Infección

Espacio en el que encontrar los relatos de los foreros, y pistas para quien quiera publicar.

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Jaime
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Infección

Mensaje por Jaime » 12 Sep 2007 20:24

No sabía si publicar esto aquí puesto que es algo distinto de lo que estoy acostumbrado a leer por este subforo. La verdad es que estaba un poco cansado de escribir sobre cosas más tristes, relatos de amor, de melancolía y todo eso, así que me propuse escribir algo de terror tipo película, con intriga y acción. Así que no respondo ante aquellos a los que les decepcione :roll:

Me salió un poco largo así que lo divido en dos partes, ahí va...


“INFECCIÓN”

1ª parte: CÓDIGO ROJO

Era de noche. David se encontraba recostado en su cama, inmerso en una famosa novela de fantasía que le tenía abstraído de todo lo que le rodeaba. En ella, el protagonista lanzaba estocadas con su espada a diestro y siniestro acabando con sus enemigos sin la menor dificultad. Lo dejó cerca del final, su estómago rugía y necesitaba comer.
Sus padres y su hermana ya dormían, así que se preparó un vaso de leche con unas ricas magdalenas y encendió la tele. Para no variar estaban los típicos concursos nocturnos que eran un timo, películas con escenas subidas de tono y los breves informativos de las tres de la mañana que repasaban las noticias más importantes en pocos minutos. Estaba a punto de apagarla cuando unas escenas aparecieron ante sus ojos…
Aparentemente era un laboratorio normal y corriente, pero todo estaba hecho un auténtico desastre y las paredes y el suelo estaban teñidos de rojo. Según decía la reportera, había ocurrido esa misma tarde en un centro de investigación a las afueras de Madrid. Todo había pasado muy rápido sin que a las fuerzas de seguridad les diera tiempo a reaccionar y seis científicos habían desaparecido sin dejar rastro. La policía no quería dar más datos ante la insistencia de los periodistas, ya que era evidente que las cámaras de vigilancia deberían haber grabado algo, pero sólo respondían con un “a corto plazo explicaremos lo sucedido y atraparemos a los responsables”.
A David le costó conciliar el sueño imaginándose las cosas que podían haber ocurrido en ese lugar. Generalmente a ese tipo de noticias no les daba la menor importancia pero ver tanta sangre en un mismo sitio y que nadie supiera lo que había pasado le inquietaba. Finalmente se durmió para dejar paso a un nuevo día.

Como estaba de vacaciones era libre de hacer lo que le diera la gana. A sus 19 años esperaba sin ilusión su segundo año de universidad, pero mientras tanto disfrutaba de su libertad aunque eso no estaba exento de ayudar en las tareas del hogar.
Mientras sus padres se encontraban en el trabajo y su hermana menor vagueando en casa él se encargaba de la compra, lo odiaba, pero era lo único que tenía que hacer para después estar toda la tarde con sus amigos.
Al salir del supermercado decidió ir un rato a la tienda de videojuegos pero algo le hizo cambiar de idea. Por el camino se encontró innumerables familias cargando con sus maletas, rostros pálidos y prisa contenida. No supo a qué se debía hasta que, caminando dos manzanas más adelante, había más y más coches circulando a gran velocidad, la gente murmuraba, intercambiaban comentarios y de vez en cuando se escuchaban gritos aislados. Poco a poco la rutina de esa mañana se tornó en caos.
No sabía qué estaba pasando, intentó preguntar a más de una persona que corría a su lado pero sólo recibía empujones como respuesta, hasta que un anciano al que le costaba andar le dedicó unas palabras nada alentadoras:
- Corre chico, por tu bien vete lejos de aquí.

Llamó a su familia pero las líneas estaban colapsadas. No lo pensó dos veces, dejó las bolsas en el suelo y corrió sin mirar atrás, esquivó a todo el que pudo y empujó a la mayoría, una moto estuvo a punto de arrollarlo y finalmente llegó a su casa en pocos minutos. El ascensor se acababa de averiar y se oían golpes en su interior, pero a sus vecinos parecía no importarles lo más mínimo. Afortunadamente sólo tuvo que subir unas escaleras hasta llegar al primer piso y entrar casi sin respiración a su casa.

