Reflejos vitales 3a semana (Novela)

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licomanuel
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Reflejos vitales 3a semana (Novela)

Mensaje por licomanuel » 11 Mar 2015 13:54

Reflejos vitales





Semana 3


John sigue sin poder dormir. Alargando la mano y encontrando el mismo despertador en el que aparecen nuevamente las 4:57. Quedan tres minutos para las 5 pero eso no cambia nada.
En la cama, se queda estático, pegado a las sábanas, mirando el reloj, con los ojos completamente abiertos. No está soñando pero tampoco en este lado de la lucidez. Simplemente mira, observa y mientras lo hace se dedica a ver pasar por delante de sus ojos, la cadena de imágenes mentales de lo que fue el día anterior, del salvajismo de la noche y el día anterior (e interior). Hacía tiempo que no tenía los mismos sentimientos de repugnancia y vergüenza, aparte del dilema moral de torturar a la gente. Ver en sus ojos el miedo y la desesperación, después la impotencia y, más tarde, la resignación. Todo ello, con una línea horizontal en su boca, adoptando esa actitud de "me importa una mierda, yo sólo he venido aquí a torturarte, no me mires". Pero en su cabeza, la frase seguía interminable: "a torturarte y a quitarte la dignidad, destruir la mía, alimentar el asesino y el animal que llevo dentro y, de paso, la ingeniería mental de este puto país". La lista se proyectaba hasta la saciedad.
Una vez hubo recordado, pasó a la acción, utilizando el mismo truco que había empleado desde el principio, vaciar su mente. Para ello, pensaba en una taza, una gran taza de café, roja, con incrustaciones negras, que rezaba "Weiss". Aquel, en realidad, era un recuerdo de la infancia, concretamente de la cocina de su casa. Su madre le compraba tabletas de chocolate blanco de aquella marca. En la taza no había nada, estaba completamente vacía pero, de repente, surgía un chorro vertical de líquido oscuro y humeante que comenzaba a lavarlo todo como el vino hace en el cáliz de una misa. Lo único que diferenciaba aquella bebida de cualquier otro desayuno era el contenido. La sopa negra estaba colocándose en su sitio y el oleaje estaba cesando cuando, surgidos del fondo, bajo la superficie, hombres marrones del color del chocolate, intentaban trepar por las vertientes del vaso, mientras iban derritiéndose lentamente y gritando ante el azote de la disolución que se los estaba tragando. Desgraciadamente, aquella era una imagen de la cual no podía desembarazarse y tenía que sentarse a la mesa, con sus brazos cruzados, observando impasible el dulce naufragio.

Los próximos 20 minutos sí eran los de la paz mental y, en concreto, en el sentido cósmico de la expresión. El siguiente tercio de hora era para el sol y recordar los colores. Pensaba John que aquello parecía bastante pueril pero con su hijo había surtido efecto. Al lado del sillón (al que había decidido declarar su favorito) había una carpeta con un muestrario de cartulinas. Todos los cartones eran cromáticamente diferentes: amarillo, azul, verde, rojo, blanco, etc., con un tono claro, con un brillo fulgurante y metálico. Para ver los paneles se sentaba en su orejero, mientras ponía un viejo disco de vinilo a sonar con ruidos de lluvia. Coleccionaba sonidos de distintos países y distintas situaciones: dentro de un coche, en una tienda de campaña, frente a una ventana y mil y una disposiciones más. Completando el ritual, había una lámpara cuya bombilla imitaba la luz del sol. Había leído en alguna parte que aquella fuente de radiación provocaba el mismo estímulo en el cuerpo que la proveniente de Lorenzo, induciendo la liberación de las mismas hormonas y simulando (siempre simulando) la misma sensación de bienestar y pertenencia a una especie, ligada a un planeta, que tendríamos si simplemente devorásemos más luz y más naturaleza. Desgraciadamente, la humanidad no estaba en ese punto y tampoco había ninguna señal en sentido contrario.

Sus dedos se resbalaban por las cartulinas coloreadas, intentando acariciar las rugosidades del metal y guardando una imagen mental de aquellas tonalidades. Eran las señas de identidad de un país, los símbolos de un equipo, la marca que daba la vida y la muerte, el venir y el estar del eterno sistema circulatorio de esta vida y, en este caso en particular, la diferencia entre la cordura y el volverse loco. Y John había decidido, hacía bastante tiempo, el no volverse majara, por muchas razones, la mayoría de las cuales no estaban presentes en aquel preciso instante. Así que se mantuvo en su posición, pasando una a una las fichas y cuando hubo llegado la hora de irse, se incorporó y empezó a calzarse toda la ropa, el gris reglamentario de pantalón y camisa para que no hubiera posibilidad alguna de que pudieran reconocerlos. No iban encapuchados para evitar mostrar su cara pero llevaban antifaz por si a los presos les diese por volverse "curiosos"; de todas formas, era una medida más orientada a producir miedo en los reos, para inducirles angustia psicológica y con una capucha, la escasa luz hubiera dificultado aún más la labor de confesión.

