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NotaPublicado: Mar Jun 12, 2007 3:30 pm 
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Leyendo El tambor de hojalata de Gunter Grass es imposible no remitirse al realismo magico tan maravillosamente desarrollado por Garcia Marquez en todas sus obras. La inquietud que tengo es ¿por que se denomina a Grass, el Garcia Marquez aleman? siendo que publicó primero su obra que el autor colombiano. con ocho años de antelación para ser mas exacto.
Que por favor alguien me aclare eso.


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NotaPublicado: Jue Jun 14, 2007 11:32 am 
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Lo de "el García Márquez alemán" es la primera vez que lo leo.

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-Recién acabado: Superwomen: Gender, Power and Representation de Carolyn Cocca
-Ahora leo: Historia de las historias de Galicia de Isidro Dubert (Ed.)


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NotaPublicado: Jue Jun 14, 2007 5:58 pm 
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Yo tampoco lo había visto nunca. Por cierto, no pude con El tambor de hojalata, y no creo que sea exactamente realismo mágico.


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NotaPublicado: Sab Jun 16, 2007 10:09 pm 
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MARCELO PICHON RIVIERE

NARRADOR, POETA, ENSAYISTA, GRABADOR Y DIBUJANTE. ESTAS SON ALGUNAS DE LAS FACETAS DEL NUEVO PREMIO NOBEL DE LITERATURA, TAMBIEN CONOCIDO EN TODO EL MUNDO POR SU COMPROMETIDO PENSAMIENTO POLITICO


Günter Grass es uno de los grandes narradores de este fin de siglo, uno de los que mejor encarna ese cruce de caminos que eligieron los novelistas para captar la vasta y cambiante realidad de la posguerra. Porque las novelas de este alemán nacido en Danzig (Gdansk), en 1927, son relatos que ponen en juego sus ideas, sus impiadosas reflexiones sobre el pasado y el presente de Alemania. Desde El tambor de hojalata, publicada en 1959, su obra se ha convertido en un lacerante testimonio de un país desgarrado por las dramáticas circunstancias de la Segunda Guerra Mundial, los horrores del nazismo y la drástica división de su territorio.

El 30 de setiembre, Grass se enteró que había ganado el Premio Nobel de Literatura 1999 en su casa de Behlendorf, cerca de Lübeck. Luego de recibir la buena noticia, fue al dentista, porque señaló que "la vida continúa". "Esta vez me tocó a mí", dijo, y se mostró feliz de recibir el premio a los 71 años. "Hoy puedo convivir alegre y serenamente con esto". "Es como si hubiera dado a la literatura alemana un nuevo comienzo luego de décadas de destrucción lingüística y moral", afirmó la Academia Sueca en su fundamentación del premio.

Los comienzos de Grass estuvieron muy lejos de la prosperidad. El original de El tambor de hojalata fue escrito, luego de una vida pobre y vagabunda, en un sótano en París, tan húmedo y lleno de gas carbónico que contrajo una tuberculosis. "Con una exactitud mucho mayor que los procesos de escribir mismos, recuerdo el cuarto donde trabajaba: una agujero húmedo de la planta baja, el cual debió servirme de estudio para las esculturas empezadas, que estaban desmoronándose desde que comenzara a poner por escrito El tambor de hojalata. En cuanto el trabajo con el manuscrito se estancaba, salía por carbón, con dos cubetas", evoca Grass en un texto incluido en su libro Ensayos sobre literatura.

Una de las emociones mayores de la escritura de la novela se la deparó un viaje a Polonia en la primavera de 1958, para reconstruir la heroica defensa del Correo polaco en Danzig, contra tropas alemanas. El retorno a la ciudad natal, que había vuelto a pertenecer a la nación polaca con la rendición de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, le permitió reencontrar su infancia. "En Gdansk recorrí los caminos escolares de Danzig, conversé con hospitalarias lápidas en los cementerios, me senté (como cuando era un alumno) en la sala de lectura de la biblioteca de la ciudad. En Gdansk era un desconocido y no obstante volví a encontrar todo, en fragmentos: balnearios, caminos forestales, construcciones góticas de ladrillos; además, volví a visitar (por sugerencia de Oskar) la Iglesia del Corazón de Jesús: el viciado aire católico." El éxito de la novela, en 1959, que hizo famoso también a su personaje Oskar Matzerath, lo tomó de sorpresa. Su vida cambió para siempre.

