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Hagiografía de Santa Cata del Guadiana (continuación de parte 1ª)
(de Lara Ripdek, ed. Lucerna, 2068)

Noviazgo y Madre Floral

A punto de finalizar la década de los sesenta conoció Santa Cata a quien estaba destinado a convertirse en el padre de sus tres geranios. Como ya se ha comentado al hablar de la Divina Pastora, eran tiempos de colegios regentados por órdenes religiosas y de represión extrema. Los niños y las niñas eran educados por separado y proliferaban los clubes parroquiales de jóvenes a fin de procurar que los primeros contactos entre los adolescentes de ambos sexos fuesen castos. Con este propósito, los señores párrocos ponían a su disposición espacios aledaños al templo, en los que estos se solazaban los fines de semana al son de la música.

Por aquel entonces, tenía Catalina quince años y el carboncillo de las pestañas había empezado a causar estragos entre los chavales del sexo opuesto. En la Parroquia de Santiago, que era la de su barrio, también se organizaban guateques las tardes de los sábados con ayuda de un modesto picú. Había un grupo musical de chavales que solía ensayar en la parroquia y uno de sus miembros, de nombre Darío, había visto a la quinceañera por el barrio y andaba enamoriscado de ella. Catalina no era todavía asidua a pasar las tardes de los sábados bailando en el club parroquial, pero una amiga común hizo las veces de celestina y la convenció de que acudiese a fin de conocer al aprendiz de músico. Pero la santa tenía ya las ideas muy claras y el joven pretendiente quedó descartado tras el primer encuentro. La asistencia al guateque de esa tarde no sería, sin embargo, en vano, pues dio la casualidad de que Viento, pese a no ser del barrio, ese fin de semana acudió al baile de la Parroquia de Santiago acompañando a un buen amigo.

Tenía, ella, quince años y era muy presumida; él, diecisiete y era alegre, simpático y muy bailongo. El flechazo fue mutuo y fulminante, de eso no cabe ninguna duda. Como tampoco cabe duda de que el «noli me tangere», que Catalina llevaba aún grabado en la cabeza, refrenaría durante años el lógico deseo de sus cuerpos. Aquello fue, pues, el comienzo de un largo periodo de noviazgo entre la santa y el futuro padre de sus hijos. Al principio solo se veían los fines de semana en el club de la parroquia, pero la necesidad de verse fue in crescendo y Viento adoptó la costumbre de ir a buscarla a la salida del colegio. Hacían juntos el camino desde la Divina Pastora hasta donde vivía Catalina y se decían adiós en la esquina de la calle. Durante el primer año hacían ese trayecto separados y solo de vez en cuando sus manos se rozaban de forma furtiva, con torpeza y apresuramiento, como si los adolescentes temieran el contacto de sus cuerpos. Al segundo año, en cambio, sus manos ya se habían acoplado la una a la otra y caminaban agarrados de ellas con la misma firmeza con la que antaño lo habían hecho los mellizos que mató el cardenillo.

Una tarde de lluvia, en la que los dos paraguas abiertos impedían la proximidad deseada, Viento le propuso a Catalina que cerrase el suyo y se guareciese bajo el que él empuñaba. Hicieron el resto de camino cobijados bajo un solo paraguas y la proximidad de esos cuerpos que se atraían como si fuesen dos imanes hizo que en la esquina de la calle Viento intentara despedirse con un primer beso. Pero el «Noli me tangere» de la Divina Pastora hizo bien su trabajo y, de forma casi automática, Catalina le dio un bofetón. Mas fue él desdibujando con paciencia y delicadeza la represora consigna hasta que del recato inexpugnable pasaron a las caricias consentidas. Hubo, con todo, periodos de desandar el camino por culpa de los ejercicios espirituales que todos los años hacía la santa. «¡Ojú, otra vez una temporada sin na de na», refunfuñaba el paciente galán. Queja que provocaba en la santa orgullo y deseo de proximidad, si bien el latinajo de marras continuaba interponiéndose entre ambos.

Llegamos así a la primavera de 1977, en la que con veintidós años Catalina, todavía virgen e ignorante, se dispone a pronunciar el «Sí quiero» para convertirse en la esposa de Viento. Faltando ya pocos días para la boda, la prometida había pasado la tarde probándose el traje de novia y, de regreso a casa, se sintió indispuesta. Convencida de que unas horas de sueño acabarían con la indisposición, se fue a la cama sin cenar. En el transcurso de esa noche, la santa sufre una nueva fase cataléptica. La regresión será esta vez de casi tres siglos y mientras dure Catalina se encarnará en una joven hortelana de Chiclana de la Frontera. Y tal como ya había ocurrido con las receptoras de las anteriores transmigraciones, también esta estaba a punto de posar como modelo para un cuadro, esta vez de un maestro de las naturalezas muertas. El lienzo se acabaría llamando La primavera y en él la joven aparece representando a la diosa Flora rodeada de flores y de hortalizas de temporada.

Cuando se mira con detenimiento La primavera, resulta evidente que el momento inmortalizado coincide con el de la transmigración de la santa, ya que la diosa lleva colgado del cuello un camafeo con la silueta de la cucaracha. Esta es la primera reproducción gráfica que se conserva de ese medallón, cuyo único motivo es el rarum insectum fractal que, a partir de la canonización preventiva de Santa Cata, pasará a ser un elemento esencial de su iconografía. Porque, al igual que es inconcebible la imagen de San Jorge sin la del dragón, o la de Santa Inés sin la del cordero, o la de Santa Gertrudis sin la de los gatos, o la San Roque sin la del perro, la imagen de Santa Cata es inimaginable sin la del blátido hexagonal. Que una criatura con tan mala fama se convirtiese en su fiel compañera desde la niñez hasta la pubertad evidencia una humildad sin parangón; mayor, incluso, que la de San Martín de Porres, cuya imagen ha pasado a la posteridad unida a la de los ratones: unos animales sin duda modestos, pero de reputación mucho menos sórdida que la de las cucarachas.
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Al margen de este testimonio pictórico, son escasos los datos disponibles de esa etapa en la que, aunque solo lo sea de forma onírica, la santa pierde la virginidad y es madre. La falta de información no ha sido, sin embargo, óbice para que ese periodo haya hecho una contribución crucial a los atributos iconográficos de la santa. Además de la mencionada consagración del blátido como animal inherente a la imagen de Santa Cata, de esta época es también la bizarra corona de flores con la que habitualmente se la representa en su advocación de Madre Floral. No hay datos fidedignos que avalen la maternidad onírica de Santa Cata, por lo que conviene ser cautos y considerar esta como parte de una leyenda popular. Aunque de una leyenda de la que el pintor de La primavera se hizo ya eco al elegir la ciudad de Cádiz como paisaje de fondo del retrato de la santa. Al contemplar el cuadro, causa sorpresa que el artista inmortalizara la ciudad con una configuración que solo adquiriría siglos después. La explicación más aceptada es la de que el pintor usó como fondo la imagen onírica de la ciudad que la joven le había descrito mientras posaba.

