Un fragmento literario y su representación artística

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Melinoe
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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Melinoe » 05 Oct 2012 04:45

Aurélia o el sueño y la vida, Gérard de Nerval :arrow: Melancolía, Alberto Durero

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Un ser desmesuradamente grande, hombre o mujer, no sé, daba vueltas penosamente en el espacio como si se debatiera entre espesas nubes. Sin aliento ya, y sin fuerzas, cayó por fin en medio del oscuro patio, golpeándose y rozando con sus alas tejados y balaustres. Pude contemplarlo un instante. Parecía teñido de diversos tonos bermejos y sus alas brillaban con mil variados resplandores. Vestido como iba de larga túnica a pliegues, según la manera antigua, parecía el Ángel de la Melancolía, de Alberto Durero. No pude sofocar un grito de horror que me despertó sobresaltado.

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Melinoe » 04 Abr 2013 04:50

El caballero y la muerte, Leonardo Sciascia :arrow: El caballero, la muerte y el diablo, Alberto Durero

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Entretanto contemplaba El caballero, la muerte y el diablo. Quizá Ben Gunn, a juzgar por la forma en que lo describía Stevenson, se pareciese un poco a la muerte de Durero; y hasta le pareció que la muerte de Durero adquiría un reflejo grostesco. Siempre lo había inquietado un poco el aspecto cansado de la muerte, como si quisiese indicar el cansancio, la lentitud con que llegaba cuando ya se estaba cansado de la vida. Cansada la muerte, cansado su caballo: nada que ver con el caballo de El triunfo de la muerte o del Guernica. Y la muerte, a pesar de los amenazadores oropeles de las serpientes y la clepsidra, daba más una imagen de mendicidad que de triunfo. «La muerte se va pagando con la vida». Una muerte mendicante, que se mendiga. En cuanto al diablo, también cansado, era un diablo demasiado horrible para resultar convincente.
Valiente coartada en la vida de los hombres; hasta tal punto, que en aquel momento estaban tratando de devolverle la fuerza perdida: terapias de choque teológicas, reanimaciones filosóficas, prácticas parapsicológicas y metapsíquicas. Pero el diablo estaba tan cansado que prefería dejarlo todo en manos de los hombres, más eficaces que él. Y el caballero: ¿adonde iba con aquella armadura, aquella firmeza, arrastrando al diablo cansado y negándose a pagar su óbolo a la muerte? ¿Lograría llegar hasta la inexpugnable fortaleza de allá arriba, la fortaleza de la verdad suprema, de la mentira suprema?
¿Cristo? ¿Savonarola? No, no. Quizá dentro de la armadura Durero sólo había metido a la verdadera muerte, al verdadero diablo, que era la vida convencida de que estaba a salvo: por aquella armadura, por aquellas armas.

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Melinoe
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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Melinoe » 07 Abr 2013 01:27

La reliquia, José Maria Eça de Queiroz


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El verano pasó con languidez. Los primeros vientos del otoño llevaron las golondrinas y las hojas del Campo de Santa Ana. Y en ese otoño, de repente, mi vida se hizo más fácil, más libre. La tía mandó que me hiciesen una levita, y la estrené, con su permiso, yendo a ver en el San Carlos el Poliuto, ópera que el doctor Margaride nos recomendara como «impregnada de sentimientos religiosos y llena de elevadas lecciones.»

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por triste » 18 Jun 2013 03:09

RAOUL escribió:ROMEO Y JULIETA

- Escena del balcón. Rudolf Nureiev (Romeo); Margot Fonteyn (Julieta)
http://www.youtube.com/watch?v=uvOFMvwD-CU
Busco a Margot en el foro y lo único que aparece me lleva a ti, ¿coincidencia? :wink:
Aquí yace un pájaro.

