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 Asunto: Jean Arthur
NotaPublicado: Lun Jun 11, 2018 6:34 pm 
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Registrado: Lun Feb 26, 2018 6:48 am
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I

A los dieciséis años me enamoré de Jean Arthur. Fue amor a primera vista. Me enamoré de sus ojos, de su sonrisa, de su cabello ondulado y de su aire sencillo y alegre. La belleza que Sócrates busca en los diálogos de Platón yo la entreví dulcemente revelada en sus rasgos. Me enamoré de ella del mismo modo en que los hombres devotos se enamoran y aman a Dios. Jean Arthur era para mí objeto de culto y de devoción. Cada primero de mes, cuando llegaba a casa la revista del cable, yo revisaba cuidadosamente la grilla de programación y me anotaba en un papelito la fecha y hora en que pasarían por televisión sus películas. ¡Ah, cuan hermoso y cuan angustiante era siempre cuando en alguna escena la veía sonreír! Sentía dentro de mí una intensa fascinación y al mismo tiempo una profunda tristeza. Suspiraba por saberla tan inalcanzable, tan lejos, muerta desde hacía tanto tiempo. Me lamentaba en silencio por no poder acceder a ese universo de hechos en blanco y negro en el que su cara había quedado conservando para siempre la belleza de aquellos años de juventud.

Un infinito abismo de tiempo se interponía así entre su existencia y la mía. Solo por las noches, luego de varios minutos de haber estado pensando en la oscuridad, cuando finalmente caía preso del sueño, la brecha que hasta ese instante tanto me acongojaba desaparecía momentáneamente para dar sitio a un mundo ficticio en el cual nuestros tiempos se confundían. Un sueño en particular se repetía con frecuencia. Me hallaba yo en un viejo café de luces amarillentas viendo ir y venir a la gente del otro lado de la vidriera. De pronto advertía moviéndose entre la multitud su inconfundible figura ataviada con un traje gris de los años treinta. Bruscamente me ponía de pie, me dirigía hasta la puerta, la abría y salía precipitadamente tras ella. El corazón me latía con fuerza. Miraba a lo lejos y entonces me lanzaba a la calle y empezaba a correr en un intento casi desesperado por no perder lo que, en aquel momento, me parecía la oportunidad de mi vida. Deseaba cruzar al menos un par de palabras con aquella mujer. Deseaba hablarle, quizás invitarla a tomar un café, declararle mi amor mientras sus grandes ojos me observaran atentos aguardando el momento en que yo acabara de hablar para manifestar que de algún modo ella también me había amado siempre. No obstante luego de algunos minutos empezaba a considerar, a temer que quizás no hubiera sido el suyo sino otro de rasgos muy similares el rostro que yo desde la mesa del bar había vislumbrado. Recorría cinco, diez, veinte cuadras buscándola inútilmente. Miraba hacia todas partes. Indagaba entre las innumerables caras que se agitaban a mí alrededor. No la veía por ningún sitio. Un creciente desánimo entonces se apoderaba de mí. Mis pasos se tornaban pesados, poco a poco se volvían más lentos, pausados y tristes. No podía ser. La había perdido. Desapariciones y apariciones súbitas, cambios bruscos del lugar donde uno se encuentra, transformaciones repentinas de un rostro en otro, sucesos que en la vigilia perturbarían a cualquiera suelen suceder en los sueños con total naturalidad sin que nuestra mente consciente sospeche siquiera de ellos. Así es como había ocurrido. Así es como también de golpe el cielo se llenaba de nubes oscuras o el sol se ocultaba y en un violento instante caía la noche. Entonces el mundo a mi alrededor perdía sus colores y los hombres, edificios y autos que me rodeaban abandonaban su antiguo aspecto y se tornaban anacrónicamente grises. Así es como las transitadas avenidas del centro devenían en alguna calle sin gente y los altos rascacielos que se alzaban a ambos lados se empequeñecían hasta convertirse en casas de piedra o ladrillo con bellos jardines al frente, hiedras azules en las paredes e hileras de flores blancas debajo de las ventanas. Así finalmente es como en una esquina, ya exhausto, me detenía y al cabo de un rato, sin ningún asombro de mi parte, bajo las pálidas luces del alumbrado eléctrico, de pronto un segundo milagro tenía lugar en mi sueño. Alzaba la mirada, observaba a mi derecha y veía que Jean Arthur se hallaba de pie aguardando a mi lado.

— ¿Jean Arthur? — preguntaba yo tímidamente.

— ¿Sí?

— Señorita yo…

Pero en seguida ella me interrumpía:

— ¿Señorita? ¡Ja! ¿Desde cuándo me tratás así?

Su inesperada confianza me impedía continuar.

— ¡Ay, pero qué tonto que sos! — me decía riendo. Yo la miraba aturdido. Un hermoso brillo irradiaba desde sus ojos negros. Ella haciéndose la enojada me preguntaba: — Decíme: ¿dónde te habías metido?

Entonces, al ver que yo balbuceaba palabras absurdas e incomprensibles, alzaba en seguida su dedo índice pidiéndome que guardara silencio. Al cabo de unos segundos se ponía en puntas de pie. Suavemente apoyaba sus labios sobre los míos. Nos besábamos. Aquel roce tierno en que concurrían nuestras bocas era el momento cúlmine de mi sueño. Duraba apenas uno o dos segundos. Cuando acto seguido alzaba mis párpados en busca de su mirada, encontraba una vez más que Jean Arthur había desaparecido, solo que ahora se había esfumado realmente. Mis ojos observaban fijos el cielorraso, mi cuerpo se hallaba sobre la cama y en mis labios solo una vaga impresión persistía como recuerdo aún vívido de aquel dulce beso.

En otra época seguramente habría invocado demonios, habría comulgado con brujas en siniestros aquelarres nocturnos, habría transado con el mismísimo Satanás si este a cambio me hubiese otorgado la facultad de devolver la vida y la belleza a los muertos. Pero yo no creía en el diablo, en su poder mágico ni en demás vías sobrenaturales. Los grandes siglos de la ilustración habían precedido mi venida al mundo. ¡Ah, si tan solo pudiera, me decía a veces suspirando, si tan solo pudiera, de algún modo…! ¿Pero cómo? ¿De qué manera? Una vez que el equilibrio se quiebra, una vez que la materia se corrompe, una vez que todos los átomos que componen un cuerpo se desprenden irremediablemente de él… Los libros hablaban de complejos procesos químicos que cesaban, de células que morían, de órganos que fallaban. A mí me maravillaba poder comprender todos esos fenómenos y demás misterios de la naturaleza que en el fondo siempre me habían intrigado. Leía por las noches, cuando mis padres y mi hermano dormían y la casa se hallaba en silencio. Me quedaba despierto hasta altas horas de la madrugada. Estudiaba con gran empeño los voluminosos textos que sacaba de la biblioteca: los analizaba y los memorizaba cuidadosamente. Intuía que allí, en ese vertiginoso instante en el que acaba la vida y empieza la muerte, se hallaba oculto el secreto que yo y tantos otros hombres, generaciones, civilizaciones enteras antes de mí habían anhelado.


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 Asunto: Re: Jean Arthur
NotaPublicado: Mié Jun 13, 2018 9:01 pm 
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Cruela de vil
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Registrado: Vie Dic 26, 2003 7:50 pm
Mensajes: 62846
¿Los viajes al pasado? :cunao: ¿O es que el prota buscaba la forma de revivir el cadáver de Jean Arthur?

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Achacar a otro los males propios es un signo de mala educación.
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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España