La cruz de hierro (drama -ficción)

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Ironweed
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La cruz de hierro (drama -ficción)

Mensaje por Ironweed » 13 Feb 2014 16:11

LA CRUZ DE HIERRO

En un lugar del tiempo, hace ya una incierta cantidad de millones de años, separadas las tierras de las aguas, un átomo químico de los océanos contrariando su propia indivisibilidad, liberó incontables cantidades de partículas que después trasmutaron en inmensa variedad de especies primarias dando origen a nutridas formas de vida. De entre ellas fue formándose el hombre. El origen de esta especie tuvo un largo proceso evolutivo y a esta última rama de la creación perteneció Hanz Sielder. Seguramente no es ésta su historia completa; todo hombre sabe guardar un secreto; lo único que he sabido de él es lo que narró.
I - ¿QUIÉN ES ESTE HOMBRE?
Caminaba rumbo a la avenida Oro de mi viejo pueblo de Manzanares. Yo le llamaba “pueblo”, pese a que desde muchos años atrás sus habitantes le llamaban pomposamente ciudad. El frío matinal de aquel mayo inclemente y lluvioso hacía estragos en mi humanidad, no obstante marchaba con paso rápido en dirección del “apples old coffee” , mi refugio de diarios desayunos. El temporal parecía cobrar más fuerzas; aceleré la marcha embistiendo con firmeza el aguacero que me hostigaba de frente. Allá en el fondo de la calle del otro lado de las vías, las luces del aserradero aún encendidas, brillaban fragmentadas en los charcos de agua formados por la lluvia, y más atrás, los faroles del alumbrado público se hamacaban furiosamente entre los cables y parecerían desmembrarse con cada embate del viento.
El sonido metálico de varios objetos, detuvo mis pasos casi en la esquina de la avenida. Dos o tres monedas rodaron en el agua arrastradas por las ráfagas de la ventisca que formaba en la acera un pequeño y veloz arroyuelo, pero firme como adherida al piso se encontraba una hermosa cruz de metal, en las que se destacaba entrelazada por dentro de un anillo pequeño en el borde superior de la pieza, una cinta multicolor que reconocí al instante como los colores de la bandera alemana. Al dorso de la cruz se advertían ilegibles filigranas. No sé qué instinto hizo que la recogiera y la guardase en el interior de mi chaqueta. Las monedas ya habían desaparecido tragadas por el alcantarillado de la esquina.
Pero si la extraña aparición de estos objetos provocaron mi asombro, mayor fue aún cuando al doblar la esquina, ya en la acera de la avenida Oro, a no más de un metro del vértice formado por el codo de la casa del juez de paz, yacía en el suelo un hombre bastante mayor a simple vista, extendido cuan largo era como si estuviese durmiendo tranquilamente. Vestía un impermeable que al abrirse con la caída, dejaba entrever un traje de lana gris ya empapado por la lluvia; un brazo solamente quebraba esa visión serena, un brazo extendido, rígido, al que yo veía como un brazo que señalaba algún punto cardinal desconocido.
La tormenta arreciaba y no se veía un alma por las calles anegadas: Llamé con el móvil a emergencias, que en unos minutos se hizo presente en el lugar. Mientras tanto traté de correr con sumo cuidado el cuerpo bajo el balcón de la casa del juez, tratando de evitar que se siguiera mojando como un animal muerto. En un principio daba la impresión que el hombre ya no vivía, pero al tomarle el pulso mientras le acomodaba de la mejor manera en el reparo que ofrecía el balconcillo, noté el débil palpitar de su corazón.
Yo era el único testigo del hecho, y tanto los paramédicos y la policía que llegó detrás de estos, me preguntaron si podía acompañarlos. Como no sabía con quienes tenía que ir, luego de un intercambio de palabras entre los uniformados y los profesionales sanitarios que aducían la necesidad que alguien debía quedar registrado en el hospital como la persona que internaba a otra, aún en este caso en el cual se trataba de un desconocido. Los agentes que bien me conocían, asintieron, solicitándome que una vez desocupado concurriera a la estación de policía.
Haciendo sonar la sirena y brillando las luces intermitentes superiores partió la ambulancia a gran velocidad, mientras dentro de la misma yo veía las manipulaciones que hacían los paramédicos para detectar el estado del hombre; le conectaron a un monitor mientras le inyectaban algún tipo de medicamento, pero la persona aparentaba no dar signos de vida. Realmente parecía muerto, pero no lo estaba. La vida es auto combativa por naturaleza propia.
Llegamos al hospital, donde me hicieron firmar un papel en el que constaba fecha y hora del suceso informado y del arribo de la ambulancia; curiosamente decía “al lugar del siniestro”.También consignaba en la casilla para el nombre y apellido, la sigla “NN”, puesto que al parecer el hombre no portaba documentación de ningún tipo.
Antes de irme y mientras esperaba el taxi que acababa de llamar, pregunté a uno de los paramédicos que ya habían entregado el cuerpo en la sala de emergencias, si podía venir a ver como “andaba ese hombre”. Me dijeron que si se reponía, podía visitarlo en los horarios estipulados para las visitas y que eso debía arreglarlo con el área administrativa.
Llegó mi automóvil y marché a casa; la lluvia se había transformado en una tenue garúa, mientras que por sobre el horizonte hacia el norte, se veían llamear por entre las ominosas nubes negras, pavorosos relámpagos acompañados de estampidos lejanos.
II – DONDE YO JUGABA
A la tarde siguiente fui hasta el hospital, para ver si se me era permitido visitar y hablar con el “hombre de la lluvia”- tal como yo le había definido ante unos amigos que se enteraron del asunto, pero me informaron que “hasta dentro de un par de días aproximadamente” seguiría en terapia intermedia. Igualmente me indicaron que cuando pasara a sala común, debía respetar los horarios de visita, no obstante ser el responsable de su internación. Luego me llamaron desde la administración y me preguntaron si había obtenido algún dato de esta persona. Hice un movimiento negativo con la cabeza. Ellos al igual que la policía tampoco tenían ninguna información. El hombre no llevaba consigo ningún tipo de identificación y seguía siendo un enigma su presencia en Manzanares, y aún no se hallaba con fuerzas como para hablar o ser interrogado.
Al día siguiente, antes de lo previsto, le pasaron a una sala común y en el horario de visitas a pacientes pude ingresar a una habitación con dos camas, una de las cuales se hallaba desocupada. En la otra, un hombre, el mismo que recordaba abatido en la tormenta - parecía algo más delgado- se enderezó sobre el lecho como si quisiera sentarse; le ayudé, hizo un gesto de agradecimiento y me miró fijamente; luego de un corto silencio sonrió y respondió a mi saludo en un idioma que de inmediato reconocí como alemán.
