El niño olvidado

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Gisso
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El niño olvidado

Mensaje por Gisso » 24 Ago 2011 13:03

El niño olvidado.

Había empezado a llover, así que se cubrió lo mejor que pudo y buscó un lugar mejor, más resguardado. Aun así continuo mendingando para conseguir sobrevivir un día mas, con la mano extendida, la cabeza gacha, el bote en el suelo con unas pocas monedas. Empezó a recordar.

Recordaba cuando aún era niño y aun le quedaba algo de inocencia. También a su hermana un año más pequeña y como pronto dejaron los juegos y comenzaron a trabajar. Recordaba cómo trabajan en los campos, como se les llenaban las manitas y los pies de llagas, como recibían unas míseras monedas y un cuenco de arroz blanco lleno de moscas y larvas como pago. Aunque muchos no tenían ni eso y gracias a eso, podían seguir vivos un día más. Después de un largo día, volvían a la chabola un poco antes de anochecer y escondían el pago. Luego iban en búsqueda de su madre a un vertedero que había en las cercanías y acababan el día jugando entre ratas, ayudando a su madre.

Oscureciendo, volvían los tres a casa. Recordaba como un día se había dado cuenta que a su madre le había crecido un poco la barriga y le preguntó. Ella le contestó, acercándolo a su mugrienta falda, que tal vez un día fuesen uno más. Solo tal vez. Entonces al regresar, llegaban los demonios de la noche. Con suerte, a quien llamaban padre, llegaba lo suficientemente borracho como para no hacerles nada. Cuando eso no ocurría, era la suerte quien decidía ese día con quien descargaba su furia.

Recordaba como una noche todo cambió. Como se despertó a causa de unas detonaciones. De cómo, asustado, se levantó de la cama de paja en el suelo, mientras el resto de su familia empezaban a despertar también. De cómo irrumpieron violentamente unos soldados y entre gritos, se lo llevaron por la fuerza mientras gritaban su madre y su hermanita detrás de él. También su padre. En ese momento escuchó otra detonación, otro disparo y como los gritos de su padre enmudecieron. Vio como el resto de soldados empezaron a rodearlas y como la puerta se cerró mientras aun escuchaba sus gritos. Es lo último que vio, antes de que un golpe lo dejara inconsciente. Fue la última vez que vio a su familia.

Recordaba como despertó entre medio de sollozos y llantos de más niños, mayores o pequeños, en la parte trasera de un camión. El viaje fue largo, los llevaron lejos a un lugar recóndito, olvidado. Luego los bajaron como ganado al llegar a su destino. Un niño más pequeño que él empezó a correr, intentó escapar. No llegó muy lejos, le dispararon por la espalda. Los pusieron en filas. Entonces un soldado, les empezó a dar un discurso: que si su país los necesitaba para una rebelión, que tenían que luchar contra la mano opresora que les impedía ser libres día a día, que si sus familias estarían orgullosos de sus actos en el futuro... Su familia...

Así empezó su duro entrenamiento, para defender los restos de un país que agonizaba. Uno más entre tantos otros. El día a día era un infierno. Muchos se levantaban con la esperanza de que no fueran ellos los que no viesen un nuevo atardecer, otros con la esperanza de que si y así, dejar de sufrir. Él se aferraba a la esperanza de escapar y regresar con su familia. Y con la fuerza que le daba esa esperanza, sobrevivía un día más. Hasta que un día, estuvo preparado.

Recordaba cómo fue su primera misión. Y la ultima. Tenían que “alistar” nuevos reclutas en un poblado al norte. Llegaron de noche. Comenzaron a entrar en las chabolas y a sacar a los hombre y niños que podían ser útiles por la fuerza. El entró con otros dos más en una choza. Solo había un hombre mayor, llorando que no tenían nada. Vio la entrada de un cobertizo. Se acercó hacia allí, el hombre se giró hacia él con cara asustada. Entró con el arma por delante y empezó a rebuscar. Escondido, encontró a un chico de más o menos su edad aterrado. Su intención era darse la vuelta y decir que allí no había nadie, pero el chico le atacó con un cuchillo en la mano. Y él reaccionó. Una detonación, salpicaduras en su rostro y el chico cayó al suelo con los ojos perdidos. Después escuchó un grito, un forcejeo y un nuevo disparo. El hombre mayor acompañó al chico. Luego entraron, vieron la escena, le felicitaron. El no quería...