- ¡David! Dios mío menos mal que viene alguien – su hermana estaba llorando de pie en el salón y fue a darle un fuerte abrazo – estaba durmiendo y he empezado a oír gritos, toda la gente está saliendo de la ciudad, he llamado a papá y a mamá pero no puedo contactar con ellos, he puesto la tele y no hay emisión, ¡qué demonios está pasando!
- Tranquila Ana, a ver, ¿has hablado con algún vecino?
A su hermana le costaba articular las palabras por el llanto.
- No.
- Espera aquí.
Se asomó a la puerta y alcanzó a ver por las escaleras a una conocida de sus padres.
- Doña Paquita, ¿por qué se va todo el mundo? – su vecina hizo un amago de seguir bajando pero, tras pensarlo, hizo un gesto de resignación y subió como pudo para situarse a su lado.
- Pensaba que lo sabríais – doña Paquita hablaba torpemente – Hace una media hora han dicho por los medios que una infección se descontroló ayer en Madrid, ¡los infectados se han vuelto locos!, Dios santo, he visto las imágenes y esos engendros se dedican a devorar todo lo que encuentran a su paso. Un simple contacto con su sangre o su saliva es suficiente para transmitirla.
- ¿Pero dónde se encuentran ahora?
- Cuando lo han dicho por la tele se iba extendiendo por Castilla la Mancha, Castilla y León, Extremadura… no sé, el caso es que está cerca de Albacete que es donde nos encontramos, es cuestión de horas que afecte a toda España. Las fronteras ya están cerradas y el ejército está ayudando a la evacuación.
- Joder… - demasiados datos extraños que procesar - ¿sabe algo de mis padres?
- No sé cielo, pero tengo entendido que tenéis una casa en el campo, no muy lejos de aquí. Estoy segura de que…
- Tiene razón… Siempre nos han dicho que si tenemos problemas en la ciudad nos iríamos a vivir allí.
- Vosotros veréis. David me tengo que ir. Mucha suerte a todos, de verdad, espero que nos volvamos a ver.
Entró a su casa y cogió a su hermana del brazo.
- Nos vamos.
- ¿Qué? Yo no me voy de aquí sin ellos.
- No seas tonta, a ellos no les da tiempo a venir a casa, ya has oído lo que ha dicho Paquita, es cuestión de minutos que lleguen hasta aquí, cuanta más gente haya más contagiados habrá y no nos da tiempo a ninguna evacuación con la aglomeración de personas. Intentemos contactar con mamá y papá, cogemos la moto y nos vamos al chalet, ellos no trabajan lejos y no les costará llegar en coche y reunirnos todos allí.
Ana no sabía qué pensar, pero la idea de que esos seres estaban cerca le daba escalofríos. De repente, en la calle los gritos fueron en aumento, se oyó un gran número de colisiones entre vehículos y unos sonidos desgarradores que parecían provenir de gargantas inhumanas. Los hermanos se miraron y se dirigieron a las escaleras cogidos de la mano, tenían que llegar a la moto aparcada en la entrada del portal costase lo que costase. Pero nada más llegar a la planta baja vieron en la calle a esos engendros cubiertos de sangre y ropa rasgada, dos de ellos se detuvieron en el camino y dirigieron sus ojos rojos como el fuego hacia ellos y sus vecinos, amontonados en un rincón de la estancia. Un segundo más tarde, atravesaron los cristales y penetraron en el interior a toda velocidad. David y Ana se apresuraron y subieron de nuevo las escaleras como pudieron mientras veían cómo esos dos hincaban el diente a los cuellos y miembros de todos sus conocidos y cómo estos, casi automáticamente, se transformaban en uno de ellos.
Una vez entraron en su casa cerraron la puerta con cerrojo, aunque no esperaban que aguantara mucho sabiendo la fiereza con la que se comportaban.
En los pasillos de su planta se oían gritos desesperados, respiraciones sibilantes, gorjeos y más sonidos que no sabrían catalogar.
- ¿Qué hacemos? – Ana ya no lloraba, simplemente estaba consternada y el miedo la había invadido. A David le costaba pensar por la misma razón.
Se asomó al balcón y abajo todo era un caos, sanos e infectados se entremezclaban en una masa de gente que costaba distinguir. Si querían salir de allí ese era el momento antes de que miles de personas contagiadas les rodearan con sed de sangre.

