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No, si al final voy a tener que leerme El principito... :roll:

Oye, lo que te comentaba, polluelo, que te he mandado lectura para el domingo con el cafelito... esto... como no tienes mp lo he colgado en abierto, jajajaja.

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Eufemia

Hubo un tiempo en que mi familia no era como la de Durrell..., pero casi. Y en esa época, coincidiendo además con que el abuelo ya había muerto y la abuela pasaba medio año con nosotros, llegó a casa Eufemia.

Por aquel entonces, vivíamos en un piso en Sevilla y nuestros tiempos de libertad se habían terminado. Mi padre era ya aficionado a la pesca y nos solía invitar a que lo acompañásemos en sus incursiones a la sierra. Aunque no nos gustase pescar, nos apuntábamos a sus escapadas encantados porque la simbiosis era perfecta: una vez en el destino, él se centraba en lo suyo y nosotros en lo nuestro, y la jornada transcurría sin las habituales y molestas injerencias entre padres e hijos. Eran, por tanto, días de asueto en los que los niños recuperábamos nuestra antigua condición de asilvestrados. Se podría decir que nuestro padre practicaba con nosotros una indolencia que hoy en día sería tachada de imprudente. Pero, si vuelvo la vista atrás y analizo nuestra trayectoria posterior, creo que nos vino de maravilla para aprender a desenvolvernos solos en la vida. Algún que otro susto nos llevamos por causa de esa inconsciencia paterna, como el día en que mi hermana y yo decidimos cruzar un pantano con ayuda de una colchoneta hinchable y a punto estuvimos de naufragar ―aunque esa es otra historia y no es este el momento de contarla―. Pero entre nosotros existía un pacto de silencio tácito: cuando regresábamos a casa, ninguna travesura peligrosa, ya fuese suya o nuestra, era comunicada a nuestra madre, la verdadera guardiana del bienestar de todos.

En una de esas jornadas de pesca a orillas del Ribera del Huéznar, Eufemia se cruzó en nuestro camino justo cuando andábamos con los pies metidos en el agua y cogerla era una tentación al alcance de la mano. En realidad, hubiese dado lo mismo que estuviéramos calzados y con los pies fuera del riachuelo. Pese a que éramos ya seis hermanos y la abuela vivía en casa la mitad del año, en esa época teníamos una tendencia compulsiva a incorporar nuevos miembros a la familia. O a lo mejor era precisamente por eso, por lo divertido que era ser tantos, que practicábamos la adopción indiscriminada de cualquier ser viviente descubierto durante nuestras andanzas. El único inconveniente era tener que escuchar las quejas de mi madre. Lógicas, por otro lado, ya que era sobre ella sobre quien a menudo recaía la mayor parte del trabajo extra que ocasionaba el tener un nuevo huésped en casa.

El día que adoptamos a Eufemia recuerdo, sin embargo, que al verla mi madre no se inmutó lo más mínimo. La indiferencia fue en realidad mutua y duró desde esa primera noche hasta el día en que empezaron a aparecer por el suelo mojoncitos de tortuga que ni eran discretos ni tampoco demasiado sólidos. Pero eso es adelantarse a los acontecimientos y las cosas hay que contarlas con orden y con todos sus avíos... Volviendo pues al día de la adopción, tengo que decir que el recibimiento de mi madre a Eufemia no fue el de una anfitriona ejemplar, pero si tolerante. En parte, porque un galápago era uno de los huéspedes menos problemático a la hora de darle alojamiento en nuestro piso; mas también porque en nuestro pueblo natal existía la costumbre de tener galápagos sueltos por los patios para que se encargasen de mantenerlos limpios de los bichitos indeseables que se criaban entre las macetas. En el patio de los abuelos, por ejemplo, los hubo y convivir con Eufemia no representaba por tanto ninguna novedad para mi madre.

