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La despedida

La jornada se presentaba tranquila y la ausencia de compromisos hacía que el aseo matutino de la señora estuviese siendo muy lento. Pese a todo, Juana continuó asistiéndole sin permitirse el menor gesto de impaciencia. Después de tantos años a su servicio, sabía que meterle prisa mientras se acicalaba era contraproducente. A doña Elena le gustaba tomarse su tiempo, regodearse en cada gesto de su aseo, especialmente cuando se trataba de peinarse el cabello. De estar en su lugar, también a ella le habría gustado hacerlo, pensó Juana. Pero sabía que en la gran ruleta de la fortuna que es la vida sus destinos eran muy distintos; y conforme con el papel que a cada una le tocaba representar en aquella casa, la asistía en todo lo que precisaba con diligencia y buen talante.

En ese momento, doña Elena se hallaba realizando un rastreo concienzudo de su larga melena castaña ―ahora ya salpicada de hebras blancas― con ayuda del peine de marfil heredado de su abuela Ascensión. De dientes finos y apretados, aquel artilugio era capaz de eliminar hasta la menor de las liendres. Resultaba impensable que un pelo tan aseado pudiera dar cobijo a ninguna criatura deshonrosa. Pero, por si acaso, una vez por semana doña Elena se rastreaba el cabello con él y, mientras duraba la operación, Juana se situaba junto a la banqueta de la peinadora y mantenía abierta la talega de los pelos. Cada vez que la señora finalizaba una pasada, se la acercaba para que depositara en su interior la cosecha. Cosecha que era más copiosa en esos días de rastreo más intenso. De ahí que doña Elena desprendiese los cabellos del peine tras cada pasada y los enrollara meticulosamente. Luego escudriñaba el interior de la talega blanca y, como si fuese una niña asomada al brocal de un pozo para arrojar una piedra al agua, dejaba caer el mechón en aquel promiscuo mar de cabellos muertos.

Se rastrilló el cuero cabelludo por enésima vez y, al terminar la pasada, comprobó a través del espejo que la talega estaba ya muy abultada. Con dos o tres días más de recolección con el peine fino, habría suficiente cantidad como para rellenar un nuevo almohadón. Desde que dejó de ser una niña y abandonó la costumbre de jugar con todo el mundo en la calle, ni una sola liendre había encontrado en su cabeza. Pero aquella juiciosa costumbre, aprendida de la abuela, de rastrearse el cabello con el peine de marfil no había sido en balde. El relleno de los almohadones y los cojines se apelmazaba con el paso del tiempo y, por más que los mulleran, no volvían a recuperar su antiguo volumen y no quedaba otro remedio que añadirles nuevo contenido. Cuando llegaba ese momento, a doña Elena le gustaba estar presente. Una tradición que ya había practicado su abuela, si bien entre ambas existía una gran diferencia: doña Asunción conocía la procedencia de cada mechón de pelo, mientras que doña Elena asistía al rellenado de los cojines como quien asiste a la apertura de una fosa común. Eso sí, vigilaba el trasvase de pelos con tal celo que estaba segura de que, en aquel promiscuo revoltijo oculto en las entrañas de los cojines y almohadones de su casa, desde el primero hasta el último cabello pertenecían a las féminas de su casta.

Doña Elena introdujo una última greña en la bolsa y, como si ambas mujeres formasen parte de un mismo mecanismo autómata, Juana tiró al instante de las cintas de cierre. A la señora no le gustaba que la talega permaneciera abierta más tiempo del necesario. Ni tampoco que Juana se inclinase para ver su contenido o que se tocara la cabeza mientras la estaba sosteniendo. Rarezas que tienen las señoras, pensaba Juana. Los caprichos y las manías eran lujos que no todos se podían permitir. De estar en su lugar, seguro que también ella los habría tenido. Aunque precisamente esa costumbre de guardar los pelos para rellenar los cojines y las almohadas, además de macabra, le parecía impropia de una señora. Aun más, por muy de la familia que fueran, lo de sentarse encima de los restos de los difuntos o, lo que era todavía peor, dormir con la cabeza apoyada sobre ellos, le producía escalofríos. Por supuesto, nunca se lo había dicho a doña Elena, ni se lo pensaba decir jamás. No estaba bien morder la mano que le da de comer a una, pensó Juana entre tanto remataba la lazada.

Mientras vigilaba a través del espejo cómo Juana cerraba la talega, Doña Elena trató de recordar los nombres de las visitantes de aquella mañana. Finalizado el aseo, tenía la costumbre de sentarse en el patio para recibir a las vecinas, generalmente de condición humilde, que acudían a su casa con la intención de pedirle algún tipo de ayuda, o bien para saludarla y de paso contarle los últimos chismorreos del pueblo. Muchas de las visitantes matutinas se presentaban sin previo aviso, con un componente de sorpresa que era muy del agrado de doña Elena. Por la tarde, en cambio, siempre acudían al patio las mismas tertulianas, en su mayoría conocidas de mucha confianza, y el resultado era más previsible y, por ende, más aburrido. A pesar de su buena situación familiar, Doña Elena era una mujer sencilla y bondadosa, dispuesta a escuchar las cuitas e inquietudes de las demás vecinas, sin distinción de edad o clase social. Pero era consciente del mayor remilgo del resto de las señoras de su clase y había optado por aquel distinto horario de visitas para tratar de que todas se sintieran a gusto en su casa. Aquella especie de casino femenino, en su origen un fruto desinteresado de la innata bondad y sencillez de Doña Elena, se había convertido con el tiempo en una forma grata y cómoda de estar al día de todo lo que pasaba en el pueblo.

