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Los hilos de Ariadna

Para Albatross, el gran pájaro marino, de su hermano menor de vuelo :60:

No recuerdo cuándo fue la última vez que utilicé mi garganta para emitir un sonido. ¡Hace ya tanto…! Pero las palabras siguen resonando en el interior de mi cabeza y, cuando las junto en la forma adecuada, escucho el eco de mi antigua voz y eso me basta. De mi vida anterior apenas si recuerdo otra cosa que las lecturas a deshora y el deambular del día siguiente por las calles como una sonámbula. Leía mucho, leía de todo y los leía a todos; por supuesto, también a ellos. Pero a ellos los leí con tanto empeño y tan a menudo que, si quisiera, podría recitar de memoria muchos de sus textos. Ahora, en cambio, ya no leo. No necesito hacerlo. Soy Juana Zumajo, la voz que os habla sin voz desde la Isla del Trocadero. Esta casa salinera en ruinas es mi morada; Cleopatra, la urraca con mirada de aventurera, mi cómplice de silencio; y el eco de mi antigua voz, mi compañero de juego.

Me gusta jugar con las palabras, evocar recuerdos y, al hacerlo, redescubrir el lado oculto de la vida. Porque a veces las palabras unen los caminos, haciendo que fijemos la mirada en los lazos secretos que hermanan —incluso sin que ellos lo sepan— a quienes forman parte de un destino común. Son miembros de un mismo equipo y, llegado el momento, se habrán de pasar el testigo. Para que eso ocurra, para que cada uno encuentre el rastro del otro en el enmarañado laberinto de la vida, el azar se disfraza de Ariadna y los une con esos hilos intangibles que son las palabras.

Pero las palabras no entienden de continentes ni de épocas. No saben distinguir una laguna cenagosa de la Baja California en los años cuarenta del siglo XX, de un caño fangoso del Sur de España en la década de los setenta. Ni tampoco saben que es el vaivén de las mareas lo que acompasa el tiempo en ambos lugares; ni que justo por eso, nosotros, que somos quienes decidimos dónde y cuándo usar las palabras, a las dos ciénagas las denominamos «esteros». Sin pretenderlo, nos erigimos así en juez y parte de la historia de nuestros congéneres; o lo que es lo mismo, nos convertimos en los testigos necesarios para que ellos acaben formando parte del destino común al que están llamados.

Sí, soy yo, Juana Zumajo, esta voz sin voz, quien cuando cierra los ojos y dice «estero», hace visible ese hilo de Ariadna que une la costa de Ensenada con la de Cádiz; es mi deseo vanidoso de descubrir sus entresijos vitales lo que provoca que esa palabra me traslade alternativamente al Estero de Punta Banda y a los esteros del Caño de Sancti Petri. Es mi necesidad de cruzarme de algún modo en sus vidas lo que me lleva a repetir, una y otra vez, la palabra «estero» hasta que logro ser testigo del último retorno al mar de la poetisa michoacana Concha Urquiza y de la primera inmersión como buzo, tres décadas después, del prosista andaluz Antonio Tocornal.

Dicen que leyendo a Concha Urquiza uno descubre la desesperación del ser libre que se siente encerrado tras los barrotes de su cuerpo. Digo que cuando se lee la prosa de Antonio Tocornal uno descubre la impotencia sublimada ―convertida en humor― del ser libre que, al sentirse atrapado tras los barrotes de su cuerpo, en lugar de conformarse, se rebela. Ella eligió el camino de los místicos, hizo de la experiencia interior de lo inefable la razón de su existencia; él, en cambio, prefirió explorar el mundo con los cinco sentidos, dejar que fuera su cuerpo liberado quien le mostrara lo inefable. Y soy yo, convidada de piedra en ese común destino, la que pronunciando la palabra «estero» cierro el círculo en mi mente y logro, con ello, que ambos buscadores de lo inefable se pasen el testigo.

Pero quizás antes de cerrar el círculo convenga asistir a la ciega persecución de los hermanos; examinar con calma el entresijo de proyectos de vida absurdos que el azar hará confluir para convertirlos en uno solo; analizar el cúmulo de casualidades necesarias para que los perseguidores de lo inefable se encuentren el rastro y puedan acabar compartiendo un mismo destino. Sí, quizás sea conveniente hablar primero de ese eslabón intermedio, de ese escritor chileno, padre de Cesárea Tinajero, sin quien los caminos de la poetisa moreliana y del prosista isleño jamás se habrían cruzado.

Dicen que el escritor Roberto Bolaño se inspiró en la mejicana Concha Urquiza, natural de Morelia, para crear su famosa Cesárea Tinajero, poetisa de pacotilla ―su obra se reduce a un cuaderno lleno de frases sueltas y de dibujos indescifrables―, tras cuya huella viajan al desierto de Sonora los protagonistas de su novela Los detectives salvajes. Pero, a diferencia de Cesárea, Concha Urquiza fue una verdadera poetisa, en cuya obra confluyen con naturalidad lo místico y lo erótico, demostrándonos que lo inefable lo es porque persigue lo imposible: la conjunción de los opuestos. Sé que se codeó con los intelectuales de su época y que probó suerte en un convento; pero también sé que acabó renunciando a los estúpidos alardes de libertad de los unos y de los otros: de quienes dan rienda suelta a sus instintos o de quienes, por el contrario, tratan de contenerlos en balde. Ser mujer, poetisa y mística en un país machista fue sin duda una gran proeza. A ella, ser libre que ansiaba levantar el vuelo, le desesperaba vivir atrapada en ese cuerpo, mortal y rosa, que se lo impedía. Y me gusta creer que precisamente por eso, porque necesitaba escapar de esa cárcel sin barrotes, porque no podía seguir pagando un precio tan alto por tener dos pulgares oponibles y por ser, además, mujer en un mundo de hombres, aquel 20 de junio de 1945 buscó, en las aguas arremolinadas del Estero de Punta Banda, una salida. La poetisa era muy inteligente y sabía que era absurdo buscar otra cosa. Tenía claro que la libertad la perdió el hombre al dejar de ser mono y ese día, cuando se lanzó al agua y nadó hacia el fondo, ella solo buscaba eso: ¡una salida!

