Créeme, en tu corazón brilla
la estrella del destino.Friedrich Schiller. “El sueño del caminante” —Por favor, no me pegue. Ha sido sin querer, me he tropezado...
—¡Pequeña torpe e inútil! Te voy a enseñar a desparramar uno de nuestros mejores licores.
La joven se encontraba sollozando en el suelo sentada, con una mano sujeta en su tobillo y con la otra protegiéndose el rostro. A su lado se encontraba una jarra rota en mil pedazos y el liquido que contenía en su interior desperdigado por el suelo de madera antigua y deslustrada, y del cual sobresalía la junta de una de las tablas, causante del accidente. El posadero se acercaba hacia ella colérico, con la mano en alto y en actitud amenazante. La puerta se abrió dejando pasar una sutil brisa fresca, procedente del final del atardecer. Una figura encapuchada y cubierta por una capa, entró lentamente impregnándose de la luz que emanaba de la sala. La joven y el posadero se giraron al unísono, interrumpiendo éste el acercamiento a la chica. La figura también detuvo su entrada. Un incómodo silencio se produjo en la sala.
La figura se echó para atrás la capucha, descubriendo su rostro. La chica se quedó observándolo. Era un hombre de avanzada edad, de pelo canoso no muy largo, brillante, sedoso y bien arreglado, de ojos grises, profundos y sabios. La cara curtida por el sol y las inclemencias de incontables viajes, salpicada por suaves arrugas y de rasgos agraciados y amables. Tenía un rostro bello y dulce, pensó la chica, pero ¿qué edad podría tener? ¿Cuarenta años? ¿Tal vez sesenta? No lograba intuirlo. El viajero desvió su mirada hacia ella y le sonrió mientras se acercaba. Al llegar, se agachó ante ella y habló rompiendo por fin el silencio con voz suave y clara.
—¿Se encuentra bien, joven? ¿No tiene ningún daño? Déjeme ayudarla.
Y apartándole la mano suavemente, el viajero palpó e inspeccionó el tobillo de la chica. Mientras lo examinaba y masajeaba, ella empezó a notar un calor reconfortante y un dulce alivio. El viajero apartó de nuevo las manos y se reincorporó, el dolor había cesado. Alargó la mano hacia ella para ayudarla a levantarse. En ese momento la joven se dio cuenta de que se había quedado desconcertada y con la boca entreabierta de fascinación. Entonces se ruborizó y dejó que la ayudara a ponerse en pie.
—Tan sólo ha sido una simple torcedura. Pero no tiene de qué preocuparse, verá como ya no le molesta.
Él le volvió a sonreír, cosa que la tranquilizó un poco y dejó asomar una tímida sonrisa en su rostro. El viajero la observó. Era una chica joven, tal vez de unos catorce años. De tez morena y piel delicada, su cuerpo en apariencia delgado y frágil, escondía una insospechada fortaleza y energía. Tenía los ojos oscuros como el azabache, vivos y almendrados de una belleza exótica, de nariz pequeña, labios finos y sonrisa risueña. De orejas pequeñas y algo puntiagudas, le daba aspecto de una grácil criaturilla de cuento. Su pelo era largo, fino y sedoso, oscuro como su mirada y recogido en una coleta, con sendos mechones sueltos a cada lado de su rostro. Su semblante, hermoso y delicado, tenía un aire de profunda tristeza. Por fin, el posadero ensimismado hasta ese momento, volvió en sí y empezó a hablar balbuceando atropelladamente mientras bajaba el brazo.
—Bue... Lo sie.. Perdón... Perdone usted toda esta algarabía, parece que ha llegado en un momento engorroso —Y girándose a la joven, la criticó lo más sosegado que pudo—. ¿Qué haces ahí aún parada, Aris? Ya debería estar todo este desastre recogido, ¿no ves que tenemos a un fatigado viajero esperando? —y volviéndose de nuevo hacia el viajero, concluyó—. Bienvenido a la posada de “El sueño del caminante”, ¿en qué podemos ayudarle? ¿Tal vez desee quedarse con nosotros a cenar y disfrutar de nuestra velada? ¿O prefiere un lugar para descansar y marchar al amanecer?
