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La despedida

La jornada se presentaba tranquila y la ausencia de compromisos hacía que el aseo matutino de la señora estuviese siendo muy lento. Pese a todo, Juana continuó asistiéndole sin permitirse el menor gesto de impaciencia. Después de tantos años a su servicio, sabía que meterle prisa mientras se acicalaba era contraproducente. A doña Elena le gustaba tomarse su tiempo, regodearse en cada gesto de su aseo, especialmente cuando se trataba de peinarse el cabello. De estar en su lugar, también a ella le habría gustado hacerlo, pensó Juana. Pero sabía que en la gran ruleta de la fortuna que es la vida sus destinos eran muy distintos; y conforme con el papel que a cada una le tocaba representar en aquella casa, la asistía en todo lo que precisaba con diligencia y buen talante.

En ese momento, doña Elena se hallaba realizando un rastreo concienzudo de su larga melena castaña ―ahora ya salpicada de hebras blancas― con ayuda del peine de marfil heredado de su abuela Ascensión. De dientes finos y apretados, aquel artilugio era capaz de eliminar hasta la menor de las liendres. Resultaba impensable que un pelo tan aseado pudiera dar cobijo a ninguna criatura deshonrosa. Pero, por si acaso, una vez por semana doña Elena se rastreaba el cabello con él y, mientras duraba la operación, Juana se situaba junto a la banqueta de la peinadora y mantenía abierta la talega de los pelos. Cada vez que la señora finalizaba una pasada, se la acercaba para que depositara en su interior la cosecha. Cosecha que era más copiosa en esos días de rastreo más intenso. De ahí que doña Elena desprendiese los cabellos del peine tras cada pasada y los enrollara meticulosamente. Luego escudriñaba el interior de la talega blanca y, como si fuese una niña asomada al brocal de un pozo para arrojar una piedra al agua, dejaba caer el mechón en aquel promiscuo mar de cabellos muertos.

Se rastrilló el cuero cabelludo por enésima vez y, al terminar la pasada, comprobó a través del espejo que la talega estaba ya muy abultada. Con dos o tres días más de recolección con el peine fino, habría suficiente cantidad como para rellenar un nuevo almohadón. Desde que dejó de ser una niña y abandonó la costumbre de jugar con todo el mundo en la calle, ni una sola liendre había encontrado en su cabeza. Pero aquella juiciosa costumbre, aprendida de la abuela, de rastrearse el cabello con el peine de marfil no había sido en balde. El relleno de los almohadones y los cojines se apelmazaba con el paso del tiempo y, por más que los mulleran, no volvían a recuperar su antiguo volumen y no quedaba otro remedio que añadirles nuevo contenido. Cuando llegaba ese momento, a doña Elena le gustaba estar presente. Una tradición que ya había practicado su abuela, si bien entre ambas existía una gran diferencia: doña Asunción conocía la procedencia de cada mechón de pelo, mientras que doña Elena asistía al rellenado de los cojines como quien asiste a la apertura de una fosa común. Eso sí, vigilaba el trasvase de pelos con tal celo que estaba segura de que, en aquel promiscuo revoltijo oculto en las entrañas de los cojines y almohadones de su casa, desde el primero hasta el último cabello pertenecían a las féminas de su casta.

Doña Elena introdujo una última greña en la bolsa y, como si ambas mujeres formasen parte de un mismo mecanismo autómata, Juana tiró al instante de las cintas de cierre. A la señora no le gustaba que la talega permaneciera abierta más tiempo del necesario. Ni tampoco que Juana se inclinase para ver su contenido o que se tocara la cabeza mientras la estaba sosteniendo. Rarezas que tienen las señoras, pensaba Juana. Los caprichos y las manías eran lujos que no todos se podían permitir. De estar en su lugar, seguro que también ella los habría tenido. Aunque precisamente esa costumbre de guardar los pelos para rellenar los cojines y las almohadas, además de macabra, le parecía impropia de una señora. Aun más, por muy de la familia que fueran, lo de sentarse encima de los restos de los difuntos o, lo que era todavía peor, dormir con la cabeza apoyada sobre ellos, le producía escalofríos. Por supuesto, nunca se lo había dicho a doña Elena, ni se lo pensaba decir jamás. No estaba bien morder la mano que le da de comer a una, pensó Juana entre tanto remataba la lazada.