Aunque en casa no había ni patio ni macetas, guiándonos por la tradición popular llegamos a la conclusión de que, si la dejábamos moverse con total libertad por el piso, Eufemia se podría buscar solita la vida. La verdad es que resultó ser un miembro de la familia nada conflictivo y de una discreción que muy pronto la iba a relegar casi al olvido. Los primeros días, no obstante, debido a la novedad, la buscábamos a menudo para jugar con ella. Pero la timidez, o puede ser que también el miedo, hacía que Eufemia se escondiese dentro del caparazón en cuanto nos acercábamos a ella. Tocaba entonces quedarse muy quietos a su lado si queríamos volver a ver cómo sacaba la cabeza y las patas. Pero el tiempo le hizo comprender que, si bien éramos traviesos, nuestras intenciones no eran malas, y ya no se escondía al vernos sino que corría cuanto podía haciendo un ruido característico al golpear el suelo con su caparazón.

Recuerdo que uno de nuestros entretenimientos preferidos del momento era presionar con un dedo la concha de Eufemia contra el suelo para impedirle el avance y ver cuál era su reacción ―un experimento inocente si lo comparamos con los que vinieron más tarde―. Pero ella no se solía dar por enterada y continuaba pataleando como una loca. Muchas veces me he preguntado después si ese pataleo sería la manera que tenía Eufemia de mostrarnos su desacuerdo, o si no sería más bien que era corta de vista y no se daba cuenta de que seguía estando en el mismo sitio pese a no parar de mover las patas. En cualquier caso, en lugar de retraerse en la concha como al principio, una vez cogió confianza, Eufemia se convirtió en una peregrina incansable. Sobre todo, una vez se pasó la novedad y los niños dejamos de prestarle atención.

Se podría decir que, a partir de ese momento, Eufemia empezó su particular travesía por el desierto. Por supuesto, era un miembro más de la familia y por la noche, mientras los demás estábamos en silencio alrededor de la mesa camilla ―la abuela, leyendo sus novelitas rosas o su breviario; mi madre, haciendo calceta; y los niños, estudiando―, ella aprovechaba para desplazarse a sus anchas por el piso. No obstante, se comportaba como si apreciase nuestra distante compañía: en muy raras ocasiones abandonaba el salón comedor, que era donde en realidad nosotros hacíamos la vida en común. Y en esos momentos más silenciosos del final del día, el golpeteo sordo de su caparazón al desplazarse nos recordaba que Eufemia seguía con nosotros y saberla allí era, al menos en mi caso, motivo de alegría y de orgullo. Nadie, sin embargo, salvo la abuela a la hora de acostarse ―no quería compartir dormitorio con ella y por eso se aseguraba de que se quedase fuera al cerrar la puerta―, buscaba ya a Eufemia. Esa etapa debió ser para ella aburrida y, como comprobaríamos luego, de una esterilidad casi cruel.

La primera en darse cuenta y dar la voz de alarma de que Eufemia casi no podía caminar fue mi hermana pequeña. Siempre había sido un peregrina cautelosa y amante de los rodapiés ―eran muy raro verla caminando por en medio de una habitación―, pero desde que perdió la timidez inicial marchaba con garbo y perseverancia; e incluso corría a su manera cuando notaba que alguien se acercaba. Ahora, en cambio, a cada paso que daba, se dejaba caer a plomo y descansaba despatarrada antes de apoyar de nuevo las patas para levantar el caparazón del suelo. El «toc, toc, toc, toc» repetido y acompasado de antes se había convertido en un «TOC» aislado y mucho más sonoro. Un cambio de ritmo que yo ya había notado, cuando ella se desplazaba por el piso mientras nosotros estudiábamos en silencio; pero al igual que se acostumbra nuestro oído a cualquier otro cambio, el mío había aceptado ya como normal la nueva cadencia mucho más pausada del caminar de Eufemia.

