El esperado torneo (fantasía)

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MisterX
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El esperado torneo (fantasía)

Mensaje por MisterX » 19 Abr 2013 20:25

Hola a todos.

Llevo algo más de un año escribiendo una novela de corte fantástico-medieval/renacentista y actualmente voy por la mitad (la mitad de lo que tengo pensado contar, vaya). Recientemente he modificado el primer capítulo gracias a una idea que me sugirió un crítico, y me gustaría saber qué os parece, no tanto por el tema de faltas de ortografía y demás, si no por si os resulta aburrido o interesante. Los capítulos de mi novela son largos (entre 6.000 y 8.000 palabras cada uno), por eso me preocupa el hecho de mantener al lector interesado en la trama. Al ser éste el primer capítulo (después de un prólogo) la importancia de atrapar al lector es mayor si cabe.

Es por eso que me gustaría saber qué opináis, si tenéis un tiempo. Solo eso.

Un fuerte abrazo a todos!



Capítulo I

Los últimos rayos del día regaban los cientos de pabellones y tiendas que se extendían a lo largo de la pedregosa campiña. El campamento llegaba incluso hasta los patios exteriores del castillo de Loberstein, situado en la punta de uno de los rocosos acantilados de Isla Cuervo. Abajo en la explanada, los estandartes de los señores ondeaban al ritmo del incesante viento, y, conforme se iban acercando, Lucas pudo distinguir los emblemas de las mayores casas del continente. Allí estaban el perro guardián de la casa Edelthorn, el cisne blanco de la casa Seraphien, y el martillo escarlata de la casa Seronarte. También había otras enseñas de señores menores que vagamente reconocía, como el barco sobre fondo verde de los Mannery, el caballo negro erguido sobre hilo dorado de los Alarcaid, o la rosa blanca de los Lafèvre. Sin duda tan importantes invitados requerían de importantes atenciones, pues la mayoría de aquellos señores no habían acudido solos. Algunos hombres de Loberstein montaban guardia en los alrededores mientras que otros situados en torno a pequeñas fogatas se dedicaban a cantar borrachos, beber cerveza y jugar a los dados, apostando a ver quienes serían los vencedores del torneo que se iba a celebrar durante la semana siguiente. El bullicio era tal que varios canes se habían acercado a la zona, husmeando en busca de algún hueso que roer, pero pronto fueron ahuyentados al iniciarse una violenta discusión entre varios de los soldados que acompañaban a los Holstein. Semejante ajetreo no se producía ni siquiera en los grandes torneos que se celebraban en el Duhmernakel. “¿Cuántos caballeros debe de haber aquí?”, se preguntó Lucas. “Cientos, puede que incluso mil”.

Acarició a la nerviosa yegua que le habían asignado mientras los seis caballeros avanzaban por entre las tiendas siguiendo los pasos de su rey. Horas antes, el señor de Loberstein había enviado a uno de sus banderizos al puerto de Fessenthor para darles la bienvenida y llevarles hasta Isla Cuervo en uno de los buques derilianos. En esos momentos Sir Ricard Metzgeir iba al frente, guiándoles hacia sus respectivos pabellones al tiempo que conversaba con su majestad, Leonard Endlehammer.

Lucas echó un vistazo hacia atrás. El puerto ya había quedado lejos, aunque no hubiera podido decir cuánto tiempo llevaban cabalgando. Se volvió hacia el rubicundo hombre que tenía al lado.

–Parece que Lord Lynpold ha invitado a la mitad de la nobleza de Tëom –comentó.

–Entonces la otra mitad se ha invitado ella sola –respondió Sir Darnak Rhoy con cierto deje de ironía.

Lucas sonrió mientras observaba cómo unos mozos de cuadras se ocupaban del garañón de un jinete amberdino.

–Es lo que hacen los caballeros –dijo–, ir en busca del honor y de la gloria.

–Creéme, el honor y la gloria no se forjan en los torneos, Sir Lucas –el corpulento caballero frunció el ceño–. Sólo hay un lugar donde encontrarlos, y ese es el campo de batalla. La mitad de estos señores nunca han llegado a participar en una y aún así se creen con derecho a mirarte por encima del hombro sólo por portar una coraza más reluciente que la tuya –soltó una risa escéptica–. Pero son sureños; y ya sabes lo que se dice de los sureños en Tyrreum.

–Ni la espada del sur hace al caballero, ni la azada del norte al labrador –contestó Lucas sin vacilar.

Era una forma de decir que, por muchos títulos que tuviera un sureño, jamás podría llegar a ser tan diestro y feroz como un campesino del norte. Obviamente los tyrrumenses exageraban, aunque si los nórdicos tenían fama de ser poco delicados, lo cierto era que los hijos de Duhmant tampoco podían alardear demasiado de sus dotes para la diplomacia. De hecho, para Sir Darn la sutileza consistía simplemente en intentar no vociferar en medio de una discusión. El rey Leonard, por el contrario, era una persona cauta y prudente. Siempre reflexionaba con detenimiento antes de tomar una decisión, y nunca alzaba la voz para intentar convencerse de sus palabras. “Los dioses han bendecido a los hombres del invierno con un rey del verano”, pensó Lucas. Tal fuera lo mejor que les podía haber pasado.

Una sarcástica voz le sacó de sus pensamientos.

–Mucho me temo que si los tyrrumenses tuvieran razón, este torneo estaría plagado de labradores del Alto Rédanus, y no de caballeros del Mélethorn.

Sir Arkeis Endlehammer se había puesto a su altura, tratando de esquivar a los sirvientes y soldados que de vez en cuando atravesaban la ruta hacia Loberstein. Era uno de los hermanos menores del rey, y tal vez fuera ello el único motivo que explicara su título de Guardia Real del Duhmernakel. Cuando no tenían a Sir Arkeis delante, algunos caballeros decían que simplemente era un príncipe jugando a las espadas. Lucas tuvo que reconocer que esta vez los chismorreos sí tenían algo de verdad.

Darnak Rhoy le miró con cara de pocos amigos y soltó un bufido.

–Pues bien podrían ofrecer un mejor espectáculo que la mayoría de estos inútiles –le replicó–. Aún recuerdo aquel torneo de Starli, durante la Calidoria del año pasado. Te aseguro que no hubieran podido hacer más el ridículo ni aunque les hubieran hecho luchar con ramos de lunaoscura.