Era, en todos los casos, una labor asquerosa y nauseabunda. La mayoría de los condenados se meaban encima cuando comenzaba el interrogatorio. Pregunta tras pregunta, la sesión se volvía cada vez más y más pastosa por el aire pestilente de las heces, desperdiciadas fuera del retrete, que los castigados deponían durante la tanda de cuestiones. La situación, a veces, se volvía tan absolutamente ridícula y monstruosa que los propios torturadores acababan vomitando en las esquinas por la fetidez de la sala. Era uno de los momentos más temidos por John, ya que dudaba de su propia capacidad para sobreponerse a ellos. Normalmente, solía apretar la lista de cuestiones hacia el final con el fin de provocar una escalada de tensión en el sujeto y en caso de que este evacuara, podía dar por concluida la prueba y abandonar el recinto.

Prefería los cuestionarios largos a los cortos porque así jugaba mejor con la psique del torturado, procurando subidas y bajadas en la tensión del momento para acelerar hacia el final. No le gustaba utilizar artilugios ni tocar el cuerpo del detenido. La mayor parte del tiempo lo pasaba sentado, ejerciendo una violencia sorda, fría y cruel. Miraba a los presentes a los ojos y los perseguía con la mirada, evitando que mirasen para otro lado. Los acosaba por los laterales de las conversaciones y cortaba sus respuestas si no daban información. Todo con un tono de voz rayando en lo sibilino y diabólico.





A lo largo del tiempo que pasó trabajando en aquella prisión, perfeccionó su método. Al principio, hacía preguntas, obligaba a responder, reconducía las respuestas que no le gustaban y finalmente, presionaba todos los botones a su disposición para lograr la información que buscaba. Poco a poco, se dio cuenta de que la estrategia aún no siendo mala, no tenía unos índices de éxito muy altos. Simplemente, los "entrevistados" acababan a la larga (y después de ser reconducidos varias veces) por preferir morir antes de decir algo porque, al fin y al cabo, se sabían perdidos y sin ninguna posibilidad de escapar. Por esta razón, preferían morir, más concretamente, le perdían el miedo a la muerte. Llegados a este punto, pensó que valía más la pena empezar a desvelar la información que tenían acerca de los reclusos, incluyendo nombres de familiares, últimas residencias conocidas, lugares frecuentados, crímenes cometidos, destacamentos en los que habían servido, zonas a las que habían sido destinados, alias con los que se les había conocido, etc.Un día hizo su demonstración final.

Al entrar en la habitación, un hombre con barba, de unos 40 años de edad y delgado, por la mala y escasa alimentación del recinto, estaba sentado a la mesa. Al oír entrar al interrogador, retiró los brazos, cruzándolos en el pecho y sellando los labios, le dedicó una mirada gélida. Sin darle nada, absolutamente nada. Todo su lenguaje corporal emanaba desdén y repulsa, al mismo tiempo que clavaba sus ojos en el suelo, evitando cualquier tipo de contacto visual. Se quedó rígido, sin articular palabra, casi sin respirar, mientras John comenzaba a preparar la sesión. Se sentó frente al cautivo y dejó su maleta a un lado. Era un hombre con un traje gris, en una habitación ceniza, dispuesto a hacer cosas más oscuras. No había adornos ni cuadros, nada que llamara la atención en las paredes. Le gustaba porque así tenía la máxima concentración y el preso no podía despistarse con ninguna otra cosa.

Una vez se sentó a la mesa y colocó la maleta en su sitio, sacó un trozo de papel de la bolsa y lo colocó en un sobre. Acto seguido, le pasó este mensaje al reo, alargando la mano, sin decir nada. El otro lo miró incrédulo. ¿Eso era todo?, aquello era cualquier cosa menos gracioso. Además, lo había visto antes, sabía lo que había en el interior, una nota diciendo algo desagradable, casi seguro. Hasta seguir los bucles y las irregularidades del techo era más difícil que interpretar lo que acababa de ver. En cualquier caso, aunque el torrente de pensamientos fuera del mismo calibre que lo hablado antes y después del amor, se calló y no hizo ningún gesto. Mantuvo la mirada de John, por unos instantes más, sólo interrumpidos por el parpadeo intruso de alguna lámpara. El único lenguaje existente era el intercambiado por lo inanimado: el roce de las sillas en el suelo, el tacto de la barba al pensar, el traje ocupando el espacio adyacente del cuerpo. Pero ni una sóla palabra.