Mientras vigilaba a través del espejo cómo Juana cerraba la talega, Doña Elena trató de recordar los nombres de las visitantes de aquella mañana. Finalizado el aseo, tenía la costumbre de sentarse en el patio para recibir a las vecinas, generalmente de condición humilde, que acudían a su casa con la intención de pedirle algún tipo de ayuda, o bien para saludarla y de paso contarle los últimos chismorreos del pueblo. Muchas de las visitantes matutinas se presentaban sin previo aviso, con un componente de sorpresa que era muy del agrado de doña Elena. Por la tarde, en cambio, siempre acudían al patio las mismas tertulianas, en su mayoría conocidas de mucha confianza, y el resultado era más previsible y, por ende, más aburrido. A pesar de su buena situación familiar, Doña Elena era una mujer sencilla y bondadosa, dispuesta a escuchar las cuitas e inquietudes de las demás vecinas, sin distinción de edad o clase social. Pero era consciente del mayor remilgo del resto de las señoras de su clase y había optado por aquel distinto horario de visitas para tratar de que todas se sintieran a gusto en su casa. Aquella especie de casino femenino, en su origen un fruto desinteresado de la innata bondad y sencillez de Doña Elena, se había convertido con el tiempo en una forma grata y cómoda de estar al día de todo lo que pasaba en el pueblo.

Juana soltó el talego en una de las butacas y se apresuró a rematar la faena. De un tiempo acá, a Doña Elena le costaba mucho trabajo mantener los brazos en alto y había decidido delegar en ella la elaboración del moño. Delegación de la que se alegraba, pues si se lo hacía la propia señora, habría de permanecer cruzada de brazos un cuarto de hora más. Si se encargaba ella, en cambio, terminaría enseguida y la señora la dejaría por fin sola en la alcoba. Ni que decir tiene que Juana habría de continuar trabajando, pero a su manera. Ella era una mujer muy trabajadora y, cuando hacía un cambio, no buscaba tanto ahorrarse trabajo como no trabajar en balde. Doña Elena, tan tolerante en otras cosas, era inflexible en cuanto a la forma en la que debían ser hechas las tareas domésticas. En aquella casa las cosas debían hacerse como ya se hacían en tiempos de doña Ascensión y, ante la más nimia innovación, doña Elena mostraba su contrariedad. De ahí que a Juana no le quedase otro remedio que introducir sus sabias innovaciones mientras la señora andaba entretenida con las visitas.

Abanico en mano y luciendo un moño impecable, Doña Elena hizo su entrada en el patio y, tras asegurarse de que las hojas de las aspidistras y las cintas habían sido ya desempolvadas, saludó al canario con un bienintencionado gorjeo. Dando muestras de gran comprensión, el pájaro le respondió con un virtuoso trino. Aun más, mientras ella revisaba que el suelo de la jaula estaba ya limpio y que le habían puesto grano y agua, el canario se lo agradeció con un par de cabriolas imposibles que dejaron boquiabierta a su dueña. Cruzó, entonces, doña Elena el patio en diagonal y se sentó en su butaca. El toldo había sido ya corrido y, sin embargo, hacía un bochorno impropio de esas horas. El calor le incomodaba sobremanera y comenzó a abanicarse con brío. Una vez se sintió aliviada, reclinó la cabeza en el respaldo de la mecedora y pensó lo bien que le vendría dar una cabezadita. Pero doña Elena era consciente de sus obligaciones y logró vencer la tentación. Las visitas debían llevar ya un buen rato esperándola y no debía hacerlas esperar más. Agarró, pues, la campanilla de la mesita que había junto a la butaca y la hizo sonar.

