Cuento de amor, guerra y muerte

Espacio en el que encontrar los relatos de los foreros, y pistas para quien quiera publicar.

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Medianoche
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Cuento de amor, guerra y muerte

Mensaje por Medianoche » 31 Ene 2010 04:21

La considero, por ahora, mi principal obra, de la que ya llevo más de cien caras a word. Por eso, debido a que la gran cantidad de contenido puede echar a mucha gente atrás a la hora de leer una determinada historia, voy a optar por poner poco a poco los capítulos, con el fin de conseguir algún comentario (bueno o malo) sobre ella, pues mi propósito de todo esto es potenciar lo bueno y arreglar lo malo que pueda tener y que yo mismo no logro ver. Así que empecemos por el principio, y vayamos poco a poco.


Cuento de amor, guerra y muerte nace en mi mente el día que vi la película "Stardust"; no sabría decirles el porqué pero fue tras visionar este film cuando sentí la imperiosa necesidad de escribir. El relato está totalmente influenciado por autores de la literatura fantástica como Tolkien, Paolini, Neil Galman, Michael Ende o los hermanos Grimm, aunque su prosa, su trama, sus personajes, localizaciones y el resto de elementos que podríamos considerar importantes nada o poco tienen que ver con ninguno de ellos. Cuento de amor, guerra y muerte es un relato de claro tinte fantástico, dónde los límites están en mi propia imaginación; no es un libro de fantasía al uso pues está protagonizado unicamente por hombres (sin elfos, sin trasgos etc.) y el elemento mágico no es demasiado relevante. En la obra cobra vital importancia el factor humano y en ella se suceden guerras, traiciones, amores...que delatan la importancia del factor piscológico por encima del "mágico". Un mundo pleno, con sus religiones, sus leyendas, sus reyes, sus historias secundarias, sus ciudades, sus batallas, su historia; se esconde entre sus páginas. ¿Te lo vas a perder?

Prólogo: El héroe bajo las estrellas

Una pálida y redonda luna llena lucía esplendorosa entre un mar de estrellas, adornando con su intensa luz a un enorme cielo color azabache. Unos vigorosos vientos, venidos desde el oeste, azotaban furiosos a las rocosas cordilleras de Kiurad mientras un suave silbido, similar al canto de taciturna ave, ululaba entre las grietas que la erosión había ido produciendo en las montañas con el transcurso de los años.

Acerqué las manos hasta la hoguera. El fuego, de aproximadamente un metro de altura, crepitaba vigoroso frente a mis verdosos ojos mientras mis manos recuperaban su calor habitual. Cientos de informes figuritas surgían cadenciosamente de entre los tonos escarlata de la lumbre. El ambiente olía a hierba fresca y a madera hasta que, de repente, un fino olor a eucalipto inundó mis pulmones. En ese instante, aparté la vista de las llamas y me fijé en la cabaña de color caoba que se situaba a escasos metros a mi derecha. Ya está Elda preparando alguno de sus extraños ungüentos- pensé, ligeramente contrariado. Elda era una anciana que desde los tiempos de guerra se había dedicado al cuidado de los enfermos y al estudio de las propiedades de las plantas; sus ungüentos, famosos en toda la región, habían salvado muchas vidas.

Cuando el aire recuperó su olor habitual, me incorporé ligeramente y eché un vistazo a los alrededores. Las escarpadas estribaciones y los picos más altos de las montañas rodeaban y acunaban al valle, como lo haría una madre primeriza cuidando de su retoño. Un silencio embriagador envolvía con deferencia cada partícula de vida concentrada en el lugar. Además, la mayoría de las cabañas habían apagado ya sus luces y sólo en unas pocas podían observarse aún los tenues destellos que emanaban desde el fuego de las chimeneas.

Seguro que Orson está ya dormido, tendré que entrar con cuidado para no despertarlo.

El pensamiento avino hasta mi mente en el momento en el que observé la oscuridad que reinaba en nuestra casa. Rara era la vez en la que me quedaba despierto hasta tan tarde, pero aquella noche era tan hermosa que quedé cautivo observando el solemne ejército de estrellas que vigilaba todos y cada uno de los rincones del valle. Tiempo atrás, en una noche muy similar, el viejo Orson me enseñó a reconocer las diferentes constelaciones que habitaban en el firmamento; dejándome claro que la más hermosa de todas ellas era la constelación Zor. El grupo de astros, que debía su nombre a uno de los dioses más importantes de la religión válbica, estaba constituido por tres estrellas ordenadas de menor a mayor tamaño, formando una curva ondulada en su ascendente sucesión. Me fascinaba contemplar las estrellas y admirar su grandeza. Algún día me convertiré en una de ellas- me gustaba pensar.

Una punzada de aire helado arremetió, sin avisar, contra mis costillas. Sentí un ligero escalofrío, como el producido por el contacto con un agua muy fría, y mis dientes tiritaron durante unos segundos. Sin darme cuenta la noche se me había echado encima y la temperatura había descendido varios grados. Para evitar el frío, aparté mi rizada y negruzca cabellera de mis orejas y apreté con fuerza mis manos contra las mismas, el viento las había helado hasta hacerme perder la sensibilidad en ellas. Decidí que era el momento de volver a casa. Para evitar cualquier tipo de incendio, antes de regresar me dispuse a apagar el fuego. La hoguera era ya apenas un hilillo rojizo revoloteando entre la negrura, por lo no me resultó demasiado costoso reducirla a cenizas. Me agaché ligeramente y agarré un puñado de tierra que lancé a las chisporroteantes llamas para intentar apagarlas. Después de repetir la operación tres veces, el fuego se convirtió en un manto de polvo gris. El valle quedó en ese momento a oscuras. Envuelto por las tinieblas, me levanté del viejo tronco grisáceo de haya sobre el que me sentaba y me dirigí raudo al hogar.

Al llegar, pegué un suave empellón a la puerta, que cedió emitiendo un ligero chirrido. Me quité las botas, cerré con pestillo la entrada de la casa y avancé a hurtadillas por el pasillo intentando hacer el menor ruido posible. A pesar de los gruñidos de queja que emitía la madera con cada uno de mis pasos, conseguí llegar hasta mi habitación sin despertar a Orson.

Una vez dentro, cerré la puerta con cuidado y encendí a tientas un viejo candil situado sobre el escritorio. Segundos más tarde, la débil llama, que surgía perezosa desde la pequeña lámpara, empezó a bailotear llenando la estancia de tonos anaranjados. Me senté reclinado en la esquina inferior de la cama y froté mis cansados ojos para evitar caer vencido por el sueño. En el exterior del valle reinaba la más absoluta oscuridad.

Con el paso de los minutos el sueño fue poco a poco ganándome terreno y mis párpados comenzaron a ejercer su derecho a cerrarse. Casi sin fuerzas para combatirlo, me dejé caer boca arriba sobre la cama y cerré los ojos. Poco después de que la pequeña vela que quedaba en el candil terminase de consumirse, quedé profundamente dormido.
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Medianoche
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Re: Cuento de amor, guerra y muerte

Mensaje por Medianoche » 31 Ene 2010 04:44

Capítulo I: Una vida entre montañas

Desperté con el sonido de la lluvia, que chocaba contra los cristales de la ventana. Afuera, un grupo de nubes de tormenta poblaban el cielo, otorgándole un triste color grisáceo. Las gotas de lluvia caían con intensidad sobre el valle y sonaban con tono apagado sobre los tejados de madera de las casas. Después de observar el bello espectáculo natural durante unos minutos más, me incorporé de la cama y entreabrí la ventana. Aún era temprano, muchos de los habitantes del campamento todavía dormían y los que no, permanecían en sus casas esperando a que el temporal escampara. Una larga hilera de humo salía desde la chimenea de nuestra casa. Orson debe de estar preparando el desayuno- pensé tras contemplarla. Justo antes de abandonar la habitación me apresuré a cerrar la ventana para evitar que la lluvia entrase por ella. Me vestí con rapidez, intentando esquivar el frío de la mañana, y salí al pasillo. Mientras caminaba en dirección al comedor bostecé un par de veces y me desperecé estirando los brazos y la espalda con torpeza. Cuando llegué hasta la coqueta estancia repleta de muebles construidos con madera de abedul, me encontré a Orson preparando algo de té. El anciano me cuidaba desde que la guerra terminó. Orson era un hombre de mediana estatura y redondeado corpachón, su piel era morena y apenas contaba con pelo sobre su cabeza. Poseía además unas negruzcas y profundas ojeras que acrecentaban su penetrante mirada, sustentada de por sí en unos impactantes ojos negros. Su edad, nunca admitida, debía superar ya los setenta años. Mientras le miraba entre la admiración y el respeto, observé como sobre la mesa del comedor esperaban su hora un par de manzanas de aspecto divino y unas hogazas de pan; así que sin pensarlo dos veces agarré una silla y me senté en ella. El ruido alertó a Orson, que se giró hacia mí.