Quienes tuvieron el privilegio de conocer a Cesárea Tinajero ―la Concha Urquiza de Roberto Bolaño― la recuerdan como una joven callada, vestida con ropas discretas pero bonitas, el pelo muy negro, la espalda firme, las piernas no muy largas pero bien torneadas, calzando zapatos cómodos, casi planos, los más adecuados para avanzar con esa prisa con la que habitualmente recorría las calles de México DF. «Caminaba como si acudiera tarde al trabajo o a una cita de enamorados», diría un testigo en la novela de Bolaño. Pero yo, Juana Zumajo, sé que con esos andares apresurados Cesárea Tinarejo pretendía beberse la vida a grandes tragos antes de iniciar su retiro de olvido en el desierto de Sonora; y sé también que con ese vestir discreto trataba de disimular sus atributos femeninos para poder ser una más entre los poetas del momento ―ella fue la única mujer a la que permitieron entrar en Mi Oficina, cantina a la que tenían prohibido el acceso los uniformados, las mujeres y los perros―. Un cuerpo bello del que Césarea Tinarejo no se ocupaba ni deseaba que los demás se ocupasen. Una presa inalcanzable y que, precisamente por eso, por no estar al alcance de nadie, se convirtió en leyenda. Era mujer y, hasta donde su cuerpo se lo permitía, libre; algo que ni siquiera el escritor chileno le pudo perdonar. Porque Roberto Bolaño no permite que su Concha Urquiza se libere de su cuerpo, todavía joven y bello, en las aguas de Ensenada. En lugar de ello, convierte a la poetisa, invicta en la vida real, en una matrona físicamente desaliñada y poco deseable en la ficción; niega, además, la existencia de una obra suya digna de ser llamada así ―en la novela solo se menciona el feo cuaderno lleno de herméticos poemas pictóricos― y la hace morir de un balazo en un vulgar tiroteo en el desierto de Sonora. Y lo que es todavía más injusto, los detectives salvajes ―incluido el alter ego del escritor chileno― ponen fin a la leyenda de Cesárea Tinajero protagonizando una persecución extravagante que los convierte en los verdaderos triunfadores. En otras palabras, la desmitificación de la poetisa los convierte a ellos en actores de un proyecto de vida absurdo y, justo por eso, también poético y bello.

Pero yo, esta voz sin voz, deseo ser justa con el escritor chileno reconociendo que quien fue tan cicatero con Cesárea Tinajero, dos años antes, en su novela Estrella distante, había sido muy espléndido con Lorenzo ―o Lorenza, como a él le gustaba ser llamado―. Gracias a Roberto Bolaño puedo ahora cerrar los ojos y, en la soledad de esta isla, ver a ese niño rubio y delicado, y al que tanto le divertía trepar a los árboles en busca de nidos, elevando las manos para coger un pájaro posado en un alambre. Lo que ocurrió a continuación, en cambio, prefiero no verlo. Abro, pues, los ojos y me limito narrarlo… El cable era de alta tensión y, debido a la descarga eléctrica que recibe, le tienen que amputar ambos brazos casi a ras del hombro. Un niño pobre de Puntas Arenas que crece sin brazos en el Chile de Pinochet y que en la adolescencia descubre, para más inri, que es homosexual. Aunque desea ser artista, ante la imposibilidad de serlo, empieza por hacer otras cosas; entre ellas, como es un romántico empedernido, enamorarse. Pero una tarde de verano ya no puede más y salta desde una roca al océano Pacifico. Con los ojos abiertos —no olvidemos que Lorenzo amaba la vida—, se hunde en un agua cada vez más oscura. Convencido de que ha llegado su fin, busca algo bello en lo que fijar la mirada para despedirse de la vida. Sin embargo, la falta de luz le impide ver lo que hay a su alrededor y trata de encontrar esa última imagen bella entre los propios recuerdos. Rememora, entonces, muchos momentos de su pasado y, sin proponérselo, hace un rápido balance que le conduce a buscar una salida. Esa tarde aprende a serpentear como una anguila y se salva. Suicidarse en aquella coyuntura sociopolítica hubiera sido «absurdo y redundante», afirmaría más tarde; en su lugar, opta por vivir y convertirse en «poeta secreto». A partir de ese momento, Lorenza hizo muchas cosas y todas las hizo con entusiasmo; también el amor, en el que ponía tanta pasión que sus amantes terminaron por preferir su tronco desprovisto de brazos a cualquier otro torso completo. Y aunque siguió estando atrapado en aquel cuerpo tullido, a su manera se convirtió en un aventurero. De día se ganaba la vida como músico y bailarín callejero, y por la noche frecuentaba los garitos de ambiente gay. Pero hubo periodos en los que vivió solo y, tras el trabajo en la calle, se encerraba en su cuarto a escribir y a pintar, de ahí el apodo de la acróbata ermitaña. Por tanto, tal como antes le había ocurrido a Concha Urquiza, Lorenzo se sintió un ser libre atrapado en la cárcel sin barrotes de su cuerpo y la desesperación lo llevó a buscar también una salida bajo las aguas del Pacífico. Pero esta vez Bolaño fue mucho más generoso y, en lugar de la muerte no demasiado digna que dos años más tarde imaginaría para Cesárea Tinajero, a Lorenzo lo deja viajar a Europa y, tal vez influenciado por la lectura de Las alas de la manca del poeta chileno Pedro Lemebel, le permite convertirse en Lorenza.