Mi padre la colocó encima de la mesa y, tras examinarla con calma y comprobar que era puro caparazón y pellejos, concluyó que no había suficiente comida a ras del suelo y que el galápago estaba a punto de morir de inanición. La pobre peregrina había caminado infructuosamente por esa especie de desierto que debía ser el piso para ella. Pero en cuanto nos enteramos de la tortura a la que sin querer la habíamos sometido nos aprestamos a ponerle remedio. En adelante, alguien habría de ocuparse de alimentar a Eufemia, dijo mi padre, y mi hermana la hacendosa se ofreció enseguida. La misma que, años atrás, nos hizo cambiar al lagarto de jaula para limpiársela y, en el cambalache, se nos escapó; pero ahora se trataba de un animal mucho más reposado y, como no había riesgo de fuga, a los demás nos pareció perfecto que ella se encargase de alimentar a Eufemia.

Éramos muchos y la economía no estaba para comprar alimentos especiales de tortugas, pero mi madre, todavía ajena a las consecuencias que eso acarrearía, accedió a donarnos una rodaja gruesa de mortadela para Eufemia. La primera comida fue un auténtico espectáculo. Mi hermana echó un par de dedos de agua en el bidé y metió dentro a Eufemia. Luego cortó una tirita de mortadela y, en cuanto se la puso delante, Eufemia se lanzó hacia ella con una voracidad más propia de cocodrilo que de galápago. La escena se repitió una y otra vez hasta que, tira a tira, se comió la rodaja entera de mortadela. Luego la sacamos del bidel y la volvimos a dejar en libertad hasta la siguiente toma.

Fue entonces cuando empezaron a aparecer los mojoncitos de la tortuga junto a los rodapiés y la indiferencia de mi madre se convirtió de inmediato en enfado. Hubo que negociar con ella el que Eufemia continuara formando parte de la familia y, como casi siempre, con esa generosidad tan propia de las madres, acabó anteponiendo nuestros deseos a su propia comodidad: Eufemia podía quedarse en casa pero solo a condición de que viviese confinada en el cuarto de baño y fuésemos nosotros los encargados de recoger sus cacas. No era una tarea agradable, desde luego, pero la continuidad de Eufemia entre nosotros bien merecía la pena ese esfuerzo extra de nuestra parte y aceptamos la condición materna.

No me gusta la escatología y no voy a hacer aquí una descripción pormenorizada de los excrementos de Eufemia. Me limitaré a repetir que no eran discretos ni tampoco demasiado sólidos y, por ende, muy desagradables de recoger. Por suerte, mi hermana la hacendosa debió considerar que, como encargada oficial de dar de comer al galápago, también esa tarea de limpieza formaba parte de su responsabilidad y fueron contadas las ocasiones en las que los demás debimos enfrentarnos a las cagadas de Eufemia. Es más, a partir de ese momento gozamos de un nuevo distraimiento en el cuarto de baño y de los consiguientes efectos colaterales.

Ya antes del confinamiento de Eufemia, al ser muchos y tener solo un cuarto de baño, este estaba muy solicitado y a veces era motivo de fricciones. Pero en general, salvo la abuela, que se movía ya más lenta que Eufemia y necesitaba más de una hora para asearse cada mañana, y el segundo de mis hermanos, que tenía la molesta costumbre de realizar sus necesidades rasgueando la guitarra, los demás entrábamos y salíamos de baño con gran rapidez. La presencia del galápago provocó, sin embargo, que algunos del bando de los rápidos nos pasásemos al de los lentos, con la consiguiente formación de cola para entrar en el aseo. Con todo, gracias a la gran capacidad de adaptación que adquieren los miembros de las familias tan numerosas, después de unas semanas habíamos conseguido lograr un nuevo equilibrio inestable en el uso ineludible de esa pieza tan solicitada de la casa.