Para poner en contexto lo que le sucedió a Santa Cata en ese sueño, conviene conocer cómo era el día a día de la joven hortelana en la que se había encarnado. Hija de un gallego afincado como labriego en Chiclana de la Frontera, a la nueva Catalina le encantaban las labores del campo y la vida de retiro que le proporcionaba ocuparse de la huerta familiar. De vez en cuando no le quedaba otro remedio que ir a la ciudad a vender las hortalizas de temporada en un tenderete que montaba a la entrada del mercado de abastos. El resto del tiempo lo pasaba en el pago, trabajando de sol a sol sin otra compañía que las verduras y su fauna acompañante. En invierno regresaba al atardecer a Chiclana y dormía en la casa con sus padres. Pero en cuanto se templaban las temperaturas, se mudaba a vivir al recuncho ―bujío para los chiclaneros― que había levantado el gallego justo en el centro de la parcela dedicada al cultivo de las berenjenas. En la parte exterior del berenjenal, los arbustos de Solanum melongena habían sido plantados a cierta distancia los unos de los otros para favorecer su crecimiento; en los alrededores del bujío, en cambio, se hallaban apiñados a fin de que el cercado natural creado por los aguijones de las hojas y de las flores de las berenjenas convirtiera el recuncho en un refugio inexpugnable. De hecho, en cuanto el follaje se hacía denso, la única forma de acceder al bujío era a través del estrecho sendero que el labriego abría podando los arbustos. Los podaba, además, de forma que el camino de acceso quedase casi oculto y con un trazado muy enmarañado. Lo normal era, pues, que quien se adentraba en el corazón del berenjenal no saliese de allí ileso. La santa era la única que, después de tantas idas y venidas, sabía recorrerlo sin perderse ni magullarse hasta en las noches sin luna.

Casualmente, fue en una de esas noches sin luna pasadas a solas en el bujío, cuando Santa Cata soñó que se encontraba en la capital vendiendo las hortalizas. Estaban en plena temporada de berenjenas y ese día había llevado los cuatros serones del burro llenos. Por suerte, consiguió venderlas pronto y, tras orillar la catedral de Santa Cruz por uno de sus muros laterales, llegó al paseo del Vendaval a tiempo de ver el agua del mar desmoronando, como si fuesen terrones de azúcar, una especie de dados gigantescos que protegían la costa de las olas. Se fueron disolviendo uno tras otro hasta que ese costado de la ciudad se quedó sin protección ante un mar cada vez más embravecido. El oleaje empezó entonces a desgajar trozos de la costa y fue convirtiendo la ciudad en un archipiélago de pequeños islotes. A la derecha del pecio en el que navegaba ella, vio otro fragmento flotante de mayor tamaño en el que se erigía una iglesia enorme con cúpulas recubiertas de azulejos amarillos, cuya descripción concuerda con la de la catedral nueva de Cádiz que sería levantada muchos años después.

Todavía en sueños, Catalina se desplazó al otro extremo del pecio y desde allí contempló un islote en el que viajaba la ermita de Santa María y, bajo la arcada de la puerta, vio al Greñúo con la cruz a cuestas y la melena al viento. Al verlo pensó que estaban en Semana Santa, pero el sinfín de serpentinas y pitos de caña que había flotando entre los fragmentos de la ciudad le hizo comprender que estaban en carnaval. El viento soplaba cada vez con más fuerza y lo hacía, además, en una dirección diferente en cada islote. Así, pues, Catalina fue testigo de cómo los pedacitos de Cádiz se hacían a la mar y creaban con sus estelas una especie de rosa de los vientos gigante. Y justo donde arreciaba el poniente, vio navegando en formación las barcas de pesca de la Caleta; y en medio de estas, la barquita azul a rayas en la que ahora navegaba ella. Tenía la barriga muy hinchada y sentía unas contracciones tan fuertes que no le quedó otro remedio que tumbarse bocarriba en el fondo de la barca. Aunque fuese primeriza y estuviera pariendo a solas, el deseo de conocer el fruto de sus entrañas le hacía no tener ningún miedo. Tuvo, con todo, una nueva contracción y esta vez la punzada fue tan dolorosa que se desmayó. Cuando volvió a abrir los ojos ya estaban ellos allí, agarraditos de la mano y sujetando, con la mano libre, cada uno su cordel: la niña, más menuda y revoltosa, el cabo de la inmensa cometa azul en la que se había convertido el cielo; el niño, más grandullón y formalito, el hilo del gigantesco globo de agua glauca en el que se hallaba navegando la barca.

A la mañana siguiente, lo primero que hizo Santa Cata al despertarse fue pasarse la mano por la barriga. Comprobó con alivio que su vientre seguía estando plano y que en el bujío no había ningún niño. El embarazo y el parto habían sido pues solo un sueño. No obstante, conforme avanzó la mañana fue notando que la soledad, hasta el día de antes tan querida, ahora le pesaba. Tenía la sensación de haber conocido ya varón y, pese a no ser capaz de ponerle cara ni saber cómo era el tacto de su piel o el tono de su voz, lo echaba en falta. Recordó entonces el rostro del joven que le había sonreído en sueños cuando abandonaba el mercado y el recuerdo de sus labios le hizo sonrojarse. La santa era ante todo una mujer virtuosa y consideró que el sueño había sido una advertencia para que se guardara de los varones hasta haber contraído matrimonio. Dio el asunto por zanjado y se dispuso a enfrentarse a una nueva jornada de trabajo en la huerta. Cuando salió del bujío para dirigirse al tajo, Catalina descubrió que los arbustos de berenjenas estaban de nuevo en flor. Las flores tenían los pétalos del mismo color violáceos de siempre, pero eran de un tamaño mucho mayor y se habían desplegado a destiempo. Contempló boquiabierta aquella mezcla insólita de frutos maduros y de flores recién abiertas. Luego recordó su vientre abultado del sueño y se le antojó que aquella mañana también el berenjenal se hallaba preñado. Y aunque solo fue por un instante, se sintió madre de todas aquellas futuras berenjenas.