- Buenos días, William, estaba preparando algo de té, ¿quieres una taza?- me preguntó al verme.

- Buenos días, sí, por favor, me encantaría- le respondí con muecas de agradecimiento.

La tetera, de color verde oscuro, comenzó a expulsar con rabia pequeñas nubes de vapor. Para no quemarse, Orson se protegió la mano con un trapo repleto de jirones y agarró la tetera por el asa. Después, la depositó sobre una tablilla de madera tallada a mano y buscó un par de tazas en el armario situado sobre la cocina. Sujetó las tazas con cuidado y sirvió el agua hirviendo en ambas, luego les añadió un par de hojas de té verde. Finalmente, se acercó hasta la mesa, me cedió una de las tazas- le agradecí el gesto-, se sentó frente a mí y tomó un sorbo de su té.

- Ten cuidado, está muy caliente- me advirtió.

Bajé la mirada para contemplar el parduzco líquido que prácticamente rebosaba de la jícara. Un intenso y cálido aroma se desprendía de él. Disfruté durante unos instantes en silencio de tan agradable sensación hasta que Orson me interrumpió para hacerme un par de preguntas.

- ¿Llegaste muy tarde ayer?

- Un poco. Me entretuve mirando las estrellas- le contesté mientras tomaba un pequeño sorbo de té que me abrasó lengua y garganta.

- Debes de tener cuidado, más tarde de la medianoche las temperaturas son muy bajas en el valle- su voz adoptó un tono paternal.

- Lo sé, tranquilo. Tengo siempre mucho cuidado- le respondí con seguridad.

Orson pareció tranquilizarse con mi respuesta. Tomó otro sorbo de té, cogió una manzana, la frotó con sus grandes y desgastadas manos y le dio un sonoro mordisco. Yo, por mi parte, cogí una hogaza de pan y me la comí mientras dejaba enfriarse al té. El desayuno transcurrió tranquilo, entre risas y cálidas palabras. Cuando hubimos terminado, Orson recogió las tazas, las fregó y las guardó en su armario correspondiente, después se acercó hasta la ventana y observó con detenimiento el valle.

- Ya ha parado de llover. Voy a salir a casa de Elda a ver si puede darme algo para este maldito dolor de piernas.

Asentí con la cabeza. Hacía ya algún tiempo que a Orson le dolían las piernas, los años empezaban a pasar factura en el cuerpo del anciano. Me quedé sentado unos minutos más mientras mi tutor revoloteaba por la casa en busca de ropa de abrigo y un par de conejos muertos con los que pagar a Elda.

- Bueno, me marcho ya, luego nos vemos- me farfulló a modo de despedida mientras se ajustaba el abrigo.

La puerta emitió un ruido sordo al cerrarse. Justo después, aproveché para dejar el comedor y dirigirme de nuevo a mi habitación. En ella, ordené algunos trastos que estaban desparramados por el suelo y cogí una vieja bufanda de rayas azules y rojas que me había regalado un comerciante venido desde la inconquistable Usitania. Me la enrosqué al cuello y me dirigí a la calle, pensativo.

Ocho años habían pasado ya desde que los supervivientes de la conocida como “guerra de los mil cadáveres” nos habíamos trasladado desde nuestra Znora natal hasta el valle de Sepdim; conocido así por ser, en orden de descubrimiento, el séptimo valle hallado de los nueve que albergan en su interior las montañas de Kiurad. Éramos veintisiete los refugiados que poblábamos los llanos parajes de la hondonada; la gran mayoría de los habitantes superaban ampliamente los cincuenta años, y sólo tres no alcanzábamos la treintena: Bold, Jeff y yo. El más joven de todos nosotros era el pequeño Bold, de apenas nueve años. El mozalbete tenía el pelo rubio y los ojos tan azules como el cielo, era regordete y algo travieso; aunque nada fuera de lo normal teniendo en cuenta su edad. Bold vivía junto sus padres, Phil y Olivia (otros que no llegaban a la cincuentena), en la cabaña más céntrica del campamento. Jeff, por su parte, era el herrero del pueblo; tenía el pelo largo y rojizo, unos brazos fuertes capaces de doblar el hierro como si de papel se tratase, y unos ojos marrones claros. Antes del conflicto fue durante muchos años aprendiz en el taller de Milton, uno de los mejores herreros de la región de Znora. Tras la muerte de éste en la guerra, Jeff se hizo cargo del negocio. Y es que, a pesar de contar con tan sólo veinticinco años, su habilidad en la forja era impresionante. Sus espadas, brillantes como la luna y fuertes como el diamante, eran la envidia de todos los herreros del continente. Finalmente (entre los más jóvenes) me encontraba yo. Hacía justo un mes, el trece de octubre, que había cumplido los veintiún años. Desde que nuestro pueblo se estableció en Sepdim vivía junto a Orson en una pequeña cabaña construida en roble en la zona más septentrional del valle; mi pelo era rizado y negro como el hollín y mis ojos verdes como una esmeralda abrupta. Apenas superaba el metro ochenta de estatura y alcanzaba con dificultades los setenta kilos de peso. Me gustaba la naturaleza, la música y escuchar cuentos e historias repletas de épica sobre valerosos guerreros y hermosas doncellas. Si bien estos éramos los más jóvenes del lugar, existían otros miembros importantes del campamento como Ursula, que ejercía de recolectora de alimentos aunque en Znora fue maestra, Nadine el cazador o Isaac el sastre. Nuestra pequeña pero activa sociedad se organizaba, por votación conjunta de todos los miembros mayores de veintiún años en el momento de nuestra llegada a Sepdim, en torno al concepto del reparto de tareas. Todos y cada uno de nosotros tenía una misión que cumplir diariamente, y debía realizarla obligatoriamente porqué si no, un eslabón de la cadena se rompía y aparecían los problemas. Así que todos llevábamos a cabo nuestra tarea: Elda ejercía de curandera, Jeff de herrero, Orson de mediador de conflictos (odiaba que le tildasen de juez), Olivia y Phil se encargaban de traer al campamento agua potable, Wallace hacía lo propio con la leña; y yo, junto a otros tantos, me encargaba de la recolecta de alimentos.

Más allá de este trabajo diario, la vida entre montañas era bastante aburrida. La monotonía reinaba en el día a día de cualquiera de los refugiados del campamento. Por eso me gustaba visitar al viejo Lance. El más anciano y tardío miembro, había llegado a Sepdim varios años después que el resto, de todos cuantos poblábamos el valle había sido un reconocido trovador en los años previos a la guerra y tenía por ello una inusitada facilidad para contar historias. Escucharlo se había convertido en mi principal válvula de escape en los momentos en los que necesitaba evadirme de la cárcel de piedra que formaban las rocosas faldas y los abruptos acantilados de Kiurad. Sus historias y cuentos, además de interesantes, estaban repletos de sabiduría.

