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Missing pieces: Desperate housewives - Parte 1
Hace 7 meses. Austin. Texas
El viaje en coche desde El Dorado había sido eterno. Arnold era incapaz de dejar de dar vueltas a los pormenores de su vida. Nunca se había cuestionado sus acciones, a pesar de que sabía perfectamente que no era feliz. Pero creía que era mejor sentirse útil que pensar demasiado en sí mismo y en lo que le rodeaba. Walter había derribado tan fácilmente esos muros que le asustaba la cobardía de la que había hecho gala esos últimos años.
Pero más miedo aún le daba el cambio. No sólo porque Reginald tendría algo que decir al respecto, y él mejor que nadie sabía que era un experto en imponer su voluntad, sino que también tenía miedo de sí mismo. Su manual de reglas estaba totalmente corrupto. A la vista quedaba lo que había pasado con Robert. Al menos de ese modo pudo recordar la primera norma: “Un buen motivo no lo justifica todo”. Se le llenaba la boca de bilis sólo con pensar en el accidente.
A partir de ese momento se fijaría en Walter y en su modo de actuar con sus amigos. De ese modo aprendería lo importante que son esas relaciones, aunque en ese momento no lo sintiese así. ¿Cómo había llegado al punto de sentirse tan despegado de todo? Suponía que era lo que Reginald siempre había querido y si su jefe estaba contento, Arnold estaba contento. Igual había llegado el momento de pensar en sí mismo un poco más, aunque tendría que ir con pies de plomo.
Se sintió aliviado al ver el familiar bloque de apartamentos que daba cobijo a su moderno y amplio ático. Entró en la planta del garaje que era de su propiedad, todo un piso del mismo para él solito. No es que tuviese muchos coches. En realidad, de su propiedad sólo era uno; el que conducía en ese momento. Un coche deportivo de gama alta con todos los complementos, pero que empequeñecía en importancia al ser aparcado junto al resto. Los otros tres vehículos eran propiedad de Reginald y los usaba para irle a buscar a su mansión cada mañana.
A su apartamento sólo se podía acceder por un ascensor privado o bien por una salida de incendios también privada. El señor Summers le había construido aquella casa de tal manera que no tuviera que mantener ni siquiera contacto visual con sus vecinos. Nada más salir por la puerta del elevador, la puerta principal de su domicilio se abrió. Arnold sonrió ante el detalle que había tenido su única amiga en la ciudad.
- Hola, Sarah –dijo entrando y dejando el equipaje a un lado- Gracias por abrir. - Siempre a su servicio –dijo la voz sintética de mujer del sistema inteligente de su casa- ¿Ha tenido buen viaje? - Ha habido de todo un poco.
Arnold agradeció que la inteligencia artificial de Sarah no fuese lo suficientemente avanzada como para buscar un significado a la incipiente rojez de su rostro al pensar en Walter. Acababa de llegar y no veía el momento de volver a irse a El Dorado, pues todavía tenía un montón de días libres por delante. Pero había viajado hasta Austin por un buen motivo… Al menos esperaba no meter la pata en aquella ocasión.
- ¿Tengo correo? - Hay tres mensajes sin leer en su bandeja de entrada personal.
Había programado el gestor de correo de Sarah para que diferenciase los mensajes que recibía de la R.S. Corporation, también conocidos como los mensajes de Reginald, y el resto. La proporción era abrumadoramente desigual, llevándose los primeros el 100% del total prácticamente todos los días. Por lo que tres mensajes en su bandeja personal era una buena noticia para su vida social.
- Léelos, por favor –pidió animado. - ¡Deje de medir su virilidad en milímetros! Avance en el sistema métrico con nuestro nuevo sistema de alarg… - ¡¡Espera!! –cortó Arnold a Sarah- Se te ha olvidado pasar el filtro antispam. Otra vez… -suspiró pacientemente- Actualiza la información. - Tiene cero mensajes nuevos en su bandeja de entrada personal. - Eso suena más a mí –se rió, por no hacer otra cosa.
Tampoco estaba del todo mal, pues así no tendría ninguna distracción y podría centrarse en su pequeña misión autoimpuesta. Utilizó el permiso especial que tenía la R.S. Corporation para colarse en el servidor de la Universidad de Austin con la ayuda de Sarah. Consultó las plazas del Máster que quería cursar Walter, viendo que en efecto estaban ocupadas. A veces el centro reservaba algunas para clientes VIP indecisos. Y para colmo de males, el plazo para apuntarse había expirado.
- ¿Cuál era el precio de la matrícula? - Unos 15.000 dólares aproximadamente.