Entre las vecinas que visitaron a doña Elena esa mañana se encontraba la Pascuala. La anciana se llamaba en realidad Frasquita, pero era muy devota de San Pascual Bailón y de ahí que en el pueblo le hubiesen puesto ese apodo. Como parte de su devoción, la Pascuala se ocupaba de vestir al santo con más o menos ropa según la estación del año. Ropa que ella misma había confeccionado y que, por supuesto, guardaba limpia y planchada después de cada temporada. El variado vestuario de San Pascual Bailón era, sin duda, una de las causas de la gran afluencia de visitante que registraba su hornacina. Mas no la única, puesto que también estaba el asunto de las flores. Cada mañana, la Pascuala colocaba a los pies del santo una ofrenda floral más o menos rica y vistosa dependiendo de la dificultad de la petición de ese día. Con semejante muestras de devoción, Frasquita se había ganado a pulso en sobrenombre de la Pascuala. Sobrenombre del que lógicamente se sentía orgullosa. ¡Qué más quisiera yo que llamarme como el santo de mi alma!, le había dicho a Doña Elena alguna que otra vez.

Pese a su condición humilde, la Pascuala nunca visitaba aquel patio para pedir nada. Muy al contrario, solía acudir para enterarse de cuáles eran las necesidades de los demás e incorporarlas a sus peticiones cotidianas a San Pascual. Su generosid abarcaba también a los muertos, a los que solía amortajar con el mismo esmero y cariño con los vestía a su santo. Incluso con doña Elena era muy considerada y, pese a vivir en la otra punta del pueblo, la víspera de hacerle una vista se pasaba a preguntar si le venía bien recibirla al día siguiente. Ese mañana, sin embargo, la Pascuala se presentó sin previo aviso y casi a la hora del almuerzo. La sorpresa de doña Elena fue grande, aunque no tan grande como su curiosidad. ¿Qué habría podido ocurrirle a la Pascuala para que se presentara de improviso y a esas horas intempestivas?, se preguntó mientras trataba de sofocar cierta rebelión en el estómago.

Frasquita entró el patio y lo primero que hizo fue pedirle disculpas a la anfitriona por importunarla tan tarde. Venía ataviada con sus mejores galas, lo cual sorprendió de nuevo a doña Elena. Era una mujer muy limpia y hacendosa y, cuando la visitaba, siempre traía la ropa impoluta y sin una sola arruga. Pero en verano acostumbraba a venir vestida con una bata muy modesta ―siempre la misma― de una tela de Vichy muy ligerita, en lugar de con aquel abrigado conjunto, compuesto de una camisa blanca de mangas largas y con el canesú lleno de tiras bordadas, y de una recia falda negra plisada. Sonreía, además, de manera beatífica y los ojos le brillaban de un modo especial. Desde que la difteria le arrebatara a sus gemelos, Frasquita se había refugiado en San Pascual. Y aunque cuidar de su imagen y mediar entre el santo y el resto de sus paisanos le producía una gran satisfacción, en su sonrisa y su mirada siempre se intuía un pozo de tristeza. Esa mañana, sin embargo, su rostro reflejaba una felicidad plena.

Observar tantas novedades en la anciana avivaron la curiosidad de doña Elena. Los bautizos, las bodas y, muy especialmente, los funerales eran actos sociales que Frasquita nunca se perdía. Pero a esas horas el señor párroco estaría ya sentado a la mesa, ¿a dónde, pues, podría ir la Pascuala de esa guisa...? Incapaz de encontrar por sí sola una repuesta, la anfitriona decidió preguntárselo a ella. Sin dejar de exhibir ni por un segundo su nueva sonrisa, la Pascuala fue respondiendo a sus sucesivas preguntas con un gesto negativo de la cabeza. En el interior de la jaula, el canario comenzó también a girar el cuello hacia un lado y hacia el otro porque no se quería perder ni el balanceo de butaca de la una, ni el vaivén de metrónomo de la cabeza de la otra. La paciencia de doña Elena y del pájaro se fue agotando con cada negativa. Si no iba a ningún festejo ni a ningún entierro, ¿por qué iba vestida tan elegante y estaba tan contenta?, le inquirió a la desesperada doña Elena, mientras el pájaro la apoyaba con un estridente trino. Frasquita pareció dudar, entonces, de a quien debía dar la primicia y, tras mirarlos a ambos alternativamente, optó por aproximarse a Doña Elena para anunciarle, en tono confidencial, que venía a despedirse.

