No discutamos, jeje.
Un guión escrito por un guionista no indica nada sobre planos o movimientos de cámara, ahora si el guión lo escribe el director, algo muy normal, puede usar el guión como un apunte personal y hacer indicaciones de planos y etc, pero ese no es el asunto.
Como veo que hay diferencia de conceptos en cuanto a lo que es un estilo cinematográfico, yo me refería sobre todo al ritmo, y el orden de la acción,a no pararme mucho en cavilaciones o reflexiones independientes de la acción, que ocurre en la mayoría de novelas.
Pero si queréis ver a qué me refiero os pondré un fragmento como sugería Elisel.
Espero que os mole, qué nervios....
La acción discurre en un enorme rascacielos, cerca del piso 65. Para poneros en situación.
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Tasya bajaba los escalones tan deprisa como podía, seguida de Bastian y Seb, que cerraba el grupo. Habían descendido quince pisos y ya habían tenido que hacer una parada, porque Seb se mareaba con facilidad. El rótulo que indicaba el piso en el que se encontraban, mostraba el número setenta y cuatro, dos pisos por debajo del piso donde se habían conocido. Las paredes estaban cada vez más cubiertas de hollín, y a medida que bajaban los vestigios de lo que tuvo que ser un incendio, eran más evidentes. Las escaleras se hacían más resbaladizas, y los pasos se daban ahora más cuidadosamente. Bajar unas escaleras era, obviamente, una tarea mucho más agradecida que subirlas, sin embargo nadie se planteó lo duro que resultaría bajar ochenta y nueve pisos caminando. Seb no fue el único en marearse, Bastian no tardó en sentir la necesidad de parar de dar vueltas escalera abajo. Pidió por favor que parasen la marcha, y se sentó en un escalón sin soltar la barandilla de metal.
—¿Estás bien? —preguntó Tasya, mientras apoyaba la mano en su hombro.
—Si, si…—tomó aire —solo que tanta vuelta puede conmigo—¿Tú no te mareas?
—Si, pero las ganas de llegar a casa son más fuertes —y soltó una tímida risita que le iluminó la cara.
Seb no pudo apartar la mirada de ella mientras duró la sonrisa, y pensó que era la primera vez que la veía así. Deseó que no fuera la última, y algo se revolvió en su interior al pensar que pronto se despedirían para siempre.
Una suave brisa hizo caer un mechón de pelo, liberado hacía horas de la trenza, sobre la mejilla derecha de Tasya, que no tardó en apartarlo con los dedos y esconderlo tras la oreja. Al hacer esto percibió un débil ulular lejano, pero no consiguió distinguir si era un sonido real, o un zumbido en su cabeza producido por el mareo. La corriente traía un fuerte olor a quemado, lo que hacía pensar que el panorama empeoraría pisos más abajo. Una vez el mareo pasó a un segundo plano, Bastian y Seb se pusieron en pié y reanudaron el descenso.
Tasya pronto descubrió que el silbido de su cabeza aumentaba vigorosamente. Era un sonido constante y denso que no variaba su tono, pero se hacía cada vez más presente. Se dio cuenta de que variando la orientación de la cabeza, la percepción del ahogado aullido cambiaba ligeramente, así que decidió que era un sonido real y no producto de su mente.
—¿Oís eso? —preguntó Seb parando el paso repentinamente.
—¡Si! —exclamó Tasya aliviada—. Me estaba volviendo loca, llevo un rato escuchándolo y no sé lo que es.
—Parece viento —dijo Bastian incrédulo.
—Eso pensaba yo —dijo Seb—. Seguramente el incendio haya roto las ventanas.
El viento comenzó a notarse unos pisos más abajo y al llegar al piso sesenta y siete tuvieron que parar. Lo que antes se presentó como una suave brisa, se había convertido en un vigoroso vendaval que soplaba con la fuerza suficiente para desequilibrarlos y tirarlos al suelo. Las paredes estaban completamente negras, deformadas y abombadas. La barandilla de metal estaba retorcida dibujando irreverentes curvas, y aún estaba caliente. La puerta que comunicaba con el interior de la planta se había derretido y a través del hueco podían distinguirse pequeños focos de fuego, aún activos. Por las escaleras chorreaba fango formado por las cenizas y el agua, que arrastraba restos carbonizados. Bastian se alegró de que el hueco de la escalera fuera metálico, y se preguntó cómo era posible que el sistema anti incendio funcionara sin electricidad, pero no dijo nada.
—¿Qué hacemos?—gritó Tasya, luchando por hacerse oír.
—Tenemos que seguir bajando —respondió Bastian también a gritos—. No os soltéis de la barandilla.
—Esto es muy peligroso —voceó Seb—. Podríamos esperar a que pare un poco.
—Esto no tiene pinta de parar —insinuó Bastian—. Agarraos fuerte y continuemos.
Agazapados siguieron su camino lentamente, agarrados con ambas manos a la barandilla, uno detrás de otro, muy pegados. Las ráfagas de viento trataban de arrancarles del pasamanos, al que se aferraban con todas sus fuerzas. Bajaron un piso más y un tramo antes de llegar al siguiente, Bastian, que iba el primero, detuvo la marcha hecho un ovillo, con los brazos anudados a los barrotes de la baranda.
Las escaleras desaparecían unos metros más abajo, un corte sucio en el suelo les separaba del abismo. El incendio había consumido casi cinco plantas del edificio, de la sesenta a la sesenta y cinco, sobre la que se encontraban. Solo quedaban los pilares desnudos y pedazos de forjado, colgando aquí y allá de la malla de acero destrozada. La fachada del edificio entre esos pisos había desaparecido casi por completo. Trozos de carpintería y cristal a medio fundir colgaban sobre el vacío, y el viento corría libre, atravesando la torre de lado a lado a más de doscientos metros de altura. Cinco pisos más abajo se podía ver la primera planta con suelo firme, pero la distancia era imposible de salvar. La idea de tratar de descender descolgándose entre los restos de acero y hormigón, con ese viento, más de quince metros, resultaba completamente absurda.
Quedaron paralizados por la tremenda visión que les segó, en un instante, las esperanzas que habían ido creciendo a medida que descendían. Sintieron de nuevo la muerte tras ellos, pero esta vez, de una manera mucho más sutil y difícil de comprender. La sospecha de que alguna de las otras escaleras de la planta, pudieran servirles de escapatoria, se desintegraba con solo abrir los ojos y ver el estado en el que había quedado el edificio, que ahora estaba dividido en dos partes. Todas las quimeras que se produjeron en la mente de Tasya, en un desesperado intento de visualizar diferentes formas de salir del edificio, fueron utópicas y fantasiosas, resultando impracticables. Tras agotar las posibilidades se quedó sin aliento y un impulso irrefrenable por saltar se apoderó de ella. Clavó la mirada en la calle, aún tan lejos y donde apenas podía distinguir nada. Sus manos empezaron a relajarse en torno a los barrotes, a la vez que su conciencia, se dejaba ir. Notó sus brazos resbalando sobre el acero, y se sintió a merced del viento que la arrancaba con violencia de su posición. Una racha de viento la separó de la barandilla y la lanzó hacía el exterior. Bastian a penas tuvo tiempo de estirarse y cogerla por la muñeca, mientras el barrote al que estaba aferrado, se clavaba con fuerza en el interior de su brazo. Seb contempló, unos escalones más arriba, cómo Bastian salvaba la vida de Tasya, cuando notó una mano, posarse firmemente sobre su hombro.