Observé en ese hombre unos ojos claros tan habituales en la raza germana, y con mi mejor y amistosa expresión le pregunté en un bárbaro inglés si hablaba otros idiomas aparte del alemán. Me respondió con una seña que le alcanzara un papel y un bolígrafo. Conseguí y le entregué lo solicitado y escribió: russe, english, y para mi alegría la última que garabateó: italian; ese era mi idioma de nacimiento y yo aún lo hablaba y entendía sin problemas.
Obviamente que de inmediato, además de presentarme, le conté lo sucedido y la razón por la cual me hallaba con él en esos momentos. Escuchó con mucha atención y me agradeció lo que había hecho. El italiano que hablaba me impresionó por su acento y fluidez. Nada que envidiar a un natural de las tierras del Dante.
Iniciamos una conversación en dicho idioma y pude saber su nombre: Hanz Sielder; luego me indicó que no llevaba encima documentos, pues los había dejado en su equipaje en casa de la viuda de una persona que había venido a visitar desde su Alemania, y se encontró que un par de días antes, durante su vuelo a nuestro país, este hombre había fallecido por lo cual no se enteró de ello hasta que llegó a su casa. Me dijo que poseía los pasajes aéreos de regreso para una fecha determinada y que los mismos caducaban dentro de dos días. Me pidió que explicara de ese asunto a la policía así la misma tenía tiempo de investigar sus datos y no lo retrasaban cuando dejara el hospital. Prometí hacerlo y más tarde cumplí con ello. Finalmente me agradeció la ayuda que le había prestado y esta visita; luego buscó algo en la mesilla de noche y me pidió, alcanzándome un dinero, si podía comprarle algunas frutas como, frambuesas, moras, o arándanos; “yo agradecería eso sí, fruta fresca, no en conserva”; no acepté el dinero; “poi mi paga”, dije. Le aclaré que era invierno y que me sería difícil conseguir lo que pedía. Se terminaba el horario de visitas y le prometí que al día siguiente volvería a verle. Nuevamente me agradeció y luego me despedí tomándole la mano tibia que me extendía. Una sacudida interna me estremeció cuerpo y alma, transmitiéndome la sensación que había algo excepcional o trascendente en aquel alemán que se reponía en el hospital de Manzanares. Yo trataría de averiguar algo más de lo que sentí en aquel apretón de manos, y eso sería mañana, claro está si él se disponía a hablar de algunas cosas más confidenciales que las protocolares. La enfermera de turno me indicó en tono amable pero firme que debía retirarme.
Al día siguiente, le llevé los frutos que había conseguido en algunas casas que vendían especialidades; arándanos y frutillas, todo lo que pude encontrar por lo que recibí un efusivo agradecimiento de Hanz. Yo había advertido que era un hombre que escuchaba con suma atención y tenía la cualidad de solicitar las cosas con un tono muy suave y amable, aunque también había notado que sus pedidos no estaban exentos de un tono oculto, al que prestándole la debida atención, sonaba como imperativo. Quizás se trataba de una ilusión mía, pero así lo percibía en las conversaciones que manteníamos.
Cuando llegamos al momento de las preguntas de su estadía en nuestro pueblo, entrecerró sus ojos grises; hizo un pronunciado silencio como hurgando en su memoria y luego me dijo, te contaré algo de mi vida; y luego habló::
"Yo nací y pasé mi infancia en Herreg. Yo era un niño feliz que creció en ese pueblo, cerca de la frontera con Austria y algo más lejana con la de Checoslovaquia, y creo que era un lugar mágico; por entonces soñaba con ser músico o escritor, pero ya sabes, cuando estaba a punto de culminar mis estudios universitarios de filosofía y letra, llegó la guerra. Herreg, dijo, y entrecerró los ojos, allí casi nadie se daba cuenta de que en Herreg vivíamos prendidos en un área especial, tejida con las fibras de la suerte y sus circunstancias. Yo lo supe desde niño, cuando tenía doce años y el mundo era una lámpara mágica y yo veía iluminados por el resplandor verdoso del alcohol de las farolas, el pasado el presente y el futuro. Mira, al principio todos conocemos lo que llamamos algo así como magia, pero no hablo de los ilusionistas de teatros; la magia de la que hablo es otra; no puedes verla con la vista; la sientes dentro de ti y entonces la entiendes. Todos nacemos envueltos en tempestades, fuegos y misterios en nuestro interior. Nacemos capaces de comprender el canto de los pájaros, interpretar las nubes y de leer nuestro destino en los granos de arena. Pero luego la escuela expulsa esa magia de nuestra alma; nos ponen duros como el hierro, y nos dicen que seamos responsables, serios; que nos hagamos mayores. ¿Para qué? Cuando una canción despierta algún recuerdo de nuestra infancia, cuando unas motas de polvo revoloteando en un rayo de luz aparta nuestra atención de este mundo de mayores, cuando una noche oímos pasar un tren en la lejanía y nos preguntamos donde irá, estamos dando pasos fuera de nosotros mismos y del lugar donde nos hallamos. En ese instante hemos penetrado en el reino de la magia de la que te hablo. Si, sin dudas, Herreg era un lugar mágico encerrado entre montañas, arroyos encrespados, bosques de pinos, hayas y abetos; el pasto crecía verde e intenso fulgurando como una inmensa esmeralda que no tenía fin frente ante tus ojos; allí los espíritus deambulaban a la luz de la luna; salían del verde cementerio y ascendían a las colinas para hablar de los viejos tiempos. Lo sé; yo los oía. La brisa se colaba por las rendijas de las ventanas, trayendo el olor de las madreselvas y el atronar de los dentados relámpagos azules que se estrellaban contra la tierra. Sufríamos sequías y tormentas y el río que atravesaba la aldea, la comarca toda, tenía la enojosa costumbre de desbordarse. Yo guardo todos esos recuerdos de la vida del niño que fui sumido en un mundo de encantamientos, lo recuerdo, pero cuando nos hicimos mayores, ese mundo desapareció, y allá en mi patria lejana estalló para imponer sobre niños y grandes , una crueldad indecible, ya no había magia, esa era entonces la realidad………Bueno, no sé si me entiendes, parece que estoy divagando un poco, estoy bastante viejo pero aún me gusta hablar de aquella infancia y de la brutal contrapartida que me trajo a tu pueblo……”
Dijo esto último, cerró sus ojos y se quedó dormido rápidamente. Yo estaba intensamente emocionado por lo que había escuchado de boca de aquel alemán que parecía hablar como un poeta; realmente este hombre era un alma grande, tenía a su alcance el poder de incendiar la imaginación con sus palabras; seguramente hubiera sido un gran escritor, que eso era lo que él quería. Me fui a casa, esperando el día de mañana, que iba a resultar el último de su estadía en el hospital; estaba ansioso por conocer las causas que le trajeran a Manzanares.