Y es por todo ello que yo, desde esta isla de silencio —aquí solo escucho a Cleopatra garabateando con el pico en el suelo y el eco de mi antigua voz—, digo que para el prosista Antonio Tocornal, descubrir al escritor chileno no fue una casualidad cualquiera sino una casualidad necesaria. Porque desde la orilla de este otro océano, la tierra natal del escritor isleño, yo lo rememoro, todavía niño, en esos ya lejanos sábados de la infancia en los que, mientras veía en blanco y negro a los tripulantes del Calypso, soñaba con convertirse en un vividor como ellos. El Antonio Tocornal de entonces ―y puede que también el de ahora― pensaba que no había mejor manera de pasar el día que buceando en busca de tesoros o en compañía de las ballenas; ni mejor forma de apurar la noche que bebiendo y fumando en la cubierta de un barco. Aquel era su sueño y, porque quería hacerlo realidad lo antes posible, al salir del colegio se iba al mar a bucear a pulmón libre. Necesitaba conseguir que su perímetro torácico fuese al menos unos milímetros superior que el de su cadera —esa era la condición impuesta por su padre antes de permitirle bucear con botellas de aire—. Cuando por fin lo consiguió, tuvo lugar su bautizo de buzo en el agua achocolatada del Caño Sancti Petri. La visibilidad era nula y el fondo poco firme, lo que hizo que se hundiera en el fango hasta el cuello. Pero ese era el momento preciso elegido por el azar para que se produjera el cambio de testigo y, en vez de desanimarse, aquel niño soñador se consoló pensando que las ballenas debían estar cerca y que los tesoros se hallaban ocultos debajo del cieno que le aprisionaba. Y cuando le preguntaron con cierta sorna si le había gustado la experiencia, con una determinación difícil de entender, afirmó que le había parecido maravillosa y que de mayor sería buzo. Una primera inmersión que el escritor evocaría más tarde al leer unos versos de Neruda: «Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego, turbia embriaguez de amor, ¡todo en ti fue naufragio!». Pero que bien podría haber evocado leyendo estos otros versos de la poetisa moreliana: «…inaccesible al implacable asedio, como trozo de plomo en agua oscura, húndese el alma…», o «La quieta soledad, el lecho oscuro, de inmortales tinieblas coronado…». Un fracaso convertido en triunfo porque los buscadores de lo inefable nunca se rinden. La adversidad les hace crecerse y, llegado el caso, renacen los unos de los otros como el Ave Fénix de las propias cenizas.

La marea ha desnudado ya los contornos de esta ciénaga y la vista de las sensuales planicies de fango de su fondo me hace rememorar al escritor isleño adolescente, inmerso en un ambiente demasiado reglado y puritano, en el que su recién estrenada voluptuosidad se asfixiaba. Como afirmará después en su segunda novela, La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie, apremiado por un cuerpo joven que ansiaba realidades tangibles, se siente prisionero en su tierra natal. No puede soportar por más tiempo que la aventura se reduzca a los barcos que, desde la playa de la Barrosa, ve pasar de largo camino del Estrecho; ni puede soportar por más tiempo que la voluptuosidad se limite a la contemplación de los cuerpos inaccesibles de las adolescentes que le rodean. Desea que tanto la aventura como el erotismo formen parte de su vida. Necesita liberarse de esa cárcel sin barrotes en la que se ha convertido su propia tierra. Y tal como hiciera la poetisa moreliana tres décadas antes, el joven Tocornal busca una salida y la encuentra; y porque él la encuentra, también lo hace ella. No obstante, las casualidades necesarias no son jamás simples casualidades y, pasados unos años, cuando aún no conocía la recreación de la vida de Lorenzo hecha por el escritor chileno, el prosista isleño convierte ―es posible que de forma inconsciente― esa etapa amarga y asfixiantede su vida en la historia de otro niño lisiado, esta vez sin brazos ni piernas: El hijo roto de Veneranda Murta.

Ella, una buena mujer que los viernes vendía hortalizas en el mercado, pensaba que había tenido un hijo tullido por ser fruto de una unión ilícita e irreverente: con el sacristán y en la sacristía. Mientras estaba fuera, Veneranda dejaba a su niño roto atado a una silla y, a su lado, un vaso de agua con una cañita hueca. Lo ponía justo detrás de la ventana para que el paso de la gente le distrajera y el rato de soledad se le hiciera menos largo. Algunas noches lo sacaba de paseo sentado en una vieja butaca que colocaba sobre una carretilla. Y en esas escapadas nocturnas, aquel espíritu aventurero, encerrado en un cuerpo tullido, descubrió que fuera de casa ―su otra prisión― las horas eran más cortas y que, además del mundo que veía desde la ventana, existía otro lleno de caminos que llevaban a lugares ignotos. Ese niño sin nombre, ese «saco vivo con cabeza y cuatro muñones como cuatro nudos» ―en palabras textuales del autor―, tenía facciones agradables, pelo de poeta, ojos de explorador y, según su madre, un rabo como el del mismísimo demonio. Crece y, siendo ya un muchacho, su sensualidad hasta entonces reprimida aflora mientras Consolación, una joven de su misma edad, le está aseando sus enormes genitales. Una andanada del semen que, después de tanto tiempo de encierro, por fin encuentra una salida y lo moja todo ―también a la joven que, desconcertada, se ruboriza—. Una liberación explosiva que bien podría simbolizar la que unos años antes había experimentado el prosista isleño al huir de su tierra natal. Sabemos que Consolación, a quien el suceso azoró y complació a un mismo tiempo, nunca quiso volver a ocuparse del aseo del hijo roto de Veneranda. Movidas por la curiosidad, otras muchachas acudieron a aliviar sus necesidades fisiológicas, pero ninguna le marcó tanto como la iniciadora que logró liberarlo de sus cadenas íntimas. Consolación se casa y, al igual que les ocurría a los amantes de la Lorenza de Bolaño, cuando yace con su marido nota con desagrado que las piernas y los brazos le estorban. Por su parte, el hijo de Veneranda parece conformarse con la visión del exiguo trozo de mundo que puede ver desde la ventana. Pero sus ojos de explorador, su mirada de aventurero, le delatan. Él ha sido el relevo de la acróbata ermitaña y, aunque se tenga la impresión de que sigue mirando el paso de la gente camino del mercado, es posible que con el pensamiento esté ya en el desierto de Sonora a punto de protagonizar un nuevo paso de testigo.

