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Cruela de vil
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El balón encolado


Javier estaba devorando un bocadillo de sepia al ajillo, acompañado de una generosa cerveza, en una pequeña terraza a la que solía acudir de vez en cuando. Ya era media mañana, así que el sol castigaba con cierto rigor fuera de las sombrillas que el establecimiento tenía abiertas. Después solía rematar el almuerzo con un carajillo de coñac quemadito mientras se fumaba con calma un cigarrillo. Le encantaba disfrutar relajado de esos pequeños placeres que la vida le ofrecía.
Fue entonces cuando llegó aquella pareja, madre e hijo aparentemente. El chaval, que andaría por los ocho o diez años, llevaba un gastado balón de fútbol, y en cuanto la madre se hubo aposentado en una de las mesas libres de la terraza, se apartó una veintena de metros y se puso a dar balonazos contra las paredes de un colegio que se encontraba enfrente. Un frondoso árbol pegado a las tapias regalaba una amplia zona de sombra que sin duda hacía más llevaderas las prácticas futboleras del crío. La madre poco tardó en dedicarse por entero a su móvil, ora mirando ora tecleando, sin siquiera levantar la vista cuando les trajeron las consumiciones que habían pedido.
El niño –en el que Javier tampoco apreciaba excesivas dotes futbolísticas– fue poniendo cada vez más entusiasmo y ardor en su entrenamiento, de modo que sus balonazos fueron ganando poco a poco fuerza y altura. Hasta que en una de las ocasiones el balón quedó encolado en el tupido árbol. “Era obvio que tarde o temprano iba a ocurrir”, pensó Javier. La madre, que seguía ensimismada en su móvil, ni se percató del suceso. A poco que hubiera vigilado las actividades de su hijo se habría dado cuenta de que al final acabaría encolando el balón en el árbol o en el colegio.
El chaval anduvo un ratillo mirando y remirando hacia arriba, alzando y bajando los brazos en claros gestos de impotencia, y sacudiendo la cabeza con pesar. Por fin, se le ocurrió la idea de lanzar piedras y trozos de ramas que había en el suelo al balón, pero éste –que Javier no veía a simple vista– debía estar a una altura considerable y bien enganchado entre las ramas del árbol. Así que al cabo de un buen rato de infructuoso esfuerzo, no le quedó más remedio al pequeño que dirigirse resignado a la mesa de su madre.
–Mamá, se me ha encolado el balón en el árbol.
La madre soltó una larga carcajada.
–¡Ay, qué calamidad eres! –reprochó con poca energía cuando paró de reír–. Levantó la mirada, pareció reflexionar durante unos segundos, y continuó: Anda y pídele una escoba a Mari, a ver si la alcanzas.
El niño se dirigió obediente a la entrada del bar y la madre volvió a fijar toda su atención en el móvil. Debían tener cierta confianza con la dueña –pensó Javier– cuando conocían su nombre de pila. Al poco rato reapareció el chaval por la puerta con una escoba en la mano y encaminó sus pasos hacia el árbol. Le costó al pequeño un poco volver a encontrar el balón escondido entre el ramaje, pero dado que el esférico debía hallarse demasiado alto, el niño se dedicó a golpear las ramas que tenía a su alcance a ver si con el movimiento, el balón caía por su propio peso. Pero la estrategia resultó del todo inútil. Así que el pequeño cambió de táctica, y comenzó a lanzar la escoba hacia el árbol a ver si hacía blanco y desencolaba el balón.
Javier estimó que la posibilidad de recuperar el balón de esa manera era bastante pequeña, y por el contrario la posibilidad de que la escoba acabara encolada también en el árbol era bastante alta. La madre seguía a lo suyo, o sea al móvil. Así que ni siquiera había observado las estrategias de su hijo.