III- LA CRUZ DE HIERRO
Al día siguiente le dieron el alta. Una vez completa la documentación de salida, fuimos a la estación de policía a realizar una declaración de lo acaecido con este hombre que en horas se marchaba de nuestro país, y una vez terminado ese trámite le pedí que venga a almorzar a mi casa.
Eran las 9,30 horas. Aceptó, previo señalar que debía ir a retirar su equipaje a la casa de la viuda del hombre que había venido a ver desde su Alemania. Otto, le llamaba. Tenía que recuperar, documentos, pasajes aéreos y todo lo que había traído en su viaje a la Argentina. Me aclaró que el trámite le llevaría un par de horas pues además de recoger sus cosas, quería hablar con la viuda de su amigo fallecido, luego vendría a mi casa. Le di la dirección, y por la tarde yo le llevaría en mi automóvil al aeropuerto donde embarcaría hacia Buenos Aires y luego a su patria natal. Obviamente mi esposa estaba enterada de todo y de acuerdo con la visita de Hanz Sielder. Luego se dedicó a preparar el almuerzo.
A las 11,45 llegó en un taxi a casa. Luego de saludar a mi mujer, hubo un intercambio de opiniones sobre el clima y otras trivialidades típicas de estas situaciones. Sielder preguntó a que hora servirían el almuerzo. Le informé que alrededor de las 13.30, horas comeríamos.
Fue entonces que sentado en un sillón del living, erguido y altivo como un guerrero romano, con su corta cabellera plateada por los años y aquellos ojos grises, fríos y amables a la vez, retomó al parecer el soliloquio del día de ayer. El señor Sielder se puso serio y triste, y apenas comenzó a hablar, noté que ya no había en sus palabras, ni la magia ni la poesía del relato anterior. Y todo esto narró:
“Te dije que no pude terminar mi carrera universitaria por causas de la guerra europea. Fui reclutado en el ejército. Hitler invadió Polonia, Checoslovaquia, y marchó rápidamente contra otros países como Holanda, Dinamarca, Noruega y Luxemburgo; fue entonces que Inglaterra y Francia entraron en guerra contra las fuerzas del eje, que aquel momento estaba compuesto por Alemania e Italia; Japón se unió activamente más tarde, actuando específicamente contra los EE.UU. en el pacífico. Como las fuerzas armadas italianas no contaban con armamento adecuado para la guerra, ni tampoco sus hombres destacaban por su valor y voluntad de pelear, el alto mando alemán decidió enviar tropas para resguardar y apoyar a los italianos. En realidad fue una ocupación, y pronto se vieron los primeros partisanos entrenados en la guerra de guerrillas, bien armados por los ingleses y estadounidenses, en la tarea de sabotear, especialmente, las fuerzas alemanas que ocupaban la península. Yo, pese a no haber hecho la carrera militar, por mi preparación académica había sido incorporado con el grado de teniente y fui enviado precisamente a combatir a los partisanos en la zona del este medio itálico frente a Albania, puerta de entrada a los Balcanes, donde los guerrilleros se habían establecido con sus bases de operaciones, zonas por las que entraban y salían a cumplir con los sabotajes contra Mussolini y sus aliados germanos. Allí consolidé el idioma italiano rápidamente. Ya en la Universidad había elegido al mismo como uno de los dos idiomas alternativos y exigibles de estudio. El otro fue el inglés. El ruso, bueno ya te contaré de ello. A medida que la guerra se desarrollaba con intenso furor, Alemania debió socorrer en Grecia y África las aventuras expedicionarias del Duce, las que resultaron en un verdadero desastre. Un año más tarde, Mussolini y su amante Claretta Petacci, fueron atrapados y colgados por los partisanos. Italia se volcó a favor de los aliados y nuestro ejército quedó en territorio enemigo, hasta retirarse definitivamente a sus fronteras. Hitler que había firmado un pacto de no agresión con Stalin, finalmente rompió relaciones con la URSS y le declaró la guerra, pero esta vez no fue un paseo triunfal como en el inicio de las batallas en los países del Este europeo. Los rusos libraron esa guerra conocida como la gran guerra patria, peleando hasta la última gota de sangre, hasta el último aliento como fieras acosadas que defienden su territorio. Fui enviado a Rusia, donde sitiamos la ciudad de Sebastópol en el Mar Negro durante ocho meses. Terminado el asedio con la victoria soviética, me trasladaron al frente de Stalingrado. Este sitio, pese a los seis meses que duraron los combates hasta nuestra retirada, fue unas de las batallas más sangrientas de la historia de la humanidad, donde murieron unos cuatro millones de personas entre soldados de ambos bandos más los civiles que se vieron inmersos en una calamidad de proporciones inenarrables. No sabes tú lo que fue aquello. El demonio había bajado a esa tierra congelada y sentado sus posaderas sobre la misma. Su risa debió oírse en todo el universo y el planeta todo se estremeció frente a las atrocidades de una guerra generada por mentes insensatas. La retirada fue dolorosa, lenta y a merced de los rusos que dejaron de defender su tierra, para iniciar primero contraataques y luego avances sobre nuestras fuerzas en huída. Durante esa operación en la que murieron ciento de miles de mis compatriotas, gran parte de ellos congelados por la nieve y el temible invierno ruso, fui herido gravemente en un brazo y una pierna por la explosión de un obús. Con la ayuda de un camillero pude detener la hemorragia en ambos miembros, pero el comienzo de la gangrena por falta de medicinas y médicos que pudiesen operar las terribles fracturas, se hizo presente muy rápido. En esos días de espanto fue que conocí a Otto Scheider. Durante la retirada, Otto, médico cirujano, fue curando mis heridas y pese a no disponer de instrumental adecuado, me cosió y rehizo brazo y pierna de la mejor manera posible en tan precarias condiciones. Este hombre que ciertamente salvó mi vida, me acompañó hasta alcanzar las primeras líneas de defensa alemanas, frente al arrollador ataque soviético. Por la gravedad de mis lesiones fui derivado a Berlín, a efectos de terminar la cura de las mismas. Fui ascendido al grado de capitán, otorgándoseme licencia y enviado a la retaguardia por seis meses, y me fue otorgada la Cruz de Hierro al mérito, la cual perdí durante el reciente problema cardiaco de hace una semana atrás, aquí en Manzanares. Pero he de completar el relato de Otto. Él también llegó a Berlín desde el frente ruso y logramos encontrarnos. Me contó que una vez terminada la guerra- la caída era ya un hecho irreversible - trataría de salir del país y viajar a Sudamérica, no me nombró Argentina en ningún momento, parecía ocultar todo lo relacionado con su persona, en una palabra, parecía temer algo, y aunque siempre manifestaba que su tan evidente preocupación no tenía sentido; no se cansaba de repetir que él solamente fue un oficial médico dedicado a salvar vidas, pero se hablaba tanto de campos de exterminios masivos de judíos llevados adelante por los nazis, se mencionaba a Mengelle un médico que se había dedicado a experimentar con niños sacados de los campos, que temía ser arrestado e ir a la cárcel hasta que se investigue y aclare su situación, pero había decena de miles en tal condición y por ello podía pasar un largo período en prisión. Él decía desconocer durante la guerra, todo asunto concerniente a la matanza de civiles y a la violación de derechos humanos, pero estaba seguro que si lo atrapaban los rusos, éstos no se iban a andar con vueltas; con seguridad lo iba a pasar muy mal y hasta podía ser ejecutado. Si lo hacían los norteamericanos o ingleses lo tendrían prisionero, quizás sujeto a trabajos de reconstrucción quien sabe por cuanto tiempo. Unos y otros aliados llevaban consigo un sentimiento de venganza por incontables camaradas muertos en esa guerra monstruosa. Ciertamente era un asunto que le preocupaba mucho y quería salir de Alemania, afincarse en otro país, quizás formar un hogar, ya vería. Me dijo que cuando llegara a algún sitio, me escribiría a Herrech, adonde me sugería que partiera de inmediato, pues los aliados ya estaban a días de hacer claudicar al régimen nazi, el fin de la guerra era inminente, y era conveniente recluirse, de paisano y pasar inadvertido al menos hasta que las aguas enfurecidas se calmasen y la normalidad volviese abrazada a la paz. El destino de Otto fue Argentina; buscó un pueblo pequeño perdido en la Patagonia. Se estableció en Manzanares, con su identidad cambiada por la de un camarada muerto. Los papeles y documentos apócrifos, los proveyó una organización que al parecer se dedicaba a ello, quizás a cambio de dinero, no sé, y así Otto Scheider se transformó en el conocido doctor Víctor Molinov, destacado residente de Manzanares, jefe del único sanatorio privado del pueblo, denominado comúnmente “Clínica Gramma”. Todo esto lo supe hace unos 45 días, más o menos. Pasaron más de cincuenta años sin tener noticias suyas, pero hace un mes y medio atrás, Otto consiguió mi teléfono en Herrech y me habló; me contó de su nueva vida, donde vivía y de su nueva identidad, de su esposa; me informó que lamentablemente no tenían hijos por un problema de infertilidad de su mujer. Fue entonces que le comenté que viajaría a visitarle en un par de meses aproximadamente, obviamente si ello no representaba algún problema para él y su esposa. Al contrario, me expresó con entusiasmo; se sentiría feliz de volver a verme. Por mi parte, igualmente quería verle ahora a tantos años de nuestro primer encuentro y además deseaba darle personalmente algo especial traído de Alemania; luego tendríamos mucho tiempo para hablar”.
Sielder, hizo un paréntesis en el relato, como necesitando tomar aire. Luego prosiguió con el mismo.
Tú eres una persona muy buena conmigo y te he de contar ciertas cosas que te pido lo guardes para siempre, nadie debe saberlo.
Asentí con un movimiento de cabeza y Hanz Sielder siguió hablando en su perfecto italiano.