Cae la tarde y, desde esta balsa varada que es la Isla del Trocadero, veo cómo el sol se sumerge al otro lado de la bahía. Estoy agotada. Necesito que el eco de mi antigua voz se calle y que el continuo garabatear del pico de Cleopatra cese. Pero la urraca sigue moviendo la cabeza con una determinación extraña, como si supiera que su momento de gloria se aproxima y que este crepúsculo será el último que pase en mi compañía. También aquel otro atardecer, el de la víspera de su aparición, yo me encontraba exhausta. Durante el día había evocado tantas veces la palabra «estero» que, cuando por fin se hizo el silencio en mi cabeza, lo único que deseaba era descansar. Recuerdo que cerré los ojos y, justo antes de dormirme, rememoré la mirada de aventurero del hijo de Veneranda. Un ser libre doblemente prisionero: atrapado en un cuerpo tullido y, por si eso no fuera suficiente, sobre quien el autor proyecta la represión de su propia adolescencia condenándolo a contemplar la vida desde detrás de una ventana. Un hecho inusual en un escritor que suele abrir la ventana para contarnos lo que sucede en el exterior. En este texto, sin embargo, no parece existir una separación clara entre ficción y realidad, siendo más bien la perspectiva del lector la encargada de dilucidar su naturaleza. Aquella noche debí colocarme en el quicio de la ventana, la posición perfecta para poder mirar hacia dentro y hacia fuera y, al hacerlo, encontrar la solución a la interrogante que nos planteó Bolaño en la frase final de su novela Los detectives salvajes: «¿Qué hay detrás de la ventana?». «Los ojos de explorador del niño roto de Veneranda», fue mi respuesta. Luego me dormí y tuve pesadillas. A la mañana siguiente, me levanté y, a través del hueco de la antigua ventana de esta casa en ruinas, la vi a ella, a Cleopatra. Estaba posada en la vuelta de fuera, y su iridiscente plumaje blanco y negro brillaba con los primeros rayos del sol. Me llamó la atención la manera que tenía de picotear la tierra. Desplazaba la cabeza de un lado para otro y al pronto pensé que se estaba afilando el pico con las piedrecillas del suelo. La curiosidad me hizo aproximarme y, al notar la vibración del suelo con mis pasos, el pájaro levantó la cabeza con extrañeza, como si hubiera creído que estaba solo en la isla. Me miró y de inmediato reconocí en sus ojos la misma mirada, ávida de aventura, que en los ojos del hijo de Veneranda. Tardé, sin embargo, cierto tiempo en descubrir que los trazos que estaba garabateado en la tierra ―y que desde entonces no ha dejado de garabatear― se asemejaban a los poemas pictóricos de Cesárea Tinajero. Y esa doble casualidad, que a ratos yo intuyo necesaria, me hace preguntarme si no será Cleopatra otra aliada del destino; si no será su misión encontrar el pictograma necesario para que se produzca el paso de testigo entre el niño tullido de Tocornal y la poetisa de pacotilla de Bolaño. Me gusta pensar que esta urraca cómplice de mi silencio ―Cleopatra nunca grazna―, esta criatura de ficción nacida de uno de mis juegos nocturnos con las palabras, comparte conmigo la condición de testigo necesario del azar. Y me digo que tal vez sea esa la razón de que, a pesar de tener mirada de aventurera, en lugar de levantar el vuelo, se pase los días haciendo en el suelo burdos remedos de los poemas pictóricos de Cesárea Tinajero ―como si quisiese decir algo y no pudiese―. Es muy posible que su rudimentario cerebro nunca sea capaz de encontrarlo por sí solo, pero me gusta creer que algún día el azar guiará su pico y por fin Cleopatra dibujará el pictograma necesario para que se cierre un nuevo círculo.

Sé que a quienes lean este texto les costará creer que, de vez en cuando, el azar se disfraza de Ariadna y valiéndose de las palabras ―y puede que también de los pictogramas― une con sus hilos a quienes comparten un mismo destino. No es mi intención, por tanto, que me crean cuando digo que, si cierro los ojos y pronuncio la palabra «estero», veo a la poetisa moreliana y al prosista isleño ―todavía niño― bajo el agua: la una, los ojos cerrados, la respiración contenida, tratando de escapar de su cárcel mortal y rosa; el otro, respirando el aire embotellado con avidez, los ojos abiertos de par en par pero sin conseguir ver nada, soñando con islas de coral, pecios y ballenas. Les resultará inverosímil que esta sea la forma de poner fin a una de las múltiples persecuciones que, a lo largo de la historia, se han producido ―y se seguirán produciendo― entre quienes comparten el proyecto absurdo de expresar con sus propias vidas lo inefable. Y me tacharán, por ello, de ilusoria cuando afirmo que una sola palabra ―«estero»― ha sido capaz de cerrar por fin el círculo. No voy a tratar de convencer a nadie con largas disquisiciones. No es que me crean lo que busco. Porque yo, Juana Zumajo, la voz que clama sin voz desde la Isla del Trocadero, solo he sido la testigo necesaria y me limito a dar testimonio de lo ocurrido.

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Los hilos de Ariadna :60: El niño del tirachinas

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Última edición por jilguero el Dom Oct 04, 2015 8:23 pm, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Lun Sep 28, 2015 1:39 pm 
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Más que un relato, me supo a reflexión en voz alta, pajarito. Y si en la primera lectura he creído adivinar la intención por tu parte de darnos a conocer a los distintos autores que tienes a bien comparar, después he llegado a la conclusión de que a quien de verdad me aproximo leyendo esto es a ti (no, no al pajarito que pinta de azul todo lo que toca, sino a la persona que hay detrás del pajarito).

Las casualidades necesarias, dices. Y tanto. Y sé que tienes una buena teoría en cuanto a estas y también que me prometiste en su día hacerme partícipe de ella (ahora entiendo que te referías a en cuanto dieras por concluido este relato homenaje)... así que aguardo expectante... (Hablando de casualidades necesarias, mira en mi firma qué cita tan bien traída me regaló una persona hace un par de meses).