El caballero soltó una carcajada.

–Pero seguro que ese torneo no había sido financiado por un Landraven.

Lucas frunció el ceño al recordarlo. Jendris Von Mehl había ofrecido su feudo para la celebración de aquel evento, pero era su señor quien sufragaba la mayor parte de los gastos. Los Landraven eran una familia acaudalada, y no había nada que le gustara más a Lord Lynpold que hacer ostentación de ello.

–Más de trescientas coronas para el ganador de la justa –continuó–; doscientas para el del combate cuerpo a cuerpo; y el premio de la competición de tiro con arco son alrededor de cien coronas, tal vez algo menos. En cualquier caso, suficiente para poder comprar todos los toneles de cerveza que un hombre pueda beberse durante veinte años.

–Entonces no es ni el honor, ni la gloria –gruñó Sir Darn–, vienen a por el oro. Los Doce se los lleven a ellos y a todo su maldito dinero.

–Una vez conocí a un mercader siddoní que decía que en el lejano sur los hombres sólo adoran el fino destello del oro. Se bebió una jarra entera de licor de especia de un trago y exclamó “¡Los infiernos se os lleven a todos, el único dios que conozco es el que guardo entre mis bolsillos!” –esbozó una sonrisa sardónica mientras intentaba imitar el acento qarmení–. “Ni a los dioses, ni a los hombres, ni a ideas estúpidas como el honor y la gloria, en el sur solo se venera una cosa: el oro”.

–El oro y los coños –replicó Darn Rhoy.

–Con poco oro se pueden comprar muchos coños, os lo aseguro.

Tras decir esto soltó una carcajada y acto seguido les guiñó un ojo. Sir Darn recibió sus risas con un gruñido.

–Si Sir Lucas se hubiese inscrito esta vez, mañana mismo todos esos cretinos del Mélethorn se volverían al sur con el rabo entre las piernas.

El hermano del rey asintió.

–Cierto es que la fama os precede, Sir Lucas –dijo volviéndose hacia éste–, aunque parece que sólo del Rédanus para arriba. ¿Cómo os llamaban esas gentes del sur...?

–El caballero sin caballo –masculló Lucas.

“Sir Lucas Rardler, el caballero sin caballo”, pensó. Era obvio que se burlaban de él, pues debía de ser el único hombre en posesión de un título al que montar todavía le suponía un gran problema. “Había un dicho sobre eso... ¿cómo era?”, se preguntó. Su mente vagó por aquellos recuerdos de su infancia y todas aquellas canciones que cantaba de niño. Monarca sin reino, labrador sin campo, jinete sin corcel; que aunque distintos son como el agua y el pez; los tres despojados de su razón de ser. Sonrió para sus adentros. Lo último que le faltaba era tener que amargarse por lo que dijeran de él una panda de sureños.

–¿Qué importa eso? En un torneo la victoria o la derrota se mide por el caballero, no por el caballo –dijo Sir Darn.

–Las únicas veces que he ganado han sido cuando luchaba cuerpo a cuerpo, Sir Darn –respondió Lucas negando con la cabeza–; pero, en cualquier caso, hace tiempo que dejé de participar en torneos.

–Y por eso ahora son hombres mediocres los que los ganan –concluyó el hombretón esbozando una mueca de desdén.

Lord Jendris les había reservado unos pabellones especiales cerca del campamento de los derilianos. Eran amplios y estaban limpios, y con eso a Lucas le bastaba. Cuando era niño la mayoría de las noches no había tenido más remedio que dormir en las calles y pasar hambre, y en comparación con eso aquella tienda era un palacio. Sir Darnak Rhoy, en cambio, se había quejado nada más llegar por falta de agua en el abrevadero, pero el corpulento caballero casi nunca se mostraba conforme con nada. Una vez se hubieron acomodado, Sir Ricard les condujo hacia el banquete de bienvenida que se iba a celebrar en el alcázar.

–El de Loberstein es un castillo humilde –le había dicho a Leonard–, y el espacio en sus salones es limitado, sin embargo en vuestro caso tan sólo habéis acudido con seis de vuestros banderizos, así que, como es natural, también ellos están invitados.

El castillo de Loberstein se alzaba en lo alto de los acantilados meridionales de la isla. Había sido construido en piedra gris, y era constantemente azotado por los fríos vientos del Njörn. Constaba de una gran torre del homenaje, recubierta en su totalidad por el liquen, a la que rodeaba una muralla de más de treinta brazos de altura. Lucas se preguntaba para qué diantres necesitarían unos muros tan gruesos, pues el asedio desde el mar parecía casi imposible con la maquinaria convencional, y la cuesta de la loma era tan estrecha y rocosa que subir en varias filas de caballos hubiera sido lento y poco eficaz. Por esa razón, los Von Mehl habían hecho construir una serie de patios y caballerizas exteriores para el uso habitual, y, en cambio, habían reservado las del interior del castillo para el caso de que se produjera un ataque.

No tardaron más de veinte minutos en llegar al punto más alto del acantilado. La estrecha escalinata de piedra estaba recubierta de tierra húmeda y era resbaladiza, y Lucas tuvo que esforzarse para no perder el equilibrio cuando Sir Todd Strenserg trastabilló con uno de los peldaños. Una vez dentro, un estandarte de grandes dimensiones bañado en colores oscuros les dio la bienvenida. En el centro se encontraba el símbolo de la casa Von Mehl, un lobo amamantando a sus crías, bordado en hilo de oro. El Gran Salón estaba abarrotado de hombres vestidos a la última, con amplios jubones de terciopelo y túnicas de amplias mangas confeccionadas a base de fina tela jazdín. Algunos también llevaban capas, y las botas de la mayoría se veían lustrosas e impecables. El joven se miró sus propios ropajes, tan sobrios como los de un campesino y casi tan raídos como los de un mendigo, pero no se avergonzó. Para alguien que había pasado hambre este tipo de cuestiones carecían de la más mínima trascendencia. “Pasarían más desapercibidos si fueran desnudos”, pensó Lucas echando un vistazo a los hombres que tenía delante. Pero eran aristócratas, y no sólo eso, aristócratas del Mélethorn. El caballero no conocía ninguna cara, aunque había oído hablar de las pobladas cejas de Lord Jonas Knightsong, y de la costumbre de portar un excéntrico sombrero de plumas que tenía Lord Clotaire de Seraphien, el heredero del condado de Amberdyl. Su rey, por el contrario, parecía recordar hasta el nombre de pila del caballero más insignificante que allí se encontraba.