Juana soltó el talego en una de las butacas y se apresuró a rematar la faena. De un tiempo acá, a Doña Elena le costaba mucho trabajo mantener los brazos en alto y había decidido delegar en ella la elaboración del moño. Delegación de la que se alegraba, pues si se lo hacía la propia señora, habría de permanecer cruzada de brazos un cuarto de hora más. Si se encargaba ella, en cambio, terminaría enseguida y la señora la dejaría por fin sola en la alcoba. Ni que decir tiene que Juana habría de continuar trabajando, pero a su manera. Ella era una mujer muy trabajadora y, cuando hacía un cambio, no buscaba tanto ahorrarse trabajo como no trabajar en balde. Doña Elena, tan tolerante en otras cosas, era inflexible en cuanto a la forma en la que debían ser hechas las tareas domésticas. En aquella casa las cosas debían hacerse como ya se hacían en tiempos de doña Ascensión y, ante la más nimia innovación, doña Elena mostraba su contrariedad. De ahí que a Juana no le quedase otro remedio que introducir sus sabias innovaciones mientras la señora andaba entretenida con las visitas.

Abanico en mano y luciendo un moño impecable, Doña Elena hizo su entrada en el patio y, tras asegurarse de que las hojas de las aspidistras y las cintas habían sido ya desempolvadas, saludó al canario con un bienintencionado gorjeo. Dando muestras de gran comprensión, el pájaro le respondió con un virtuoso trino. Aun más, mientras ella revisaba que el suelo de la jaula estaba ya limpio y que le habían puesto grano y agua, el canario se lo agradeció con un par de cabriolas imposibles que dejaron boquiabierta a su dueña. Cruzó, entonces, doña Elena el patio en diagonal y se sentó en su butaca. El toldo había sido ya corrido y, sin embargo, hacía un bochorno impropio de esas horas. El calor le incomodaba sobremanera y comenzó a abanicarse con brío. Una vez se sintió aliviada, reclinó la cabeza en el respaldo de la mecedora y pensó lo bien que le vendría dar una cabezadita. Pero doña Elena era consciente de sus obligaciones y logró vencer la tentación. Las visitas debían llevar ya un buen rato esperándola y no debía hacerlas esperar más. Agarró, pues, la campanilla de la mesita que había junto a la butaca y la hizo sonar.

Entre las vecinas que visitaron a doña Elena esa mañana se encontraba la Pascuala. La anciana se llamaba en realidad Frasquita, pero era muy devota de San Pascual Bailón y de ahí que en el pueblo le hubiesen puesto ese apodo. Como parte de su devoción, la Pascuala se ocupaba de vestir al santo con más o menos ropa según la estación del año. Ropa que ella misma había confeccionado y que, por supuesto, guardaba limpia y planchada después de cada temporada. El variado vestuario de San Pascual Bailón era, sin duda, una de las causas de la gran afluencia de visitante que registraba su hornacina. Mas no la única, puesto que también estaba el asunto de las flores. Cada mañana, la Pascuala colocaba a los pies del santo una ofrenda floral más o menos rica y vistosa dependiendo de la dificultad de la petición de ese día. Con semejante muestras de devoción, Frasquita se había ganado a pulso en sobrenombre de la Pascuala. Sobrenombre del que lógicamente se sentía orgullosa. ¡Qué más quisiera yo que llamarme como el santo de mi alma!, le había dicho a Doña Elena alguna que otra vez.

Pese a su condición humilde, la Pascuala nunca visitaba aquel patio para pedir nada. Muy al contrario, solía acudir para enterarse de cuáles eran las necesidades de los demás e incorporarlas a sus peticiones cotidianas a San Pascual. Su generosid abarcaba también a los muertos, a los que solía amortajar con el mismo esmero y cariño con los vestía a su santo. Incluso con doña Elena era muy considerada y, pese a vivir en la otra punta del pueblo, la víspera de hacerle una vista se pasaba a preguntar si le venía bien recibirla al día siguiente. Ese mañana, sin embargo, la Pascuala se presentó sin previo aviso y casi a la hora del almuerzo. La sorpresa de doña Elena fue grande, aunque no tan grande como su curiosidad. ¿Qué habría podido ocurrirle a la Pascuala para que se presentara de improviso y a esas horas intempestivas?, se preguntó mientras trataba de sofocar cierta rebelión en el estómago.

Frasquita entró el patio y lo primero que hizo fue pedirle disculpas a la anfitriona por importunarla tan tarde. Venía ataviada con sus mejores galas, lo cual sorprendió de nuevo a doña Elena. Era una mujer muy limpia y hacendosa y, cuando la visitaba, siempre traía la ropa impoluta y sin una sola arruga. Pero en verano acostumbraba a venir vestida con una bata muy modesta ―siempre la misma― de una tela de Vichy muy ligerita, en lugar de con aquel abrigado conjunto, compuesto de una camisa blanca de mangas largas y con el canesú lleno de tiras bordadas, y de una recia falda negra plisada. Sonreía, además, de manera beatífica y los ojos le brillaban de un modo especial. Desde que la difteria le arrebatara a sus gemelos, Frasquita se había refugiado en San Pascual. Y aunque cuidar de su imagen y mediar entre el santo y el resto de sus paisanos le producía una gran satisfacción, en su sonrisa y su mirada siempre se intuía un pozo de tristeza. Esa mañana, sin embargo, su rostro reflejaba una felicidad plena.

