El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

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jilguero
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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 31 Mar 2017 17:56

El Macondo de Azul

Incipit

De un día para otro, amaneció Macondo convertido en el sueño añejo de una aldea nueva; de una aldea que alguien había soñado sin hombres gastados, sin mujeres temblorosas y, sobre todo, sin niños con grifos en la cabeza y criando ranas en el pabellón de sus trompetas. Amaneció, pues, transformado en un nudo de cobre de casitas imperfectas y de calles inanimadas y silenciosas; de manzanos que no daban fruto a orillas del lodazal y de cristales de ventanas por los que solo se asomaba el hambre antigua de cocinas ahora desiertas. Un pueblo fantasma, en suma, sin otros moradores que los recuerdos que no habían cabido en las carretas de quienes habían partido al alba en busca del mar.

Pero el olvido barrió pronto todos los viejos recuerdos y las casas y las veredas se quedaron del todo vacías. Fue entonces cuando un viento huracanado desprendió del suelo la legendaria hojarasca. Una inmundicia formada también con los desechos humanos que, al quedarse sin cobijo, corrieron asustados en busca de nuevos refugios en los que guarecerse. Los fracasos amorosos y los rencores lo hicieron en los viejos baúles olvidados en los desvanes; la desesperación y la rabia, en las barricas de las bodegas; y el miedo y la cobardía, bajo tierra, en las antiguas tumbas del cementerio.

En medio de aquel caos, solo los almendros y los gallinazos permanecieron inmutables. Su destino siempre había estado ligado al de aquella tierra y eso los salvó del ímpetu justiciero que amenazaba con eliminar cualquier vestigio de la vida anterior. Se convirtieron así en los únicos testigos de la llegada de los nuevos colonos. Colonos venidos de todos los rincones del planeta sin otro equipaje que los sueños incumplidos de sus anteriores vidas. Vidas pretéritas y vidas venideras, que de ambos tipos las había, puesto que los recién llegados caminaban ya entre la eternidad y la nada, entre el infinito y el vacío, entre el silencio y la palabra…

Y porque los llamados a vivir en el nuevo Macondo se hallaban fuera del tiempo, del espacio y hasta de cualquier lógica imaginable, con el tesón de quienes han comprendido que esa será su última oportunidad, se consagraron a la tarea quimérica de hacer realidad sus sueños.


(Extraído del Cuaderno de Azul de Edelmira Thompson de Mendiluce)




1. La marquesita

En los pueblos de El Caribe estaba muy extendida la leyenda de una marquesita, oriunda de Cartagena de Indias, que había muerto a los doce años y aquejada de la rabia en una celda del convento de Santa Clara. No era, empero, esa muerte prematura y ominosa la causa de su fama, sino la belleza y longitud de su melena cobriza. Nunca se la cortaron y, con el tiempo, alcanzó tal extensión que debía llevarla trenzada y enroscada a la cintura para evitar que le arrastrase por el suelo.

Cuando en octubre de 1949 la espiocha rompió la lápida y dejó a la vista los restos de la hija del segundo marqués de Casalduero, el reportero de El Universal estaba presente en la cripta y en una breve reseña se hizo eco del hallazgo en Santa Clara del cráneo de una niña, unido a la larga cabellera antes aludida. No fue, sin embargo, hasta cuarenta años más tarde cuando decidió poner en pie la historia completa en su novela Del amor y otros demonios. Para entonces, el olvido había hecho su labor desbrozadora y en el texto abundan las inexactitudes. Por suerte, Edelmira Thompson de Mendiluce leyó en la prensa la primigenia crónica de la exhumación y su egregia intuición femenina ―la misma que le permitía prologar libros sin necesidad de leerlos― le hizo caer en la cuenta de que al reportero se le había olvidado mencionar que, entre los huesos dispersos y menudos de la niña, había otros aún más dispersos y menudos: los del pájaro. Y para enmendar los errores que más adelante iba a cometer el escritor colombiano, decidió escribir la verdadera historia de la marquesita.

Gracias a ella, sabemos que la verdadera madre de Sierva María fue el primer y único amor del marqués: Dulce Olivia, una interna del manicomio de mujeres sito al lado de la casa palaciega de los Casalduero. De ahí que Bernarda Cabrera ―madre oficial en la ficción― malquisiera a la pequeña y la dejase crecer asilvestrada entre los sirvientes negros. Y de ahí también la habilidad de Sierva María para imitar el canto de los pájaros o su locura disfrazada de sigilo ―lograba enmudecer hasta los cascabeles que le ponía Bernarda en las muñecas para saber dónde estaba―. Ambas dotes las había heredado de Dulce Olivia, experta cocotóloga que se valía de las pajaritas de papel para mandar mensajes desde el manicomio al resto del mundo, y cuya locura era tan discreta que la gente llegaba a creer que su reclusión era voluntaria. Tal fue el caso del marqués que, encandilado con los mensajes de sus pajaritas, defendía su cordura afirmando que «ningún loco está loco si uno se conforma con sus razones». De haber sido menos pusilánime, se habría casado con la reclusa y, en vez de en una cabalgada nocturna e ilícita, habrían engendrado a Sierva María «a la sombra evangélica de los naranjos».

La mañana de su duodécimo cumpleaños, la marquesita acudió al mercado en busca de cometas variegadas ―de velas verdes, borlas amarillas y colas entretejidas de azul y magenta― para la fiesta de su aniversario. Fue allí donde un perro cenizo con un lucero blanco en la frente se le cruzó en el camino y se produjo la agresión. Edelmira sostiene que la criatura cenicienta no fue la que mordió el tobillo de Sierva María ni la que desbarató a su paso varios tenderetes de fritangas, tal como se afirma en la célebre novela, sino que fue la niña del cinto trenzado la que se abalanzó sobre el animal como una energúmena y le mordió en una pata.

De madrugada había atracado en el muelle negrero un barco procedente de Cádiz y los mercachifles andaban negociando con su carga. En ese momento, estaban subastando una esclava abisinia y los ojos de la gente estaban fijos en sus indómitas exuberancias recubiertas de melaza. Los de Sierva María, en cambio, miraban con embeleso la multicolor algarabía del cargamento de jaulas llegado también del otro lado del océano. Después de contemplarlos un rato en silencio, la niña comenzó a trinar como los cautivos: una miríada de jilgueros europeos con los que el pajarero pretendía hacer un pingüe negocio. Pero la belleza de la trenza de Sierva María y la habilidad con la que imitaba el canto de sus pájaros doblegaron la avaricia del comerciante. De hecho, fue justo al cruzar la niña otra vez el mercado con su regalo en la mano ―una jaulita de mimbre y, en su interior, una jilguera recién pisada con el nido ya dispuesto―, cuando el perro cenizo se aproximó a olisquear la jaula y, por miedo a que le pudiese hacer daño al pájaro, Sierva María le propinó el mordisco.

Un barbarismo que la familia trató de disimular tergiversando la historia. El chucho fue acusado de tener la rabia y, al día siguiente, apareció colgado en la vía pública. Un sacrificio injusto y en balde, puesto que las habladurías sobre la marquesita no cesaron. Los testigos afirmaban, y con razón, que no era el animal ahorcado, sino la niña, quien parecía padecer la rabia. Algunos fueron más lejos, incluso, al asegurar que se había comportado como una posesa. Temeroso de que Sierva María pudiera acabar recluida como su madre en un manicomio, el marqués de Casalduero se adelantó a los acontecimientos y, con la excusa de que aprendiese modales propios de su condición ―la niña se comportaba como cualquier esclava negra―, la internó en el convento de Santa Clara.

El Domingo de Ramos, después de asistir al rito de las palmas, el marqués la llevó a las clarisas disfrazada de «Juana la Loca»: con un traje trasnochado de la abuela, babuchas de terciopelo azul, sombrero de casquivana y la jaulita de mimbre en la mano. Justo antes de traspasar el torno de la entrada, la trenza mal sujeta se le desbarató y el esplendor de su cabellera quedó a la vista. Versada en las astutas tretas del Maligno, la tornera quiso cortar aquella provocativa plétora a ras de cráneo. Pero el marqués le advirtió que era fruto de una manda mariana y a la religiosa no le quedó otro remedio que dejarla avanzar por el claustro con porte y cola de reina. La niña desprendía esa mañana tal encanto que fue dejando tras de sí un reguero de novicias soliviantadas. Con tal de gozar de su favor, las otras niñas ―las aspirantes a clarisas no tenían mucha más edad que Sierva María― no dudaron en quebrantar la férrea disciplina de la orden y, en cuestión de horas, se instauró en el convento una jerarquía nueva e inconfesable.

Las primeras en sufrir las consecuencias del desmadre fueron las guacamayas del patio, cuyo bobo parloteo cesó para siempre el martes santo ―la jaula amaneció vacía y nunca más se supo de ellas―. Siguiendo las indicaciones de la marquesita, las novicias se apresuraron a remozar la pajarera antes del nacimiento de sus nuevos inquilinos. El Jueves Santo, primer plenilunio de primavera, la jilguera de Sierva María puso media docena de huevos; catorce días más tarde, con la luna nueva, nacieron los primeros chivones. A partir de ese momento, las puestas de huevos y las rupturas de cascarones se repitieron con una cadencia lunar tan asombrosa que, en muy poco tiempo, la antigua jaula de las guacamayas volvió a llenarse de vida. Pero, en lugar de con cháchara sin sentido y torpes trepadas por la alambrera, esta vez se llenó de trinos melódicos y gráciles acrobacias. Y aunque ninguna religiosa se atreviese a reconocerlo en público, la desaparición de las guacamayas mejoró la convivencia de la comunidad: las clarisas dejaron de chismorrear en las recreaciones y, emulando a los jilgueros, se dedicaron a la práctica mucho más sana del canto coral.