En una entrevista publicada semanas atrás en este suplemento, el notable narrador estadounidense John Irving dice: "Es posible que El tambor de hojalata sea la mejor novela jamás escrita acerca de la Segunda Guerra Mundial y, desde luego, es la mejor desde una perspectiva alemana, y cuando Grass expuso la Alemania de la Segunda Guerra Mundial a sus compatriotas, éstos, como el resto del mundo, lo amaron y admiraron. Pero la penetrante mirada de Grass se posó luego en la Alemania contemporánea y realizó un profundo análisis histórico y psicológico de lo que hace a los alemanes... en fin, tan alemanes. Ahora a los alemanes no les gusta oír lo que les dice este autor; quieren que deje de castigarlos con sus visiones. Que todo lo que predijo sobre la reunificación alemana haya resultado ser cierto... Bueno, como es lógico, eso tampoco lo hace muy popular. Es un gran escritor a quien reverencian fuera de Alemania, pero desdeñan dentro de ella".

Las dos mayores novelas de Grass son El tambor de hojalata y El rodaballo, publicada en 1977. También (y esta coincidencia no siempre se da) son los libros de mayor venta, los textos emblemáticos de un escritor revulsivo. En Conversaciones con Günter Grass, de Nicole Casanova, Grass cuenta el origen de El rodaballo: "Empecé el libro inmediatamente después de las elecciones de 1972, ganadas por los socialdemócratas con un resultado excesivamente bueno, lo que les hizo negligentes, cansados, perezosos e incapaces de defenderse contra la débil oposición. Entonces noté que tenía que hacer alguna cosa que no tuviera tanto que ver con la sociedad como conmigo, con lo que yo puedo hacer, con lo que sólo yo puedo hacer".

Ese efecto liberador es una de las claves para entender la fascinación que El rodaballo, a lo largo de casi 600 páginas, despierta en el lector. La comida (también presente en alucinantes escenas de El tambor de hojalata) es uno de los temas centrales de El rodaballo.

La novela arranca en tiempos de la diosa Aya, que con sus tres pechos alimentaba a los pescadores, quienes ignoraban que en esa tibieza maternal se realizaba una operación fundamental de la especie: la procreación. Y finaliza a orillas del Báltico, donde María habla con el rodaballo (porque se trata de un insólito pez parlante), poco después de dar puerco con col a los obreros en huelga de los astilleros Lenin, minutos antes de los disparos de la Milicia Popular de la República Popular Polaca.

Con el dinero que ganó con esta novela, Grass creó la fundación Alfred DÌblin, para impulsar una corriente de la literatura que denomina novela europea, que no se limita a la novela psicológica o a la novela de acción, según el esquema inglés de plot and action (argumento y acción), y cuyos orígenes se remontan a la novela picaresca española, se desarrolla en Francia con Rabelais, encuentra nuevas resonancias en los autores barrocos alemanes, especialmente en Johann Jacob von Grimmelshausen, tiene derivaciones en Inglaterra con Tristam Shandy de Laurence Sterne, vuelve al dominio alemán con Goethe y Jean Paul, se desplaza a la lengua inglesa en Joyce y Dos Passos y se reinstala en Alemania con DÌblin.

Autor de Berlin Alexanderplatz (1929), novela fundamental de la Alemania de entre guerras, DÌblin escribió en uno de sus ensayos: "La novela no tiene nada que ver con la acción; se sabe que al comienzo ni siquiera el drama tenía algo que ver con ella, y es discutible que haya obrado bien al comprometerse en tal forma. Simplificar, enderezar y ajustarse a la acción no es cosa del poeta épico. En la novela hay que amontonar, acumular, revolver, empujar; en el drama, el actual, reducido pobremente a la acción, obsesionado con la acción, se dirá: adelante. Adelante no será nunca la consigna de la novela".

Estas palabras parecen escritas por Grass: él es un maestro de las incesantes digresiones, de las ramificaciones interminables de la trama, de la irrupción de escenas de pesadilla en medio de un contexto realista. Grass nunca dice adelante, tampoco. Sigue de largo página a página y el lector, fascinado o abrumado, debe seguirle el paso. En El tambor de hojalata, Años de perro (1963), El rodaballo, La ratesa (1986) y Es cuento largo (1995) ese proceso de acumulación y amontonamiento llega al paroxismo. No hay respiro cuando uno ingresa en una novela épica.

En novelas breves, El gato y el ratón (1961), Encuentro en Telgte (1979) y Malos presagios (1991), el tono desmesurado se atenúa, pero en ningún momento el argumento y la acción dominan la trama; digresiones, reflexiones, reiteraciones buscan dar el efecto de un cuento de nunca acabar, más allá de la extensión del libro.

