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NotaPublicado: Dom Jun 18, 2017 10:47 am 
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Atención: Este relato está basado en el mundillo que cree para el relato "Las Flores del Lupanar de los Sueños", con lo cual sería recomendable leerlo primero para comprender mejor la situación y los personajes, aunque sea una historia aparte.
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Gotitas que contienen


Rufito caminaba bajo la húmeda incontinencia de las nubes que enmascaraban el rostro del sol al tiempo que jugaba a esquivar el mayor número de proyectiles acuosos. La caja del pedido que llevaba al Lupanar, bajo amenaza de un escopetazo de sal directo a sus nalgas si no llegaba a tiempo, y el embarrado camino no ayudaba en su cometido. Iba perdiendo mil quinientos treinta y cinco a veintidós cuando ¡plaf!, algo un poquito más grande y denso golpeó su frente y fue rodando hasta ser frenado por un arbusto. El chico, menos mosqueado que curioso pero más aliviado por no ser un regalito boñeguil de un avechucho descarado, se acercó a la extraña gota caída del cielo sorprendiéndose al ver su contenido.

—Pero bueno, Rufito, ¡si vienes empapado! —dijo la Flor, algo preocupada, al abrir la puerta de la cocina encontrándose al chico en un estado más líquido que sólido—. Pasa y sécate antes de que pilles un resfriado.
—No se preocupe, señorita Petunia, que mi salud es fuerte como la cabezonería de nuestro pollino. Es más, a mi señora madre le agrada que acabe así, ya que sin tener que disgustarse mata dos pájaros de un tiro: me ducho y se lava mi ropa. Falta decir que creo que es ella la que me esconde el chubasquero y me manda a hacer recados al exterior, cuanto más lejos mejor.
Ante la sonrisa de Petunia el chico dejó la caja sobre la mesa.
—¿Está Rita? Me gustaría enseñarle una cosa.
—Claro, ahora la aviso. Mientras puedes ir tomándote esa tacita de chocolate caliente que tienes en la repisa y puedes recuperar algo de calor.
—Muchas gracias —agradeció Rufito, avergonzándose al darse cuenta que se había quedado observando, mientras desaparecía la Flor, las voluptuosas curvas de sus nalgas.
—Mirón, bri, bri, tienes la mirada sucia. Mirón. Bri.
Sobresaltado, Rufito se giró hacia la caja que había traído encontrándose, sobre ella, la escrutadora mirada del periquito Franquito. Ambos se quedaron mirándose el uno al otro, en un duelo en el que el primero que pestañeara, perdería. Los minutos pasaban y ninguno daba su brazo —o ala—, a torcer, aunque al chico ya le picaban los ojos y le bailaban las cejas.
—Las pipas están pasadas, bri, bri, ¡estafador!
—¿Qué? —gritó Rufito sin comprender la acusación, pestañeando en el acto.
Franquito, moviéndose lo justo pero sin apartar la mirada en ningún momento, alargó una pata agarrando de uno de los paquetes una pipa y, con cierta gracia, la lanzó hacia su pico, abriéndola y escupiéndole el contenido, el cual estaba un poco rancio. El chico iba a protestar cuando abrió las alas y salió volando hasta posarse en el reloj, y antes de esconderse, pestañeó.
—Ven aquí, pajarraco… —comenzó a murmurar Rufito—. Te voy a meter las pipas rancias por el…
—Señorito Rufito, ¿por dónde si se puede saber?
—Ah, hola —Tragó saliva—, Rita. No te había oído entrar… Por el saco, quería meterlas de nuevo y llevármelas de vuelta. —Acabó intentando poner la mejor y más radiante de sus sonrisas.
—Bien, eso está bien. Espero que no te hayas equivocado con el pedido o esté rancio.
—¡Negativo! He traído huevos tan frescos como la nieve recién caída, limones tan brillantes como el sol del mediodía, coliflores como la luna jugueteando entre las hojas de un árbol, tomates tan rojos y bellos como las mejillas sonrojadas de Rosita cuando cruza su mirada con la del señor Chopin, melocotones tan tersos como, como… —En ese momento las nalgas de Petunia volvieron a su mente hasta que la voz de Rita le sacó de su ensoñación.
—Y pipas tan rancias como la abuela de don Pedro el herrero. Deja de decir tonterías y ayúdame a guardarlo todo.

