La pintura en un fragmento literario

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Gretogarbo
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo » 08 Sep 2019 19:13

Allegra_Byron escribió:
08 Sep 2019 18:44
... (disculpad, no sé cómo insertar imágenes...)...
Tienes que utilizar el icono de las montañas y el sol, que es el noveno por la izquierda que aparece sobre el cajetín de respuesta cuando pinchas en "Responder".
Tan pronto escardaba, sembraba o regaba en su jardín, como leía o escribía. Sólo usaba de una palabra para designar estas dos clases de trabajo: llamábalo jardinear.
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Allegra_Byron
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Allegra_Byron » 08 Sep 2019 19:24

Gretogarbo escribió:
08 Sep 2019 19:13
Allegra_Byron escribió:
08 Sep 2019 18:44
... (disculpad, no sé cómo insertar imágenes...)...
Tienes que utilizar el icono de las montañas y el sol, que es el noveno por la izquierda que aparece sobre el cajetín de respuesta cuando pinchas en "Responder".
Sí, lo he intentado con este icono e insertando el link de la imagen, pero no me aparece o me sale un mensaje diciéndome que la imagen es muy grande :noooo: probaré de nuevo. ¡Gracias!
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por magali » 08 Sep 2019 19:38

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No siempre se pueden insertar, a veces hay que buscar otra y otra

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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo » 08 Sep 2019 19:49

Allegra_Byron escribió:
08 Sep 2019 19:24
Sí, lo he intentado con este icono e insertando el link de la imagen, pero no me aparece o me sale un mensaje diciéndome que la imagen es muy grande...
En ese caso, como muy bien te ha indicado magali, lo que tienes que hacer es buscar una imagen más pequeña: siempre han de tener menos de 800 pixeles, tanto de ancho como de alto).
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo » 30 Oct 2019 11:16

Clarissa pensaba en la gran amabilidad del primer ministro al acudir a su fiesta. Y, al recorrer la habitación con él, en presencia de Sally y de Peter, y con Richard rebosante [196] de satisfacción, con todas aquellas personas más bien inclinadas, posiblemente, a la envidia, había sentido la ebriedad momentánea, la dilatación de los nervios mismos del corazón hasta parecer que temblaba, que se le alzaba dentro del pecho; sí, pero, después de todo, aquello era lo que sentían otras personas; porque, si bien sentía el cosquilleo y la excitación, aquellas apariencias, aquellos triunfos (el bueno de Peter, por ejemplo, que la encontraba tan deslumbrante), carecían de entidad; había que mantenerlos a distancia, lejos del corazón; o quizá fuera que se estaba haciendo vieja, porque ya no la satisfacían como en otro tiempo; y, de repente, al ver descender al primer ministro por las escaleras, el cerco dorado del cuadro de Sir Joshua Reynolds que representaba a una niña con un manguito le trajo bruscamente el recuerdo de Kilman: Kilman, su enemiga. Aquello era satisfactorio, real. Ah, cómo odiaba a aquella mujer feroz, hipócrita, corrupta, con tanto poder; la seductora de Elizabeth; la mujer que había entrado arrastrándose en su casa para robar y profanar (¡Qué cosa tan absurda!, diría Richard). La aborrecía, pero gustosamente. Los enemigos eran necesarios, no los amigos: no la señora Durrant y Clara, Sir William y Lady Bradshaw, la señorita Truelock y Eleanor Gibson (a la que vio subiendo las escaleras). Tendrían que buscarla si querían verla. ¡Ella se debía a la fiesta!
La señora Dalloway , de Virginia Woolf (traduccción de José Luis López Muñoz)

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Lady Caroline Montagu, Daughter of his Grace the Duke of Buccleugh - Sir Joshua Reynolds (1777)
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo » 16 Feb 2020 06:58

Por el fondo de la larga galería, viene un carro que dos tigres arrastran. Lo rodean sátiros, una bacante, un negro, un borracho desnudo, tambaleante caballero de un pollino. Atruenan los parches, tintinean las sonajas, el negro grita locamente, baila la mujer, rebuzna el asno, los tigres rugen. Baco recuesta sus carnes flojas, enormes, tan totalmente desnudas como las del ebrio Sileno, en el vehículo barroco cuyas ruedas giran con despacioso chirriar. Un fauno burlón sostiene al dios de la Viña y del Vino, pues sin su ayuda caería. Avanza el carro, y en torno, los personajes de las pinturas españolas que no dejaron aún sus enmarcados límites, lo contemplan inquietos, como desde balcones puestos a ambos lados de una calle. Aplauden unos, y otros, según su juicio, protestan. La algarabía crece y ha atraído a moradores de las distintas salas.
Las Tres Gracias de Rubens, que no se separan jamás, se contonean y exclaman a un tiempo:
— ¡Es el Triunfo de Baco, de Cornelis de Vos!

