El Creador de Sueños

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Jaime
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El Creador de Sueños

Mensaje por Jaime » 17 Mar 2008 20:57

Quería compartir con vosotros un relato que le he escrito a mi primilla y que lo acabo de finiquitar. Pensaba ponerlo por partes, pero bueno, ahí lo tenéis entero para el que quiera leerlo. Espero que os guste :wink:

EL CREADOR DE SUEÑOS

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¡Cómo le gustaba ir al pueblo!
Cada día pasaba algo diferente, y deseaba que el curso acabara para por fin disfrutar del verano que se avecinaba.
Este era uno de los momentos que más disfrutaba, la puesta de sol, veía desde su habitación los últimos rayos caer sobre los viejos tejados de alrededor. Era algo único, pero lo más especial acontecía minutos después, con la llegada de la noche.
Después de una cena suculenta preparada por su abuela, consistente en un rico pollo asado y panecillos horneados por ella misma, llegaba el momento que esperaba.
Sus padres no le dejaban salir a partir de cierta hora a la calle, puede que fuera un pueblo pacífico, pero no se podían fiar de las escapadas nocturnas de su hijo de nueve años. A él no le importaba, sólo necesitaba estar a solas y contemplar el exterior cruzando los dedos para que ocurriera.
En esa ocasión se dirigió a unas habitaciones de la planta baja con la excusa de irse a ver la tele, pero lo que le esperaba superaría con creces cualquier tipo de programación.
Al observar con expectación a través del cristal no pudo ver nada a priori que destacar, pero mantuvo la esperanza y así permaneció durante más de una hora hasta que por fin pudo detectar un pequeño movimiento en su jardín.
Podría haberse tratado de algo movido por la brisa nocturna, o bien de un pequeño animal que trataba de abrirse paso entre la maleza, o simplemente de un efecto óptico, pues a cualquier persona que no buscara algo le habría pasado totalmente inadvertido.
Pero Isaías sabía que no era nada de eso, y aguzó la vista para contemplar un espectáculo sin precedentes: un pequeño ser, de unos veinte centímetros de estatura, larga nariz ganchuda, rostro exageradamente arrugado, vestido con harapos de color marrón y gris y, lo más chocante, un sombrero puntiagudo rojo, surcaba a pequeños pasos su jardín, olfateando y buscando algo alrededor con una mueca desagradable y ansiosa.
Isaías no quería perder la oportunidad, ¿qué o quién era esa extraordinaria criatura? ¿sabría hablar? ¿le permitiría tocarlo?. Antes de que se le escapara debía intentarlo, así que con suma delicadeza asió el pomo de su vieja ventana y al empezar el ligero movimiento el mecanismo chirrió, fue un sonido leve, pero el suficiente como para que el pequeño gnomo se percatara de su presencia y desapareciera sin dejar rastro.
Había ocurrido otra vez. Esperó, esperó hasta que los párpados se negaban a permanecer arriba, pero nada volvió a pasar, así que no tuvo más remedio que subir a acostarse y esperar al menos un día más.