"Lo que me trajo hasta Otto fue por un asunto que ya te contaré y además darle mi cruz de hierro a la que yo le había mandado hacer una pequeña inscripción en el dorso de la misma, y era casi imperceptible para el ojo humano, pero con la ayuda de una lupa de buen aumento se podía leer perfectamente. Y aunque por desdicha la he perdido, ya no tiene sentido nada de eso puesto que Otto ya no está entre los vivientes..
Estaba a punto de seguir con su monólogo, cuando le detuve. Del bolsillo de mi chaqueta colgada en una silla, saqué una bolsita y se la entregué.
Me miró largamente, abrió el cierre y contempló de manera casi indiferente, la bellísima Cruz de Hierro que había perdido aquel día de la tormenta y su accidente.
Quiso tratar de preguntarme algo pero no le di tiempo; le conté que yo la había recogido y esperaba que él estuviera repuesto de su salud para entregársela; le expliqué que por ello estaba constantemente cerca de su persona en el hospital, pues no quería que desapareciera del mismo modo como llegó al pueblo, y partiera sin algo tan importante para su condición de soldado y de hombre. Me tomó las dos manos y las apretó fuertemente con las suyas; no dijo nada y quedó en silencio por unos momentos. Se guardó la cruz en el interior del abrigo que llevaba y que aún no se había quitado, aspiró profundamente y retomó el relato……
“Esta cruz se otorgaba por el valor expuesto en el combate, y era un honor llevarla colgada en el pecho junto a las insignias del regimiento o batallón al que pertenecías. Ya te he dicho cuando me la entregaron, y te he contado la breve historia de mi relación con Otto Scheider, mi amigo por entonces y mi salvador de una muerte horrible por putrefacción de una mano y una pierna. Otto no recibió ninguna condecoración, fue ignorado como todos los médicos y otros militares no combatientes; los altos mandos alemanes apreciaban solamente el valor del soldado que lucha con las armas. Otto, solía ver la cruz, y quedaba embelesado cuando la tomaba entre sus manos, se quejaba porque entendía que médicos y otros científicos también pelearon esa guerra y que no era justo no se les reconociera su dedicación y su lucha por la patria.,
Repetía una y mil veces “salvé cientos o miles de vidas de nuestros camaradas; tú eres la prueba viviente de lo que digo, pero no hubo nada para mí, todo, todo para los soldados de la lucha armada; no tengo, cuando me case, nada para mostrarle a mis hijos, para que se enorgullezcan de su padre…..nada….”
Yo le escuchaba en silencio, asombrado por aquella obsesión.
Finalmente entraba en un mutismo extraño, siempre igual, cada vez que me pedía la cruz de hierro. La acariciaba, solía tenerla por largos minutos entre sus manos, y hasta algunas veces se la puso en el pecho, y me observaba con una mirada extraña, casi luciferina; después me la devolvía sin decir una palabra más y se marchaba.
Luego él se fue de Alemania y yo quedé en Herrech transformado en un simple granjero. Varias veces vinieron los americanos e ingleses a nuestro pueblo, requisando todo aquello que pudiese servir para identificar a criminales de guerra. Fue entonces cuando muchos civiles alemanes, inclusive los soldados y oficiales que estaban en el frente o en distintas ciudades tomadas al inicio de los combates, conocimos la terrible atrocidad que llevaron adelante Hitler y sus secuaces del partido nazi, deportando a campos de exterminio a judíos, gitanos y otros seres humanos abominados por estos asesinos arios. Pasó el tiempo y poco a poco, todo se fue normalizando. Allá por el año 1960, Simón Wiesenthal, un famoso cazador de estos genocidas, hizo circular por toda Alemania y gran parte de Europa, una lista, en realidad era un libro de unas doscientas páginas que contenía en cada una de ellas, nombres de ex oficiales nazis, datos relacionados con los campos de exterminio en los que habían intervenido activamente, fotografías de época y posibles rostros actuales transformados.
Tuve acceso a uno de estos libros y lo fui leyendo con curiosidad y espanto, frente a los hechos que se les atribuían a los hombres y mujeres de esa lista. Pero el gran horror se me presentó en forma de incredulidad cuando el personaje de la página número 89 era nada más y nada menos que Otto Scheider”.
Apenas terminó de nombrar a este médico que había vivido cómodamente en nuestro pueblo por más de cincuenta años, se hizo un silencio sepulcral y ambos nos miramos casi sin respirar. Su rostro se puso lívido y sus ojos grises claros se enturbiaron. Se repuso y continuó:
“Leía y no podía creer, pero todos los datos y las fotos de Otto eran la prueba irrefutable que se trataba de un criminal de guerra, un ser perverso que debió morir en la horca infamante y no de un ataque cardíaco en una limpia y aséptica cama de su clínica privada. El informe indicaba con pruebas concluyentes que Otto Scheider fue destinado a Polonia, donde se destacó por su crueldad ejecutando con inyecciones letales, niños, hombres y mujeres enfermos, consumidos por el hambre y la debilidad durante el “ghetto” de Varsovia y posteriormente en la selección que practicaba como médico en su tarea de detectar hombres sanos y fuertes capaces de trabajar en distintas tareas asignadas a las tropas del Reich, del resto de los deportados a los campos de exterminio de Treblinka y Sobibor. Terminado su “trabajo” fue enviado a Rusia”
Se hizo otro nuevo silencio que rompí con una exclamación primero y una pregunta luego:
¡Dios mío! Señor Sielder, conociendo usted las atrocidades de este monstruo ¿Por qué ha venido de Alemania para entregarle su cruz de hierro a este genocida? Realmente no entiendo…. ¿Usted también es nazi? Le exijo la verdad. Asintió con la cabeza musitando por lo bajo, “No te sientas mal, ya lo sabrás todo” y agregó “ la verdad absoluta”.La voz de mi esposa nos interrumpió informando que el almuerzo estaba servido.