Observar tantas novedades en la anciana avivó la curiosidad de doña Elena. Los bautizos, las bodas y, muy especialmente, los funerales eran actos sociales que Frasquita nunca se perdía. Pero a esas horas el señor párroco estaría ya sentado a la mesa, ¿a dónde, pues, podría ir la Pascuala de esa guisa...? Incapaz de encontrar por sí sola una repuesta, la anfitriona decidió preguntárselo a ella. Sin dejar de exhibir ni por un segundo su nueva sonrisa, la Pascuala fue respondiendo a sus sucesivas preguntas con un gesto negativo de la cabeza. En el interior de la jaula, el canario comenzó también a girar el cuello hacia un lado y hacia el otro porque no se quería perder ni el balanceo de butaca de la una, ni el vaivén de metrónomo de la cabeza de la otra. La paciencia de doña Elena y del pájaro se fue agotando con cada negativa. Si no iba a ningún festejo ni a ningún entierro, ¿por qué iba vestida tan elegante y estaba tan contenta?, le inquirió a la desesperada doña Elena, mientras el pájaro la apoyaba con un estridente trino. Frasquita pareció dudar, entonces, de a quien debía dar la primicia y, tras mirarlos a ambos alternativamente, optó por aproximarse a Doña Elena para anunciarle, en tono confidencial, que venía a despedirse.

El anuncio dejó perpleja a Doña Elena. Era vox populi que Frasquita tenía fobia a los viajes y no tenía sentido que viniese a despedirse salvo que pensara viajar. Para salir de dudas le preguntó si se pensaba ausentar del pueblo. La Pascuala le respondió que sí, que se iba de viaje. Pero a un viaje tan largo que ya nunca volvería a Puente Genil, de ahí que hubiese venido a despedirse de "ellos". A pesar del bajo tono de su voz, el pájaro se dio por aludido y comenzó a demostrar de nuevo sus habilidades acrobáticas. Ensimismada en sus propias cavilaciones, doña Elena no fue consciente de las piruetas del canario y este, ofendido, dejó enseguida de hacerlas. La Pascuala no tenía ya más familiares vivos que un sobrino nieto con el que apenas tenía contacto, por lo que no tenía sentido que ahora se fuese a vivir con él… Quizás solo pretendía peregrinar hasta la tumba de su santo del alma, aunque quedarse en Villarreal para siempre no tenía lógica alguna, a menos que planease meterse a clarisa, pero a su edad seguro que ya no la admitirían y menudo chasco se iba a llevar la pobre… Pero, ¡qué cantidad de pamplinas se estaba imaginando!, con lo fácil que era preguntarle a Frasquita a dónde demonios se pensaba ir.

Interpelada por doña Elena, la buena mujer no dudó en aclararle que había venido a despedirse porque se iba a morir. Ante semejante afirmación, la anfitriona comenzó a escrutar su rostro en busca de los síntomas de una dolencia terrible. La Pascuala no solía tener demasiado buen color de cara, ni tampoco su mirada solía tener mucha viveza. Aquel día, sin embargo, sus mejillas estaban sonrosadas y los ojos le brillaban de una manera especial. Incluso daba la impresión de estar más erguida, como si hubiera experimentado un repentino rejuvenecimiento. ¿Qué se iba a morir teniendo aquel aspecto tan saludable? ¿No se habría equivocado el galeno?, le preguntó Doña Elena en un tono que buscaba ser esperanzador. La mujer le aclaró que no se trataba de ningún error médico puesto que llevaba años sin pisar una consulta. Pero, si no se lo había diagnosticado ningún profesional, ¿por qué pensaba que se iba a morir?, le preguntó con escepticismo la anfitriona. Y sin hacer el menor aspaviento, con una naturalidad pasmosa, la visitante le comunicó que lo sabía gracias a San Pascual.

La mención del santo provocó de inmediato que el canario dejase de saltar en la jaula y que la mecedora de doña Elena se quedase quieta. Se creó así una silente expectación que la anciana aprovechó para seguir con su relato. Como Doña Elena bien sabía —y si no lo sabía, ella se lo iba a explicar con mucho gusto—, San Pascual tenía la costumbre de, cuando les llegaba su hora, avisar a sus devotos con suficiente antelación para que les diera tiempo de ponerse a bien con Dios. El aviso consistía en una serie de golpes, semejantes a los de un bastón, dados en los tres días previos al deceso. Para evitar cualquier confusión, los golpes eran dados de noche y en un número prefijado: la primera noche, un solo golpe; la segunda, dos; y la tercera y última, tres. Y como la pasado noche había escuchado justo tres bastonazos, acababa de ponerse en paz con Dios. No era día de confesiones y había tenido que convencer a don Antonio, el cura de su parroquia, de que se trataba de una emergencia. Aunque le había costado que la creyese, al final don Antonio había aceptado escuchar sus pecados y darle la absolución. A ella le habría gustado recibir además los santos óleos, pero ni siquiera después de explicarle lo de los tres bastonazos, de la pasada noche, se había avenido don Antonio a darle la unción de los enfermos. Lo importante, sin embargo, era que ya estaba en paz con Dios y deseando pasar lo antes posible el último trance. Lo único que le preocupaba ya era no saber quién se ocuparía, tras su marcha, de abrigar o desabrigar a San Pascual según hiciese frío o calor.