Sin la compañía bienhechora de las esclavas negras, la herencia recibida de Dulce Olivia afloró con violencia y, de un día para otro, Sierva María se convirtió en obcecada criadora de jilgueros. Su objetivo era adiestrarlos en el difícil oficio de la mensajería cosmopolita. La marquesita y su corte de novicias levantiscas se valían de un viejo globo terráqueo para enseñarles geografía a los pájaros. El resultado no pudo ser mejor: para el equinoccio de otoño, la fama de los mensajeros alados del convento de Santa Clara se había extendido por todo El Caribe. Incluso la propia abadesa, mujer adusta y contraria a cualquier innovación, tuvo que reconocer que el negocio de los pájaros empezaba a ser tan lucrativo como el tradicional de la repostería.

Alentada por el éxito, Sierva María se propuso ampliar los destinos de su escuadrilla. La escasa capacidad de vuelo de los jilgueros se presentaba como un obstáculo insalvable para la mensajería transoceánica. Pero la niña de la cabellera cobriza recordó cómo había llegado hasta la ciudad la madre de sus primeros heraldos y decidió que sus pájaros podían hacer lo mismo. Para la nueva ruta, seleccionó a los ejemplares más robustos y avispados y, aparte de los habituales rudimentos de Geografía, les enseñó cuáles eran los navíos más veloces y cuáles las banderas de allende los mares. Las fragatas y las corbetas que ponían rumbo a Europa se llenaron así de jilgueros que, acordonados como golondrinas en las vergas, cruzaban el océano con los mensajes chasqueando en el viento como si fuesen diminutas banderolas de feria ―Sierva María usaba distinta coloración según la naturaleza del mensaje―. Solo en los días de calma chicha se posaban en la regala y, de tanto en tanto, desentumecían las articulaciones haciendo vuelos acrobáticos. Un espectáculo que servía de pasatiempo al pasaje mientras duraba el recalmón.

Enseguida se corrió la voz y tener una escuadra de mensajeros multicolores a bordo se convirtió en distintivo de travesía rápida y entretenida. De ahí que en las fiestas equinocciales de aquel año hubiese ya armadores que, en vez de acudir al Convento de Santa Clara en busca de sus afamados dulces, lo hiciesen para conseguir que en las vergas de sus barcos se posase el siguiente escuadrón transoceánico de Sierva María. Que la primacía del chocolate aromatizado y las galletitas de anís de las clarisas estuviese en peligro irritó profundamente a la abadesa. No fue ese, sin embargo, el verdadero detonante de la guerra que la religiosa le declaró a la marquesita, sino la influencia nociva que su presencia ejercía en Cayetano Delaura: un joven sacerdote del que estaba prendado medio convento.

Fascinado por la incipiente voluptuosidad de la niña, Delaura había empezado a descuidar sus obligaciones como guía espiritual de las clarisas. Desde que la jaula del patio se llenó de trinos y colores, había frecuentado más Santa Clara. Pero pasaba tanto tiempo respondiendo a los gorjeos de Sierva María y sus pájaros con los versos impíos de Salinas y de Garcilaso que la atención a su rebaño era cada vez peor. La abadesa interpretó aquella suerte de hechizo como una prueba irrefutable de que la niña y sus heraldos eran solo un subterfugio del Maligno para tentar al sacerdote. Se aferró a la idea calumniosa de que los recitales del patio no eran tan inocentes como aparentaban y, de un día para otro, recluyó a la marquesita en el pabellón de «las enterradas vivas» y desperdigó a su corte de novicias levantiscas por los conventos de medio mundo.

Todo sucedió tan deprisa que en su siguiente visita, ajeno aún a lo ocurrido, Cayetano Delaura entró en el patio declamando, con voz atiplada, el que era ya su habitual saludo: «Abrir los ojos y ver, sin falta ni sobra, a colmo en la luz clara del día, perfecto el mundo, completo.». Pero descubrir aquella soledad inesperada ―la jaula estaba vacía y de la niña ni rastro― le causó tal desolación que de sus labios brotó espontáneamente otra estrofa de Salinas: «Cerrar los ojos y ver incompleto, tembloroso, de será o de no será, sin luz, sin gracia, sin orden, un mundo sin acabar, necesitado.». Interpretó, no obstante, aquel infortunio como una advertencia del Todopoderoso y aceptó el nuevo orden con una resignación y un servilismo que la niña no supo ni quiso entender.

Resulta cuando menos sospechoso que fuese un perro ceniciento con un lucero blanco en la frente quien propiciara el encierro de Sierva María en el convento de las clarisas; un joven sacerdote con un mechón blanco en la frente quien desencadenara su reclusión en el edificio de las enterradas en vida; o que el día de su encierro la niña tuviese cobijado en el bolsillo un pollo de jilguero con un ocelo blanco en medio del rojo carmesí del antifaz. Máculas, todas ellas, por las que los respectivos padres habían abandonado a sus crías y, lo que es aún más importante, sin las cuales quizás no habrían formado parte de la vida de la marquesita. Pero lo cierto es que los caminos del destino son inescrutables y que, cuando encerraron a Sierva María en la celda, llevaba en el bolsillo al polluelo repudiado y, a partir de ese momento, su crianza y adiestramiento se convirtieron en el leitmotiv de su vida de reclusa.

Cada día, la niña se despertaba con el canto del pájaro y, tras devolverle el saludo y asomarse a la ventana para ver de qué color estaba ese día el mar, le enseñaba geografía al jilguero en un mapamundi improvisado en el suelo con los objetos más diversos. En concreto, la posición de algunos accidentes geográficos, como las grandes cordilleras montañosas o los ríos más largos, la marcaba con sus propios cabellos; las ciudades, con cascaras de frutos secos; las islas, con plumas de su compañero. Luego le mostraba desde la ventana cuáles eran los navíos más veloces y las banderas de allende los mares para que aprendiese a elegir sus futuros medios de transporte. Una vez el jilguero estuvo adiestrado, Sierva María eligió una cinta rosa ―el color de los sentimientos sinceros― y escribió en ella unos versos aprendidos de Delaura. Luego se la colgó de una pata y se aseguró de que no le molestase al volar. En el siguiente plenilunio, abrió la ventana y, con un cariñoso «vuela pajarillo, vuela, vuela…» y un tajante «cuando lo encuentres, tráemelo», le ordenó partir en busca del amor prometido por Garcilaso.


2. El niño normando

En un atardecer lluvioso de diciembre, en uno de los barrios obreros de Ruan, Han O. Nimes se entretenía en perseguir con el dedo índice las gotas de lluvia que se deslizaban por el cristal de la ventana. Aguardaba la llegada de su padre. Panadero de profesión, el padre de Han era también visionario y cada día regresaba a casa con una historia nueva. Y no es que tuviese una imaginación prodigiosa, no. De hecho, solo tenía visiones mientras andaba con las manos en contacto con la masa de pan. Un molesto contratiempo, por cierto, cuando se le echaba el tiempo encima y tenía que meter los panes en el horno con la historia sin acabar. Conocedor de que la harina era la causante de sus videncias, la compraba de procedencias diversas. Y para asegurarse tener cada noche un “chisme” nuevo para su hijo, amasaba el pan cada madrugada con harina de un saco diferente.

Las aletas de la nariz de Han se elevaron reiteradamente. Aunque no lo había oído entrar ―la harina adherida a las suelas de sus zapatos volvía sus pasos muy sigilosos―, el olor a pan recién hecho le informó de que se encontraba a su espalda. «Un hombre partido es la media silueta», le anunció con voz solemne. «Se distingue pronto porque no camina. ¡No sabría hacia dónde hacerlo!», añadió a continuación. Han se imaginó a ese hombre incompleto e indeciso convertido en guardacantón y, al ver que seguía lloviendo, se compadeció de él. «Los hombres partidos solo transcurren, como espíritus de viento que solo logran frenarse cuando encuentran en su camino alguna maceta mal puesta», sentenció esta vez el panadero. Han miró con desaliento la alineación perfecta de las plantas de su madre y concluyó que, con semejante disciplina castrense, nunca lograrían detener a un hombre partido.

En cuanto se quedó solo, el niño normando abrió la ventana y desordenó las macetas. Esa noche se fue a la cama con la ilusión de que al día siguiente habría alguna media silueta atrapada entre las macetas maternas. Su padre le había explicado que un poeta era una ventana abierta al mundo. De ahí que en los días lluviosos, cuando los cristales se empañaban, las palabras de los poetas se volviesen opacas. Han dio por hecho que al levantarse hallaría en el alfeizar un poeta partido en dos y encima tartamudo. Soñó, sin embargo, que se levantaba a media noche y encontraba en la ventana un hombre con dos perfiles distintos y un extraño artilugio en la cabeza. Aquel espectro parecía ser el resultado de dos hombres partidos que, cansados de vagar solos e incompletos en busca de un tiesto mal puesto, habían optado por compartir destino.

Todavía en sueños, Han volvió a ver al hombre de las dos siluetas y la espita en la coronilla trabajando en su taller. Era un lugar húmedo y polvoriento pero también muy acogedor. Cuando se aproximó a la mesa de trabajo, le sorprendió que ninguna de las mitades correspondiese a la de un poeta. Mirado desde el lado izquierdo era un orfebre que espantaba la soledad fabricando cientos de pescaditos de oro; si lo miraba desde el lado derecho, un pescador de ojos garzos confeccionando boyas multicolores de madera de balsa. De súbito, un repiqueteo en los cristales de la ventana del taller hizo que las dos medias siluetas levantaran la cabeza al unísono y miraran hacia el exterior. Estaba nevando y, en medio de aquel resplandor velado, una niña que caminaba arrastrando su larga cabellera cobriza como si fuese la capa de una princesa. En realidad, era una nevada de pajaritas de papel que, con un aleteo entrecortado de autómatas, se fueron posando en la melena de la niña hasta convertirla en una novia prematura. Y en estas, rompiendo de golpe la blanca monotonía, un pájaro de vivos colores entró en el campo de visión y, tras hacer unos cuantos requiebros, se posó en el hombro de la novia.

