La crónica periodística referida al crimen de la calle de Fuencarral se compone de seis partes. Galdós escribe el primer artículo el 19 de julio de 1888 (el crimen había tenido lugar el día 1 de ese mes) y las últimas noticias las fecha el 30 de mayo de 1889, dando cuenta de la sentencia. En el relato de esos diez meses asistimos a las detenciones de sospechosos, búsqueda y declaraciones de testigos, investigaciones, confesiones, retractaciones y rectificaciones múltiples y, finalmente, al juicio oral y emisión de la sentencia.
Pero lo más atrayente de este relato de Galdós, fuera de la narración de la investigación del caso criminal (una rica viuda que aparece muerta en su domicilio de la calle de Fuencarral, recayendo las principales sospechas en el hijo y la criada) es la parte "sociológica", la descripción del ambiente que lo envolvió (el crimen despertó verdadera pasión; hubo más de 600 testigos y no se hablaba de otra cosa), las posibles implicaciones políticas que se le buscaron y las responsabilidades e intereses de diverso alcance que tuvo. Especialmente interesante es el juicio paralelo y el papel que jugó la prensa, cuyos excesos censura Galdós.
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El papel de la prensa será eficacísimo si se contrae a allegar datos y elementos varios para el descubrimiento de la verdad. Pero me parece deplorable la campaña de algunos periódicos que han hecho una reconstitución arbitraria del crimen y a ella se atienen, no admitiendo nada desfavorable a su tesis, y acogiendo con demasiado calor cuantos rumores y denuncias anónimas pueden dar aparente fuerza al criterio que se han impuesto
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En cuanto se indica que tal o cual persona va a ser interrogada por el juez, los periodistas buscan su domicilio, le encuentran, se encaran con la persona, le acosan a preguntas y no vuelven a la redacción sin un caudal más o menos auténtico de noticias. Al propio tiempo, estos mismos reporters espían los pasos del juez, le siguen en coche al través de las calles, atisban las casas donde entra, con quién habla, el restaurant donde come, y examinaban, en fin, la cara que tiene, deduciendo de su expresión regocijada o meditabunda el estado de su ánimo, y por éste juzgando la buena o maña marcha del sumario
Lo mejor, aparte de eso, pienso que está en las páginas finales de la crónica, en el juicio oral: las colas para conseguir un asiento en la sala, las señoras a las que no les importaban las apreturas con tal de tener una buena "entrada", las especulaciones continuas de la gente -convencida de que había algo que se le ocultaba´-; y, en fin, el acercamiento que hace Galdós a algunos personajes, como Higinia Balaguer o Dolores Ávila (ahí ya vemos al gran novelista).
1888. En Londres "trabajaba" Jack el Destripador. En España teníamos a la Higinia y a la Dolores