En cuanto al relato en sí, habrá de ser Albatross quien se pronuncie y comparta, si quiere con todos nosotros, si prefiere en privado contigo, qué ha experimentado al leerse hermanado con el poeta chileno y la poetisa mexicana, se habrá hinchado cual pavipollo, imagino. A mí me ha encantado conocer algo de la obra del poeta, del que no he leído nada en absoluto (y así habrá de seguir hasta que no termine mi particular maratón con García Márquez) y ya me muero de ganas por aproximarme a él, si bien había pensado hacerlo con su libro de prosa poética Tres. Pero el personaje de Lorenzo/Lorenza de la Estrella distante, como diría nuestra ídem marina, me ha flechao ya el corazoncito.

En definitiva, un placer conocer un poquito mejor a Albatross de la mano de alguien que le tiene un cariño sincero. Y cuando yo encuentre qué hay detrás de la ventana, vendré a este hilo para decirte qué vi.

El caso es que ya me preguntaba quién era esa tal Cleopatra de que de vez en cuando nombrabas... Ah, y, otra cosa, ¿y si te dijera que mi ruta habitual cuando salgo a correr se llama Ruta de los Esteros?

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NotaPublicado: Lun Sep 28, 2015 2:44 pm 
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Tolomew Dewhust escribió:
Más que un relato, me supo a reflexión en voz alta, pajarito. Y si en la primera lectura he creído adivinar la intención por tu parte de darnos a conocer a los distintos autores que tienes a bien comparar, después he llegado a la conclusión de que a quien de verdad me aproximo leyendo esto es a ti (no, no al pajarito que pinta de azul todo lo que toca, sino a la persona que hay detrás del pajarito).

Las casualidades necesarias, dices. Y tanto. Y sé que tienes una buena teoría en cuanto a estas y también que me prometiste en su día hacerme partícipe de ella (ahora entiendo que te referías a en cuanto dieras por concluido este relato homenaje)... así que aguardo expectante... (Hablando de casualidades necesarias, mira en mi firma qué cita tan bien traída me regaló una persona hace un par de meses).

En cuanto al relato en sí, habrá de ser Albatross quien se pronuncie y comparta, si quiere con todos nosotros, si prefiere en privado contigo, qué ha experimentado al leerse hermanado con el poeta chileno y la poetisa mexicana, se habrá hinchado cual pavipollo, imagino. A mí me ha encantado conocer algo de la obra del poeta, del que no he leído nada en absoluto (y así habrá de seguir hasta que no termine mi particular maratón con García Márquez) y ya me muero de ganas por aproximarme a él, si bien había pensado hacerlo con su libro de prosa poética Tres. Pero el personaje de Lorenzo/Lorenza de la Estrella distante, como diría nuestra ídem marina, me ha flechao ya el corazoncito.

En definitiva, un placer conocer un poquito mejor a Albatross de la mano de alguien que le tiene un cariño sincero. Y cuando yo encuentre qué hay detrás de la ventana, vendré a este hilo para decirte qué vi.

El caso es que ya me preguntaba quién era esa tal Cleopatra de que de vez en cuando nombrabas... Ah, y, otra cosa, ¿y si te dijera que mi ruta habitual cuando salgo a correr se llama Ruta de los Esteros?

Es largo y denso, lo sé, pero dar testimonio de lo "increíble" no es tarea fácil. :D Por eso mi agradecimiento es doble: ¡gracias por leerlo! :60: y ¡gracias por leerlo! :60: (o mejor cuádruple: ¡gracias por comentarlo! :60: y ¡gracias pro comentarlo!)
Me alegro de que seas el primero en dejar un mensaje; y no, no me extraña que tu ruta se llame así. Ya sabes que, después de escribir El niño del tirachinas, tuve un sueño en el que Albatross adulto llevaba a Gades niño de la mano. A lo mejor una metáfora de ese coincidir en el espacio (trabajas en su tierra) pero no en el tiempo. No lo sé, pero en cualquier caso, me alegro de haberos hermanado en mi firma forera :D

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Los hilos de Ariadna :60: El niño del tirachinas

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NotaPublicado: Lun Sep 28, 2015 6:15 pm 
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jilguero escribió:
Es largo y denso, lo sé, pero dar testimonio de lo "increíble" no es tarea fácil.

La extensión creo que es la necesaria para narrar lo que cuentas. Y la manera en que lo haces (de no ser por los personajes ficticios/literarios que pululan por aquí y por allá) trae una aroma a disertación científica a publicar en una revista especializada, más que a relato en sí, o a lo que estamos acostumbrados a entender como tal.
Y es que a mí me pasa lo que viene repitiendo Isma, que no sé distinguir entre relato y cuento.

Pero, volviendo al texto, si bien en la primera lectura (y únicamente por un desconocimiento de los personajes reales y ficticios achacables a mi escaso bagaje literario) es cierto que se me hizo confuso y difícil de seguir, una vez separados por categorías (en plan: de carne y hueso tenemos a Antonio, a Bolaño y a la poetisa -de la que me he informado en la wiki-, y de tinta en papel a los demás...) pues como que ha sido un paseo entretenido el hallar los paralelismos en la vida y obra de esas tres personas que has reunido en el texto. Para más inri, he descubierto un relato de Albatross que no conocía, El hijo roto de Veneranda Murta y me ha encantado ese trágico pero poético final que le has otorgado a la poeta mexicana Tenía claro que la libertad la perdió el hombre al dejar de ser mono y ese día, cuando se lanzó al agua y nadó hacia el fondo, ella solo buscaba eso: ¡una salida! como si hubiera sido un hecho consciente y un mal autoinfligido (según he leído, pereció junto con otro compañero mientras nadaba): ¿qué más se puede pedir?

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NotaPublicado: Lun Sep 28, 2015 7:30 pm 
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Tolomew Dewhust escribió:
jilguero escribió:
Es largo y denso, lo sé, pero dar testimonio de lo "increíble" no es tarea fácil.