El anuncio dejó perpleja a Doña Elena. Era vox populi que Frasquita tenía fobia a los viajes y no tenía sentido que viniese a despedirse salvo que pensara viajar. Para salir de dudas le preguntó si se pensaba ausentar del pueblo. La Pascuala le respondió que sí, que se iba de viaje. Pero a un viaje tan largo que ya nunca volvería a Puente Genil, de ahí que hubiese venido a despedirse de "ellos". A pesar del bajo tono de su voz, el pájaro se dio por aludido y comenzó a demostrar de nuevo sus habilidades acrobáticas. Ensimismada en sus propias cavilaciones, doña Elena no fue consciente de las piruetas del canario y este, ofendido, dejó enseguida de hacerlas. La Pascuala no tenía ya más familiares vivos que un sobrino nieto con el que apenas tenía contacto, por lo que no tenía sentido que ahora se fuese a vivir con él… Quizás solo pretendía peregrinar hasta la tumba de su santo del alma, aunque quedarse en Villarreal para siempre no tenía lógica alguna, a menos que planease meterse a clarisa, pero a su edad seguro que ya no la admitirían y menudo chasco se iba a llevar la pobre… Pero, ¡qué cantidad de pamplinas se estaba imaginando!, con lo fácil que era preguntarle a Frasquita a dónde demonios se pensaba ir.

Interpelada por doña Elena, la buena mujer no dudó en aclararle que había venido a despedirse porque se iba a morir. Ante semejante afirmación, la anfitriona comenzó a escrutar su rostro en busca de los síntomas de una dolencia terrible. La Pascuala no solía tener demasiado buen color de cara, ni tampoco su mirada solía tener mucha viveza. Aquel día, sin embargo, sus mejillas estaban sonrosadas y los ojos le brillaban de una manera especial. Incluso daba la impresión de estar más erguida, como si hubiera experimentado un repentino rejuvenecimiento. ¿Qué se iba a morir teniendo aquel aspecto tan saludable? ¿No se habría equivocado el galeno?, le preguntó Doña Elena en un tono que buscaba ser esperanzador. La mujer le aclaró que no se trataba de ningún error médico puesto que llevaba años sin pisar una consulta. Pero, si no se lo había diagnosticado ningún profesional, ¿por qué pensaba que se iba a morir?, le preguntó con escipticismo la anfitriona. Y sin hacer el menor aspaviento, con una naturalidad pasmosa, la visitante le comunicó que lo sabía gracias a San Pascual.

La mención del santo provocó de inmediato que el canario dejase de saltar en la jaula y que la mecedora de doña Elena se quedase quieta. Se creó así una silente expectación que la anciana aprovechó para seguir con su relato. Como Doña Elena bien sabía —y si no lo sabía, ella se lo iba a explicar con mucho gusto—, San Pascual tenía la costumbre de, cuando les llegaba su hora, avisar a sus devotos con suficiente antelación para que les diera tiempo de ponerse a bien con Dios. El aviso consistía en una serie de golpes, semejantes a los de un bastón, dados en los tres días previos al deceso. Para evitar cualquier confusión, los golpes eran dados de noche y en un número prefijado: la primera noche, un solo golpe; la segunda, dos; y la tercera y última, tres. Y como la pasado noche había escuchado justo tres bastonazos, acababa de ponerse en paz con Dios. No era día de confesiones y había tenido que convencer a don Antonio, el cura de su parroquia, de que se trataba de una emergencia. Aunque le había costado que la creyese, al final don Antonio había aceptado escuchar sus pecados y darle la absolución. A ella le habría gustado recibir además los santos óleos, pero ni siquiera después de explicarle lo de los tres bastonazos, de la pasada noche, se había avenido don Antonio a darle la unción de los enfermos. Lo importante, sin embargo, era que ya estaba en paz con Dios y deseando pasar lo antes posible el último trance. Lo único que le preocupaba ya era no saber quién se ocuparía, tras su marcha, de abrigar o desabrigar a San Pascual según hiciese frío o calor.