Luego de la comida en un casi absoluto silencio que llamó la atención de mi mujer, vimos la televisión durante algunos minutos. Hanz preparó a conciencia su equipaje para hacerlo más cómodo y transportable, y luego nos preparamos para marchar hacia la terminal aérea de la vecina capital de provincia a unos 30 kilómetros de Manzanares, para que Sielder tomara su avión y se fuera de Argentina. No sé porqué le hice subir a mi automóvil antes de que me diera la explicación que le había pedido, pero había en su mirada, en su actitud, un aura de bondad tan profunda, que me devolvió la tranquilidad perdida luego de su confesión. Durante el viaje Hanz me relató lo siguiente:
"Me has pedido una justificación, y es mi deber dártela, sobre todo contigo que me has llenado de atenciones durante mi estancia en tu pueblo.; te he dicho que un hombre debe saber guardar un secreto y quiero que desde ahora lo hagas. Hoy asentiste sin hablar, con un leve movimiento de cabeza y yo creo en tu promesa. Luego podrás denunciarme si no crees en mis palabras, aunque no será necesario puesto que todo lo que yo te diga, podrás comprobarlo con la gente que ha venido conmigo y me esperan en la aerostación para partir hacia Buenos Aires. Escucha: Cuanto tomé conocimiento del siniestro asesino que había resultado ser quien yo había considerado mi amigo y salvador por más de 15 años, mi vida cambió radicalmente. Recuerda que era la década del 60; escribí a la organización de Simón Wiesenthal informándoles sobre mi conocimiento de este criminal e indicando la posibilidad que se hubiese ocultado en Sudamérica, quizás bajo otra identidad, tal como realmente ocurrió. Me respondieron agradeciendo los testimonios aportados y me solicitaron que si obtenía cualquier otra información o datos por pequeños que fuesen, se los hicieran saber. Inclusive se ofrecieron a hacerse cargo de gastos que pudieran ocasionar la búsqueda o compra de los mismos. Dije compra, pues luego de la guerra, hubo gente que vendió información de criminales nazis a esta organización judía. Terminado el conflicto, además de las vidas humanas, se perdieron códigos morales, ética, conductas, etc. y afloró la delación que más que por un acto de justicia, era por dinero u otros beneficios escasos en tiempos de pos guerra; brotó todo lo peor del hombre en situaciones límites. Luego, ya sabes no tuve noticias por más de 30 años hasta hace unos meses atrás cuando Otto me llamó y me indicó donde vivía, cual era su nombre ahora, a que se dedicaba, todo; Otto Scheider no esperaba que yo le delatara, tal como lo hice. Pero lo hice, y no por dinero o prebendas, lo hice en nombre de la humanidad, por el recuerdo de aquellos masacrados inocentes. Wiesenthal había muerto, pero la organización fundada por él, continuaba en la búsqueda de estos genocidas. Hablé con ellos, les conté todo y me informaron como debíamos hacer para no levantar sospechas. Tres de ellos llegarían a la Argentina conmigo. El primer encuentro sería en Berlín, desde donde volaríamos a Buenos Aires y desde allí a tu pueblo. Una vez que arribáramos, ellos se harían cargo de la operación que fuese inevitable ejecutar, es decir la captura de Otto y de la salida subrepticia del país, tal como ha ocurrido anteriormente en otros casos en todo el mundo. Llegamos y nos alojamos; tres de los eventuales apresadores en un hotel de la ciudad cercana a Manzanares, hotel hacia donde nos dirigimos ahora. Esta gente debía esperar el tiempo necesario, hasta que yo les proveyese toda la información que ellos requirieran, o hasta que se recibieran órdenes, para ejecutar la operación de secuestro del buscado criminal; yo me hospedé en el “Residencial Asturias” de tu pueblo. Te mentí y te ruego que por ello me perdones, nunca me albergué en la casa del fallecido Otto-Víctor; yo tenía un deber moral que cumplir, y era llegar hasta donde era su residencia en Manzanares, fotografiarle secretamente de diversas maneras a él y a su mujer, al personal de servicio, discretamente fotografiar y fotografiar todo, cada rincón de la casa, patios, cuartos, salas, y toda dependencia que estuviese al alcance de mis filmadoras; usaría mi teléfono móvil con cámara de alta resolución, y además un pequeño dispositivo en forma de escudo alemán que llevaba en la solapa de mi abrigo y que ya he guardado en las maletas. Mientras ejecutaba mi acción de acopiar todo dato sobre sus amistades, sus horarios de atención médica y proseguir fotografiando y filmando todo aquello que pudiesen necesitar las personas que me aguardaban, entre las charlas qué, seguramente tendríamos, recordando aquellos tiempos terribles, le entregaría como un acto de gratitud por haberme salvado la vida entonces, la Cruz de Hierro, SU anhelada Cruz de Hierro. Obviamente que no le dije que yo ya no quería poseerla, puesto que entendía que ninguna condecoración de guerra, por más heroicas que fuesen las acciones que dan lugar a ella, está libre de hallarse envilecida por la insensatez de la muerte, el horror y la sangre de personas inocentes derramada absurdamente. En cambio Otto sí quería poseer uno de estos anacronismos, que siguen otorgándose y siendo recibidas como piezas de honor, pese a que ninguna moral tangible gobierna el mundo en general; y al fin la tendría, pero le haría notar el grabado que yo había hecho insertar al reverso de la misma. Pero, ya ves, nada de ello fue necesario. Cuando te dije que necesitaba un par de horas para hablar con la viuda, tampoco era cierto. Tomé un taxi a la ciudad donde estaba la gente que me había acompañado, la que hasta el momento esperaba sin conocer mi problema de salud que me impidió todo contacto con ellos casi por una semana, e informarles de la muerte de Otto Scheider; que ya no era necesario hacer nada, que el criminal ya estaba en proceso de descomposición. Corroboraron dicha información con gente de la colectividad judía de mi pueblo. Ellos me esperan en el aeropuerto para marcharnos de tu país y podrás comprobar que todo lo que te contado no es más que la absoluta y total verdad., amigo mío”.
Ninguno de los dos habló una palabra más.