Imagen Imagen

Pero ahora, por el contrario extremo de la misma galería, aparece un segundo carro, cuya cumbre colosal roza casi los arcos y cristales de la galería pictórica. a diferencia del opuesto, éste no requiere presentaciones: lo conocen todos, ya que se trata de uno de los elementos preferidos de los visitantes, y su gloria contribuye extraordinariamente al prestigio del Museo del Prado. Es el Carro de Heno, el célebre Carro de Heno de Jheronimus Bosch. Ha surgido de súbito, bamboleándose, áureo y misterioso.
(...)
En lo alto del Carro de Heno, como sus únicos y mecidos gobernantes, distinguen los curiosos, cuando lo permite el vaivén, a cuatro figuras: una joven pareja, un ángel de alas rosadas y un como diablejo azul que toca el clarinete.
(...)
Reza, fervoroso, el ángel; el enamorado tañe el laúd; su amada le muestra una página musical; y el diablillo toca el clarinete, que resulta el desmesurado y afilado alongamiento de su nariz azul; los demás que en la parva los acompañaban, han desaparecido, y rondarán por ahí, predicando.

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Los dos carros, de Un novelista en el Museo del Prado, de Manuel Mujica Lainez
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo » 16 Feb 2020 07:01

La hija del Faraón, a quien Paolo Veronese incluyó con sobrado mérito en su pintura de Moisés salvado de las aguas, abandona los límites del pequeño cuadro, no bien se alejan del Museo los visitantes últimos. Con ella va el bufón enano y la servidora negra, pues su jerarquía le exige que no pasee sola. A ningún contemporáneo nuestro se le ocurriría que ésa es la hija del Faraón, ni que son egipcias las hembras que la rodean obsequiosamente en el óleo. Es una gran señora veneciana, vestida y alhalajada con soberbio lujo. Nadie ignora, en el Prado, su dedicación a la filantropía, esa misma que le hizo recuperar del río al niño Moisés. Como ahora, en cuanto el humano silencio establece su dominio sobre la pinacoteca, y lo reemplazan los rumores de sus estéticos residentes, la hija del Faraón recorre las salas, en busca de dónde ejercer sus funciones de dama benéfica. Aguza los ojos y las orejas, y pasa, entre la negra y el enano, arrastrando las faldas de raso suntuoso, en medio del respeto del público. De repente, su olfato recoge en el aire la posibilidad de una obra de misericordia. Se acaricia el peinado de peluquería sabia, y sonríe, triste y feliz a un tiempo, porque ha oído llorar.

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El llanto procede de la parte reservada a los pintores italianos, y allá se dirige, apoyada la diestra en el hombro del enanito. (...) La que con desesperación gimotea, dentro de su marco, es la Gioconda.

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(...) Insiste, sin fruto, la veneciana del Nilo, y como es, por encima del resto, una mujer práctica, de instantáneas resoluciones, resuelve que Gioconda llora porque está enferma, y que en consecuencia ella, la princesa altruista, debe recurrir a los médicos.
La hija del faraón conoce a todos los que, en el Museo, merodean en torno de esa actividad, a los extractores de la piedra de la locura y a las parteras, a los sacamuelas y a los santos especialistas. Conoce singularmente a las eminencias del Prado, a los dos galenos conspicuos: Don Rodrigo de la Fuente, español, de Toledo, y Micer Pietro Maria, lombardo, de Cremona. En múltiples ocasiones, la señora magnánima ha solicitado sus servicios, en favor de los dolientes del Museo. Y en pos de los doctores acude, siempre apoyada en el enano; la negra le alza la cola y hace crujir el ropaje.
(...)
Don Rodrigo lleva un ropón verde oscuro y trae un libro abierto; respira dignidad.

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Micer Pietro Maria lleva un hábito talar de seda, forrado de piel de marta; sea firma en un bastón al sual se enrosca la profesional serpiente; respira dignidad.