La extensión creo que es la necesaria para narrar lo que cuentas. Y la manera en que lo haces (de no ser por los personajes ficticios/literarios que pululan por aquí y por allá) trae una aroma a disertación científica a publicar en una revista especializada, más que a relato en sí, o a lo que estamos acostumbrados a entender como tal.
Y es que a mí me pasa lo que viene repitiendo Isma, que no sé distinguir entre relato y cuento.

Pero, volviendo al texto, si bien en la primera lectura (y únicamente por un desconocimiento de los personajes reales y ficticios achacables a mi escaso bagaje literario) es cierto que se me hizo confuso y difícil de seguir, una vez separados por categorías (en plan: de carne y hueso tenemos a Antonio, a Bolaño y a la poetisa -de la que me he informado en la wiki-, y de tinta en papel a los demás...) pues como que ha sido un paseo entretenido el hallar los paralelismos en la vida y obra de esas tres personas que has reunido en el texto. Para más inri, he descubierto un relato de Albatross que no conocía, El hijo roto de Veneranda Murta y me ha encantado ese trágico pero poético final que le has otorgado a la poeta mexicana Tenía claro que la libertad la perdió el hombre al dejar de ser mono y ese día, cuando se lanzó al agua y nadó hacia el fondo, ella solo buscaba eso: ¡una salida! como si hubiera sido un hecho consciente y un mal autoinfligido (según he leído, pereció junto con otro compañero mientras nadaba): ¿qué más se puede pedir?

Lo del tono científico que notas es porque inicialmente, dado el nivel que tiene el homenajeado, pensé que en su caso lo mejor era hacer una especie de ensayo. Pero un día, al pasar por la Isla del Trocadero, me habló Juana Zumajo, con esa voz sin voz, y se cruzó también en mi camino Cleopatra (visita a menudo el pinar que hay junto al laboratorio), y no tuve más remedio que hacerlas protagonistas pero sin que el texto perdiera su propósito. :D

Lo de la "salida" es un homenaje a Kafka, o más bien a Peter el Rojo, el mono humanizado de su Informe para la Academia, que hace esa sutil distinción entre "salida" y "libertad": No hablo de esa gran sensación de libertad hacia todos los ámbitos. Cuando mono posiblemente la viví y he conocido hombres que la añoran. En lo que a mí atañe, ni entonces ni ahora pedí libertad. Con la libertad -y esto lo digo al margen- uno se engaña demasiado entre los hombres, ya que si el sentimiento de libertad es uno de los más sublimes, así de sublimes son también los correspondientes engaños

Y la poetiza era demasiado inteligente para caer en esos engaños. :wink:

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NotaPublicado: Mar Sep 29, 2015 8:43 pm 
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Se me ha hecho muy largo. Hay partes entretenidas, como la de Urquiza, pero cuando entras en Cesárea, puuuuuf. El estilo me ha parecido demasiado frío y académico.

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NotaPublicado: Mié Sep 30, 2015 10:53 am 
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Denso sí es, pero tal y como lo cuentas a mí se me ha aligerado mucho la lectura, y eso que antes de leerlo tenía algo de aprensión porque ayer cometí el error de leer la primera frase del comentario de Tolo, y leer "reflexión" me echó algo para atrás. Un error de mi parte como he constatado ahora.

Antes de nada yo no conozco a Albatross, ni creo haber leído nada suyo (en esto no puedo estar seguro), así que pase por delante que seguramente no haya entendido todo el relato como debería.

Sin embargo, tras leer... me voy a apropiar de "reflexión" como lo llamó Tolo. Digo que tras leer tu reflexión, Jilguero, he cometido un segundo error y que trato siempre de evitar pero esta vez me ha resultado casi imposible. El nuevo error ha sido leer los comentarios de Tolo, los tuyos y los de Lucía antes de exponer mis propias impresiones, y ahora no sé si mis comentarios van a estar o no influidos, por lo que te pido disculpas si tergiverso cualquier cosa.

Dicho lo cual, y recordando que he leído los comentarios: me ha sorprendido que Tolo lo encontrase confuso, yo no me he perdido con los personajes, y no he mirado en lado alguno para clarificar nada, me he tomado como un "juego" (perdona si el uso del término resta seriedad a tu texto, pero permíteme explicarme), repito, me he tomado como un juego maravilloso esta reflexión tuya mezclando personajes reales con personajes ficticios para exponer tu teoría o teorías, y lo he tomado como tal por el planteamiento que le has dado desde el inicio, tomando este posible ensayo y conjugándolo con "elementos" ficticios pero personales (al usar a Cleopatra por ejemplo, a la que me alegra haber conocido en este texto por cierto) e hilándolo todo con y como Ariadna. Lo sé, ahora quizá este siendo algo confuso, digamos entonces que mientras leía creía estar viendo tu pensamiento, con lo complicado que es exponer a los demás todo lo que puede pasar por la mente de uno mismo. Y creo que lo has hecho muy bien.

Segunda sorpresa: aunque estoy de acuerdo con Lucía en que se me ha hecho algo largo, no he visto la frialdad y el academicismo que señala. Posiblemente porque al inicio había aceptado ya que iba a ser un ensayo y me he topado con una reflexión mental estructurada de una manera que a mí me ha resultado atractiva. Ahora bien, debo ser honesto, y aunque me ha encantado lo que has contado, y cómo lo has contado, no me siento atraido a buscar información sobre los libros y autores que has expuesto, culpa, seguramente, de la pobreza de mis gustos literarios.

Poco más que decir, yo también creo que hay conexiones, y muchas veces pasan desapercibas.

Ah, añado que no suelo leer relatos o narraciones largos por el foro y que reconozco que en este caso ha sido más por conoceros un poco más a los que "poblais" el área de los relatos y concursos. Me explico, leyendo vuestros comentarios y el buen rollo que soléis tener entre vosotros se nota el cariño que os profesáis, y eso me gusta (y supongo que me ha hecho algo cotilla).

Em... releyendo esta respuesta mía (y corrigiendo unos cuantos fallitos al azar) me doy cuenta que quizá me ha quedado demasiado seria, pero creo que he dicho todo lo que quería decir, así que solo aviso que no soy tan serio. :wink:

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lucia escribió:
Se me ha hecho muy largo. Hay partes entretenidas, como la de Urquiza, pero cuando entras en Cesárea, puuuuuf. El estilo me ha parecido demasiado frío y académico.

