El pozo (suspenso/terror) 1er. cuento

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Cross
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El pozo (suspenso/terror) 1er. cuento

Mensaje por Cross » 19 Mar 2014 23:26

Bueno, es mi primer intento "serio" de hacer un cuento (no por una tarea del colegio, sino por puro interés y placer) y esto fue lo que salió. Perdón por la falta de sangrías, las utilizo pero se borran al postear:



El pozo

Nunca lo entendí, Bryan, nunca entendí por qué accedí a la petición de Edgar de internarnos en el corazón del Amazonas. Tal vez fue por mi situación de aquel entonces. Me había divorciado de Elizabeth hace pocos meses cuando me informaron que había fallecido en un accidente automovilístico, y a pesar de nuestra ruptura irreconciliable, le seguí teniendo un profundo afecto. También habrá influido mi fuerte rechazo a la urbe y sus edificios de concreto, pero aun así sigo pensando que tuvo que haber algo más, porque cualquier persona en su sano juicio no acompañaría jamás a Edgar en ninguna de sus aventuras. El hombre en cuestión estaba loco, loco de remate, o por lo menos algo tocado. Tenía una obsesión enfermiza con las culturas antiguas y los supuestos secretos que entrañaban. A expenses de una cuantiosa suma de dinero heredada de sus padres –que Dios se apiade de ellos por semejante hijo-, Edgar realizaba continuos viajes a lugares como Grecia, Egipto, México… Y con cada regreso no sólo su locura parecía aumentar, sino que también afirmaba haber descubierto cosas asombrosas. Hablaba de hallazgos hechos por estas sociedades que rayaban lo sobrenatural. Maquinarias, conjuros, teorías físicas y matemáticas, la existencia de seres provenientes de lugares harto distantes de nuestro planeta que en algún momento habían visitado la Tierra; y todo esto lo anotaba en un andrajoso y pesado diario que nunca permitía que otros lo leyeran salvo él.
En fin, el tres de octubre el avión arribó en la ciudad de Manaos, ubicada a orillas del Amazonas. Apenas hubimos llegado al centro de la ciudad, Edgar contrató por un período de siete días los servicios de un guía que nos llevaría por el río con un pequeño barco de su propiedad. Al igual que conmigo, Edgar se mostró reacio a revelarle hacia donde quería dirigirse exactamente, se limitó a ofrecerle el doble del dinero previsto por su trabajo a cambio de su silencio. El guía no lo cuestionaría durante todo el viaje hasta momentos antes de su horrendo final causado por el mismo Edgar.
Los dos primeros días del viaje transcurrieron normalmente. El barco navegó a unos lentos ocho nudos durante seis horas cada día. A los pocos minutos de navegación en la segunda jornada, el barco abandonó el Amazonas y se internó en uno de sus afluentes, el Río Negro, con dirección norte hacia Venezuela y Guyana.
A partir del tercer día comenzaron los comportamientos extraños de Edgar. Mientras avanzábamos por el Negro, numerosos brazos se desprendían del mismo (la geografía debe parecer un laberinto vista desde arriba), y cada vez que Edgar divisaba una de estas bifurcaciones corría inmediatamente en busca de su diario. Lo hojeaba hacia adelante, hacia atrás, pasaba una hoja, volvía inmediatamente a ella como si se hubiera olvidado fijarse en algo; a veces sus ojos mostraban la preocupación de un niño perdido, pero a los pocos segundos parecía confirmarse algo a sí mismo mediante el diario y volvía a la normalidad. Pese a todas sus alteraciones, Edgar no le indicó al guía que cambiara el curso del barco en ningún momento.
El día siguiente fue lago más normal, aunque no pude evitar sentirme incómodo. A medida que el barco navegaba pasamos ocasionalmente por algún pueblo costero. Al divisar el barco, las personas que vivían allí se acercaban a los muelles. Supongo que en parte habrá sido la poca frecuencia con la que ven “turistas” en tan aislado lugar. Pero cuando veían que el barco seguía de largo divisé un fuerte interés en sus toscas facciones, un interés macabro, sombrío.
La situación empeoró aún más el quinto día. Ocurrió al mediodía, mientras el guía conducía y Edgar se hallaba sumergido en su diario. Nuevamente pasamos por un pueblo a orillas del río y yo, previendo la reacción de los habitantes, no le di mucha importancia al principio; sin embargo, no resistí y volteé a ver, para desagrado mío y del guía, quien también observaba la escena. Preocupación, Bryan, eso fue lo que advertí en los rostros de aquella gente, no por ellos, sino por nosotros, los del barco. Alcancé a oír a los nativos, cuyas leves voces portaban un portugués rudimentario. Mis temores infundados fueron confirmados cuando, provisto de un diccionario de portugués tomado del bolso de Edgar, traduje frases tales como: “se dirigen allí”, “van al pozo”, “nadie vuelve del pozo…”. Antes de que el barco se hundiera entre las densas orillas del río alcancé a ver a un niño que se dibujaba la cruz en su pecho.
Poco después desembocó la muerte del guía. Por primera - y última – vez en el viaje dejó de conducir y encaró a Edgar:
-No puedo seguir. -Dijo.
-¿Qué dice? –Replicó Edgar- Usted irá donde yo le diga, por algo le pagué el doble.-Se reflejaba en él un enojo casi homicida.
-No me importa el dinero, puede quedárselo, me preocupa más mi vida. Soy escéptico, pero si lo que me contaron acerca de aquel pozo es cierto, no quiero acercarme ni un paso más. De saber que quería llegar hasta él jamás hubiera aceptado el trabajo. No avanzaré.
-¿Pozo? ¿Qué pozo? –Intervine.
El guía estuvo a punto de hablar cuando oímos un sonido extraño, metálico, semejante al de una nuez siendo triturada. Antes de pronunciar palabra, el hombre se petrificó ante el calibre .20 de Edgar que apuntaba directo a su frente.
-No me deja alternativa –masculló entre dientes-. Salga ahora mismo del barco.
-¡¿Qué?! ¡No, espera! ¿Cómo quiere que vuelva? –Al guía casi se le salían los ojos de las órbitas.
-No es mi problema, puede nadar. –Sentenció.
El guía bajó del barco entre lágrimas y gemidos de impotencia. Por lo menos podía estar tranquilo de saber que las pirañas sólo comen animales muertos que caen al río y no los vivos. Desde la cubierta del barco vi como el guía se alejaba a nado lento.
Y nunca sentí más pena por un hombre, Bryan, ni siquiera por Elizabeth.
Aún hoy maldigo el momento en que un cuerpo de ganado pasó a la deriva en dirección al guía. Ni tapándome los oídos evité escuchar con claridad los gritos inhumanos del pobre hombre; apenas gritó unos segundos antes de que el cardumen hiciera su trabajo.
Ahora era un prisionero, un prisionero del barco y de mi compañero. Edgar no mostró ningún cambio emocional, ninguna culpa, tan sólo se limitó a tomar el volante y navegar por cuenta propia.
-Ya no lo necesitamos, sé por dónde ir ahora. –Dijo manteniendo la vista al frente.
Yo me resigné, y callado como un niño que es reprendido por su padre, continué sentado en mi asiento por horas.

