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La tarde llegaba a su fin, y los últimos rayos del sol se colaban por la ventana dándole a la habitación un ambiente sombrío. Recién habían llegado del cementerio, y María aún no había derramado una sola lágrima. Se sentó en la cama deslizando suavemente los dedos por las sábanas blancas hasta tropezarse con un oso de peluche. Lo vio y lo sostuvo entre sus manos, mientras recordaba el día en el que se lo había obsequiado: tenía apenas dos añitos, y al verlo ella había abierto los ojos como dos grandes platos mientras le preguntaba, aún sin apartar la mirada del oso, “¿mami es pada mí?”. Desde entonces aquel regalo se había convertido en su compañero inseparable, y aún en las peores horas ella lo abrazaba, como si aquel peluche pudiera compartir su dolor, y la llenara de fuerzas.
Fue allí, mientras recordaba, que sintió el peso del vacío que le aplastaba el alma. Comenzó a llorar, a llorar sin consuelo; lloró por sentirse culpable, lloró por no haber podido entregar su vida a cambio de la de su pequeña, lloró por los recuerdos, y lloró por el futuro que nunca tendría.
Verónica era su única hija, su único amor. Siendo apenas una bebé todos en la calle se detenían a mirarla, ¡decían que era la niña más linda que habían visto jamás!, y tenían razón. Sus grandes ojos azules podían iluminar los corazones más sombríos, y su sonrisa cautivaba todo a su alrededor. Sus primeros años fueron bastante normales, nunca hubo nada extraño, nada que despertara sospechas, nada que dejara entrever lo que serían los próximos años. Pero un día, poco antes de cumplir los seis años de edad, la había llevado al parque, como frecuentemente hacía, y mientras corría, jugando con otros niños repentinamente tropezó y cayo de bruces. Ella sintió su llanto y fue a socorrerla, la levantó, pero la niña seguía llorando desconsoladamente mientras se tocaba una de las rodillas, así que tomó rápidamente un taxi para dirigirse al Hospital más cercano. La examinaron, le hicieron placas, estudios; a María todas estas cosas le parecían un poco exageradas, total sólo había sido una caída, un simple golpe y nada más. Las horas se le habían pasado como una eternidad mientras esperaba que alguien le dijera que era lo que estaba pasando, hasta que por fin se le acercó un doctor, uno de los que ella había visto al lado de su hija. El se sentó a su lado hablándole con un tono suave y pausado, y le dijo que tenía que ser fuerte y tener mucha fe, que los estudios habían arrojado que Verónica sufría de una grave enfermedad ósea, y que para seguir con vida tendrían que seguir un riguroso tratamiento médico.
A partir de allí todo cambió. El tiempo se les pasaba entre idas y venidas de la casa al Hospital. Vivían entre doctores y enfermeras, habían cambiado la calidez del hogar, por esas frías paredes; Verónica soportaba todo con valentía, nunca se quejaba, nunca dejaba de sonreír. Pero por más que hacían los médicos, el estado de la niña no mejoraba. ¡Dos años pasaron en esa lenta agonía!, operaciones, medicamentos, nada funcionaba. Verónica seguía cayendo en un espiral descendente que parecía no tener fin. Una noche, mientras esperaba que le inyectaran un medicamento para el dolor, Verónica dijo: “-Mamá me lees un cuento porfa”, María salió de la habitación y cuando volvió traía entre sus manos un pequeño libro; se sentó a la orilla de la cama mientras decía: “-Hoy te traje un libro muy especial, se llama El principito”. Y así comenzó a leerlo sin pausas, mientras Verónica seguía la historia con total atención. Al terminar observó cómo su hija tenía sus hermosos ojos azules fijos en la ventana, luego volteó para encontrarse con su mirada y le dijo: “-Mami, pronto yo también regresaré a mi pequeño planeta, así como lo hizo El Principito, ¡pero no te pongas triste!, porque también estaré viéndote desde las estrellas y sonriendo para ti, y algún día tu también irás a visitarme, mientras tanto yo estaré esperando por ti”.
No pasó mucho tiempo más para que el estado de salud de Verónica empeorara. Y aún en los momentos más duros la pequeña conservó el mismo pensamiento, que la muerte solo sería el boleto de retorno a su mundo, y que había llegado hasta aquí para conocer a su mamá, y llevarse con ella no un cordero, como “El Principito”, pero si su oso de peluche para que la acompañara en el palacio de cristal que la aguardaba en su planeta, y que una vez de vuelta esperaría porque su madre viniera junto a ella.
Su muerte fue repentina, sin dolor. Simplemente llegó un momento en el que María sintió que no podía prolongar más la agonía, y dándose cuenta que eran los últimos momentos de su hija, se negó a llevarla nuevamente al Hospital. Verónica se fue quedando dormida, su vida se fue apagando como una velita que se extingue poco a poco, sosteniendo la mano de su madre y sonriendo hasta el último instante, y aún después que la vida la abandonara por completo, su sonrisa continuó enmarcando su rostro.
Ahora todo había acabado. La cama yacía vacía, y solo quedaba el dolor bañándolo todo, y el vacío, ese vacío infinito que era como un agujero negro que se tragaba todos los sentimientos, las emociones, y por el que se le iba la vida. Olió el oso de peluche que todavía tenía en sus manos, aun conservaba el aroma de su hija; lo sostuvo fuertemente contra su pecho mientras se levantaba y caminaba hacia la ventana. La noche estaba cayendo, y comenzaban aparecer las primeras estrellas. Y recordó lo que le había dicho Verónica, y sintió como la risa de su hija invadía su corazón. “Si mi pequeña princesa, estas allí arriba, en una lejana estrella, sonriendo para mi desde tu castillo de cristal”.
Desde entonces, cada vez que se sentía triste y vacía solo tenía que esperar que la noche cayera, y al mirar al cielo comenzaba a escuchar la risa de Verónica brillando en cada estrella, y le daba las gracias, porque le había hecho el mejor regalo del mundo, ahora ella también tenía estrellas que saben reír…
Laurana
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