En esos momentos se les acercó un señor de barba cana, ataviado con una almilla con un emblema que representaba una serpiente alada. “La sierpentraña, símbolo de la casa Hessenver”, pensó el caballero.

–Lord Endlehammer –le saludó con falsa simpatía–. Es un placer volveros a ver.

–El placer es mío, Lord Relion –respondió Leonard Endlehammer.

“Así que éste es el conde de Lunneria”, se dijo Lucas para sus adentros. Según se decía en los salones del Duhmernakel, Relion Hessenver no hubiera podido acertar con la espada a un hombre ni aunque éste fuera un muñeco de paja. Los condes lunneríes tenían mas fama de comerciantes y banqueros que de guerreros. Resguardados entre dos grandes como eran Sar y Flandor, quizás fuera esa la razón de su escaso poderío militar.

–Hace años que no acudís a las reuniones del Concilio –dijo Leonard mientras caminaban hacia el centro del salón.

–Soy más anciano a cada verano que pasa, y ya no tengo las mismas fuerzas que antes para lidiar con estos asuntos en persona –respondió el conde. Sus afables ojos oscuros eran como dos pasas diminutas en medio de una gruesa cara–, sobretodo después de aquella disputa comercial con los marrequianos.

–Fue un tema espinoso –reconoció Leonard sin entrar a dar su opinión.

–Pero contundente –replicó Lord Relion Hessenver haciendo un gesto con la mano–. ¿Sabíais que mis contables aún estiman pérdidas de hasta una cuarta parte de los ingresos de las compañías navieras? Si los burgueses tienen pérdidas, es el Tesoro del Condado el que tiene pérdidas. Ello sumado a las malas cosechas de aquellos años... Un desastre, un auténtico desastre. Y el Concilio de Tëom no hizo más que convertirlo en una crisis política. Los ánimos estaban por las nubes, insultos, amenazas... Desde entonces prefiero que sean mis señores los que se encarguen de representar a los intereses del condado. Yo ya no tengo edad ni fuerzas.

–No obstante, en esta ocasión es diferente –dijo el rey de Duhmant, tratando de cambiar el rumbo de la conversación.

El conde de Lunneria asintió.

–Cuando me llegó la invitación de Lord Lynpold no pude decir que no. Puede que ya sea un anciano, pero eso no me impedirá disfrutar de las justas. Algunos de mis caballerizos llevan entrenándose día y noche para este evento, y será un placer ver cómo mis campeones desmontan a los vasallos de Lord Varian –terminó con una inocente risa.

Su conversación se vio interrumpida cuando varios mayordomos de los Von Mehl salieron al paso en el Gran Salón para retirar los postigos que cerraban los portones de una estancia aledaña. Los huéspedes fueron invitados a entrar al tiempo que decenas de sirvientes terminaban de encender las velas y chimeneas de la sala. Mientras los grandes señores se iban asentando alrededor de tres largas mesa de caoba blanca con forma de herradura, empezaron a llegar bandejas repletas de humeantes guisos y verduras. Lucas calculó que debían de estar reunidos más de treinta o cuarenta personas. El rey de Sar hablaba con un poderoso vozarrón, sin atender a maneras ni las buenas formas entre sus caballeros, lo cual contrastaba con los amberdinos, que conversaban entre ellos casi en susurros.

–¿Véis a ese hombre de ahí? –le susurró Sir Arkeis mientras pasaban a la sala de banquetes.

Lucas dirigió la mirada hacia donde discretamente le señalaba el caballero. Era un hombre alto y de pelo cano, con una expresión de orgullo en el rostro, sentado en el estrado de honor junto con los otros grandes reyes y señores de Tëom. Hablaba con un señor moreno y de panza voluminosa cuyo nombre el caballero desconocía.

–Es Enzo de Médetti –no esperó a que respondiera–, su padre era hijo del destronado Marces IV de Vinossia. A pesar de todas las desgracias que le acontecieron a su familia, ha conseguido recuperar parte del honor perdido, y ahora es miembro del Consejo de Ministros del Dux y yerno de Lynpold Landraven. Se dice que posee tanto oro que a su lado el tesoro de los Diez Dragones de Valonia sería simple calderilla –se detuvo durante unos segundos, pensativo–. Es curioso cómo los dioses juegan con nosotros, ¿verdad? Un buen día deciden arrebatarle todo el poder a un rey, y cien años más tarde se lo devuelven a su nieto.

–Tendrá todas las riquezas que queráis, Sir –respondió Lucas–, pero os recuerdo que no es el oro lo que coloca a un rey en su trono.

Lucas no sentía ninguna lástima ni compasión por la suerte del último de los monarcas vinossianos. “El Rey Brujo”, como se le conocía popularmente. El Alba de Plata había demostrado sus crímenes en un juicio y finalmente éste había sido condenado a muerte. “Y así el mundo evitó otra Larga Noche de Piedra”, pensó. Lucas tampoco tenía demasiada afinidad con los vinossianos, y, por lo que había escuchado, los tyrrumenses los aborrecían casi abiertamente. De hecho, los príncipes mercantes de Vinossia no tenían fama de ser personas demasiado honorables. A sus espaldas los demás reinos les llamaban “usureros”, tal vez por envidias, tal vez porque así lo creían, pero lo cierto era que el orgullo y arrogancia de Lord Allenzo Reuss, el Dux de la República, solo se podía medir con sus riquezas.

Una vez todos los invitados se hubieron sentado, las botellas de vino se descorcharon y los vasos se llenaron de cerveza negra de Badenwurf. Lucas y el resto de los caballeros del rey Leonard, salvo su hermano, se sentaron en uno de los tableros de madera, enfrente de un grupo de jóvenes sareños. El nórdico se fijó en que, a pocos pasos de ellos, un caballero flamenco susurraba agrias palabras a toda prisa a un hombre que debía de ser uno de los grandes aforados de los Taryll de Flandor. Lucas notó que él y su señor eran los únicos que se mantenían en silencio. A su lado, Sir Darn miraba con ojos inmóviles aquellas viandas que iban llenando la estancia de intensos olores aromáticos, como si el hambre le hubiera hipnotizado.