En la noche del mismo día descendimos por fin del barco. Después de atracarlo rudimentariamente contra una orilla lodosa, Edgar tomó una de sus linternas, me dio otra, y me pidió que lo siguiera. La luz de la luna cubría el paisaje con un filtro onírico y tenía la intensidad suficiente como para poder discernir lo que teníamos enfrente de nosotros. No sé cuánto caminamos entre la densa vegetación y la humedad reinante, tal vez una hora o dos. Edgar estaba absorto en su propio mundo y yo, detrás de él, cada vez me preguntaba con mayor frecuencia como volveríamos a Manaos, cuándo terminaría esta pesadilla y qué iba a ser de Edgar. ¿Tenía que delatarlo? ¡Había provocado la muerte del guía! Pero su locura tenía un efecto compasivo en mí. Lo veía tan pequeño, infantil, como un niño que hace una pequeña acción y corre a sus padres para relatársela como si fuera una proeza que quedará en la historia. Ahora creo saber, Bryan, qué fue lo que me condujo a aceptar la petición de Edgar: su locura y la fragilidad que conllevaba en él.
Como decía, caminamos por una hora o dos, hasta que nos topamos con un camino. Intuí que era un camino porque la vegetación del suelo era notablemente más baja que el resto y mantenía una relativa rectitud. Nuevamente emprendimos la marcha. Pasaron unos minutos y entonces lo vi, el pozo.
Enorme, circular, de una negrura sólida e impenetrable. Edgar se quedó mirándolo a la distancia mientras yo me acercaba cauteloso a mirar hacia abajo. En primer lugar noté que su profundidad era incalculable a simple vista, posteriormente detecté que de él emanaba el más repugnante olor que conocí en mi vida, parecido al que emiten los cadáveres en descomposición y de una tibieza desconcertante. Tapándome la nariz utilicé mi linterna y apunté hacia abajo. Nada, obscuridad total. ¿Qué tan profundo podría ser? En ese instante me inquietó la sensación de haber oído algo proveniente del pozo, una especie de murmullo, unos sonidos similares a un chapoteo. Esperé en vano escucharlos otra vez, así que tomé una piedra del tamaño de mi mano del suelo y la lancé. Inmediatamente después me veía en el suelo por un golpe que Edgar me había propinado.
-¡Insensato! –Gritó.
Y cayendo en cuenta del volumen de su expresión giró sus ojos hacia el pozo; y volvimos a escuchar los extraños ruidos. Esta vez se oían claramente, poco a poco iban aumentando, emergía de la gran depresión incesable, y cada vez los oíamos más fuerte…, más fuerte… ¡más fuerte…! Aterrado, me levanté y me escabullí rápido entre la maleza que rodeaba ese agujero infernal. Advertí con desesperación que Edgar todavía seguía allí, junto al borde del pozo, con su mirada hacia el abismo, petrificado. Había visto algo. Pensé en ir a buscarlo, pero los extraños ruidos ahora estaban demasiado cerca y tenía demasiado miedo para siquiera moverme. Edgar retrocedió hacia atrás.
Entonces fue el fin.
Del pozo emergió rápida y furtiva una horda, una horda de criaturas abominables, sin mención en ningún libro o documento alguno hecho por el hombre. Perdí el aliento y sentí ahogarme en el terror. Tenían un aspecto canino, con orejas largas y puntiagudas, lenguas salivosas y fuera de control, y sus largos hocicos; su aspecto era bestial y frenético. Trepaban por las paredes del agujero interminable con sus garras, oliendo rápidamente de lado a lado, mostrando sus enormes dientes cubiertos de una saliva viscosa. Me eché a correr desesperado por mi vida, mi valiosa pero ahora también trágica vida después de presenciar aquellas monstruosidades. No miré atrás, no reparé en Edgar. Solamente lo hice cuando, ya alejado muchos metros del lugar, escuché el eco de los alaridos de Edgar. Tuve un vano recuerdo del guía; por lo menos ahora, de manera irónica, su victimario había sufrido un final similar.
Me mantuve en movimiento durante horas sin saberlo, pues pude ver como la luz del sol iba ganando espacio en la selva. Contra todo pronóstico encontré uno de los pequeños pueblos que habíamos visto desde el barco. Deshidratado, agotado y con la tranquilidad de sentirme a salvo, me desplomé en un banco que había por allí a esperar a los nativos. No tenía que apresurarme, estaba tan aliviado que preferí esperar a que se despertaran. Me percaté de que todavía llevaba conmigo la mochila de Edgar a mis espaldas y pude ponerme a hojear por fin su diario, lo abrí donde estaba el señalador. Había un mapa rudimentario dibujado a mano de la zona amazónica. En la parte superior, cercano al trazo de un río, había un círculo rojo. Deduje rápidamente que era la localización del pozo maldito. Entre la tapa y la primera página había un planisferio doblado numerosas veces, lo extendí. Y el horror volvió a mí.
En el desierto del Sahara, en la península de Yucatán, en el Himalaya, en las Filipinas, en el Gran Cañón, en el desierto de Gobi, en la Patagonia argentina, en la Selva Negra…
Por el amor de Dios, Bryan, los círculos rojos estaban por todo el mundo.
Última edición por Cross el 22 Mar 2014 16:52, editado 1 vez en total.