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... observa la Princesa que se aproximan dos parejas de pro, sin duda interesadas por el alboroto, y se detiene a esperarlas. Las forman otras tantas señoras, evidentemente linajudas, un cardenal y un gentilhombre, a quien sigue un perrillo. Componen una escena de galantería refinada, que destacan las risas femeninas y la suave voz del Cardenal. Ninguno de los cuatro —como podrá verificar el que contemple sus efigies— fue retratado sino de medio cuerpo, de suerte que el lector se preguntará cómo se las arreglan para vagar tan cómodos por el Prado.
(...)
— ¡Todo, todo se ha borrado! Carezco de identidad. Para unos soy una napolitana, esposa de Bartolomeo Zanobi del Giocondo, florentino. Para otros, nací en Florencia. Y hasta hay quien supone que soy la duquesa Constanza d'Avalos, casada con Federico del Balzo, No sé. No recuerdo...
Y Mona Lisa del Giocondo (tal vez del Balzo), probablemente una imitación de la leonardesca, velada y desprovista del poético paisaje, o acaso la verdadera, según la solitaria versión cubana, se echa nuevamente a llorar.
(...)
— Tampoco yo sé quién soy, señora. Tampoco yo consigo recordar. Algo sucede, en este palacio, que nos hechiza, o que nos distrae de las cosas del mundo. ¿No cabría pensar que un gran museo es el Paraíso de la obras de arte? En cuanto a mí... ¿Cuál de los miembros del Sacro Colegio soy? ¿Alidosio, Bibbiena, Passerini, Ciocchi, Aragón, Farnese, Este, Médicis, Trivulzio? Hay que elegir. Lo único que sé, en concreto, y no porque lo rememore, es que me pintó Rafael Sanzio.

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Se interpone la arrogancia de la rubia:
— Me titulan a mí, en los viejos catálogos del Museo, "Señora del tiempo de Carlos V y de Felipe II", lo cual es nebuloso... y humillante... Han resuelto exaltarme ahora, y juran que soy Doña Ana de Austria, cuarta y postrera esposa de Felipe II, mi tío, quien me doblaba en edad. Parece que acertaron, pero yo no recuerdo absolutamente nada, y si me colma el orgullo la idea de haber reinado en España, me rebaja, en cambio, ignorar el nombre de mi pintor. Al principio me atribuyeron a Pantoja, y hoy ni siquiera me adjudican a Sánchez Coello, sino a un discípulo de su taller... ¡Qué pobreza!

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Habla a continuación la otra señora, que hasta esa oportunidad había guardado silencio:
— Todavía me llamo La dama del joyel, por éste que sobre mi pecho pende (y toca el que brilla en la austeridad del terciopelo). Sin embargo, me sobran las designaciones y grandezas posibles. ¿Quién soy? ¿La Emperatriz Isabel, mujer de Carlos V? ¿Doña María de Portugal, prometida de Felipe II? ¿Isabel de Braganza, Duquesa de Guimaraes? En época lejana, me desveló mi real biografía. Y no me atañe. Me gusta, sí, saber que me pintó Antonio Moro, quien no será Rzfael de Urbino, pero obviamente prevalece sobre un alumno de Sánchez Coello.

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Va a objetar la esposa del Rey Prudente, pero se le adelanta el caballero del jubón de velludo azul:
— Haya paz, señoras mías. ¿Qué importa ya lo que fue o lo que pudiera ser? Miradme a mí. Ahora me llaman Federico Gonzaga, Duque de Mantua. Me llamaron antes Alfonso I de Este, Duque de Ferrara, y también Hércules II de Este, lo cual me otorga por padre a dicho Alfonso. Duque de Mantua o Duque de Ferrara, ¿qué más da? Soy un duque, el duque del perrillo blanco. Tiziano me pintó y firmó, honores imborrables. Acaso, algún día, deje de ser el de Mantua, y pase a ser, por terquedad de un erudito, otro duque. Pero a Tiziano no me lo quitarán nunca. He ahí mi ducado. Ni a él me lo quitarán, ni a este perro que a veces me irrita, por su permanente y cansadora devoción, pero que sigue siendo mi mejor amigo.

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(...) A la hija del Faraón, sin querer, la han dejado en el tintero. Lentamente, como a una princesa corresponde, retorna a las salas españolas: el enano delante, y la negra detrás. A su paso se prodigan las reverencias. Majestuosa, descartando la estúpida imagen de una Mona Lisa tan ingrata como carente de autenticidad, se encamina en demanda de la serie de Hércules, que Zurbarán pintó para el Salón de los Reinos del Palacio del Buen Retiro. La Princesa ha oído decir que el hombracho musculoso que en uno de los cuadros lucha con el toro cretense, sufre de calambres en los muslos. Y que ese Hércules morocho necesita unas abnegadas friegas.