Los coches ya no circulaban, sólo había personas que se desplazaban corriendo como podían. Ana, agarrada a su brazo derecho, presenciaba la escena con unos ojos que su hermano nunca había visto.
Un tremendo golpe estalló contra la puerta de su casa. Se quedaron en silencio, expectantes. Otro más, y otro. David cerró la puerta de la habitación y se asomó de nuevo.
- ¿Ves esa furgoneta que está justo debajo? Quizá si saltamos estos dos metros que nos separan podamos llegar a la moto sin que estos hijos de puta nos pillen.
- Estás loco, no pienso saltar a no ser que…
La puerta se resquebrajó y se oyeron los sonidos guturales de varios infectados en el salón.
- Me cago en todo, ¡vamos vamos vamos! – los dos se situaron al otro lado de la barandilla y se dieron la vuelta mirando hacia abajo, titubeantes.
La puerta de la habitación se abrió de otro golpe y tres infectados les observaron con mirada asesina, sus bocas llenas de sangre y uno de ellos vomitando más al suelo. Los otros dos se lanzaron hacia los hermanos y ambos saltaron al techo de la furgoneta.
En el suelo había demasiada confusión para que alguien les prestara la más mínima atención, así que bajaron a la calzada y se dirigieron a la moto. David ya tenía preparada la llave para soltar el candado de la rueda pero antes de introducirla un infectado se dirigía hacia ellos tambaleándose, tenía una profunda herida en el abdomen seguramente a causa de un arma blanca que alguien había utilizado contra él, pero eso no le frenaba y, cuando estaba cerca de alcanzarlos, David corrió hacia él y le descargó una fuerte patada en el pecho con toda la energía de que disponía. El atacante cayó al suelo y se retorció para después arrastrarse desesperado hacia ellos. Eso le dio suficiente tiempo para liberar la moto, subirse con su hermana en la parte trasera y arrancar.

Disparos. Helicópteros. El ejército había llegado a la ciudad. A lo lejos hubo una explosión, solo esperaba que en ella sólo hubiera infectados. Aprovechó la confusión por parte de todos y condujo por la acera a toda velocidad, esquivando a los que consideraba sanos y no importándole arrollar a aquellos seres del inframundo.
Por fin Ana pudo contactar con sus padres y nada más terminar de hablar con ellos le comunicó las novedades a David.
- Dicen que se venían para acá pero que si ya estamos en la moto nos dirijamos al chalet. Llegarán antes que nosotros. Ah, y que tengamos mucho cuidado.
Afortunadamente no tardó en atravesar calles secundarias donde había menos gente que estaba afectada por el virus, aunque paulatinamente se iban llenando más y más.
Cuando llegaron a las afueras de la ciudad seguía el atasco en las autovías, todavía no habían alcanzado esos lugares y la población luchaba por salir cuanto antes. Decidieron no utilizar la carretera y atravesar caminos secundarios por el bosque. Se sabían los atajos y les sacarían algo de ventaja a esos despropósitos de la naturaleza.
Leyendo...
La víspera de casi todo, de Víctor del Árbol

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Mensaje por lucia » 12 Sep 2007 22:03

Supongo que ya habrás enviado relato para el concurso ¿no? :roll: :roll:

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Jaime
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Mensaje por Jaime » 12 Sep 2007 22:19

:P Sip, tengo relato para el concurso pero no es este. A Infección no lo veía yo como un relato para presentarlo :lol: Es demasiado... peliculero.

Mañana pongo la segunda parte.
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Mensaje por Jaime » 13 Sep 2007 04:36

He aquí el final, no me matéis :roll: pero mi afición por los videojuegos se tenía que poner de manifiesto en alguno de mis relatos :lol: :lol: Además, ha influido considerablemente el ver recientemente las películas 28 días/semanas después...

2ª parte: A LA ESPERA

Habían pasado dos semanas desde aquel fatídico día en el que los españoles con suerte tuvieron que exiliarse a otros lugares del mundo. Más de la mitad del país había sucumbido a la infección, unos pocos escaparon y otros muchos se ocultaron como pudieron en diversos sitios donde no les pudieran alcanzar. De vez en cuando por la radio el ejército anunciaba una localización donde procederían a recoger a posibles supervivientes, pero siempre estaban demasiado lejos. También anunciaron que esperarían a que los infectados murieran desnutridos antes de aventurarse a una expedición por tierra.
Esos quince días que permanecieron ocultos, David y su familia hicieron todo lo posible por no ser descubiertos. Tapiaron todas las ventanas, intentaban hacer el menor ruido que podían y utilizaron las reservas de comida convenientemente para que duraran más. Además, escribieron con pintura negra en el tejado las siglas S.O.S. por si daba la casualidad de que alguien pasara sobre ellos. Por desgracia, el chalet estaba situado en una montaña bastante alejada de los principales puntos donde buscarían supervivientes y eso hizo que no vieran rastro de vida a su alrededor.