—Jo, se me ha enfriado el chocolate —dijo algo fastidiado Rufito tras ayudar a Rita a almacenar el pedido. Entonces, se acordó lo que le había pasado antes de llegar—. ¡Ah, sí! Mira, mira lo que me he encontrado de camino.
El chico sacó un pequeño botecito de vidrio y lo puso sobre la mesa, Rita se acercó curiosa pero a la defensiva, esperando alguna broma. Observó el interior y levantó la mirada con el ceño fruncido.
—¡Es una gota de agua! Grande, sí, más que cinco pesetas, pero una gota de agua.
—No es una gota de agua, es de lluvia —resopló Rufito, mientras la sacaba y la posaba sobre la mesa con cuidado.
—Para el caso es lo mismo.
—Bueno, vale… lo que sea. Pero mira mejor, fíjate bien.
Rita se acercó de nuevo para observar con más atención, empezándole a temblar el párpado del ojo izquierdo. Un movimiento, frunció los dos ojos; otro movimiento, se acercó más; un nuevo movimiento y sus ojos se abrieron como platos y levantó la mirada sorprendida hacia Rufito.
—Hay… hay un… un… dentro de…
—¡Sí! Un pececito en su interior.
—¡Hay un pececito dentro de la gota de agua!
—Eso he dicho… ¡y es de lluvia!
—Cómo es posible… —La niña no salía de su asombro mientras observaba al diminuto pez moverse confinado en la gota —. ¿Y dónde lo has encontrado?
—Venía de camino bajo la lluvia cuando me golpeó. ¿No es sorprendente? Lo que no entiendo es cómo no se ha roto. Parece como gelatina…
—Pues yo no estaría tan segura, ¡mira!
La gotita, en contacto con la mesa, había empezado a deshacerse humedeciendo la madera. Ambos se miraron y Rita salió corriendo a coger un vaso para meter la gota. ¡Justo a tiempo!, ya que en el momento que tocaba fondo se descomponía del todo. Sin embargo, no había agua suficiente y el pececito empezar a dar saltos sobre un diminuto charco. Ambos se miraron, de nuevo, y Rita volvió a salir corriendo para meter el vaso bajo el grifo y llenarlo de agua.
—Buff, por poco lo hemos salvado.
—¿Hemos? —replicó Rita regresando a la mesa y dejando el vaso sobre la mesa. Al observarlo, ambos se quedaron de nuevo sorprendidos—. Esto no puede ser…
—¿Me lo parece a mí o ha crecido?
El pececito seguía dando vueltas con tranquilidad en su nuevo habitáculo, el cual se le había quedado igual de pequeño que el anterior. Por un momento pensaron si no sería un efecto visual, pero no, estaba claro, el pececito ya no era tan pececito.
—¡Para mear y no echar gota!
—¡Rufito! No me seas…
Rita se quedó callada y pensativa unos momentos, luego se acercó a un armario y sacó una jarra grande. Rufito la seguía con mirada curiosa. Una vez en la mesa, abocó el contenido del vaso en la jarra; el pez se quedó de nuevo con poca agua y dando bocanadas algo nervioso, pero no creció. Entonces llevó la jarra al grifo y una vez llena la regresó a la mesa.
—¡Mira! —dijo con voz triunfante a Rufito, que comprobó asombrado como el pez había vuelto a crecer, quedando ajustadito al tamaño de la jarra.
—O sea, que cada vez que lo cambiamos a un recipiente más grande y le ponemos agua, crece en proporción. Entonces…
Ambos se miraron y dijeron a la vez: —¡A la bañera!
Salieron corriendo, jarra en mano, atropellando casi a Rosita en el pasillo y que iba camino de la cocina.
—Buenos días —gritaron ambos sin detenerse.
—Pero bueno, niños, id en cuidado que una no tiene ya edad para estos sustos. Estos críos —murmuró entrando en la cocina—. Vaya, un vaso de chocolate… Puaj, está frío.
—Te vas a poner como una vaca. Bri, bri. Bruja.
—¡Sal del reloj si te atreves, pajarraco del demonio, que te voy a engordar a base de plomo!

