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Missing pieces: Artistic love - Parte 9
Austin. Texas
Scott colgó el teléfono tras hablar con su hermano. Nunca le había visto tan deprimido, ni nunca habían mantenido una conversación en la que Michael se derrumbase al hablar de sus sentimientos. Tampoco antes había sufrido un desencanto amoroso. Por suerte estaba planeando darle una sorpresa a su regreso, lo cual esperaba que le alegrase un poco los ánimos.
Pero antes de ponerse manos a la obra, tenía que hacer las tareas domésticas. Natalie era un desastre andante, dejando todo tirado como si todavía viviese sola en su pequeño apartamento. Scott suspiró hastiado mientras recogía unas medias tiradas en mitad del salón. Su propietaria justamente abrió en ese momento la puerta de entrada.
- ¡Hola, Scottie! - ¿Dónde has estado? - Con mis amigas –respondió hundiéndose en el sofá. - Podrías haber llamado. Así no habría preparado comida para los dos. - ¡No eres mi padre! - Está bien… No te olvides que esta tarde tienes la visita al almacén. - Lo sé, lo sé. ¡¡No me agobies!! –comentó sulfurada.
Scott puso los ojos en blanco, reclamando paciencia para no discutir con ella. Sabía que haría la visita, pero no era plan de que se pusiese tan borde con él. Aunque pensándolo mejor, Natalie nunca se había comportado de otra manera con él. Ese comportamiento le había enseñado a no ser tan capullo con los demás. Como no merecía la pena seguir dándole vueltas al asunto, anunció a su novia que se iba a hacer un recado.
Normalmente hubiese cogido el transporte urbano, pero quería hacer durar ese recorrido. El sitio al que iba le ponía los pelos de punta. Sabía que era una idea terrible, posiblemente la peor que había tenido en su vida. Por su hermano… cualquier cosa. Michael y Simon Summers habían ido al mismo instituto y allí seguía el agresivo abusón cuando Scott llegó al centro. No se podía decir que estuviese orgulloso de conocerle.
Tragó saliva delante de la puerta y llamó dando varios golpes. El matón de turno abrió la puerta, le reconoció y le cogió del cuello de la camisa arrastrándole al interior. Cerró la puerta con un fuerte golpe, llamando a sus compinches con un silbido.
- Esto va a ser divertido –anunció uno de ellos con una sonrisa que heló la sangre de Scott. - Llevémosle con el jefe.
Dos tipos enormes le alzaron por los sobacos, llevándole en volandas hasta el así llamado despacho de Simon. Éste se levantó nada más verle, haciendo crujir sus nudillos a la vez que se acercaba a Scott y se agachaba ante él; pues le habían puesto de rodillas.
- Creo recordar haberte advertido que no quería volverte a ver por aquí. - ¿No está ese asunto olvidado? - No me gustan los mentirosos. - Eso debe dificultar las relaciones con tu padre.
Sin ni siquiera darle tiempo a parpadear, el revés de una mano se empotró contra su cara partiéndole el labio. Un buen indicativo de que era mejor mantener su bocaza cerrada, pero a veces la tentación era demasiado fuerte como para contenerse. Aún así, estaba determinado a conseguir su objetivo. O, al menos, intentarlo.
- Tengo curiosidad. ¿Qué es lo que quieres? - Recuperar la moto de mi hermano –ya estaba dicho. Se encogió sobre sí mismo para amortiguar un golpe que nunca llegó. - ¿Llevas 40.000 dólares en alguno de esos bolsillos? –sus hombres se rieron. No eran unas risas agradables. - ¡¡No pagaste tanto!! –aunque tampoco se podía permitir la cifra verdadera. - No negocio con mentirosos –le retó con la mirada para que se atreviese a decir otro comentario sobre su padre. Para su decepción, no llegó. - Mira, no dispongo de ese dinero. ¿No hay alguna forma en la que podamos llegar a un acuerdo?