La casa de Lance estaba ubicada casi al final del valle, ligeramente apartada de las de los demás. El anciano justificaba dicha separación afirmando que con ella ganaba en tranquilidad, una tranquilidad que era de vital importancia a su edad -siempre esgrimía los mismos argumentos-. Cabizbajo y absorto en mis pensamientos avancé con rapidez sobre la fina capa de hierba que cubría el camino hasta la casa del antiguo trovador. Al llegar frente a su puerta, aparté el trozo de manga que me cubría la mano y llamé dos veces con un seco golpe de nudillos que hizo retumbar al portalón de madera que me cerraba el paso. Unos instantes después, el anciano abrió con torpeza la entrada.

- Hola, William, no te esperaba tan temprano por aquí, pero pasa, pasa- me dijo con su hipnotizante voz.

Al entrar, los ojos azules de Lance se posaron sobre mi;el anciano me miraba con detenimiento mientras su larga y descuidada barba plateada golpeaba con suavidad contra su pecho. Portaba su particular sombrero de punta, desgastado por las innumerables noches que pasó a la luz de la luna contando sus grandilocuentes historias a todos aquellos que tenían el placer de escucharle. Su casa no difería demasiado en su aspecto exterior del resto de las que poblaban el valle. Sin embargo, un mundo maravilloso se arremolinaba sin demasiado orden en el interior. Una alfombra tejida en tierras lejanas cubría el estrecho pasillo de madera del corredor y algunos objetos de lo más extraño podían verse en el interior de las diferentes habitaciones que íbamos dejando atrás de camino al comedor.

- Son regalos que he ido recibiendo de gente de todos los lugares del mundo- solía decirme el anciano cuando le preguntaba curioso por cualquiera de ellos.

El comedor era una salita cuadrangular situada en la última habitación del edificio. En el centro, había una mesa de nogal tallada con dibujos de hermosas formas florales en las terminaciones de cada una de sus cuatro patas. Las sillas estaban completamente forradas por una tela color carmesí que las hacía infinitamente más cómodas. Ojala tuviésemos estas sillas en casa. Cada vez que me sentaba sobre ellas el mismo pensamiento rondaba mi mente. En la pared del fondo había un pequeño fogón y una chimenea. Sobre la misma, un buen número de utensilios de cocina reposaban colgados de unos curvos ganchillos que sobresalían de la madera.

- ¿Quieres té?- la voz de Lance irrumpió de repente en mis pensamientos.

- No gracias, ya he tomado en casa antes de venir a verle- le respondí con celeridad.

Lance tomó asiento con lentitud y esperó pacientemente a que sus trastabillados huesos se adaptaran a la forma de la silla. En que estuvo completamente acomodado, se quitó el sombrero y lo apoyó en un lateral de la mesa. Una melena corta que apenas lograba alcanzar sus hombros emergió del interior del mismo. Antes de empezar con su habitual ritual el retirado trovador se retiró los cabellos que se le amontonaban frente a los ojos. Desde la primera historia que me narró, Lance había adoptado una costumbre que repetía una y otra vez. Antes de empezar con cada uno de sus relatos el antiguo trovador me planteaba una serie de preguntas.

- ¿Conoces la historia de nuestro continente? ¿Y sabes qué, antes de la llegada de Morgan, Znora era una de las comarcas más importantes de Ashmia?- me preguntó a la vez que daba un extrañamente ágil respingo sobre la silla y me señalaba con la palma de la mano extendida boca arriba.

La fuerza con la que empezó su discurso me abrumó. Me limité a ladear la cabeza dibujando un no con su movimiento. En ese instante, los ojos de Lance se abrieron como platos y el azul de su iris brilló radiante como si de un pequeño zafiro se tratase. Nunca antes lo había visto así.

- El divino tesoro de la juventud es en ocasiones el peor enemigo de la sabiduría- continuó diciéndome. Hoy, mi querido William, voy a contarte todo lo que yo sé sobre los inicios de la civilización en nuestro continente -extendió los brazos sobre la mesa y entrelazó las manos mientras ejecutaba una breve pausa-. Hace más de cien años- prosiguió con el relato mientras elevaba ligeramente el tono-, mucho antes de que el explorador Ashton llegase a través del peligroso mar Elisio hasta esta parte del mundo; Ashmia ya existía. Lógicamente todavía no se llamaba así, ya que como sabrás, dicho nombre se puso en honor del mencionado explorador.

El anciano realizó una nueva pausa, pestañeó y pasó a acariciarse la barba. Toqueteó el sombrero, arqueó un brazo y apoyó su cara sobre la palma de la mano de dicha extremidad. Me miró fijamente durante unos instantes intentando evaluar mi grado de interés en la historia. Cuando contempló satisfecho mi impaciencia porqué continuase, reemprendió con renovado ímpetu el relato.

- La tradición popular que fue pasando de juglar en juglar durante generaciones cuenta que cuando Ashton encalló con su barco en estas tierras, se encontró con un territorio virgen sólo habitado por animales y plantas. Abrumado ante lo que contemplaban sus ojos decidió volver sobre sus pasos e informar a su rey de su hallazgo.

-¿Y qué pasó después?- pregunté insatisfecho.

- Tranquilo muchacho, cien años de historia no pueden contarse en tan poco tiempo- me respondió Lance mientras se apartaba parte de su canosa melena de la frente-. Cuando Ashton llegó al puerto de Osbil, situado en la zona norte de Pralvia, en las afueras del reino de Duvar, desembarcó y corrió como poseído por el más terrible de los demonios a informar al rey de su hallazgo. Cuando el explorador terminó de contarle a Borlin, que así se llamaba el rey, lo que había encontrado por casualidad en unos de sus viajes comerciales, el monarca decidió premiarle bautizando al nuevo mundo con el nombre de Ashmia. La palabra la formó mezclando el nombre del explorador con el de la diosa válbica de la naturaleza, Mia. Días más tarde, empezaron a organizarse las primeras expediciones hacia el nuevo mundo. Y sólo un poco tiempo después comenzaron a llegar los primeros colonos hasta Ashmia. Los primeros asentamientos se establecieron en la costa oeste del continente y la primera región que se fundó fue Znora, en honor al Dios Zor, patrón de los hombres y el progreso en la religión válbica.

- ¿Así que somos la región más antigua de todas?- pregunté sorprendido.

- Así es mi joven amigo, así es- contestó condescendientemente Lance.

- Más tarde fueron surgiendo núcleos de población aislados- el anciano reemprendió rápidamente el discurso para no perder el hilo de la historia-. Ciudades como Osfal, situada en la zona central del continente, o Malvuu, una pequeña ciudad pesquera ubicada en el sur fueron naciendo a medida que nuevas oleadas de colonos iban arribando en Ashmia. Otros casos más recientes, como es el caso de la joven Usitania o del reino de Riel, fueron desarrollándose y creciendo hasta el punto de constituir estados independientes del resto, con capacidad para gobernarse a sí mismos, bajo sus propias leyes.

- Me gustaría poder ver algún día Usitania- dije en voz alta mientras ladeaba la cabeza pensativo.

- Es una ciudad maravillosa. Con sus enormes y majestuosos muros protectores, con sus empedradas y coloridas calles y con la continua algarabía de sus gentes. Cada detalle de Usitania transmite una solemnidad difícil de ver en cualquier otra ciudad del mundo- los ojos del viejo trovador vibraban vigorosos mientras describía la ciudad.

Quedé embebido por la descripción de Usitania que hizo el viejo Lance. Dejé volar mi imaginación y contemplé la ciudad en mi mente. Sus altos muros que podían retener al más despiadado de los ejércitos, sus calles repletas de gente y la maravillosa sensación de libertad que impregnaba el ambiente. De repente, sentí una fuerte repulsa hacia el reino de Riel.

- ¡Si no fuera por Riel y su estúpido rey podría ver Usitania con mis propios ojos!- exclamé enfurecido.