Al despertarse, Han concluyó que cualquiera de los protagonistas de sus sueños sería mejor compañero de juegos que un poeta de palabras opacas. Ilusionado como si estuviesen en la mañana de Reyes, corrió a la ventana. Pero entre las macetas de su madre Han no encontró al poeta de lengua torpe ni al hombre de los dos perfiles ni a la niña de la melena rojiza. No. Lo que Han encontró aquella mañana entre los tiestos de la ventana fue un jilguero con un lucero blanco en la frente. Tenía el plumón empapado y erizado por el frío. Lo acunó entre sus manos y, en cuanto entró en calor y el plumaje se le aplacó, descubrió un mensaje adosado a una de las patas: «Por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de morir, y por vos muero», leyó antes de enrojecer como nunca antes lo había hecho. Luego miró el reverso de la misiva y se encontró con una orden que le disipó cualquier duda: «¡Tráeme la tiorba!».

El padre de Han tenía una antigua tiorba, comprada tiempo atrás a un marinero llegado de allende los mares. No la sabía tocar y, sin embargo, la guardaba como el mejor de sus tesoros porque en una de sus visiones había conocido a su anterior dueña. Una niña de ojos azules y una larga melena cobriza de la que era imposible no enamorarse. Se hallaba encerrada en una celda del convento de las clarisas de Cartagena de Indias, aguardando a que un niño llamado Han le devolviese su tiorba. Al regresar esa noche de la panadería, su mujer se hallaba de parto y, esa misma madrugada, dio a luz un crío de pelo abundante y de un negro muy intenso. Y en cuanto el recién nacido emitió su primer runruneo gutural ―un bordoneo similar al tono más bajo de la tiorba―, el panadero comprendió que tenía en sus brazos a Han.


3. La nueva Pasifea

Tras el rezo de las vísperas, sor Ariadna se asomó a la ventana de su celda. El jardinero continuaba cavando en el jardín con el torso desnudo y vérselo la turbó. Como era habitual, el pájaro se hallaba posado en su hombro y saludó a la novicia con uno de sus trinos más alegres. Sor Ariadna había aprendido a distinguir el significado de cada uno de sus gorjeos durante el primer año de noviciado en el convento de las clarisas de Cartagena de Indias. El jilguero solía lanzar un chin seco, que denotaba alarma, cuando la priora se aproximaba a la pajarera del patio. A ella, en cambio, le daba la bienvenida con aquel gorjeo, mucho más alegre y sostenido, que tenía la virtud de levantarle el ánimo. Que buena falta me hace, pensó mientras se apartaba de la ventana.

Concluidas las completas, sor Ariadna se acostó convencida de que por fin esa noche dormiría sin sobresaltos. Por la mañana había mantenido una larga charla con su confesor y, después de escuchar sus consejos y recibir la absolución, dio por hecho que el asunto había quedado zanjado. Una suposición sumamente candorosa, ya que la entrevista con el sacerdote no hizo otra cosa que avivar aquellos sentimientos tan impropios de una futura clarisa. La pesadilla había vuelto, pues, esa noche y con mayor virulencia. De ahí que el toque de maitines la sorprendiera de nuevo en plena efervescencia amorosa.

Terminadas las completas, sor Ariadna se metió en la cama confiada en pasar una noche sin sobresaltos. Por la mañana había mantenido una larga charla con su confesor y, después de escuchar sus consejos y recibir la absolución, había supuesto que el asunto quedaba así zanjado. Pero… ¡cuánta candidez y cuanta inexperiencia había detrás de esa suposición! Las pesadillas no solo volvieron esa noche sino que lo hicieron con más virulencia, como si la conversación con el sacerdote hubiera removido aún más esos sentimientos tan impropios de una aprendiz de clarisa. De hecho, el toque de maitines la cogió en plena efervescencia amorosa.

Todo había empezado unas semanas atrás de forma tan inocente como fortuita. El jardín del convento estaba muy abandonado y las enredaderas, después de años asilvestradas, ahora amenazaban con derrumbar la tapia. Dio la casualidad de que un joven extranjero llamó a la puerta del convento en busca de trabajo. Natural de Ruan, Han se encontraba en Cádiz de paso hacia Cartagena de Indias y necesitaba dinero para comprarse el pasaje del barco. Los buenos modales y, puede que también, la buena planta ―el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil (Marcos 14, 38)― habían hecho que la priora lo aceptase como jardinero.

El tiempo de recreación de después del almuerzo lo pasaba sor Ariadna en el jardín canturreando a coro con los pájaros. Había adquirido aquella afición en el coro mixto de jilgueros y novicias que dirigía Sierva María de Todos los Ángeles en el convento de Cartagena de Indias. Un solaz inocente al que la abadesa de allende los mares había puesto fin abriendo la puerta de la pajarera del patio y dispersando a las novicias por medio mundo. En el caso de sor Ariadna su destino había sido el convento de las clarisas de Cádiz, ubicado en un edificio menos suntuoso que el de la otra orilla del océano, pero con vistas a un mar en apariencia idéntico al otro. Y aunque a su llegada se había sentido sola e incluso había dudado de su vocación, aquellos ratos en el jardín habían sustituido a los que pasaba junto a la pajarera de Santa Clara y su ánimo se había serenado.

La contratación del jardinero no había alterado la costumbre de Sor Ariadna de retozar por el jardín después de los almuerzos. Ocupada en asuntos más perentorios, la priora no fue consciente de que aquello violaba la norma de clausura, ni tampoco se le pasó por la cabeza que pudiera suponer un peligro para la novicia. En la primera sobremesa compartida, la mutua timidez hizo que, al verse, él agachase la cabeza para continuar con la poda de las enredaderas, y que ella se refugiase a la sombra de un algarrobo para observar desde allí cómo se peleaba con las madreselvas. Pero la mutua juventud y la avidez de compañía provocaron que en la segunda sobremesa se miraran ya a la cara e intercambiaran un saludo, y que en la tercera entablasen conversación.

Al enterarse de que era oriunda de Cartagena de Indias, el jardinero le habló de la niña que había visto en sueños y del mensaje que le había hecho llegar atado a la pata de su actual compañero. Sor Ariadna dedujo enseguida que Han había soñado con Sierva María y que el jilguero era uno de los mensajeros alados que la marquesita criaba en la pajarera del patio y que, una vez adiestrados, surcaban el mar posados en los mástiles de los barcos y con los mensajes de sus patas ondeando al viento como si fuesen diminutas banderolas. El muchacho le contó que su padre era panadero y tenía visiones mientras amasaba el pan. Al regresar una tarde de la panadería, le había hablado de un convento de clausura de la ciudad de Cádiz en cuyo jardín las madreselvas habían crecido tanto que estaban a punto de derribar el muro. Y le había explicado también que no era casual que aquellas enredaderas asilvestradas estuviesen en trance de derrumbar la valla, puesto que eran las cómplices necesarias del minotauro que vivía en el sótano del edificio.

Sor Ariadna no conocía la leyenda del hijo de Pasifae y del toro blanco de Creta y, al escuchar su nombre, las preguntas se sucedieron las unas a las otras en cascada. Que la esposa del rey Minos se hubiese ocultado en el interior de una vaca de madera para ser fecundada por un toro se le antojó un despropósito. Que el minotauro viviera oculto en un laberinto le recordó el pabellón de las enterradas vivas del convento de Cartagena de Indias y no le extrañó demasiado. Pero que la heroína se llamase Ariadna fue lo que hizo que las preguntas se multiplicasen y que Han terminara haciéndola partícipe del secreto que le había confiado su padre: el encuentro entre Pasifea y el toro de Creta no había sido el único entre una mujer y una bestia; o dicho de otra manera, después del laberinto de Knosos, había habido otros muchos, estando el último ubicado precisamente en el sótano del convento.

La confidencia dejó a Sor Ariadna cavilando. Nadie le había hablado nunca del sótano y mucho menos de la existencia de pasadizos subterráneos en el mismo. La primera vez que estuvo en la sacristía, había visto al fondo de esta una oquedad en el suelo cubierta con una reja que se hallaba cerrada con candado. Se había arrodillado y, con las manos en las sienes a modo de anteojeras, había logrado ver unos escalones muy empinados adentrándose en una negrura cada vez más impenetrable. Desde entonces no se había vuelto a acercar a la trampilla; ni tampoco se había atrevido a preguntarle a nadie qué había al final de las escaleras. Pero la charla de esa tarde con el jardinero había soliviantado su curiosidad y aprovechó la recreación de la noche para sonsacar a la religiosa más veterana del convento que, a punto de convertirse en centenaria, seguía teniendo una excelente memoria. La edad le había además soltado la lengua y Sor Primitiva se había vuelto una conversadora imprudente y parlanchina.

¿Que qué había allí abajo? Un laberinto antiquísimo, le respondió la anciana sin titubeos. Luego pareció ensimismarse en algún recuerdo lejano y los ojos se les volvieron risueños. De vuelta al presente, miró a la novicia con condescendencia y pareció dudar. Pero apartó la duda con un gesto de la mano, como si esta fuese una mosca molesta, y le sugirió a sor Ariadna que bajase a verlo ella misma. Desde que sor Primitiva le había hecho esa sugerencia, la joven tenía pesadillas nocturnas en las que ella encarnaba el papel de la Ariadna de la leyenda, si bien teniendo un mayor protagonismo porque se enfrentaría al minotauro en solitario.

Cada noche las cosas solían ocurrir siempre de forma parecida. En un primer momento, sor Primitiva la acompañaba hasta la reja de la sacristía y, tras pedirle que le diese recuerdos de su parte al minotauro, le entregaba una antorcha encendida. Con el jilguero posado en el hombro y la tea en la mano, Sor Ariadna comenzaba el descenso. En el primer descansillo de las escaleras, una novicia muy joven, casi una niña, miraba hacia su hombro y, con lágrimas en los ojos, le suplicaba que no llevase al pájaro. Con una voz engolada que ni siquiera ella reconocía como suya, sor Ariadna le replicaba que el jilguero era su conciencia y que no se podía separar de él porque iba a necesitar sus consejos. Caía entonces en la cuenta de que era una suerte tener allí una virgen auténtica por si acaso esa noche el cautivo se mostraba melindroso. Y como si le hubiese leído el pensamiento, la monja niña se protegía instintivamente con las manos esos pechos incipientes que nadie había tocado aún.

