La leyenda de Beatriz de Montcada.

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La leyenda de Beatriz de Montcada.

Mensaje por loveyou♥ » 11 Jun 2011 12:42

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Datos del libro.
Título: Leyendas tradicionales.
Autor: José Calles Vales.
Editorial: Libsa.
ISBN: 84-662-0188-2


Beatriz de Montcada.

Hace mucho, mucho, mucho tiempo, el conde de Barcelona, Don Ramón Berenguer IV, estaba en guerra con uno de los más poderosos nobles de Cataluña: Don Guillén de Montcada. En vano el conde trataba de sosegar la ambición de Don Guillén, porque la soberbia del noble no tenía límites y, se dice, incluso que llegó a pretender el poder absoluto en Barcelona. [...]
Don Guillén vivía en su castillo de Montcada con su esposa, Beatriz, una de las jóvenes más hermosas y más dulces de Cataluña, cuya belleza había dado mucho que hablar. El poder de Don Guillén había logrado que Beatriz le diera el sí en la iglesia [...] Pero el corazón de Beatriz tenía un dueño y ni siquiera la fuerza bruta de su esposo había logrado domeñar esta pasión: desde muy joven, la preciosa doncella había amado a Guillermo de Sant Martí, un caballero apuesto y gentil, más dado a las canciones amorosas que a la espada. El trovador había cortejado a Beatriz desde muy joven y la muchacha había quedado prendada de su cortesía y galanura [...] Ambos amantes seguían viéndose en secreto y el poeta acudía al castillo de Montcada cuando el señor se hallaba fuera. Una tierna canción de amor servía para que Beatriz abriese su ventana y el trovador escalara hasta la alcoba de su fiel amada.
Estos amores eran conocidos por todos en Cataluña, excepto por el iracundo Don Guillén, más ocupado en destronar a su enemigo que en guardar la casa propia.
El señor de Montcada había reunido, en cierta ocasión, a todos los caballeros en el castillo. Había también nobles, guerreros y soldados de fortuna llegados desde Francia, Aragón y Castilla. Estaba en la idea de Don Guillén dar el asalto definitivo a Barcelona y desterrar al conde Berenguer IV. Para ello había dispuesto una gran corte en la que cada cual daría su opinión y se dispondría para la guerra abierta. Pero era Don Guillén quien llevaba la voz cantante y todo cuanto él decía se aceptaba de inmediato. [...]
En aquellos cónclaves bélicos estaba también Guillermo de Sant Martí, al que todos - excepto el señor de Montcada - veían como amante de la señora Beatriz, más que como un guerrero dispuesto a dar la vida. [...]
Como era costumbre, el señor de Montcada celebró un festín en el que debería decidirse quién sería el senescal del ejército, esto es: el capitán de todas las tropas. Como era privilegio de las damas señalar este honor, todos estuvieron de acuerdo en que la propia Beatriz de Montcada designara al caudillo que tendría la gloria de derribar al conde de Barcelona. [...]
En la ceremonia, la dama en cuestión debería entregar una copa de plata al futuro caudillo, y con este gesto quedaba certificada la validez del cargo de capitán.
Pero Beatriz actuó de modo imprevisto. Acompañada por siete doncellas hermosísimas, la señora de Montcada escanció vino y miel en la copa ceremonial y, tras beber el dulce néctar, ofreció la copa de plata... ¡a Guillermo de Sant Martí!
Un murmullo de desaprobación recorrió la bóveda de la sala, e incluso algunos reían abiertamente.
- ¿Cómo vas a disponer las tropas, poeta? - se burlaban - ¿En versos de arte mayor?
Sin embargo, todos bebieron de la copa de plata, pues así había que consolidar la alianza. Pero cuando la copa llegó a manos del señor de Montcada, éste la arrojó violentamente y se levantó de la mesa mostrando su enojo:
- Mañana hablaremos, señores.
Y cerró la sesión de malos modos.
Al día siguiente, Don Guillén de Montcada cruzó el patio del castillo seguido de cuatro guardias armados hasta los dientes. Subió a grandes zancadas a sus aposentos y allí encontró a Beatriz, su esposa. Ella advirtió que la ira se reflejaba en el rostro de su marido.
- ¡Maldita zorra! - dijo - ¡Eres la vergüenza de mi casa! ¡Lleváosla y encerradla en las mazmorras!