La mente comenzó a agotar los escasos recovecos remanentes y, de una forma u otra, estaba claro que la situación acabaría por decantarse hacia una salida, literalmente física, de la habitación. John miró, sin mover apenas el cuerpo, la camisa del interlocutor. Le resultaba curioso ver las letras que conformaban su nombre en aquella plaquita metálica, con apenas espacio para el apellido y las iniciales. Habían escrito su apellido mal. No era con una "i" intercalada sino con una "j" o, al menos, así se hacía en origen, lo cual le produjo una carcajada interna y una sensación de abandono que, en realidad, nunca había dejado del todo desde hacía años. La guerra se había convertido en un sentimiento constante y, en cierto modo, en una sucesión constante de abandonos. Todo era una pesadez del alma. De todos los tipos: morales, políticos, físicos,etc. Tan desconectada estaba la sociedad, tal falta de ligazón existía que no habría más remedio que reinventar los mapas para explicarle a cada persona donde estaba y, sobre todo, donde se le esperaba.




Se llamaba Hejtrej o al menos eso ponía en la placa. Era bastante común, había conocido infinidad de ellos en la madre patria pero nunca pensó que algún día aquel nombre llegaría a tener un sentido.

Hejtrej comenzó a juguetear con los dedos en la mesa como si estuviese tecleando algún mensaje de su compañero inconsciente. No era de todas formas, una persona con una gran profundidad de pensamiento pero sí listo (según le habían dicho), muy listo. Comenzó a mirarlo, intermitentemente, su vista del sobre a John y de John al sobre. Abrió la boca como si fuera a decir algo pero no.....no dijo nada y se relamió. Lentamente, su mano se desplazó sobre la mesa, abriendo camino hacia el mensaje que podría no ser nada o cambiarle la vida, como un barco va deshaciendo las olas y dejando espuma detrás. Cuando cogió la carta, se retiró poco a poco de la mesa, como si aquello fuera una mano de poker en la que convenía no mostrar los triunfos. John lo miraba, como si fuera a caer dormido en cualquier momento, dando a entender que no había problema ninguno y se acomodó aún más en el puño que sostenía su rostro, hundiéndolo en la mejilla como si carne y carne fueran a fundirse súbitamente.



Finalmente, Hejtrej accedió a abrir la misiva e inspeccionó lo que había dentro. El papel era de un blanco completamente limpio, impoluto, que daba la impresión de contaminarse con simplemente tocarlo. Tenía un único mensaje en una de las caras. El resto carecía de importancia, aunque ponía aún más de relieve el mensaje. Lo manoseó, mientras intentaba recabar alguna información más de John, leyendo su lenguaje corporal, sus ojos, su rigidez, sin éxito. John era una piedra, se diría que era una estatua a la que le habían dejado tener un corazón, con la salvedad de tener un umbral de energía anímica que se precipitó al suelo cuando el compañero de celda leyó la nota. Bajando los ojos, sólo los ojos, la caída de todo un imperio pareció traslucir a través de la cáscara que era su cuerpo. Aquella era la lenta agonía de la menguante parte humana que le quedaba.


Hejtrej no daba crédito a lo que leyeron sus ojos.

Edición: Miguel Silva
Fotografía: Vera Marques
Texto: Andres Jesus Mena Gallego

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lucia
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Re: Reflejos vitales 3a semana

Mensaje por lucia » 18 Mar 2015 20:40

Muy intrigante ese final. Y también hay una parte intrigante en la descripción de los mecanismos del interrogador a la hora de no perder la cabeza. Eso sí, en esa primera parte las descripciones del trabajo de los compañeros son contraproducentes al ser físicas mientras todo lo demás que tejes es psicológico. A mí esas partes me hacían desconectar un poco de lo demás.

licomanuel
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Re: Reflejos vitales 3a semana

Mensaje por licomanuel » 20 Mar 2015 13:51

Muy interesante lo que me dices.

No sé por qué a los que se lo han leído les ha gustao más la parte mental (y onírica) que la real (y mecánica).

Podrías ahondar un pelín más en lo de la desconexión por favor. Es algo que nadie antes me ha dicho.

Muchas gracias por dejarme el comentario.

