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Hola Raúl: ¿cómo quieres que me identifique, poniendo mis huellas dactilares en el foro? Me pone muy contento que comentéis las novelas, les tengo mucho cariño, a mi colega y a mí, pues somos una pareja de escritores, nos han dado muchas satisfacciones. Te adjunto un inicio de relato que ya he colgado en alguna otra parte.
Ciao.
Ralph Barby
Me he subido a un autobús y he dejado de mirar la pantallita que nos va advirtiendo que estamos vigilados, Londres es así. No sé si llovizna o el cielo encapotado llora, apenas veo a través de los cristales empañados, casi me sumerjo en una ensoñación. Una vibrante mujer de color conduce el bus a una velocidad terrorífica, todo se balancea a mi alrededor, me estremezco y regreso a una realidad de la que había escapado sin darme cuenta. No conozco bien la gran metrópoli, ha pasado casi una hora y estoy solo en el bus, la conductora me mira casi con recelo. Final de trayecto. Estoy en el extremo de un suburbio donde los sacos de basura se acumulan junto a las paredes de obra vista. El bus se aleja para regresar al bullicioso centro de la City, estoy solo en mitad de la calle, no pasan ni taxis, el suelo está mojado y la tarde es triste. Me ajusto el impermeable. Delante de mí, la valla interminable del “cementerio salvaje”. Soy consciente de que cuando entre en el recinto, los mojones del tiempo dejarán de existir para mí. Los ingleses clausuran un viejo cementerio, no más entierros, no más cuidado de plantas y árboles, pero permanece abierto a quien se atreva a pasear por sus olvidados senderos. Oigo mis propios pasos, siento frío en los pies. Los hierbajos lo invaden todo, trepadoras que se enredan entre las lápidas rotas, altas cruces celtas de piedra medio caídas, como empujadas por las ramas de los árboles que semejan tentáculos diabólicos. Me detengo. Pasos ligeros se acercan, aparece un hombre en chandall que hace footing, usa gafas, brillan los cristales, no veo sus ojos. Me aparto del sendero y pasa junto a mí como una exhalación, deja una estela de aire frío. Al cabo de unos segundos ya no sé si era un ser real o un espectro anacrónico dentro del mundo de tumbas olvidadas. Súbitamente, de entre la naturaleza abandonada, surge un gato, un gran gato de pelaje negro que en un par de saltos se ha colocado entre mis pies. Se ha quedado quieto, hierático, y yo no me atrevo a moverme. Por entre las ramas que chorrean goterones de lluvia asoma la cabeza de un perro lobo bastardo de mil perras cuyos ojos amarillentos expresan su odio hacia mí. Me muestra sus colmillos ambarinos, será porque el gato ha buscado mi protección. Busco con la mirada una piedra para alejar al perro y éste, resabiado, intuye lo que puede sucederle y desaparece. Me inclino para acariciar la cabeza del felino que escapa y se filtra por la puerta rota de un pequeño panteón, siento como que el gato me está diciendo algo. Me acerco al agujero, los ojos del felino están misteriosamente encarados conmigo, la lluvia se hace más fuerte sobre mi espalda, alargo la mano....
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