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Kafiristán » 22 Ago 2013 22:06


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Era verano, y estábamos en Nantucket; de allí viajé solo en barco, y fui en tren a Nueva York. Vi a mi padre en el Plaza al principio de la tarde, pero pese a la hora ya había comenzado a beber. Con la nariz larga y sensible de un adolescente olí gin en su aliento, y advertí que tropezaba contra una mesa y que a veces repetía sus propias frases. Tiempo después
comprendí que ese encuentro debía de ser difícil para un hombre de sesenta años, la edad que entonces tenía. Cenamos y después fuimos a ver Las rosas de Picardía.


El ladrón de Shady Hill
JOHN CHEEVER

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Ashling » 24 May 2014 12:02

El verano de los Forsyte - John Galsworthy


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Irene volvió a parar.
- ¿Te gustaría algo de Glück? Dicen que escribía su música en un jardín lleno de sol y una botella de vino al lado.
- Sí, sí... Algo de Orfeo.
Y a su alrededor había ahora campos dorados con flores de plata, con blancas figuras que se balanceaban al sol, y brillantes pájaros que volaban por doquier. Todo era verano. Olas de ternura y de nostalgia iban y venían en su alma.
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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por 1452 » 31 May 2014 14:24

El juez y su verdugo - Friedrich Dürrenmatt escribió:La dama asintió y ambos atravesaron el pasillo, pasando junto a un gran cuadro con un sólido marco dorado. Bärlach lo miró; era La isla de los muertos.
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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo » 09 Dic 2015 11:18

El interior de “Primera Compra” estaba sin techo y sin pintar. A lo largo de sus paredes colgaban, de unos soportes de bronce, un lámparas de petróleo, apagadas; los bancos eran de pino. Detrás del tosco púlpito de roble una bandera de seda de un rosa descolorido proclamaba: “Dios es Amor”, único adorno del templo, si se exceptuaba un huecograbado del cuadro de Hunt La Luz del Mundo. No había signo alguno de piano, órgano, programas de iglesia... La impedimenta eclesiástica familiar que veíamos todos los domingos. Dentro se reflejaba una luz vaga, con un frescor húmedo disipado por la aglomeración de fieles. En cada asiento había un abanico barato de cartón presentando un abigarrado Jardín de Getsemaní, regalo de “Ferretería Tyndal Co.” (“Nombre usted lo que quiera, nosotros lo vendemos”).
Matar un ruiseñor. Harper Lee.

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William Holman Hunt (Londres, 2 de abril de 1827 - íd, 7 de septiembre de 1910) fue un pintor británico, uno de los fundadores de la Hermandad Prerrafaelita.

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Tan pronto escardaba, sembraba o regaba en su jardín, como leía o escribía. Sólo usaba de una palabra para designar estas dos clases de trabajo: llamábalo jardinear.
Los miserables, de Victor Hugo

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Alena_ » 08 Abr 2018 21:30

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—Eso es Shahr-e-Zohak. La Ciudad Roja. Antes era una fortaleza. La construyeron hace unos novecientos años para defender el valle de los invasores. El nieto de Gengis Kan la atacó en el siglo XIII, pero lograron acabar con él. Tuvo que ser Gengis Kan en persona quien la destruyera.
—Y ésa, mis jóvenes amigos, es la historia de nuestro país: una invasión tras otra —intervino el taxista, echando la ceniza del cigarrillo por la ventanilla—. Macedonios, sasánidas, árabes, mongoles. Y ahora, los soviéticos. Pero nosotros somos como esas murallas, maltrechas y no demasiado bonitas, pero seguimos en pie. ¿No es cierto, badar?
—Cierto —convino babi.