“Hombre, dada la edad del chaval, no es que haya que estar pendiente de él todo el tiempo, pero echar un vistazo de vez en cuando no estaría de más”, se dijo Javier a sí mismo.
Aunque, por otra parte, lo peor que podía ocurrir era que se quedaran sin balón y sin escoba, lo cual tampoco era una desgracia irreparable. Hasta que en uno de los lanzamientos –se cumplieron las previsiones de Javier– la escoba quedó también encolada en el árbol. Volvió a gesticular en silencio el niño durante unos segundos y encaminó sus pasos de nuevo hacia la mesa de su madre.
–Mamá, ahora se me ha encolado la escoba.
A la madre le volvió a entrar la risa. Una sonora, prolongada y algo histérica risa.
–¡Pero bueno… mira que encolar la escoba ahora...! –acertó a decir sin cesar en su jolgorio.
Javier no le encontraba la gracia al suceso por ninguna parte. El niño debería haber tenido un poco más de cuidado en sus juegos, y la madre debería haber estado un poco más pendiente de su hijo. A la dueña del bar –pensó Javier– no creo que le haga mucha ilusión perder la escoba. Sin embargo, para la madre debía ser una situación especialmente divertida porque se tronchaba de risa con lo sucedido.
–¡Ay, con la de cosas que tengo pendientes de hacer! –continuó la madre, levantándose y guardando el móvil–. Vamos a ver si tiene arreglo.
Madre e hijo se dirigieron hacia el árbol, miraron desde varias posiciones hacia lo alto para localizar balón y escoba, parecieron debatir la situación durante unos minutos sin que Javier llegara a oír lo que se decían entre ellos, pero por sus gestos daba la impresión de que no encontraban una solución al problema.
Por fortuna para ellos, un grupo de jovencitos quinceañeros pasaba por las inmediaciones del colegio, así que la madre no perdió la ocasión y les solicitó ayuda señalando compungida hacia el árbol. Los jóvenes, tras evaluar la situación, debieron decidir que saltando con ímpetu era posible solucionar algo. Así que tomó carrerilla el primer joven y pegó un buen salto alcanzando a golpear las ramas del árbol. Pero ni balón ni escoba cayeron. Tomó carrerilla el segundo joven y brincó, pero tampoco hubo suerte. Sin embargo –eso de que a la tercera va la vencida se cumplió en esta ocasión–, el salto del tercer joven sí tuvo éxito, consiguió tocar la escoba y ésta cayó a tierra.
Aliviados madre e hijo, y orgullosos los jovencitos, volvieron a analizar el emplazamiento del balón. Pero no parecía que se les ocurriera remedio viable alguno, de modo que al cabo de un rato, negando con la cabeza y alzando los hombros, también los jóvenes reemprendieron su camino, dejando a madre e hijo solos bajo el árbol y sin pelota. Así que la pareja no tardó en iniciar el retorno hacia la terraza del bar.
–Anda y devuélvele la escoba a Mari. Menos mal que no se la hemos perdido.
El niño se encaminó hacia el interior del bar y la madre volvió a aposentarse en su silla, sacando el móvil de inmediato.
Mientras saboreaba con deleite el carajillo, Javier vio aparecer de nuevo al niño por la puerta del establecimiento. Volvía con la escoba en la mano, pero esta vez acompañado de un fornido joven, que Javier dedujo debía ser algún cliente del bar. Y ambos pusieron rumbo hacia el árbol. El joven, que debía andar por los veintipocos años, lucía una ceñida camiseta que remarcaba su magnífica musculatura. Un auténtico atleta y, sin duda, un buen aliado el que había encontrado el chaval. Si este fortachón no conseguía recuperar el balón, pocas posibilidades le quedaban al pequeño, pensó Javier.