Llegamos al aeropuerto acompañado por una fina llovizna. Allí estaban tres hombres que le esperaban. Hanz se acercó a ellos y les habló en inglés por lo bajo, durante unos largos minutos. De inmediato todos se acercaron hacia mí , me estrecharon las manos con una sonrisa dura y cálida a la vez. La lluvia comenzó a arreciar. Parecía que el cielo se encargaba de humedecer nuestro encuentro y nuestra despedida. Hanz, también lo notó y me expresó que eran lágrimas por lo bueno y por lo malo, pero que el cielo lloraba por todas las acciones de los hombres de la tierra; casi de inmediato se recluyó en una especie de sueño mientras musitaba por lo bajo: “No sé que es bueno, no sé que es malo; la naturaleza humana es siempre incomprensible, sorprendente, en cambio otros seres de la creación se abren paso de manera establecida e instintiva, ignorando ese hábito permanente de autodestrucción que se impone el hombre. Allá en Herreg ha comenzado la primavera, y las oropéndolas estarán tejiendo sus nidos colgantes en los árboles altos y llamarán a su pareja para iniciar el proceso de renovación de la vida, y en las altas cumbres la cabra montés emitirá su bramido de hembra en celo, y todos los animales lo escucharán con respeto reverencial porque ellos saben que en esos momentos se está proponiendo un acto con significado……”, emitió un profundo suspiro, hizo un alto en su cavilación y luego exclamó por lo bajo, muy cortadamente,”… pero estoy diciendo cosas que seguramente no te deben interesar…” dijo esto, y se llamó a silencio por unos momentos; luego retomó esos monólogos que yo estaba aprendiendo a conocer.
"Adiós apreciado amigo, olvídate de mí, tú tienes un futuro por delante. Yo en cambio voy finalizando mi tiempo en la tierra; así lo dispone la naturaleza. He tenido una vida enrarecida por la época que me tocó vivir. He peleado una guerra cruel pero quiero que sepas que nunca he matado por decisión propia. Si he quitado la vida a otros hombres no lo sé; cuando tú disparas un arma no conoces el resultado del disparo. La guerra te convierte en algo sin alma, sin piedad; en un ser inconsciente encerrado en un laberinto del que no encuentras la salida, y aún después de apagarse la hoguera que deja un mundo humeante y carbonizado, tampoco logras hallar una puerta de escape para huir totalmente de aquello. Hagas lo que hagas siempre ha de estar contigo; te acompañará hasta el fin de tus días.” Hizo otro breve silencio y concluyó: “ Si vuelve a ti mi recuerdo, piensa solamente que has conocido a un hombre que vivió una vida llena de acertijos en un tiempo atroz, y que si alguna vez se equivocó, eso hoy pertenece solamente a Dios y a su propia conciencia".
Quedé pensando en esto último; luego saludé a los hombres con un apretón de manos que correspondieron con mucha seriedad, e instantes después abracé al señor Sielder; él respondió con firmeza ese abrazo y luego, lentamente el grupo comenzó a caminar hacia la aeronave. Yo les acompañé unos metros y antes de ingresar en la boca de acceso a la manga de embarque Sielder metió en el bolsillo de mi campera invernal, un pequeño sobre de papel blanco, y musitó quedamente; “vuelvo a casa y dejo tu tierra apacible”.
Apuró el paso y se perdió entre la gente que se dirigía al avión, y ya no le vi más...
Cuando llegué a mi casa, un sentimiento extraño me acompañaba. Fui hasta la biblioteca donde hallé una lupa grande. Abrí el sobre, ya sabía que dentro del mismo estaba la Cruz de Hierro.
También acompañaba a la misma una breve nota que decía:
“Amigo mío, insisto: olvídate de mí y vuelve a tus jóvenes quehaceres diarios; esta cruz de hierro que dejo en tus manos para mí no representa nada, absolutamente nada; seguro que tú sabrás darle el destino que debe merecer”.
Leí la frase grabada en la cruz en letras diminutas. Obviamente se hallaba en idioma alemán y decía lo siguiente; “das Geschöpf Gottes, beschuldigt “.
Corrí al ordenador, busqué un buen traductor de alemán y quedé fascinado por la misma; era una sentencia que tenía toda la visión de un ser íntegro, que debió de haber comprendido, que la maldad del hombre no es un objetivo contra sus semejantes por causas excepcionales que necesitan ser modificadas en su propio favor, es una acción natural expuesta abiertamente a través de los siglos, acción que cual un mecanismo de relojería resulta casi imposible de imitar en su precisión insana y cruel. Pero había criaturas humanas sensibles al dolor de sus congéneres, y definitivamente comprendí que Hanz era una de ellas.
La hermosa cruz de Hierro tenía tallada esta frase: “La criatura de Dios acusa”.
EPÍLOGO
Descansé unas horas y luego tomé un baño caliente. Mi esposa había salido. Me preparé un té y con la taza en la mano me acerqué a la ventana del comedor. La lluvia era más intensa; el cielo lloraba por las acciones de los hombres, había dicho Hanz Sielder, quien quizás ya estaría volando rumbo a su patria.
Fui a la cocina con la Cruz de Hierro entre mis manos, y quedé mirando fijamente su hermosa estructura a pesar de la pequeñez de la misma. Ciertamente estaba hecha en hierro y su núcleo estaba sostenido entre dos piezas de la mal llamada plata alemana, unas aleaciones de cobre, zinc y níquel soldadas entre sí. El acabado de la pieza era pulido y laqueado. Al dorso se leía un año: 1939; y entre las hojas de roble de la corona imperial se percibía otro número: 1813. Estaba como hipnotizado por esa condecoración, cuando reparé que las cintas con los colores de la bandera alemana, estaban en perfecto estado de conservación a pesar de los años pasados a partir de su origen. Era imposible saber si éstas habían sido cambiadas o se trataban de las primitivas que desafiaban victoriosas al tiempo.
“Ninguna condecoración estaba libre de hallarse envilecida por la insensatez de la muerte, el horror y la sangre de pueblos y personas indefensas ”, había dicho Hanz Sielder. Anoté esa frase. Fue en ese momento en que salí de esa especie de inconsciencia que me había producido la medalla, y volví a la realidad.
A unos pasos se encontraba el recipiente de la basura y allí sin dudar arrojé la cruz de hierro, convencido que ése era el lugar que le correspondía, para que cuando salga de mi hogar, con el correr de los tiempos se hunda más y más entre toneladas de residuos y sedimentos hasta desaparecer definitivamente de esta tierra.