Recordaba la primera vez que presenció un acontecimiento semejante, fue hace dos años, uno de los primeros veranos que pasó en el pueblo. Acompañaba a su abuelita cogido del brazo, cuando la pobre aún podía realizar pequeñas caminatas por las estrechas calles, por los bosquecillos de alrededor o hablar y cotillear con sus amigas y vecinas en la plaza de los Iluminados, conocida en el mundo entero.
Fue en el bosque que conducía a la piscina municipal cuando ocurrió.
Anochecía, y ambos estaban echándole de comer migajas de pan a las palomas que frecuentaban el lugar cuando Isaías vio a sus espaldas un caballo blanco entre los árboles, a lo lejos, y alguien que portaba una luz junto al animal.
Mientras su abuela comentaba con otra anciana la descendencia del joven fulanito con la depravada menganita, él aprovechó y caminó lentamente hacia la fuente de la luz sobre la fresca hierba, silencioso y con la intención de hablar con el dueño del caballo, hasta podría montarlo si tuviera suerte y le dejaba hacerlo.
Pero cuando de verdad pudo ver lo que tenía delante ahogó un grito, no de terror, sino de sorpresa ante la increíble escena que se encontró.
Sí es verdad que el animal se trataba de un caballo, un precioso caballo blanco de crines plateadas, con la particularidad de que un cuerno en espiral le salía por encima de los ojos, en el centro de su suave frente. Sin embargo, lo que de verdad dejó atónito al muchacho fue la “persona” que creía que era su dueño y que esperaba que portase un farol o un instrumento parecido que produjera una luz brillante, pero claro que no fue así.
Una mujer morena (¿era una mujer?) acariciaba delicadamente al unicornio, susurrándole palabras incomprensibles. Estaba completamente desnuda, su pelo dorado era tan largo que le llegaba hasta más abajo de la cintura, aunque no podía ocultar sus puntiagudas orejas, y de su espalda le brotaban dos gigantescas alas blancas. Isaías no sabría especificar cuál era la procedencia de aquella luz casi cegadora, sólo podría jurar que emanaba de aquella preciosa joven cuya belleza podría eclipsar al más osado.
Como detectando su presencia, la chica giró la cabeza con rapidez y observó con curiosidad al recién llegado.
Él pudo comprobar con asombro que sus ojos eran rasgados y completamente negros, como si una gran pupila los ocupara por completo.
Para su asombro, esa especie de “hada” sonrió y con un gesto de la mano le indicó que se acercara; hipnotizado por su indescriptible belleza no tuvo más remedio que ceder sin pensarlo dos veces. Pero cuando llegó a su lado no se atrevió a tocarla por miedo a mancillar con su tacto la perfección de aquella figura. Ella, con una breve afirmación de cabeza, le dio permiso para acariciar al precioso unicornio que era casi el doble de alto que él.
Desgraciadamente cuando estaba a punto de hacerlo algo se oyó entre los arbustos de alrededor y asustó a ambas criaturas que desaparecieron al instante, uno galopando con premura y la otra volando y llevándose la cegadora luz a las estrellas. Justo antes de quedarse a oscuras, pudo divisar entre las sombras a alguien completamente vestido de negro y encapuchado que se retiraba aparentemente decepcionado.
Su abuela le llamaba a lo lejos, preocupada por la inesperada desaparición de su nieto.

A partir de aquella fría noche de verano en la que sintió esa cálida luz llena de esperanza que acompañaba a las dos míticas criaturas, Isaías no dejaba de pensar en ello. Y lo bueno es que después de ese momento no dejó de presenciar, cada vez con más frecuencia y más cerca de su casa, hechos y personajes de lo más variopinto, como aquella vez en que en medio de la calle había dos enanos de un metro de estatura, robustos, musculosos y de mejillas sonrosadas, peleando uno contra otro con grandes hachas y protegiéndose con firmes escudos de acero. Gritaban y gritaban, pero al parecer nadie les oía salvo él, como siempre pasaba.
O aquel día lluvioso en que vio a duras penas desde su habitación una estatua de piedra, del tamaño de una de esas gárgolas que veía en las catedrales de las películas, que sollozaba y gritaba buscando a su compañera. Se le pusieron los pelos como escarpias.
A veces se trataba de apariciones breves y conmovedoras, como la sirena con la que se encontró en la orilla del lago que visitaban cada fin de semana. Estaba situada sobre la superficie de una roca, alisándose el cabello y viendo su reflejo en el agua, pero en cuestión de segundos se sumergió elegantemente en las profundidades para no volver a aparecer.
Aunque en otras ocasiones pasaba verdadero miedo, como cuando un día, jugando con dos amigos en un parque cercano, oyó un extraño sonido… como si alguien estuviera arrastrando un cuerpo por la tierra, pero no era eso. De entre dos árboles surgió una aterradora imagen: se trataba de una gigantesca serpiente verde, pero donde debería haber estado su cabeza había un torso, el torso de una mujer pelirroja de grandes ojos verdes y colmillos en lugar de dientes, que portaba firmemente un tridente. Con un grito desgarrador, reptó con agilidad hacia Isaías y sus amigos. Él intentó prevenirles, pero ante las miradas de desconfianza que le lanzaron no tuvo más remedio que salir corriendo mientras oía las soeces palabras que el engendro le dedicaba, cada vez más y más cerca.
Llegó hasta su casa, que en esos momentos se encontraba vacía, sudando y manchado de tierra debido a sus múltiples caídas. Echó el cerrojo y selló todas las ventanas quedándose completamente a oscuras. Encendió la linterna y se acurrucó en un rincón, asustado y temblando de pies a cabeza, rezando para que la criatura dejara de gritar y de dar golpes y estocadas contra las paredes desde el exterior.
Ese fatídico día la figura encapuchada no apareció, o al menos no la detectó, lo cual le pareció raro ya que su presencia se repetía con demasiada frecuencia y casi siempre cuando aquellos enigmáticos seres aparecían ante sus ojos.
Nadie le creía, todos le tomaban por loco, así que dejó de hablar de ellos y se limitó a esperar con expectación y a desear que una vez más fueran amistosos.