Tal como iba hablando, la expresión en la cara del posadero iba cambiando a una calma engañosa. Aris, tras una pequeña reverencia abandonó la sala, volviendo momentos después para limpiarla y recoger la jarra rota. El viajero se fijó ahora en él y pensó, por propia experiencia, que la gran mayoría de esta clase de personas parecían cortadas por el mismo patrón. De cuerpo orondo, laxo y no muy alto, tenia desproporcionados los miembros: brazos muy largos y de piernas cortas. Tenía el rostro rollizo y de color encarnado como en un perpetuo estado de extenuación, poblado por una barba descuidada. Su pelo, lacio, grasiento y escaso, daba paso a una calva sudorosa. De cejas muy pobladas y ojos pequeños, llevaba el izquierdo entornado en un estado como de recelo continuo. La nariz, enrojecida como una brasa, ocupaba gran parte de la cara. Su boca, sucia y mal cuidada, sonreía en una tosca y continua mueca, demostrando la falta de alguna de sus piezas dentales. Su atuendo no desentonaba, sucio y desarreglado, dominado por un mandil que tal vez en un pasado no muy cercano, había sido blanco.
—Estaba buscando un lugar donde aposentarme durante un tiempo impreciso —empezó a decir el viajero—. Le pagaría un mes por adelantado por el momento.
El posadero al escuchar estas palabras se le iluminó la mirada. No estaba acostumbrado a que la gente que se alojaba en su posada, quisiera quedarse por mucho tiempo. Incluso últimamente escaseaba esa clase de clientela. Tan sólo venía la gente del pueblo cercano a la taberna que poseía la posada, a divertirse, armar bronca, emborracharse y gastarse sus sueldos, cosa que le ayudaba a mantener el negocio a flote. El viajero continuó.
—Pero antes me gustaría informarme de ciertas cosas antes de decidirme.
—Claro... ¡Claro! Pregunte lo que desee, estoy aquí para ayudarle y hacer su estancia más cómoda —contestó el posadero en un ataque de extrema amabilidad, mientras lo invitaba a pasar y lo acompañaba hacia el pequeño mostrador de admisión que había en la sala—. En estos momentos tenemos diversos aposentos libres a su disposición. También disponemos de una excelente cocina propia...
—Disculpe. No, no era eso lo que quería saber —le interrumpió suavemente el viajero mientras observaba a su alrededor. ¿Era este realmente el lugar? Pensó. Habían pasado muchísimos años y su memoria, ya envejecida, le podía confundir. También sabía que no podía ser exactamente igual, lo tendrían que haber reconstruido. Pero era tan grande el parecido: el suelo de madera, gran parte de esa sala, la entrada principal, el nombre. Por un momento se quedó paralizado, los gritos desgarradores de un niño invadieron su mente y una sensación abrasadora le estremeció todo el cuerpo.
—¿Se encuentra bien? —la voz intranquila del posadero le hizo volver en sí.
—Sí... Sí, perdone —contestó el viajero mientras se liberaba de esos recuerdos—. Lo que quería saber era de si disponían de buenos establos. Mi compañero de viaje... —el posadero puso cara de extrañeza, el viajero continuó—. Mi caballo, para mí es muy especial, es muchísimo más que un simple animal de carga. Me gustaría que estuviese en las mejores condiciones y bien cuidado, si pudiese ser en un establo aparte y con facilidad para entrar y salir, ya que andaría suelto y libre. —Los pequeños ojos del posadero, iban abriéndose poco a poco tal como iba escuchando—. No hay necesidad de amarrarlo, está acostumbrado a convivir de ese modo, así que no hay peligro de que escape o que haga algún desarreglo. También me gustaría que tuviese un mullido lecho y forraje de la mejor calidad. Por último, desearía que la ventana de mi aposento comunicara a la zona del establo.
El posadero frunció el ceño con recelo. El viajero añadió conciliador—. Si es por dinero, no tiene de que preocuparse. Ya le dije que pagaría por adelantado al contado y si lo desea, en cuanto me diga si mis pretensiones son posibles de efectuar.
—Uhm, dejé que piense... —rumió el posadero aún con cierta desconfianza—. Es posible satisfacer todas sus peticiones, pero nos tendría que dar algo de tiempo para acondicionar los aposentos...
—No se preocupe, comenzaré ahora mismo a preparárselo todo. No creo que tarde más de una hora. ¿Tendrá usted el favor de esperar y quedarse con nosotros?
Ambos se giraron hacia Aris, la cual era la que había hablado. Ya había terminado de recoger y limpiar. Se la veía risueña y a la espera de una respuesta.