Hasta aquí la reconstrucción de lo que parece haberle ocurrido a Santa Cata durante la tercera de sus transmigraciones reconocidas. Cierto es que, con el paso del tiempo, los chiclaneros han ido adornando el sueño original de su paisana con multitud detalles no probados y lo han convertido en esta especie de leyenda barroca a la que la santa debe su advocación de Madre Floral. No es raro que en esa etapa de su vida, en la que Catalina acudía periódicamente al mercado de Cádiz para vender las hortalizas, tuviese un sueño en el que viera la ciudad convertida en mil pedazos haciéndose a la mar. Si resulta sorprende, en cambio, que en el lienzo La primavera, datado como de 1638, la ciudad muestre ya la semblanza que adquiriría tres siglos después. La explicación más lógica es que el pintor hiciera la reconstrucción de acuerdo con lo que había visto en sueños Santa Cata y que el sueño, a su vez, hubiera sido una premonición de lo que le iba a ocurrir al segundo de sus retoños en febrero de 2018, cuando coincidiendo con la semana de carnaval, y estando los puestos del mercado hasta arriba de berenjenas, fue padre de un niño y de una niña. Pero no adelantemos acontecimientos, puesto que esto no habría tenido lugar de no ser porque, la noche siguiente a la del sueño, Santa Cata transmigró de nuevo a su genuino cuerpo justo a tiempo de contraer matrimonio.


Madre de tres geranios y Mártir de las Letras y de las Ciencias

El 29 de mayo de 1977, con veintidós años, la santa contrae matrimonio con Viento y la pareja comienza su andadura en común en la ciudad de Córdoba. En abril de 1978, la familia aumenta con el nacimiento del primero de los retoños. Un geranio de pétalos color malvas y bordes retraídos, como si fuese un presagio temprano del carácter reservado y contenido que tendrá de adulto. Su reinado en solitario será muy efímero, ya que en julio de 1980 florece el segundo de los geranios. Esta vez será una flor variegada y de colores vistosos, cuyos pétalos se abren sin recato y adoptan disposiciones insólitas, en una suerte de remedo temprano de la personalidad abierta y divertida del segundo hijo de Santa Cata. Por último, en junio de 1983 florece el benjamín de la familia, cuyos pétalos serán de un rosa tan pálido y de una delicadeza tan extrema que, desde el primer momento, la santa siente la necesidad de protegerlo y, a modo de muralla defensiva, lo bautiza con el nombre del profeta que cuando fue encerrado con los leones ―curiosamente por orden de otro Darío― encaró la situación con el aplomo que ella deseaba para su hijo.

Santa Cata siempre había admirado mucho a su padre y le habría gustado ingresar en la Benemérita, pero corrían tiempos en los que esas tareas se consideraban impropias de una mujer. Además, la maternidad hace que la santa se dedique de lleno al cuidado de los retoños y renuncie definitivamente a su sueño. En esa época, la familia vive de la granja de gallinas que Viento ha montado en Cerro Muriano. Un negocio tan próspero como sacrificado: el cabeza de familia pasa todo el día fuera de casa y es Santa Cata quien se ocupa del cuidado y de la educación de los tres geranios. La santa se acuerda a menudo de la tarde en la que estuvo a punto de ahogarse en aguas del Mediterráneo y eso hace que durmiendo tenga pesadillas recurrentes: hay noches en las que se ahoga en el pilón de la Divina Pastora y otras en las que mete la cabeza en el agua de la tinaja del sótano del orfanato. Tiene miedo de que a sus hijos pueda ocurrirle algo parecido y no duda en sacarse en carnet de conducir para llevarlos a la piscina en verano y que aprendan a nadar. Se preocupa también de su futuro profesional y los apunta en un curso de mecanografía. Una etapa, pues, en la que Santa Cata se olvida de sí misma y, como cualquier otra madre, se dedica en exclusiva a velar por el bienestar de los suyos.

Con tal de pasar los fines de semana en familia, los domingos suben los cinco a Cerro Muriano y pasan el día ayudando a Viento con las gallinas. En la época en que los geranios eran aún pequeños, había en la granja una máquina clasificadora de huevos con la que el segundo geranio intentaba competir. Pero la delicadeza no figuraba todavía entre sus virtudes y a menudo apretaba tanto los huevos al cogerlos que los rompía. Intentaba la madre meterlo por vereda con santa paciencia recriminándole sus trastadas, mas este le respondía siempre con una de sus ocurrentes salidas y todo terminaba en risas. Viento solía hacer un descanso a la hora del almuerzo. Los domingos aprovechaban esa pausa para comer en familia: si hacía buen tiempo, desplegaban una manta en el suelo en mitad del campo y se zampaban las viandas preparadas por Santa Cata en casa; cuando el tiempo no acompañaba, comían en la cantina de los soldados que había en Cerro Muriano. Fines de semana en familia, en los que la gallina clueca estaba al fin en compañía de su gallo y podía experimentar a la vez su plenitud de esposa y madre.