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El llanto y los remedios, de Un novelista en el Museo del Prado, de Manuel Mujica Lainez
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo » 16 Feb 2020 07:02

Don Diego de Acedo, el enano sombrerudo y farolero, que Felipe IV llamaba "Primo", reparte a los jueces sendos anotadores y lápices, recogidos también de la Dirección de la casa, y alza la vocecilla para expresar:
— Por cortesía, hemos establecido que los extranjeros encabecen el desfile del Concurso de Elegancias.

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Levántase el vozarrón de Pablillos, tapando las conversaciones. Golpea el suelo con la lanza, y pregona:

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— ¡Tiziano Vecellio, Conde Palatino y Consejero Áulico, por la gracia imperial! ¡Tiziano Vecellio, de Pieve di Cadore, en la Serenísima República de Venecia!
El nonagenario prodigioso va delante de sus modelos. Recórtase su barba blanca sobre la fúnebre ropa del Autorretrato.

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La multitud lo acoge con aclamaciones respetuosas, y lo sigue la flor de la grandeza y el lujo: la impasible Emperatriz Isabel, cuyo soberbio atavío es exquisito como una fruta;...

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... Carlos V, no el ecuestre de Mühlberg, casi cincuentón, sino el que se eterniza de pie, con poco más de treinta años y el traje que lució en Bolonia para ceñir la corona lombarda; lo acompaña Sampere, su querido sabueso irlandés; luego Felipe II, joven príncipe todavía, negra y áurea la cortesana armadura, admirable el diseño de las piernas (lo subraya Júpiter) que deformará la gota, ahora enfundadas en calzas de pulcro blancor;...

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... el probable Duque de Mantua, el de siempre, con su perrillo que en vano aspira a oliscar y lamer al sabueso cesáreo; y el Caballero de Malta (que no es de Malta), un reloj en la diestra y lustroso el ropón orlado de piel.

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(...) Aún no se acallaron las alabanzas y comentarios suscitados por la palaciega compañía, y ya entona el sonoro timbre de Pablillos:
— ¡Anthony Van Dyck, caballero por la Gracia de Su Majestad Carlos I de Inglaterra! ¡Anthony Van Dyck, de Amberes!
(...) Van Dyck es, ya se sabe, la elegancia, y como versado y fogueado en lo que a la elegancia atañe, aporta su refinada cooperación al Concurso. Él mismo irrumpe en la rotonda, junto a sir Endimion Porter, gentilhombre sólidamente seguro de su aspecto, por su condición de secretario del Duque de Buckingham, con cuyo "chic" histórico osa competir su chaqueta de seda de un pálido, acuático verde.

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(...) Un instante después se produce una visión de encantamiento, cual si en el Museo hubiesen escenificado un bello cuento de Oriente, según ilustraciones miniadas para un libro de horas. Apenas deletreó Pablillos el nombre de Hans Memling, de los alrededores de Maguncia y de la escuela de Brujas, cuando se extiende entre los concurrentes un expectativo silencio. Cuchichean los dioses, cotejando sus notas, y por fin, desprendidos del óleo de la Adoración de los Magos, hacen su aparición, inaudibles como si flotaran, los tres Reyes de la Epifanía. (...) Gaspar y Melchor arrastran sus largos mantos de armiño y de paños amarillos, rojos y castaños, y son portadores de cálices de oro. Asombran su porte y su nobleza, que se considerarían insuperables, si detrás no avanzara el Rey Baltasar, el Rey negro, ceñida la fina silueta por el jubón de damasco de oro y bruno, entre el doble y trémulo manantial de las mangas, a un costado el alfanje de vaina bermeja, y libres, delgadas y recortadas, las extraordinarias piernas oscuras, que a juicio de Júpiter y de Diadumeno, son superiores a las del Felipe II de Tiziano. Él también trae una primorosa orfebrería en la mano derecha, y con la izquierda agita un rojo birrete. Desliza su desenvoltura de bailarín ritual, muy serio, relampagueante el azabache de los ojos, y los encomios estallan doquier, en tanto repiquetean los "¡ole! ¡ole!", del gentío español.

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(...) — ¡Francesco Mazzola, llamado el Parmigianino! ¡El Parmigianino de Parma!
Dos personajes lo representan: el conde San Segundo y una Madonna, tan amanerados ambos —y tan manieristas— que ni él, con su estatuita de Perseo, su literatura y su atildado desdén, parece un condottiero, ni ella, estirada y remilgada, saturada de snobismo, evoca a la Madre de Dios. Sin duda son elegantes, pero su aire es de tal manera ficticio que se los diría disfrazados (ésa es, por lo menos, la opinión de Vulcano y Apolo).