- No debes cargar contra el reino sino contra el rey- me corrigió al instante Lance-. Hace ya unos años, cuando la guerra todavía no había estallado y Morgan aún no era rey, pasé varios días en Riel y créeme cuando te digo que era un lugar maravilloso. La gente del reino era amable y acogedora. El problema llegó con el ascenso al poder del príncipe Morgan. Su caprichosa e inestable personalidad, que le granjeó muy temprano el terrible apodo de “El Sediento de Sangre”, que con los años fue derivando sencillamente en “El Sediento”, cambió el curso de la historia en Ashmia. Dos días después de tomar posesión de la corona lanzó un ataque contra la población que más cerca quedaba de sus dominios, la comercial Therim. La ciudad, sin apenas fuerza militar, consiguió defenderse a duras penas durante una semana entera pero, finalmente, el asedio de Morgan dio sus frutos y la norteña población acabó cediendo.

El anciano exhaló un suspiro y se tomó una nueva pausa. Mis verdes ojos lo observaban con expectación. Lance esquivó mi mirada a la vez que metía su mano en el bolsillo izquierdo de la chaqueta de negra seda que vestía. Rebuscó durante unos segundos en su interior y extrajo una vieja y carcomida pipa de fumar que depositó sobre la mesa. Después, volvió a introducir su mano en el bolsillo y sacó un pañuelo que había enroscado en forma de ovillo. Lo desató con sumo cuidado para no derramar las hojas de tabaco que ocultaba en su interior. El olor a tabaco fresco se apoderó de la atmósfera, embriagando al otrora trovador, que olisqueó con un suave fruncimiento de nariz el aroma que flotaba en el comedor. Una vez quedó satisfecho, formó una pinza con el dedo pulgar y el dedo corazón de la mano derecha y agarró unas pocas hojas de tabaco que después dejó caer suavemente en el interior de la ovalada cavidad de la pipa. Se quedó dubitativo e inmóvil justo después. Finalmente añadió:

- William, ¿me harías un favor? -contesté que sí con la cabeza-. Muy bien, ¿ves la caja de cerillas que hay sobre la cocina? -volví a asentir con un suave movimiento de cuello- pues cógela y acércamela, por favor.

Me levanté de un salto de mi asiento y procedí a satisfacer los deseos del anciano con la mayor celeridad posible. Lance me miraba atento, esperando algún refunfuño por mi parte. Al ver que este no llegaba se arrascó su puntiaguda nariz mientras su rostro reflejaba un semblante de sorpresa. Un arañazo superficial quedó marcado en forma de línea roja muy próximo a su ojo derecho. Le acerqué las cerillas.

Tras agradecerme la ayuda, el antiguo trovador abrió con delicadeza la caja y extrajo del interior un pequeño fósforo que introdujo en la cavidad de la pipa para quemar con él las hojas de tabaco. Cuando las hojas empezaron a arder, Lance comenzó a inhalar de la pipa con cortos pero intensos soplidos. Una pequeña voluta de humo que dejaba tras de sí una agradable fragancia comenzó a emanar de ella. El anciano se desplomó entonces sobre la silla, aunque seguía dando cortas pero intensas caladas. Viendo que el retirado trovador me ignoraba, carraspeé con impaciencia y Lance volvió en sí.

- Perdón, me he quedado algo traspuesto, ¿por dónde íbamos?

- Los años no perdonan- pensé para mis adentros.

- Me estabas hablando sobre la conquista de Therim por parte del reino de Riel- le respondí mientras resoplaba en señal de desaprobación.

- ¡Ah, es verdad! ¡Qué cabeza la mía! El caso es que, tras la conquista de Therim, la ambición de poder de Morgan creció como la espuma. Pronto fue atacando una a una las ciudades más importantes de Ashmia. Malvuu, Osfal, Dilora y muchas otras fueron sucumbiendo ante los terribles ataques del impulsivo rey y su oscuro ejército.

Un anaranjado haz de luz atravesó de pronto el vidrio del ventanal, como si hubiese entrado en cólera por haber pronunciado la palabra oscuro, y se posó inquieto sobre mi rostro. Para evitar su inoportuna compañía, cerré los ojos, aparté la cabeza de su trayectoria y moví mi asiento ligeramente hacia la derecha. Desde mi nueva posición se observaba con claridad el exterior del valle. Un tímido sol de otoño se asomaba curioso por encima de los afilados colmillos que serpenteaban a su antojo por las cimas de las montañas de Kiurad.

- Parece que el temporal ha amainado un poco- murmullo Lance mientras daba una fuerte calada a la pipa.

- Eso parece- contesté de forma seca.

El anciano no pareció inmutarse y siguió fumando con tranquilidad. Se arremangó un poco la chaqueta y enarcó una ceja. Su nariz comenzó a contraerse de nuevo. Olisqueó como lo haría un sabueso de caza hasta que una expresión de desesperación se mezcló con las innumerables arrugas que se repartían por su cara.

- ¡Maldición, casi lo olvido! William, debo marcharme. El olor a metal chamuscado que ha llegado a mis pulmones me ha recordado que debo de ir con Jeff.

Acepté, a regañadientes, la inoportuna noticia de tener que abandonar el relato a medias. Supuse que Lance había encargado forjar algún extraño objeto a Jeff y que por ello le corría tanta prisa el ir a recogerlo. Quizás sea una de sus irrepetibles espadas. Y con este pensamiento pisé de nuevo el verde suelo del valle. Lance se despidió de mí apresuradamente y se dirigió raudo hacia el taller del herrero, situado en el interior de una pequeña cueva que él mismo había aclimatado para poder usar como forja. Una vez estuve solo, miré al cielo y vi, con mayor claridad que desde la ventana del comedor de Lance, que las nubes se habían disipado por completo, cediendo su lugar en la bóveda celestial a un cálido sol de otoño.
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Re: Cuento de amor, guerra y muerte

Mensaje por Felicity » 31 Ene 2010 18:46

Bueno pues leído esto.
he de decir que cuando he leído: "Stardust" he pensando: :08: con lo que me gustó...
Y mi relato de (Bláthland) nació de allí también y del joven Tristan.

En primer lugar, decir que la fantasía no me va mucho. Pero escribes muy bien y envuelves la escena con maestría.

Como consejo:

Yo dividiría los capítulos en trozos más cortos... A muchos foreros, vemos tanto por leer a la vez. Y lo vamos dejando para cuando tengamos tiempo... y muchas veces eso es, nunca.

:402:

Aunque "Juego de tronos" lo dejé haré un esfuerzo (grato) para leerme lo que vayas publicando.

Además he visto que tienes por ahí un Thriller, que eso ya me va más :boese040: :boese040:
Recuento 2019
Hay un momento en la vida, en el que tienes que dejar de vivir y empezar a sobrevivir...

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Re: Cuento de amor, guerra y muerte

Mensaje por lucia » 31 Ene 2010 21:38

Mmm, mas que cortarlo en trozos mas cortos, eliminar descripciones innecesarias, como los párrafos que dedicas al encendido de la pipa.

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...

Mensaje por Medianoche » 31 Ene 2010 22:37

Como consejo:

Yo dividiría los capítulos en trozos más cortos... A muchos foreros, vemos tanto por leer a la vez. Y lo vamos dejando para cuando tengamos tiempo... y muchas veces eso es, nunca.


Bueno, tal vez es que sea una lectura sólo para "paladares" muy concretos.

Mmm, mas que cortarlo en trozos mas cortos, eliminar descripciones innecesarias, como los párrafos que dedicas al encendido de la pipa.


Ese elemento descriptivo es parte del ADN de la historia.

Si le daís una oportunidad, estoy seguro que la historia os va a ir atrapando. Si no os gusta desde el principio...o no os apetece leerla, pues no hay que darle más vueltas.

Gracias a ambas por pasaros, leer y comentar.