Andres

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lucia
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Re: Reflejos vitales 3a semana

Mensaje por lucia » 20 Mar 2015 19:48

Pues este párrafo es bastante físico, por ejemplo:
Era, en todos los casos, una labor asquerosa y nauseabunda. La mayoría de los condenados se meaban encima cuando comenzaba el interrogatorio. Pregunta tras pregunta, la sesión se volvía cada vez más y más pastosa por el aire pestilente de las heces, desperdiciadas fuera del retrete, que los castigados deponían durante la tanda de cuestiones. La situación, a veces, se volvía tan absolutamente ridícula y monstruosa que los propios torturadores acababan vomitando en las esquinas por la fetidez de la sala.

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Re: Reflejos vitales 3a semana

Mensaje por licomanuel » 20 Mar 2015 23:19

Pues sí, tiene razón, físico si que es jojojojo las burradas que escribo a veces.

Tengo que decir que eres mi critica favorita, eres la unica que me hace mejorar jajajaja.

Lo siento, no tengo respuesta para los vaivenes, simplemente escribo como sale sin elaborar mucho, asi que no puedo ayudarte con tu observación jejejeje.

En cualquier caso, por favor, no dejes de darme tu opinión. Me parece muy interesante y eleva cuestiones que yo nunca me habría planteado.

Muchas gracias y hasta pronto,

Licomanuel

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Reflejos vitales 4a entrega

Mensaje por licomanuel » 27 May 2015 14:03

REFLEJOS VITALES



Semana 4


No conseguía separar los ojos del papel. No podía ser cierto. ¿Cómo podían saber aquello? Se diría que aquella nota la había escrito un amigo de la familia o alguien que le conocía, prácticamente un vecino pero estaba en territorio hostil. ¿O quizás no? De repente, comenzó a sumar posibles variables, diversas posibilidades. Extraña la forma en la que la mente humana trabaja, llegando a conclusiones que de otra forma parecerían propias de una película, pero eso era precisamente en lo que se habían convertido sus vidas, en un futuro film del que otra gente hablaría. Curiosa la circunstancia de la credibilidad, la gente solo se vería reconocida cuando su historia apareciera en la gran pantalla. Pero en su cabeza, sabía que aquello era cierto. Estaba atrapado en una casa grande hasta donde llegaba la vista, una masa cuadrada a juzgar por la forma de las habitaciones, donde la luz del sol no llegaba. La sequia era tal que los centinelas se consolaban con la triste luz de una bombilla de delgada cintura en cada una de las piezas. Todo tenía el aspecto de lo que precisamente era, viejo. Los pasillos, estrechos y sofocantes por el sonido continuo de los ventiladores, tan oscuros que no llevaban a ningún lado y amenazaban todos los días, como un matón, el escaso espíritu de torturadores y torturados hasta el punto de que los afectados accedían a extremar aun mas sus propios roles, los opresores metían cada vez más miedo y los oprimidos parecían cada vez mas pequeños.


John observo poco a poco el cambio operado pero, como siempre, no pudo decir nada. Era un hombre pegado a una boca porque, cada vez más, sentía que no tenía capacidad ninguna de decisión. Su vida se había escapado de su cuerpo para acabar siendo un halo de lo que fue, como la sombra que lo acompañaba en todas las direcciones. A veces se encontraba a sí mismo haciendo esfuerzos por mantenerse despierto, no en el sentido de quedarse dormido sino para no perder el hilo que lo unía a la consciencia. Sus ojos, de cualquier forma, seguían siendo los de un águila en pleno descenso cuando se trataba de presionar. Hejtrej podía dar fe de ello. Lo miraba entre ceja y ceja, decidido a no dejar traslucir ni un ápice de sus pensamientos, clavando su mirada en la suya para inducir a su propio cuerpo a no moverse, un sutil truco para ganar tiempo mental. El silencio rodeaba la escena. Los dos contendientes, sentados, frente a frente, sin moverse, sin hablar, esperando algún tipo de señal y dejando transcurrir el momento.


