ( Bufo Alvarius en el Desierto de Sonora): http://bufoyalvarius.wordpress.com
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