Saludos :wink:
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Re: Cuento de amor, guerra y muerte

Mensaje por Medianoche » 01 Feb 2010 04:48

Capítulo II: Vientos de melancolía

En la misma tarde, después de una animada comida con Orson, salí de casa con la intención de dirigirme hasta el río Liora. El pequeño afluente del caudaloso Thil situaba su nacimiento bajo tierra. Y la mayor parte del año permanecía allí encerrado. Pero con la llegada primero del otoño y después del invierno, debido a las cuantiosas y continuas lluvias y nevadas, el pequeño río emergía desde el subsuelo para atravesar unos cuantos kilómetros de tierra hasta su desembocadura en el Eleanor.

Como estábamos a mediados de otoño, el Liora ya se dejaba ver por la superficie. Sus aguas, todavía escasas y turbias, zigzagueaban valle abajo con energía. Justo antes de partir, examiné la cabaña de Lance para cerciorarme de que seguía fuera de ella. No encontré señales que me indicaran el regreso del viejo. La chimenea permanecía apagada, las puertas y ventanas estaban selladas y no se apreciaba luz alguna en el interior. Convencido de su ausencia, inicié mi caminata.

Avancé despacio mientras mi cabeza no cesaba de darle vueltas a la historia que el otrora trovador me acababa de contar esa misma mañana. Su relato había removido mis sentimientos más profundamente enterrados. Riel y Morgan invadieron tras meses de ausencia mi mente. De pronto,mientras deambulaba sumido en mis propios pensamientos, unos vientos alisios que se habían levantado sin avisar me irritaron los ojos. Unas cuantas lágrimas comenzaron a brotarme. Me encorvé ligeramente y extendí la palma de la mano a modo de barrera. Avancé valle abajo hasta que visualicé un promontorio atestado de olivos. Los árboles me servirán como improvisado escudo contra el viento- razoné mientras aceleraba el ritmo. Un par de minutos después llegué hasta el montículo de tierra y me senté junto a un olivo en sentido contrario al del viento.

Con este vendaval no podré llegar hasta el río- pensé, disgustado-, y golpeé con suavidad mi cabeza contra el robusto tronco del olivo. Decidí que lo mejor sería esperar en el improvisado refugio hasta que la fuerza de los vientos se redujese. Malhumorado por el inoportuno contratiempo, me apoyé desganado contra el tronco del árbol. A medida que iban transcurriendo los minutos mis revueltos pensamientos se iban dejando embaucar por la melancolía que portaba con desdén el viento.

De forma sutil pero progresiva, mi consciencia se fue extrapolando más allá de la realidad y acabó cediendo ante la confusa amalgama de sentimientos, recuerdos y emociones que se amontonaban en ella esperando su turno. La viva imagen de mi maltrecha tierra invadió desafiante mi mente. Un interminable tapiz de imágenes desfiló ante mis ojos. La pena se clavó afilada en mi corazón cuando recordé que habían pasado más de ocho años desde que todos los supervivientes de la guerra tuvimos que abandonar nuestra Znora natal para vivir como proscritos entre las montañas. Nuestra región pertenecía desde hacía tiempo al vasto imperio de Riel. Como todo el continente- pensé a pesar de estar sumido en un extraño trance-. Sólo la impertérrita Usitania se mantenía ajena a la voluntad del rey Morgan. Su privilegiada situación geográfica y su geométrica arquitectura dotaban a la urbe de una capacidad defensiva inigualable.

Znora no había tenido tanta suerte como Usitania. La primera región habitada de Ashmia ocupaba gran parte de la costa oeste del continente, circundante toda ella a las aguas del mar Elisio. La gran extensión terrenal que Znora abarcaba hizo que la zona se tuviese que dividir, pocos años después de los primeros asentamientos, en dos estados diferentes pero que coexistían de forma pacífica el uno con el otro. El lago Ilona ejercía de frontera entre ambos emplazamientos. Mis padres y yo vivíamos en el sur, en Arlens, una acogedora población de unos cuatrocientos habitantes repleta de vitalidad. Un clima cálido, suavizado por la brisa marina, acompañaba a la ciudad durante la mayor parte del año- la imagen de Arlens apareció de forma espeluznantemente nítida dentro de mi cabeza.

La aterradora ilusión se desvaneció cuando un brusco golpe de viento, que sacudió con violencia al tronco del olivo sobre el que me apoyaba, me devolvió abruptamente a la confusa realidad. Desconcertado por la situación me acurruqué azaroso sobre mi mismo, encogiéndome como si de un insecto bola me tratase. Agité la cabeza y zarandeé el cuello, aturdido aún por los acontecimientos. Un vaporoso dolor de cabeza amenazaba la paz de mi cuerpo. Me llevé la mano izquierda hasta la nuca y la acaricié con un sosegado masaje.

Los vientos bramaron como satisfechos por lo acaecido y desaparecieron como si nunca hubiesen estado allí. Sobre el promontorio sólo quedaron unos poéticos céfiros que acariciaron mi entorpecido cuerpo mientras me levantaba con desgana. Cuando estuve nuevamente erguido, una sensación de mareo me envolvió por completo. Tuve que apoyarme sobre el olivo con los ojos cerrados y el cuerpo ligeramente encorvado para no perder el equilibrio.

- ¡Qué demonios ha sido eso!- refunfuñe en voz baja mientras recuperaba el aliento.

El valle y las montañas guardaron silencio. No querían explicarme lo que acababa de acontecerme. Fue como si la naturaleza hubiese querido transmitirme un mensaje a través del viento. En ese instante sentí la imperiosa necesidad de moverme, de huir de aquella pequeña arboleda formada por olivos. Con un escalofrío recorriendo mi espalda alcé la vista al cielo y comprobé que había variado su tonalidad hasta un tono rosáceo que profetizaba un hermoso ocaso otoñal. Las horas habían pasado como segundos, como si los granos de arena del reloj hubiesen caído en tromba en vez de uno a uno. Será mejor que posponga mi viaje al Liora para otro día- decidí tras un momento de reflexión.

Emprendí el camino de regreso a casa. Cuando llegué hasta el valle contemplé como de la chimenea de Lance surgía perezosa una opaca cortina de humo. Parece que ya ha vuelto el viejo- pensé para mis adentros-. Decidí que emplearía la mañana siguiente en escuchar el final de la historia que teníamos a medias. Finalmente, llegué a casa. Entré todavía ligeramente atontado y me encontré a Orson en el pasillo.

- Hola. ¿Qué tal ha ido la tarde?- me preguntó sonriente.

Por un momento valoré la idea de contarle el raro suceso que acababa de vivir pero rápidamente la deseché por estar demasiado cansado y aturdido.

- Muy bien, al final he ido a los olivos de aquí al lado a tomar un poco de aire fresco- contesté intentando aparentar normalidad.

- ¿No ibas a ir al Liora?- preguntó, sorprendido con mi respuesta.

- Sí, pero se ha levantado un fuerte viento y he decidido que era mejor dejar el viaje para otro día.

- ¿Viento? ¿Qué viento? Bueno, no importa, voy a preparar algo de cena ¿quieres?

Su respuesta me noqueó por completo. ¿No había sentido el templado y arenoso viento que se había levantado a media tarde? No era posible. Seguramente le habrá pillado echándose la siesta- intenté convencerme a mi mismo. Sin embargo, una perturbadora intranquilidad punzó mis costillas. Me apoyé sobre el marco de la puerta y respondí a Orson intentando mantener la compostura.

- No, no tengo hambre. Además estoy algo cansado, será mejor que me vaya a dormir.

- Bien, como quieras. Que descanses- me dijo antes de introducirse en la cocina.

Esperé hasta que se hubo metido en ella. Después avancé lo más rápido que pude hasta mi habitación, cerré la puerta y me desplomé sobre la cama. Mi cabeza estaba revolucionada pero mi cerebro se negaba a trabajar más. Preferí no forzarme y dejar las conclusiones para un momento de mayor lucidez. Así que, simplemente, dejé que el sueño se apoderase de mí.
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Mensaje por Medianoche » 01 Feb 2010 04:50

Actualización con el capítulo dos. Dejaré tres o cuatro días sin postear por si alguien se anima a leer.