* * *

Cierta tarde de finales de agosto una fuerte ventisca azotaba los árboles y las casas cercanas. Isaías se encontraba sentado en el suelo del porche jugando con los Power Rangers pero decidió protegerse del temporal y sentarse al pie de la chimenea que por primera vez se encendía desde hacía tres meses. Pero justo antes de cruzar el umbral de la puerta algo le hizo detenerse… A lo lejos, un anciano de incipiente calvicie, escaso pelo blanco y grandes manos que sujetaban con fuerza un curioso bastón, le estaba mirando con gesto afable. Al ver que el muchacho sabía que estaba allí, se dio la vuelta y caminó presuroso y con pasos erráticos hacia la calle adyacente.
No supo por qué hizo lo que hizo, pero algo le decía que era lo correcto. Cerró con cuidado la puerta y corrió todo lo que pudo para intentar alcanzar al hombre. Al torcer la esquina por dónde había girado se llevó una desilusión al comprobar que la calle estaba vacía, pero…
La puerta de una casa un poco más allá estaba entreabierta. De nuevo supo que, si quería encontrar respuestas, debía hacer acopio de todo el valor de que disponía y saber quién estaba ahí dentro.
Al empujar con delicadeza y asomarse muy, muy despacio a través de la entrada, un aire cálido y enrarecido le hizo carraspear. Automáticamente se llevó la mano a la boca y quiso salir de allí, sabiendo que fuera quién fuese el que vivía en aquella casa ya le habría descubierto.
- Pasa – una afónica voz surgió del fondo de la sala.
Si papá o mamá supieran donde estaba se echarían las manos a la cabeza, e incluso él sabía que no debía entrar ahí, pero la curiosidad pudo con todo lo demás.
Entró y cerró la puerta tras de sí.
La estancia estaba iluminada con innumerables velas que ya estaban casi derretidas. El viento azotaba las ventanas y se oía el insistente ruido de algo golpeando una de ellas, pero parecía que ya formaba parte de ese ambiente porque nadie hizo nada por amortiguarlo.
Hubo dos cosas que sorprendieron a Isaías. La primera era que había una gruesa capa negra con capucha colgada de una precaria percha. Y lo más inaudito, la habitación estaba llena de cuadros, lienzos pintados con delicadeza, colores llamativos, sobrios, y hasta en blanco y negro. Criaturas de toda índole le miraban desde esos impresionantes dibujos: arpías, cíclopes, minotauros, dragones, esfinges, ogros… todo tipo de seres que juntos componían un mosaico y un escenario de fantasía difícil de describir.
- ¿Y bien? – la voz ronca volvió a asustarle. De entre las sombras apareció el anciano al que había perseguido y, dedujo, era el enigmático hombre de la capucha negra.
- ¿Quién es usted? – preguntó el joven con cierto miedo.
- ¿Yo? Simplemente un vecino, conozco a tu abuela y, créeme, sé más de ti de lo que te imaginas. Ven y toma asiento, te serviré una taza de té.
No sabía si debía hacerle caso, se sentía demasiado confuso pero creyó conveniente hacerlo para saber de una vez por todas qué hacía allí.
El hombre le depositó en sus manos el platito con la taza y, temblando, los hizo tintinear. No probó ni un sorbo, sólo quería escuchar. Así que fue al grano:
- ¿Por qué tiene dibujado lo que he estado viendo todo este tiempo?
- Apuesto a que estabas seguro de que eras el único que los veía, ¿me equivoco?
- Yo creía…
- Claro, tú creías… - le interrumpió – verás, hijo – se sentó él también en una butaca depositada frente a un lienzo en blanco sobre un viejo caballete de madera y, con ágiles movimientos, cogió un pincel, lo mojó en un pequeño tarro marrón y comenzó a dibujar.