La cena fue animada y transcurrió sin incidentes. Todos los presentes inundaron la sala con sus risas y charlas, y la bebida pronto se les subió a la cabeza. Hacia la mitad de la velada uno de los caballeros derilianos se alzó con su jarra de cerveza mientras entonaba “Un bufón de Hereimburg”, lo cual dio lugar a una serie de canciones populares que fueron degenerando en letras cada vez más soeces hasta terminar con “Curandera, lávame las piernas”. Aquella noche Lord Jendris les había ofrecido ostras en salsa de arándanos, cordero a la cerveza con setas salteadas, pastel de lamprea en salazón, tortas de pan recién hecho, y pudin de manzanas con pasas, lo cual había bastado para abrirles el apetito a los cien caballeros que allí se encontraban. Sir Darn Rhoy, a la derecha de Lucas, devoraba y bebía con avidez todo lo que los sirvientes de la casa Von Mehl le ponían por delante. En cambio, el rey Leonard, que estaba sentado en un lugar de honor en la mesa central junto con su hermano, apenas probó bocado durante la cena. Cuando Lucas miró hacia aquel lado, su rey conversaba tranquilamente con Lord Knightsong, el rey de Laberdeen. El caballero norteño tampoco tenía demasiada hambre. De hecho, cada vez que le llegaba el olor especiado de cada uno de esos guisos se le revolvía el estómago.

–Nórdicos, ¿cierto? –les preguntó un joven moreno que se sentaba delante de ellos, entre uno de los escuderos de los Menasombra y un soldado cuyo nombre Lucas desconocía.

Sir Darn levantó la mirada de su plato ante el impetuoso tono que había empleado el chico.

–Así nos llaman –respondió.

–Coméis con envidiable apetito, Sir –dijo al tiempo que esbozaba una sonrisa–. En las tierras del Sajo no estamos acostumbrados a los moluscos viscosos ni al pescado de mar, que es lo único que estos islotes de la costa de la espina tienen en abundancia. Según los pescadores de Loberstein, Isla Cuervo recibió ese nombre porque los frutos que da su tierra son tan exiguos que ni siquiera los grajos creen que merezca la pena volar hasta aquí.

–Pues parece que hoy se están perdiendo todo un festín –gruñó Darnak Rhoy refiriéndose al plato casi vacío del chico.

El joven dejó escapar una carcajada.

–Aron de Godofronte –se presentó el joven–. Soy el escudero de su majestad, el rey de Sar.

–¿Godofronte? –intervino Lucas, dejando a un lado una hogaza de pan negro–. Sois primo de Lord Varian, entonces.

El muchacho se sonrojó, aunque no intentó disimular su orgullo.

–Primo lejano, simplemente –dijo con falsa humildad–. La hermana de su majestad Goric II, que el Verdugo le guarde, era la esposa de Lord Tiberion de Godofronte, que a su vez fue el padre de mi padre. Su majestad tiene lazos de sangre bastante más próximos que los de mi casa.

Se interrumpió cuando apareció una criada para retirarles el cuenco vacío de compota y dejar sobre la mesa una enorme fuente llena de carne en salsa.

–¿Tendremos mañana el placer de ver si es cierto lo que se dice de los hombres del norte? –les volvió a preguntar el joven mientras se servía una pieza de cordero–. Hemos visto a varios caballeros errantes portando extraños emblemas de las Sierras Heladas, pero hasta ahora ningún duhmantino.

El corpulento caballero terminó de beber su vaso de cerveza y se limpió con la manga del jubón.

–¿Y qué es eso que se dice de los hombres del norte?

–Que vuestras costumbres proceden de los antiguos svakken –respondió–. Eso de que siempre peleáis con el torso al descubierto y que, tras vencer a un hombre, le cortáis las orejas para que no pueda ser llamado al festín eterno de Troken.

Lucas se rió con ganas.

–Escucháis demasiado las historias de esos mercaderes tripolitanos. En Duhmant, la sangre de los svakken hace tiempo que se extinguió, los habitantes de las Fuenteplateadas somos herederos de los sverigeviks. Tal vez deberíais preguntarle a esos caballeros de las Sierras Heladas. En cualquier caso, nunca vayáis con el torso al descubierto si alguna vez viajáis al norte.

–Puede que se te congelen esos pezones sureños que tienes –rezongó Darnak Rhoy–. Al norte del río del Bóreas se usan incluso mejores corazas que las que portáis en el Mélethorn. ¿Nunca has oído hablar de las forjas de Tyrreum, muchacho?

Éste se encogió de hombros.

–Con corazas o no, la mayoría de las apuestas dan por vencedor a Lord Tristán de la Tour –les aseguró–. Mañana será el primero en justar contra Sir Laurent de Vallois, pero su majestad Lord Varian dice que no valdría ni como ayudante de mozo de cuadras.

Sir Darn hizo un gesto de aspaviento.

–¿Y cuándo ha dicho el rey de Sar algo bueno de Lord Tristán?

El líder del Alba de Plata era tal vez uno de los hombres más poderosos del continente, por lo que parte de los reyes y señores teomnianos le guardaban cierto rencor. Duro y autoritario, desde su nombramiento como Lord Comandante, Tristán de la Tour había endurecido los entrenamientos de los escuderos e interpuesto disciplina férrea en una orden donde sus distintas ramas estaban en una pugna constante por el control. De esta forma, el comandante en jefe del Alba de Plata había asentado el poder conseguido los últimos cien años.

–Lord Tristán ya no es lo que era –repuso el escudero–. Su fama le viene de cuando era joven, pero desde que se convirtió en el comandante del Alba no ha vuelto a participar en un torneo. Si Sir Laurent no consigue desmontarle, lo hará otro caballero en la siguiente ronda –hizo una pausa–. No estaría bien que un thelderon ganara el torneo, ¿no creéis? Todos sabemos que el pueblo no los ama. Dudo que los grandes señores del Mélethorn salieran muy satisfechos. Muchos se lo tomarían como una humillación.

–Hubo una época en la que a los Caballeros del Alba se les consideraba héroes desde las estepas heladas del norte hasta las áridas cumbres de las Filodoradas –se limitó a decir Lucas.