Pero pronto llegó el verano y, con la llegada del calor ―algo que no es moco de pavo en el caso de Sevilla―, sacamos las chanclas y las sandalias de los armarios. Salvo la abuela que usaba calzado cerrado durante todo el año, los demás empezamos a caminar por casa con los pies descubiertos. Mi padre, que era muy zumbón y casi siempre estaba de buen humor, una mañana salió muerto de risa del cuarto de baño y nos contó que Eufemia acababa de confundir el dedo gordo del pie con una tira de mortadela. Pensamos que era una broma y no le hicimos demasiado caso. Por un tema de probabilidad, el siguiente en ser atacado por Eufemia fue mi hermano más tardón ―el que se encerraba en el aseo con la guitarra― y a él no le hizo ninguna gracia. Salió del cuarto de baño protestando de que en aquella casa ni siquiera cagar a gusto se podía ya.

Uno tras otro nos llegó el turno a los demás y, como en mi familia tenemos pie egipcio, los ataques de Eufemia siempre tenían como objetivo los dedos gordos que eran los más prominentes. Hubo quien trató de convencer a mi madre para que le levantara el encierro al galápago, pero ella se mantuvo en sus trece. Y como que siguiera formando parte de la familia no estaba en cuestión, a partir de ese momento una silla de enea pasó a formar parte del mobiliario de la "celda" de Eufemia. Antes de sentarnos en el retrete, la colocábamos justo delante y, cuando veíamos que ella se disponía a atacarnos, colocábamos los pies en el travesaño. En mi caso, jugaba a provocarla y solo levantaba el pie en el último momento. Entonces ella se colocaba debajo, estiraba el cuello al máximo y levantaba la cabeza en busca de la inalcanzable mortadela.

Las tortugas tienen fama de ser longevas y Eufemia no fue una excepción. Vivió en casa tantos años que dio tiempo a que yo empezase a estudiar la carrera y pudiese contar con su ayuda en un trabajo que tuve que hacer. La asignatura era Fisiología Animal y decidimos que nosotros –dos compañeros más de clase y yo- lo haríamos sobre el efecto que tiene en los animales recibir señales visuales distintas a las que le indica el órgano de equilibrio. Sin entrar en demasiados tecnicismos, aclarar que eso se produce, por ejemplo, cuando estamos en movimiento, nos detenemos de golpe y, por inercia, el órgano de equilibrio nos indica que seguimos en movimiento, la vista nos dice que no y, ante la contradicción, sentimos un cierto mareo.

Mientras duró el estudio experimental, convivieron también con nosotros una pollita muy tontona y un palomo muy espabilado que, al igual que Eufemia, fueron sometidos a pruebas. Como no podía ser de otra manera, mi hermana la hacendosa se ofreció a convertirse en nuestra ayudante, encargándose de su alimentación y de la tarea no siempre grata de mantenerlos aseados ―a la pollita, sin ir más lejos, debía lavarle a menudo las patas pues tenía la fea costumbre de pisotear la propia caca―. Entretanto, con pocos medios pero muchísima ilusión, los tres aprendices de científicos nos dedicamos a hacer los "experimentos" necesarios.

A Eufemia, por ejemplo, usando tiras de esparadrapo, la inmovilizamos sobre el plato de un viejo tocadiscos que había en casa. Luego lo pusimos en movimiento a distintas revoluciones y anotamos con más buena voluntad que rigor todas sus reacciones. La pobre se cogía unos mareos de aúpa. Así, mientras el plato estaba en movimiento, mantenía los ojos abiertos y giraba la cabeza y las patas como si quisiese caminar en sentido contrario al del giro. En cambio, cuando se paraba el plato, la pobrecilla cerraba los ojos y torcía las patas hacia el otro lado como si quisiese caminar recto y no fuese capaz de hacerlo. Y si le aplicábamos demasiadas revoluciones, su vértigo debía ser tal que se escondía dentro del caparazón y, al no poder observar nada, la experiencia se chafaba.