El posadero continuó—. Pero primero deberíamos hablar de la valía del servicio, que sería de una moneda de oro al día, incluyendo la manutención —Aris intentó disimular su cara de estupor y sorpresa, era un precio demasiado elevado—. Y como me dijo usted, el pago sería de un mes por adelantado, con lo cual serían treinta y una monedas de oro.
Tal como acabó de hablar, el posadero empezó a frotarse las manos. Un momento de silencio. El viajero sonrió, eso hizo que Aris también la recuperara tímidamente.
—Entonces, ningún problema —el viajero se giró hacia el posadero—. Si no tiene ningún inconveniente, claro está.
Aris, sonriente, hizo una reverencia de nuevo y salió corriendo para empezar con los preparativos y poder acomodar lo antes posible al viajero y a su compañero. El posadero, preparado para empezar el regateo, se había quedado estupefacto. No esperaba que aceptara el trato tan rápidamente. Pasados esos primeros momentos de incredulidad, se trasladó a la otra parte del mostrador y sacó un libro viejo y desvencijado, el cual utilizaba para llevar sus acuerdos de hospedaje por escrito.
—Por favor, pase por aquí para dejar constancia de nuestro trato. ¿Su nombre es?
El viajero se quedó un momento quieto, dubitativo. El posadero, pluma en mano, se extrañó ante su reacción, la preocupación y el recelo volvió a su mente, ¿era su imaginación o aquel visitante parecía no acordarse de su nombre? ¿O tal vez escondiera algo y lo quería mantener oculto? Al fin, el viajero reaccionó y metió la mano entre la capa y el gabán. El posadero dio un pequeño salto hacia atrás para protegerse, esperando a que sacara un arma y lo atacara para robarle. Pero lo que sacó lo dejó sorprendido, era una bolsa de cuero para transportar monedas bastante antigua y usada por su aspecto. Pero no fue eso lo que le extrañó, si no que la bolsa parecía vacía, ¿le quería estafar?
El viajero abrió la bolsa e introdujo la mano en su interior. Ningún tintineo llegó a los oídos del posadero. Sacó la mano lentamente y empezó a dejar las monedas de oro, de una en una sobre la mesa. Tal como lo iba haciendo, la boca del posadero se iba abriendo al mismo tiempo por el asombro y el desconcierto. “Si estaba vacía, ¡esto es magia!”, pensó. Al acabar y volviendo a guardar la bolsa, sobre la mesa observó que había cuarenta y una monedas de oro. Seguía sin salir de su asombro, más todavía al ver el dinero, demasiadas cosas raras estaban ocurriendo esa noche.
—Por favor, no me malinterprete, no huyo de nada ni de nadie. Tan sólo soy un fatigado viajero el cual ya no da importancia a su nombre. Espero que estas diez monedas consigan arreglar el malentendido. —Acabó de hablar con una afable sonrisa y cogiendo la pluma estampó una inicial de trazo elegante en el libro:

El posadero, al ver su rostro, se calmó un poco devolviéndole un poco la confianza y ofreciéndole su mueca de cortesía. Cerró el libro y guardó las monedas en una bolsa que llevaba colgada en el cinto, para luego, con más tiempo, ir a esconderlas a un lugar más resguardado. Ya estaba imaginando que podría hacer con esas diez monedas extras, la lujuria se apoderó de sus pensamientos. Al ver la cara de su nuevo morador observándole, volvió en sí ruborizándose un poco, como si le pudiera haber leído el pensamiento. Carraspeó antes de comenzar a hablar.
—Bien, bien... Pues entonces damos por zanjado el acuerdo —dijo mientras se daba golpecitos con ambas manos en su oronda barriga—. Si lo desea puede esperar mientras le preparan el aposento en nuestra taberna, al final del pasillo de mi diestra, donde puede encontrar tertulia y entretenimiento —aquí bien podría haber dicho “peleas y juegos ilegales” donde él se embolsaba un tanto por cien—. Y uno de los mejores licores de la zona —esto último si era cierto.
—Gracias por la invitación, prefiero esperar fuera con mi compañero hasta que puedan acomodarlo. Pero puedo garantizarle que pasaré más tarde a probar ese afamado licor —contestó el viajero, luego se dio la vuelta y salió al exterior. Mientras se alejaba, el posadero observó cierta aura de misterio a su alrededor. Se frotó los ojos y negó con la cabeza. Sus pensamiento volvieron a la lujuria y sus diez monedas extras, mientras se marchaba a la taberna para servir.