En el verano europeo de 1994, en la terraza del Hotel Felipe II, en El Escorial, durante unas jornadas dedicadas a su obra organizadas por la Universidad Complutense de Madrid, entrevisté a Grass. Acababa de despedirse de un grupo de gitanos, que habían ido a agradecerle las palabras de Discurso de la pérdida, pequeño libro sobre temas de racismo, que el escritor cedió a la editorial Presencia Gitana. La primera pregunta que le hice estaba referida a ese vaivén de novelas largas y cortas y le pregunté si ese vaivén era deliberado. "Cada uno de mis novelas largas está marcada por los acontecimientos de una determinada década. Por ejemplo, El tambor de hojalata es típico de la literatura de los 50; Años de perro es paradigma de los 60; El rodaballo recoge todos los conflictos de los 70; La ratesa despliega los problemas de los 80. En estos momentos estoy trabajando en una novela que tendré terminada el año próximo, y me atrevo a decir que será un libro típico de los 90. Estas novelas de tono épico trato de trabajarlas durante un lapso de tres a cinco años. Y tiene usted toda la razón: de vez en cuando intercalo una novela corta para recuperarme del esfuerzo; es una especie de terapia".

Esa novela larga en preparación era Es cuento largo, que arranca en la revolución de marzo de 1848 y culmina con la caída del Muro de Berlín, la unificación, y el desencanto de esa Alemania nuevamente unida en lo formal, pero dividida más que nunca en lo profundo, con sus territorios centrales de riqueza y los marginales de pobreza y desocupación.

En ese mismo mediodía, en la apacible y soleada terraza, dijo: "Yo escribo de pie, nunca sentado. Encima del atril donde escribo tengo dos grabados, que pertenecen a Los caprichos de Goya. Lo que yo aprecio en Goya es sobre todo su realismo, pero al mismo tiempo considero que es un realismo fantástico. Es decir, él mezcla la fantasía con la realidad, y me parece que es un maestro haciéndolo. Y yo, desde luego, siempre que empiezo a escribir miro estos grabados, que son una especie de advertencia." Novelista, poeta (en ese homenaje en El Escorial se presentó la primera versión al castellano de sus poemas), ensayista, escritor político (redactó muchos discursos de Willy Brandt), grabador, dibujante, escultor, Grass fue, en su juventud, un músico. En una entrevista, contó: "Tocábamos música dixieland y eso me permitía ganarme la vida. Y a esa actividad musical le debo uno de los momentos más felices de mi vida, entre 1949 y 1950. Louis Armstrong estuvo en Düsseldorf para un concierto después del cual vino a caer en el bar en el que nosotros tocábamos. Nos oyó y al parecer le gustó, porque pidió que le fueran a buscar su trompeta y acabó tocando con nosotros".

Esa felicidad estaba presente en El Escorial. A las dos o tres de la madrugada se escuchaban las risotadas de Grass, en la terraza, cuando volvía de alguna incursión por el pueblo, y se demoraba allí hasta las cuatro, mientras Miguel Saénz, su traductor, y otros españoles se desplomaban en sus sillas, abrumados por la vitalidad del gran escritor alemán.

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NotaPublicado: Sab Jun 16, 2007 10:12 pm 
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Claves para entender a Günter Grass



Por Ariel Dorfman



La primera vez que conocí a Günter Grass nos peleamos furiosamente. Fue en marzo de 1975, si no recuerdo mal, que lo visité en su hogar cerca de Hamburgo, una amplia casa rural que daba a un río más plácido de lo que iba a ser, por cierto, nuestra tormentosa relación.

Al principio, todo anduvo sobre ruedas. Me había traído a ese lugar su gran amigo Freimut Duve, eminente editor, defensor de los derechos humanos y diputado alemán socialdemócrata por aquel distrito. Mientras Grass cocinaba una suculenta sopa de pescado –¡ya me habían advertido que era un gran cocinero!– hablamos sobre su obra y la influencia descomunal que había tenido su Trilogía de Danzig en mi propia producción. De a poco, fui deslizando el motivo, menos literario, por el cual yo había buscado este encuentro. Había viajado desde el París de mi exilio –providencialmente, como se verá, con mi mujer Angélica– para proponerle a Grass que prestara su firma a una campaña en defensa de una cultura chilena amenazada por Pinochet que habíamos armado con García Márquez, Cortázar, Rafael Aberti y Matta, entre muchos otros artistas e intelectuales. Ya se había matriculado Heinrich Böll y pensaba que no sería difícil convencer a este otro gran escritor alemán de que nos otorgara su entusiasta adhesión.

Cuando terminé mi exposición, sin embargo, se quedó callado un largo rato. Enseguida, le puso una tapa a la olla, bajó el gas para que se fuera guisando aquel bouillabaise tedesco con toda la lentitud que se merecía, y se fue a contemplar unos hermosos bosquejos que estaba dibujando.