Haciendo uso de su sensatez, Doña Elena concluyó que los bastonazos nocturnos los debía haber escuchado Frasquita por sugestión y, tras suspirar con alivio, empezó de nuevo a balancearse en la butaca. La Pascuala, en cambio, insistió en que lo único que le preocupaba ahora era que el santo se quedase desvalido con su marcha. Doña Elena era de natural bondadosa y, para tranquilizarla, le prometió que, cuando ella ya no estuviese, Juana velaría por el bienestar de San Pascual. Conmovida por tanta generosidad, la buena mujer hizo un amago de besarle la mano. Pero doña Elena se puso en pie y le ofreció la cara. Aquel magnánimo gesto ruborizó a la anciana. En cualquier otra ocasión, su consciencia de clase le hubiera impedido aceptarlo. Pero esta vez se trataba de un paso de testigo entre santeras y, sin más ambages, la besó en la mejilla.

*****
La tertulia de la tarde fue muy animada y ni que decir tiene que, entre los temas sacados a colación, estuvo el de la visita matutina de la Pascuala. La gran devoción que tenía la anciana a San Pascual Bailón era vox pópuli, pero las amigas de doña Elena recibieron la noticia con una benévola sonrisa de incredulidad. Salvo una que conocía la tradición de los golpes de aviso del santo y amenizó la tertulia narrando algunos casos «verídicos», según afirmaba ella. Como el de la jumillana —el santo había residido un tiempo en el convento franciscano de Santa Ana de Jumilla y tenía allí muchos devotos, había puntualizado la tertuliana— que, pese a gozar de buena salud, se había despedido de los suyos alegando que San Pascual le había dado ya el aviso definitivo y, al día siguiente, había sido encontrada muerta en su cama, vestida de nuevo y con las manos entrelazadas sobre el pecho. O ese otro ocurrido en el convento de las clarisas de Villarreal, en el que estando una tal Sor Asunción en fase terminal de una devastadora dolencia, que le impedía ya cualquier movimiento, la superiora escuchó una noche los bastonazos de San Pascual y, cuando acudió a la celda de la enferma paralítica, no solo la halló muerta sino con las manos milagrosamente alzadas en oración.

Doña Elena no dudó de la veracidad de esos avisos previos del santo a esas devotas y, sin embargo, que el milagro le estuviera ocurriendo a alguien que ella conocía le siguió resultando poco creíble. Para colmo, en el pueblo habían sucedido otras muchas cosas jugosas de comentar y, en cuanto empezaron los cotilleos más mundanos, a Doña Elena se le fue de la cabeza la visita matutina de la Pascuala. De natural olvidadiza, lo más probable es que nunca más se hubiere acordado del asunto de no ser por lo que sucedió horas después. Una vez se disolvió la tertulia, doña Elena se enfrascó en el rezo del rosario. Juana sabía que a la señora no le gustaban las interrupciones mientras se encontraba rezando y, sin embargo, esa noche entró corriendo en el patio en mitad del cuarto misterio —había sido su tarde libre y regresaba de dar una vuelta por el pueblo—. Doña Elena la miró con gesto contrariado, pero Juana no pareció darse por aludida y procedió a comunicarle la noticia de que habían encontrado muerta a la Pascuala.

¿Frasquita muerta?, había interrogado con incredulidad doña Elena. Juana le respondió que hasta ella misma la había visto. Estaba en la cama y vestida de punta en blanco, con el mismo traje que llevaba puesto por la mañana… Juana se mordió el labio al caer en la cuenta de que se acababa de delatar y se dispuso a aguantar el chaparrón en silencio. Tenía la costumbre de gulusmear lo que ocurría en el patio desde las ventanas de la planta alta y eso enfadaba mucho a la señora. Pero ante semejante noticia doña Elena obvió el detalle y procedió a preguntarle si no se podría tratar de una simple indisposición. Por primera vez en la vida, Juana era el centro de atención de doña Elena y, ufana, se dispuso a relatarle lo sucedido.

Como la señora sabía, a ella le gustaba pasear por la orilla del Genil y, camino del río, al pasar por la esquina de la calle de la Pascuala, había visto un gran revuelo junto a la puerta de una casa. Se había acercado a ver qué pasaba y una vecina se lo había contado con todo lujo de detalles. Que se hubiese muerto de sopetón a su edad no era lo que tenía a la gente soliviantada, sino el hecho de que siendo de muerte natural —lo había dicho el forense— ella se hubiese amortajado antes. Según la vecina, en aquella hondonada hacía muchísimo calor y, después de almorzar, la Pascuala se solía quedar en enaguas y daba una cabezada sentada en la butaca. Aquella siesta, en cambio, no solo se había acostado en la cama, sino que lo había hecho vestida con sus mejores galas y con los zapatos puestos. Y como en eso de amortajar a los muertos la Pascuala era una profesional, además de colocar las manos sobre el pecho como si estuviese rezando, se había anudado una pañuelo a la cabeza para asegurarse de, una vez muerta, mantener la boca cerrada .

Doña Elena no pudo pegar ojo en toda la noche. Recordó el buen color de sus mejillas, el brillo de sus ojos, la placidez de su sonrisa... Una actitud admirable en alguien que estaba convencida de que se iba a morir de inmediato. Pese a ser creyente, a doña Elena le producía pánico la idea de morirse de súbito. Un instante de descuido, una simple siesta, habían bastado para que Frasquita, tan saludable en la mañana, ahora estuviese muerta. Y de noche, cuando la gente se halla dormida e indefensa, la muerte lo tenía aún más fácil. Pero… ¿qué era aquello que le saltaba en el pecho? Tenía el corazón desbocado. ¿Por qué estaba tan asustada? ¿No tenía la conciencia tranquila? Obras de caridad hacía muchas y trataba de portarse bien con todas las visitas del patio, ya fuesen las de pie de la mañana o las sentadas de la tarde. A sus hijos los quería como cualquier otra madre y, cuando su marido se lo solicitaba, ella cumplía —no siempre con entusiasmo, pero no era suya la culpa de no ser más fogosa—. ¿Por qué, entonces, le asustaba tanto la posibilidad de morirse sin previo aviso?