Me senté frente al ordenador para leer algunos artículos literarios, pero mi pensamiento no podía apartarse de la cruz de Sielder, que aguardaba entre los desechos su destino final, y la Cruz de Hierro no era más que un “souvenir”, un símbolo banal del coraje; una pretendida mistificación del valor real, ése que los hombres y mujeres del mundo sacan a relucir en los momentos más sublimes y cruciales de la vida.

El tiempo se encarga de aliviar nuestra memoria, y desde aquella vez dejé de pensar en la Cruz de Hierro.

En estos momentos me propongo escribir un correo al señor Sielder.

Espero que haya regresado sin contratiempos y se encuentre bien en su tierra mágica.

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Última edición por Ironweed el 23 Feb 2014 15:35, editado 1 vez en total.


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Re: La cruz de hierro (drama -ficción)

Mensaje por lucia » 16 Feb 2014 10:49

La parte que me mas me ha gustado es aquella en la que Hans cuenta su historia una vez descubre quién es de verdad Otto Scheider. La parte de antes me parece una forma adecuada de poner en antecedentes y la última me sobra un poco porque parece metida con calzador para incluir la moraleja.

De todas, formas, revisa un poco porque hay alguna frase que ha quedado como si la hubieses cambiado parcialmente en una revisión y algo se hubiera quedado colgando.

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Re: La cruz de hierro (drama -ficción)

Mensaje por Ironweed » 16 Feb 2014 10:55

Ok. Lucía: Muchas gracias por leerme y por tu opinión. Sinceramente me siento complacido. Un saludo cordial.

Iron :402:


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Re: La cruz de hierro (drama -ficción)

Mensaje por Gavalia » 22 Feb 2014 22:34

Hola Iron, aquí el pícaro. No tenía ni idea de que escribieras, y menos aun que lo hicieras tan bien. La historia en general podría aburrir un poco, pero está bien redactada y eso facilita la lectura. El trasfondo de la lucha del bien y del mal, aunque manido, siempre atrae y crea expectativas al lector. En algún momento del relato he esperado un cambio de derrotero que lo hiciera algo más entretenido, pero se acaba convirtiendo en una lectura aleccionadora sobre los conceptos que baraja la historia y que en algún momento abunda demasiado sobre lo mismo.
Si me lo permites tienes calidad para intentarlo en el próximo concurso de relatos para esta primavera. Parece que tienes algo que enseñar y quizá entre nosotros encuentres algo que te pueda servir a ti.
Un saludo y piénsate eso de participar, y así te quedas :wink:
La mamá arropaba a su pequeño niño invidente mientras le susurraba al oído...
Si no te portas bien... cambio los muebles de sitio... :twisted:

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Re: La cruz de hierro (drama -ficción)

Mensaje por Ironweed » 23 Feb 2014 16:06

Gracias por leer mi relato y gracias por tu comentario. Oye pícara, no sabías que eras una dama, te ruego me disculpes, pero ciertamente no alcancé a conocer a casi nadie en mi breve estadía. No nos guardamos resquemor y eso es bueno.
Con tu permiso quiero aprovechar ( y espero ahora no volver a meter la pata, aunque no importa pues ya me he borrado) para agradecer a ciertos foreros que han sido tolerantes con sus palabras hacia mi persona, que entendieron mi falta de maldad, que ha sido mi ignorancia no hablar ciertas cosas por MP.
En primer lugar a Gabi le digo que no vi el asunto comentado por ella desde tal perspectiva y que quizás tenga razón. No agradecí a ciertas personas( y ahora lo hago ), tal como Gabi me recomienda,pero la verdad no sé quienes son estas señoras ni las he visto con esos nombres.
Un saludo a Madison que ha sido muy justa en su despedida.
A Melinoe , le respondo que " por ambas cosas; el libro y la película" Un verdadera obra de arte de William Kennedy.