El atleta valoró durante unos segundos la situación y con ánimo resuelto no tardó mucho en empezar a escalar el árbol. Con indiscutible pericia, el mozo fue ascendiendo poco a poco por el tronco, asiéndose con tiento a las ramas y apoyando con firmeza los pies.
La madre –que esta vez sí se había percatado de la tesitura– lanzó en voz alta varios avisos al joven para que tuviese cuidado, no se fuera a caer, aunque ni siquiera se molestó en levantarse de la silla por si era necesaria su ayuda. O cuanto menos, para acompañar de cerca al atleta en su tarea. “Las típicas frases para quedar bien y nada más”, consideró Javier.
Poco a poco fue internándose el fortachón en el tupido ramaje del árbol, hasta que desapareció de la vista de Javier por completo. Debió pedir la escoba al pequeño porque éste la levantó todo lo que pudo hasta que la escoba desapareció también, sin duda asida por el joven. Las ramas empezaron a sacudirse al cabo de unos segundos, señal inequívoca de que el oculto atleta maniobraba para recuperar la pelota. Y, efectivamente, al cabo de unos minutos, la estrategia dio resultado y el balón cayó a tierra.
El pequeño dio un grito de alegría.
La escoba cayó también a tierra unos segundos después. Ya sólo faltaba que, una vez resuelto el problema de madre e hijo, bajara al suelo el mozo.
Fue entonces cuando se escuchó en el interior del árbol un sonoro crujido, que indudablemente correspondía al sonido de una rama al partirse con violencia. Y, a continuación, siguió el estrépito inconfundible de ramas y hojas que se zarandeaban y quebraban al ser arrolladas por el peso del mocetón.
Javier lanzó una maldición. La madre, un grito de espanto. Pese a la pericia del joven, una rama seca le había preparado una invisible y cruel trampa.
Y en este punto –mientras el desequilibrado cuerpo del atleta se precipita hacia el suelo– el autor decide hacer una pausa en la narración. Una pausa para reflexionar con más sosiego. ¿Qué le sucederá al joven? Lo más posible es que se pegue un buen golpazo que le cause alguna lesión seria. Quizá se rompa un brazo; tal vez una pierna. Puede hasta matarse. Quizá no se mate, pero se quede en silla de ruedas para toda su vida. Puede tener mucha fortuna y simplemente darse un doloroso costalazo y salir sólo con unos moratones del entuerto. Y todo por un viejo balón de fútbol. Una pelota, un niño poco precavido en sus juegos, una madre más pendiente de su móvil que de su hijo, la excesiva osadía del vigoroso joven, y la suerte… la mala suerte que puede destrozar una vida para siempre. De hecho, podría acabar aquí este relato y que cada lector elija el final que más le satisfaga. Aunque, por otra parte, el autor sentiría que su obra está en cierta medida inacabada, de modo que él también quiere escoger un final.
El cuerpo del joven caía veloz por el interior del árbol, arrastrando todo lo que encontraba a su paso. Todo parecía indicar que, salvo que ocurriese un milagro, el solidario mozo iba a estrellarse sin remisión contra el suelo. Sin embargo, girando su cuerpo en un prodigioso y desesperado escorzo, el robusto joven consiguió asirse con ambos brazos a la última rama del árbol, la más cercana a tierra. Por fortuna, esta rama resistió su peso, y ahí quedó el mocetón, balanceándose como si se tratara de un simio, pero sano y salvo en principio. Y, una vez estabilizado, con un ágil salto aterrizó indemne sobre el suelo.
Javier resopló aliviado. La madre del niño rompió a llorar.
–Tranquila señora –dijo el joven atleta al pasar junto a las mesas–. Que fui el doble de Spiderman en su última película.
“¡Joder, pues aún le quedan ganas de guasa!”, alucinó Javier.