Tras dar varias vueltas más en la cama sin poder conciliar el sueño, rememoró con envidia la serenidad con la que Frasquita se había despedido de ella por la mañana. Aunque la Pascuala había jugado con ventaja, pues venía de ponerse en paz con Dios. ¡Ojalá tuviera, ella, un ángel guardián dispuesto a anunciarle con antelación la llegada de su hora! Una pena que su familia no hubiese sido devota de San Pascual Bailón. Ni siquiera sabía en qué lugar de la iglesia se encontraba su hornacina. Pero eso se tenía que acabar ya. Le había prometido a Frasquita que Juana cuidaría de la imagen del santo. ¿No sería mejor encargarse personalmente y, de camino, irse ganando el favor del santo? ¡Qué pamplinas tan grandes estaba pensando! Ni que San Pascual fuera tonto. Que se convirtiera en devota suya sólo por miedo hasta podía resultar contraproducente. Eso sí, ella era una mujer de palabra y le iba a decir a Juana que, en adelante, habría de ocuparse del cuidado de San Pascual. Seguro que desde el cielo Frasquita se lo agradecería…

Pensar en la gratitud de la difunta hizo que doña Elena diera de súbito con la solución. En cuanto se levantase, lo dispondría todo para acudir al velatorio de la Pascuala. A tenor de los acontecimientos, a nadie le iba a extrañar su visita. Resultaba natural que, si la anciana había tenido la deferencia de ir a despedirse de ella al patio, ahora doña Elena fuese a despedirse de la difunta a su casa. Un plan magnífico, se dijo, mientras caía en la cuenta de que había dejado de estar asustada. ¡Qué día tan largo!, a ver si por fin se dormía… Y antes de tener tiempo de pensar en ninguna otra cosa, doña Elena se quedó dormida.

*****
La llegada de un coche de caballos a aquel humilde barrio causó cierta expectación. Pero todo el pueblo conocía el afecto mutuo que se profesaban las dos mujeres y la extrañeza desapareció en cuanto el carruaje se detuvo delante de la casa de la Pascuala y de su interior salió doña Elena, vestida de negro de los pies a la cabeza, las peinas del moño incluidas. Moño que esta vez no era perfecto, porque la señora se había levantado con demasiada prisa y a Juana no le había dado tiempo a hacérselo en condiciones. Un día doña Elena se aseaba con una parsimonia que le agotaba la paciencia y al día siguiente tenía una bulla que ni que estuviese ardiendo la casa, pensó Juana al verla salir del vehículo con el moño ladeado: rarezas y caprichos propios de las de su clase, como lo de llevar manguito con el calor que hacía…

Las vecinas se hicieron a un lado y, por el pasillo que quedó en medio, avanzó doña Elena con paso mayestático. Una especie de palomo buchón enlutado con las manos ocultas en el interior de un manguito de piel de astracán; y detrás, la fiel Juana negando con la cabeza en señal de protesta por el desastroso moño. Alrededor del patio comunal había muchas puertas, pero el olor a cera derretida guió los pasos de la pareja hacia la de la vivienda de Frasquita.

Los postiguillos de la ventana del dormitorio estaban entornados y la única iluminación era la luz trémula que proporcionaban los cirios. El blanco impoluto de las paredes encaladas se veía interrumpido de tanto en tanto por una representación de San Pascual Bailón, creando en el visitante la sensación de encontrarse en el interior de un pequeño santuario consagrado al santo. Al fondo se hallaba la cama, humilde pero con las sábanas azuleando y sin una sola arruga, como si la acabaran de vestir limpio. Y sobre ella, la Pascuala amortajada de manera impecable.

Doña Elena reconoció la blusa blanca y la falda plisada de la víspera. Una vestimenta muy discreta y apropiada para la ocasión, se dijo, mientras pasaba revista al cadáver. No le faltaba ni un solo detalle: las manos cruzadas sobre el pecho en piadosa disposición y, un poco más arriba, un ostentoso escapulario del San Pascual. Se notaba que Frasquita era una profesional en el arte de amortajar. No había más que ver la perfección con la que se había amortajado a ella misma. En cambio, lo de lucir una beatífica sonrisa, pese a llevar un pañuelo anudado alrededor de la cabeza para que no se le descolgase la mandíbula, debía ser obra del santo. Una suerte que Frasquita se hubiese dejado el pelo suelto, puesto que eso le facilitaba mucho la tarea, se dijo doña Elena mientras contemplaba con avidez las guedejas blancas de la anciana. Pero se contuvo a tiempo y, entretanto llegaba el momento de poder actuar sin levantar sospecha, comenzó a rezar por el alma de la Pascuala.

A Juana le cohibía la presencia de la muerta y, desde que estaba en la habitación, no se había movido del lado de doña Elena. Un contratiempo con el que no había contado doña Elena. Menos mal que las vecinas se enzarzaron en una disputa trivial sobre los años que llevaba la Pascuala viviendo en el barrio y Juana, que tenía una memoria prodigiosa, no pudo evitar el meter baza en la controversia. Momento de distracción que aprovechó doña Elena para fingir que se inclinaba sobre Frasquita para darle un beso de despedida y sacar las tijeritas de las uñas del cálido escondrijo. Realizó su trabajo con tal disimulo que ni siquiera Juana notó que, cuando doña Elena volvió a meter las manos en el manguito, además de las tijeras, llevaba en ellas un preciado trofeo.