Saludos :wink:
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Mensaje por Medianoche » 19 Feb 2010 17:46

Capítulo III: La guerra de los mil cadáveres

El día había amanecido gélido y despejado. Las frías partículas de aire que se dispersaban por la habitación se clavaban como miles de alfileres sobre mi piel, erizándome el vello de los brazos. Agazapado bajo las mantas, traté de mantener mi calor corporal, adoptando una posición fetal y cubriéndome casi totalmente. Un ruido sordo comenzó a brotar desde la puerta de entrada.

- Toc, toc, toc.

- William, ¿estás despierto?- la voz de Orson sonó al otro lado de la madera.

- Sí, salgo en cinco minutos.

- Tranquilo, aún es temprano, no vengo por eso. Sólo quería decirte que ha venido hace un rato Lance para disculparse por haberse tenido que marchar ayer tan rápido y me ha pedido que te diga que te espera en su casa en una hora.

Orson no me dio tiempo a contestarle. Antes de que mis labios pudiesen articular palabra alguna, oí sus pasos alejándose por el pasillo. La sala quedó nuevamente en silencio. Moví el cuello con cuidado, para comprobar si el dolor de cabeza había desaparecido. Y así era, mi mente amaneció lúcida y carente de dolor alguno. Empecé a cavilar sobre lo ocurrido en el olivar el día anterior. Una cierta ansiedad se acopló a mi discurrir sembrando la duda de si realmente quería conocer la respuesta. Pensé en una y mil soluciones posibles, algunas de ellas disparatadas, y al final llegué a una conclusión, por otro lado no menos extraña y confusa que cualquiera de las otras que había decidido desechar. Deduje que el destino, encarnado en el viento, había intentado comunicarme algo. Llegué hasta dicha cábala inspirado en una vieja leyenda válbica que me había contado Lance unos meses atrás. Fue, creo recordar, por el mes de mayo; justo acabábamos de recoger la última remesa de manzanas de la temporada cuando el viejo trovador me habló sobre esa parte del folklore válbico. Recuerdo bien sus palabras.

“Hay en Valbiria una leyenda, nunca confirmada pero tampoco desmentida, que atañe al viento unas cualidades nunca contempladas por ninguna otra región. Cuentan los habitantes de tan mística ciudad que uno de sus más notables y valientes guerreros, Ismael Corazón de Fuego, en una noche de las tantas que discurrieron en la Guerra de las Amapolas recibió la visita de la más hermosa mujer que nadie pudiera imaginar jamás. Su pelo era negro y largo, sus ojos azules como el cielo y profundos como el mar, su cuerpo curvo y hermoso, y su voz dulce como la miel temprana. El guerrero, atónito y temeroso ante la desconocida intrusa, desenfundó su espada y arremetió contra la mujer, hincándole la hoja a la altura del corazón. Cuentan que su cuerpo se desvaneció como si nunca hubiese estado allí y que instantes después apareció justo detrás de Ismael. Antes de que Corazón de Fuego pudiese reaccionar, la mujer le cogió de la mano y le susurró al oído lo siguiente: “valiente guerrero, no debes temerme pues no estoy aquí para herirte sino para guiarte. Sé que tu devoto pueblo está siendo injustamente masacrado y por eso quiero ayudarte”. Después de transmitirle el mensaje, la extraña mujer besó a Ismael. Lo que viene a continuación lo relata tal cual el propio guerrero en sus memorias".

“Cuando aquella hermosa mujer me besó sentí una extraña fuerza colándose en mis entrañas. Cientos de desconocidas tácticas militares se instalaron en mi cabeza sin que nunca antes hubiese tenido constancia de ellas. Puedo afirmar que gracias a ese beso pude guiar a las tropas de Valbiria hasta la victoria en la guerra. En un mes conseguimos hacer retroceder al ejército de Riel más que en los dos años anteriores. Lo más extraño de todo el asunto es que cuando abrí los ojos, aquella mujer ya no estaba; como si se hubiese evaporado por completo. En la sala únicamente quedábamos yo y unos tenues susurros producidos por el viento. Nunca he sabido a ciencia cierta quién o qué era aquella mujer que me besó aquella noche, pero lo que sí sé es que gracias a ella ganamos muchos años de paz”.

Basándose en la propia experiencia personal que plasma el guerrero en sus escritos y en las indirectas referencias del mismo al viento, los ciudadanos de Valbiria determinaron que fue el destino el que, con ayuda del viento, se le apareció en forma de mujer aquella noche a Ismael. Así al menos lo han añadido a su folklore tradicional. El relato de Lance terminaba relatando como varios años después de este extraño incidente, cuando Ismael Corazón de Fuego ya había fallecido, Riel consiguió conquistar Valbiria. Sin embargo, el otrora trovador me admitió que cuando visitó la ciudad se quedó asombrado de la independencia que tenía respecto al reino, siendo superada en este aspecto únicamente por Usitania. Me dijo también que esta situación podía darse gracias a que el talante místico y las fuertes convicciones religiosas de la ciudad atormentaban en cierta medida a Morgan y su ejército; por lo que preferían no pasarse mucho por el lugar.

Aunque a mi no se me había aparecido ninguna hermosa mujer, creí que ambas historias compartían notables similitudes entre ellas. Cierto era también que no había recibido respuestas como Ismael sino, más bien, interrogantes. ¿Cómo debía interpretar lo ocurrido? ¿Quería el destino que volviese a Znora? ¿Qué la reconstruyera? Cualquiera de las dos ideas me parecía igual de utópica. Riel nunca permitiría que un antiguo habitante de Znora se acercase de nuevo hasta la región.

Seguí meditando por un buen rato hasta que me percaté de la hora que era. Si no me daba prisa llegaría tarde a la cita con Lance. Acto seguido, me incorporé con diligencia de la cama y me dirigí hasta la cocina, un par de jofainas con agua me esperaban sobre la mesa. Me acerqué a una de ellas y hundí las palmas de las manos formando una cavidad en forma de cuenca que después elevé de entre las aguas para refrescarme la cara, un millón de pequeñas gotitas de agua se dispersaron en una y otra dirección. Me sequé un poco con una toalla que Orson me había dejado apoyada adrede sobre una de las sillas y salí raudo hacia la cabaña de Lance.

La mañana continuaba despejada pero el ambiente seguía siendo muy frío. Corrí esquivando gente y obstáculos naturales y en menos de un minuto estaba frente a la puerta de la casa del anciano. Llamé jadeante por el repentino esfuerzo, y esperé a que Lance apareciese. Instantes después me encontraba cara a cara con el antiguo trovador.

- Buenos días, William. Entra, creo que te debo una explicación.

- Sí, supongo que sí, aunque no debe preocuparse por ello- contesté mientras accedía al interior.

Una vez en el pasillo, Lance me indicó que lo esperase en el comedor, que él iría enseguida. Obedecí la orden sin rechistar y recorrí el ornamentado corredor hasta la última habitación de la casa. Todo seguía igual que lo habíamos dejado ayer, incluso el sombrero de punta ocupaba la misma posición en la mesa. Tomé asiento, feliz de volver a estar sentado sobre esas maravillosas sillas color carmesí y dejé que mi cuerpo se relajara sobre el confortable acolchado mientras esperaba a que Lance volviera. El anciano regresó portando entre sus manos una pipa de color pardo, adornada en su empuñadura con una tira metálica de una plata tan reluciente como una gota de agua del lago Ilona.

- ¿Habías visto en tu vida una pipa igual?- me preguntó con gesto orgulloso.

- Nunca había visto una madera y una plata tan hermosas- respondí.

- Lo sé. Tanto la madera como el metal provienen de los bosques plateados de Taumir, emplazados a cientos de kilómetros al norte de aquí. Jeff me talló esta pipa con tan extraordinarios materiales- me respondió con los ojos centelleantes.

- ¿Y de dónde ha sacado Jeff plata y madera de Taumir?- volví a incidir esta vez con cierta curiosidad.