De repente, John comenzó a despertar de su letargo y dejó de cruzar sus brazos colocando sus manos entrelazadas y a la altura de sus rodillas. Pero seguía mirando a su presa que ahora comenzaba a sudar. En ese momento, se incorporó y mientras estaba de pie, sin dejar de mirar a Hejtrej, le dedicó una sonrisa cínica que llevaba escondida la peor de las promesas. Se abalanzó sobre él. Hejtrej no tuvo tiempo más que para ver la ráfaga de un hombre colérico yendo directamente hacia las patas de la silla donde ya no habría de permanecer más tiempo sentado. Le derribó y cuando estaba en el suelo, primero comenzó por agarrarlo de la solapa y abofetearlo pausadamente con el reverso de la mano, se podía ver perfectamente que John estaba disfrutando sádicamente de cada uno de los impactos. Al mismo tiempo, con su torpe acento de alemán, le decía algo del estilo "¿qué vas a hacer ahora, eh?, soldadito, ¿vas a esperar refuerzos? Malas noticias: todos los refuerzos están muertos, tus amigos......están muertos, tu familia.....está muerta, tu mujer.....se largó con otro o acaso creías que iba a esperarte. Ya...no...queda...nadie", se retiró un poco de la cara de Hejtrej y le dijo, al mismo tiempo que balanceaba la suya en tono de mofa, "ya no eres nadie, estás muerto, eres un cadáver andante". Mientras oía estas palabras, el humillado sintió ganas de llorar, recordaba todo de su vida pasada, los buenos y los malos momentos, solo que los malos ya no le resultaban tan insoportables. La gente que había conocido, por obra y gracia de la violencia, se habían convertido en sus vagabundos mentales con la inexorable sombra de la duda siguiéndolos, intentando agarrarse a esa luz que separaba a los vivos de los muertos. Pero él ya no sabía quién seguía estándolo y quién no. En realidad, cuando cayó de la silla al suelo, aquella fue la lenta confirmación de la caída de la escasa voluntad que Hejtrej aún poseía.


La lluvia de golpes era tan cruenta como pensaba, aguijonazos de una abeja picando hasta la extenuación. Y la abeja le aguijoneo con el salvajismo de los que se sienten perdidos. Como si no hubiera un mañana. Todo sería un mal sueño y como tal, despertaría en una masa de sudor, en un lago de vergüenza que le recordaría que ya no era un hombre. Era un animal, con una inteligencia derrotada porque los escasos momentos de lucidez quedaban tan lejos como el sonido de un duermevela. El animal volvería al redil y después al corral. Había una canción en su país para lo que él estaba haciendo, cantada por voces que hablaban de una hermandad que no podía ser traicionada y siempre que la escuchaba se acordaba de Irina y de sus padres, de la zona de los lagos y la presa de donde surgió un juramento preñado del orgullo de una nación. La suya había sido la caída de una generación de mesías guerreros, de hombres nacidos de la arena, de una tierra bañada por el mar que nunca desfallecía.


Ahora que su puño se retiraba y había cumplido su misión dejó paso al desangramiento. Hejtrej debía partir con todos los honores. Llamó a los guardias y les pidió que dejaran aquel despojo humano de sangre y recuerdo en su celda. "Ha confesado", les dijo y con un lacónico gesto de su mano, les indicó que aquella sesión había acabado. El informe del interrogatorio sería completado durante la mañana siguiente, había cumplido con su cometido y sinceramente, no quería dormir. Su consciencia le pertenecía al lobo deambulante que llevaba dentro y sus ojos centelleantes alumbrarían su insomnio. La capacidad de desguazar la realidad con sus colmillos sería la que mantendría a John despierto, iba a despedazarlo todo, a comerse el mundo empezando por el estomago. Estomago comiendo estomago. Como siempre, hambriento y errante en su cementerio de sueños.


Los guardias desenterraron el cuerpo sanguinolento y torpe de Hejtrej Schweimann del suelo, el cual se retorcía de dolor. Las risas apagadas de los centinelas fueron lo único parecido a un llanto de plañideras que nunca existieron en aquel pasaje de sus vidas, algo que nunca llegaron a recordar. La nota de John seguía estrujada en la mano del retirado cuando lo cargaron y depositaron en su cama. John se dirigió hacia su butaca y recogió su casaca pasando por delante del enorme cristal que blindaba la sala. Un hombre con una cicatriz en la mejilla lo miraba detenido, con gesto duro, al otro lado del vidrio. Levantó su mano y extendiendo el brazo le hizo la señal del pulgar. Estaba hacia arriba. Lo había hecho bien. Había masacrado a aquel pobre ignorante, repetidas veces, hasta que su cabeza había dicho basta, sin rastro de humanidad en la pieza, hasta que ya sólo quedaban la luz de la habitación y él. No le importaba si al jefe le parecía bien o no, era algo por lo que le pagaban (no muy bien, por cierto) pero a tenor de lo que había observado tenía una carrera esperando para él dentro del gremio.