Fueron años de entrega desprendida y callada a los suyos. El tiempo pasó de forma inexorable, los geranios se hicieron mayores y abandonaron los tiestos en los que con tanta generosidad y dedicación ella los había criado. Liberada de sus obligaciones maternales, Santa Cata iniciará pronto el último tramo de su camino de santidad. Atrás ha quedado ese periodo en el que su vida no se ha distinguido en nada ―aunque solo en apariencia― de la de cualquier otra mujer casada; y sin que Santa Cata lo sepa todavía, está a punto de estrenar una nueva forma de entrega a los demás que será la que definitivamente la eleve a los altares. Y porque los designios del albur son siempre inescrutables ―mucho más cuando anda de por medio un proceso de santificación―, será el segundo de sus tres geranios quien esta vez le brinde la oportunidad. Desde niño ha sido forofo de los carnavales gaditanos y, cuando aprueba las oposiciones, no duda en elegir como destino la comisaría de Cádiz capital. Comprueba, sin embargo, que el precio de las viviendas está allí desorbitado y decide establecerse con su joven esposa en Chiclana; municipio en el que, como ya sabemos, Santa Cata había ejercido de hortelana durante su tercera transmigración. El joven policía tiene su primer hijo y, contando con la complicidad de su madre, escribe la novela El niño del hombre muerto. Con el propósito de promocionarla, se inscribe en un foro literario y se aficiona a participar en los concursos de relatos que se celebran en este. Es entonces cuando Santa Cata comienza a acceder también a ¡¡Ábrete libro!!. En un primer momento, lo hace con la única intención de leer textos de su geranio, pero el azar vuelve a hacer una de las suyas y será en el foro donde la santa descubra su verdadera vocación de mártir.

Esta nueva etapa de la vida de Santa Cata será larga y carente de gestos que evidencien el elevado destino al que está llamada; desembocará, empero, en una transmigración de naturaleza tan extraordinaria que, ante la duda de si es reversible o no, ha ocasionado la primera canonización "preventiva" de la historia. Pero antes de que ocurra la misma, gracias a ¡¡Ábrete libro!!, la futura santa descubre la enorme cantidad de personas solitarias que vagan por el espacio cibernético en busca de alguien dispuesto a prestar atención a sus nimiedades y decide ser ella ese oído presto a escuchar las cuitas y los gozos de todos. Busca con ello que los visitantes se desahoguen y se sientan reconfortados. Su delicadeza y modestia le aconsejan, sin embargo, que lleve a cabo su propósito desde el silencio y el anonimato. Algo que lógicamente no podrá hacer si no cuenta con la complicidad de algún participante del foro. Entre los admiradores de los textos de su hijo, descubre a una forera que se cree la reencarnación cibernética del jilguero de Carel Fabritius. La santa concluye que ese pájaro, que lleva siglos creyéndose libre cuando la realidad es que el pintor lo dibujó encadenado por una pata a su posadero, puede ser justo el cómplice que anda buscando.


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Santa Cata no se lo piensa mucho y se apresura a convertir al falso liberto plumífero en su conejillo de indias. Le promete ser lectora fiel de todos sus textos a cambio de que abra en el foro un bujío en el que ella pueda acoger a todo aquel que desee ser escuchado. Recién inaugurado el chiringuito virtual de la santa, el destino hace de nuevo una de sus piruetas y, entre los visitantes, hay uno que dice ser el mentor de la cucaracha lectora de El breviario del caos de Caraco. Aun más, en nombre de su representada, exige que el recuncho cibernético sea ubicado en medio de un berenjenal, como si quisiese dar a entender con ello que la Blatta gallina había sido también compañera de la santa durante su etapa de hortelana ―eso explicaría por qué el medallón con la imagen de la cucaracha misántropa ha quedado tan vinculado a su advocación de Madre Floral―. La anfitriona acepta la condición exigida y da su visto bueno a que «El bujío de Santa Catalina» pase a estar situado en el centro de un pago donde medra una variedad cibernética de Solanum melongea.

Se inaugura así la etapa de mártir profesional de Santa Cata, en la que su cometido principal será escuchar con atención y agrado todo lo que los visitantes del bujío tienen a bien contarle. No hace distingo entre los temas que abordan unos y otros, ni tampoco les tiene en cuenta el mayor o menor nivel de conocimiento que demuestran al hacerlo. Su misión es ser todo oídos ―todo ojos, para ser más precisos― y se consagra a la lectura de los comentarios con la misma entrega con la que antaño lo hizo al cuidado de sus tres geranios. No son, sin embargo, los textos del bujío la única fuente de su santificación, ya que Santa Cata sigue padeciendo pesadillas nocturnas recurrentes. Sueños que le causan pavor y que le hacen despertarse sobresaltada en mitad de la noche. No descansa bien y eso la obliga a tener que esforzarse más al día siguiente para lograr leer con atención lo que le cuentan los visitantes del bujío. Las pesadillas pasan, pues, a ser también motivo de santificación y el proceso acelera su ritmo.

Entre las pesadillas que atormentan a la futura santa, destacan las que tienen como protagonistas a los astados. Para entender bien el sufrimiento que estos le causan, conviene recordar que siendo Catalina una niña presenció en las calles de Benasal el espectáculo de los toros embolados. Así pues, la santa conoce a la perfección el trapío y la fiereza de los toros bravos. Sabe cómo resuena el aire al salir por sus ollares, cómo le chorrea la baba de los belfos y, sobre todo, cómo resuenan las pezuñas cuando rascan el pavimento justo antes de las embestidas. Esos detalles adornan sus sueños y hacen que los viva con mayor realismo. Con ligeras variaciones, la persecución suele transcurrir siempre de la misma forma: Santa Cata se enfrenta sola a la bestia y, en cuanto la escucha resoplar y la ve rascar el piso con la pezuña, huye despavorida; se sube en la primera ventana que encuentra, pero el astado demuestra tener una agilidad insólita para su porte y se encarama también a la ventana; trepa ella entonces hasta el tejado de la casa y, cuando se gira, descubre que el toro está haciendo lo mismo. La huida se prolonga por los tejados y las azoteas, con el animal emulando las hazañas de la santa aunque sin darle alcance nunca. La angustia de la durmiente va in crescendo hasta que ya no puede más y grita aterrorizada, siendo este el momento en el que Viento la zarandea y logra liberarla al fin del astado.