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(...) — ¡Anton Rafael Mengs, de Aussig en Bohemia! ¡Pintor de Cámara de Su Majestad Augusto III de Polonia y de Su Majestad Carlos III de España!
Los retratos de Mengs son deliciosos. Y ¡cuántos, cuántos regios personajes acuden a la cita, presididos por él mismo, tal como se pintó, modesto en la profusión de riqueza y alcurnia!

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Fascinan los pequeños Infantes, pero el laurel se lo llevan dos señoras. Una es casi una niña, la encantadora María Luisa de Parma, Princesa de Asturias, que de Reina será mal encarada y mandona: prueba de hasta dónde puede modificar el tiempo a un ser humano... o la sagacidad de un pintor. Titilan los diamantes en su vestido de fresco tono verdegay, bordado con flores de dicho matiz. La otra, veinteañera, María Luisa de Borbón, Gran Duquesa de Toscana, que casará con el Emperador de Austria, ostenta un traje al que sólo cabe calificar de obra maestra de los blancos y los grises.

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(...) — ¡Sir Thomas Lawrence, de Bristol en Inglaterra! ¡Pintor de Cámara de Su Majestad Jorge III de ese país!
Únicamente el décimo Conde de Westmoreland ha venido. Su aparatoso manto de armiño y seda roja, del cual emerge la altanería de una rubia cabeza juvenil, apenas retiene la atención de la concurrencia, y se aleja, irónico, menospreciativo, en la ondulación y flameo de su ropaje, mientras que de la galería ascienden los reclamos, intensificados en la rotonda:
— ¡Los españoles! ¡Que aparezcan los españoles!

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(...) — ¡Juan Carreño de Miranda, de Avilés, en el Principado de Asturias de Oviedo! ¡Pintor de Cámara de nuestro Señor Carlos II! ¡Funcionario Ayuda de la Furriela, o sea el que, para abrirle las puertas, precede con las llaves a Su Majestad!
Como en el caso de Sir Thomas Lawrence, sólo un enviado representa al arte de Carreño. Al inglés le bastó confiar esa responsabilidad a John Fane, décimo Conde de Westmoreland; sobróle a Carreño otorgársela al Excelentísimo Señor Don Gregorio de Silva Mendoza y Sandoval, Duque de Pastrana y de Estremera, Príncipe de Mélito y de Éboli, Conde de Saldaña, Caballero del Toisón y de Santiago.
Avanza hasta el promedio de la rotonda. Las espuelas acompasan su andar majestuoso, junto con los golpes de la punta de la espada, con el vibrar del látigo y con el repiqueteo de las herraduras del blanco corcel de largas crines, que trenzaron con cintas celestes, y que dos criados conducen. El Duque es la sublimación del señorito de familias próceres y de situación inmejorable. Se le derrama sobre los hombros la lacia cabellera, y por supuesto, bajo las tinieblas ahuecadas de la capa, hunde los dedos en el costado y el cinto, sobre la cazoleta de la empuñadura.

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(...) El jurado vacila. y en ese instante se abre paso en la sala un hombre apuesto, que tendrá algo más de veinticinco años. Le llueve en tirabuzones el cabello blondo, a ambos lados de la cara, que estira la barba rubia y breve. Usa un gorro blanquinegro, con borlas. Su boca voluptuosa y sus ojos graves, unidos a una expresión de romántica fantasía, denuncian al germano soñador. Muestra a su interlocutor un papel, y es evidente que él y Pablos no emplean el mismo idioma, porque con exagerados ademanes —aun en el caso del extranjero— tratan de establecer la comunicación.(...)
— Aquí dice —remata Herakles—: Albrecht Dürer, alemán, de Nüremberg.

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(...) Durero, lo cual no parecía factible, empieza a sonreír. Se corre a un lado, y da paso a Adán y Eva, al Adán y la Eva que sobre tablas pintó el año 1507, y que ahora ingresan en la rotonda, completa y felizmente desnudos, sin que sus desnudos pies causen el ruido menor. Traen en las manos las ramas de manzanos con las cuales Durero los proveyó de protecciones púdicas y únicas, y el equilibrio armonioso de entrambos alcanza a un nivel en el que la pintura, la música y las matemáticas se alían, para lograr la suma de la perfección insuperable.