Haciendo uso de su sensatez, Doña Elena concluyó que los bastonazos nocturnos los debía haber escuchado Frasquita por sugestión y, tras suspirar con alivio, empezó de nuevo a balancearse en la butaca. La Pascuala, en cambio, insistió en que lo único que le preocupaba ahora era que el santo se quedase desvalido con su marcha. Doña Elena era de natural bondadosa y, para tranquilizarla, le prometió que, cuando ella ya no estuviese, Juana velaría por el bienestar de San Pascual. Conmovida por tanta generosidad, la buena mujer hizo un amago de besarle la mano. Pero doña Elena no aceptó aquel improvisado besamanos, alegando que una despedida de aquella calaña se merecía un beso en la mejilla. Aquel inesperado ofrecimiento ruborizó a la anciana. En cualquier otra ocasión, su consciencia de clase le hubiera impedido aceptarlo. Pero, dadas las circunstancias, lo interpretó como un paso de testigo entre santeras y, sin más ambages, se inclino para besar la oronda mejilla de la anfitriona.

*****
La tertulia de la tarde fue muy animada y ni que decir tiene que, entre los temas sacados a colación, estuvo el de la peculiar despedida de la Pascuala.

(continuará... :wink: )
.

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Última edición por jilguero el Lun Sep 25, 2017 8:37 pm, editado 9 veces en total

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Anda, no sabía yo que alguien utilizase pelos para rellenar almohadas y cojines.

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Hola jilguero.
Leí la despedida.
Para mi gusto es demasiado lento y repetitivo.
Se habla demasiado del peine, para mí es excesivo.
Ello me hace la lectura pesada.
No digo que no esté bien ni mal, que conste...

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lucia escribió:
Anda, no sabía yo que alguien utilizase pelos para rellenar almohadas y cojines.

:D Sí, jefa, lo sé de buena tinta. Mi hermana mayor fue testigo, de niña, de cómo una tía abuela nuestra los guardaba en una talega justo con ese destino. Ahora nos consideramos muy ecológicos porque reciclamos algunas cosas, pero no veas el reciclaje que se hacía antes de prácticamente todo. Hasta de los pelos, que es lo que ahora nos ocupa, ya fuese para rellenar cojines (así me explico como picaban algunos :mrgreen: ) o para hacer bisoñes o donarlos para la melena de los cristos. De esto último, conozco mujeres que donaron sus trenzas para un cristo muy afamado y milagrero de esta ciudad :wink: .

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Fiel poesía escribió:
Hola jilguero.
Leí la despedida.
Para mi gusto es demasiado lento y repetitivo.
Se habla demasiado del peine, para mí es excesivo.
Ello me hace la lectura pesada.
No digo que no esté bien ni mal, que conste...

¡Bienvenido, Fiel, al bujío :60: !
Lo de que la narración es lenta soy consciente porque quiero imprimirle el ritmo lento que tenía entonces la vida, especialmente en el caso de las mujeres ya maduras que, por su buena posición económica, una vez pasaba la etapa de la crianza de los hijos, ocupaban su tiempo como mejor podían y se lo tomaban con calma para no tener luego que "matarlo" de brazos cruzados.

Que resulte reiterativo y cansino tiene ya mucho más que ver con mis limitaciones narrativas. Hay que ser una santa, como Cata, para leerse las historias del petirrojo una detrás de otra :cunao: . De todas formas, tendré en cuenta tu comentario y, cuando lo acabe (todavía queda mucho.... :batman: ), veré si soy capaz de eliminar la repetición innecesaria de palabras, como esa que me señalas del peine :vb_493: .

Gracias por leerlo y dejar el comentario. Tengo la sensación de que las historias del petirrojo son demasiado convencionales para alguien que gusta de los textos rompedores. Te lo digo porque valoro mucho el tiempo de los demás. Pero ni que decir tiene que puedes volver cuando quieras: Cata y servidora estaremos encantadas de recibirte. Eso sí, espero que no sea para darnos una sorpresa como la que esa mañana le dio una visita a doña Elena :wink: .