Media hora más tarde, el taxista aparcó el vehículo.
—Vamos, salid —indicó babi—. Venid a echar un vistazo.
Los dos niños bajaron del coche.
—Ahí están. Mirad —dijo babi, señalando.
Tariq dejó escapar un grito ahogado. Laila también, y supo entonces que no volvería a ver cosa igual aunque viviera cien años.
Los dos budas eran enormes, y alcanzaban una altura mucho mayor de lo que ella había imaginado por las fotos. Tallados en una pared rocosa blanqueada por el sol, los contemplaban desde lo alto tal como habían contemplado las caravanas que atravesaban el valle siguiendo la Ruta de la Seda, casi dos mil años antes. A ambos lados de las estatuas, en toda la extensión del nicho se abrían multitud de cuevas en la pared rocosa. —Me siento muy pequeño —murmuró Tariq.
—¿Queréis subir? —preguntó babi.
—¿A las estatuas? —dijo Laila—. ¿Se puede?
Su padre sonrió y le tendió la mano.
—Vamos.
La ascensión fue difícil para Tariq, que hubo de sujetarse a Laila y a babi. Los tres subieron lentamente por la escalera angosta, sinuosa y escasamente iluminada. Fueron viendo las negras bocas de las cuevas a lo largo del camino, y un laberinto de túneles que perforaban la pared rocosa en todas direcciones.
—Cuidado dónde ponéis los pies —dijo babi, y su voz produjo un sonoro eco—. El suelo es peligroso.
En algunas partes, la escalera se abría a la cavidad de los budas.
—No miréis hacia abajo, niños. Mirad hacia delante todo el rato.
Mientras subían, babi les contó que en otros tiempos Bamiyán había sido un floreciente centro budista, hasta que cayó en manos de los árabes islámicos en el Khaled Hosseini Mil soles espléndidos 107 siglo IX. Las paredes de arenisca eran el hogar de los monjes budistas, que abrían cuevas en la roca para vivir en ellas y ofrecerlas como santuario a los cansados peregrinos. Los monjes, añadió, pintaban hermosos frescos en los techos y las paredes de sus cuevas.
—En cierto momento —explicó—, llegó a haber cinco mil monjes viviendo en estas cuevas como eremitas.
Tariq resollaba cuando llegaron a lo más alto. Babi también jadeaba, pero sus ojos brillaban de emoción.
—Estamos justo encima de las cabezas —señaló, secándose la frente con un pañuelo—. Desde ese saliente podemos asomarnos. Se acercaron muy despacio al escarpado antepecho y los tres muy juntos, con el adulto en el centro, contemplaron el valle.
—¡Mirad eso! —exclamó Laila.
Su padre sonrió.

"Mil soles espléndidos" de Khaled Hosseini

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo » 24 Ene 2019 13:06

Lily conocía a personas que «vivían como cerdos», y su aspecto y entorno justificaba la repugnancia de su madre por aquella forma de existencia. Eran en su mayoría primos que habitaban destartalados pisos con grabados como el Viaje de la vida de Cole en las paredes del salón, y tenían sirvientas desaliñadas que decían: «Voy a ver» a las visitas que se presentaban a horas en que todas las personas decentes están fuera o fingen haber salido. Lo indignante era que muchos de estos primos tenían dinero, por lo que Lily llegó al convencimiento de que la gente vivía como cerdos por elección y falta de las apropiadas reglas de conducta. Esto le comunicó una sensación de superioridad y no necesitó los comentarios de la señora Bart sobre los tacaños y venidos a menos de la familia para fomentar su innata y arraigada pasión por el lujo.
La casa de la alegría, de Edith Wharton (traducción de Pilar Giralt Gorina).

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El viaje de la vida es una serie de cuatro cuadros realizados por el pintor Thomas Cole. Datan de 1842 y se encuentran en la Galería Nacional de Arte, en Washington D. C. Los cuatro cuadros representan el ciclo de la vida humana: infancia, juventud, madurez y vejez, en forma de un viajero que surca en barca un río (la Vida) guiado por un ángel custodio.

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Thomas Cole (Lancashire, Inglaterra, 1801 - Nueva York, 1848) fue fundador de la Escuela del río Hudson. Empezó a pintar paisajes de la zona del río Hudson, con el objetivo de lograr "un estilo elevado de paisaje" en el que el mensaje moral fuese equivalente al de la pintura de historia. Pintó también temas bíblicos.
Tan pronto escardaba, sembraba o regaba en su jardín, como leía o escribía. Sólo usaba de una palabra para designar estas dos clases de trabajo: llamábalo jardinear.
Los miserables, de Victor Hugo

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Aben Razín » 24 Ene 2019 13:11

¡Muy interesante, Greto! :60: :meditando:
Pasado: Doña Perfecta de Benito Pérez Galdós.