Estando ya regentando el bujío, una nueva pesadilla le ayudará a acelerar su subida a los altares. El desencadenante ha sido el mordisco que sufrió la santa una noche de San Juan. Mientras dormía sintió un dolor agudo en la palma de la mano e instintivamente sacudió el brazo. En medio de la oscuridad, escuchó el «chop» sordo que produce un cuerpo blando al chocar contra uno duro. Al encender la luz, comprobó que la mano le sangraba y que tanto el camisón como las sábanas estaban manchados de sangre; del autor del mordisco, en cambio, ni rastro. Viento registró a fondo el piso sin ningún éxito. Miedosa donde las haya, Santa Cata se pasó el resto de esa noche y la noche siguiente entera sentada en el sofá con las piernas recogidas hacia arriba. Como la búsqueda seguía siendo infructuosa, ella se traslada a Chiclana, a casa de su segundo retoño. Viento esparce, entonces, harina por la encimera y por el suelo de la cocina y, a la mañana siguiente, hay huellas delatoras que indican que se trata de una rata de gran tamaño; decide distribuir bolsitas de veneno por todas partes y el animal parece volverse adicto al matarratas y cada noche desaparecen los saquitos de veneno. Pero al fin la gula le puede y el roedor amanece reventado en el patio comunitario.

Como efecto colateral de este suceso, las inquilinas de las alcantarillas pasan a formar parte del elenco de criaturas nocturnas empeñadas en contribuir a su santificación. Las primeras veces, Santa Cata se enfrenta a ellas en solitario. Les provocan miedo, mas sin llegar a ser tanto como el que siente cuando la persiguen los astados. Pero en febrero de 2018, el segundo de sus geranios es padre de una parejita, un niño y una niña, con lo que reproduce en la vida real el sueño que la santa había tenido en su etapa de hortelana. Con la intención de echarles una mano con los recién nacidos, Santa Cata se desplaza al domicilio de su hijo en Chiclana; y estando una noche a cargo del varoncito, vuelve a soñar con los roedores. Esta vez, sin embargo, la rata no le ataca a ella, sino al niño, y eso le produce una angustia aun mayor que la que siente cuando sueña con los astados.

Y si esas son las agitadas noches de la santa, tampoco de día tiene momentos de solaz. En cuanto acaba con sus obligaciones domésticas, se martiriza leyendo todo lo que cae en sus manos. Lo hace, además, siempre con una sonrisa en la boca, tal como queda reflejado en el lienzo Santa Cata Mártir de las Letras y las Ciencias. De autor desconocido, la pintura tiene la peculiaridad de ser la única representación en la que Santa Cata aparece con su cuerpo genuino. El lienzo es, por otro lado, un compendio de todos los elementos que integran la iconografía típica de la santa. En el caso de la cucaracha misántropa, el artista trata de reflejar su naturaleza también transmigrante haciendo que su imagen aparezca en el medallón que luce la santa sobre el pecho ―una réplica exacta del que muestra en el óleo de su advocación de Madre Floral― así como en el cuadro oval que hay colgado al lado del fuego que arde a espaldas de Santa Cata. Además del colgante mencionado, a modo de tocado, la santa luce una corona entretejida con flores de color malva y de forma acampanada que son, sin duda, flores de berenjena. Una santa coronada y que no pierde la sonrisa mientras se martiriza leyendo a la luz de una luciérnaga enjaulada. Que la jaula-farolillo tenga la puerta abierta nos indica que es una representación de la luciérnaga que iluminaba a la Blatta mientras leía el texto de Caraco en el sótano del orfanato. Un ejemplar, pues, de Luciola regia que, como enseguida veremos, va a desempeñar un papel muy relevante en la etapa final de la vida de la santa.


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Santa Cata del Guadiana Mártir de las Letras y de las Ciencias.jpg
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Completando la iconografía, el lienzo incluye sendas reproducciones de los óleos Virgen del jilguero, de Giovanni Battista Tiepolo, y de El jilguero, de Carel Fabritius. El que ambas pinturas formen parte de los elementos iconográficos de Santa Cata es fruto del que se considera su primer milagro. Sobre este punto, no es fácil elucidar dónde termina la verdad y dónde comienza la leyenda pero, si se observa con detenimiento la reproducción del cuadro de Fabritius, caeremos en la cuenta del que el jilguero no se halla ya encadenado. Hay estudiosos de la vida de la santa que afirman que fue ella quien auspició su liberación al convertir la cadena dibujada por el pintor holandés en una simple cuerda que hasta el niño Jesús de Tiepolo fue capaz de desatar. Conocedora de este rumor, antes de comenzar la redacción de esta hagiografía, decidí viajar a La Haya para comprobar personalmente si en el cuadro original el jilguero estaba también libre. En el transcurso de mi visita al Mauritshuis, asistí a un prodigio muy acorde con la naturaleza transmigrante de Santa Cata, pues fui testigo de cómo el jilguero del óleo de Carel Fabritius dejaba a ratos de estar encadenado. Desde entonces, he meditado mucho sobre el suceso que presencié y, aunque no he dado aún con una fenomenología conocida que lo explique, a menudo especulo con la posibilidad de que el cómplice de la santa en el bujío ―el falso liberto plumífero― comparta con ella la naturaleza transmigrante. Y en tal caso, de ser cierta esta hipótesis, el jilguero expuesto en el Mauritshuis sería unas veces el que pintó encadenado Fabritius; otras, el que dibujó liberado Tiepolo.


Canonización preventiva

Durante tres décadas más, Santa Cata permanecerá al frente del bujío completando su martirio. Desde el silencio y el anonimato, continuará siendo ese oído presto a escuchar las cuitas y los gozos de todos los que tengan a bien contárselos. Hay quienes afirman que un atardecer, a punto de convertirse ya en centenaria, tras una jornada de mucho ajetreo en el bujío, Santa Cata cerró el libro que tenía en las manos ―o siendo más exactos, abandonó el hilo que este tenía abierto en ¡¡Ábrete libro!!― y entró en uno de sus trances catalépticos. Pero en esta ocasión, el fenómeno de catalepsia será distinto, tanto por su larga duración ―aún perdura― como porque los electroencefalogramas sugieren que no se trata solo de una muerte aparente. El cuerpo, sin embargo, permanece incorrupto desde entonces, desprendiendo un agradable olor y sufriendo un extraño fenómeno luminiscente: de su interior emana una luz muy tenue, pero que es cálida y palpitante como si la estuviera bombeando un corazón; y de una tonalidad caprichosa ―lo mismo vira del verde al amarillo que del amarillo al naranja― que le da apariencia de una aurora boreal.