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lucia
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Re: El pozo (suspenso/terror) 1er. cuento

Mensaje por lucia » 21 Mar 2014 22:10

La historia es entretenida, aunque falten algunas tildes y cositas así. Tiene un aroma clásico.

Ahora, debiste de cambiar en algún momento el nombre del interlocutor y se te quedó el viejo por el camino en al menos un punto.

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Verditia
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Re: El pozo (suspenso/terror) 1er. cuento

Mensaje por Verditia » 22 Mar 2014 11:06

A mí me ha entretenido mucho, Cross, casi -casi- ha sido como leer algún relato sobre los mitos de Lovecraft (si le añades algunas palabrejas de ésas rocambolescas y en desuso, podría pasar perfectamente). La descripción de los monstruos (que no son profundos, pero podrían haberlo sido :P ), simple y llana para no cargar el momento de tensión, y para que cada uno se pueda imaginar su terrorífico aspecto.

Coincido con Lucia, no sé quién es Eliot, quizá después pasara a ser Bryan:

Y nunca sentí más pena por un hombre, Eliot, ni siquiera por Elizabeth.


Aquí dos verbos juntos, supongo que "pude" sobra:
Contra todo pronóstico pude encontré uno de los pequeños pueblos que habíamos visto desde el barco.


Y esta frase no la entiendo:
Realicé con sorpresa que todavía llevaba conmigo la mochila de Edgar a mis espaldas

Ese "realicé" lo cambiaría por otro verbo, en plan "me percaté", "me di cuenta", o algo similar.

Por lo demás, me ha encantado el final, con todos esos circulitos rojos en todo el mapa, ¡qué miedo!

Un saludo.
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Cross
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Re: El pozo (suspenso/terror) 1er. cuento

Mensaje por Cross » 22 Mar 2014 16:49

Uy sí, hay una serie de pequeños errores. Los corregiré ahora mismo.
Eliot, así se llamaba un tío mío, pero al final preferí cambiarle el nombre.
Por lo demás, me alegra que les haya parecido entretenido, y agradezco mucho sus comentarios.

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