–Esa época hace tiempo que pasó. Ahora ya no se necesitan héroes –replicó Godofronte mientras se tomaba un trago de cerveza–. Dicen en el lugar de donde vengo que la espada del thelderon no sólo siega cabezas, si no también la cosecha.

–La gente necesita por naturaleza echarle la culpa a alguien de sus males, sea quién sea. Lo único que les importa es tener suficiente comida en sus mesas para poder sobrevivir un año más –se paró en seco antes de continuar–. Sin embargo, los que han tenido el privilegio de nacer entre familias acomodadas tienen también el deber de reflexionar sobre sus palabras y asumir las consecuencias de sus acciones –concluyó el caballero norteño con frialdad. “Y estoy convencido de que Lord Varian de Seronarte saca buen provecho de que sus súbditos piensen así”, hubiera añadido.

Aquella respuesta no gustó en absoluto al escudero del rey de Sar, pero, antes que levantarse y armar un escándalo, como sin duda hubiera hecho un nórdico, prefirió mirar para otro lado y seguir comiendo. Al fin y al cabo, sólo era un escudero, por mucho que lo fuera de un rey. “Pero quizás en un futuro no muy lejano llegue a ser un caballero ungido”, se dijo para sus adentros. Había personas que se creían con la capacidad de decidir lo que era bueno y lo que no, lo cual podía convertirse en un problema si esa persona llegaba a recibir una espada.

Ya eran más de las dos de la madrugada cuando regresaron a sus respectivos pabellones. Un banco de niebla había ido recubriendo la isla, y el suelo estaba algo húmedo y resbaladizo. En el campamento las hogueras luchaban contra el viento para mantenerse encendidas, y, si hacía unas horas el vocerío era hasta molesto, en aquellos instantes reinaba el silencio, tan sólo roto por los pasos de los hombres volviendo a sus tiendas y los débiles susurros de algunas conversaciones.

El torneo comenzó al día siguiente. El sonido de una docena de trompetas los despertó hacia el amanecer, y cuando los norteños salieron al exterior el ajetreo volvía a inundar el campamento. Los caballeros lidiaban con sus hombres para ponerse sus relucientes armaduras, sus corceles pasaban por delante con impresionantes y coloridas gualdrapas de seda, y los pajes iban de un lado para otro, ayudando a sus señores a prepararse para el inicio del gran evento. Lord Jendris Von Mehl había elegido un paraje a pocas marchas al oeste del campamento para acondicionar las gradas de espectadores y establecer el campo del torneo. Lord Leonard Endlehammer, como monarca soberano de Duhmant, tenía guardado un lugar especial en la galería de honor junto con los otros amos de Tëom. A su lado, Lynpold Landraven se daba aires de gran rey mientras hablaba con Lord Waller Edelthorn, aunque, dado que era su oro el que pagaba la justa, ninguno de los señores que ahí se encontraban se atrevió a indicarle que su posición le obligaba a sentarse junto con los lores de menor rango. Lord Jendris, en cambio, había tenido la dignidad de colocarse en el estrado bajo, donde se aglomeraban caballeros y señores menores de todos los reinos del continente.

Minutos más tarde hizo aparición la dama de honor, una joven doncella de la casa Von Mehl, sobrina del señor de Loberstein. Iba montada en un palafrén adornado con una barda dorada, y su amplio vestido de sedas y encajes casi rozaba el suelo. Tras los honores iniciales, las bandas de músicos sonaron y Lord Lynpold inauguró el torneo con unas breves palabras de cortesía.

Tal y como les había dicho el escudero del rey de Sar, el primero en entrar en lizas fue Sir Laurent de Vallois, hijo de uno de los grandes aforados del conde de Amberdyl. Era un hombre delgado, puede que de edad similar a la de Lucas, y lucía una ajustada loriga de plata por debajo de un peto con el símbolo de su familia, el águila caoba. Entró al sonido de la trompeta a lomos de su garañón de raza saroniana, con el brazo extendido hacia arriba buscando el favor del público. Un grupo de caballeros amberdinos que se encontraban al otro lado de la arena estallaron en gritos de ánimo, y el escudero de Sir Laurent le hizo entrega del escudo y de una larga lanza embotada. Lucas escuchó la voz de Lord Clotaire de Seraphien por encima de las demás.

–¡Setecientos escudos de plata a favor de Sir Laurent! –exclamó.

A lo que Waller Edelthorn, el hermano del rey de Deriil, no se hizo esperar.

–¡Acepto y subo a ochocientos!

Lucas escuchó a otros señores hacer sus apuestas. “Algunos de estos hombres regresarán a sus casas con más dinero que los propios campeones”, pensó. Este suponía uno de los motivos por los que era habitual que en eventos de tal calibre los comerciantes locales acabaran sacando jugosos beneficios, aunque Lucas supuso que en aquella isla pocas posibilidades iban a tener para gastar el dinero.

Tras esta aparición, los heraldos anunciaron la llegada de su contrincante, el Lord Comandante del Alba de Plata. Éste era un hombre moreno, algo más bajo que Sir Laurent, pero recio y musculoso, envuelto en una coraza con la flor de lis en medio, el símbolo de los thelderon. Su llegada provocó que la multitud aullara en sentimientos encontrados, algunos ensalzando su figura, otros abucheándole. Ambos caballeros se adelantaron hacia la galería de honor, y pronunciaron el juramento habitual, prometiéndose mutuamente que lucharían con lealtad. Segundos más tarde, el griterío cesó, y las trompetas dieron comienzo a la justa.

Los caballos salieron al galope mientras sus jinetes colocaban sus armas en posición de ataque. Tras ellos se levantó una intensa polvareda al tiempo que algunos de los espectadores coreaban el nombre de su favorito. El ambiente iba cargado de tensión, tan sólo rota por el trote de las monturas. Por encima de ellos, sus estandartes danzaban al son del viento, como si también estuvieran compitiendo. Los caballeros forzaron a sus sementales a aumentar la velocidad. Cada vez se acercaban más y más. Todos contenían el aliento, expectantes. Sir Laurent se aferró a su corcel con la lanza extendida y... ¡Plas! Segundos más tarde tan sólo quedaba el Lord Comandante del Alba de Plata cabalgando sobre su montura. Los gritos volvieron a cubrir el estrado, y las trompetas anunciaron que Tristán de la Tour pasaría a la siguiente ronda.