Desde que comenzaron las luminiscencias, los devotos de Santa Cata mantienen que el hecho de que haya entrado en trance justo mientras leía los comentarios de La saga/fuga de J. B. de Torrente Ballester no es casual, sino una prueba de la hermandad existente entre Santa Cata del Guadiana, Mártir de las Ciencias y las Letras, y Santa Lilaila de Éfeso, Mártir de los Iconoclastas. La vida de esta última se desgrana casualmente en el mencionado libro y según afirma su autor, tanto los textos como los treinta capiteles de la Colegiata de Castroforte del Baralla, dedicados a describir la vida de Santa Lilaila, indican que la santa tardó doscientos años en recorrer el camino entre Éfeso, en la costa de Asia Menor, y la ría de Castroforte del Baralla, en la de Finisterre. Viaje que hizo atravesando en una barquichuela unas aguas infestadas de piratas y del que, sin embargo, salió ilesa gracias a la multitud de lampreas que le acompañaban y que actuaron de escuadra protectora. La tradición dice, además, que era tal la densidad de lampreas que las galeras moriscas no podían acercarse a la barca de la santa; cierto es también que el denso cardumen entorpecía su avance y de ahí que el viaje durase tantísimo tiempo.

Hay quienes han llevado el paralelismo entre el destino de ambas santas hasta el extremo de afirmar que son las dos caras de una misma encarnación. En la actualidad, el cuerpo iluminado de Santa Cata reposa en el interior de una urna de cristal idéntica a la de Santa Lilaila. Existe, con todo, cierta controversia sobre si el cuerpo de la última es el auténtico o si, debido a que el original acabó desintegrado ―convertido en «Cenizas grises y algo así como troncos de leña calcinados», según Torrente Ballester―, el actual corresponde al de una cristiana muy piadosa pero que tenía la costumbre, más propia de paganos, de bañarse todos los sábados. Por causa de ese exceso de celo en la higiene corporal, la joven fue detenida, interrogada y por último torturada hasta que, según palabras textuales del autor, «expiró en el potro como un jilguerito». Que como símil de la muerte, de quien parece ser la dueña del cuerpo sustituto del de Santa Lilaila, se haya empleado justo la especie de pájaro que estuvo tan estrechamente vinculado a la etapa de mártir de Santa Cata no hace otra cosa que acrecentar la sospecha, antes mencionada, de que Santa Cata y Santa Lilaila solo sean dos estados de una misma entidad. Algo que, de ser cierto, nos situaría ante el primer caso de santidad cuántica. Haciéndose eco de esta hipótesis, el pintor del cuadro de Santa Cata Mártir de las Letras y las Ciencias ha elaborado con posterioridad una nueva versión, titulada Santa Lilaila Mártir de los Iconoclastas, en la que lo único que varía es el rostro ―se desconoce si es el genuino de Santa Lilaila o bien el de su pulcra sustituta― y la actitud menos concentrada de la santa. A diferencia del de Santa Cata, el lienzo de Santa Lilaila no se haya habitualmente expuesto, sino guardado en el sótano con el resto de fondos del museo.

En cualquier caso, a día de hoy, los cuerpos de ambas santas no solo continúan desprendiendo luz, sino que lo hacen parodiando algunas de las señales luminosas marítimas de las costas en las que vivieron. Así, el cuerpo de Santa Lilaila lanza habitualmente dos destellos seguido, luego uno solo, y termina con una pausa, tal como hacen algunas de las boyas de la Ría de Castroforte; el de Santa Cata, en cambio, lanza tres destellos, hace una pausa y luego vuelta a empezar, remedando las dos boyas de la barra del Castillo de Sancti-Petri de Chiclana. Hay, además, otro fenómeno, no menos asombroso, que sugiere también el destino común de las dos santas. Y es que la madrugada del 29 de septiembre, coincidiendo con el aniversario del nacimiento de ambas mónadas, la jaula farolillo del lienzo Santa Cata Mártir de las Letras y las Ciencias se apaga; y en su lugar, son las reproducciones de los jilgueros libertos de Tiepolo y de Fabritius, incluidas en el lienzo, las que comienzan a lanzar destellos con las mismas pautas que los cuerpos iluminados de Santa Lilaila ―el primero― y Santa Cata―el segundo―. Por ese motivo, desde hace ya más de una década, la noche del 28 al 29 de septiembre, las puertas del museo gaditano en el que se haya expuesto el cuadro de Santa Cata no se cierran para que, quienes lo deseen, puedan presenciar el que sin duda es otro de sus milagros. Esa es, además, la única noche en la que es posible ver expuesto, al lado del de Santa Cata, el lienzo Santa Lilaila Mártir de los Iconoclastas.

Que la última transmigración de Santa Cata del Guadiana esté siendo tan duradera y que, en paralelo, su cuerpo esté sufriendo fenómenos luminosos que lo vinculan con el de la ya fallecida Santa Lilaila de Éfeso ha provocado que, por prudencia, la canonización de la santa se haya llevado adelante pero solo con carácter preventivo. Por desgracia, la naturaleza transmigrante de esta santa no nos permite saber si nos encontramos ante un tipo nuevo de santidad, ―«cuántica», según apuntan algunos científicos estudiosos del fenómeno―, o si por el contrario se trata del típico proceso de cuerpo incorrupto con olor de santidad. Lo que sí se acabará sabiendo en breve ―me consta que los análisis están ya en marcha― es si la luz pulsátil de ambos cuerpos responden, como se sospecha, al mismo espectro luminoso que el de la luz de la Luciola regia. De hecho, ya hay quienes afirman que, cada vez que la Luciérnaga Monarca apaga el ordenador y se retira a descansar, las dependencias de ¡¡Ábrete libro!! situadas al otro lado del péndulo se quedan de inmediato a oscuras; pero que luego, en cuanto la Luciola se duerme, es Santa Cata del Guadiana la que recorre de extremo a extremo el lado oculto del foro y, al hacerlo, disipa las tinieblas con la luz cálida y pulsátil de su Santo Cuerpo Iluminado.