Arnold lanzó un silbido. No es que fuese una cantidad que significase mucho para él, pues ganaba más de eso al mes; pero entendía que para alguien como Walter era un importante desembolso. Estaba dispuesto a conseguirle una plaza en el Máster, se lo merecía. Aunque no podía ignorar que en aquel asunto había también un ligero toque egoísta. Si se iba a vivir a Austin, lo tendría más cerca.
- Usa la prioridad de la empresa para concertar una cita con la rectora mañana a la mañana –suspiró- Y prepara una extracción de dinero de una de mis cuentas por el importe que te diré luego. - ¿Algo más? - Prepara el baño, por favor.
Aunque eso era arriesgado, estaba deseando relajarse sumergido en agua caliente mientras escuchaba música. No estaba excesivamente preocupado por el encuentro del día siguiente, pues ya había tratado con la rectora con anterioridad y sabía cuántos ceros daban acceso a sus simpatías.
A la mañana siguiente comenzó a vestirse con ropa informal, pero cambió de opinión y decidió ponerse uno de sus incontables trajes de chófer. Con ese atuendo daba una apariencia más seria y, no había necesidad de negarlo, más intimidante. La rectora de la Universidad no tenía que sentirse cómoda con su presencia. Reginald siempre se decía que se conseguía más con miedo que con buenas palabras. Ya iba siendo hora de usar esas lecciones para una buena causa.
Se montó en uno de los coches que usaba para llevar a su jefe, pues era mejor que se pensasen que lo que estaba haciendo era un asunto oficial de la R.S. Corporation. Sobre todo ayudaría en el banco, donde no harían preguntar por sacar 40.000 dólares de golpe. El guardia del edificio le indicó una plaza reservada para los clientes importantes y no tuvo que hacer cola enfrente de una taquilla como el resto de los mortales.
El director del banco fue capaz de hacer la pelota a Reginald, aún no estando presente, mientras contaba los fajos de billetes y los metía en un maletín plateado. Arnold se limitaba a asentir con la cabeza, escuchando vagamente las palabras del otro. Una vez recibido todo el dinero, lo cogió y salió del lugar tras asegurar que haría llegar la invitación para la barbacoa al señor Summers. Aunque eso no fuese a ocurrir, pues se suponía que estaba de vacaciones.
En la Universidad tampoco tuvo que esperar para ser atendido por la rectora. En presencia de Arnold su ceño estaba menos fruncido de lo habitual y en su tono de voz aparecía un ligero temblor. Tomó asiento sin que se lo ofrecieran y fue directo al grano con su consulta.
- ¿Es una plaza para usted? –preguntó extrañada. - No. - Entiendo –en realidad no lo hacía; pero no era buena idea discutir con la mano derecha de Reginald Summers- La cuestión es que no quedan plazas. - Lo sé, por eso estoy aquí –la rectora miró de reojo el maletín… los ojos se la iluminaron. - ¿Cuánto? –Arnold sonrió. Era tan predecible. - He estimado que 40.000 dólares son más que suficientes. - Por supuesto que sí. Estamos más que complacidos por ayudar a la R.S Corporation.
No estaba por la labor de decir que no se trataba de ningún asunto de la compañía, pero si así lo creía la rectora; mejor para Walter. Dio todos los datos necesarios para inscribirle, aceptó una copia del horario y de la bibliografía y se marchó de allí sin pensarlo más. En un par de días volvería a ponerse de viaje, pues quería dejar el apartamento preparado para la posible llegada de un invitado. Si éste rechazaba la oferta… Era mejor no pensar en eso.
En la recepción de la Universidad se encontró con la última persona que esperaba ver en Austin: Mamaje. No sabía muy bien cómo reaccionar en su presencia. Nunca habían sido realmente amigos y bien sabía que eso era por culpa suya. La mejor manera de resumirlo es que había estado celoso de su relación con Zach. ¿Por qué de repente se daba cuenta de lo absurdo que era sentir celos? Esperaba que esa etapa de redescubrirse a sí mismo no durase mucho o acabaría volviéndose loco.
Pensó en qué haría Walter en una situación así, llegando a la conclusión de que era educado y socialmente esperado que al menos la saludase. Se acercó a ella justo a tiempo para oír la conversación que mantenía con el servicio de mantenimiento que tenía contratado la Universidad. La habían dado largas en la información que solicitaba y no parecía demasiado contenta con ello. Al darse la vuelta y verle tan cerca, soltó un grito que incluso le asustó a él.