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NotaPublicado: Vie Abr 21, 2017 12:45 pm 
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Directamente yo le hubiera dicho al niño que se ha quedado sin balón. Así que para la siguiente ocasión, seguro que tiene cuidado...
Nos describes una historia cotidiana que todos hemos podido observar en algún momento. Está escrita de manera amena y clara y nos llevas a la situación perfectamente. El problema es que no deja de resultarme una anécdota, una conversación de bar entre un amigo que le cuenta a otro lo sucedido hace un rato, sin mayor trascendencia. Me gustan los relatos que me hacen pensar más, que me arrancan sentimientos y que tras leerlos, me quedo un rato sumergida en su mundo. No es el caso de tu relato, pero como puedes ver, es una cuestión meramente personal. Suerte en las valoraciones!

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“Mientras dure la vida, que no pare el cuento.”
Carmen Martín Gaite


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NotaPublicado: Vie Abr 21, 2017 2:04 pm 
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Registrado: Mar Ago 04, 2009 9:07 am
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Ubicación: Barcelona, la más bonita del mundo.
El balón encolado


Una escena cotidiana. Un niño con un balón, una madre pegada a su móvil y un hombre que debería estar leyendo el periódico, pero prefiere estar modo cotilla. Bueno, autor, me alegro de que ese mozo haya agarrado el balón del niño. En fin, para mi gusto es un relato demasiado sencillo que no me ha aportado mucho. Tampoco sé bien qué me quieres explicar, si es que estamos medio embobados con los chismes tecnológicos y prestamos poca atención a los demás, ni idea.

_________________
Y yo creo que aunque él temía a la negrura de mis cuadros, me sabía buscando ser otra cosa y conocía mis motivos.(Santiago Caruso, pintor)

http://siguiendolospasosdebarro.blogspot.com.es/


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NotaPublicado: Vie Abr 21, 2017 4:11 pm 
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Registrado: Sab Oct 15, 2016 11:17 am
Mensajes: 1352
Ubicación: Tenerife
Querido autor, querida autora.

A veces pasa que un cocinero dispone una despensa repleta de ingredientes pero la elección de éstos, la cocción o la presentación deslucen el plato. Esa es la sensación que me ha dejado este relato, e intentaré explicar de forma constructiva el por qué.

Me encanta la literatura realista, en el sentido de que se desarrolle en un entorno asimilable a nuestro mundo actual. Encuadro este relato en ese ámbito, con una madre cuya adicción al móvil la puede situar perfectamente en el día de hoy, un niño con una querencia quizá enfermiza por los deportes y un observador que, manducando su bocadillo, puede hacer de héroe, de villano o de quién sabe qué otras circunstancias.

El relato es muy prolijo en la descripción de situaciones, pero creo que en la argumentación flojea. El final me ha dejado un poco frío; la sensación que me deja como lector al llegar al final es que todas las vicisitudes que atraviesa el niño son la excusa para generar esa casualidad que, por otra parte, me parece forzada. Es una opinión que probablemente otros compañeros no compartan, pero prefiero ser honesto y transmitir mis impresiones.

El personaje de Javier empieza prometiendo que tendrá importancia, pero al final es sólo un observador que no aporta nada a la acción. Para mi gusto es un personaje que no cumple ninguna función y que podría ser prescindible.

Ahora quiero centrarme en este párrafo:
El autor o la autora escribió:
Pese a la pericia del joven, una rama seca le había preparado una invisible y cruel trampa.
Y en este punto –mientras el desequilibrado cuerpo del atleta se precipita hacia el suelo– el autor decide hacer una pausa en la narración. Una pausa para reflexionar con más sosiego. ¿Qué le sucederá al joven? Lo más posible es que se pegue un buen golpazo que le cause alguna lesión seria. Quizá se rompa un brazo; tal vez una pierna. Puede hasta matarse. Quizá no se mate, pero se quede en silla de ruedas para toda su vida. Puede tener mucha fortuna y simplemente darse un doloroso costalazo y salir sólo con unos moratones del entuerto. Y todo por un viejo balón de fútbol. Una pelota, un niño poco precavido en sus juegos, una madre más pendiente de su móvil que de su hijo, la excesiva osadía del vigoroso joven, y la suerte… la mala suerte que puede destrozar una vida para siempre. De hecho, podría acabar aquí este relato y que cada lector elija el final que más le satisfaga. Aunque, por otra parte, el autor sentiría que su obra está en cierta medida inacabada, de modo que él también quiere escoger un final.
Esta propuesta que has hecho no me gusta, pero eso ya es algo totalmente subjetivo. Y como se trata de ser sincero, también te diré que me parece una propuesta muy original y que puede servir para ralentizar el ritmo de la narración (aunque creo que aquí no era necesario).