Se llevaron a los nuevos reclutas en camiones como a él. Pero cuando pensó que iban a volver, que todo había acabado, el infierno se desató. Empezaron a entrar de nuevo en las casas, robando, quemando, matando, violando. Recordaba impotente, como observaba la escena mientras pensaba en su familia. ¿Habrían tenido un final igual?
Cayó de rodillas, sollozando. Se apartó a un rincón, hasta que todo pasó y quedó en silencio. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero todo estaba destruido, calcinado. Habían cuerpos allá donde mirase y pocos supervivientes. Los soldados, calmados y borrachos, ahora dormían mecidos por el coma etílico y el bajón de adrenalina. Recordaba cómo entre todos esos demonios, empezó a buscar a uno. Lo encontró dormido dentro de una chabola, junto a una mujer desnuda y otro soldado. La mujer, despierta, le miraba con ojos de desesperación. Le hizo un gesto de que se mantuviera callada. Sacó el cuchillo con el que le había atacado el chico que había matado esa misma noche y se acercó a su cuello. Tapándole la boca, cercenó su garganta. Así fue como acabó con la vida del soldado que estaba al mando de esa operación.

Recordaba como la sangre manaba de la herida, de cómo le quitó la vida y lo enviaba al infierno. Atacó y mató al otro soldado mientras este despertaba, sin darle tiempo a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Se acercó a la mujer despacio y le ofreció una pistola. Le dijo que escapara. Luego dio media vuelta y comenzó su huida. Al salir de la choza escuchó un disparo en el interior. Pobre mujer.

Desde aquel día tuvo que huir. Pero antes, fue en busca de su familia, aunque ya presentía lo que le esperaba. Tardó días, aunque no recordaba cuantos. Había perdido la noción del tiempo, ya no la recuperó. Cuando llegó, encontró todo como lo había esperado después de aquella noche. Destruido. Habló con la poca gente que había quedado con vida. Sabía lo que buscaba, pero no sabía dónde se encontraba. Recordaba cómo llegó al lugar, a la fosa común ya cubierta, donde se encontraba su familia. De cómo se arrodilló ante ella y se despidió de ellos. De su hermanita, de su madre, de su futuro hermanito. Aunque se alegró de la muerte de su padre. Empezó a llorar. Había ido a despedirse, ya lo había hecho. Ahora tocaba empezar una nueva vida, aunque aun no sabía cómo.

Dejó de recordar, la noche estaba empezando a caer. Recogió todo y bajo la lluvia, se puso en camino. Llegó a un puente, donde debajo de él, se resguardaba y tenía sus pocas pertenecías. Preparó el lugar donde dormía, entre cajas de cartón, tablas y mantas llenas de chinches y garrapatas. Pero no pudo dormir. Siguió recordando...

Empezó de nuevo a recordar cómo había tomado la decisión de escapar a la gran ciudad del norte. Allí los soldados, más bien guerrilleros, no se atreverían a seguirle. Empezó un largo camino en soledad, a escondidas, robando para poder comer. Para sobrevivir, puso en práctica lo poco que le habían enseñado durante su corta estancia en la guerrilla. Llegó a la gran ciudad. Mendigaba mientras buscaba trabajo. Más de una vez se metió en un lio, aunque siempre lograba escapar. Hasta que un día se cruzó con él. Recordaba como se le había acercado con su vistoso traje, de cómo su dulce fragancia le había envuelto. De cómo le había prometido esperanza, comida, trabajo, dinero. De cómo le había engañado.

Lo llevó a sus dominios, donde vivían más niños y niñas, como él. Que también habían sido engañados, como él. Donde les hacían trabajar en fabricas ilícitas en duras condiciones, hacer de mensajeros de la droga donde muchos morían acribillados o prostituirse en el bar que regentaba, según el día y el humor de “Padre”, que era como le gustaba que le llamaran. Recordaba como un día intentó escapar y de cómo lo atraparon. Aunque le perdonaron la vida, le pegaron tal paliza que estuvo a punto de morir. Ahí es donde la conoció, un puntito de luz en un mundo oscuro. Fue la única que se atrevió a cuidarle, ha ayudarle. Era una niña de su misma edad. Era preciosa. Así entablaron a escondidas una amistad.