Sin ni siquiera mirarle continuó hablando.
- Es común entre la gente utilizar la expresión “Si no lo veo, no lo creo”, ¿no es así? – Isaías asintió con la boca abierta, todavía asombrado con la rapidez y maestría con la que el hombre pintaba, sólo interrumpido por la frecuente tos que a veces le atacaba – pero yo opino que si no crees, no ves. Ese es tu problema o, mejor dicho, tu don. Nadie más ve estas criaturas porque no cree en ellas, están demasiado ocupados con sus quehaceres diarios, sólo ven lo que quieren ver. Nadie espera encontrarse con un árbol que hable porque saben que no existen. Sin embargo, tu mente es una de las más abiertas que pueblan este lugar y, por ello, aceptas sin ningún problema todo lo que te muestren.
- Pero, ¿por qué para el resto de la gente todo esto es completamente invisible?
- Vamos a ver, déjame aclararte una cosa – volvió a toser – bien, ¿tú crees en fantasmas, crees en extraterrestres?
Isaías se puso colorado.
- No sé si creo, pero les tengo miedo.
- Pues te puedo asegurar que si les tienes miedo es porque al menos crees algo en ellos, ¿cierto?
- Puede…
- Y también puedo asegurarte que tus padres alguna vez han soñado con fantasmas, naturalmente no con los que están cubiertos de una sábana blanca y portan cadenas, sino con espíritus, espectros que les susurran desde el más allá. O pueden también tener miedo de seres de otro planeta porque saben que pueden existir, se toman más en serio estos misterios, señales en los campos…
A Isaías le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.
- ¿Le importaría que dejáramos de hablar de estas cosas?
- Solamente quiero aclararte que a ellos nunca se les ocurriría soñar con seres mitológicos, hidras, ninfas o árboles parlantes porque saben que no existen, y su cerebro automáticamente los anula. Sin embargo, tú y sólo tú, estás abierto a cualquier posibilidad.
- ¿Y por eso veo y oigo todas esas cosas?
- Efectivamente – el dibujo empezaba a adoptar forma, juraría que era un águila.
- ¿Pero de dónde surgen estas criaturas?
- Verás, esa es una larga historia, tan extraña que ni yo mismo la sé a ciencia cierta.
- Al menos puede probar a contármela.
Una sonrisa arrugó aún más el rostro del anciano, tosió, carraspeó y se dispuso a hablar sin dejar de pintar.
- Hace muchos años, cuando era adolescente, odiaba dibujar. Odiaba asistir a clases de plástica o dibujo en el colegio, y las notas lo corroboraban. Estudié historia y me alejé todo lo que pude del mundo del arte. Pero cuando me jubilé y me trasladé a esta casa a vivir algo raro me pasó. No sabría explicarlo. Soñaba con seres mitológicos, situaciones extrañas, épocas pasadas, se mezclaban acontecimientos que habían ocurrido de verdad (por ejemplo, en el antiguo Egipto) con personajes que solamente existían en mi imaginación; hasta que un día al levantarme, en la pared de mi habitación había un dibujo, se trataba de un ente de fuego con tonos rojos y anaranjados, y mis manos estaban manchadas de pintura. ¡Lo había dibujado con mis propias manos mientras dormía! Más tarde me enteré de que esa noche había ido sonámbulo hacia el trastero y había utilizado un cubo de pintura para realizarlo, ¡un inocente cubo de pintura con el que los pintores decoran las paredes de los edificios!
- ¿Y qué pasó después? – estaba nervioso, la taza volvía a tintinear.
- Incendios por todo el pueblo.
- ¿Cómo dice?
- Esa bestia que había dibujado en la pared hizo estragos por la zona. No sé hasta que punto el mundo que yo creo se mezcla con la realidad, pero Dios sabe bien que esa criatura fue la que más gente aterrorizó.