«¡Necesitas un teseo!», le susurraba el pájaro al oído. No, ella no, negaba con orgullo mientras seguía bajando las escaleras. Pero en el siguiente rellano estaba él y verlo le hacía sentirse débil y sola. «Este hombre me ha arruinado la soledad», se lamentaba mientras proseguía el descenso. Un olor ancestral le recordaba entonces lo que le aguardaba al pie de la escalera y, como en esas circunstancias tres son una multitud, con denuedo inopinado, la nueva Ariadna exclamaba: «¡Vuela, pajarito, vuela…!». El jilguero levantaba enseguida el vuelo para posarse sobre el musculoso hombro de quien, incauto, todavía se imaginaba ser el héroe necesario de la leyenda. El pájaro le susurraba algo al oído y el jardinero se echaba a reír. «¡Pobre Teseo!, si supieras cómo pesa tener la voz de la conciencia tan cerca, no reirías», exclamaba una sor Ariadna que, ya desinhibida, avanzaba por las galerías en pos del irresistible olor que inundaba el laberinto.

Eso era lo que le había confesado a su director espiritual la víspera tratando de poner fin al asunto. Pero la nueva Pasifae ha calculado mal sus fuerzas y se vuelve a despertar oliendo a flor de algarrobo. Entiende al fin que también ella necesita un teseo y, esperanzada, abre la ventana de la celda y se asoma a un día soleado y alegre. Un día que está a punto de convertirse en trágico en cuanto vea que la tapia está ya limpia de enredaderas y que el jardinero se ha marchado. Habrá de seguir enfrentándose a su tormento en solitario y se tapa la cara con las manos para no ver el muro recién encalado. La mujer que hasta ahora ha tratado de sofocar con los hábitos llora por primera vez. Lo hace, sin embargo, de forma serena. Está convencida de que lo peor ha pasado. Ahora ya sabe que su destino es florecer como los algarrobos y no habrá más luchas nocturnas en balde.

Y en ese momento de honda soledad ― todo lo que tiene es una tapia recién encalada, un jardín desierto y un laberinto onírico en el sótano―, mas también de extrema clarividencia, al igual que antaño hiciera sor Primitiva, ella acepta ser la nueva Pasifae a fin de que no se extinga la estirpe de los minotauros.

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Memorias inconexas :60: El niño del tirachinas

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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por Estrella de mar » 31 Mar 2017 18:36

Lo de graciosilla poética me va niquelao. 8)

Con lo del tema de volar, y tanto que sí. Me imaginaba a su lado, como presencia invisible. Recuerdo que pensé que sería un libro apasionante para los pilotos que tienen el venenito de volar en las venas.
Sí, sí es justo la manita que el hombre corazón se amputó un día
:o
Ya es carnaval en el cielo.
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jilguero
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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 01 Abr 2017 14:24

El Macondo de Azul (continuación)


4. El pescador anacrónico

Dos siglos después, la tapia del convento seguía en pie, si bien las enredaderas parecían estar de nuevo a punto de derribarla. Como cada mañana, la singular pareja bordeó el murete y se encaminó hacia la Alameda Apodaca. Él, un anciano sentado en una silla de ruedas y con una bolsa de pesca colgada en bandolera; ella, su hija empujando la silla y con una mochila azul en la espalda.

Al pasar junto a la tapia, ella miró un día más las madreselvas con cierta aprensión y aceleró la marcha. En el paso de cebra giró la silla y comenzó a caminar marcha atrás. No tenía fuerzas suficientes para hacer que las ruedas delanteras subieran los bordillos y de ahí que siempre cruzase la calle de espaldas. Ese detalle solía desconcertar a los conductores, quienes daban por hecho que avanzarían en sentido contrario al que en realidad lo hacían y terminaban dando un frenazo para no atropellarlos.

Esa mañana apenas había tráfico y el cruce de calle transcurrió sin sobresaltos. Se acercaron pronto a la baranda y el pescador agachó la cabeza para mirar el nivel del agua por entre los balaustres. El lugar le pareció idóneo y, sin previo aviso, accionó el freno de la silla. ¡Pescar a pleno sol en agosto! ¡Qué despropósito!, pensó ella. Trató de convencerlo de que era mejor buscar una sombra. Pero el pescador, testarudo, se negó a moverse del sitio que había escogido como puesto de pesca. Ella prefirió ser práctica y, en vez de iniciar una discusión inútil, abrió la sombrilla.

El artilugio era de un cochecito de bebé y lo había ensamblado a la silla pensando precisamente en su terquedad. El pescador había sido un hombre muy alto y, aunque la edad lo había achicado mucho, bajo aquella sombrilla diminuta tenía un aire pintoresco. Los turistas solían sonreír al verlo y algunos incluso le pedían permiso para inmortalizarlo en una instantánea. Pero a él le daba igual lo que los demás pudiesen pensar y, con la ilusión de un chiquillo, comenzó a sacar los arreos de la bolsa de pesca.

Ella buscó la sombra de los ficus centenarios que, traídos un siglo atrás de allende los mares, formaban ya parte del paisaje de la Alameda Apodaca. Antes de sentarse en uno de los bancos, contempló el azul perfecto ―salvo por la estela blanca de un carguero― del mar y suspiró complacida. Sacó entonces el lector de la mochila y, tras echarle una mirada a su padre y comprobar que todo estaba en orden, se enfrascó en la lectura.

Desde la silla de ruedas el pescador vigilaba la punta de la caña con un celo desmedido. Siempre le había gustado hacer las cosas con el rigor y la minuciosidad de un buen profesional. Cuando antaño podía pescar de pie, primero inspeccionaba el agua con las gafas polarizadas y, según el tipo de peces a la vista, así montaba los aparejos. Ahora, en cambio, se veía obligado a pescar sentado y la barandilla no le dejaba ver el agua. No pescaba sin embargo a ciegas, puesto que ahora el extremo de la caña era su bastón de ciego, sus nuevas gafas polarizadas.

La punta de la caña vibró ligeramente y los brazos del pescador se tensaron. Necesitaba aquilatar la intensidad y la cadencia de las sacudidas para saber a quién se estaba enfrentando. El movimiento de la punta era frenético pero su curvatura pequeña: «¡Otro llaverito más!» exclamó decepcionado. «Pequeño pero matón», añadió poco después cobrando cierta ilusión al notar que se resistía. Seguro que era un bodión que había mordido el anzuelo y luego se había escondido entre las rocas. «¡Mal asunto!», murmuró mientras intentaba recoger el sedal y lo único que conseguía era tensarlo. Pese a que lo hizo con mucho cuidado, el hilo se rompió y perdió el aparejo completo.

Gajes del oficio, pensó resignado mientras abría la bolsa de pesca y se disponía a montar un nuevo aparejo. Pero de repente perdió el control y el cuerpo se le fue hacia un lado. Por fortuna el mango de la sombrilla se hallaba en la trayectoria de la cabeza y le sirvió de punto de apoyo. ¡Cómo se había encrespado el mar en un momento! ¡Menudo mareo le había entrado! Seguro que el de su Graciosa Majestad estaba a punto de atacar a la Armada Española para hacerle una escabechina de las suyas… ¡Qué cosa tan rara! ¿Cómo era posible semejante resplandor estando en el Canal de la Mancha y en mitad de un temporal?

¡Qué equivocación tan tonta acababa de tener! Había confundido las olas de la bahía con las que le bailoteaban dentro de la cabeza desde la infancia. Gracias a Dios se encontraba pescando en la Alameda Apodaca y allí, en agosto, aquel relumbrón era normal. Después de tantos años de pasar allí los veranos se conocía aquellos fondos como la palma de la mano. Aunque de poco le servía tanto conocimiento ahora que se veía obligado a pescar desde la silla. La distancia a la que era capaz de lanzar el aparejo sentado era mucho menor y las buenas piezas quedaban fuera de su alcance. Ya solo podía aspirar a que le picaran «llaveritos» no mucho más grandes que los duros antiguos del famoso tanguillo. Mojarritas, sarguitos, bodiones… Muy vivos, muy brillantes. Preciosidades, sin duda, pero totalmente inadecuadas para un pescador veterano.

Soliviantado por el recuerdo de los viejos tiempos, trató de mirar por encima de la baranda hacia el oasis de pesca que ahora sabía inalcanzable. Pero pensar en las buenas piezas nadando fuera de su campo de acción no le provocó esta vez la frustración acostumbrada. Se encontraba en un raro estado de gracia que le permitía conformarse con suma facilidad. De hecho, entre los balaustres vio un barco camino de la bocana de la bahía y eso le hizo olvidarse de todo lo demás. Aunque a diario pasaban por allí embarcaciones de todos los tipos y de todos los tamaños, era la primera vez que lo hacía una fragata tan antigua. Como buen autodidacta, tenía un saber de corte enciclopédico y, nada más ver los tres palos y el enorme velamen cuadrangular de la embarcación, supo que era del siglo XVIII. ¡Qué curioso: hasta el pasaje iba vestido de época...! ¿Qué harían aquellos locos navegando tan a destiempo?