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Elegancia, de Un novelista en el Museo del Prado, de Manuel Mujica Lainez
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo » 16 Feb 2020 07:03

Durante todo el día, dos hormigas han vagado sin rumbo, sobre la vastedad multicolor de "La disputa con los doctores en el templo". Han ido y venido, incansables, la una de la otra en pos, atravesando el enorme cuadro. Han pasado sobre las columnas armoniosas, sobre los rostros intensos de los sabios, de los escribas, sobre el sereno rostro de Jesús. (...) De la tela de Paolo Veronese se levanta una colérica gritería, como si audiblemente se prolongase la disputa que pintó el véneto. (...)

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— ¡Sobre mi cara cruzaron tres veces! —se ofusca el magnífico Doctor del ropaje amarillo.
— ¡Se detuvieron en mis barbas! —se indigna el noble señor de la Orden del Santo Sepulcro, que quizás encargó la pintura—. ¡Se detuvieron, y no me extrañará que hayan dejado alguna porquería!
(...)
— Convendría que nos proveyésemos de algún cristal de aumento. Hemos leído mucho, y nuestros ojos se nublan. Si no lo ve el Niño, que es muchacho...
Llaman "el Niño" a quien sirvió de modelo para Jesús, y que parece un tanto mayor de los doce años que en su Evangelio le asigna San Lucas; pero el Niño permanece quieto, sentado, una mano en alto y la otra estirada, en la actitud impuesta por el de Verona.
— Yo conozco —dice el del principal ropaje amarillo— a un medicastro, medio extravagante, del lado de los Flamencos, que usa lentes. De seguro, me los prestará.
— ¿Quién es?
— No recuerdo quién lo ha pintado. Uno de Flandes. El de los anteojos es cirujano, y con una lanceta le está extirpando, a un infeliz, la piedra de la locura.
(...)
— El flamenco del óleo —informa— se llama Hemesen, Jan Sanders van Hemesen. No tuvo inconvenientes el cirujano en cederme por un rato sus anteojos. Me pidió también que les transmitiera a ustedes la oferta de sus servicios, por si alguno sufre de la piedra loca.

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Dos hormigas, de Un novelista en el Museo del Prado, de Manuel Mujica Lainez
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo » 16 Feb 2020 07:04

Don Diego de Acedo, "el Primo", el enano, es inquieto, imaginativo y fisgón. No hay, en el Museo del Prado, recoveco que desconozca.
(...)
Hace un mes, se caló el fachendoso sombrero; se atusó el bigote de ridículo Don Juan; cerró los libracos y el pote de tinta, que certifican sus aficiones literarias; y salió en pos de novedades que distrajesen el arrogante fastidio con el cual remedar a los hidalgos del Greco.

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Luego de vagar por las salas, se detuvo delante de la vasta tela en la que Louis-Michel van Loo, a mediados del siglo XVIII, pintó a la familia del primer Borbón de España, y observó que los numerosos personajes de distintas generaciones, ahí reunidos, parecían pendientes del relato que les hacía una joven señora. Don Diego de Acedo sabe perfectamente quién es, en el Prado, cada individuo, hombre, mujer o criatura, sobre todo si son gente de calidad. Experto en genealogías, se mueve sin tropiezos en el laberinto de las casas ilustres. En consecuencia, no necesitó la información de que la narradora era Luisa Isabel de Borbón, hija del Rey de Francia, Luis XV, y esposa del Duque de Parma, hijo a su vez de su Majestad Felipe V, Rey de España y figura principal, éste, del enorme cuadro.
(...)
La Duquesa de Parma apenas había dado comienzo al cuento de "La Bella Durmiente del Bosque", que Charles Perrault publicara unos cuarenta y cinco años antes...(...)

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Rindióse Don Diego a recurrir a un varoncito, descartando, obviamente, a los de la imaginería piadosa, y optó al fin por el diminuto Carlos Luis de Borbón, vástago de otro Príncipe de Parma, a quien su madre, hija de Carlos IV, sostiene en brazos, en el óleo que Goya consagra a la familia de dicho soberano español, y que es una tela incomparablemente superior a la composición muy convencional dedicada por Van Loo a Felipe IV y los suyos, aquella en cuyo ámbito se desayunó Don Diego de la existencia de la Bella Durmiente.