>> Me sentí culpable, me sentía responsable de las muertes y daños materiales, así que cogí otro cubo de pintura blanca y rocié la pared con furia para borrar ese despropósito de la naturaleza. Automáticamente los incidentes cesaron.
- Insinúa que si borra los dibujos, lo que ha creado desaparece.
- Eso es.
Isaías volvió a recorrer con la mirada la oscura habitación y comprobó con alivio como ciertos dibujos habían sido rajados, tachados o quemados. Se alegró al ver un lienzo partido por la mitad en el que había pintado una enorme serpiente verde con cuerpo de mujer.
- ¿Y por qué a veces crea criaturas tan peligrosas?
- Quería experimentar, hijo. ¿Cómo te sentirías si todo lo que dibujas aparece como por arte de magia? Al principio puede que dibujes caniches con dos cabezas, pero mucho me temo que irás probando más y más y luego, claro, te terminas arrepintiendo. Ahá, ya casi está.
- ¿Qué es eso? – nunca había visto una criatura semejante, parecía peligrosa.
- Esto, querido amigo, es un grifo. Sólo me falta terminarle las alas. Las patas frontales y la cabeza son las de un águila, y el cuerpo y las patas traseras son de león; puede que sea peligroso si te aproximas demasiado, pero su conducta hace que no se fíe de nadie y no permite que nadie se le acerque. Ahora mismo, cuando estoy a punto de terminarlo, estoy pensando en esta calle, enfrente de casa, y en cuanto realice el último trazo aparecerá.
El muchacho esperaba conteniendo el aliento, no quiso interrumpirle.
- Bien, ya está. ¡Voilà! – soltó el pincel, cogió el cuadro y se lo mostró a Isaías. Un precioso grifo marrón le miraba desconfiado con aquellos ojos amarillos. Lo dejó junto con las demás creaciones.
- ¿Esa cosa está ahí fuera?
- Efectivamente. Pero antes de que salgas quiero decirte algo, Isaías.
Lo único que quería hacer era salir y ver con sus propios ojos aquel animal, pero la triste mirada del anciano le dijo que tenía que quedarse un poco más.
- Verás, este año no he parado, mi único objetivo era crear el mayor número posible de estos fantásticos seres para que se muevan por el mundo, para que las personas que crean en ellos se deleiten con su presencia. Estos son mis últimos meses de vida, Isaías, tengo cáncer, el tabaco me ha pasado factura.
El estómago se le encogió y una sensación de profunda tristeza le inundó el corazón. No podía ser, no podía irse.
- No, por favor…
- Me temo que yo eso no puedo decidirlo – le dijo con una sonrisa afable – estos cuadros se los daré a un buen amigo mío, es joven y tiene una larga vida por delante. Él cuidará de ellos y confío en que si alguno da problemas lo destruya lo antes posible.
Tal era la pena que atenazaba al muchacho que no pudo evitar que las lágrimas se le escaparan, emitió un sollozo y abrazó al anciano con todas sus fuerzas.
- Tranquilo, tranquilo; ahora quiero que salgas ahí y vuelvas a casa, tus padres tienen que estar preocupados. Puedes decirles que estabas conmigo, me conocen y saben que soy de fiar, ah, y dale recuerdos a tu abuela de mi parte.
Se despidió con un saludo cortés y, al salir, pudo ver al majestuoso grifo que andaba con elegancia calle abajo. Sólo pudo disfrutar de él escasos segundos ya que al momento desplegó sus imponentes alas y echó a volar en dirección a otro lejano lugar. Le deseó suerte mientras le veía alejarse contra la puesta de sol y se sintió afortunado por ser de las pocas personas que verían eso a lo largo de su vida. Nunca dejaría de creer.