Nota de la biógrafa:
Elaborar la biografía de Santa Cata del Guadiana no ha sido labor fácil debido a esa capacidad única ―no hay ningún otro caso anterior registrado en la literatura hagiográfica― de transmigrar. La advocación Guadiana hace precisamente referencia a ese atributo de transmigración de su espíritu de un cuerpo a otro, ya que eso provoca que, mientras su genuino cuerpo entre en un estado transitorio de letargo, ella reaparezca encarnada en otra corporeidad y en otro punto cualquiera de la faz de la Tierra, de forma parecida a como lo hace el río del mismo nombre. Santa Cata tiene, además, el peculiar atributo de teletransportarse fuera del tiempo lineal e irreversible en que transcurre la vida del resto de los mortales. Me habría gustado ser yo quien le pusiese el punto final a la biografía de esta santa transmigrante, pero algo en mi interior me indica que sigue viva ―en ese estado de latencia que le es propio― a la espera de las etapas de su vida que pertenecen al futuro. ¿Cómo explicar, si no, la presencia de esa extraña criatura fractal en ciertos periodos de la vida de la santa, pese a que la evolución no haya propiciado aún su existencia? Consciente, pues, de que este texto no deja de ser una biografía inconclusa ―le faltan los acontecimientos que todavía la santa tiene pendientes de vivir―, mi máxima aspiración al escribirlo no ha sido otra que la de facilitar la labor del hagiógrafo que goce del privilegio de escribir la biografía completa de Santa Cata del Guadiana.

Agradecimientos:
A Cata, por prestarse a que su vida sea la columna vertebral de esta hagiografía; a Hexa, por el perfilado de la Blatta y por hacer de las berenjenas la planta emblemática de este bujío; a Greto, por regalarnos la palabra recuncho y por darnos las claves del desenlace de la vida de la santa; a Catulo, por ese providencial sueño y por esa providencial parejita; a Viento por ser el fiel y discreto báculo en que se apoya Cata; a la Luciola por prestarnos su luz y por darle cabida al bujío en el foro; a la Niña Guadiana, por el gesto de leerse el texto entero a cambio de nada; y al resto de visitantes por contribuir de forma altruista a la causa de Santa Cata.

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Última edición por jilguero el Mié Jul 25, 2018 7:37 am, editado 53 veces en total

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:hola: Resulta, Cata, que la hagiografía ya ha rebasado la longitud permitida en un mensaje :dragon: y he tenido que habilitar el anterior como continuación.

Échale un ojo a esta parte pues igual hay alguna cosilla que quieras sea rectificada. :wink:


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Edgardo Benitez escribió:
Viajábamos a caballo. La abuela y yo. Cuando llegamos a la costa ya amanecía, atamos los caballos a unos árboles y vi a la abuela recogerse el faldón mientras caminaba por la playa. La vi agacharse y corretear a los cangrejos ermitaños. Parecía buscarlos con obstinación. Hasta que abrió un agujero donde se metió uno de ellos, y logró extraerlo. Lo tenía en su mano y lo llevaba tan cerca de su boca y le decía algo que yo no escuchaba. El animalito novia las patas demostrando alguna reacción al momento que la abuela se lo acercaba a la oreja simulaba escuchar algo. Al poco rato puso al animal sobre la arena al instante que se sumaban otros crustáceos que parecían acompañar a la abuela hacia las olas. Ella jugueteaba con las olas mientras se adentraba poco a poco, hasta que desapareció frente a mí, y yo sin poder hacer más que gritar.
Ese día amarré mi caballo al de la abuela y regresé sola a casa sin poder ofrecer a la familia una explicación lógica de lo ocurrido.
Aunque el tiempo ha pasado, aún sigo pensando en la abuela, y en qué fue lo que platicaron ese día con aquel cangrejo ermitaño.

Edgardo, si me entero de algo de la conversación mantenida entre la abuela y el cangrejo ermitaño, te lo contaré. Por fortuna, los cangrejos que yo persigo viven también dentro de una concha pero en este caso cohabitando con el dueño de la concha. Así, pues, no corren mar a dentro y, gracias a ello, yo he regresado :wink:.

La imagen de esa abuela remangándose el faldón para caminar sobre la arena me ha hecho acordarme de lo que nos contaste en su momento de que tu recién enterrada abuela os decía “del plato a la boca se cae la sopa”, y luego se giraba para retirar alguna olla de la hornilla que la llamaba." :D

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Brisa cálida y olor dulce y anisado a flores silvestres.
Mañanas de verano con toda la vida por delante, entonces;
mañanas de verano con el resto de la vida por delante, ahora.
Mañanas de verano, en cualquier caso, gracias al olor dulce y anisado de las carrihuelas y de las adelfas...
:ola:


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PD: sobre la adelfa (Nerium oleander) sacado del Dioscórides renovado de Pío Font Quer


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jilguero escribió:
Oye, Greto, el huevo del lagarteiro lo veo un pelín abandonado. ¿Es eso normal?
No. Además ya han pasado varios días y no hay nuevos huevos, así que me temo que se trata de otra cámara con fin fallido.

jilguero escribió:
Como tenga algo sobre el cultivo y elaboración de conservas de berenjenas sería cerrar el circulo de forma casi perfecta...
Acabaremos montando una cooperativa agraria o una S.A.T.

P.S. A propósito de algo que has escrito en otro hilo, decir que celebro que te gusten Portugal y sus gentes.

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Gretogarbo escribió:
jilguero escribió:
Como tenga algo sobre el cultivo y elaboración de conservas de berenjenas sería cerrar el circulo de forma casi perfecta...
Acabaremos montando una cooperativa agraria o una S.A.T.

P.S. A propósito de algo que has escrito en otro hilo, decir que celebro que te gusten Portugal y sus gentes.


Pues vete tú a saber lo que dan de sí los bancalitos de tu recuncho :cunao:
He tenido que mirar lo que es una S.A.T., pues no me quedaba claro si era sinónimo de cooperativa, pero ya me he enterado :mrgreen:

Desde que recuerdo me caen bien los portugueses. Hace años participé en un proyecto europeo de estuarios y con los colegas portugueses estaba muy a gusto. No solo con ellos, pero sí de modo especial con ellos :wink:. Hay mucha gente estirada y con ínfulas de grandeza y cuando te encuentras gente que tienden más a la humildad y al terruño (el verdadero terruño, el que no entiende de fronteras) me da alegría :128:.

Por cierto, me acordé de tí cuando atravesamos el interior camino de España. Resulta que había una zona, entre Sines y Beja, con las torretas de la luz llenas de cigoniños, de dos en dos y hasta en tres niveles. Intenté hacer foto para mostrároslos pero era utopista-autovía, ibamos muy deprisa y saqué un magnifico camión en vez de la torreta :meparto:.