La mano bajó y se situó a la altura de la cintura. El hombre de la marca bajó la vista y se encaminó hacia otra habitación, a través del pasillo. El largo y oscuro pasillo. John lo siguió con la mirada mientras abandonaba su campo de visión. Siempre hacía eso, siempre se iba. No paraba a dedicar unas palabras, no decía "buen trabajo", sólo lo advertía, no se comunicaba, en definitiva. Así que no sabía qué creer acerca de aquel individuo. Por supuesto, los demás hablaban de él, inventando las más increíbles y desvirtuadas descripciones de aquel ser, yendo desde escarceos ocasionales con la violencia como la leyenda negra de que coleccionaba cascos y botas de los que habían muerto allí hasta métodos...digamos.....más oscuros como el hecho de que una de las habitaciones estaba siempre cerrada y nadie había podido acceder nunca a ella. En ella, figuradamente, estaba encerrado su hijo, no apto para la visita ni el contacto humano. El hombre era una especie de mutante en ciernes, llevaba el germen de la malformación consigo, algo ampliamente ridiculizado en aquel país: su hijo le iba siguiendo de cárcel en cárcel para recordárselo. Por aquello de la vergüenza y evitar el intercambio de información, el responsable de todo aquello se había convertido en un ser huraño y había perdido toda empatía y capacidad de relación con el mundo exterior. Aquella era la historia no publicada. Pero en realidad, estaba tan cerrado como el vientre de un misil. Vivía en su torre pero a diferencia de otras, esta no estaba en alto si no a ras de suelo. La altivez no era una de sus cualidades, tampoco la arrogancia, simplemente no quería formar parte del género humano y los acólitos se callaban cuando lo veían aparecer, no por reverencia ni por respeto, era por temor, puro y genuino temor. Temían aquello que no conocían sin saber que la sensación era mutua. Ellos no sabían lo que ocurría en la mente del jefe de todo aquello pero si hubieran podido verlo quizá su estancia habría sido más placentera; sin embargo, como diría cualquiera de la calle, aquellos eran malos tiempos y los malos tiempos comúnmente acaban afectando las voluntades y por ende, todo lo asociado. Un cura podía dejar de emplear las manos con las que alzaba ostias antes para empuñar un arma si estaba muy desesperado o para esconder un pueblo entero bajo una iglesia. Los intereses humanos, como los corazones, basculaban sensiblemente, lo habían hecho siempre, dependiendo de la necesidad y el momento. La historia de la humanidad desgraciadamente, estaba llena de ese tipo de cuentos sin final feliz, en los que al final acababan muriendo millones de personas y el vencedor no es más que el menos derrotado.


La mente de John había dejado de pensar ahora en el hombre del pulgar. En realidad, tras los interrogatorios tenía lugar en su cabeza un vacío que lejos de esclarecer le hacía plantearse la utilidad, el significado de aquello en lo que se había embarcado. Se sentaba en la silla, mirándose las manos, casi siempre llenas de sangre. Aquel elemento se le pegaba a la piel, circundando cada una de sus arrugas, aparecía entre las uñas y la carne, poniendo de manifiesto el paso sangriento del tiempo. Las irregularidades del tejido eran como pequeños islotes magullados, surcados de miles de estrías como las carreteras de un mapa. Se quedaba mirándolas y poco a poco su intelecto le transportaba a otra escena. Al mirar las suyas, recordaba las manos de Jack, su padre. Silenciosas, agarrando una taza de café y algunas veces un puro que se colocaba entre los dedos, tocando al anillo de casado, al cual le daba un par de sacudidas de vez en cuando para que aireara y estuviese encendido al alcanzar sus labios. Su padre se rascaba entre los dedos, con una sonrisa ancha dedicada precisamente a él. En la ocasión que John recordaba llevaba aquella gorra tan suya, de pillo, abombada en la parte de arriba. Se sentaba a su lado y le hablaba de la vida en general, aunque él no entendía mucho de lo que le decía, "no te preocupes, ya entenderás ", repetía varias veces esa frase mientras le calaba la gorra por debajo de los ojos dejándolo sin vista.


Era un ser que, a pesar de sus orígenes humildes, todavía conservaba su entereza. No era amigo de amilanarse, ni dejar cabos sueltos para una posible derrota, simplemente utilizaba su cuerpo para respaldar lo que decía y su planta no variaba ni un ápice. Solía decir "los cobardes cuando amenazan son muy fáciles de derribar, no hay nada detrás de sus palabras. Cuando les haces frente se diluyen como un azucarillo". Por estas y por otras razones, John se hizo soldado. No soportaba la idea de tener miedo, era algo superior a sus fuerzas: cuando veía llegar el peligro solía llenarse más de mala leche (también llamado coraje) que de aprensión generando un mejunje pastoso, una dialéctica que impregnaba todos los circuitos de su cerebro. Se pegaba a los pensamientos del ansia, a los largos espacios surcados por la paciencia, perseguía las ráfagas de la impulsividad como un perro ladra detrás de un coche, lo recorría todo para bien y para mal. Esta pasta acababa desmoronándose, derritiéndose, fundiéndose, para ser un río de agua que escapaba como un torrente, sin dirección definida, del que sólo importa el surco que deja.