Para terminar quiero centrarme en algo que considero fundamental a la hora de escribir: la idea. No es imprescindible, pero conviene que a la hora de escribir tengas una idea que transmitir. Puede ser un dilema moral, una situación de justicia o injusticia, una denuncia sobre la guerra, un ensalzamiento del amor… pero en este caso no encuentro una idea concreta.

Creo que tu estilo es bueno, y debes explotarlo. Estoy convencido de que tienes mejores relatos y que encontrarás otros argumentos en los que seguir aportando tus propuestas.

Gracias por compartirlo :hola: .

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"La papelera es el primer mueble en el estudio del escritor"

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NotaPublicado: Vie Abr 21, 2017 5:52 pm 
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Melón
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Registrado: Vie Nov 04, 2011 4:37 am
Mensajes: 4032
Ubicación: Estación Pontevedra-Caracas y viceversa
Estimado(a) autor(a):

Tu relato es un niño pequeño bonito, tierno pero aún poco maduro para sobrevivir ante tanta fuerza y adversidad en este concurso.

El tema del niño que juega y se le pierde el balón nos ha pasado a muchos....pero en mi época mi madre no tenía móvil ni internet..porque ni de coña existían :cunao: y estaba más pendiente de mis torpezas. Hoy en día, la tecnología nos vuelve menos afectivos y humanos hasta con nuestros propios seres queridos.

Lo que si no me gustó mucho fue esa reflexión sobre los posibles finales. Prefería que simplemente dieras la tuya..porque es tu criatura..y nada más.

Te envío un fuerte abrazo y te agradezco que hayas compartido tu retoño con nosotros :60:

Enviado desde mi ALE-L21 mediante Tapatalk

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Leyendo: Los hermanos Karamázov - Fiódor Dostoievski

De locura (Gracias a Tolo)-->Imagen


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NotaPublicado: Vie Abr 21, 2017 6:52 pm 
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Registrado: Jue Jul 03, 2008 12:32 pm
Mensajes: 10629
Ubicación: a saber....
Ya el mismo título daba que pensar, pero es que la resolución del palabro ha sido genial. Balón encolado, escoba encolada y mozo también encolado jajaja. Me han parecido divertido debido a la genial sencillez de su estructura. Puede que no cuentes nada concreto, pero describes una situación costumbrista, y lo haces muy bien. Está muy bien redactado. Lo que menos me ha gustado ha sido la reflexión del narrador que me ha sacado de la escena cual duro puñetazo. De verdad que creo que yo mismo era Javier el observador. A mi me ha encantado. Enhorabuena y suerte.

_________________
Abrazaba con fuerza al pequeño, que sentado en su silla de ruedas, sentía el inmenso amor que su mamá le transmitía mientras esta le decía al oído.

Como hagas otra trastada... te pincho las ruedas


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NotaPublicado: Vie Abr 21, 2017 8:51 pm 
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Registrado: Vie Mar 18, 2016 1:13 am
Mensajes: 373
No me suelen gustar las escenas contadas por un tercero, a no ser que me lleven a una reflexión profunda, a una acción rápida o que me sorprenda. Se trata de gusto personal, no hay nada de malo en el escrito, es ameno y te lleva perfectamente a la situación que está viviendo el narrador.

Mucha suerte!

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Dos más dos igual a cinco, de toda la vida.


