Corazón y mente

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dualidad101217
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Corazón y mente

Mensaje por dualidad101217 » 11 Jun 2007 01:34

Éramos todavía jóvenes cuando despertamos a la entrada del laberinto, y fue más por audacia que por valentía que decidimos recorrerlo. Nuestra fe, borrosa, era lo único que poseíamos como soporte, que no duraría, pues fue poco lo que se precisó para que la postergáramos primero, y la perdiéramos después. Trastrabillando penosamente, intentamos razonar, pero aprendimos, duramente, que si el cerebro está mejor protegido contra golpes que el corazón, es porque a la hora de una lucha verdadera resulta ser mucho más débil, y en las batallas, finalmente, lo que se requiere es fortaleza y resistencia física. Cuesta mucho el aceptarlo.

Comenzamos entonces la fragua, con tenacidad inocente. Día por día, y noche por noche, intentamos un nuevo trayecto en el mapa que imaginábamos y que a tientas íbamos conociendo. Con la razón desacreditada, y sin la hoguera interna que constituían nuestras creencias, fuimos dando cuenta de habitantes y leyes de todo tipo, teniendo que asumir todo cuanto estipulaban, pues entonces no habría otro modo posible de sobrevivir. Era lastimero hacer o no tener que hacer cosas, sin estar de acuerdo, sin saber el por qué no estábamos de acuerdo, e ignorando cualquier medio por el cual poder escapar a todo aquello.

En medio de los otros, merced al rechazo que sentíamos nos provocaban, procuramos aislarnos, y lograrlo fue el primer paso hacia el descubrimiento. Cumplir las normas simplemente nos habilitaba a la convivencia, nada más, no nos convertía en uno de ellos, al menos no del todo, pero como sólo sería cuestión de tiempo el que termináramos mimetizados, olvidando incluso nuestra íntima oposición, visualizamos que en un estado normado lo que necesitábamos era quebrar esas normas. Destruido el sostén la estructura se vendría abajo. Pero, ¿qué pasaría entonces? La pregunta era interesante, y había una sola manera de conocer la respuesta, haciéndolo.

Algo más complejo que el instinto, que empuja al cachorro a buscar la leche materna, nos llenó por completo. Teníamos un deseo, y habíamos percibido la manera de satisfacerlo. Ya con una mínima experiencia, utilizamos la razón para encontrar la ranura por la que abriríamos la grieta, guardando lo demás para empujar cuanto hiciese falta y por cuanto tiempo fuese necesario. Hallada la primera contradicción guardamos silencio, y sólo cuando detectamos una decena posible de ellas, comenzamos los preparativos. La mañana de la primera exposición nuestras pulsaciones golpeteaban con fiereza la sien, había una lucha adentro que jamás imaginamos podría existir.

Aunque ignorados primero, causa tras causa fuimos siendo escuchados, y posteriormente atacados. Causa tras causa vencimos. En cada victoria nuestra había una derrota ajena, y en cada caída, los más antiguos acusaban el golpe y la estructura revelaba sus fisuras. Al final de una tarde, el último de los ancianos cedió impotente. Su mente cayó primero, su corazón le siguió. Sentimos júbilo por la tarea concretada, y una pena atroz por el desenlace. De pie, en medio de la plaza, recibíamos vítores y cantos, cuando un niño llegó hasta nosotros y tironeó de nuestras ropas. Llevaba la ley en sus ojos.

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