Desde niño estaba convencido de que en el interior de su cabeza tenía un mar en miniatura. Un mar con sus olas y sus mareas, con sus faros y sus barcas de madera varadas en la arena. No le faltaba de nada. Un compañero de pesca le había contado que tenía en casa la bahía en una ensaladera y, navegando en ella, una barquita con niño poeta. En su mar, en cambio, había hasta una Armada Invencible a escala y siempre dispuesta a enfrentarse a las naves de su Graciosa Majestad. Lo había descubierto por casualidad, mientras su padre le describía una de las batallas navales a las que era tan aficionado. Entre sus antepasados había un afamado marino de cuyas gestas estaba muy orgulloso. No podía sin embargo jactarse de ellas en público debido a que, si bien los británicos lo consideraban un valeroso servidor de su Graciosa Majestad, para los españoles no dejaba de ser un corsario belicoso y rufián.

El pescador era consciente de que había heredado de su antepasado paterno una imagen dual. Sabía que los adultos siempre lo habían considerado un don nadie y, sin embargo, entre los niños pasaba por ser un vivero de entretenimientos. ¡Lo que habían disfrutado sus hijos la vez que decidió dedicarse a la cría de mantis religiosas! Les construyó una jaula enorme de madera. Una especie de cenobio en miniatura, con multitud de celdillas contiguas y una tela metálica fina como cierre frontal. El plan era alojar en cada celda un macho y una hembra para proporcionarles la necesaria intimidad. Un intimidad falsa, en realidad, puesto que pretendía presenciar sus escarceos amorosos a través de la rejilla metálica. Los niños recibieron la noticia con entusiasmo y se implicaron de lleno en el proyecto. Fueron ellos quienes cazaron a los futuros progenitores, y quienes se ocuparon luego de peinar a diario los rastrojos en busca de grillos y saltamontes con los que alimentarlos. Y cuando llegaron los esperados acoplamientos y las hembras decapitaron a los machos en pleno abrazo amoroso, los niños aprendieron la facilidad con la que en la naturaleza la vida y la muerte se encabalgan.

¿Qué estaría ocurriendo a bordo de la fragata para que hubiese tanto trasiego? Espoleado por la curiosidad, el pescador amusgó los ojos. ¡Qué barbaridad, con qué nitidez veía ahora las cosas! ¡Ni que estuviese mirando a través de unos prismáticos! La escena le resultaba familiar... Sentado en una bita de la popa había un joven tocando un instrumento de cuerda. Una especie de guitarra de caja ovalada y con doble clavijero. Tirando una vez más de sus conocimientos enciclopédicos, el pescador concluyó que se trataba de una tiorba italiana. Y hasta creyó distinguir un leve y mal acompasado bordoneo entre el continuo batir de las olas en la escollera. Un aprendiz de trovador, concluyó sin titubeos.

De adolescente había recibido clases de viola y estaba familiarizado con los instrumentos de cuerda. Tenía, además, muy buen oído y de casado había aprendido él solo a tocar el piano, el acordeón y la armónica. Mientras los niños fueron pequeños, habían vivido en el campo. Una vida muy saludable pero también muy solitaria, en la que su destreza musical había servido de esparcimiento a la familia. Sobre todo en el verano, cuando al anochecer se sentaban todos en los escalones de la entrada de la casa y él interpretaba con el acordeón un amplio repertorio de piezas musicales. «¡El Danubio azul!», «¡Los niños de El Pireo! », «¡La Barcarola! », «¡Para Elisa! », «¡Tristeza…!», gritaban los niños en un tono desaforado, como si creyesen que elevar más la voz les ayudaría a ser los primeros en adivinar el nombre de la melodía que él estaba interpretando.

¡Qué tiempos tan buenos habían sido aquellos! A lo largo de la vida, había tenido multitud de ocupaciones y a cada una de ellas se había consagrado con la dedicación de un buen profesional. Amaba la vida y esa era su manera de disfrutarla y de aferrarse a ella. Pero, aun en contra de su voluntad, había tenido que ir renunciando una tras otra a la mayoría de sus aficiones. La pesca, sin embargo, la había conservado. Una suerte, sin duda, pues desde que se hallaba impedido pescar se había convertido en su tabla de salvación.

La pesca no solo consistía en lanzar con la caña el anzuelo y esperar a que los peces picaran. No. La pesca empezaba mucho antes, en casa, con la preparación de los avíos. Las boyas, sin ir más lejos, tenían una importancia nunca bien ponderada por los fabricantes del ramo. Ni siquiera en las tiendas especializadas era posible encontrar el abanico de posibilidades requerido por un picado de su ralea. Una carencia que le había obligado a convertirse en su propio proveedor de boyas. Las tallaba a partir de barras y planchas de madera de balsa. Luego las sumergía en pintura y las dejaba secar colgadas de unas perchas que él mismo fabricaba. Y una vez secas, las bautizaba escribiendo sobre cada una de ellas una advocación mariana.

Cuando la segunda de sus hijas lo veía en plena faena, a menudo le recordaba lo mucho que se parecía a Aureliano Buendía. No había leído Cien años de soledad, pero sabía por su hija que Aureliano era también autodidacta y un manitas como él. Aunque la especialidad del colombiano no eran las boyas sino los pescaditos de oro. Pescaditos con los que Aureliano planeaba repoblar el mar a medio derramar que también a él le bullía en la cabeza. Tantas coincidencias con el orfebre caribeño le habían llevado a fantasear de vez en cuando con la posibilidad de buscarlo en la otra vida y, una vez lo encontrase, formar con él un tándem perfecto y fecundo.

¡Albricias! Acababa de comprender por qué aquella fragata le resultaba tan familiar. Mientras duraron las clases de viola, solía tener un sueño recurrente en el que ocurría algo muy parecido. Soñaba con que era ya por la mañana y, después de desayunar y de lavarse los dientes, se iba al muelle a pescar. Pero, una vez en el puerto, se embarcaba rumbo a América en una embarcación idéntica a la que ahora tenía delante. Durante el viaje, conocía a un joven empeñado en aprender a tocar una tiorba italiana. Y aunque él prefería pasar el tiempo pescando desde la borda, a veces se compadecía del trovador y le enseñaba lo que ese día había aprendido en la clase de viola.

Pero… ¿qué hacía él sentado también en otra de las bitas de aquella fragata del siglo XVIII? El tiempo se debía estar derritiendo por culpa del calor y por eso chorreaba como en los relojes blandos del cuadro de Dalí. ¿Cómo explicar si no que, momentos antes, el de su Graciosa Majestad anduviese haciendo otra vez de las suyas en el Canal de la Mancha, y ahora fuese él quien se hallaba navegando por la bahía con el trovador de su antiguo sueño?

¡Qué mareo! Con el mar tan revuelto a la Armada Invencible no le iba a quedar otro remedio que enfrentarse una vez más a las inclemencias del tiempo. Los de su Graciosa Majestad se debían estar ya frotando las manos. ¡Menuda tormenta se le había desatado en la cabeza! Aquel barullo, sin embargo, le había puesto de muy buen humor. Tan bueno que a punto estaba de pedirle al colombiano que le fuese haciendo hueco en su mesa de trabajo...

La mujer de la mochila azul levantó la vista del lector y contempló por unos segundos el mar en calma. Un día soleado y bochornoso como otros muchos del verano. ¡Qué terco era su padre! ¿A quién se le ocurría empeñarse en pescar al sol en pleno agosto? Lo buscó con la mirada y le extrañó verlo con la cabeza inclinada hacia un lado. Era la primera vez que se quedaba dormido mientras pescaba. Aunque con aquella solanera igual no estaba durmiendo sino insolado. No debería haberlo dejado salirse con la suya, se reprochó a sí misma mientras se encaminaba hacia la silla.

Cuando estuvo a su lado, le zarandeó el hombro con suavidad para no sobresaltarlo; pero el pescador no reaccionó. Le enderezó entonces la cabeza y le presionó con un dedo la zona de la yugular. Aunque la ausencia de pulso le alarmó, procuró serenarse y buscárselo en la muñeca. Fue también en balde y, de manera inexplicable, en lugar de pedir ayuda, levantó la vista al frente y, con una frialdad que después le haría sentirse culpable, contempló cómo la extemporánea fragata abandonaba la bahía. Y como si supiera lo que no podía saber, se preguntó si al Caronte de aquella nave le bastarían como pago los «llaveritos» que solía pescar su padre o si sería conveniente ponerle, además, algunos versos bajo la lengua.


5. Romeo y Julieta

Tres plenilunios más tarde de dos siglos atrás, el velero en el que partió Han de Cádiz arribó al puerto de Cartagena de Indias. La travesía se había prolongado más de lo habitual por culpa de los frecuentes recalmones. Pero, como no hay bien que por mal no venga, la tardanza le había dado la oportunidad de practicar con la tiorba lo suficiente como para controlar el doble clavijero y rasguear sus cuerdas con cierta destreza. Y esa misma noche, con la impaciencia de quien se sabe romeo de una todavía desconocida julieta, aprovechó la marea baja para dar su primera serenata al pie del muro del pabellón de «las enterradas vivas».

Al escuchar la música, algunas reclusas se asomaron a la ventana, mas solo a una de ellas se le iluminó el rostro cuando vio al pájaro en el hombro del trovador. Una vez la tiorba se calló y las cabezas desaparecieron, una especie de maroma trenzada descendió muro abajo. Han reconoció de inmediato la trenza cobriza del sueño y trepó por ella sin titubeos. La serenata se repitió otras muchas noches en privado, en el interior de la celda, hasta que una interna envidiosa los delató y la abadesa ordenó enrejar la ventana de Sierva María. No obstante, los acordes de la tiorba siguieron sonando en la playa; es más, hubo noches sin luna en las que la maroma del sueño se descolgó de nuevo y el niño normando trepó por ella para acariciar el rostro de la marquesita a través de la reja.