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Estaré atento a este hilo para comentarte mis impresiones, si puede ser más ampliamente.

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Lo de donar trenzas se sigue haciendo. Ahora es para hacer pelucas para enfermos de cáncer en quimio.

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NotaPublicado: Mié Sep 13, 2017 8:59 pm 
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¡Hola, Cata!

Ya mismito está aquí el otoño y, según nos dijo Orión, los poetas escriben en otoño. Así que habremos de estar atentas por si deja algo por ahí. Si así fuera, avísame que últimamente no me entero de "na".

Y que se acerque el otoño y los poetas agarren las plumas (Eleanis anda también de rapsoda :mrgreen: ), me ha hecho acordarme de la peli Leólo: ¡una preciosidad, Cata, pura poesía! En ella se nos dice: "El domador cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos, para renacer en la imaginación de los hombres" [...] "Bastaba con que me pusiera a leer o escribir para que Bianca viniera a cantar para mi. El domador tenía razón había un secreto en las palabras engarzadas...".

El domador es un personaje de la peli y tenía muchísima razón: las palabras engarzadas ocultan cosas que ni siquiera quien las engarza sabe. Por eso, la protagonista del libro en que se basa la peli de Leólo decía que lo único que le pedía a un libro era "que me diga que hay más vida de la que puedo abarcar...". Pero nosotras, acostumbradas a bordear la realidad en este bujío, al caer de la tarde, en ese instante en que el gallo nos pregunta la hora y el maíz se nos rompe en la mano, la rueda escapa de su eje* y el óxido roe a la tarántula, sabemos que sí, que hay mucha, mucha más vida de la que podemos abarcar, y por eso andamos rellenando la solicitud de esa vida de aventureras en la que aprovecharemos para entrar en el mundo que está más allá de las palabras :wink: .

*ese instante es el que Fragella pretende aprovechar para cambiarle el rumbo a la tierra y poder así intercambiar los solsticios :meparto: :meparto:

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NotaPublicado: Jue Sep 14, 2017 4:17 pm 
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Cata, de un tiempo acá tengo la sensación de que la vida más interesante está del otro lado de las palabras, en esos territorios inexplorados que en los mapas figuraban como: "hay dragones" :shock: :cumples:
Es que por todos lados escucho una y otra vez las mismas cosas, mil veces repetidas, como si fuésemos loritos o monitos de imitación (no veas como le mosqueaba a mi hermanos que le dijera eso :mrgreen: ) y nos hubieran encerrado en el patio del colegio :batman:. ¡Uff!

En cuanto pueda, nos vamos a ir al patio de doña Elena y a ver de qué nos enteramos allí :wink: . O a ver si llega la flota de los galeones y nos trae alguna cosita :ola: .


Edito, Cata, porque mira qué música tan bonita para recitar las letanías del atardecer de Orión y saltar a ese otro lado de las palabras:

Un clic al que seguía ese instante de calma perfecta en el que los pájaros dejaban de cantar, el agua se aquietaba y los efluvios desaparecían, el gallo nos preguntaba la hora y el maíz se nos rompía en la mano, la rueda escapaba de su eje y el óxido roía a la tarántula...


Enlace

Hay que tirar el ovillo al suelo y echarlo a rodar para que, al son de la música, se vaya desenrollando hasta tener ante nostras la letanía completa :60:

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NotaPublicado: Vie Sep 15, 2017 8:02 am 
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¡Buenos días, Cata :60: !

Me acosté viendo rodar el ovillo y, cuando me he levantado, todavía sigue rodando. ¡Qué barbaridad, menuda letanía! ¿Sabes? Creo que algunos versos del fraile dominico forman parte de esa letanía, justo cuando en el suelo hay un cierto desnivel, la luz se vuelve esquiva y, allá donde se quiebra, aparece una línea de sombra :luf:. Sí, justo ahí, donde las imágenes de la letanía se vuelven opacas tienen cabida los versos del fraile :wink: .