Recordaba cómo se ayudaban mutuamente en los peores momentos. De cómo ella le había metido en el corazón la esperanza de que existía un lugar, en el norte cruzando el mar, donde no existía el hambre, donde había trabajo en abundancia, donde la gente ayudaba al prójimo sin pedir nada a cambio y a donde podían escapar. Los dos. Juntos. Pero necesitaban dinero. Un día descubrieron por casualidad donde Padre escondía altas sumas de dinero en su habitación y trazaron un plan. Algunas noches, Padre, en un alto estado de embriaguez, llamaba a alguna de la niñas para divertirse un rato. Para enseñarles, como decía él. Ella solía ser una de sus favoritas y ese, sería el momento. Así llegó el día. Así llegó la noche, en donde ella entró en su habitación para continuar con las enseñanzas de Padre. Mientras tanto, el tenia que esperar a que el lugar se tranquilizara, que la gente se fuera a dormir. Después, sigilosamente se acercó hacia la habitación de Padre y allí, en la puerta, esperó.

Recordaba como al cabo de esperar un tiempo que le pareció eterno, la puerta comenzó a abrirse. De cómo sus miradas se encontraron. Tenía un moratón en el ojo, el labio partido con sangre. Habían robado unas pastillas, que según se habían enterado, dormían a quien las tomara. Las había mezclado en la bebida, pero no actuaron lo suficientemente rápidas, ya que le había dado tiempo a comenzar con sus enseñanzas. Se acercaron al escritorio, mientras sacaba el cuchillo. El mismo con el que ya había matado y que había conseguido mantener escondido todo ese tiempo. Empezó a forzar el cajón del escritorio que ella le había señalado. Los ronquidos de Padre resonaban en sus oídos. Logró romper la cerradura y abrir el cajón. Vio los sobres donde guardaba el dinero. Los cogió rápido.

Recordaba como cuando iban a empezar a huir, la voz de Padre resonó a sus espaldas. De cómo había gritado entre sueños velados, “que demonios estáis haciendo”. Se giró hacia Padre, blandiendo el cuchillo hacia él. Le atacó, clavándole el cuchillo en el pecho. Luego lo sacó y un chorro de sangre empezó a manar de la herida. Dio media vuelta y cogiendo la mano de ella, comenzaron la huida. Pero ella no llegó muy lejos. Escuchó un disparo a su espalda, mientras salían por la puerta. Se giró hacia atrás y vio como ella daba unos pasos y sin soltarle de la mano, se derrumbaba en el suelo. También vio como Padre, pistola en mano, se desplomaba con una mueca que parecía una última burla dirigida hacia él.

- Huye... Huye sin mí y busca la libertad que tanto soñamos juntos. Escapa, ya no puedes hacer nada por mí. ¡Huye! Se libre. Hazlo por mi...

Nunca olvidará sus últimas palabras y de cómo se acercó a ella. De cómo la besó en sus labios repletos de sangre, mientras su corazón dejaba de latir. Escuchó unos pasos. Se apartó y la miró por última vez mientras le cerraba los ojos. Entonces comenzó la huida. Recordaba cómo logró escapar, de cómo vagó sin rumbo, corriendo, hasta que le abandonaron las fuerzas. Al final cayó al suelo, entre un mar de lagrimas. “Busca la libertad que tanto soñamos juntos”. Cogió los sobres y los miro. “Hazlo por mí...”. Se levantó, se enjugó las lagrimas y se puso en marcha. Era hora de continuar, de buscar ese lugar del que tanto habían hablado. Empezó a caminar hacia el norte en busca del mar, el cual, debía atravesar.

