- Capítulo primeroHabía una vez, en un país muy lejano, un frondoso bosque perdido en un profundo valle entre altas montañas coronadas de resplandeciente nieve. Oculto en este hermoso lugar, se encontraba el Reino de las Hadas Aladas de Nymphrel junto a un cristalino lago, el cual les daba su nombre. Hijas del Gran Árbol Annor, regente de las tierras que lo circundaban, cuidaban y protegían tanto a su padre, como al bosque que les daba cobijo.
A la llegada de la floreciente primavera, algunas de las bellas flores que ofrecía Annor, cobijaban en su interior a diminutas hadas recién nacidas. Así venían a este mundo. En esta estación, el resto de hadas se dedicaban a las nuevas nacidas, cuidándolas, enseñándolas y alimentándolas con una mezcla de agua de Nymphrel y polen de Annor, hasta que pudieran tomar sus primeras piezas de fruta. En verano llegaban las clases de vuelo, ya que nacían con las alas muy débiles y no cogían fuerza hasta unos tres meses después; y de supervivencia, pues no estaban exentas de peligros. Mientras, empezaban a recolectar provisiones para la llegada del invierno. En otoño se dedicaban a limpiar y cuidar a Annor, también al resto del bosque, recolectando sus tardíos frutos que les ofrecía para sobrevivir durante el frio y duro invierno. Una vez llegada esta estación, se ocultaban en el interior de su tronco hueco, que les daba cobijo y protección hasta la llegada de una nueva primavera.
El amanecer estaba a punto de llegar, las luces de alba asomaban tímidamente entre los picos de las montañas. Un revuelo comenzó a estremecer a Annor desde su interior.
—¡Despertad, despertad perezosas! El día ha llegado y debemos estar atentas —Iliria, el hada más anciana y matriarca del lugar, zarandeaba a las más dormilonas—. ¡Despertad, despertad! Hoy es el día del Gran Florecimiento y debemos prestar atención para acoger a las nuevas nacidas que...
—Sí, sí... ya vamos, Gran Gran Gruñona —protestó Édhal intentando imitar su voz mientras bostezaba y se desperezaba, apartando la hoja que la cubría—, no se nos vaya a caer alguna intrépida de la flor.
—¡Sí! No queremos que nos pase como contigo, que te quedaste colgada boca abajo. Demasiada sangre bajó a tu dura cabezota. No nos podemos permitir otra Édhal entre nosotras... —se oyó murmurar tres hojas más hacia la derecha.
—Te he oído, Alin —protestó—. Y si me ocurrió eso, es porque hay gente más dormilona que yo en este lugar —y dicho esto, dio un salto y volando, se tiró encima de ella comenzando a hacerle cosquillas.
—Señoritas, señoritas. Compórtense, compórtense y prepárense para el día de la llegada...
—¡Ay! Cuantas nacerán esta vez. ¡Qué nervios! —la cortó de nuevo otra hada—. El año pasado fueron seis.
—De las cuales yo tuve que encontrar a Édhal. Eso es tener suerte... —volvió a protestar Alin, mientras se intentaba sacar a la juguetona hada de encima.
En el Día del Florecimiento, como bien dice su nombre, el Gran Árbol Annor abría los pétalos de sus flores al amanecer. Las hadas, a partir de su tercer año de vida, tenían que estar atentas e ir vigilando las que iban floreciendo por si había una recién nacida en su interior. El hada que encontraba a la pequeña, se convertía en su tutora y también era la responsable de darle un nombre. Descubrir una recién nacida era todo un orgullo para un hada... menos para Alin, como solía decir ella, pero esto era tan sólo una broma para hacer rabiar a Édhal. No había un día fijo para este gran evento, pero las hadas con cierta edad lo notaban en su interior cuando iba a ocurrir. Era como un cosquilleo y una sensación de felicidad.
—Yo quiero ir, ¿por qué no puedo salir con vosotras? ¡Es injusto! —se enfurruñó Édhal al ver que no la dejaban salir con las demás.
—Lo siento, lo siento. Pero aún eres muy joven, demasiado joven... —le contestó Iliria, la cual tenía la manía de repetir palabras al hablar.
—A parte de muy despistada —cortó Alin a Iliria, otra cosa que ocurría con demasiada frecuencia.
—Bueno, bueno... Chicas, chicas, ha llegado la hora.
Las hadas desentumecieron sus alas, mientras las más jóvenes iban a la sala de juegos a esperar contrariadas. Comenzaron su frágil vuelo cuando las primeras luces del alba rozaban mimosamente la copa de Annor. Una suave brisa mecía sus hojas y los capullos a punto de florecer. Las hadas se dispersaron para empezar su búsqueda, expectantes.
La primera floreció ante Alin, pero esta vez no había ninguna pequeña en su interior. Las hadas podían ser tutoras de más de una joven, como Álvilin, que con siete años no había fallado ninguno. Tenía a su cargo a cuatro y este año tampoco erró en su búsqueda, siendo la primera en encontrar a una recién nacida.
—¡Aquí hay una! Que pequeñita y frágil se ve. Tú serás Míril —empezó a decir mientras la cogía y la arrullaba entre sus brazos.
—Yo no entiendo cómo puede aguantar a tantas pequeñajas a la vez —empezó a murmurar Alin a otra hada que se encontraba cerca—. Yo creo que con una tendré bastante para el resto de mis días —suspiró mientras se le dibujaba una sonrisa en el rostro.
—¡Aquí hay otra! ¡Ay! Que rechoncha, si parece una bolita rosada. Te llamarás Silvén.
La mañana casi había pasado y cinco pequeñas más fueron encontradas: Ladis, Prins, Zaría, Ólanis y Tánir. En total habían sido siete, un año bastante prolífico. Las hadas empezaban ya a regresar, algunas felices por su encuentro, otras un poco tristes por no tenerlo, entre ellas Iliria. Era la más anciana y nunca había sido tutora de hada alguna, no había tenido suerte. A veces sentía envidia sana de Álvilin. Antes de regresar, voló hasta la cima de Annor. Quería estar sola y disfrutar un momento del paisaje. Una pequeña lágrima resbaló por su mejilla. Ya era muy anciana para eso, pensó, mientras se enjugaba el rostro.
Iba a comenzar el regreso cuando notó algo extraño, un movimiento entre las hojas llamó su atención. Se acercó con cautela y las apartó. Con sorpresa descubrió una flor que aún no había abierto sus pétalos. En su interior, algo se debatía por salir. Con suavidad, comenzó a abrirla. Se llevó una mano a la boca para cubrir su asombro. En su interior había una pequeña criaturita de mirada avispada y rostro agraciado, de pelo dorado como un amanecer y ojos claros. Nunca había visto tanta belleza en un hada. Con veneración y delicadeza cogió a la recién nacida.
—¡Hola, hola pequeña! —empezó a decir mientras los ojos se le anegaban de felicidad—. Eres la cosita más bonita, más bonita que he visto nunca. Te llamaré... te llamarás ¡Aris!
La pequeña empezó a sonreír dulcemente y balbuceó una risita. Pero al cogerla, Iliria notó algo raro. Le dio la vuelta, quedándose totalmente desconcertada: su espalda era lisa. No podía ser, pensó, no tenía... ¡Había nacido sin alas!
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