El día que se lo comunicó a su padre creía que iba a ser bien recibida, la noticia, sin embargo, cayó en saco roto. Su padre bajo la vista en dirección al plato de comida vacío, pensando que aunque él no tenía nada que ver con aquella decisión, en cierta manera, la había promovido, todos la habían promovido. "Hemos estado peleándonos desde que Dios nos creo y no parece que eso vaya a dejar de ser así". Por eso, por ese simple pensamiento, pensó que su hijo tenía razón en haber escogido aquella profesión, nunca le faltarían plazas donde ponerlo en práctica, ni frentes que no necesitaran su presencia, al fin y al cabo, las guerras se alimentan de soldados y son creadas por los sedientos, pensaba. En efecto, nunca le faltaría trabajo.


La mente de Jack funcionaba de esa forma tan básica y maniquea al mismo tiempo. El plato nunca estuvo vacio en su casa y eso era lo único de lo que tenía que preocuparse a diario pero existía algo en toda aquella opción que le escamaba, quería saber de dónde saco su hijo la idea. El nunca hizo apología de la batalla ni le dio demasiado bombo a la cuestión, existía la presencia policial, por supuesto, en aquellos tiempos en la calle, tanto que no se podía imaginar una parte de la ciudad sin un oficial transitándola y no porque estuviera mal visto o algo parecido, antes bien, tenían la ventaja de haber salido reforzados del último conflicto con lo que la población veía la oficialidad desde un punto de vista digamos "cotidiano". John, nunca fue de muchas palabras, se sentó a la mesa donde todavía aguardaban los platos vacios, mientras afuera la lluvia seguía cayendo. No era aquella precisamente la mejor de las situaciones, ni el más alegre de los escenarios para sostener aquella charla pero, al contrario de lo que pudiera parecer, no tenía especial problema para abordar los temas más capitales, tales como la violencia, la vida, el olvido y cualquiera de sus sustitutos. Así que comenzó a sacar de su garganta sus primeras palabras como hombre adulto, aquellas con las cuales explico a su padre el por qué de su elección y de la consiguiente porción de destino que le acompañaría por siempre. Visto desde fuera de la habitación, aquella podría haber sido vista como la discusión entre el imberbe y el hombre maduro, como si uno se estuviese hablando a sí mismo o a la progenie que se iría creando implacablemente a lo largo del tiempo. El viejo asentía, mirando fijamente al interlocutor, sin desviar su mirada. John siguió moviendo su boca, frase tras frase, mientras su padre lo miraba sin decir nada, con los ojos abiertos como platos, admirando la determinación de aquella persona y el discurso, algo en lo que nunca había reparado. Desde que conocía a su hijo, nunca se había planteado la manera en que se expresaba pero lo hacía como si aquello fuera de una importancia capital en su vida. Ahora comprendía las motivaciones y el motor que operaba en él. Fuera, la lluvia dejó paso a la nieve. Millones de copos inundaron la ciudad, convirtiendo el paisaje en un tiovivo blanco donde el viento lo aceleraba todo. Tiempo después, su padre recordaría aquel día con el color blanco que lo envolvió todo. Aquella claridad estaba mezclada también con el rojizo del escaso sol presente, invadiendo la tierra con sus escasos y tibios rayos. A todo este recuerdo, John le añadió el hilo musical propio de una sinfonía, una que empezaba a golpes, a retazos de gloria y después comenzaba a complicarse conforme los copos iban ocupando cada uno su lugar en el suelo empedrado de aquella calle, de aquel tiempo.