¿Greto, tienes mezcla lusa :roll:?

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Yo sólo he conocido a dos portugueses en mi vida (una pareja de recién casados en Jamaica) y eran unos amores. Hace una pechá de tiempo y todavía me acuerdo de ellos. :P

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jilguero escribió:
... había una zona, entre Sines y Beja,...
Esa zona de Portugal, equivalente al sur de Extremadura o noroeste de Andalucía, es una gozada. Bueno, todo Portugal es una gozada, aunque a mí me tira más el norte por proximidad y similitud paisajística.

jilguero escribió:
¿Greto, tienes mezcla lusa...?
La mitad de mí es portuguesa. Pero no sé si la izquierda o la derecha o si del ombligo hacia arriba o del ombligo hacia abajo.

Estrella de mar escribió:
Yo sólo he conocido a dos portugueses en mi vida (una pareja de recién casados en Jamaica) y eran unos amores.
Curioso que hayas conocido a una pareja de portugueses en Jamaica.

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Gretogarbo escribió:
jilguero escribió:
... había una zona, entre Sines y Beja,...
Esa zona de Portugal, equivalente al sur de Extremadura o noroeste de Andalucía, es una gozada. Bueno, todo Portugal es una gozada, aunque a mí me tira más el norte por proximidad y similitud paisajística.

Mi sensación es que la influencia atlántica unido al terreno más alomado hace que sea un paisaje con una vegetación más rica y más arbórea. Eso sí, hay zonas de eucaliptos que es una pena. Además, pasa como en Galicia, los pueblos están diseminados y tiene uno la sensación de una vida más integrada en la Naturaleza. Tengo magníficos recuerdos de unos días que pasé de vacaciones con un amigo en Buçaco (no sé sí se llama también así la zona de abajo en la que nos hospedamos, donde hay un antiguo balneario). A los dos nos gusta la Naturaleza y dimos buenos paseos por el bosque de Buçaco. ¿Lo conoces? Tiene una gran variedad de árboles, autóctonos y exóticos. Recuerdo un paseo entre helechos arbóreos que me dio la sensación de ir avanzando por un túnel del tiempo hacia atrás :D.

Gretogarbo escribió:
jilguero escribió:
¿Greto, tienes mezcla lusa...?
La mitad de mí es portuguesa. Pero no sé si la izquierda o la derecha o si del ombligo hacia arriba o del ombligo hacia abajo.

Posiblemente tengas más de amalgama que de mosaico :wink:. En cualquier caso, partiendo de buen material, la aleación resultante a la fuerza será también buena :chino: :chino:.

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Dice Jilguero "Posiblemente tengas más de amalgama que de mosaico :wink:. En cualquier caso, partiendo de buen material, la aleación resultante a la fuerza será también buena"

Tienes mas razón que una santa jilgue, pues un mosaico o una quimera de diferentes partes lo convertiría en alguien mas famoso que el Ecce Homo de Borja, y ya habríamos tenido noticias seguro de tal maravilla. :| :wink:


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NotaPublicado: Lun Jun 18, 2018 7:11 pm 
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hexagono69 escribió:
Dice Jilguero "Posiblemente tengas más de amalgama que de mosaico :wink:. En cualquier caso, partiendo de buen material, la aleación resultante a la fuerza será también buena"

Tienes mas razón que una santa jilgue, pues un mosaico o una quimera de diferentes partes lo convertiría en alguien mas famoso que el Ecce Homo de Borja, y ya habríamos tenido noticias seguro de tal maravilla. :| :wink:

Tendríamos un Ecce Homo del bujío, jardinero y hortelano, para más detalle. Pero mejor que sea un Serinus ruralis y revolotee a su aire. :wink:

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Si mejor que una Sirena marealis. :15:


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NotaPublicado: Mar Jun 19, 2018 7:30 am 
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Ubicación: En las ramas del jacarandá...
Me pregunto, Cata, por qué tocaría el pescador esta melodía. ¿Habría visto esta peli y recordaría a Melina?

No , no lo creo, él la tocaba en verano, mientras oscurecía, rodeado de sus cinco hijos (el benjamín estaba por llegar) y, tal vez por eso, en su acordeón sonaba desprovista de nostalgia.

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PD: mentor de la Blatta gallina si encuentro alguna Sirena marealis en el foro la incluiré en el Bestiario, no lo dudes.
He tomado nota en él para que no se me olvide, tendrá como nombre común sirena de las marismas y no sé yo si no podría ser la poeta germana una buena representante de la especie, tatuajes tiene y bello canto también :roll:

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NotaPublicado: Mar Jun 19, 2018 9:01 am 
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Ubicación: Sentada en un taburete.
Toc, Toc...¿Se puede?

Vengo a contaros lo que me sucedió ayer al medio día. En el lugar que trabajo disponemos de una hora para comer, y ayer hacía tan buen tiempo que comí muy deprisa con la intención de dar un largo paseo por la campiña que me rodea. Iba yo ensimismada en mis pensamientos al mismo tiempo que disfrutaba de esos rayos de sol tan maravillosos cuando... escucho entre los arbustos un zigzagueo. Me detengo esperando ver salir una perdiz,una liebre, o quizá un lirón careto, pero ¡zas! lo que aparece es un lagarto ocelado inmenso con su enorme cabeza triangular. El pobre se tropezó conmigo; nos miramos apenas un segundo y no sé cual de los dos se asustó más, yo contuve la respiración ( sé que no hacen nada , pero me asuste) y él salio disparado en sentido opuesto al mio. Fue un encuentro fugaz pero me encantó ver a ese animalillo.

Os dejo una imagen de su congénere para que podáis apreciar lo que yo disfruté ayer.

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NotaPublicado: Mar Jun 19, 2018 9:46 am 
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jilguero escribió:
... dimos buenos paseos por el bosque de Buçaco. ¿Lo conoces?
No lo conozco, jilguero,...
jilguero escribió:
Recuerdo un paseo entre helechos arbóreos que me dio la sensación de ir avanzando por un túnel del tiempo hacia atrás...
... pero sólo por ver esto ya vale mucho la pena.

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