Una dicha a la que, en una noche de mar embravecida y oscura, puso fin una ola traicionera. Persuadida de que el trovador regresaría en una barquita de papel azul con rayas, la niña se acodaba en la ventana y, con las manos entrecruzadas bajo la barbilla, vigilaba el horizonte. Llegó, con todo, el día en que perdió la esperanza y el azul del mar dejó de brillar en sus ojos. Su compañero de celda trató de consolarla con sus trinos y sus piruetas, pero fue en balde: la niña dejó de comer y sus noches se quedaron sin luciérnagas. La víspera de su decimotercer cumpleaños, las clarisas entregaron al marqués su cuerpo amortajado con la misma ropa de un año atrás. Pero su delgadez era para entonces tan extrema que el traje entallado de la abuela, las chinelas de terciopelo azul y el sombrero de casquivana le quedaban enormes. Lo único que no le devolvieron al marqués fue la jaulita de mimbre que se quedó arrumbada en un rincón de la celda. Aunque la viuda de Mendiluce mantiene que, cuando bajaron el cadáver a la cripta para las exequias, el pájaro iba acurrucado entre las manos entrelazadas y el pecho de Sierva María.

Antes de poner el punto final al texto, Edelmira decidió visitar la prisión de la marquesita. Buscaba disipar la bruma que le había impedido ver lo que, dos siglos atrás, ocurría en aquella celda las noches en las que la cautiva arrojaba por la ventana su larga trenza cobriza y el niño de la tiorba trepaba por ella. Ese pabellón del antiguo convento funcionaba a la sazón como orfanato regentado por las Hermanas de la Caridad. Le explicaron que, por precaución ―por si acaso los vestigios del Maligno seguían en ella―, la antigua celda de Sierva María no se hallaba en uso. Pero una generosa dádiva de la viuda las hizo mostrarse muy comprensivas.

Al abrir la puerta de aquel sanctasanctórum ―único reducto que se había resistido a su clarividencia―, Edelmira encontró dentro a un niño de pelo muy negro y con flequillo que, mientras miraba el mar desde la ventana, rasgueaba las cuerdas de una tiorba. Eran unos acordes tristes, melancólicos, como si aquel huérfano ―la biógrafa supuso que era un interno del orfanato― estuviese recordando las caricias perdidas de su madre o, lo que viene a ser lo mismo, las de su primer amor. Al notar su presencia, el niño dejó de tocar y giró la cabeza. La viuda vio también la luz del mar reflejado en sus ojos. Pero no era el fulgor azul que tantas veces había visto en los ojos de Sierva María mientras redactaba el texto, sino la negrura que desprende el océano en las noches sin luna.

En medio de la confusión, de no saber si aquel era un niño real o un simple espectro, escuchó a sus espaldas el trino de un pájaro. Aunque alegre, sonaba muy apagado, como si viniese de muy lejos, cuando en realidad salía del interior de una jaula polvorienta que había en una esquina de la celda. Edelmira reconoció enseguida la jaula y, al comprobar que estaba vacía, su corazón brincó como si fuese una rana asustada. El niño esbozó entonces una sonrisa nostálgica y, con voz también apagada, como de ultratumba, la sacó de dudas: «Ese que canta es el pájaro de la niña de la trenza cobriza: ¡el jilguero de Sierva María!».


6. El sueño del minotauro

Aovillado en su doble soledad bovina y humana, el choto de minotauro escuchó a lo lejos el toque de maitines anunciando el comienzo del nuevo día. Para él, en cabio, aquel sonido marcaba el inicio de la noche demorada en la que vivía mientras se hallaba despierto. Su único entretenimiento era entonces corretear a oscuras por los pasadizos del sótano. Por el olor de los muros y el eco del repiqueteo de sus pezuñas en el suelo sabía en qué tramo del laberinto se encontraba. Desconocía, sin embargo, de qué color era el pelaje de los murciélagos que cada anochecer salían por los respiraderos del sótano y regresaban al alba oliendo a salitre y a brea; o cómo de revuelto estaba ese día el mar, o de qué lado soplaba el viento que henchía las velas del barco en el que el joven normando viajaba ya rumbo a Cartagena de Indias.

Dormido, en cambio, soñaba… Soñaba con días sin noches y con paredes llenas de ventanas. Incluso había veces en las que soñando encontraba por fin la salida del laberinto y corría a la orilla del mar a mojarse las pezuñas en el agua salada. La víspera ella había bajado tras el toque de completas y, como cualquier otra noche, le había cantado una nana para que se durmiese. Una nana que hablaba de una niña prisionera en un convento de allende los mares y a la que le han quitado la tiorba de su madre; una niña que se entretiene criando jilgueros en la pajarera del patio del convento mientras aguarda la llegada del joven normando que está cruzando el océano para devolverle la tiorba…

El minotauro no quería perderse el desenlace y continuaba despierto cuando se acabó la nana. Pero una mano con tacto de terciopelo le había continuado acariciando el morro, ya en silencio, hasta que se había quedado dormido. Cuando el choto trataba de hacer memoria, siempre se recordaba a sí mismo en el interior de aquel laberinto, oscuro y solitario, aguardando a que ella bajase para enterarse lo que ocurría fuera de su prisión. Gracias a una de sus nanas, sabía que ella era Ariadna y que no pensaba abandonarlo hasta que lo liberase Teseo. Sabía también que a lo mejor llegaba empuñando una espada y bufando como si fuese otra bestia, pero en ningún caso debía él embestirle con sus cuernos. De momento solo le pesasen los barrotes de la soledad. Pero en cuanto creciese los pasillos del laberinto olerían a flor de algarrobo y él descubriría también la esclavitud del deseo. Y de esa doble cárcel de soledad y lujuria era de la que, según la nana, le liberaría Teseo.

Desde que supo del hombre de la espada, cada vez que se cruzaba en sueños con alguien le preguntaba por él. Nadie parecía conocerlo y los maitines lo devolvían cada mañana al interior de un laberinto cada vez más umbrío y solitario. La última noche había soñado que estaba en el taller de un orfebre con dos perfiles diferentes y un grifo bruno en la coronilla. Le había preguntado por Teseo a la media silueta de la izquierda y esta, en vez de responderle, le había explicado que estaba fabricando pescaditos para el mar del nuevo Macondo. Un mar que sería dorado gracias al reflejo de aquellos pececillos de oro. Le contó también que el grifo de la coronilla lo tenía de nacimiento y por eso era bruno como la piel de la partera que le había traído a este mundo. Una mulata que durante el parto había accionado la espita sin querer y había desparramado por el suelo la mitad del océano. La otra mitad la llevaba aún en la cabeza a la espera de poder vaciarla en el mar. Había buscado el ir y venir de sus olas en el vaivén de los jarroncillos de agua y de los vasos de vino, en el vaho amoniacal de las bacinillas de debajo de las camas y hasta en el rocío que al amanecer se posa en las pestañas de las garrapatas. Pero seguía sin encontrarlo.

Todavía en sueños, le había preguntado también a la otra media silueta por Teseo. Ella le había respondido que lo conocía solo de oídas y, sin darle tiempo a preguntase nada más, le había mostrado la boya de colores que estaba fabricando para pescar los pescaditos auríferos de su compañero de taller. Una anforitas de madera destinadas a mecerse al son de las olas, como si fuesen bailarinas acuáticas, hasta que los pescaditos del nuevo Aureliano picaran en los anzuelos. Luego le había señalado con el dedo el grifo de la coronilla y le había contado que, en cuanto terminase de hacer la boya, abriría la espita para librarse del mar que desde niño llevaba en la cabeza. Un mar con sus olas y sus mareas, con sus faros y sus barquitas de madera, y hasta con una Armada Invencible a escala. Y menudas jaquecas tenía cada vez que la flotilla se enfrentaba a la de su Graciosa Majestad.

El minotauro se sintió afortunado de haber podido hablar con las dos medias siluetas. Del mar solo conocía el olor a salitre y a brea que desprendían los murciélagos cuando regresaban al sótano. Pero ahora le bastaría con girar aquella manija cárdena y de inmediato sabría de qué color era el océano en el que navegaba el barco con el joven normando a bordo. El taller olía como los corredores del laberinto: a polvo antiguo y a humedad rancia. No se sentía prisionero, sin embrago, porque en la pared del fondo había dos grandes ventanales. Dos enormes rectángulos desde los que podía ver los almendros en flor y los gallinazos que, según la nana, vería el día de su liberación.

Un repentino repiqueteo en los cristales hizo que la cabeza espitada de las dos medias siluetas se girase hacia la ventana. Al ver el revoloteo de las pajaritas de papel, el ojo negro noche, del lado izquierdo, y el celeste día, del lado derecho, exclamaron al unísono un «¡está nevando!» que sonó a mañana de seis de enero. Fue así como el minotauro descubrió que, en el Macondo de Azul, la nieve eran diminutas pajaritas que se iban posando por todas partes hasta teñirlo todo de blanco. La única excepción fueron los grandes pájaros negros que siguieron siendo negros porque, en cuanto vieron revolotear a los primeros copos, se aproximaron dando saltos a los almendros y se perdieron de vista entre blanco rosado de sus flores.

Bajo un cielo de un gris cada vez más plomizo, la nieve alada continuó cubriéndolo todo de blanco. Un resplandor plateado iluminó entonces el recuadro del jardín visible desde el ventanal y, de forma casi simultánea, irrumpieron en la escena una niña vestida de blanco y arrastrando su larga melena cobriza a modo de cola, y un joven portando en la mano una espada. En realidad, lo que el joven llevaba en la mano no era una espada sino una tiorba; pero ignorancia y deseo se aunaron para que el minotauro la confundiese con el arma que, según las nanas, empuñaría su alfaqueque.

En medio de la monotonía argéntea, un pájaro de vivos colores abandonó el hombro del trovador y, tras hacer unos vistosos requiebros en el aire, se posó en el hombro de la novia. Otras dos medias siluetas que, gracias a aquella especie de celestina alada que era el jilguero, iban a fusionar sus destinos para hacer realidad los sueños de su anterior vida. Ajeno aún a la tiránica atracción de las mitades complementarias, el minotauro se aproximó a la ventana para ver mejor la falsa espada y el hombre que la portaba. Los cristales reflejaron entonces su propia imagen y, como era la primera que se veía reflejado en un espejo, no se reconoció en aquel ser, mitad hombre y mitad bestia.