¡Misión cumplida!, se dijo Doña Elena mientras dejaba escapar un suspiro de alivio. En aquel momento, su gratitud era inmensa y, en un gesto un tanto teatral pero también muy sincero, le tiró un beso con la mano a Frasquita. Luego le hizo la señal de la cruz en la frente y comenzó a rezar un padrenuestro en voz alta. Las vecinas dejaron de porfiar y se unieron al rezo. Así, pues, como réplica al amén de doña Elena, hubo otro amén coral que ella aprovechó para abandonar el velatorio en compañía de Juana. Visitas de aquella calaña eran raras en el barrio y creaban una cierta gratitud. Y como ignoraban que en su interior iba una ladronzuela, la gente se despidió de doña Elena con bobalicona lealtad.

*****
Al día siguiente, el aseo matutino de la señora recuperó su ritmo cotidiano. Después del desaliño con el que había salido la víspera, a Juana le alegró que doña Elena se volviese a tomar su tiempo. Aunque lo de pedirle otra vez el peine fino de las liendres, solo dos días después de haberse rastrillado a fondo el cabello con él, le parecía una exageración. Caprichos de señora, lujos que únicamente ella se podía permitir en aquella casa, se dijo Juana mientras permanecía junto a la banqueta de la peinadora con la talega de los rellenos en las manos.

Doña Elena se rastrilló el pelo por enésima vez. Pero en esta ocasión depositó el peine de marfil, en la bandeja de plata que había sobre la peinadora, sin recoger antes los pelos. Aquel dispendio sorprendió a Juana que ya se había apresurado a acercarle la talega abierta. En lo de guardar los cabellos para usarlos como relleno doña Elena no solo era terca, sino incluso avara, ¿a qué venía ahora ese cambio de costumbres? A Juana le gustaba hacer su trabajo con eficacia y el comportamiento rutinario de doña Elena era su gran aliado. De ahí que le incomodara ese nuevo cambio de conducta.

Doña Elena metió la mano izquierda en el bolsillo de la bata y sacó de él un pañuelo. Se lo cambió de mano y empezó a enjugarse el sudor de la frente. A la señora le afectaba mucho el calor y daba la impresión de encontrarse un poco sofocada. No le extrañó, pues, que le pidiese que abriera el balcón. Juana se apresuró a echar las persianas para que no las viesen desde la calle y a continuación abrió las dos hojas del balcón de par en par. Cuando regresó al lado de la peinadora, Doña Elena tenía otra vez el peine en la mano y Juana le acercó de inmediato la talega. Dejó caer en su interior un mechón demasiado generoso. El otoño que se anticipaba, concluyó Juana. Mas... ¡qué blancos eran aquellos pelos! Frunció el ceño con extrañeza mientras contemplaba la melena castaña, salpicada de blanco, de doña Elena. La señora debía tener algún disgusto secreto causante de aquella veta blanca. Por supuesto, no le pensaba dar otro comunicándole que encanecía de prisa. Con sobrellevar sus desgracias en silencio, bastante carga tenía ya la pobre.

Terminada esa fase del aseo, Juana tiró con fuerza de las cintas de la talega y las anudó alrededor de la tela. Doña Elena le advirtió que no debía guardarla en el armario porque pensaba usarla esa misma tarde para rellenar más la almohada. Juana giró la cabeza hacia la cama y no pudo evitar el hacer un comentario sobre que los cojines del salón lo necesitaban mucho más. Pero comprendió de inmediato que acababa de decir una impertinencia y se apresuró a dejar la bolsa fuera del armario.

Durante la siesta, en lugar de echar la habitual cabezada, doña Elena se dirigió al cuarto de costura con la almohada y la talega en la mano. Le pidió a la costurera que le ayudase a meterle más de relleno, porque llevaba unos días que se levantaba con dolor de cuello por dormir con la cabeza demasiado baja. Mientras la costurera descosía uno de los extremos de la almohada, doña Elena abrió la talega y se aseguró de que el mechón de marras —inconfundible por su blancura— continuaba estando arriba. Aun más, saltándose la costumbre de que fuese la criada quien se encargara del trabajo, metió ella la mano en la bolsa y trasvasó un buen puñado de pelos al interior de la almohada.

Logrado su objetivo, a doña Elena se le despertó la vena avara. Juana tenía muchísima razón: ¡los almohadones del salón estaban que daban pena! Ordenó, pues, a la costurera que le echase un pespunte de nuevo la almohada. Había sido un pequeño despilfarro inevitable. Estaba en juego su descanso y, por ende, su propia salud. Reclinar la cabeza sobre el nuevo relleno le aseguraría volver a dormir sin sobresaltos. A partir de ahora, en medio del habitual revoltijo de pelos de las féminas de su familia, habría un mechón bastardo. Pero ella estaba segura de que las suyas se lo sabrían perdonar y, lo que todavía era más importante, de que Frasquita le sabría agradecer la deferencia intercediendo por ella ante el San Pascual.

Y porque no tenía la menor duda de la compresión de las unas, ni tampoco de la gratitud de la otra, mientras no hubiese escuchado algún golpe de bastón la víspera, doña Elena podría reposar ahora la cabeza sobre la almohada y, sin el más mínimo temor, abandonarse en los brazos de Morfeo.