Refiero estas peripecias para hacerle justicia a Eufemia ―no todos los galápagos tienen en su curriculum vitae el haber contribuido a la obtención de una matrícula de honor en una asignatura universitaria―, mas también porque siempre me quedó la duda de si esos experimentos tuvieron en parte la culpa de su violento final. Y es que un día, al regresar de clase, en la acera delante de casa, vi un galápago. Reconozco con sonrojo que, a pesar de los muchos años de convivencia, al verlo dudé de que pudiera ser Eufemia. Ella seguía viviendo confinada en el cuarto de baño y no era posible que anduviera por la calle. No dudé, en cambio, en subirme al que creía un galápago forastero para que pasara a formar parte de nuestra gran familia.

Mi hermana la hacendosa la reconoció en cuanto la vio, pero yo me mantuve en mis trece: aquel galápago no podía ser Eufemia puesto que me lo acababa de encontrar en la calle. Hicimos un registro a fondo en el cuarto de baño y luego en el resto de la casa y, por supuesto, Eufemia no apareció. Aceptamos, pues, que aquel galápago que se negaba a salir del caparazón era ella. Cómo había logrado escaparse de su celda y cómo había logrado salir al balcón fue siempre un misterio. Pero, cuando la examinamos más despacio, descubrimos que por la aparte de abajo el caparazón estaba agrietado y que ella, aunque viva, se hallaba moribunda.

El benjamín de la casa, todavía muy niño para aceptar la dura realidad, quiso ponerle de nuevo esparadrapo, pero esta vez para curarla. Los más mayores le explicamos que se había hecho mucho daño al caerse desde el balcón y que lo mejor para ella era dejarla descansar en paz. Unos días después Eufemia murió. Si haberla sometido a aquellas pruebas pudo contribuir o no a que perdiera la orientación y se despeñara por el balcón, es algo que nunca podré saber. Pero lo que sí sé es que su muerte me creó cierto sentimiento de culpa.

He tardado muchos años en sacarme esa molesta espina de mi conciencia. Por suerte, la vida me ha enseñado a verle el lado bello a casi todas las cosas. Y cuando ahora pienso en el final de Eufemia, me digo que a lo mejor esos giros veloces en el tocadiscos le hicieron soñar el sueño de Ícaro, y que ese día se lanzó al vacío convencida de que era la única manera de hacerlo realidad.



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Última edición por jilguero el Sab Abr 22, 2017 10:04 pm, editado 6 veces en total
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Tolomew Dewhust escribió:
No, si al final voy a tener que leerme El principito... :roll:

Oye, lo que te comentaba, polluelo, que te he mandado lectura para el domingo con el cafelito... esto... como no tienes mp lo he colgado en abierto, jajajaja.

Pues menos mal que me has avisado porque desde que tengo el bujío estoy como Bartleby en su oficina y no me entero de ná. :wink:
No es para que lo leáis, es largo, sino para que sepáis de quien hablo :lol:

¡Cata, que el niño ha parido por fin! Mañana le iré a dar las gracias a San Judas Tadeo. :chupete: :chupete:

¿El de primavera en abierto? :shock:
:meparto: :meparto: :meparto: Va a aguantar tres meses Caleto con un relato en el bolsillo... :mrgreen:
Casi que me alegro. Está bien eso de que nos cuentes historias sin necesidad de aguardar a un podio :60:

Petirrojo, ya sabes, el domingo desayunamos con Caleto. :alegria:
Voy a plantar banderita.