A pocos pasos de éste, el caballero amberdino, magullado y furioso, tuvo que recurrir a su escudero para poder levantarse, mientras que los que habían apostado a su favor maldecían en voz alta. Lucas sonrió satisfecho. Como era de esperar, el escudero de Lord Varian había errado en sus predicciones.

La primera ronda duró toda la mañana. Después de Lord Tristán se enfrentaron Sir Nathaniel Gascoine y Andrem Tosterham, que estuvieron casi media hora dando vueltas a la arena hasta que el primero fue desmontado. Un caballero errante de Tyrreum venció al príncipe Mervin Edelthorn de Deriil, un jovencito de dieciséis años; y el vinossiano Cosmin de Lennos hizo gala de sus mejores habilidades al ganar contra un caballero flamenco cuyo nombre Lucas no había oído en su vida. Más tarde, Sir Phyllipe d'Elychains, el líder de los Iscartinos del Alba de Plata, montó llevando unos incómodos faldones de penitencia y aún así consiguió tirar a la primera al sareño Sir Enriqer de Pádeva en medio de las continuas ovaciones del público. Sin duda aquellas lides estaban resultando mejores de lo esperado, hecho que también tuvo que admitir el enorme Darnak Rhoy cuando terminó la primera ronda del día.

Sin embargo, la mejor actuación de la mañana fue la protagonizada por el primogénito de los Médetti de Vinossia, Sir Ellioth, el cual tenía bastante fama por ser uno de los oficiales más jóvenes del Alba de Plata. Era un apuesto muchacho de facciones elegantes y una gran mata de pelo castaño salpicada de mechones dorados. “No debe de tener más de veinte años”, pensó Lucas mientras lo veía ajustarse la visera del yelmo y agarrar la adarga que le tendía uno de los siervos. Se contaban historias sorprendentes de su habilidad en el manejo de la espada, pero según Sir Darn no eran más que habladurías.

–En cualquier caso, una cosa es saber blandir una espada bastarda y otra muy distinta manejar una lanza de torneo –gruñó al tiempo que soltaba una risa irónica.

Pero el muchacho estaba bien entrenado. Nada más iniciar el galope, espoleó a su yegua con gran maestría para guiarla según su voluntad y conseguir una mejor posición desde la que derribar a su oponente. Éste era un joven caballero laberdense, algún sobrino lejano de la casa Tydane, pero no tenía ni la mitad de la elegancia que desprendía Sir Ellioth. Laberdeen y Vinossia eran las grandes ciudades de Tëom, por lo que el enfrentamiento estuvo cargado de rivalidad. Ambos bandos coreaban el nombre de su campeón, y cuando los caballeros rompieron su primera lanza los vítores y abucheos se recrudecieron. Sin embargo, el jinete de Laberdeen empezó a flaquear a partir de la tercera vuelta, y, a la siguiente, la lanza de Ellioth de Médetti le impactó en el pecho con tanta fuerza que voló por los aires durante varios segundos antes de darse de bruces contra la arena del suelo. Los caballeros vinossianos que estaban al lado de Lucas vociferaron con fuerza aclamando al vencedor, y Sir Ellioth extendió los brazos y realizó una breve reverencia con la cabeza, lo cual fue interpretado como un gesto de burla por parte del público laberdense. El asunto estuvo a punto de terminar en una encarnizada pelea, pero cuando los primeros se preparaban para saltar a la arena, Lord Jendris Von Mehl se alzó desde su estrado e impuso orden con su gran vozarrón.

Aquella noche los hombres de los Landraven trajeron varios barriles de cerveza del puerto de Isla Cuervo y los soldados del campamento se emborracharon como el día anterior, mientras los que participaban en la competición de tiro con arco de la tarde siguiente aprovechaban los últimos minutos para entrenarse. La comida del almuerzo no fue tan copiosa como la de la cena, pues apenas constaba de pan duro y carne en salazón; no obstante, ninguno de los caballeros de la Guardia Real del rey Leonard le hizo ascos. En Duhmant, incluso la nobleza estaba acostumbrada a una vida austera, lo cual no le impidió a Sir Arkeis llegar una hora más tarde con una bolsita de cuero repleto de escudos de plata y lanzársela a los caballeros a la mesa.

–Haceos un favor y pedid una buena botella de tinto de Vegaforte –les dijo con una sonrisa mientras tomaba asiento–, en esta ocasión invitan los derilianos. Aunque, si os soy sincero, dudo que en el puerto tengan nada mejor que esa insípida cerveza de los Landraven.

–¿Ha habido suerte con las apuestas, Sir Arkeis? –preguntó Sir Jensen Torvikken.

–¿Acaso es suerte cuando el jugador lleva escrita la derrota en la cara? He desplumado al hermano de Celdrin Edelthorn apostando por el caballero errante de Tyrreum, aquel que llevaba un hurón negro por emblema. Estaba claro que su regio sobrino no iba a durar ni dos minutos en lizas –rió.

Se pasaron el resto de la velada bebiendo y recordando las anécdotas del día. La Guardia Real del Duhmernakel era un cuerpo duro, pero en ocasiones como aquella, alrededor de una buena fogata y un vino sureño, afloraba entre ellos un sentimiento de amistad y camaradería. Los seis estaban unidos por una misma misión, pues tenían su destino ligado al de su rey. A pesar de ello también tenían sus diferencias. Sir Darn era un hombre natural y espontáneo, pero también poco tolerante y dotado de un fuerte carácter con el que a veces le costaba empatizar. Sir Arkeis, por el contrario, resultaba frívolo y sarcástico, lo cual siempre había provocado cierta desconfianza en Lucas. El hombre de barba blanca y ojos hundidos era Sir Todd Strenserg, agradable en cuanto al trato y humilde en cuanto a su condición, pero incapaz de hacer algo que no fuera cumplir órdenes. Los demás, Sir Regnar Harvolsen y Sir Jensen Torvikken, eran hombres callados y distantes, gélidos como la armadura que portaban. Y, de todos ellos, el único al que realmente respetaba por sus buenas dotes para la espada y su cabal juicio era Sir Todd.