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El esfuerzo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre

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Los hilos de Ariadna :60: El niño del tirachinas

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Agüita y fanguito de mis entretelas forever


Última edición por jilguero el Dom Oct 15, 2017 3:52 pm, editado 15 veces en total

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Cruela de vil
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Anda, no sabía yo que alguien utilizase pelos para rellenar almohadas y cojines.

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Hola jilguero.
Leí la despedida.
Para mi gusto es demasiado lento y repetitivo.
Se habla demasiado del peine, para mí es excesivo.
Ello me hace la lectura pesada.
No digo que no esté bien ni mal, que conste...

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lucia escribió:
Anda, no sabía yo que alguien utilizase pelos para rellenar almohadas y cojines.

:D Sí, jefa, lo sé de buena tinta. Mi hermana mayor fue testigo, de niña, de cómo una tía abuela nuestra los guardaba en una talega justo con ese destino. Ahora nos consideramos muy ecológicos porque reciclamos algunas cosas, pero no veas el reciclaje que se hacía antes de prácticamente todo. Hasta de los pelos, que es lo que ahora nos ocupa, ya fuese para rellenar cojines (así me explico como picaban algunos :mrgreen: ) o para hacer bisoñes o donarlos para la melena de los cristos. De esto último, conozco mujeres que donaron sus trenzas para un cristo muy afamado y milagrero de esta ciudad :wink: .

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Fiel poesía escribió:
Hola jilguero.
Leí la despedida.
Para mi gusto es demasiado lento y repetitivo.
Se habla demasiado del peine, para mí es excesivo.
Ello me hace la lectura pesada.
No digo que no esté bien ni mal, que conste...

¡Bienvenido, Fiel, al bujío :60: !
Lo de que la narración es lenta soy consciente porque quiero imprimirle el ritmo lento que tenía entonces la vida, especialmente en el caso de las mujeres ya maduras que, por su buena posición económica, una vez pasaba la etapa de la crianza de los hijos, ocupaban su tiempo como mejor podían y se lo tomaban con calma para no tener luego que "matarlo" de brazos cruzados.

Que resulte reiterativo y cansino tiene ya mucho más que ver con mis limitaciones narrativas. Hay que ser una santa, como Cata, para leerse las historias del petirrojo una detrás de otra :cunao: . De todas formas, tendré en cuenta tu comentario y, cuando lo acabe (todavía queda mucho.... :batman: ), veré si soy capaz de eliminar la repetición innecesaria de palabras, como esa que me señalas del peine :vb_493: .

Gracias por leerlo y dejar el comentario. Tengo la sensación de que las historias del petirrojo son demasiado convencionales para alguien que gusta de los textos rompedores. Te lo digo porque valoro mucho el tiempo de los demás. Pero ni que decir tiene que puedes volver cuando quieras: Cata y servidora estaremos encantadas de recibirte. Eso sí, espero que no sea para darnos una sorpresa como la que esa mañana le dio una visita a doña Elena :wink: .

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NotaPublicado: Lun Sep 11, 2017 8:04 am 
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Estaré atento a este hilo para comentarte mis impresiones, si puede ser más ampliamente.

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NotaPublicado: Lun Sep 11, 2017 3:22 pm 
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Lo de donar trenzas se sigue haciendo. Ahora es para hacer pelucas para enfermos de cáncer en quimio.

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NotaPublicado: Mié Sep 13, 2017 7:59 pm 
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¡Hola, Cata!

Ya mismito está aquí el otoño y, según nos dijo Orión, los poetas escriben en otoño. Así que habremos de estar atentas por si deja algo por ahí. Si así fuera, avísame que últimamente no me entero de "na".

Y que se acerque el otoño y los poetas agarren las plumas (Eleanis anda también de rapsoda :mrgreen: ), me ha hecho acordarme de la peli Leólo: ¡una preciosidad, Cata, pura poesía! En ella se nos dice: "El domador cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos, para renacer en la imaginación de los hombres" [...] "Bastaba con que me pusiera a leer o escribir para que Bianca viniera a cantar para mi. El domador tenía razón había un secreto en las palabras engarzadas...".

El domador es un personaje de la peli y tenía muchísima razón: las palabras engarzadas ocultan cosas que ni siquiera quien las engarza sabe. Por eso, la protagonista del libro en que se basa la peli de Leólo decía que lo único que le pedía a un libro era "que me diga que hay más vida de la que puedo abarcar...". Pero nosotras, acostumbradas a bordear la realidad en este bujío, al caer de la tarde, en ese instante en que el gallo nos pregunta la hora y el maíz se nos rompe en la mano, la rueda escapa de su eje* y el óxido roe a la tarántula, sabemos que sí, que hay mucha, mucha más vida de la que podemos abarcar, y por eso andamos rellenando la solicitud de esa vida de aventureras en la que aprovecharemos para entrar en el mundo que está más allá de las palabras :wink: .

*ese instante es el que Fragella pretende aprovechar para cambiarle el rumbo a la tierra y poder así intercambiar los solsticios :meparto: :meparto:

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NotaPublicado: Jue Sep 14, 2017 3:17 pm 
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Cata, de un tiempo acá tengo la sensación de que la vida más interesante está del otro lado de las palabras, en esos territorios inexplorados que en los mapas figuraban como: "hay dragones" :shock: :cumples:
Es que por todos lados escucho una y otra vez las mismas cosas, mil veces repetidas, como si fuésemos loritos o monitos de imitación (no veas como le mosqueaba a mi hermanos que le dijera eso :mrgreen: ) y nos hubieran encerrado en el patio del colegio :batman:. ¡Uff!