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Última edición por jilguero el Dom Feb 12, 2017 10:17 am, editado 14 veces en total

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Gracias por los enlaces de Borges, pajarini. :chino: El de Emma lo leí en el recopilatorio de El aleph, no recuerdo nada de él, o sea que no debió impresionarme. :lol: Con el de Funes tengo curiosidad porque justamente lo cita Oliver Sacks en un libro suyo que acabo de leer. Ya te contaré. :P

Veo que has colgado el anisito. Enseguida vengo. Voy a por un poco de torta para acompañar. :lol:

Ya lo he leído. Se me cae la baba con Eufemita. ¿Sabía bailar sevillanas? :cunao:

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Estrella de mar escribió:

Ya lo he leído. Se me cae la baba con Eufemita. ¿Sabía bailar sevillanas? :cunao:

No. :no: La podríamos haber enviado a la academia de don Paco pero por aquel entonces Rat no nos lo había presentado. :cunao:
No se lo digas a nadie: somos mitad andaluces y mitad otras cosa menos salerosa, y en casa no se solía bailar.

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Última edición por jilguero el Dom Ene 29, 2017 10:28 am, editado 1 vez en total

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¡Ay, Cata, que hoy desayunando con la historia nueva de Caleto me ha dado por pensar que al niño le habría gustado tener un gemelo o cuando menos un mellizo! Que sí los niños melocotones, que si los mellizos de Dettmar, que si la pareja de siameses... ¿No será él también dos en uno? :roll:


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Para :luxhello:
Oye, Cata, dice el niño que a lo mejor parió proque tú estabas en su casa.
Haz el favor de, cuando veas que tiene una buena idea, hacer la maleta y venirte "pacá" una temporadita a escuchar el susurro de las olas mientras Caleto anda de parto. :wink:

Para :361:
Caleta, ¿cómo van esos nueve folios sin desenlace? ¿Se están multiplicando?
Cata y el petirrojo están ya muertecitos de curiosidad. :mrgreen:

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jilguero escribió:
Para :luxhello:
Oye, Cata, dice el niño que a lo mejor parió proque tú estabas en su casa.
Haz el favor de, cuando veas que tiene una buena idea, hacer la maleta y venirte "pacá" una temporadita a escuchar el susurro de las olas mientras Caleto anda de parto. :wink:


Ejem... esto... ese es el quid... determinar cuándo la idea es buena o no lo es tanto. Lo digo porque, habitualmente, esta es la cara que pone cuando le cuento una: :luf:.

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Tolomew Dewhust escribió:
jilguero escribió:
Para :luxhello:
Oye, Cata, dice el niño que a lo mejor parió proque tú estabas en su casa.
Haz el favor de, cuando veas que tiene una buena idea, hacer la maleta y venirte "pacá" una temporadita a escuchar el susurro de las olas mientras Caleto anda de parto. :wink:


Ejem... esto... ese es el quid... determinar cuándo la idea es buena o no lo es tanto. Lo digo porque, habitualmente, esta es la cara que pone cuando le cuento una: :luf:.

Leí anoche eso que comentabas de que buscabas poco más o menos un "negro" para que desarrollara tus ideas, pero bien sabes que eso no funcionaría. Quiero decir que en tu caso cuenta tanto la idea como la forma en que la desarrollas. Por cierto, mientras esperaba a Morfeo, estuve pensando en la historia del hombre corazón ya con más distancia (en modo crítica on) y ya me he anotado alguna peguita que contarte y algunas cosas que me habría gustado saber. :wink:
Creo que ese texto se presta a que hagas otra versión, la de ella... Ya sé, ya sé, una vez los pares te aburren :dragon:
Hoy he estado sexando cangrejos y al verle las tranquitas me he acordado de tí. Bueno, de tus hombres pinturas, no se nos vaya a confundir el respetable. :mrgreen:


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jilguero escribió:
Creo que ese texto se presta a que hagas otra versión, la de ella... Ya sé, ya sé, una vez los pares te aburren :dragon:


Sería algo así como La niña sin corazón, que por otro lado es un título que me gusta mucho (en general me gustan todos los que van por ahí: El hombre corazón, La niña sin corazón, La niña de madera, Los niños melocotón... :luf:... van directos a the meollo y eso es bueno... Lifencita del mio cuore también. Ya se lo he comunicado a ella y, como esperaba, se cree que voy de farol... jajaja lo que me voy a reír...).