Simon se quedó mirando al patético de Scott. Nunca le había tenido en muy alta consideración, más bien lo contrario. Aunque yendo allí con las manos vacías esperando un acto de caridad… Al parecer le habían crecido un par desde la última vez que le vio. Así que si ya no era un crío, entonces podrían discutir aquello como hombres. Sonrió maliciosamente.
- Hay una forma de que la consigas –hizo una seña a sus hombres para que le dejaran ponerse en pie. - Lo que sea –dijo Scott antes de pensarlo detenidamente. - Llevadlo a los vestuarios.
Eso era todo lo que sus hombres necesitaban saber para comprender la idea de Simon. Scott fue llevado a un vestuario, donde le dieron ropa de boxeo de su talla. Todo el conjunto era un simple pantalón corto y unos guantes desgastados y que no olían demasiado bien. A lo lejos se oía los inconfundibles sonidos de una mujer siendo usada sexualmente por dos o tres hombres. Manchas de sangre mancillaban el metal de algunas taquillas y baldosas. ¿En qué estaba pensando?
- No sé boxear –dijo a los matones que se aseguraban de que no huyese. - Haberlo pensado antes.
Una vez preparado, fue arrastrado hasta el ring de combate sin posibilidad de presentar objeciones. A un lado del lugar, habían colocado la moto de Michael. Simon apareció por una de las puertas laterales, metiéndose a la zona de combate con un salto ágil fruto de las numerosas repeticiones del mismo. Se acercó a Scott y pasó uno de sus musculosos brazos por sus hombros, haciendo que su espalda se encogiese ante el tamaño del mismo.
- ¿Quieres la moto? –se la señaló con la otra mano. Scott asintió- Tan simple como ganarme en un combate justo. - ¿Justo?
Sólo obtuvo una macabra sonrisa como respuesta. Simon le iba a dar la paliza de su vida y lo sabía. Pero no podía irse de allí sin intentarlo. Igual pecaba de exceso de confianza ante un novato y conseguía encajar algún golpe. Sin embargo, no tuvo la más mínima posibilidad. Cinco minutos después de haber empezado el duelo, Scott se retorcía en el suelo con un dolor estomacal inimaginable. Sus lágrimas se mezclaban con la sangre de su cara.
- Sacad la basura, chicos –dijo a sus hombres señalando a Scott con la cabeza. - ¡¡NO!! –consiguió espetar el vencido- Quiero volver a intentarlo. - Estarás de broma. En ese estado podría matarte… con mucho gusto además. - ¡¡Otra vez!! –agarrándose a la cuerdas se puso de pie. Estaba mareado. - Muy bien. Tendrás otra oportunidad, pero no ahora. Vuelve mañana a la misma hora.
Los matones le arrastraron al vestuario para que se cambiase de ropa, pero al golpear de bruces el frio suelo de baldosas se quedó inconsciente durante varios minutos.
A la mañana siguiente, Scott se levantó temprano para ir a correr. No era un gran aficionado al deporte, pero ese día no se dio tregua. Tenía que ponerse a tono si quería tener alguna posibilidad contra Simon, aunque bien sabía que él era de complexión más bien delgada sin mucha capacidad de cambio. Tanto ejercicio de golpe fue un error, pues a la hora del combate todo el cuerpo le dolía y duró incluso menos que el día anterior.
Pero siguió reclamando otra oportunidad y Simon se la concedió encantado. Día tras día se ejercitaba para endurecer su cuerpo y así ser más resistente a los golpes, pero siempre caía derrotado a una velocidad alarmante. Seis días seguidos de fracasos en el ring no le impidieron exigir un séptimo. Esa misma noche volvía Michael de Nueva York. Su última oportunidad de conseguir la moto.
Atacó furioso, arrancando una cara de sorpresa a Simon; pero sin obtener ningún resultado a su favor. Veinte minutos después, al menos eso alimentaría su orgullo, yacía como cada tarde en posición fetal intentado aliviar sin éxito el dolor que le laceraba todo el cuerpo. Su contrincante se quitó los guantes y los arrojó al suelo.