En cuanto pueda, nos vamos a ir al patio de doña Elena y a ver de qué nos enteramos allí :wink: . O a ver si llega la flota de los galeones y nos trae alguna cosita :ola: .


Edito, Cata, porque mira qué música tan bonita para recitar las letanías del atardecer de Orión y saltar a ese otro lado de las palabras:

Un clic al que seguía ese instante de calma perfecta en el que los pájaros dejaban de cantar, el agua se aquietaba y los efluvios desaparecían, el gallo nos preguntaba la hora y el maíz se nos rompía en la mano, la rueda escapaba de su eje y el óxido roía a la tarántula...


Enlace

Hay que tirar el ovillo al suelo y echarlo a rodar para que, al son de la música, se vaya desenrollando hasta tener ante nostras la letanía completa :60:

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NotaPublicado: Vie Sep 15, 2017 7:02 am 
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¡Buenos días, Cata :60: !

Me acosté viendo rodar el ovillo y, cuando me he levantado, todavía sigue rodando. ¡Qué barbaridad, menuda letanía! ¿Sabes? Creo que algunos versos del fraile dominico forman parte de esa letanía, justo cuando en el suelo hay un cierto desnivel, la luz se vuelve esquiva y, allá donde se quiebra, aparece una línea de sombra :luf:. Sí, justo ahí, donde las imágenes de la letanía se vuelven opacas tienen cabida los versos del fraile :wink: .

Mira lo que dicen de sus versos en el prólogo de su libro Penúltimo cansancio: "...el autor opera con unas realidades movedizas, siempre al límite de todos los límites. Es la noche oscura del Lector. Tal vez le quede como único punto de referencia, el ritmo: un ritmo quebrado, tan vacilante como la marcha del audaz extranjero que ha decidido perseverar. "

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NotaPublicado: Vie Sep 15, 2017 5:58 pm 
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Me ha gustado esto último.
¿Quién es Cata?

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NotaPublicado: Sab Sep 16, 2017 8:25 am 
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Fiel poesía escribió:
Me ha gustado esto último.
¿Quién es Cata?

Pues Cata es el apelativo cariñoso que en confianza usamos algunos con "Santa Catalina". Supe de su existencia por este texto. El verano pasado abrí este hilo para dejarle una carta abierta. Y luego, cuando nos saltamos la norma de bordear la realidad para compartir mesa tomándonos un café, me dijo que no solo leía todo lo que le dejaba en el hilo, sino que siempre me contestaba (mi habilidad telépata no es aún suficiente para escucharla pero lo será algún día :wink: ) . Y desde entonces yo le voy colgando textos aquí apara contribuir a su causa. Porque leerse TODO, TODO :shock: lo que le deja el petirrojo tiene mérito :sleepy: :mrgreen: . Tan es así, que es mi intención documentarme mejor y luego bordear la realidad escribiendo la biografía de Santa Cata del Guadiana, en cuyo epígrafe figurará sin duda "mártir de las letras" del petirrojo.

PD: ya sé, ya sé, Cata, que esto no es bordear la realidad, pero Fiel se ha interesado por tí y debía hacer una excepción. Por cierto, ayer lo vi clarísimo, esa larga letanía (tan larga, Cata, que el ovillo todavía sigue rodando) será algún día la letanía de Santa Cata :faga1: .

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NotaPublicado: Sab Sep 16, 2017 2:20 pm 
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Mola jajaja

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NotaPublicado: Dom Sep 17, 2017 12:51 pm 
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¡Hola Cata!

He intentado meterle prisa a doña Elena, pero no ha habido manera. Ella ha seguido moviéndose con la pachorra habitual. Eso sí, al menos he conseguido que llegue ya la visita inesperada :D .

Y ya tengo que dejar esto, que me aguardan otras tareas menos gratas :batman: .

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NotaPublicado: Jue Sep 21, 2017 7:52 pm 
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¡Buenas noches, Cata!

Mucho trabajo y poca literatura, por eso no me estoy pasando por aquí y no estoy contribuyendo nada a tu "causa". Eso sí, esta mañana he visto amanecer en la marisma y, aun estando enfangada y llena de agujetas, ha sido un gustazo :chino: .

Andaba buscando un gusanito africano que vive dentro de las coquinas de fango. O al menos eso pensábamos al principio, pues un colega, de esa zona de la península que no quiere formar parte de la balsa de piedra de Saramago, ha decidido que es una especie nueva. Y como sabe mucho de gusanitos marinos, pues le hemos hecho caso. Es más, ha decidido ponerle de apellido "okupa", supongo que por aquello de meterse a vivir en la casa ajena. Sí, Cata, como lo oyes, hoy estaba buscando Oxydromus okupa, que es como se llama el bichito que vive dentro de las coquinas, cuando poco a poco se ha hecho de día y, cuando al terminar el marisqueo me he incorporado, he visto ante mí una imagen preciosa. Con gusto te habría hecho una foto para que vieras qué maravilla pero con las manos enfangadas pues :no: .

Por cierto, gusanitos casi no había, pero si he encontrado un montón de cangrejitos africanos, que también viven dentro de las coquinas y de los verdigones. Es como abrir huevos kinder en busca de la sorpresa. Está visto que lo de cruzar el estrecho en pateritas vienes de muy antiguo, solo que ellos no necesitan tener papeles para vivir entre nosotros. Se les ve la mar de felices :party: .

De el señor Gilardi no he vuelto a tener noticias y Fragella está ya en un sinvivir. Espero en el finde sacar un rato para ver qué le cuenta la Pascuala a doña Elena :palomitas: .

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