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NotaPublicado: Vie Abr 21, 2017 10:05 pm 
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Registrado: Sab Sep 05, 2009 3:58 am
Mensajes: 777
Una historieta al parecer sin relevancia alguna.
Una escena cotidiana que podríamos presenciar cualquiera y que a su vez puede adquirir tintes dramáticos (cuando el joven atleta estaba a punto de matarse) o tintes cómicos.
De un segundo a otro, una cosita insignificante puede cambiar todo nuestro mundo y ponerlo patas arribas, o al final quedar en algo cotidiano, sin más.
Creo que esta historia también lanza una crítica a esas personas que están más pendientes en la vida de un móvil y una pantalla, que de lo que está sucediendo a su alrededor, ya sea algo sin transcendencia o algo que pueda estar complicándose por segundos y hasta el último no nos damos cuenta por estar ahí, pegados a esa pantalla.
A mi especialmente me ha gustado cuando el narrador a interrumpido la historia para preguntarse que sucedería después. Eran tantas las opciones...el destino puede llevar a tantas cosas por un viejo balón...Quizás muchos digan que ese narrador te saca de la trama, pero creo que en esta historia hacia falta, porque al menos ha aportado una reflexión y dado más nivel al relato.
Ha sido ameno, sin entusiasmarme en absoluto.
Una historia sencilla, contada desde un espectador que ve el transcurrir de los acontecimientos sin intervenir en ellos, mientras él mismo opina o critica pero es el más pasivo de todos...Y en fin, no tiene chicha esta historia como para sacársela. Sencilla y sencilla.
Al menos me he entretenido y me he enterado, aunque no me haya producido nada en especial.
En la técnica nada que objetar, muy correcta.
Suerte autor.

_________________
No espero amor ni odio
ya tengo bastante con mi dolor
maldigo el episodio
lo peor es que yo fui quien lo escribió.
Me esperan los demonios
que dejan tu olvido
que juegan conmigo.


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NotaPublicado: Sab Abr 22, 2017 2:35 pm 
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Me estoy empezando a viciar
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Registrado: Mar Ene 26, 2016 9:18 pm
Mensajes: 463
Ubicación: Atravesando la Montaña Negra
Muchos fallos de forma; el primer párrafo alterna descripciones del momento del relato con otras más generales, eso no queda bien. O vamos de lo general a lo concreto, o al revés.

Otra cosa que me ha pasado con varios relatos en este concurso, es la descompensación entre forma y fondo. Hay que intentar adaptarlos. En este texto, la historia es una trama amable, sencilla. Pues lo que le pega es un estilo acorde. Para decir que el chaval se puso a la sombra, es mejor buscar una frase que suene más natural que
Citar:
"Un frondoso árbol pegado a las tapias regalaba una amplia zona de sombra que sin duda hacía más llevaderas las prácticas futboleras del crío
", que es farragosa y no viene a cuento.

El personaje de la madre es un tanto histriónico.
Citar:
"–Mamá, se me ha encolado el balón en el árbol.
La madre soltó una larga carcajada"
Un poco desproporcionada la carcajada, ¿no? Y al poco,
Citar:
A la madre le volvió a entrar la risa. Una sonora, prolongada y algo histérica risa.
–¡Pero bueno… mira que encolar la escoba ahora...! –acertó a decir sin cesar en su jolgorio.


Hay un momento en la historia, cuando el forzudo empieza a trepar, que pensé, qué estupendo, ahora se va a quedar también ahí, sin poder bajar... Un poco como la peli de las cabinas de teléfono. Pero no. La trama es justita, anecdótica si se quiere, no da para mucho. Y la intervención del narrador, fastidia más que otra cosa.

Suerte!


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NotaPublicado: Sab Abr 22, 2017 7:50 pm 
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Registrado: Jue Abr 01, 2010 8:28 pm
Mensajes: 5857
A mí me ha gustado el enfoque, centrado en un episodio en apariencia banal. No hace falta que los relatos tengan una ascendencia épica. Dicho esto, creo que se recrea en lo obvio. Desde los primeros párrafos queda claro que la madre pasa del niño y que el niño hace lo que le viene en gana. Pero se insiste en ello, con las risas y con el móvil. Deja de aportarme nada nuevo. Lo digo como elemento de mejora porque de todos modos me ha entretenido.

Lo que no me ha gustado ha sido la exhortación al lector. ¿Para qué tenemos la figura de Javier, observador ajeno, si luego lo despreciamos? Hubiera sido mejor que fuera Javier el que sopesara las alternativas, haciendo cómplice al lector de sus divagaciones. ¿Por qué no te conviertes tú, autor, en Javier?