Presente: El hereje de Miguel Delibes.

Futuro: Los Templarios de Jesús Mestre.

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo » 29 Ene 2019 14:38

Las confidencias de la señorita Farish fueron interrumpidas por la abertura del telón y la aparición del primer tableau: un grupo de ninfas bailando sobre un césped salpicado de flores en las posturas de la Primavera de Botticelli. El efecto de los tableaux vivants no sólo depende de una apropiada iluminación y del engañoso adorno de visillos de gasa, sino también de un reajuste correspondiente de la visión mental. Pese a toda la contribución del arte, para los espíritus vacíos no son más que una especie de museo de cera perfeccionado; pero la imaginación receptiva puede captar en ellos mágicos atisbos del mundo limítrofe entre la realidad y la fantasía. La imaginación de Selden era de este orden: podía rendirse a influencias visionarias tan completamente como un niño al hechizo de un cuento de hadas. A los tableaux de la señora Bry no les faltaba ninguna de las cualidades necesarias para conjurar semejantes ilusiones, y bajo el mando de Morpeth los cuadros se sucedían con la marcha rítmica de un espléndido friso en el cual las curvas fugitivas de las siluetas vivientes y la luz errática de los ojos jóvenes se sometían a la armonía plástica sin perder el encanto de la vida.
La casa de la alegría, de Edith Wharton (traducción de Pilar Giralt Gorina).

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo » 29 Ene 2019 14:55

Ciertamente, la personalidad de los actores estaba adaptada con tanta maestría a las escenas en que figuraban que incluso el espectador menos imaginativo debió sentir la emoción del contraste cuando la cortina se abrió de repente y apareció el retrato sin velos ni artificios de la señorita Bart.
Aquí no podía caber duda del predominio de la personalidad; el unánime «¡oh!» del auditorio fue un tributo, no al pincel de Reynolds en el cuadro de la Señora Lloyd, sino a la belleza de carne y hueso de Lily Bart. Había demostrado su inteligencia artística al elegir un tipo tan afín al suyo que podía encarnar a la persona representada sin dejar de ser ella misma. Era como si hubiera entrado en la tela de Reynolds, no salido de ella, dispersando los fantasmas de la belleza muerta con los rayos de su gracia viviente. El impulso de exhibirse en un decorado espléndido —por un momento pensó en representar a la Cleopatra de Tiépolo— había cedido al instinto más auténtico de confiar en su belleza sin adornos y se había decidido por un retrato carente de accesorios de vestuario o decorado. Los pliegues pálidos del traje y el fondo de follaje sólo servían para realzar las largas curvas de dríada que ascendían desde el pie posado en el suelo hasta el brazo levantado. La noble vivacidad de la pose, la gracia alada que sugería, revelaban el matiz poético de su belleza que Selden siempre intuía en su presencia y cuyo sentido perdía cuando no estaba con ella. Su expresión era ahora tan viva que por primera vez le pareció ver ante él a la verdadera Lily Bart, despojada de las trivialidades de su pequeño mundo e impregnada por un momento de aquella armonía eterna de la que su belleza formaba parte.

La casa de la alegría, de Edith Wharton (traducción de Pilar Giralt Gorina).