La visión en sueños de aquella criatura monstruosa le produjo un gran desasosiego y el minotauro comenzó a respirar de forma agitada. Como respuesta, la respiración del otro también se agitó. Bufaba tal como Ariadna le había dicho que lo haría Teseo, pero no era este, sino el otro, quien empuñaba la espada...
De esta confusión lo sacó el toque de maitines. Y aunque se despertó un día más aovillado en su doble soledad bovina y humana, el recuerdo del desconocido que había visto en sueños bufando como Teseo le hizo concebir la esperanza de las campanas le estuviesen anunciando al fin la llegada de su libertador.

Un murciégalo abandonó su dormidero en el techo y, al escuchar su aleteo, el minotauro se preguntó si las plumas de sus alas serían de vivos colores, como las del pájaro que se había posado en el hombro de la niña, o bien negras como las de los cobardes que se habían ocultado entre las flores de los almendros. El murmullo que producía era muy leve y eso le hizo pensar que era el pájaro multicolor que regresaba al hombro de su dueño. Se puso en pie de inmediato y, esperanzado, persiguió el batir de alas con un trotecillo inusualmente alegre y confiado.

El repiqueteo de las pezuñas llegó hasta el otro extremo del sótano. Y allí, justo al pie de las escaleras, le aguardaba ya la mano con tacto de terciopelo con la espada en alto. Aquel iba a ser su último acto de amor. Estaba decidido. Escuchar aquel trotecillo alegre y confiado del choto le hizo sin embargo dudar. Pero recordó su destino de nueva Pasifea y, aferrando la espada con la misma firmeza con la que lo habría hecho Teseo, fue al encuentro de la sangre de su sangre.


Epílogo. Desde la habitación de Poe

Lara Ripdek dejó la pluma sobre la mesa y se dirigió hacia la ventana más próxima. Por deseo expreso de Edelmira, aquel suntuoso refugio oblongo había sido construido de acuerdo con las recomendaciones de Poe. De ahí que en la pared del fondo hubiese dos amplios ventanales, cada uno de ellos encajado en un profundo nicho y extendiéndose desde casi el techo hasta el suelo. Debido a esa amplitud, conforme se aproximaba uno a ellos se tenía una sensación chocante de continuidad entre la ostentación del interior y la sobriedad del jardín.

La escritora se colocó justo detrás del cristal y miró al frente. La escena que estaba ocurriendo fuera le provocó un intenso escalofrío porque Edelmira la había descrito con todo lujo de detalles en el Cuaderno de Azul. O dicho de otra manera, seis lustros antes, la viuda de Mendiluce había vaticinado ya que, en ese preciso momento, los almendros del nuevo Macondo estarían en flor y que bajo ellos se hallaría los gallinazos dormitando…

A la muerte de Edelmira, sus anotaciones sobre la verdadera vida de Sierva María habían ido a parar a manos de Lara. Para cualquier otra persona aquello habría sido un hecho fortuito. Pero ella, como biógrafa y conocedora de la obra de Sereno Williams Luna, desde el primer momento había comprendido que se trataba de uno de esos atractores que ponen orden en el caos: una casualidad necesaria, según la terminología de Sereno. No le había sorprendido, pues, tener la impresión enfrentarse al texto de una vieja conocida pese a que no la conocía en absoluto.


El Cuaderno de Azul no solo le había permitido saber que la viuda de Mendiluce tenía dotes premonitorias, sino también que había sido una mujer muy singular en otras muchas cosas. Como, por ejemplo, en haber decidido levantar en el jardín de su quinta de Azul aquella habitación siguiendo los consejos de Poe. Y precisamente en aquella mesa octogonal de mármol, sobre aquellas incrustaciones de oro, había redactado Edelmira la verdadera biografía de Sierva María.

Lara apoyó la frente en el cristal de la ventana y miró hacia el exterior. Las tétricas siluetas de los gallinazos se hallaban inmóviles debajo de los almendros, causando la impresión de formar parte de un decorado de cartón piedra trazado con la minuciosidad de una acuarela china. Ante sí tenía el Macondo soñado por la viuda de Mendiluce; esa especie de nuevo paraíso en el que los seres humanos insatisfechos se fusionaban por fin con sus mitades complementarias y hacían realidad sus sueños.

Cuando se entraba por primera vez en el aquel singular cuarto oblongo, tan barroco y tan carmesí, los ojos obviaban los lujosos cortinajes de seda grana de los ventanales y el friso dorado que recorría la habitación siguiendo la línea de contacto de las paredes con el techo. Y es que lo que captaban su atención eran las pinturas que, a la manera de Sully, había dibujado un pintor amigo de la viuda de Mendiluce. Los cuadros estaban colgados justo a la altura de los ojos y espaciadas de tal forma que simulaban ser los trazos de una gruesa línea discontinua que abrazaba todo el perímetro de la estancia de Poe. Como fondo de todos ellos, el artista había recreado el jardín visto desde aquel ventanal; el tema principal, en cambio, variaba de unos a otros, ya que en cada uno se representaba la fusión de dos personas distintas en una sola con doble silueta; es decir, recreaban la metamorfosis de transformación en moradores del nuevo Macondo. En las primeras páginas del legado, Edelmira hacía un esbozo bastante detallado de la verdadera biografía de Sierva María y de la fundación de aquella especie de paraíso. En el resto del cuaderno, en cambio, había numerosas anotaciones sueltas sobre el contenido de cada uno de los cuadros de iniciación a aquella nueva vida de plenitud. La viuda había pasado sus últimos años recluida en aquella habitación y, aunque hasta el final había mantenido la lucidez ―«la rabia», decía ella―, no había podido culminar aquella empresa faraónica.

Ella era ahora la responsable de dar forma a lo que Edelmira solo había tenido tiempo de esbozar. Ensimismada en estas cavilaciones, la escritora no fue consciente del que el cielo estaba adquiriendo el tono plomizo precursor de las grandes nevadas, hasta que la primera palomita de papel chocó contra el cristal de la ventana y el ruido del golpe atrajo su atención. Siguió su trayectoria con la vista y pudo prever el lugar exacto del suelo en el que se posaría porque acababa de recrear esa misma escena en el Cuaderno de Azul.

Se sentía, pues, capaz de referir lo que sucedería a continuación incluso con los ojos cerrados. Por el lado izquierdo del recuadro, entraría la marquesita arrastrando su pelo cobrizo, que una multitud de pajaritas se encargarían de convertir en la cola nívea de una novia; por el derecho, lo haría Teseo empuñando una tiorba de manufactura italiana en vez de la espada que aseguraba la leyenda. Aquel era el nuevo Macondo, el lugar donde los sueños dejan de serlos, y Teseo se podía permitir ser un romeo candoroso y amante de la música.

Una cadena de transgresiones en la que, a falta del héroe convencional, la propia Ariadna irrumpiría en la escena enarbolando el arma anunciada. Pero la viuda de Mendiluce no había tenido el valor de consumar el filicidio y las anotaciones del Cuaderno de Azul se detenían precisamente en ese instante, inmortalizando a sor Ariadna en el papel de una especie de Temis indecisa destinada a permanecer con la espada en alto per saecula saeculorum.

Y justo en el momento en el que la hoja de acero estaba a puntos de rozar el cuello del joven minotauro, Lara había interrumpido la escritura y se había aproximado al ventanal para contemplar el jardín. También a ella le repugnaba recrear ese instante en que la novicia se vería forzada a bajar el brazo. Y porque no deseaba dar forma a aquel desenlace, cuando Lara vio en el cristal el reflejo del monstruo bufando a sus espaldas, en vez de eliminarlo corriendo el doble cortinaje de la ventana, se quedó de brazos caídos a la espera de que fuese él quien decidiese su destino.

De súbito, un cálido aliento en la nuca le hizo acordarse del lienzo inconcluso que había encima del piano de palo rosa. Sobre el telón de fondo común, el pintor había representado en esta ocasión a un minotauro al lado de una mujer con el rostro desdibujado. La escritora estaba ahora en condiciones de recrear el contenido completo del cuadro y lamentó no ser lo suficientemente ubicua como para hallarse a la vez dentro y fuera del cuadro.

Un nuevo bufido a sus espaldas le hizo comprender que ya no había marcha atrás. Lamentó de nuevo no ser ella quien pusiese el punto final del Cuaderno de Azul y, con una extraña mezcla de aceptación y rebeldía, recitó en voz alta el vaticinio de la viuda de Mendiluce: « Y porque los llamados a vivir en el nuevo Macondo se hallaban ya fuera del tiempo y del espacio, y hasta de cualquier lógica imaginable, con el tesón de quienes han comprendido que esa será su última oportunidad, se consagraron a la tarea quimérica de hacer realidad sus sueños… ».

FIN
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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 02 Abr 2017 09:01

La foto no hace justicia al amanecer, Cata.
Estos días azules y este sol de la infancia de Machado me ponen el vello de punta.
Catedral y pirulí amaneciendo.jpg
A ver, te quería hacer una propuesta. Verás, hace muchos años yo escribí un texto muy largo que todavía sigue en el cajón (creo que no es bueno). Y recuerdo que en él no estaba la niña de madera ni La media silueta, pero sí una Remedios que tenía su garito en El callejón del Duende, cerca del Seaman's Club (en el barrio del Pópulo), donde los clientes se sentían libres en su compañía. Pues bien, mientras estuvo abierto el Seaman's Club, yo pasé por delante a menudo y miré al paso tratando de empaparme del ambiente. Nunca me atreví, sin embargo, a entrar. Pero para escribir sobre algo con propiedad necesita uno conocer las cosas bien. El único garito en el que ha estado Jilguero ha sido en este de palabras de amor, tiernas y sencillas, que me da es muy "light". Y digo yo que igual, algún día, de no sé que año venidero, te podrías calar tus botas y yo mi sombrero (un día de estos te diré día y hora y te cuelgo una foto para que veas lo estilosa que estoy en los muestreos :meparto:) y podriamos.... Cata, solo es para empaparnos del ambiente, no más. :wink:

:meparto: ¡Uy, de lo que me he acordado! Te acabo de imaginar entrando en la comisaría con una bandeja de té en las manos. :meparto:
Luego, luego te cuento, tiene que ver con el arranque de ese texto largo y no muy bueno.