Pues, después de ese puuuuf, con más motivo te habré de dar las gracias por leerlo. :D
Sí, el estilo tiene mucho de ensayo porque quería que el texto fuera autónomo y eso me obligaba a meter mucha información. He intentado que el personaje de Juana Zumajo, tan lectora ella, hiciera creíble ese tono en sus reflexiones a solas. Pero está claro que con no demasiado éxito. :wink:
Teniendo en cuenta las capacidades de Jilguero, a lo mejor he pretendido hacer algo demasiado ambicioso :roll:

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NotaPublicado: Mié Sep 30, 2015 5:28 pm 
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Mister_Sogad escribió:
Denso sí es, pero tal y como lo cuentas a mí se me ha aligerado mucho la lectura, y eso que antes de leerlo tenía algo de aprensión porque ayer cometí el error de leer la primera frase del comentario de Tolo, y leer "reflexión" me echó algo para atrás. Un error de mi parte como he constatado ahora.

Antes de nada yo no conozco a Albatross, ni creo haber leído nada suyo (en esto no puedo estar seguro), así que pase por delante que seguramente no haya entendido todo el relato como debería.

Sin embargo, tras leer... me voy a apropiar de "reflexión" como lo llamó Tolo. Digo que tras leer tu reflexión, Jilguero, he cometido un segundo error y que trato siempre de evitar pero esta vez me ha resultado casi imposible. El nuevo error ha sido leer los comentarios de Tolo, los tuyos y los de Lucía antes de exponer mis propias impresiones, y ahora no sé si mis comentarios van a estar o no influidos, por lo que te pido disculpas si tergiverso cualquier cosa.

Dicho lo cual, y recordando que he leído los comentarios: me ha sorprendido que Tolo lo encontrase confuso, yo no me he perdido con los personajes, y no he mirado en lado alguno para clarificar nada, me he tomado como un "juego" (perdona si el uso del término resta seriedad a tu texto, pero permíteme explicarme), repito, me he tomado como un juego maravilloso esta reflexión tuya mezclando personajes reales con personajes ficticios para exponer tu teoría o teorías, y lo he tomado como tal por el planteamiento que le has dado desde el inicio, tomando este posible ensayo y conjugándolo con "elementos" ficticios pero personales (al usar a Cleopatra por ejemplo, a la que me alegra haber conocido en este texto por cierto) e hilándolo todo con y como Ariadna. Lo sé, ahora quizá este siendo algo confuso, digamos entonces que mientras leía creía estar viendo tu pensamiento, con lo complicado que es exponer a los demás todo lo que puede pasar por la mente de uno mismo. Y creo que lo has hecho muy bien.

Segunda sorpresa: aunque estoy de acuerdo con Lucía en que se me ha hecho algo largo, no he visto la frialdad y el academicismo que señala. Posiblemente porque al inicio había aceptado ya que iba a ser un ensayo y me he topado con una reflexión mental estructurada de una manera que a mí me ha resultado atractiva. Ahora bien, debo ser honesto, y aunque me ha encantado lo que has contado, y cómo lo has contado, no me siento atraido a buscar información sobre los libros y autores que has expuesto, culpa, seguramente, de la pobreza de mis gustos literarios.

Poco más que decir, yo también creo que hay conexiones, y muchas veces pasan desapercibas.

Ah, añado que no suelo leer relatos o narraciones largos por el foro y que reconozco que en este caso ha sido más por conoceros un poco más a los que "pobláis" el área de los relatos y concursos. Me explico, leyendo vuestros comentarios y el buen rollo que soléis tener entre vosotros se nota el cariño que os profesáis, y eso me gusta (y supongo que me ha hecho algo cotilla).

Em... releyendo esta respuesta mía (y corrigiendo unos cuantos fallitos al azar) me doy cuenta que quizá me ha quedado demasiado seria, pero creo que he dicho todo lo que quería decir, así que solo aviso que no soy tan serio. :wink:


Al revés, me alegro que te lo hayas tomado como un juego. Pese al tono serio que le he dado, porque me parecía que era la única forma de hacerlo autónomo (otra cosa es que alguien como Tolomew use cada texto como un punto de partida; yo soy también así), en el fondo lo que he hecho es jugar como lectora a ver esas conexiones sutiles que hay entre los escritores, sus fuentes (otros escritores) y sus personajes y, ya de paso, por qué no también entre los lectores (Juana Zumajo) y sus personajes (Cleopatra).

La complicidad entre la peña de los concursos se presta mucho a este tipo de juegos donde nos conocemos sin conocernos y, por tanto, también podemos jugar a ser quienes no somos (o sí somos :roll: ). Y como me gusta cómo escribe Albatross y me ha tocado moverme justo por su tierra natal pues no me ha quedado más remedio que disfrazarme de Juana Zumajo.

En cualquier caso, sabía que iba a resultar denso para la mayoría, pero si al homenajeado le satisface ya me ha merecido la pena el esfuerzo :60: ; y si encima arrastro al p.... (me refiero a Tolomew que no quiere que lo llamemos así pese a que apunta maneras :wink:) a leer algo más de Albatross y a poner a Bolaño en cola pues :D ; y si ya de paso un tigre se asoma a cotillear :alegria: .
Resumiendo, gracias por leerme y, todavía más, por comentar tan minuciosamente. :60:

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NotaPublicado: Jue Oct 01, 2015 6:36 pm 
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jilguero escribió:
Mister_Sogad escribió:
Denso sí es, pero tal y como lo cuentas a mí se me ha aligerado mucho la lectura, y eso que antes de leerlo tenía algo de aprensión porque ayer cometí el error de leer la primera frase del comentario de Tolo, y leer "reflexión" me echó algo para atrás. Un error de mi parte como he constatado ahora.

Antes de nada yo no conozco a Albatross, ni creo haber leído nada suyo (en esto no puedo estar seguro), así que pase por delante que seguramente no haya entendido todo el relato como debería.