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Más ardua aún resultó la solución del dilema de las hadas. (...) ¡Siete Hadas Buenas! Tuvo Don Diego que resignarse y reducirlas a dos, puesto que los ángeles, ofendidos en masa, rechazaron el fascinador papel, y contrató, para su desempeño, a dos eficaces Victorias, las que Rubens echó al aire, sobre los retratos ecuestres de Felipe II y de su nieto, el Cardenal Infante, con la condición, impuesta por este último, de que "su" Victoria actuara sin separarse del águila de los Austria, que a su lado revolotea.

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En cuanto al Hada Mala, el problema surgió al revés, pues precipitó ansiosamente, solicitando la parte, la multitud de brujos y brujas que llenaron las negras paredes del comedor goyesco, en la Quinta del Sordo, hasta que el enano escogió al matusalén desdentado de la cuchara, el del deliro titulado "Dos viejos comiendo", quien, para la ocasión, se avino a mudar de género y a transformarse de viejo en vieja, siempre que le consintiesen utilizar la cuchara como mágica varita.

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No vaciló la sensualidad del "Primo", cuando le tocó enfrentarse con la heroína del letargo secular. Hacía mucho tiempo que rondaba, lúbrica y vanamente, a la Dánae de Tiziano, y los preparativos de la obra le facilitaban la oportunidad de tenerla cerca. Ella aceptó ser la princesa dormida, sin vacilar tampoco.

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(...) Sólo se precisaba, para completar la compañía, alguien joven y bien parecido, que tradujese con encanto los gestos del Príncipe, en el cuadro del descubrimiento y del beso. (...) Por ende el desilusionado "Primo" que no se sometía a abandonar la obsesión de que el Príncipe fuese un decorativo negro, se vio obligado a demandar el aporte de otro de los diversos Reyes Magos oscuros que al Museo adornan, y aunque tanto su aspecto como su espíritu difieren fundamentalmente de los del mocito de Memling —por ser gordo y bobalicón— condescendió a otorgar esa parte al Baltasar del Bosco.

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(...) — La pareja de Micer Marsilio y su esposa, pintada por Lorenzo Lotto —continúa el "Primo"—, ha accedido a asumir los papeles de padre y madre de la Durmiente. Como se trata de un Rey y una Reina, y Micer Marsilio se niega a sacarse el gorro de geométricos dibujos, he logrado que el maestro Alonso Cano nos conceda, pasajeramente, el uso de las coronas de sus dos extraños Reyes... pigmeos...

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(...) ¡Ay, no, no! ¡Cielos! ¡Quien ante ellos sus encantos brinda no es la Dánae de Tiziano, sino la Monstrua de Carreño de Miranda! Es la Monstrua, Eugenia Martínez Vallejo, natural del arzobispado de Burgos, la que pesaba cinco arrobas, y en tiempos del Señor Carlos II andaba por el Álcazar, para diversión de los Grandes... La Monstrua colosal, infantil, y para peor desnuda y ceñida la frente de pámpanos y hojas... La Monstrua...

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La Bella Durmiente, de Un novelista en el Museo del Prado, de Manuel Mujica Lainez
Tan pronto escardaba, sembraba o regaba en su jardín, como leía o escribía. Sólo usaba de una palabra para designar estas dos clases de trabajo: llamábalo jardinear.
Los miserables, de Victor Hugo

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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo » 16 Feb 2020 07:05

Hasta la intimidad de la pintura de "La Corona de Espinas", de Anton van Dyck, como hasta la vida doméstica de muchos cuadros del Museo, ha llegado la inquietante noticia de la desaparición de uno de los ángeles italianos. En las horas de plática nocturna, la comentan los sayones flamencos que rodean a Cristo, y cada vez que el Guerrero, huésped del mismo óleo, intenta intervenir en la charla, se las arreglan para dejarlo de lado, los otros verdugos. Lo que pasa es que ese Guerrero, el hombre de la armadura, ha caído en el desprestigio mayor. Es, de todos los torturadores, el de expresión más cruel. Quizás contribuya a crearla la ferocidad de sus hierros; quizás, principalmente, ello derive de que el soldado sea quien alza con el guantelete la Corona terrible.

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(...) El ángel habitaba la tela de Tiépolo titulada "Abraham y los tres ángeles". Es, por opinión corriente, el más bello del Prado, y por supuesto su estructura permanece allí, para tranquilidad de los visitantes del Museo, pero tan palidecida y desvaída, que cualquiera un poco avizor se percata de que el ángel hermoso ya no está, de que se esfumó. (...)