Los guardias apresaron a Beatriz y le colocaron fuertes cadenas en el cuello, las manos y los pies. Después, la trasladaron por las galerías del castillo y bajaron una escalera de cuatrocientos peldaños: allí abajo, en las profundidades siniestras de Montcada, se abría una profunda gruta, utilizada desde tiempos inmemoriables para dar suplicio a los reos. Los huesos de los muertos se apilaban en las esquinas y un lodazal de barro y sangre era el suelo sobre el que caminaba Beatriz. Fue arrojada a una celda y allí, en medio de la terrible oscuridad, fue olvidada para siempre.
Así lo había ordenado el señor de Montcada: << Echadla en las cuevas y que nadie baje a visitarla: que se coma las ratas o que las ratas se la coman a ella, tanto me da >>.
No se detuvo aquí la terrible venganza de Montacada: a las tres de la madrugada, cuando aún no había cantado el gallo y todo el castillo estaba dormido, entró en la alcoba donde descansaba el caballero Guillermo de Sant Martí. Sin embargo, no lo halló en la cama, sino despierto y escribiendo un apasionado poema a la luz de una candela.
- Ahora podrás leer esos versos a tu amada, traidor.
Con estas palabras, el señor de Montcada ordenó a sus soldados que lo apresasen y que lo bajasen a la terrible prisión. Mientras bajaba por la escalera, cargado de cadenas y zarandeado por los guardias, Guillermo oyó a Don Guillén que, con grandes carcajadas, decía:
- ¡Abre bien los ojos, poeta, o no podrás distinguir las letras!
Fue arrojado de malos modos en el fango de una celda y cuando se hizo el silencio apenas podía escuchar el discurrir del agua sobre las paredes y algunas alimañas que se movían en las grietas de la cárcel. Todo permanecía en la más lúgubre oscuridad. De pronto, en un extremo de la galería oyó un débil murmullo... ¡una mujer sollozaba, aterida de frío! No podía ver su rostro, pero el corazón le decía que era su amada Beatriz y que sus amores habían sido descubiertos. El infame señor de Montcada los había encerrado en aquellas prisiones, de donde nadie pudo salir jamás.
Guillermo avanzó junto a la pared y pudo notar que aún había cadáveres en el fango: apenas pudo sortearlos y espantar a las ratas que se los estaban comiendo. Llegó finalmente cerca de Beatriz y ambos pudieron abrazarse: al fin, incluso en la muerte permanecerían unidos.
Allí pasaron siete días, aunque para ellos todo era noche y penumbras. Ya las ratas y culebras empezaban a acecharlos, impacientes por la tardanza de su muerte, cuando oyeron que el agua se deslizaba por una abertura en un extremo de la celda. Si el agua corría por allí, significaba que un pozo o río subterráneo acogía el caudal y ésa era la única salida posible. Sólo armados con sus uñas y con los guijarros desprendidos por el muro excavaron y excavaron hasta que se hicieron sangre en las manos, pero al fin pudieron abrir un hueco por el que internarse en la inmensa caverna horadada bajo el castillo de Montcada.
Por fin libres, acudieron al palacio del Conde de Barcelona. Allí, Beatriz y su amante, informaron al conde de las traiciones que se le preparaban. Berenguer IV los cobijó en su corte y envió correos al Papa para que anulase el matrimonio de Beatriz, puesto que la joven se había desposado contra su voluntad y sólo por la tiranía del señor de Montcada.
Las nuevas bodas de Guillermo y Beatriz fueron presididas por el propio conde Don Ramón Berenguer, y se celebraron grandes fiestas en Barcelona, donde se recuerda con emoción la fidelidad y la pasión de los dos amantes.

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Re: La leyenda de Beatriz de Montcada.

Mensaje por Sue_Storm » 11 Jun 2011 13:10

Hola, loveyou, ¡bienvenid@ al foro!

Qué hermosa leyenda; no la conocía. Lo que más me ha gustado es el final. ¡No esperaba que los amantes salieran vivos! Muchas gracias por la aportación :D
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Re: La leyenda de Beatriz de Montcada.

Mensaje por loveyou♥ » 11 Jun 2011 13:37

Muchas gracias por la bienvenida, Sue Storm :D

Soy nueva en el foro y me ha parecido buena idea compartir con vosotr@s una de mis leyendas favoritas :wink:

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