Al levantar la vista, noté en sus ojos un sorprendente resplandor de cólera. Y dijo: “¿Por qué no quieren asistir los compañeros socialistas chilenos a la reunión en defensa de los patriotas checos que se hará en Francia este verano?”.

Yo le expliqué que, por mucha simpatía que tuviéramos muchos demócratas chilenos por la Primavera de Praga y la lucha de los disidentes checos, era políticamente inviable manifestar tal predilección en forma pública. Hubiera significado una ruptura con los comunistas chilenos en un momento en que ellos formaban parte –más aún, eran la espina dorsal– de la resistencia a la dictadura, tal como habían sido pieza clave y leal durante el gobierno de Salvador Allende.

Mi aclaración no logró aplacar a Günter Grass. Para él, los soviéticos habían intervenido en Checoslovaquia con el mismo afán imperial que los norteamericanos en Chile y era crucial denunciar simultáneamente a los dos superpoderes, unirse en la defensa del socialismo democrático, seguir buscando un modelo económico y social que rompiera con los grandes bloques hegemónicos. Y cuando yo respondí que para sacarnos a Pinochet de encima no podíamos perjudicar el indispensable apoyo de la Unión Soviética, junto al de sus aliados, el autor de El tambor de hojalata, no quiso dirigirme más la palabra. Por suerte, había quedado seducido con el encanto de mi mujer y dedicó el resto de nuestra visita a conversar animadamente con ella. Comenté más tarde con mi amigo Freimut que, de no haber estado Angélica presente, Grass seguramente me hubiera expulsado de su hogar. Al despedirse, eso sí, me lanzó unas palabras finales:

–Cuando algo es moralmente correcto –dijo–, hay que defenderlo sin preocuparse de las consecuencias políticas o personales que vamos a pagar. Pienso ahora, treinta años más tarde, en esa admonición perentoria que me espetó. Sería fácil devolvérsela con altivez, echarle en cara sus propias fallas éticas a ese hombre que me había exigido rectitud insobornable, preguntarle hoy con qué derecho trataba de darme lecciones de honradez alguien que escondía en ese mismo momento su propio pasado nazi. Esa ha sido, por lo demás, la reacción de la mayoría de los comentaristas.

Aunque tal indignación me parece comprensible, sospecho que es también intelectualmente peligrosa y hasta un poco holgazana. Porque yo no creo que el hecho de que Günter Grass haya ocultado durante casi toda su vida su participación en las SS de Hitler invalide sus posteriores posturas morales o políticas. Tenía razón en sus juicios sobre Alemania y la amnesia que la aquejaba. Tenía razón en su defensa de la Revolución Sandinista. Tenía razón de que la reunificación de su país debió haberse llevado a cabo de otra manera. Tenía razón de que es necesario recordar a las víctimas alemanas de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial. Y tenía razón también en el caso particular que llevó a que nuestro primer encuentro fuera tan desafortunado. Yo mismo se lo hice saber unos años más tarde cuando coincidimos en La Haya para una conferencia literaria, y se lo reiteré en varias ocasiones en las décadas siguientes: los socialistas chilenos deberíamos haber abrazado la causa de los disidentes de los países comunistas con mayor arrojo e integridad y yo mismo, como escritor, tenía una obligación adicional de plantearme a favor de la libertad, dondequiera que se viese vulnerada.

Tenía razón Günter Grass, sí, pero todos estos años me quedó dando vuelta otra pregunta más enigmática: ¿por qué tanta furia frente a lo que era, después de todo, una legítima diferencia de opiniones? ¿Por qué tanta cólera? ¿Acaso la rigidez de sus planteamientos tan categóricos no contradecía la ambigüedad maravillosa de sus personajes, la riqueza promiscua de su prosa?

Ese es el misterio que las revelaciones sobre el pasado de Grass permiten ahora ir –tal vez, tal vez– develando. ¿No es posible que fuera precisamente ese joven nazi, ese culpable alter ego adolescente, el que demandaba a su encarnación adulta que nunca más se permitiera una posición que no fuera transparente, definitiva, éticamente tajante? ¿No explica eso tanto arrebato, tanta efervescencia, tanta certeza?

Claro que hay que tener cuidado. Si algo nos enseña la obra literaria de este autor gigante es que somos seres complejos y paradójicos y probablemente indescifrables. No sería justo que termináramos reduciendo toda la vida de un escritor tan magníficamente múltiple a los mensajes que sin duda le fue susurrando a lo largo de su existencia aquel ser pretérito, maligno e inocente, que seguía pernoctando en su oscuro interior, ese pasado suyo que Günter Grass nunca pudo, creo yo, perdonar.


Publicado por Matías Bailone en 4:11 PM

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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España