Había llegado el momento, la bañera estaba llena. Rita echó el contenido de la jarra en ella con cuidado para no lastimar al pez y provocar alguna salpicadura indeseada y enseguida se asomó a ver el resultado.
—¡Increible!
—¡Sorprendente!
—Rufito, ¿tienes que estar tan cerca de mí?
—Lo siento…
Tras la disculpa del chico y separarse un poco de Rita evitando el roce, los dos se quedaron mirando el enorme pez que nadaba con tranquilidad en la bañera. El cambio había sido tan rápido que ni se había dado cuento de cómo había ocurrido, cualquiera pensaría que el pez era así de grande desde el principio.
—¿Qué clase de pez será?
—¿Un pezón?
Rita se giró malhumorada hacia Rufito para increparle cuando una voz la cortó; era la madame Doña Violeta que la llamaba a viva voz.
—Vaya fastidio… ¿tú no te muevas, eh? —dijo señalando al pez—. Vamos Rufito, tú también.
—Pero…
—Ni peros, ni peras en almíbar, que seguro me va a pedir hacer algo y tú te vienes a ayudar.
Y cogiéndolo del jersey, ambos salieron corriendo y esquivando por poco a Rosita.
—¡Pero niños! ¿Qué la habéis tomado conmigo hoy? Corred, corred, que Doña Violeta os va a contar un cuento. Aisss…
Entró en el baño, cerró la puerta y empezando a levantarse el vestido tomó rumbo al inodoro cuando un chapoteo llamó su atención. Con las manos en la falda se acercó a la bañera y observó con atención al culpable de tal escándalo.
—Vaya con Rufito… ¡si nos ha traído pescado fresco! Y que grande, parece una, ¿lubina? Ven aquí, bonita…

—Vale, ya he dicho que lo siento, ¿no? Quién iba a imaginarse que no era para cocinar… ¡y no me mire así usted también, doña Violeta, que ya tengo bastante con las miradas de cordero degollado que me están poniendo estos dos! Ay, virgencita del Pilar, si es que también es una historia increíble.
La algarabía que se había montado al volver los dos niños tras terminar la faena encomendada por doña Violeta y encontrarse a Rosita en la cocina cuchillo en mano y acabando de destripar y limpiar el pez que estaba en la bañera, reunió a la mayoría de las Flores del Lupanar a curiosear por qué Rufito y Rita clamaban a los cuatro vientos la afrenta de Rosita. Esto hizo que la Flor, siempre ella más chula que un ocho, se abochornara y bajara culpable la cabeza. La situación se relajó un poco con la llegada y mediación de la madame con el pelo lleno de rulos con más colores que las luces de una verbena, cosa que dio lugar a alguna sonrisita encubierta y miradas de soslayo. Nunca se acostumbrarían a los estrambóticos rulos mañaneros de doña Violeta.
El asunto aún se arregló un poquito más cuando Rosita deleitó a todo el Lupanar con uno de sus platos condimentados y de buen hacer en los fogones. Cocinaba poco, pero cuando lo hacía, nunca dejaba de sorprender, tanto o más que cuando se ponía al piano junto al señor Chopin. Los únicos que comían con un deje de tristeza eran Rita y Rufito, el cual había sido invitado para darle el último adiós y santa sepultura en la panza a su querido compañero acuático. Tras la pitanza, ambos salieron a jugar un ratito y olvidar las penas, momento que aprovechó Rosita para acercarse a ellos.
—De verdad, creedme que lo he hecho sin querer, yo… yo no sabía la historia —aunque me parezca increíble—, de cómo encontrasteis al pez y…
—No pasa nada, señorita Rosita, todo quedará en el olvido si algún día me deja pegar un tiros con esa escopeta que tanto alaba y…
—¡Rufito!
—Jo, Rita, no te pongas así, es el momento de sacar tajada de la situación, ¿no? —le murmuró al oído.
Rosita empezó a reír y se acercó ambos.
—De verdad que lo siento, y para que me perdonéis quería daros esto en compensación, aunque por desgracia solo tengo una, la tendréis que compartir.
Y metiendo la mano en una cajita sacó de ella una bola pequeña y se la dio. Ambos la miraron con atención y Rufito llegó a la conclusión que se parecía a la gotita que había encontrado esa mañana, pero más resistente y sin nada en el interior. Iba a preguntarle que qué era cuando la Flor se llevó un dedo a los labios.
—Lo que hay en su interior, lo tendréis que descubrir vosotros.
Y tras guiñarles un ojo, volvió a la mansión. Los chicos salieron corriendo dirección al lago mientras se pasaban la bolita de uno a otro para intentar desentrañar su secreto. Las nubes de lluvia comenzaban a escampar cuando llegaron a la orilla, dejando pasar algún tímido rayo de sol. El orfanato flotaba justo en la orilla contraria, parecía la casa de una familia de hormiguitas.
—Pues yo no veo nada —dijo algo cabreado pasándole la gotita a Rita—, creo Rosita nos ha tomado el pelo…
—No lo creo, no suele gastar bromas en este tipo de cosas, sobre todo tras lo ocurrido.
El chico resoplaba mientras Rita no paraba de darle vueltas al misterioso objeto. Observó con él el orfanato, ampliando la imagen. Se quedó un momento pensativa, ¿la imagen no se debería ver al revés? Un rayo de sol se interpuso entre ella y el orfanato, sorprendiéndole el cambio que acababa de ocurrir. Apartó la bolita y miró en esa dirección, incrédula, volvió a mirar a través, apartó de nuevo y volvió a mirar, está vez quedándose con la boca abierta.
—¿Qué pasa, Rita?
—Mira Rufito, ¡mira!
El chico observó el orfanato y un arcoíris a través del objeto y se giró a Rita.
—¿Qué hay de extraño?
—¡Tonto! ¿Es qué no lo ves?
—¡El qué!
—¡El arcoíris!
—Sí , claro que lo he visto y… —Rufito se quedó callado al no ver el arcoíris al girarse—, ¿dónde está?
—¡En la bolita! ¡Toooooonto! Hay un arcoíris atrapado en ella.
El chico miró a través ¡y ahí estaba de nuevo! Cambió de dirección y según la posición que tomaba con la bolita el arcoíris se hacía más grande o más pequeño, más ancho o estrecho, se veía entero o solo una porción. Absorto en el objeto, tardó en darse cuenta como Rita había acercado su rostro al suyo para mirar; al notar su aliento y el frescor que emanaba, se sonrojó.
—¡Toma! —dijo, luego carraspeo un poco—, para ti, te lo regalo.
—¿En serio? —contestó mientras cogía la bolita y observaba de nuevo a través de ella.
—Sí, la verdad es que me gustaba más la del pez y…
Se quedó callado cuando Rita se acercó a su mejilla y le dio un beso.
—Gracias.
A Rufito le empezó a temblar todo el cuerpo y un calor sofocante le subió del estomago al rostro, las mejillas le ardían como dos soles. De un impulso se levantó y le dio la espalda a su amiga.
—¿Te pasa algo?
—¡Acabo de recordar que no he avisado a mi madre que no iba a comer! Me va a matar, tengo que irme… ¡adiós!
Rita se quedó sorprendida al ver lo rápido que había desaparecido. Se quedó un ratito más observando el hermoso arcoíris a través de la bolita.