Mira lo que dicen de sus versos en el prólogo de su libro Penúltimo cansancio: "...el autor opera con unas realidades movedizas, siempre al límite de todos los límites. Es la noche oscura del Lector. Tal vez le quede como único punto de referencia, el ritmo: un ritmo quebrado, tan vacilante como la marcha del audaz extranjero que ha decidido perseverar. "

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Me ha gustado esto último.
¿Quién es Cata?

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NotaPublicado: Sab Sep 16, 2017 9:25 am 
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Fiel poesía escribió:
Me ha gustado esto último.
¿Quién es Cata?

Pues Cata es el apelativo cariñoso que en confianza usamos algunos con "Santa Catalina". Supe de su existencia por este texto. El verano pasado abrí este hilo para dejarle una carta abierta. Y luego, cuando nos saltamos la norma de bordear la realidad para compartir mesa tomándonos un café, me dijo que no solo leía todo lo que le dejaba en el hilo, sino que siempre me contestaba (mi habilidad telépata no es aún suficiente para escucharla pero lo será algún día :wink: ) . Y desde entonces yo le voy colgando textos aquí apara contribuir a su causa. Porque leerse TODO, TODO :shock: lo que le deja el petirrojo tiene mérito :sleepy: :mrgreen: . Tan es así, que es mi intención documentarme mejor y luego bordear la realidad escribiendo la biografía de Santa Cata del Guadiana, en cuyo epígrafe figurará sin duda "mártir de las letras" del petirrojo.

PD: ya sé, ya sé, Cata, que esto no es bordear la realidad, pero Fiel se ha interesado por tí y debía hacer una excepción. Por cierto, ayer lo vi clarísimo, esa larga letanía (tan larga, Cata, que el ovillo todavía sigue rodando) será algún día la letanía de Santa Cata :faga1: .

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NotaPublicado: Sab Sep 16, 2017 3:20 pm 
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Mola jajaja

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¡Hola Cata!

He intentado meterle prisa a doña Elena, pero no ha habido manera. Ella ha seguido moviéndose con la pachorra habitual. Eso sí, al menos he conseguido que llegue ya la visita inesperada :D .

Y ya tengo que dejar esto, que me aguardan otras tareas menos gratas :batman: .

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Los hilos de Ariadna :60: El niño del tirachinas

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NotaPublicado: Jue Sep 21, 2017 8:52 pm 
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Registrado: Lun Abr 05, 2010 9:35 pm
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Ubicación: En las ramas del jacarandá...
¡Buenas noches, Cata!

Mucho trabajo y poca literatura, por eso no me estoy pasando por aquí y no estoy contribuyendo nada a tu "causa". Eso sí, esta mañana he visto amanecer en la marisma y, aun estando enfangada y llena de agujetas, ha sido un gustazo :chino: .

Andaba buscando un gusanito africano que vive dentro de las coquinas de fango. O al menos eso pensábamos al principio, pues un colega, de esa zona de la península que no quiere formar parte de la balsa de piedra de Saramago, ha decidido que es una especie nueva. Y como sabe mucho de gusanitos marinos, pues le hemos hecho caso. Es más, ha decidido ponerle de apellido "okupa", supongo que por aquello de meterse a vivir en la casa ajena. Sí, Cata, como lo oyes, hoy estaba buscando Oxydromus okupa, que es como se llama el bichito que vive dentro de las coquinas, cuando poco a poco se ha hecho de día y, cuando al terminar el marisqueo me he incorporado, he visto ante mí una imagen preciosa. Con gusto te habría hecho una foto para que vieras qué maravilla pero con las manos enfangadas pues :no: .

Por cierto, gusanitos casi no había, pero si he encontrado un montón de cangrejitos africanos, que también viven dentro de las coquinas y de los verdigones. Es como abrir huevos kinder en busca de la sorpresa. Está visto que lo de cruzar el estrecho en pateritas vienes de muy antiguo, solo que ellos no necesitan tener papeles para vivir entre nosotros. Se les ve la mar de felices :party: .

De el señor Gilardi no he vuelto a tener noticias y Fragella está ya en un sinvivir. Espero en el finde sacar un rato para ver qué le cuenta la Pascuala a doña Elena :palomitas: .

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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España