Gracias amiga pícara, y tal nos veamos por esos recovecos por los cuales la vida nos suele llevar.
Con cariño te saludo y te recuerdo:
Iron.


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Re: La cruz de hierro (drama -ficción)

Mensaje por kassiopea » 23 Feb 2014 19:47

Un apunte: aunque el nick de Gavalia termine en a no es dama, es varón :wink:

Me ha emocionado mucho la parte en la que Hanz Sielder habla de su tierra mágica, de aquellos tiempos en los que era joven antes de la guerra. Me ha parecido maravillosa; realmente logras transmitir la magia desde la mirada de una criatura joven y sensible :wink: Pero Hanz se equivoca cuando dice que la realidad es lo que ocurrió después, cuando todo se embruteció con el estallido de la guerra, porque la realidad es todo: tanto lo que vive en nuestro interior como el torbellino de las circunstancias que nos arrastran.

Creo que un poco de diálogo aligeraría un poco el texto, especialmente durante la parte en la que Hanz relata el desarrollo de la guerra. Lo digo porque es un tema del que ya se ha hablado mucho y en esa parte el texto casi parece el de una enciclopedia. En cambio, según mi opinión, claro, un poco de diálogo aligeraría la escena.

Respecto a la parte formal: después de los dos puntos se escribe en minúscula. He visto algunas comas mal puestas, y algunas que sobran. Y, como ha comentado Lucía, debería repasarse la redacción en algunas frases. Unos ejemplos:

Allá en el fondo de la calle del otro lado de las vías, las luces del aserradero aún encendidas, brillaban fragmentadas en los charcos de agua formados por la lluvia,


La coma que hay detrás de "encendidas" la quitaría, aunque también podría dejarse cambiando un poco la frase: "allá en el fondo de la calle del otro lado de las vías, las luces del aserradero, que aún estaban encendidas, brillaban..." etc...

El sonido metálico de varios objetos, detuvo mis pasos casi en la esquina de la avenida.

Yo eliminaría esa coma.
Cuando llegamos al momento de las preguntas de su estadía en nuestro pueblo, entrecerró sus ojos grises; hizo un pronunciado silencio como hurgando en su memoria y luego me dijo, te contaré algo de mi vida; y luego habló::

La coma que hay detrás de "dijo" deberían ser dos puntos, puesto que a continuación cita lo que, en efecto, se dijo. Y "te contaré algo de mi vida" lo pondría entre comillas, pues se trata de una cita.

y en las altas cumbres la cabra montés emitirá su bramido de hembra en celo,

No concuerda el género, debería ser cabra montesa :boese040:

Ojalá te animaras a participar en el próximo concurso de primavera. En los concursos siempre hay mucha participación y los participantes acumulan muchos comentarios en sus textos, lo que siempre resulta muy interesante y, además, en la mayoría de los casos, también es un estímulo para seguir aprendiendo y prosperar en nuestra afición :P Y a la inversa, con tus comentarios también podrías aportar mucho; eso es lo bueno de este lugar, que aprendemos entre todos. Gracias por tu relato, me ha gustado mucho leerte. Un abrazo :60: :60:
Para este Sant Jordi, el recopilatorio "Girándula en la niebla" ya disponible en Amazon

Leed en Los foreros escriben: Desbarre en el orfanato abretelibrense

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Re: La cruz de hierro (drama -ficción)

Mensaje por Ironweed » 23 Feb 2014 23:52

Kassiopea, ( nunca termino de irme) con todo respecto y sin ánimo de polemizar para nada,me permito discrepar contigo acerca de una observación puntual que has hecho respecto de "cabra montesa". No está mal usado "montés". Se usa indistintamente, tanto en América como en Europa. A tal efecto copio y pego lo siguiente. ( Tomado de la RAE):

[i]Cabra montés
sinónimos | definición RAE | en inglés | en francés | conjugar verbos | en contexto | imágenes
We could not find the full phrase you were looking for.
The entry for 'cabra' is displayed below.

Also see: montés

Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe:
cabra

f. Mamífero artiodáctilo de cuernos huecos arqueados hacia atrás, un mechón de pelos largos colgante de la mandíbula inferior y cola muy corta:
la cabra es un bóvido trepador.
ariete.
amer. cabrilla.
amer. Dado falso, trampa en el juego.
amer. Brocha para pintar:
necesito una cabra ancha para esta pared.
cabra de almizcle Véase almizclero.
cabra montés Cabra salvaje que vive en zonas escarpadas:
cabra montés de Gredos.
estar como una cabra loc. col. Ser alocado, no tener juicio:
se ríe mucho con él porque está como una cabra.

Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe:
cabro

m. amer. Muchacho, chiquillo:
había un tropel de cabros en el parque.
'cabra montés' aparece también en las siguientes entradas:
cabra - íbice

Preguntas en los foros con la(s) palabra(s) 'cabra montés' en el título:
cabra montés o cabra montesa


Pregunta tú mismo.
Visita el foro.

"cabra montés" en inglés
"cabra montés" en francés
"cabra montés" en portugué
s

Todo esto sin deseos de discutir sobre quien tiene razón. No olvides que los americanos hispanos parlantes, en cada nación tienen eso que precisamente se denomina como " americanismo", palabras , usos y costumbres que la lengua madre a través de la RAE, acepta e incorpora a su diccionario principal. Quizás por allí, habría que buscar esta bifurcación "femenino masculino".

Te envío un cordial saludo


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Re: La cruz de hierro (drama -ficción)

Mensaje por kassiopea » 24 Feb 2014 02:00

:shock:

Bueno... aparte de la cabra montés/a de marras... te he comentado bastantes más cosas, creo yo. ¿Solo haces mención (y no veas que larga mención, y eso que no tienes ánimo de polemizar) a ese detalle insignificante y obvias todo lo demás? ¿No crees que hay cuestiones de mayor importancia? :boese040:

He tratado de opinar de forma constructiva, como siempre hago, y con toda cortesía.

Al menos podrías agradecerme que me haya molestado en leer y comentar tu texto... digo yo :meditando:
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Leed en Los foreros escriben: Desbarre en el orfanato abretelibrense

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