- Eso no importa muchacho, cada uno de nosotros tiene sus contactos. El caso es que quería que supieses el motivo por el cual abandoné ayer nuestra conversación tan repentinamente- me dijo mientras sonreía con cierto cinismo.

Me había dejado por una estúpida pipa. Arqueé las cejas y miré al cielo pidiéndole paciencia mientras Lance se reía con cinismo de mí. Tenía muchas ganas de seguir conociendo la historia de Ashmia como para ponerme a discutir con el viejo, aunque bien que se lo hubiese merecido.

- Bien, ¿dónde nos habíamos quedado?- preguntó Lance a la vez que aspiraba de la pipa y una voluta de humo ascendía desde su cavidad.

- Me estabas hablando sobre Morgan y su insaciable afán conquistador.

- Es cierto -respondió elevando la mano derecha-. Estamos por tanto en un punto interesante de la historia mi joven amigo- me dijo con semblante serio el anciano-. William, lo que te voy a narrar a continuación es todo lo que he ido absorbiendo de la sabiduría popular de nuestro continente durante mis viajes. Abordaré en primer lugar la historia que escuché una vez, en Malvuu, a un trovador llamado Dean. El Cuentacuentos, uno de los más famosos de la zona este, contó que no existía en este mundo alguien que hubiese visto la cara del soberano fuera de su palacio. Su argumento para sostener tal afirmación era que el rey siempre llevaba la cara tapada por un yelmo forjado con el metal de las espadas de aquellos hombres que había ido matando. Pero no quedó ahí su relato, sino que continuó diciendo que Morgan guarda como trofeos de guerra los dedos pulgares de la mano derecha de todos aquellos reyes que osaron enfrentarse a él o a su despiadado ejército.

Como era habitual en sus historias, el otrora trovador ejecutó una pausa en el momento álgido del relato. Inclinó ligeramente hacia atrás su cabeza y expulsó un par de ruedas de humo por su boca. Yo, sabedor de sus artimañas, esperaba paciente a que Lance reanudase la narración. Unas cuantas nubecillas de humo después continuó con su discurso.

- Otra vez, en la por aquella época recién fundada Usitania, escuché de un aldeano una interesante historia, la cual todavía no he podido descubrir si es o no real. El caso es que, el testimonio de aquel hombre relataba quizás el más terrible mito que acompaña al odiado rey de Riel. Su historia giraba en torno a Morgan y su esposa Minerva, y también hablaba sobre el supuesto hijo que estos tuvieron. Hijo al que, el monarca, obnubilado por el miedo a perder su poder en favor de él, intentó asesinar. Por suerte para el niño, su madre no permitió que tan terrible acontecimiento sucediera. Así que, una noche, mientras cenaban, Minerva dejó caer en la copa de vino de su marido unas gotas de un líquido que tenía la propiedad de dormir durante horas a cualquiera -el anciano dio una profunda calada a la pipa-. En el mismo momento en el que Morgan perdió la consciencia, Minerva salió huyendo con su hijo escondido bajo unas sábanas blancas con el objetivo de sacarlo de allí, y una vez fuera del reino, entregarlo a alguna familia para conseguir así salvar la vida de su hijo. Según he podido averiguar- Lance se recostó sobre su asiento para continuar- nadie sabe a quién fue entregado el bebé y ni siquiera se sabe realmente si la historia es en sí cierta, pero si que se conoce su final, el cual, por cierto, no es precisamente feliz. Cuentan que cuando la mujer regresó al reino, Morgan la esperaba tremendamente furioso. Desde que la vio aparecer, el tirano rey intentó en vano que su mujer le desvelase el paradero de su hijo, pero tras ver que no iba a conseguir descubrirlo, el soberano la estranguló con sus propias manos.

El relato de Lance me dejó anonadado. A lo largo de los años había escuchado infinidad de historias, leyendas y rumores sobre Morgan, pero jamás había oído nada similar a lo que acababa de contarme el retirado trovador. La maldad de Morgan no entendía ni de lazos de sangre.

- Muchacho, ¿estás bien?- Lance me agitó por los hombros.

- Sí, sí. Es que nunca había escuchado tal historia- contesté con sinceridad.

- Muy poca gente la ha escuchado y como te he dicho, nadie sabe a ciencia cierta si es o no real. Y te diré otra cosa, las malas lenguas cuentan que la guerra de Znora tiene mucho que ver con esta leyenda- me dijo Lance mientras entrecerraba los ojos y agravaba el tono de voz.

- ¿Y qué relación puede ser esa?- pregunté intrigado.

- Tu afán de saber venda tus ojos, William. Olvidas al vástago del rey. ¿A quién crees que se supone que fue entregado?

- Al pueblo de Znora- de repente todo cobró un escalofriante sentido.

- Al pueblo de Znora, así es, así es. Son muchos los rumores, y muchos más los que los creen, que sostienen que Morgan creyó que su hijo había sido entregado a una familia de Znora y que por ese motivo atacó la región. Loco por la furia y el miedo, quería encontrarlo y matarlo, ya que le atormentaba la idea de que su hijo estuviese vivo y que un día pudiese ocupar su trono- el anciano se sintió liberado tras terminar la intervención.

- ¿Y tú que es lo que crees?

Los ojos del ex trovador se clavaron como lanzas sobre mí. Apoyó la pipa sobre la mesa, ya sin tabaco ni fuego en su interior, y comenzó a acariciarse su descuidada barba color platino. Un incómodo silencio se fue adueñando del comedor. El anciano continuaba mirándome pensativo, maquinando la respuesta adecuada a mi incómoda pregunta. Se levantó de la silla como si la naturaleza le hubiese perdonado los últimos veinte años y comenzó a caminar en círculos sobre sí mismo, con las manos entrelazadas y apoyadas en la parte inferior de su espalda. Yo le seguía expectante con la mirada. De repente, se paró en seco, se giró hacia mí con el dedo pulgar levantado y me contestó:

- Yo simplemente creo lo que debo creer. No sé si la Guerra de los Mil Cadáveres comenzó por uno u otro motivo, pero sí sé que fuese por una cosa o por la otra, la guerra estalló y desde ese momento, nuestra vida se convirtió en un auténtico infierno. Sé también que nuestra tierra, otrora rica y fértil, se transformó en un terreno cubierto por ceniza, sangre y muerte- el rostro del anciano se encogió compungido-. Y gracias a que David Drury entretuvo a los secuaces del Sediento porque sino probablemente ¡no hubiese quedado vivo ni de nosotros!

Agaché la cabeza avergonzado. Me estaba preocupando más por saciar mi curiosidad que por las consecuencias tan graves que trajo a mi pueblo tan cruenta batalla. Tenía que haber visto el límite a mis preguntas.

- Lo sé, no hay día en el que no eche de menos mi hogar, y a mis padres- contesté todavía avergonzado.

Lance se calmó y volvió a tomar asiento. Sus ojos reflejaban compasión y cariño. Me tendió su mano y me acarició el pelo con suavidad. Mi corazón palpitó nervioso mientras esperaba la redención del viejo, la cual no tardó en llegar.

- Tranquilo. No debes de avergonzarte, pero creo que no deberíamos volver a tratar este tema- la voz de Lance recuperó su tono habitual.

El anciano llevaba razón, la guerra ya nos había arrebatado demasiado como para darle también nuestro tiempo. El recuerdo de mis padres era aún demasiado doloroso y no quería además importunar a Lance. Estuve de acuerdo en no volver a rememorar tan trágico acontecimiento.

- Creo que debería marcharme, se está haciendo tarde y Orson estará preocupado- le comenté al otrora trovador al mismo tiempo que me levantaba de la silla.

- Está bien, hasta la próxima entonces.