Llegó a un poblado marítimo, exhausto, casi sin fuerzas. Pero lo había conseguido. Buscó un lugar donde comer, intentando no llamar la atención. No quería que le robasen. Empezó a buscar información sobre la gente que alquilaba barcas, para poder cruzar al otro lado. Le llevó varios días, pero al final consiguió contactar con alguien. Le tuvo que pagar algo por adelantado, el resto antes de subir a la barca. Le dijo el lugar, la hora y lo que tenía que hacer. Esperó varios días.

Llegó al lugar indicado. Era una noche oscura, nublada y el horizonte relampagueaba. Por un momento, estuvo a punto de darse la vuelta. Pero ya había pagado una parte y quien sabe cuándo podría ser su siguiente oportunidad. Se acercó, había más gente como él esperando. Habían dos personas con armas, que eran quienes cobraban y mantenían el orden. Había llegado el último, se puso en la cola. Recordaba cómo llegó su turno y de cómo pagó. Una vez había dado el dinero y se iba a poner en marcha, le empujaron y le dijeron que ya no había sitio para él, que tal vez a la próxima. Frustrado y engañado, les plantó cara. Forcejearon y le golpearon con la culata en la cara, tirándolo a la arena. Con la mirada ensangrentada, metió la mano donde escondía el cuchillo, mientras los hombres se le acercaban apuntándole con el arma.

En ese momento una mujer cubierta de pies a cabeza, le protegió con su cuerpo, diciendo que no se irían sin el hijo de su hermana. Cuando iban a golpearla para separarla, él la protegió mientras gritaba que si le dejaban ir, les daría más dinero. Eso detuvo a los dos hombre. En vista de que ya habían armado demasiado alboroto y perdido tiempo, aceptaron ese extra y le dejaron subir. Aunque no les ofreció todo y se escondió una parte.

Se pusieron en marcha. La gente que había en la barca casi superaba los límites de esta. Casi no se podían mover. Por un momento pensó si no se hundirían, si la barca resistiría. A su lado se encontraba aquella mujer. Le agradeció lo que había hecho por él y le ofreció el dinero que le quedaba. La mujer le contestó que no hacía falta, que allí donde iban le haría más falta, que le recordaba a su hijo, ya fallecido. Se lo volvió a agradecer. Hacia mal tiempo, no podía dormir. Las horas pasaban, ¿o tal vez días? Pero al final, cansado, con el movimiento de las olas, el susurro de la tormenta y el lloro de algún niño, poco a poco se fue quedando dormido.

Recordaba cómo se despertó en medio del fragor de una tormenta, de cómo la gente gritaba, los niños lloraban, de cómo la barca se tambaleaba al son del fuerte oleaje. De cómo les golpeó una gran ola de costado, de cómo empezó a volcarse la barca y de cómo se intentó agarrar en vano. Antes de volcar del todo, vio como la mujer que le había ayudado, pasaba gritando a su lado y se perdía en el mar. La barca se volcó en su totalidad mientras lanzaba al resto de la gente y se partía en dos. Se intentó sujetar a una tabla que pasaba cerca. Mientras intentaba desesperadamente mantenerse aferrado a la tabla, algo le golpeo en la cabeza, perdiendo a partir de ahí el conocimiento y lo que ocurrió posteriormente. Cayendo en una total oscuridad, mientras escuchaba los gritos de los demás.

Podría llamarlo milagro, ya que despertó, aunque bastante malherido, en la arena de una playa aferrado aun a la tabla. Lo había perdido todo, solo le quedaba la ropa hecha jirones y el cuchillo, que aun llevaba atado a la pierna. Antes de perder de nuevo el conocimiento, vio como se acercaba una persona hacia él.

Recordaba como despertó en una choza. Parecía la de un pescador. Había un hombre mayor a su lado, pero no era como él, tenía la piel más blanca. Tampoco entendía lo que le decía. Escuchó un ruido, como el frenar de un coche. El hombre de rostro pálido le habló. Aunque no le entendía ,su voz era tranquilizadora. Luego se dio media vuelta, se fue hacia la puerta y salió. Se levantó de la cama y con curiosidad se acercó hacia la puerta. Allí lo vio, hablando con unas personas de uniforme y detrás de ellos, un coche con luces brillantes azules que daban vueltas. Se empezó a asustar, pero más cuando vio que esos hombres iban armados. Buscó una salida por la parte trasera y escapó, corriendo como podía, sin mirar atrás...