—Mamá, hoy ha sido un día muy extraño —Rita hablaba a la cajita que tenía en el tocador mientras se peinaba frente al espejo antes de irse a dormir—. Hoy Rufito se ha encontrado una gotita de agua, perdón, de lluvia, que contenía un pez que se hacía grande cuando lo cambiábamos de recipiente, pero tras dejarlo un ratito solo en la bañera, Rosita se ha equivocado y lo ha cocinado. Para disculparse, nos ha regalado otra gotita, ¿has visto que cosa más hermosa? —Rita enseñó el objeto a la cajita—. Es una bolita que contiene un arcoíris muy bonito, pero me pregunto si no se sentirá triste atrapado ahí dentro. Bueno, si se sintiera triste, no brillaría tanto y sus colores serían tan vivos, ¿verdad? Brilla como las mejillas de Rufito cuando me lo ha regalado, jejeje. Es tan… tan… —Rita se sonrojó un poco mientras guardaba la bolita en la cajita—. Buenas noches, mamá.

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NotaPublicado: Jue Jun 29, 2017 9:06 am 
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Me parece una historia muy tierna y dulce, como casi todo lo que te he leído :D

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NotaPublicado: Sab Jul 01, 2017 1:06 pm 
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Gracias Lucía, me alegra que te lo haya parecido :08: y hayas pasado a leerlo y comentarlo :D
Tendría más historietas en la recámara, pero en vista del éxito no sé si escribirlas....

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NotaPublicado: Dom Jul 02, 2017 3:15 pm 
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Registrado: Vie Dic 26, 2003 6:50 pm
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¿Te refieres a las mas de 40 personas que han entrado en el tema y no han comentado? :lol: Y eso asumiendo que cada vez que hemos escrito algo hayan entrado los mismos, que sino podríamos decir mas de 100 :cunao:

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NotaPublicado: Dom Jul 02, 2017 7:30 pm 
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Sí, parece que ha entrado unos pocos :lol: ... de esas visitas, menos de 10 serán mías. Suelo entrar lo justito. Bueno, si lo vemos así, al menos alguien me ha leído (o caído por equivocación al buscar "Lupanar" por Google :cunao: )

Bueno, mientras siempre haya al menos una persona como tú, Lucía, merece la pena escribir estas historas :D . Tal vez Rita y Rufito tengan más aventuras (o el resto de protagonistas...)

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