Durante los siguientes días se hizo patente que aquel no era un torneo habitual. El orgullo y honor de muchas casas estaba en juego, lo cual hizo subir a flote viejas rencillas y rivalidades. La tensión entre vinossianos y laberdenses se fue haciendo más presente a cada día que transcurría, y en la madrugada del quinto todo ello desembocó en una reyerta abierta en una de las posadas de Puerto Cuervo en la que murieron dos hombres y otro perdió un ojo. Sus superiores actuaron con dureza y varios caballeros fueron expulsados del torneo. Mientras tanto, el evento continuaba. De los que habían pasado la primera ronda, al último día quedaban solamente Cosmin de Lennos, Sir Ellioth de Médetti, Lord Tristán de la Tour y el caballero tripolitano Galder Haagden.

A pesar de ser el favorito para convertirse en el campeón, Ellioth de Médetti fue desmontado por Lord Tristán en la mañana del sexto día después de romper tres lanzas. El muchacho recibió igualmente los aplausos y vítores del gran público cuando se levantó en un grácil movimiento. Segundos más tarde se estaba inclinando en una irónica reverencia, tan pronunciada que casi besaba el suelo de la arena. Muchos de sus seguidores decían que se había dejado vencer, pues Tristán de la Tour era su superior y su comandante, pero Lucas estaba convencido de que a una persona como Sir Ellioth semejante idea jamás se le hubiera pasado por la cabeza. La victoria de Lord Tristán, en cambio, no fue vista con muy buenos ojos por parte de los grandes nobles y señores de Tëom, los cuales apartaron la mirada, incómodos. Minutos más tarde, Sir Galder era derrotado al quinto intento por Cosmin de Lennos. Éste todavía no había sido armado caballero, pero igualmente parecía que hubiera nacido para justar.

La ronda final generó grandes expectativas y movió bolsas de oro de igual tamaño entre el público más acaudalado. Tras un enfrentamiento emocionante que duró más de media hora, Lord Lynpold Landraven anunció como ganador al vinossiano a pesar de que ninguno de los había conseguido derrotar al otro. Sin embargo, Lucas estaba de acuerdo con la calificación. El muchacho había demostrado una gran habilidad y elegancia superiores a las de Lord Tristán, lo cual reconocieron todos los jueces.

–He oído que esta noche después del banquete va a haber una partida de cartas en la que se moverán importantes sumas de plata, oro y mujeres –comentó Sir Arkeis cuando se reunieron a la hora del almuerzo–. Podría ser vuestra oportunidad para mostrarles a esos vinossianos que no son los únicos ganadores en este torneo.

–Hemos venido aquí a defender a su majestad –replicó Lucas–, no a emborracharnos de vino y cerveza, ni a divertirnos con juegos de azar.

–Estoy seguro de que a mi querido hermano no le importará perderos de vista durante unas horas. Si yo fuera él, incluso lo agradecería.

Pero no les pudo convencer. Tras regresar del festín de media tarde que Lord Jendris les había ofrecido en el alcázar, Sir Todd, Sir Darn y Lucas permanecieron custodiando el pabellón de su majestad mientras su hermano y los otros dos caballeros iban a Puerto Cuervo. Eran las doce de la noche y el silencio se había ido apoderando poco a poco del campamento. Aquellos días de finales de verano la brisa marina soplaba con fuerza y las nubes habían empezado a cubrir el cielo, por lo que lo único que iluminaba la explanada eran los débiles fuegos de unas pocas antorchas esparcidas a lo largo de la pedregosa campiña.

El rey Leonard ya dormía cuando llegó el hombre vestido de negro. La capa ocultaba su armadura, y los rasgos de su rostro eran difíciles de distinguir bajo aquella capucha. Lucas y Sir Todd le detuvieron antes de que pudiera entrar en la tienda de su señor.

–Traigo un mensaje para el rey Leonard Endlehammer –les dijo.

–Pues tendrá que esperar hasta el amanecer. Su alteza está descansando.

Las palabras de Sir Todd no le importunaron.

–Es un mensaje urgente –replicó–. Vuestro rey sido convocado por el señor de Loberstein en su castillo. Se trata de un asunto importante que no puede esperar a mañana.

Se bajó la capucha y Lucas supo quién era al instante.

–Sir Ricard Metzgeir –murmuró.

El hombre de negro apretó los labios, impaciente. Lucas le lanzó una mirada a Sir Todd Strenserg y éste asintió.

–Pasad. Más os vale que sea importante.

Sir Darn se encontraba dentro, así que nada le pasaría al rey. El caballero hizo un gesto de saludo con la cabeza y apartó las cortinas del pabellón. Lucas intentó agudizar el oído para escuchar lo que decían adentro, pero hablan en susurros y no llegó a captar nada que pudiera entender. Cuando el caballero deriliano salió diez minutos más tarde, un somnoliento Leonard le acompañaba vestido con un jubón improvisado. Detrás de ellos iba Sir Darnak Rhoy, con su semblante siempre serio e imperturbable.

–Me acompañarán mis guardias o no iré –le dijo el rey a Sir Ricard.

–Que sean dos. Es mejor que uno de ellos se quede y se cerciore de que nadie descubre que no estáis en vuestra cama.

El rey de Duhmant miró a sus tres hombres y le hizo una seña a Sir Todd para que aguardara allí hasta que volviera. Después, Sir Ricard Metzgeir les proporcionó unas capas del mismo color oscuro que la suya y les rogó que se las pusieran hasta que llegaran al castillo.

–Será más seguro si nadie os reconoce. No podemos permitirnos correr ningún riesgo.

Los tres se echaron encima las capas y caminaron a paso lento hacia el castillo entre tiendas vacías y restos de hogueras. El sonido del mar y el viento les ayudaba a pasar desapercibidos, y cuando llegaron a las puertas de Loberstein, Sir Ricard llamó a uno de los soldados que se hallaba en las almenas de la muralla, e instantes más tarde éste les abrió una pequeña puerta de madera escondida a la izquierda.

Subieron por el puente de madera hasta llegar a los pies de la torre del homenaje, no obstante, en vez de entrar por la entrada principal, Sir Ricard encendió una antorcha y los condujo a través de un cobertizo que se introducía en los niveles bajos del castillo. “Estamos yendo hacia las mazmorras”, pensó Lucas con inquietud, sin apartar la vista del caballero ni su mano de la espada. Recorrieron pasillos durante un tiempo que le pareció interminable, para acabar en una estancia húmeda, de roca grisácea y desgastada, donde el camino moría para dar lugar a tres puertas; una al frente, otra a su derecha, y otra a la izquierda.

