Un paseo por la ciudad

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cyrus
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Un paseo por la ciudad

Mensaje por cyrus » 14 May 2010 00:07

La calle estrecha sus márgenes y se va haciendo opaca su premura. Primero el paso cercano, el breve nudo desasido sin estorbo ni injerencia; la avenida grácil, los mil trayectos cruzados, la dirección vagabunda e inconcreta. Luego lo grande se va engullendo a lo singular y lo pequeño. Ya somos miembros de una tribu que ha sacado a pastar su urbanismo y su impaciencia. Somos partículas diminutas en un trayecto de intercambios autónomos, ignorados, eficientes. Cada cual saca su poco a la calle, y entre todos hacemos un mucho. La calle, la plaza, es entregada a la masa para aliviar su hambre de significado, pero se consuma, casi siempre, en la costumbre de su indiferencia.

Mareas, corrientes, una gran lengua anónima, ambulante y pasajera atraviesa la ciudad como si quisiera lamerla, saborearla. Somos marea y nos dejamos llevar por ella. Él con paso lento y breve, yo dándole la mano para que no se me pierda. Él busca los globos, los disfraces de osos, va pateando las alcantarillas, en ese juego que yo le enseñé de que había que ir pisándolas todas. Yo miro el rostro múltiple, concreto y ajeno de la multitud mientras voy vigilando sus pasos. Hay en los ojos de la gente una señal de sus vidas que me gusta escudriñar. Andamos juntos y miramos cosas distintas.

Mira, papá, el indio que te dije. Y ya no tiene a mis ojos el velo protector de su inocencia. Sólo queda un hombre hosco, robusto y fingido que adorna su impostura con un ajado penacho y un ademán de músico alquitranado y estridente. El simulacro acaba de distinguirse en la confusión de ojos que todos formamos sin darnos cuenta. Le regalamos nuestra curiosidad y él nos devuelve nuestra farsa. El artista, aquí, es el disfraz del mendigo. Un mendigo que se disfraza de mendigo. Un mendigo al que no le basta ser mendigo, y se viste con otra desesperanza.

Avanzamos, seguimos nadando entre la gente: los puestos de churros, con su olor a viaje acre y aceite corrompido. La farándula de traca y atavío, de bengala y perifollo. Los pasos de mercadillo, su algarada de ofrenda artesanal y colorida; los puestos de contrabando, el ojo blanco sobre negro; alerta, clandestino, provisorio, entrenado en distinguir al vigía del cliente, el artículo de huida y manta a la cabeza. Gérmenes del ocio y la marginalidad, parásitos de esa generosidad descompuesta que nos queda. Y todo ello mezclado, digerido y regurgitado por el estómago opíparo y monstruoso de la ciudad, su intrincada corpulencia de laberinto, su agitado nerviosismo de mercurio sin conclusión

Me acerco al runrún tropical y ascendente de unos tambores que retumban cerca. Un corro sin fisuras nos separa de la unción del espectáculo. Joel accede a golpe de hombro y empieza a hablar por los codos, y no lo entiendo. Es el mimo, me dice. El mimo es un hombre cubierto de brotes pajizos que deambula entre la gente al son de los tambores, bailando y haciendo risas mientras ofrece su cuenco menesteroso. La mirada de un niño nos devuelve al hambre indistinto y primordial del idioma, el tentáculo simbólico que aún sin entenderlo pretende abarcar el mundo. Es un mimo, sí, le digo.

El ruido se adormece y el público se disuelve en estampida. Les lleva la corriente y nosotros nos metemos a hurtadillas en el meollo. Inhóspitos, agrestes, negros como el betún. Cinco hombres y dos mujeres forman su propia isla e interrumpen el paso a golpe de bombos, timbales, darbukas y cascabeles.

Comienza otra vez la función, improvisada, sonriente, portátil a las pupilas de los que pasan. Su música está hecha de entendimientos sobre la marcha, de cabalgamientos, miradas cómplices que van concertando sus manos, su impacto, su ritmo, para ir desapareciendo en otra cosa. Buscan una atmósfera de trueno, alma y encuentro que los consagre y nos reúna a nosotros con ellos. El cielo va cayendo su oscuridad y el estruendo de los bombos va sumiendo la ciudad en un silencio de voces. Dos o tres adolescentes comienzan a imitar el ritmo de una mujer negra, gorda, de movimientos voluptuosos que va aferrándose a un compás creciente, y que va aniñando poco a poco, mi corazón.

El reguero de pólvora, el petardeo inopinado, las figuras de cartón piedra, las peinetas endomingadas son triste remedo, amansado y decrépito, de este incendio de vida ancestral y apoteósica. Órgano vivo, víscera extasiada que nos devuelve nuestro espíritu y nos sitúa de pronto en el corazón de la ciudad. Nunca me ha gustado bailar, y nunca he movido un pie en la discoteca, pero ahora quiero saltar, retorcerme, abandonarme, exprimirme, convulsionarme como el que pide sus cosechas al asfalto. Quiero bailar, y siento que sé bailar, que he aprendido ya la batida de sus salmos. Y todo lo que hay en mí de escéptico, analítico y detenido se vuelve alegría en disolución, torrentera de sangre en movimiento.

Una chica blanca, joven, vestida de calle, se arroja repentinamente al interior del círculo y comienza a bailar y a agitarse, arrancándome como por sorpresa de mis ganas, cumpliendo cada designio, cada acorde tumultuoso del delirio. Y va creciendo a sus pies el tam tam mientras se encienden los aplausos. Y ella baila desde una locura acorde, cierta y salvaje que la va hundiendo como sin querer en los ojos vidriosos de la gente. La tormenta y el frenesí detonados en un arrobo de lujuria próspera, espontánea y maravillosa. Se detiene el tiempo falible de la urbe y es convertido en un momento de eternidad satisfecha. La cerca de timidez, la costra de civilización y cobardía que aún me separa de mí pronuncia en ella el arrebato que me exonera, me fulmina y me une a la catarsis.

Yo no soy yo, mi hijo no lo sabe, y nadie mira mis lágrimas.

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Mylady
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Re: Un paseo por la ciudad

Mensaje por Mylady » 14 May 2010 17:06

Cyrus me ha encantado!!!
"...Cada beso perfecto aparta el tiempo, lo echa hacia atrás, ensancha el mundo breve donde puede besarse todavía..."

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cyrus
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Re: Un paseo por la ciudad

Mensaje por cyrus » 15 May 2010 01:26

Me alegra Miylady! para mí fue una experiencia chula

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