- ¿Por qué demonios vienes aquí cada tarde sabiendo que es inútil? - No lo entenderías… -Scott consiguió ponerse en una posición semi erguida. - Compláceme. - Porque quiero a mi hermano, aunque no espero que llegues a entender lo que significa eso.
Por una fracción de segundo, la mirada retadora de Simon osciló a una ofendida e incluso triste. Pero duró tan poco que Scott pensó que se lo había imaginado. Al final tendría que tener lástima por aquella criatura azuzada por su padre para ser lo que era.
- Yo también tengo hermanos –desvió la mirada- A los bastardos ni les conozco y mi hermana me evita. - Lo siento. No tenía ni idea -¿aquello que percibía en su voz era envidia? - Me pregunto si alguno de ellos se desangraría voluntariamente por mí –miro la moto pensativo- Puedes llevártela. - ¿Perdona? –Scott seguía sin salir de su asombro. - La moto, cógela. Pero no vuelvas por aquí. Y si repites cualquier palabra de esta conversación, te prometo un dolor inimaginable.
Sabía que esa no era una amenaza hueca, así que se lo prometió y le dio las gracias. Dándose prisa por si cambiaba de opinión, se puso su ropa y salió montado en la fiel novia de dos ruedas de su hermano.
Mientras tanto, Natalie había ido al aeropuerto a buscar a Michael. Le encontró más delgado y con el rostro entristecido. Pero no quiso sacar el tema para no remover en su dolor. Se montó en el coche en silencio, sólo abriendo la boca al darse cuenta de que no iban a su casa.
- ¿Nos estamos dando mucha vuelta, Nat? - Es una sorpresa –Michael gruñó. - No estoy yo muy abierto a hechos inesperados últimamente. - Esto te va a gustar, hazme caso.
Natalie condujo durante casi un cuarto de hora más hasta llegar a lo que parecía ser un taller abandonado. El cartel de “Se vende” había sido recientemente arrancado de la puerta. Michael miró a la novia de su hermano con el ceño fruncido a la vez que ésta sacaba un manojo de llaves y se lo arrojaba.
- ¿Qué hacemos aquí? - Los artistas necesitan un lugar para trabajar, ¿no? - ¡¡Venga ya!!
Natalie le arrastró hasta la puerta, convenciéndole de que la abriese y echase un vistazo al interior. Era un lugar bastan amplio y alto, ideal para trabajar con comodidad con estatuas de metal. El lugar necesitaba ciertas remodelaciones, pero por lo demás era perfecto. Se podía imaginar sin problemas dando rienda suelta a su imaginación en aquel lugar.
- No sé qué decir. - Ya nos darás las gracias.
Michael sonrió. Sabía que Natalie era incapaz de tener una idea tan altruista, pero no se cortaba un pelo a la hora de darse méritos. Le recordaba a su hermano no hace mucho tiempo atrás.
- ¿Dónde está Scott? –preguntó dándose cuenta de que todavía no le había visto.
En ese momento se oyó el sonido de un motor acercándose al lugar. A Michael se le aceleró el pulso, reconociendo de sobra qué sonaba así. De un par de largas zancadas salió del taller para ver a su hermano montado en su moto acercándose a toda velocidad. No podía decidirse sobre a quién le hacía más ilusión volver a ver. Scott paró a su lado y se quitó el casco. Una sonrisa se dibujaba de lado a lado en su cara.
- ¡¡Hermanito!! –Michael le abrazó, estrujándole con todas sus fuerzas mientras le bajaba de la moto. - Yo también me alegro de verte –le dio un par de palmadas en el hombro para que le dejase en el suelo. - ¿Cómo la has conseguido? –Scott se encogió de hombros- ¿Qué te ha pasado en la cara? - No es nada.
Michael le dio un puñetazo amistoso en el hombro como solía hacer muchas otras veces, pero ese día Scott vio las estrellas por las heridas que tenía en esa misma zona. Sin embargo, no se quejó. Disfrutaba viendo a su hermano tan contento al recuperar algo que apreciaba tanto. Ojalá lo que dejó en Nueva York se pudiese conseguir de la misma manera…
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