- ¿A... Arnold? –hacía años que no hablaba con él cara a cara. - Hola, Mamaje. Te he visto con el móvil y no quería molestarte… -un eterno silencio se instauró entre ambos.
Para su incómoda sorpresa, Mamaje le plantó un beso en cada mejilla. ¿Cuándo era la última vez que le habían saludado así? Reginald jamás le presentaba a las mujeres con las que mantenía reuniones y, si lo hiciese, era bastante improbable que aprobase un comportamiento así. Todos los músculos del cuerpo se le tensaron, como si se estuviese preparando para la inevitable catástrofe natural que se les iba a echar encima. Pero nada pasó, a no ser que se cuente con las cosquillas que le hacían en la mejilla la humedad de los labios de la detective. Y eso no se podía categorizar como algo malo.
- Quería volverte a agradecer lo de Zach… - No es nada.
¿Acaso podía haber hecho otra cosa? Y puestos a hacerse preguntas… ¿no debería odiarle Mamaje? Al fin y al cabo, Zach estaba muerto por su culpa. Si nunca le hubiese propuesto el trabajo como chófer de Sarah... El agradecimiento era sincero y no se veía rencor por ningún lado. Estaba tan acostumbrado a ver lo peor de las personas, que casi le costaba aceptar lo bueno.
- ¿Es… está todo bien entre tú y yo? –tragó saliva- Ya sabes, ahora que el mayor competidor de Reginald vuelve a estar concentrado en el trabajo gracias a mí… - No hay problema.
Encima eso… ¿él enfadado con ella? ¿Por qué? No comprendía nada. Cierto era que la detective había reunido a padre e hija y el primero volvía a estar más centrado en los negocios. Y, por lo tanto, más ocupado haciendo la competencia directa a la R.S. Corporation. Pero el padre de Tisbe era un pez diminuto en comparación con Reginald y la compañía no peligraba.
Además, en todo caso Reginald tendría que agradecérselo a Mamaje. Durante años había intentado corromper a su competidor sin éxito, siempre tan obcecado con hacer las cosas según manda la ley. Ese comportamiento llegaba a enervar a su jefe, que había convertido al padre de Tisbe en su particular Némesis que tenía que destruir… costase lo que costase. Por suerte, sus técnicas normales no funcionaban contra alguien inquebrantable.
Por eso tenía que usar técnicas más sutiles, aunque tampoco eran efectivas contra alguien tan obsesionado como su Némesis por la seguridad. Pero eso no era aplicable a su hija. Tarde o temprano, Tisbe se convertiría en la puerta trasera para echar abajo el imperio de su familia. Sólo era cuestión de ser pacientes. Arnold tuvo la tentación de decirle todo eso a Mamaje, pero eso bien podía suponer su muerte, la de la detective y la del propio Walter si se encontrase ya en Austin. Cada uno tendría que lidiar con sus problemas.
- Tendría que irme. La verdad es que tengo prisa. Prometí a una persona que volvería lo antes posible –dijo Arnold, mientras se encaminaba de espaldas a la salida. - No importa. Yo también debo marchar. No hagas esperar al señor Summers. - No, no, no… No es él… Es… Bueno, no importa. Un placer volver a verte.
No sabía muy bien por qué se había ofendido con las palabras de Mamaje, cuando habían dicho una verdad como un templo. No sabía que era tan obvio que era un chico solitario y sin prácticamente vida social, y eso siendo generosos. Normalmente no le costaba mantener una actitud fría hacia el resto de las personas. Siempre distante para que no le afectasen en absoluto, ya fuese para bien o para mal. Pero había salido del encuentro de Mamaje casi hiperventilando.
El corazón le latía con fuerza y le temblaban las manos. Se acababa de dar cuenta que ser un nuevo Arnold le aterraba hasta la médula, pero no se sentía mal por ello. La conversación con ella había sido fluida o todo lo fluida que podía ser con su experiencia. Ya iría mejorando en ese aspecto poco a poco. Con Walter todo parecía tan fácil… algún día adquiría esa confianza con el resto.
Tuvo una idea que en otro momento le hubiese parecido estúpida, pero se lanzó a por ella. Estaba a punto de hacer su primer favor desinteresado. Lo de Walter no contaba porque esperaba que todo lo que había hecho tuviese como consecuencia que fuese a Austin y así tenerlo más cerca. Sólo tuvo que hacer una llamada para conseguir que el servicio de mantenimiento de la Universidad se pusiese a disposición de Mamaje. La intrincada red de tratos de dudosa legalidad de la R.S. Corporation al fin servía para algo bueno.
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