La noche había caído, el viajero observaba en silencio junto a su caballo el límpido y brillante cielo estrellado, mientras su mente viajaba a lugares remotos. De improviso, un acceso de tos trajo de vuelta al viajero, que se cubrió la boca con la mano. Su amigo lo miró con preocupación.
—¿Se encuentra bien? —una voz dulce y preocupada habló detrás de él. Se giró hacia ella y allí estaba, en pie, la ayudante del posadero bajo un techo de estrellas e iluminada suavemente por el fulgor del candil de la entrada.
—Sí, tranquila, no se preocupe —contestó rehaciéndose de su acceso—. Las frescas noches primaverales puede que hayan hecho un poco de mella en mi achacosa salud, pero un momento a la calidez de una hoguera me dejará como nuevo —acabó diciendo totalmente repuesto.
La joven sonrió, ruborizándose un poco. Ella también había notado ese aura especial y mágica que lo envolvía. La reconfortaba y le daba calidez en su mundo gris y frio. Y tan sólo hacía unas horas que lo conocía. Entonces recordó a lo que había venido.
—Sus aposentos ya están preparados. Cuando deseen los puedo acompañar y acomodarlos.
—Muchísimas gracias —el viajero se quedó observándola, luego continuó—. Y si me permite, ya que voy a convivir con ustedes un larga temporada, me gustaría poder tutearle y que me tuteara, ¿cómo me ha dicho que se llamaba? O mejor, ¿cómo te llamas? Yo, tan sólo soy un simple viajero, así que me puedes llamar de esa forma —dijo con un gesto afable.
La timidez la dejó durante unos momento en silencio, luego al ver el rostro cortés del anciano, comenzó a hablar—. Perdone... Perdón —rectificó con una sonrisa—. Creo que no me he presentado. Me llamo Arisia, aunque los lugareños me llaman Aris.
Al nombrar a los lugareños, notó como su rostro se entristecía y apartaba un poco la vista, pero enseguida se recompuso. ¿Qué era lo que tanto le turbaba a Aris? Pensó el viajero.
—Encantado, Aris —y le ofreció su mano, que ella estrechó con la suya dulcemente, presentándose—. Y ahora mi cascarrabias y anciano (como yo) corcel, le gustaría ir a descansar, ¿podrías acompañarlo? —su amigo relinchó ofendido mientras se giraba y movía la cola con despecho.
Aris, que hasta ahora no se había fijado en su compañero, se quedó asombrada al observar su imponente porte—. Es precioso... —logró balbucear, mientras se acercaba a acariciarlo—. ¿Cómo se llama?
Las miradas de su amigo y el viajero se cruzaron. Entonces comenzó a reír—. Dice que mejor se lo preguntes a él directamente sí quieres saberlo.
—¿Sabe hablar? —dijo Aris maravillada y volviéndose al caballo.
—Más o menos —contestó el viajero—. Tal vez no hable en palabras, pero si sabes escuchar más allá de la voz y el lenguaje, si consigues entender sus sentimientos, escucharás su voz en tu interior.
Aris parpadeo, intentando entender las enigmáticas palabras del viajero. Entonces se giró hacia su compañero, sus miradas se cruzaron en silencio, su rostro se transformó en pura concentración, para momentos después se tornara en frustración.
—Pues yo no escucho nada en mi interior —dijo algo decepcionada y con el ceño fruncido.
El caballo relinchó con dulzura, mientras el viajero volvió a reír vivamente, cosa que hizo que Aris también sonriera.
—Tal vez sea aún demasiado pronto, pero todo es cuestión de tiempo y aprendizaje. Pero hasta que llegue el momento, tendrás que esperar para averiguar su nombre. Espero que lo entiendas pronto.
Aris asintió y posando una mano en el costado de su amigo, se alejó acompañándolo a su aposento. El viajero se fijó que en ningún momento mientras se marchaban juntos, Aris le quitaba la vista de encima al caballo, como si en cualquier momento pudiera escuchar su voz y su nombre. Eso alegró al viajero y girándose, entró de nuevo en la posada, mientras le daba un nuevo acceso de tos.
Una sombra desde lo alto del tejado observaba en silencio a las tres figuras, pero sobre todo no apartaba la vista del viajero. Una vez que se internó de nuevo en el interior, la sombra se puso en pie y con voz femenina pero profunda pensó en voz baja—. Nuestros caminos se vuelven a cruzar, viajero, pero por el momento no vengo a por ti. —Luego desapareció en la noche, entre la luz de las estrellas y la luna que empezaba a aparecer por el horizonte.