Dejó de recordar y volvió a la realidad, entre cajas de cartón, mantas y chinches. Desde que llegó a la playa y había escapado, llevaba en esa situación, ¿cuánto tiempo? No lo sabía, había perdido la noción del tiempo que transcurría. Miró el cuchillo. Miró sus muñecas. Pensó en ella. No, debía encontrar ese lugar, pero... ¿Era este el lugar que tanto había hablado con ella? ¿La tierra prometida donde el hambre, la pobreza y la injusticia no existían? ¿Dónde había trabajo y comida en abundancia? Pensando en ella, se quedo dormido, mientras sollozaba.

Llegó un nuevo día. Otro día en el que había logrado despertarse y ponerse en pie. Se puso en marcha, mientras pensaba que no, que este no podía ser ese lugar. Que tenía que seguir viajando hacia el norte, hasta que dejara de cruzarse con gente en su misma situación, incluso con niños como él, abandonados por la sociedad y en donde las personas más afortunadas no les girasen la cara, ni les mirasen con repugnancia, cambiasen de acera o les intentasen utilizar para su propio provecho. Y si, pensaba. Aun seguía siendo un niño, pero un niño olvidado. Solo uno más, entre otros tantos millones de olvidados, que hay en este mundo.

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Re: El niño olvidado

Mensaje por Berlín » 25 Ago 2011 00:14

Madre mía, este es un relato duro y estremecedor. Lo cuentas con la soltura con que se escribe lo que se recuerda y eso es lo que me da más miedo. Espero que no sea así y que quede en un relato más sobre la terrible realidad de la existencia de los niños obligados a punta de pistola a colaborar como niños soldado.
Mucha gente busca un estado que le aseguran que es el del bienestar, van buscando el sueño, y lo que se encuentran a veces no es lo prometido.
Igual mi comentario no está a la altura del relato. Buen trabajo.
"Que escribir y respirar no sean dos ritmos diferentes"
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Re: El niño olvidado

Mensaje por Shimoda » 25 Ago 2011 04:38

Gisso, escalofriante relato, me ha dejado con la piel erizada. Lo peor es que lo que narras, en algunos lugares del mundo, es una realidad que aunque duela, hay que reconocerla.
Te felicito y te :eusa_clap: :eusa_clap: :eusa_clap:
¨Justifica tus limitaciones, y ciertamente las tendrás¨ Richard Bach

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Re: El niño olvidado

Mensaje por Gisso » 25 Ago 2011 19:30

Gracias Shimoda y Berlin por vuestros comentarios. Mas que un recuerdo, es un pensamiento sobre esa pobre gente y como bien dices, un relato mas sobre la pobre realidad. Tengo que decir, que nunca entenderé porque existe esta diferencia social... Al acabar de escribir este relato (que se me hizo duro hasta para mí), dejé un pequeño pensamiento que no puse al subir el relato y que corrobora lo que decís. Es este:

“A veces la realidad puede superar la ficción. Por desgracia, de una forma u otra, en parte o en su totalidad, esta historia podría llegar a ser real, de estar ocurriendo en estos momentos. Hay muchas formas de ayudar para que esto no llegue a ocurrir...”

Ojala algún día solo sea, en verdad, tan solo un relato... Saludos.

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Re: El niño olvidado

Mensaje por lucia » 09 Sep 2011 18:26

¿Sabes? Has acumulado tantas desgracias con tan poca esperanza en una sola persona que casi haces que desconecte de la historia.

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Re: El niño olvidado

Mensaje por Gisso » 09 Sep 2011 20:09

Bueno, no creo que dé para un guion de una película de Mel Brooks. Tal vez me haya pasado con las desgracias, pero ¿quién dice que no puedan haber historias reales peores? Aun así, al final dejo un mínimo de esperanza, donde por muchas calamidades sigue con la intención de encontrar esa “tierra prometida”, cosa que un principio el final no era así, era más trágico y lo cambie. No a todo el mundo le gusta esta clase de historias. Un saludo y gracias por comentar :hola:

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