Por lo demás bien, bastante decente.

pd. Por alguna extraña razón leo en el título balcón en vez de balón. Y en mi tierra siempre se ha dicho embarcar el balón, aunque encolar también está bien dicho, al parecer.


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NotaPublicado: Dom Abr 23, 2017 5:27 pm 
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Registrado: Lun Abr 05, 2010 8:35 pm
Mensajes: 9972
Ubicación: En las ramas del jacarandá...
Es verdad que no es un gran relato, que no deja de ser casi una anécdota, pero la realidad, autor, es que me has hecho sonreír.

Me ha recordado a la películas de Tatí, donde no pasa nada del otro mundo (un barrendero que en vez de barrer charla con todo el que pasa, por ejemplo) y, sin embargo, resulta divertido y te dejan buen sabor de boca. Lo que te quiero decir con esto es que no siempre es necesaria una gran idea para causar un efecto bueno en el lector.

Pero, en tu caso, el problema lo veo con la prosa. Que sea un lenguaje sencillo va bien con la historia, pero que uses tantas palabras innecesarias y seas tan machacón no le sienta igual de bien. Creo que aquí ménos hubiera sido más. :wink:

Es decir, si optas por una historia sencillita, te diría que entonces te curres muy bien el lenguaje. En este caso, con una prosa más dinámica y chispeante al menos a mi me podrías haber ganado con esta cadena de encolamientos.

En mi tierra debemos ser más poéticos porque los balones los embarcamos. :D

un aroma dulce le noto yo a este texto que no sé yo si... :wink:

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El esfuerzo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre

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Los hilos de Ariadna :60: El niño del tirachinas

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NotaPublicado: Lun Abr 24, 2017 11:08 am 
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Diosa de ébano
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Registrado: Mar Oct 14, 2008 5:30 pm
Mensajes: 9012
Ubicación: En África
Este relato peca de repetición de conceptos y no avanza ni cuando pretende avanzar. También he visto repetición de palabras o exceso de las mismas a la hora de describir una situación. Si me he fijado en eso, que no suelo, será porque algo hay, digo yo. Otra cosa, deber+infinitivo no es lo mismo que deber de+infinitivo.

También creía que iba a salir del bucle balón-niño-madre en algún momento y dar un giro, pero veo que no. Se trata de la visión de un tercero de una escena cotidiana, lo cual no tiene nada de malo; tampoco esperaba grandes acontecimientos ni sorpresas inesperadas, pero se me ha quedado en un limbo en movimiento espiral lento. Porque lento también es.

Luego, hay otra cosa que no me ha gustado nada: la crítica moral al comportamiento de la madre. Si bien es cierto que la mujer está enganchada al móvil y el autor ha hecho crítica sobre ello, creo que se pasa al interferir tanto en la lectura. No para de decir que la madre con el móvil no está pendiente del hijo y que vaya tela, que qué mal. Pues sí, pero eso debe concluirlo el lector. Sólo te ha faltado añadir que el crío al final suelta un “joder” que seguro se lo ha oído a la madre y por eso ha adquirido el hábito de soltar palabrotas.

Y ya, como es habitual en mí, cuando te diriges al lector directamente… Apaga y vámonos.

Lo siento. No considero que esté mal escrito, pero no me ha gustado. Soy un pez entre un millón.

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No soy lo que escribo; soy lo que tú sientes al leerme.


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NotaPublicado: Lun Abr 24, 2017 11:14 am 
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Diosa de ébano
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Registrado: Mar Oct 14, 2008 5:30 pm
Mensajes: 9012
Ubicación: En África
jilguero escribió:


En mi tierra debemos ser más poéticos porque los balones los embarcamos. :D


Ah! Qué mono. Aquí decimos "calar" o "encalar".

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Última edición por Ororo el Lun Abr 24, 2017 11:27 am, editado 1 vez en total

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En mi tierra se diría:

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Por aquí sería un "Yias, locooo, mandé el balón al árbol". No se hacen referencias al hecho en sí de que haya quedado trabado. Se da por hecho que si un balón va al árbol, quedará entre las ramas ad infinitum.

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