Pues lo dicho, una estupenda novela, de cabo a rabo, una novela magnífica que sabe combinar y alternar una historia individual –la de Ignacio Abel y sus circunstancias, arquitecto de postín, socialista por origen y convicción y aburguesado por matrimonio y situación- con la historia colectiva de la situación sociopolítica en Madrid anterior e inmediatamente posterior a la sublevación militar del 18 de julio de 1936, la barbarie, el miedo y el terror.
Como ya he comentado, a mi no me ha sobrado ni una sola de las 958 páginas, me ha interesado de principio a fin.
Dejo una crítica de Pozuelos Yvancos en el ABC de las Letras, que completa la entrevista con MM en Babelia que colgué en algún mensaje más arriba. Concluye Pozuelos Yvancos diciendo:
Citar:
"Me ha parecido una novela muy bien escrita, en la que Muñoz Molina da mucho, pero desproporcionada".
http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=12918&num=926&sec=32Dice Pozuelos Yvancos que logra páginas magistrales "ante las que uno no quiere sustraerse, y en esa dimensión la novela no merece otra cosa que aplauso, como todo autor que domina el oficio de escribir", pero le achaca dos "peros": la falta de novedad de los asuntos tratados (el Madrid de la preguerra con sus personajes arquetipo y la historia de adulterio) y se remite a Arturo Barea (qué grandísima su trilogía "La forja de un rebelde") y a Max Aub para el clima prebélico, y a literatura del XIX en cuanto a las historias de adulterio.
Pero yo me quedo con la parte positiva de la crítica, la calidad narrativa de Muñoz Molina, que me parece extraordinaria y es el armazón que en realidad sostiene toda la novela. No hay experimento en la novela, hay una tremenda honradez y mucho trabajo detrás y una forma de contar que se te mete dentro. Pero aparte de estar bien escrita, es que la novela resulta muy entretenida, describe muy bien los ambientes, la convulsión y barbarie de una época intersantísima y descubre los entresijos de una historia de amor, la historia pasional entre Ignacio Abel y Judith que es el verdadero hilo conductor de la novela.
La forma de narrar, con un tono pausado, reflexivo, desde el interior de los personajes, amplía muchísimo el radio de alcance de la historia y le da una expresividad que va mucho más allá de los hechos. La histora se describe a golpe de sentimientos y sensaciones, por encima de las acciones. Y para eso MM se sirve de un narrador omnisciente al que da mucha libertad, lo que nos permite seguir la historia desde diferentes puntos de vista, haciéndola más entretenida, pero sin dejar de enfocar constantemente a Ignacio Abel. Es curioso que en ocasiones el narrador se hace visible, parece escribir desde el presente (ej pág. 575, 581, 719) pero finalmente nos quedamos sin saber quien es, eso me ha llamado la atención.
Los personajes están francamente bien construidos. Me gusta muchísimo el retrato de Adela, la figura que encarna la rancia burguesía católica, o la hondura del profesor Rossman, un personaje secundario muy interesante, o incluso Ignacio Abel, el protagonista, un personaje lleno de luces y sombras, con su defectos, con sus miedos y sus pasiones, con actuaciones que no he llegado a comprender, pero así es Ignacio Abel. Judith, en cambio, me ha gustado menos, es quizá el personaje más plano de la novela a pesar de su visión "romántica" de los acontecimientos.
En cuanto a los personajes "reales" que aparecen en la novela, Negrín sale muy bien parado, merecidamente. En el otro extremo Alberti a quien MM ridiculiza al describirlo como un frivolón, pendiente de los bailes de disfraces en la Asociación de Intelectuales Antifascistas, mientras Madrid es un hervidero de barbarie que se desangra (págs. 720, 788, 914) y, sobre todo, José Bergamín, un tipo revanchista y brutal en sus plantemientos, que se lleva un buen palo por parte de MM (págs. 719, 726). En cuanto a Azaña ni fu ni fa, un tipo al que la situación le supera (y en realidad así fue).
Por lo que se refiere al trasfondo político, y pese a sus declaradas posiciones de izquierda, MM es también valiente, sabe que no tiene que dar cuentas a nadie ni arrimarse a ningún estamento y se atreve a ir a contracorriente de los vientos que corren con lo de la memoria histórica (no ha escondido sus críticas hacia la forma en que se ha enfocado esta cuestión). Es muy crítico con la injusticia social de la época, desencadenante de muchos de los sucesos que acontecieron, pero a la vez es muy duro con los desmanes de las milicias y el descontrol por parte de los leales a la república, el revanchismo, las venganzas, su idealización del marxismo soviético. Dibuja, en suma, la bajeza moral de las dos Españas. Por eso el protagonista, Ignacio Abel, está muy bien pensado para ser el centro de la historia, porque combina su origen "humilde" y su pensamiento socialista y progresista, con una vida "aburguesada" fruto de su éxitosa carrera de arquitecto y su boda con Adela.
En fin, tengo muchas anotaciones y cosas que comentar, y seguiría, pero me extendería demasiado. En resumen, una novela que me he encantado.