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jilguero escribió:
Leí anoche eso que comentabas de que buscabas poco más o menos un "negro" para que desarrollara tus ideas, pero bien sabes que eso no funcionaría. Quiero decir que en tu caso cuenta tanto la idea como la forma en que la desarrollas.


Sí y no. Otras veces me has dicho que igual me obceco en ser original con la forma cuando la idea ya tiene fuerza por sí, y ahí me pierdo. Leer una idea absurda mía desarrollada por Iliria sería genial. Le voy a mandar un mp a ver si la convenzo, :mrgreen:.

Es que tengo en mente una bomba para primavera, pero prefiero centrarme en el de Lifen y que la bomba la maneje otro :cunao:.

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Tolomew Dewhust escribió:
jilguero escribió:
Leí anoche eso que comentabas de que buscabas poco más o menos un "negro" para que desarrollara tus ideas, pero bien sabes que eso no funcionaría. Quiero decir que en tu caso cuenta tanto la idea como la forma en que la desarrollas.


Sí y no. Otras veces me has dicho que igual me obceco en ser original con la forma cuando la idea ya tiene fuerza por sí, y ahí me pierdo. Leer una idea absurda mía desarrollada por Iliria sería genial. Le voy a mandar un mp a ver si la convenzo, :mrgreen:.

Es que tengo en mente una bomba para primavera, pero prefiero centrarme en el de Lifen y que la bomba la maneje otro :cunao:.

Jilguero te lo dijo con Rosa rosae. En eso has mejorado. Me refiero a que tus historias se entienden mejor. Lo que era rizar el rizo era una historia original (en ese caso no lo era tanto y tal vez por eso metiste dos en una :wink: ), ese ritmo tuyo interior (los demás no siempre lo oímos) que te lleva a meter palabras innecesarias porque suenan bien (decir que un "humor" es "húmedo", por ejemplo, en tu último texto :mrgreen: ) y encima frases cripticas. Por fortuna, la oscuridad ya la has abandonado y creo que es mejor así: tus historias necesitan luz y color, como si estuvieran dibujadas con
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.

Pues yo para primavera tengo una triquitrona (así se decía en mi pueblo) revenida*, que me da será mi :dragon:
* porque era el relato de la pasada primavera, no por otra cosa.

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Última edición por jilguero el Lun Ene 30, 2017 4:41 pm, editado 1 vez en total

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Tolomew Dewhust escribió:
jilguero escribió:
Creo que ese texto se presta a que hagas otra versión, la de ella... Ya sé, ya sé, una vez los pares te aburren :dragon:


Sería algo así como La niña sin corazón.

Sí. Fue ella, Elena, la que decidió por los dos. Ya ves, él vivió gracias a un acto de amor. Ahora bien, cómo acabó el corazón en su mano es un misterio para cualquier hombre de ciencia. :roll:

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Los hilos de Ariadna :60: El niño del tirachinas

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NotaPublicado: Jue Feb 02, 2017 8:31 pm 
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Registrado: Sab Sep 04, 2010 1:30 am
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:hola: jilguero
Sé que es off- topic

pero no puedo contactar contigo y me gustaría darte las gracias :)

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NotaPublicado: Jue Feb 02, 2017 9:17 pm 
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Registrado: Lun Abr 05, 2010 9:35 pm
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Ubicación: En las ramas del jacarandá...
magali escribió:
:hola: jilguero
Sé que es off- topic

pero no puedo contactar contigo y me gustaría darte las gracias :)

No hay de que. A mandar. :wink:
Y en este bujío, magali, no hay offtopic. Puedes decir lo que quieras.:60:
Ahora que no nos oye, Cata es una oyente de primera: te lee sin quejarse aunque le cuentes la pamplina más grande del mundo. :cunao:


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