La escueta despedida me confirmó que el recuerdo de la guerra había afectado a Lance. Preferí no decir nada más para no empeorar la situación y salí a paso ligero de la cabaña. La tarde comenzaba a languidecer por esa hora y la luna se dejaba ver, todavía tímidamente, en el firmamento. Un millón de confusas sensaciones me invadieron al escuchar el siseo de los vientos. Mi cabeza se llenó con el murmullo de miles de voces diferentes que no conseguía escuchar. Caminé hasta mi casa intentando apagar el traqueteo que me abordaba. Entré sin hacer ruido, aunque rápido me dí cuenta de que Orson aún no había llegado. Las voces eran cada vez más nítidas. Corrí hasta mi cuarto, cerré la puerta con pestillo y me tumbé en la cama mientras taponaba mis oídos con las palmas de las manos. El murmullo cesó al instante. Me lloraban los ojos, mis músculos estaban agarrotados y mi alma agotada. Sin fuerzas, el sueño me envolvió entre sus aterciopeladas garras.
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Mensaje por Medianoche » 19 Feb 2010 17:48

Actualización con el tercer capítulo.

Saludos :wink:
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Re: Cuento de amor, guerra y muerte

Mensaje por lucia » 20 Feb 2010 17:31

Pues espero que el prota no sea el hijo de Morgan.

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Mensaje por Medianoche » 25 Feb 2010 01:42

Capítulo IV: La revelación

Sangre. Miro mis manos, están manchadas de sangre. Alzo la vista, veo los pardos ojos de mi madre, vacíos, sin vida. La ansiedad y el desasosiego me abrazan. Intento levantarme, pero no puedo, resbalo; me estampo contra el suelo. Levanto la cabeza, dolorida por el golpe, y veo a mi padre, a escasos centímetros de mi madre. Está muerto. Mis padres están muertos y yo apenas puedo moverme. El corazón se me acelera, la rabia se me acumula en las venas, el odio me hace chirriar los dientes. El olor a putrefacción que acompaña al ejército de Morgan todavía pulula por el ambiente. Ha sido él, el ha asesinado a mis progenitores. Tengo que ir en su busca, quizás la venganza calme mi dolor. Oigo el viento, está en la sala, observando, escuchando, esperando. Comienza a rodearme, lo siento recorrer mi piel, juguetea con mi pelo, ríe en mi oído, me susurra. Huele a canela, igual que el riquísimo pastel que hacía mamá. Cada vez estoy más embriagado, la habitación comienza a difuminarse. El olor a putrefacto ha desaparecido, ya no veo los ojos vacíos de mis padres, todo comienza a estar oscuro mientras el viento continúa jugueteando a mí alrededor. Siento miedo, cada vez está más oscuro. Intento escapar y de repente, despierto. Me incorporo bruscamente de la cama. El sudor abarrota mi frente y empapa mi pelo. El corazón me late deprisa, acelerado, confuso. El aliento se me escapa de la boca como si huyese del mismísimo infierno. Miro alrededor, reconociendo entre tinieblas mi habitación. Todo ha sido un sueño. ¡Aunque todo en él era tan real! Mis padres, muertos delante de mí, empapados en su propia sangre. El olor a putrefacto que desprendía la habitación.

Un pinchazo ralentizó en ese momento mi corazón, helándolo. El cuello se me tensionó hasta quedarse rígido. Un insostenible agobio se coló en cada recoveco de mi alma. Le había costado pero por fin se había hecho entender. El destino llamó a mi puerta varías veces hasta que me atreví a escucharle. No quería que volviese a Znora, ni que la reconstruyese, quería venganza, mi venganza, la de mi pueblo. Las piezas del puzzle encajaron delicadamente en mi mente. Las imágenes, las sensaciones, los extraños acontecimientos que había vivido los últimos días se volvieron del todo comprensibles.

Un suspiro se formó en mis pulmones y escapó fatigado al exterior. La luz de la luna creaba mágicas figuras en el valle. Una luz que contrastaba con la penumbra de la habitación y de mi ser. Me invadía el pánico, la incertidumbre, la desolación. Dos preguntas atenazaban mi voluntad, ¿sería capaz de afrontar una misión de tan tamaña magnitud? Y, sobre todo, ¿por qué el destino me había elegido a mí?

- ¿Por qué yo?- pregunté con apenas un suave hilo de voz mientras unas lágrimas de desesperación discurrían pos mis mejillas.

No hubo respuesta esta vez. El destino me había abierto la puerta pero no me había dicho que me aguardaba dentro. A partir de ese instante nada estaba escrito. Podía tener un final victorioso o trágico. Podía morir o devolver la libertad a mi pueblo. Ser un héroe o un mártir. Luchar o vivir siendo un cobarde. Un abanico de posibilidades se abría despreocupado en mi pensamiento. La idea de morir me estremeció. Tenía miedo a la muerte, no confiaba en la buena voluntad de los dioses ni en la vida eterna, por lo que ansiaba disfrutar de muchos años de existencia terrenal.

Volví a echarme sobre el mullido colchón mientras la idea de morir asfixiaba de forma impasible a mi esperanza. No quería morir pero tampoco quería ignorar mi propio destino. Por primera vez en mi vida sentía una indescriptible fe dentro de mi, la leyenda de Ismael Corazón de Fuego se tornaba en algo real a cada segundo que transcurría, y alimentaba así mi esperanza. Sin embargo, yo no era ningún valeroso guerrero, ni tenía la destreza necesaria como para afrontar un combate, ya fuese cuerpo a cuerpo o con cualquier arma de filo.

En otro momento de mi vida esta reflexión me hubiese hecho descartar la idea de enfrascarme en una odisea de marcado carácter suicida como la que estaba contemplando. Pero esta vez era diferente, sabía que tenía ante mí la posibilidad de escapar de una vida de ostracismo y resignación para entregarme a una llena de peligros y aventuras. Con tan sólo veintiún años debía hacer frente a una cuestión de tintes trascendentales. Sin embargo, estaba confuso y ofuscado. Con cada minuto que fluía mi juicio se iba ahogando cada vez más entre mares de dudas, aunque también sabía que no podía ignorar a mi destino.

Mi lucha interna continuó por toda la noche. Los miedos y las ilusiones se iban y venían en un continuo vaivén incontrolable. Poco a poco la oscuridad de la habitación fue clareándose hasta que varias horas después el crepúsculo me recordó que la noche había transcurrido en vigilia. Estaba cansado, los párpados me vibraban inquietos y una prominente insatisfacción atormentaba mi más inmediato presente.

Me levanté de la cama y me acerqué hasta la ventana, el sol lucía con luz tenue. Abrí el ventanuco para respirar un poco de aire fresco. Una cálida ráfaga de viento me abofeteo a la altura de la mandíbula. La mañana se presentaba clara y calurosa, aunque al alba el ambiente era más bien frío. Dejé que mi vista se perdiese en el horizonte, más allá de las cumbres más altas de las montañas. Fantaseé con lejanas tierras, con lugares mágicos, con grandes batallas. Imaginé Usitania y sus impresionantes murallas, Therim y sus famosos mercados. Me imaginé a mí mismo a bordo de una carabela surcando el majestuoso y peligroso Mar Elisio. A medida que mi mente se adentraba en los maravillosos lugares aún por descubrir, el temor que me atenazaba fue progresivamente desapareciendo.

El deseo de abandonar la cárcel de roca que me cercaba fue paulatinamente acumulándose en mi cuerpo. La noche, la lucha, había dejado gradualmente paso a la claridad, al día. Los rayos de sol que reposaban apaciblemente en mi rostro me abrieron la mente hasta el punto de despertar en mí el dormido anhelo de ver con mis propios ojos lo que el mundo me ofrecía fuera de Kiurad y sus valles. Aliviado, decidí que ese mismo invierno emprendería el viaje, un periplo que terminaría el día en el que el tirano rey de Riel pagase por sus innumerables crímenes. El día en el que mi pueblo y el continente entero respirarían de nuevo en libertad.
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Mensaje por Medianoche » 25 Feb 2010 01:44

lucia escribió:Pues espero que el prota no sea el hijo de Morgan.


Todo a su debido tiempo :mrgreen:

Gracias (¡y muchas!) por pasarte, leer y comentar.

Actualización. Capítulo cuarto posteado.

:wink:
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