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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo » 30 Oct 2019 10:56

Clarissa pensaba en la gran amabilidad del primer ministro al acudir a su fiesta. Y, al recorrer la habitación con él, en presencia de Sally y de Peter, y con Richard rebosante [196] de satisfacción, con todas aquellas personas más bien inclinadas, posiblemente, a la envidia, había sentido la ebriedad momentánea, la dilatación de los nervios mismos del corazón hasta parecer que temblaba, que se le alzaba dentro del pecho; sí, pero, después de todo, aquello era lo que sentían otras personas; porque, si bien sentía el cosquilleo y la excitación, aquellas apariencias, aquellos triunfos (el bueno de Peter, por ejemplo, que la encontraba tan deslumbrante), carecían de entidad; había que mantenerlos a distancia, lejos del corazón; o quizá fuera que se estaba haciendo vieja, porque ya no la satisfacían como en otro tiempo; y, de repente, al ver descender al primer ministro por las escaleras, el cerco dorado del cuadro de Sir Joshua Reynolds que representaba a una niña con un manguito le trajo bruscamente el recuerdo de Kilman: Kilman, su enemiga. Aquello era satisfactorio, real. Ah, cómo odiaba a aquella mujer feroz, hipócrita, corrupta, con tanto poder; la seductora de Elizabeth; la mujer que había entrado arrastrándose en su casa para robar y profanar (¡Qué cosa tan absurda!, diría Richard). La aborrecía, pero gustosamente. Los enemigos eran necesarios, no los amigos: no la señora Durrant y Clara, Sir William y Lady Bradshaw, la señorita Truelock y Eleanor Gibson (a la que vio subiendo las escaleras). Tendrían que buscarla si querían verla. ¡Ella se debía a la fiesta!
La señora Dalloway , de Virginia Woolf (traduccción de José Luis López Muñoz)

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Lady Caroline Montagu, Daughter of his Grace the Duke of Buccleugh - Sir Joshua Reynolds (1777)
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Re: Un fragmento literario y su representación artística

Mensaje por Gretogarbo » 30 Ene 2020 12:42

Por el fondo de la larga galería, viene un carro que dos tigres arrastran. Lo rodean sátiros, una bacante, un negro, un borracho desnudo, tambaleante caballero de un pollino. Atruenan los parches, tintinean las sonajas, el negro grita locamente, baila la mujer, rebuzna el asno, los tigres rugen. Baco recuesta sus carnes flojas, enormes, tan totalmente desnudas como las del ebrio Sileno, en el vehículo barroco cuyas ruedas giran con despacioso chirriar. Un fauno burlón sostiene al dios de la Viña y del Vino, pues sin su ayuda caería. Avanza el carro, y en torno, los personajes de las pinturas españolas que no dejaron aún sus enmarcados límites, lo contemplan inquietos, como desde balcones puestos a ambos lados de una calle. Aplauden unos, y otros, según su juicio, protestan. La algarabía crece y ha atraído a moradores de las distintas salas.
Las Tres Gracias de Rubens, que no se separan jamás, se contonean y exclaman a un tiempo:
— ¡Es el Triunfo de Baco, de Cornelis de Vos!

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Pero ahora, por el contrario extremo de la misma galería, aparece un segundo carro, cuya cumbre colosal roza casi los arcos y cristales de la galería pictórica. a diferencia del opuesto, éste no requiere presentaciones: lo conocen todos, ya que se trata de uno de los elementos preferidos de los visitantes, y su gloria contribuye extraordinariamente al prestigio del Museo del Prado. Es el Carro de Heno, el célebre Carro de Heno de Jheronimus Bosch. Ha surgido de súbito, bamboleándose, áureo y misterioso.
(...)
En lo alto del Carro de Heno, como sus únicos y mecidos gobernantes, distinguen los curiosos, cuando lo permite el vaivén, a cuatro figuras: una joven pareja, un ángel de alas rosadas y un como diablejo azul que toca el clarinete.
(...)
Reza, fervoroso, el ángel; el enamorado tañe el laúd; su amada le muestra una página musical; y el diablillo toca el clarinete, que resulta el desmesurado y afilado alongamiento de su nariz azul; los demás que en la parva los acompañaban, han desaparecido, y rondarán por ahí, predicando.

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Los dos carros, de Un novelista en el Museo del Prado, de Manuel Mujica Lainez
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