Sir Ricard Metzgeir llamó tres veces con los nudillos a la puerta de la izquierda, y ésta se abrió al instante, dando paso a una habitación de planta cuadrada, iluminada por un tenue farol y sin más mobiliario que unas cuantas sillas y butacas. Pero no fue eso lo que sorprendió a Lucas.

Todos los grandes señores del continente les aguardaban en aquella celda, la mayoría rodeados de algunos de sus hombres. El norteño no tuvo dificultad en ponerle nombre a todos esos rostros. Allí estaba Lord Jonas Knightsong junto con su hijo y varios caballeros, el embajador de Tres Ciudades, Lord Beryn Hasfeleen, también arropado por varios de los suyos; Clotaire de Seraphien, Varian de Seronarte, Josén Lanneroth de Flandor, Relion Hessenver, Waller Edelthorn... y el Lord Comandante del Alba de Plata, Tristán de la Tour. En lo que parecía ser el estrado, de pie, aguardaba Lord Jendris Von Mehl, y, a su lado, una extraña mujer enfundada en un brillante vestido de seda con encajes. “Parece una reunión del Concilio de Tëom”, se dijo Lucas.

–Estamos todos –dijo Sir Ricard mientras les invitaba a pasar–. Lord Endlehammer ha sido el último en llegar.

Leonard frunció el ceño, pero entró en la sala seguido de sus dos caballeros. Tomaron asiento al lado de los laberdenses, y, acto seguido, Lord Jendris ordenó cerrar la puerta de la celda. “No, no estamos todos”, se dijo de pronto Lucas. “Aquí falta alguien...” Pasó la mirada por todos los asistentes y se dio cuenta. “Los vinossianos. No hay ningún representante de la República”. Aquello no lo tranquilizó.

Cuando todos hubieron ocupado sus asientos, Tristán de la Tour fue el primero en intervenir.

–Hace tres semanas, en la noche del Menguante, llegó a manos de mis subordinados un mensaje con el sello de la propia orden que comando, emplazándome en un lugar del que nunca antes había oído hablar –empezó–. Los hombres encargados de la Secretaría del Alba de Plata no pudieron siquiera darme una explicación de cómo había ocurrido. Tras pensarlo detenidamente, sólo se me ocurren dos posibilidades: o bien que sean unos incompetentes, o bien que me hayan mentido. Y todavía no sé cuál de las dos me enfurece más –cruzó las manos y miró a Lord Jendris con desconfianza–. Ya que ellos no fueron capaces de articular palabra, seguramente vos podáis darme la explicación en busca de la cual he venido.

Sus palabras eran en apariencia corteses, pero alguien como Jendris Von Mehl no hubiera necesitado poner mucha atención para captar la amenaza que se hallaba implícita en ellas.

–Aquella noche yo también recibí un mensaje, Lord Tristán. Una misiva en la que se me pedía que lo dispusiera todo para poder realizar una reunión del Concilio de Tëom; una reunión no oficial, por supuesto.

–¿Qué demonios significa esto? –intervino el rey de Sar con irritación–. Nadie me avisó de que se había convocado una reunión del Concilio durante la celebración del torneo.

–El torneo no ha sido más que una excusa –le atajó el señor de Loberstein–; una excusa para no llamar la atención. Cuando me enteré de que Lord Lynpold Landraven pretendía organizar una justa, le ofrecí mis tierras para no levantar sospechas. Nadie más que los que estamos aquí sabe de esta asamblea.

La indignación dejó paso a la confusión. Se formaron una serie de murmullos, y los nobles se miraron entre ellos, incómodos y desconfiados. El comandante en jefe del Alba de Plata tampoco parecía satisfecho. Habló despacio, con una voz tan gélida y dura como los escarpados peñascos de Isla Cuervo.

–¿Quién convocó la reunión?

Los ojos de Jendris Von Mehl se posaron en alguien cercano a su interlocutor. Dejó pasar unos segundos antes de responder.

–El mensaje que me llegó estaba firmado del puño y letra de uno de vuestros caballeros.

Las miradas de toda la sala se giraron hacia el lateral donde se sentaban los thelderon.

–¿Quién pudo...? –empezó a decir Lord Tristán.

–Yo mismo, mi Comandante –respondió una joven voz a su lado.

Lucas alzó la vista. El caballero situado a la izquierda del Lord Comandante era un apuesto muchacho, de pelo ondulado, ojos brillantes y sonrisa sardónica. La imagen se le quedó grabada en la retina a fuego y hierro.

Era Sir Ellioth, de la casa Médetti.
–¡Yo he tenido a cientos de mujeres!
–Lógico. En cuanto te empiezan a conocer un poco, huyen.

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Re: El esperado torneo (fantasía)

Mensaje por lucia » 21 Abr 2013 13:07

Te deleitas demasiado en la parte de la justa antes de meterte en harina, y realmente tampoco es que hagas una presentación de personajes con ella, salvo quizá de dos o tres.

Por cierto, veo una influencia marcada de Canción de hielo y fuego, pero en la Europa continental. :cunao:

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MisterX
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Re: El esperado torneo (fantasía)

Mensaje por MisterX » 22 Abr 2013 14:24

Muchas gracias por tiempo, Lucía :)

Has dado en el clavo, tenía miedo de que la parte del torneo en sí me saliera demasiado extensa, aunque por la estructura de la trama necesito por lo menos introducir la mayoría de esos nombres porque cada uno de esos personajes va a jugar su papel, por mínimo que sea en el impulso posterior de la historia. Agradezco tu sincera opinión, veré cómo puedo corregirlo para que su lectura no resulte tan tediosa.

Y sí, la influencia de Canción está presente (caballeros, casas y emblemas) :wink: aunque la historia y el contexto en el que se basa es bastante diferente: un continente políticamente fragmentado, una poderosa orden de caballeros que ha mantenido la cohesión durante siglos, la transición del feudalismo al renacimiento, la amenaza de los absolutismos monárquicos,... etc obviamente no es posible desarrollar todo eso en un solo capítulo 8)
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