La sinfonía, finalmente, se acabó en su mente y fue sólo él. Sólo él, en aquella habitación, aquel cubículo blanco, de paredes decoradas con ojos de otros videntes, ventanas abiertas a la oscuridad. Miró a su alrededor y vio lo de siempre: la moqueta, la silla, la mesa, el cuadro completamente impersonal colgado del tabique. Todos, elementos que si él hubiera podido elegir, no estarían allí. Recordó fugazmente, ahora, la paliza que acababa de propinar y notó como se le secaba la garganta y el corazón luchaba por salir de su pecho. Aquel era un sufrimiento íntimo e intenso. Nadie lo entendería. Una vez que consiguió recuperar la compostura, se irguió, no quería verse a sí mismo como un débil, le sacaba de quicio la idea. Se dirigió hacia la mesa y se sirvió un vaso de agua de la jarra que milagrosamente, no había caído al suelo durante la escaramuza. Mientras lo apuraba, enfocó la vista en la ventana, el mural de cristal y vio su forma, la figura de su cuerpo recortada sobre la superficie reflectante. Le faltaban trozos, no tenía todas las curvas, ni todos los trazos de su anatomía. Era un hombre incompleto, inconcluso sería la expresión más exacta, teniendo en cuenta lo que nadaba por la oquedad de su cabeza y ahora lo estaba viendo reflejado. Suspiró lentamente, perdiendo por escasos segundos cualquier noción de la realidad. Sin mirar hacia ninguna parte.


Lo mejor, lo más sensato era abordar "las tinieblas" y desaparecer de aquel sitio, al menos hasta el próximo asalto. Era lo más justo. Recogió lo poco que tenía en su poder y se aprestó a abandonar la habitación, no sin antes verificar que la luz de la lámpara exterior estaba encendida. No iluminaba mucho, en realidad todas las operaciones fuera de las habitaciones seguían siendo movimientos orquestados en la oscuridad. La luz estaba allí y sí, estaba encendida. En ocasiones, parecía que todo aquel entramado lo sostenían aquellos luceros. Si alguna vez desfalleciera alguno, aquel ala del edificio virtualmente desaparecería, sumiéndose en lo oculto, donde hasta los peores temores de los policías se podían hacer realidad. Era por esto que siempre miraban. Abrían sus ojos para ver todo lo que pudiera mostrarse y sólo podían ver formas, siluetas de otros compañeros.


Cuando John asomó a la puerta encontró el panorama común y habitual, nada que ser observado con gran detalle pero al girar la vista pudo ver uno de los espectáculos más nefastos (por lo que prometía) que podía verse en aquel laberinto de inmensidad negra. Cinco guardias con sus respectivos cinco rehenes, estaban apostados a las puertas de otras respectivas salas. Las preguntas iban a comenzar y la sangre iba a correr. Los centinelas procedían a abrir las puertas pero antes debían encontrar la llave. La estampa era algo que podríamos llamar cómico si no consiguiéramos recordar la razón por la cual estaba allí. Los hombres encapuchados, con el ligero temblor que precede a la explosión, comenzaban a sopesar las distintas opciones, pasando sus manos por los distintos trozos de metal, acariciaban las muescas mientras desechaban las llaves incorrectas. Cada uno tenía veinte en su juego personal. Hasta aquí y por lo visto aquella tarde, todo era normal excepto por un pequeño detalle. Una de las manos no temblaba. Uno de los torturadores no vacilaba, tenía perfectamente claro qué y dónde tenía que hacerlo.


Era un hombre alto y corpulento, con brazos gruesos y fuertes, llenos de pelo rizado e hirsuto. Sus movimientos eran gráciles y lentos, totalmente estudiados. En su juego de llaves sólo había una, así que no es de extrañar que fuera el primero de ellos en hacer "clic", aquel fatídico sonido que ponía la mente de los cautivos a funcionar contra el reloj, que disparaba su ansiedad. Como era de esperar, una vez abierta la puerta, el hombre no hizo grandes aspavientos y una de las personas del séquito se colocó junto a él para guiarlo. John observó la escena intrigado. Para aquel hombre se podría utilizar cualquier adjetivo pero ninguno de ellos sería "ordinario": había algo que no encajaba. No se movía de la misma forma, no tenía las mismas costumbres, ni siquiera era físicamente igual. Era a todas luces un extraño, una mole sin identidad.


Necesitaba saber. El problema de todo aquello era que sin un nombre, sin una cara, con tan sólo una máscara, no podía acallar su mente. El escenario de su psique se vería invadido de innumerables posibilidades que acabarían por devorarlo por agotamiento. La única buena noticia acerca de todo aquello era que, al final de todo, sería capaz de dormir bien por una noche.

Texto: Andres Jesus Mena Gallego
Fotografia: Vera Marques
Apoyo a la edicion: Miguel Silva Morencos.

Version con fotos presente en mi blog: loqueescriboenmicuaderno en dominio blogger.com

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lucia
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Re: Reflejos vitales 1a entrega

Mensaje por lucia » 06 Jun 2015 22:59

Vaya, he ido a fusionar las entregas y falta la dos, pero además subiste la 3 antes que la 1.

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