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Cuatro días han transcurrido así, hasta que, originada en Don Diego de Acedo y en su compadre Calabazas, grandes fisgoneadores, ha comenzado a difundirse la información de que el Ángel se extravió en el panel central de las Delicias del Bosco. La posibilidad enfrió los entusiasmos, nadie se arriesga a internarse en las trampas de una turbamulta obscena, cuya malísima fama certifican los frailes del Museo. El cuadro parece obra del Diablo, por imaginativo y por tentador.

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La Corona, de Un novelista en el Museo del Prado, de Manuel Mujica Lainez
Tan pronto escardaba, sembraba o regaba en su jardín, como leía o escribía. Sólo usaba de una palabra para designar estas dos clases de trabajo: llamábalo jardinear.
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo » 16 Feb 2020 07:05

Las señoras más importantes y también pesadas del Prado, componen la Comisión de Damas Benéficas del Museo. Por ende, no sorprenderá encontrar en el grupo a la Hija del Faraón de Tintoretto; a la Artemisa de Rembrandt;...

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... a la María de Médicis de Rubens;...

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... y a la María de Inglaterra, "María la Sangrienta", de Antonio Moro.

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Zoológico, de Un novelista en el Museo del Prado, de Manuel Mujica Lainez
Tan pronto escardaba, sembraba o regaba en su jardín, como leía o escribía. Sólo usaba de una palabra para designar estas dos clases de trabajo: llamábalo jardinear.
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo » 16 Feb 2020 07:06

El Capitán Julián Romero, "el de las Azañas", como proclama, allende la ortografía, el orgullo de su inscripción, preside la Sociedad de los Caballeros Unidos del Greco, del Museo del Prado. No debe el cargo honroso a sus "azañas" —haber sido herido en San Quintín y haber batallado a las órdenes de Alba (el gran Duque) y de Don Juan de Austria—, sino al hecho de ser, de los nueve retratos caballerescos de Theotokópuli que hasta ahora posee el Prado, el único de cuerpo entero, lo cual completa y exalta su jerarquía.
(...)
Envuelto en su marmóreo manto blanco, roja la cruz de la Orden de Santiago,flanqueado por su Santo Patrono de negra armadura, el Capitán los recibe sin sonreír.

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(...) He aquí al Licenciado Jerónimo de Cevallos, Regidor de Toledo, de la Academia del Conde de Mora; a Don Rodrigo Vázquez, de la Orden de Alcántara, presidente de los Consejos de Hacienda de Castilla;...

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... a Don Rodrigo de la Fuente, médico famoso;...

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... al admirable anciano de los ojos claros y tristes;...

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Pronto comprenden el motivo de la convocatoria: el Marqués de la Mano al Pecho ha incurrido en insubordinación, al rebelarse contra el artículo 3 del Estatuto de la Sociedad.

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(...) A la soberbia del Capitán no le gusta que lo contradigan; explica, sin embargo, que ya en tres ocasiones, el de la Mano al Pecho ha sido visto en cariñoso coloquio con una Maja de Goya.
— ¿Con cuál de las Majas? —se interesa el médico de la Fuente.
— Con la Vestida. Y en una de esas oportunidades, el Marqués bajó excepcionalmente la mano de su pecho, donde siempre la tiene fija, y la posó sobre el pecho de la Maja.

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(...) Mientras vacila, los ojos del Capitán vagan, inflexibles, por el aposento. Se posan sobre la Marquesa de Villafranca, Doña Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, XIII Duquesa de Alba, que amó Goya, la acual aparece pintando, y sobre su marido, el Marqués y Duque, que acodado en un clavicordio, lee una partitura de Haydn;...

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... se posan en el IX Duque de Osuna, un Téllez-Girón, y en su mujer, de la familia del Conde-Duque de Bnavente y de San Francisco de Borja; se posan en sus pequeños vástagos, que cuelgan de sus manos o juegan a sus pies;...

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Amores, de Un novelista en el Museo del Prado, de Manuel Mujica Lainez
Tan pronto escardaba, sembraba o regaba en su jardín, como leía o escribía. Sólo usaba de una palabra para designar estas dos clases de trabajo: llamábalo jardinear.
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por lucia » 16 Feb 2020 19:19

Qué bien nos lo estás haciendo pasar en El Prado :mrgreen:

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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo » 16 Feb 2020 20:09

lucia escribió:
16 Feb 2020 19:19
Qué bien nos lo estás haciendo pasar en El Prado...
Yo, no. Mujica Lainez, que tenía una imaginación fantástica.
Tan pronto escardaba, sembraba o regaba en su jardín, como leía o escribía. Sólo usaba de una palabra para designar estas dos clases de trabajo: llamábalo jardinear.
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