Arthur Cravan, cuyo verdadero nombre era Fabian Avenarius Lloyd, nació el 22 de mayo de 1887 en Lausana (Suiza) y desapareció misteriosamente en 1918 en el golfo de México. Nacido en el seno de una familia inglesa perteneciente a la alta burguesía, Cravan siempre fue la oveja negra de la familia, indisciplinado, aventurero y desclasado. Fascinado por la figura de su tío Oscar Wilde (la otra oveja negra de la familia), se trasladó a París, donde tenía la intención de convertirse en escritor, pero pronto comprobó que el arte y la literatura le aburrían soberanamente y se dedicó a frecuentar los peores antros de la ciudad. Fundó su propia revista, Maintenant, que él mismo vendía por la calles de Montparnasse y en la que repartía mandobles a diestro y siniestro; no se salvaron de sus feroces críticas y de su humor violento e iracundo algunos de los grandes escritores franceses del momento, como André Gide y Guillaume Apollinaire, y se dedicó con especial saña a despotricar contra los pintores de todas las tendencias que exponían en el Salón de los Independientes, pocos se salvaron de la quema. El arte ya no tenía nada que decir, Cravan declaraba su muerte.
Cravan era radicalmente presuntuoso y engreído y se jactaba de ser poeta, boxeador, conferenciante, crítico de arte, sobrino de Oscar Wilde, desertor, bohemio, provocador nato, fanfarrón. Sobre todo era fanfarrón, capaz de desafiar al campeón mundial de los pesos pesados, Jack Johnson, en un combate en Barcelona que acabó con Cravan en la lona en el primer asalto. Había engañado a todo el mundo presentándose como campeón europeo de los pesos pesados cuando no era más que un amateur y, además, la noche anterior había desaparecido en los bares de la ciudad y se presentó al combate con una borrachera descomunal. El escándalo fue mayúsculo y Cravan tuvo que cambiar de aires (algo a lo que estaba acostumbrado), eso sí, había conseguido el dinero suficiente para huir a Nueva York, donde siguió con sus bravuconadas y borracheras. Fue uno de los episodios más conocidos de su vida y uno de los que mejor le retrata, era un niño grande que necesitaba beberse la vida a tragos (de whisky o de coñac, a ser posible).
Sus conferencias sobre arte se convirtieron en todo un hito. Solía aparecer borracho y se dedicaba a bailar, a boxear, a desnudarse y a despotricar del arte y de los artistas, hasta que el público se levantaba airado y estallaba el escándalo y, a menudo, los golpes, terminando todo con la intervención de la policía. ¿A quién no le recuerda esto lo que años después harían dadaístas y surrealistas? Cravan se adelantó a su tiempo. Precursor del Cabaret Voltaire, algunos de sus amigos en París y Nueva York (como Duchamp o Picabia) formarían parte de las aventuras dadaísta y surrealista, reivindicándole entre sus precursores, junto a Jacques Vaché o Arthur Rimbaud. Sus violentas performances harían enrojecer de vergüenza a cualquier artistilla conceptual contemporáneo que se crea a la vanguardia de no se sabe qué. Y cuarenta años antes de que Syd Vicius y Johnny Rotten hubieran siquiera nacido, Cravan ya se pintaba frases obscenas en el cuerpo y en la ropa y escandalizaba a la burguesía con su conducta violenta, irreverente y nihilista, ¿inventó algo el punk? Su declaración de que el arte había muerto y sólo quedaba la vida, que había que vivirla y convertirla en la auténtica obra de arte (siguiendo lo dicho por su tío Oscar Wilde), se adelantó también a Debord y sus muchachos, que le convirtieron en uno de los suyos (las correrías y borracheras de Debord por los bajos fondos de París tienen más de una similitud con las del propio Cravan).
Cravan fue un mito, con todo lo bueno y lo malo que tienen los mitos. Incomprendido en su tiempo y reivindicado después de su muerte hasta la saciedad, incluso por aquellos a los que hubiese escupido a la cara para después lanzar un directo a la mandíbula si se los hubiese cruzado en cualquier callejón. Hoy es recuperado por la industria cultural y convertido en un icono de modernillos y artistillas, ávidos de ídolos e incapaces de comprender el absurdo en el que caen o, más frecuentemente, avezados en todo lo que sea ganar dinero gracias a una pose y a un mensaje que hoy se se revela vacío y que sólo sigue el juego al poder. Pero, a pesar de todo, su figura sigue conservando un halo de autenticidad, de libertad y de esa necesidad que se nos niega de apurar la vida hasta sus últimas consecuencias, más allá de estúpidos y vacíos eslóganes publicitarios.
Su desaparición en las costas del golfo de México camino de Argentina, donde debía reunirse con su compañera Mina Loy, que estaba embarazada. sigue siendo un enigma. Murió o desapareció voluntariamente huyendo de las ataduras y de una vida que empezaba a aburrirle ¿Le asesinaron, se suicidó, desertó de su propia vida? Muchos aseguraron haberle visto años después en México boxeando, en París emborrachándose o en cualquier otro lugar del mundo dedicado a las actividades más insólitas. En cualquier caso, su pista se pierde en México y la leyenda creció con su ausencia, convirtiendo al mayor “fantasma” que ha dado el arte moderno en una auténtica figura fantasmal, en un mito forjado a golpe de puñetazos, irreverencia, mucha cara dura y un sentido del humor que le llevó a no tomarse nada en serio, ni a sí mismo, ni a lo que hacía.
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Obra comentada en el foro:
Cartas de amor a Mina Loy