Sin embargo, tras leer... me voy a apropiar de "reflexión" como lo llamó Tolo. Digo que tras leer tu reflexión, Jilguero, he cometido un segundo error y que trato siempre de evitar pero esta vez me ha resultado casi imposible. El nuevo error ha sido leer los comentarios de Tolo, los tuyos y los de Lucía antes de exponer mis propias impresiones, y ahora no sé si mis comentarios van a estar o no influidos, por lo que te pido disculpas si tergiverso cualquier cosa.

Dicho lo cual, y recordando que he leído los comentarios: me ha sorprendido que Tolo lo encontrase confuso, yo no me he perdido con los personajes, y no he mirado en lado alguno para clarificar nada, me he tomado como un "juego" (perdona si el uso del término resta seriedad a tu texto, pero permíteme explicarme), repito, me he tomado como un juego maravilloso esta reflexión tuya mezclando personajes reales con personajes ficticios para exponer tu teoría o teorías, y lo he tomado como tal por el planteamiento que le has dado desde el inicio, tomando este posible ensayo y conjugándolo con "elementos" ficticios pero personales (al usar a Cleopatra por ejemplo, a la que me alegra haber conocido en este texto por cierto) e hilándolo todo con y como Ariadna. Lo sé, ahora quizá este siendo algo confuso, digamos entonces que mientras leía creía estar viendo tu pensamiento, con lo complicado que es exponer a los demás todo lo que puede pasar por la mente de uno mismo. Y creo que lo has hecho muy bien.

Segunda sorpresa: aunque estoy de acuerdo con Lucía en que se me ha hecho algo largo, no he visto la frialdad y el academicismo que señala. Posiblemente porque al inicio había aceptado ya que iba a ser un ensayo y me he topado con una reflexión mental estructurada de una manera que a mí me ha resultado atractiva. Ahora bien, debo ser honesto, y aunque me ha encantado lo que has contado, y cómo lo has contado, no me siento atraido a buscar información sobre los libros y autores que has expuesto, culpa, seguramente, de la pobreza de mis gustos literarios.

Poco más que decir, yo también creo que hay conexiones, y muchas veces pasan desapercibas.

Ah, añado que no suelo leer relatos o narraciones largos por el foro y que reconozco que en este caso ha sido más por conoceros un poco más a los que "pobláis" el área de los relatos y concursos. Me explico, leyendo vuestros comentarios y el buen rollo que soléis tener entre vosotros se nota el cariño que os profesáis, y eso me gusta (y supongo que me ha hecho algo cotilla).

Em... releyendo esta respuesta mía (y corrigiendo unos cuantos fallitos al azar) me doy cuenta que quizá me ha quedado demasiado seria, pero creo que he dicho todo lo que quería decir, así que solo aviso que no soy tan serio. :wink:


Al revés, me alegro que te lo hayas tomado como un juego. Pese al tono serio que le he dado, porque me parecía que era la única forma de hacerlo autónomo (otra cosa es que alguien como Tolomew use cada texto como un punto de partida; yo soy también así), en el fondo lo que he hecho es jugar como lectora a ver esas conexiones sutiles que hay entre los escritores, sus fuentes (otros escritores) y sus personajes y, ya de paso, por qué no también entre los lectores (Juana Zumajo) y sus personajes (Cleopatra).

La complicidad entre la peña de los concursos se presta mucho a este tipo de juegos donde nos conocemos sin conocernos y, por tanto, también podemos jugar a ser quienes no somos (o sí somos :roll: ). Y como me gusta cómo escribe Albatross y me ha tocado moverme justo por su tierra natal pues no me ha quedado más remedio que disfrazarme de Juana Zumajo.

En cualquier caso, sabía que iba a resultar denso para la mayoría, pero si al homenajeado le satisface ya me ha merecido la pena el esfuerzo :60: ; y si encima arrastro al p.... (me refiero a Tolomew que no quiere que lo llamemos así pese a que apunta maneras :wink:) a leer algo más de Albatross y a poner a Bolaño en cola pues :D ; y si ya de paso un tigre se asoma a cotillear :alegria: .
Resumiendo, gracias por leerme y, todavía más, por comentar tan minuciosamente. :60:


Un placer. Yo me lo pasé muy bien "jugando". :60:

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En ese caso mejor cambiar el relato por ensayo, para no llevar a equívocos :lista:

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NotaPublicado: Dom Oct 04, 2015 12:04 pm 
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lucia escribió:
En ese caso mejor cambiar el relato por ensayo, para no llevar a equívocos :lista:

¿Te refieres a la denominación en el hilo? Dudé si llamarlo ensayo pero debido a la voz narradora de ficción y a la presencia de la urraca me decanté por relato. Pero vamos, si te refieres a eso, pues lo cambio sin problema. :wink:

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Si cabe, pon las dos cosas :lol:

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NotaPublicado: Dom Oct 04, 2015 9:04 pm 
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lucia escribió:
Si cabe, pon las dos cosas :lol:

Hecho. :D
"Ensayo" delante para quienes no sean amantes del género no se llamen a engaño. :wink:

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NotaPublicado: Mar Oct 06, 2015 9:57 am 
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Ubicación: La mayor de las islas Gimnesias
Paso por aquí para dar las gracias (más que gracias) a Jilguero por este enorme regalo.

Me resulta muy turbador ser objeto de un homenaje y que mi nombre figure al lado de otros tan grandes como el de Bolaño, por ejemplo.

Sobre todo tengo que agradecerte que hayas leído y diseccionado todo lo que has podido conseguir que haya salido de esta modesta pluma, y que hayas tenido la paciencia de llegar profundo en muchos aspectos y en tejer esos hilos con otros autores de forma tan sensible e inteligente.

Siempre intuí que eras una gran persona y tuve la suerte de corroborarlo cuando nos conocimos en mi último viaje a Cádiz. ¡Ese larguísimo paseo por el casco antiguo! ¡Esa inolvidable cena en El Faro!

Con este relato me has llegado al corazón y mi agradecimiento es enorme.

Un abrazo.

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