* * *

Sabía que a partir de ese verano no se regocijaría tan a menudo con las creaciones del anciano pintor, si es que alguna vez volvía a verlas.
Le echaba de menos. Había vuelto a la gran ciudad y la monotonía del colegio y las obligaciones las tenía otra vez presentes. Pasaban los meses y quería saber qué había sido del pobre hombre (que por cierto desconocía su nombre, ¡vaya fastidio no habérselo preguntado!). Así que cuando su abuela llamó a casa quiso ponerse cuanto antes al teléfono y preguntar por él.
Había muerto.
Los días que siguieron estuvo muy triste, y muchas veces miraba al cielo con la esperanza de encontrarse un grifo, o un hada, o incluso un dragón. No, no creía que hubiera dejado en libertad a un dragón por el mundo.
Una tarde, cuando volvía de natación, vio un camión parado frente a su casa: de él estaban descargando cuadros, muchos cuadros, todos ellos enmarcados. Tuvo un presentimiento. Abriéndose paso como pudo entre los trabajadores pudo ver alguno que otro (un fénix, un genio y un duende, todos ellos mirándole a través del cristal), subió al ático que era dónde vivía y, en efecto, allí estaban sus padres con cara de asombro recibiendo la mercancía, el mejor regalo que jamás le habían hecho. Su madre, con una carta en la mano, fue la primera en dirigirle la palabra:
- Cariño, ¿me puede explicar qué es esto?

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Jaime
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Mensaje por Jaime » 19 Mar 2008 15:35

Que digo yo, que agradecería al menos una opinión. Este fin de semana sé lo voy a dar y necesito saber si está bien para una niña de 6 años o por el contrario debería quitar algo por no ser conveniente, o algo por el estilo :wink:

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lucia
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Mensaje por lucia » 19 Mar 2008 20:12

Este es uno de los 6 pendientes de leer que tengo. Que lleváis unos días que no paráis de poner cosas :shock:

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Mensaje por 1452 » 19 Mar 2008 21:49

Lo del cáncer y el tabaco, ¿no es demasiado para un niño de seis años? Pregunto porque no lo sé, no estoy acostumbrada a tratar con niños de seis años desde hace un tiempo ya.
Jaime, a mí me ha gustado y me parece un bellísimo cuento para un niño y para nosotros también :D
Lo que estoy valorando todavía es el final...por una parte me gusta y por otra, me gustaría leer algo más...mmm...feliz, bonito...no sé cual es la palabra exacta.
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lucia
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Mensaje por lucia » 20 Mar 2008 16:07

Recuerdo que de pequeña en los campamentos del cole nos encantaban las historias con un punto del terror y este cuento tiene una buena dosis en su mitad. Y lo mejor de todo es que consigues que se convierta en una historia tierna sin dejar de ser natural y sin caer en la ñoñería :)

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Jaime
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Mensaje por Jaime » 21 Mar 2008 16:03

Muchas gracias chicas por las opiniones :wink: Mil, he variado algunas pequeñas cosas acerca de lo que dices para la versión que le entregaré a ella, y dejaré esta como la "oficial" por decirlo de alguna manera :wink:

Me alegro que os haya gustado, es el primer relato infantil que escribo y tenía curiosidad por lo que pudiera salir.
Ahora me voy al pueblo y el domingo os cuento lo que le ha parecido :D

Hasta pronto!

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Mensaje por 1452 » 21 Mar 2008 20:16

Seguro que le encantará, Jaime :wink:
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Mensaje por Jaime » 24 Mar 2008 14:34

Bueno pues estoy de vuelta y puedo decir que el relato ha sido un éxito, le ha encantado :D Aunque sí es verdad que había por ahí un par de palabras que le tuve que explicar lo que significaban... Pero lo más sorprendente es que mi tía no sabía que en mis ratos libres me dedicaba a escribir y no se esperaba este detalle para su hija :lol:

En fin, otro género que ya puedo decir que lo he probado 8)

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