NO hay Levante, Cata, no, es que me he levantado hoy bromista, no más. :mrgreen: Te dejo que tengo que rematar el truño. :8_transformacion:

PD: acabo de ponerle el punto final. :ola: Ahora toca repasarlo una vez más :007: y luego te lo iré colgando poquito a poco para que :074: y no :dragon: :batman:
El día 21 hará un año que el pescador se embarcó y, aunque su papelito es el de uno más entre muchos, al menos el epílogo te lo colgaré ese día. No aparece en él pero es el final de lo que arrancó para ser un homenaje a él, si bien en parte te dediqué a ti en ese relato que tanto se le atragantó al personal :wink:. Así de extraña es la vida pero también así de apasionante. :chino:
No, no me he olvidado de Juana, ahora me pongo con ella, no me seas impaciente que el petirrojo escribe al mismo ritmo que caminaba Eufemia cuando estaba famélica. ¿Recuerdas?: TOC...............TOC..................TOC :dentadura: [/color]
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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por Tolomew Dewhust » 02 Abr 2017 15:38

:palomitas: Sigo atento el cambio que está experimentando Domingo junto a su amigo cánido.
Lo otro, que os vais a un "puti", ¿no? :cunao:
Tengo un castillo con ventanas a la mar y una puerta sin portal,
si te gusta, es tu castillo.

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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por Tolomew Dewhust » 02 Abr 2017 15:41

Como salga el del grifo en la cabeza te hago un monumento, :mrgreen:.

(En este que acabas de terminar, me refiero).
Tengo un castillo con ventanas a la mar y una puerta sin portal,
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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 02 Abr 2017 21:35

Tolomew Dewhust escribió::palomitas: Sigo atento el cambio que está experimentando Domingo junto a su amigo cánido.
Lo otro, que os vais a un "puti", ¿no? :cunao:
Caleto, no me asustes a la acompañante. Vamos solo de observadoras.
Tranqui, Cata, que nos llevamos al jilguero y al petirrojo y ellos se encargaran de defendernos.
Son chiquitos pero matones. :wink:
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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 02 Abr 2017 21:46

Tolomew Dewhust escribió:Como salga el del grifo en la cabeza te hago un monumento, :mrgreen:.

(En este que acabas de terminar, me refiero).
De todo hay un poquito, como en botica, :cunao: pero sin profundizar demasiado en nada. :colleja:
Más de la mitad ya lo conocéis y muy contenta no estoy del resultado. Pero si muy contenta de haberlo acabado. :402:
Porque, si empiezo algo, lo acabo sí o sí, aunque sea a trancas y barrancas, como ha sido el caso. :comp punch:

Por cierto, Cata, al final dejé a Juana colgada y me tiré de cabeza en el azul de Machado.
Eso sí, ya que tú no podías, me he encargado yo de escuchar el batir de las olas.
Y cuando abría los ojos: ¡azul por todos lados! :60:
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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por lucia » 03 Abr 2017 16:22

Ese mar dorado es de las que nos da envidia de la mala a los que vivimos a cientos de kilómetros de él.

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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 03 Abr 2017 20:05

lucia escribió:Ese mar dorado es de las que nos da envidia de la mala a los que vivimos a cientos de kilómetros de él.
Mañana, sin falta, lo miro un rato por ti. :wink:
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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 03 Abr 2017 20:45

:hola: Cata, lunes y ya ando cansada. :dragon:

A parte de a saludarte, vengo hoy para colgarle aquí a Caleto unos parrafitos del libro que estoy ahora leyendo. Son de Paradiso, de Lezama Lima. El libro tiene fama de difícil, entre otras cosas por tener su autor una prosa barroca y muy poética.

Fue anoche empezar a leerlo y, en algunos párrafos, tuve la mismita sensación que tengo cuando leo a Caleto. Usan vocabularios muy distintos y eso los aleja, pero me da que este autor escribe también al dictado de una música interior que los demás debemos aprender a escuchar. He seleccionado justo unos fragmentos en los que pensé: este es un Caleto caribeño. :wink:

Después llegaba el Coronel y era ella la que tenía que sufrir una ringlera de preguntas, a la que respondía con nerviosa inadvertencia, quedándole un contrapunto con tantos altibajos, sobresaltos y mentiras, que mientras el Coronel baritonizaba sus carcajadas, Baldovina se hacía leve, desaparecía, desaparecía, y cuando se la llamaba de nuevo hacía que la voz atravesase una selva oscura, tales imposibilidades, que había que nutrir ese eco de voz con tantas voces, que ya era toda la casa la que parecía haber sido llamada, y que a Baldovina, que era sólo un fragmento de ella, le tocaba una partícula tan pequeña que había que reforzarla con nuevos perentorios, cargando más el potencial de la onda sonora.
[...]
Formando torres, las cajas con los sombreros de estación de Rialta, que así se llamaba la esposa del Coronel, de la que entresacaba los que más eran de su capricho, de acuerdo con la consonancia que hicieran con su media ave de paraíso, pues esta era portátil, de tal manera que podía ser trasladada de un sombrero a otro, pareciéndonos así que aquella ave disecada volvía a agitarse en el aire, con nuevas sobrias palpitaciones, destacándose, ya sobre un manojo de fresas, frente al que se quedaba inmovilizada sin atreverse a picotearlo, o sobre un fondo amarillo canario, donde el pico del ave volvía a proclamar sus condiciones de furor, afanosa de traspasar como una daga.

[...]
Se oyeron las voces de los centinelas. El del frente de la casa, con voz tan decisiva que atravesó toda la casa como un cuchillo. El de atrás, como un eco, apagándose, como si hubiese estado durmiendo y así lanzase la obligación de su aviso.

[...]
Traía en el arco de su mano izquierda un excepcional melón de Castilla. Al acercarse contrastaba el oliva de su uniforme con el amarillo yeminal de melón, sacudiéndolo a cada rato para distraer​ el cansancio de su peso, entonces el melón se reanimaba al extremo de parecer un perro.


De momento, lo estoy disfrutando, si bien avanzo muy despacio, tal cual me pasa también con tus textos. :mrgreen:
Ya me cuentas si crees que este es uno de los tuyos, de los adictos a los pentagramas, o si mis conexiones neuronales han errado al asociaros. :wink:

PD: a mi me da mucha alegría encontrar ecos vuestros en los textos de los grandes, porque me indica que no voy desencaminada al valorar lo que hacéis. :60:
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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 04 Abr 2017 07:54

Uy, Cata, Caleto, que alegría me ha dado encontrarme con el abismo pascaliano de nuevo.

¿Recordaís? Ese que anotó Serenito Williams en su tratado filosófico Cojera fingida de un animal desvalido, como «Cuando considero la corta duración de mi vida, absorbida en la eternidad precedente y siguiente, el pequeño espacio que ocupo e incluso que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no allí…, y me espanto y me asombro de verme con esta sombra y no con la otra, con la mía.» Y que hace poco llevó a Juana Zumajo a espantarse de despertar en una cama y no en otra...

Pues ahora, en el libro de Lezama Lima, describiendo una pieza de una casa dice: «por la noche, en la sucesión de sus noches, parecía flotar como un aura y trasladarse a cualquir parte como el abismo pascaliano.» Un pamplina, lo sé, pero me da alegría cuando se van estableciendo estas conexiones entre textos y realidad, o mejor dicho: entre la realidad de los textos y la nuestra que, en el fondo, no deja de ser la misma). :60:

Y mira, Caleto, cómo innova Lezama para decir las cosas. Yo diría de una casa de pescadores con la "sencillez" y él va y dice:
«La casa, a pesar de su suntuosidad estaba hecha con la escasez lineal de una casa de pescadores.»

O yo diría de una habitación que es tan grande que incluso amueblada parece vacía pero mira él cómo lo dice:
«La sala, al centro, era de tal tamaño que los muebles parecían figuras bailables a los que les fuera imposible tropezar ni aun de noche.»

Lo sé, lo sé, cuando algo me gusta acabo siendo un tostón. Pero os prometo que hasta aquí Lezama. :wink:
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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por Estrella de mar » 04 Abr 2017 16:10

Petirouge, ¿está in spanish bandoleiro :lol: el libro de Camus al que pertenece el fragmento sobre el mar, que le has puesto a nuestra Catita? Me ha rechiflao. :08:
Ya es carnaval en el cielo.
Mi blog: http://relatosdemetaliteratura.blogspot.com/

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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 04 Abr 2017 22:16

Vengo, Cata, de ver una peli-reportaje de los Museos del Vaticano. ¡Qué gustazo! :60:

En un momento dado han dicho de Miguel Ángel descubrió que su destino era liberar la vida que hay atrapada en la piedra (cuando se ven los esclavos inacabados queda en evidencia). Y eso me ha hecho preguntarme ¿dónde están atrapadas las historias, en las palabras, en las frase comodín que propone Caleto? Sobre las frases comodín, por cierto, tengo pendiente hacer alguna reflexión. Pero por hoy voy a consultar con la almohada dónde demonios están atrapadas las historias. :roll:
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Re: El bujío de Santa Catalina (bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero » 04 Abr 2017 22:19

Estrella de mar escribió:Petirouge, ¿está in spanish bandoleiro :lol: el libro de Camus al que pertenece el fragmento sobre el mar, que le has puesto a nuestra Catita? Me ha rechiflao. :08:
No, solo lo he encontrado en francés.
En un blog encontré fragmentos traducidos, que es de donde saqué lo que le copié a Cata (igual cambié alguna cosilla, no me acuerdo). Si vuelvo a dar con él te pongo enlace. :wink:
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