Estimado bookhere, como bien dices, opinar sobre hechos pasados desde la comodidad de nuestro sillón es muy fácil, pero hay algo más trascendente que, inevitablemente, condiciona nuestras consideraciones: el simple hecho de hablar en retrospectiva; es decir, el simple hecho de hablar conociendo ya la historia completa, su camino y desenlace. Un ejemplo, aunque quizá no venga del todo al caso: solemos preguntarnos cómo pudo tanta gente en Alemania votar al criminal de Hitler, al padre del Holocausto, del exterminio visto como proceso industrial, cuando la pregunta invariable para poder analizar el caso de manera formal ha de ser si era posible prever en 1929 o en 1932 el abominable alcance último de las políticas de Hitler. La respuesta la vamos a dar sabiendo ya lo que pasó, teniendo toda la información: vamos a contestar en retrospectiva, y así es muy sencillo contestar que sí, que sí que se venía venir, que ya estaba escrito en Mein Kampf. No obstante yo sigo y seguiré preguntando: ¿seguro que conocemos el tema y el periodo con la suficiente profundidad para afirmar tan arriesgadamente?
Volviendo a Fest (más bien a su padre) y de toda la gente que así, de una manera silente y pasiva, resistió al nazismo, hay que decir que fueron muchos: según el periodo exacto del que hablemos, unas veces más que seguidores de Hitler, otras veces menos y otras veces tantos por igual. Pero aquellos, los millones no nazis, tenían enfrente un aparato de estado terrorista omnipresente, casi omnímodo y casi infalible. Sobre esto no falta bibliografía, aunque casi toda en inglés y alemán.
Grass dice que todos participaron, intentando expiar así definitivamente su vergüenza, la cual ya venía expiando desde hacía décadas, autoacusándose a sí y a todos, pero ocultando siempre sus antecedentes concretos. Era su forma de proyectar en el de enfrente -fuera el vecino o Alemania entera- todos los reproches que se hacía internamente, aunque tal vez él ni siquiera fuera consciente
Me permito copiaros un fragmento de la parte final de este Yo no:
Citar:
La adaptación durante los primeros años de la posguerra se ha calificado posteriormente como “silencio elocuente”, lo cual no suponía simplemente una forma de represión. Más bien en él se mezclaban el desencanto, la vergüenza y el despecho, en un conjunto impregnado de rechazo de la culpa. Hay que añadir la tendencia a interpretar papeles protagonistas. Unos se inventaron actos de resistencia que nunca realizaron, en el juego del arrepentimiento, se esforzaban por buscar un sitio bien visible en el banco de la autoacusación. Sin embargo, en medio de sus lamentos parecían dispuestos a calumniar a quienes no hicieran como ellos y se dieran continuamente golpes en su pecho pecador. Cuando Günter Grass o alguno de los innumerables autoacusadores manifestaban su sentimiento de vergüenza, en modo alguno querían llamar la atención sobre su propia culpabilidad, más bien sobre los muchos motivos de todos los demás para avergonzarse. No obstante, según ellos, para su escándalo y el de todos los demás, la gran masa no estaba preparada para esto. Ellos se sentían ya libres de cualquier reproche gracias al reconocimiento de su vergüenza.
FEST, Joachim. Yo no. Taurus/Santillana Ediciones Generales S.L. Madrid: 2007. p. 275.
Ahí queda.