Cinco días más tarde, la comida se acabó. Esperaron unas horas, pero finalmente el padre de David les dijo que iba a salir a cazar si querían seguir con vida.
- Ni se te ocurra hacerlo Luis, no sabemos lo que hay ahí fuera – replicó Isabel, su mujer, cuando se enteró de la noticia.
- Lo único que sé es que no ha pasado ni un alma a nuestro alrededor en veinte días y que no podemos comer madera ni cucharas ni nada que se le parezca. Por aquí siempre ha habido ciervos y jabalís, y yo no tendré ningún problema en cazarlos. Volveré en un par de horas con o sin comida, si no lo he hecho extremad la precaución.
Sin decir nada más, cogió una de las dos escopetas de que disponían, salió después de comprobar que estaban solos y se dirigió a la espesura de árboles que había pocos metros más allá.
Los tres se quedaron en silencio. David cogió la otra escopeta y se sentó frente a la puerta atento a cualquier sonido. La madera del suelo crujió cuando su madre y su hermana subieron al piso de arriba, pensó que para vigilar los alrededores.

Todo estaba a oscuras, nunca encendían las luces y podía ver gracias a los escasos rayos de sol que se filtraban por las rendijas de las ventanas tapiadas. Había pasado una hora, y dos, y cuatro, y Luis no daba señales de vida. Tan sólo oyeron un disparo a lo lejos pocos minutos después de que él saliera. Ya había anochecido y su madre, portando una vela, le trajo dos pequeñas porciones de queso mientras David no retiraba la vista de la puerta, aferrado a la escopeta. Se levantó rechazando la comida, decidido.
- Voy a buscarle.
- De eso ni hablar jovencito. Esperaremos aquí a tu padre cueste lo que cueste. Ahora no verás nada y no pienso dejarte solo con esos locos por ahí sueltos.
Ana apareció detrás de su madre y susurró:
- Dejad de hablar tan alto – y se llevó el dedo índice a los labios – David, mamá tiene razón. Mejor esperemos y mañana cuando amanezca, si todavía no ha llegado, ya lo discutiremos.
Tuvo que obedecer y volver a sentarse. Apagó con un soplo la vela que le habían dejado en el suelo y siguió atento a todos los posibles sonidos que había fuera.
Se quedó dormido en contra de su voluntad. No sabía las horas que habían pasado pero el chasquido de una rama le despertó. Asustado, pero sin perder la calma, echó un vistazo por un minúsculo agujero de la puerta que habían hecho a propósito para tal fin y se sobresaltó.
Allí estaba su padre, en el umbral del bosque e iluminado por la tibia luz de la luna. Iba a quitar los cerrojos pero algo en su interior le detuvo. Volvió a mirar y observó que Luis tenía una posición extraña, le daban pequeños y casi imperceptibles espasmos y su respiración estaba acelerada.
- ¡Papá! – Ana llamó desde arriba y la silueta rugió, echando a correr hacia una de las ventanas al lado de la puerta.
“No, por favor, esto no”. David dio unos pasos hacia atrás mientras su madre y su hermana bajaban despacio las escaleras. La primera de ellas le cogió del brazo y le habló al oído:
- Olvídate de él, es uno de ellos. ¡Salgamos de aquí! – pero era más fácil decirlo que hacerlo. Luis atravesó el cristal y, con recientes heridas en las manos, pudo arrancar una de las tablas de madera. Sus ojos rojos se depositaron en los tres miembros de su familia y, tras un instante de duda, volvió al ataque con renovadas fuerzas.
Antes de que pudiera entrar tenían que salir de lo que ya no era un lugar seguro. David miró desolado por última vez a lo que quedaba de su padre y se dirigió hacia la puerta de atrás, siempre agarrando firmemente la escopeta.
Rápidamente salieron al exterior y corrieron hacia la espesura. Ellas iban juntas y él mirando hacia atrás en guardia para defenderlas de los posibles ataques de Luis. Pero algo que no había supuesto apareció de la nada. Un enorme pastor alemán surgió con furia de entre los árboles y se lanzó con las fauces abiertas y ensangrentadas hacia la cabeza de Isabel. Ésta gritaba en el suelo mientras el perro le destrozaba el rostro sin piedad. David, aterrado, apuntó como pudo entre tanto movimiento y disparó justo cuando el can saltaba hacia él.
Su madre ya no se movía. El rostro estaba irreconocible. Ana temblaba y se apoyó en David, mareada. Tenían que salir de ahí.
De repente Isabel se incorporó y agarró de los pelos a su hija, intentando atraerla sin poder verles debido a las profundas heridas que le había causado el perro en torno a los ojos. El ruido debió atraer a su padre, ya que apareció por la misma puerta por la que habían salido segundos atrás. David, sin pensarlo dos veces, le dio la vuelta a la escopeta y golpeó fuertemente a la cabeza de su madre, la cual soltó al instante a Ana y pudieron adentrarse en el bosque huyendo de aquella pesadilla.

No supo cuánto tiempo había pasado desde que salieron de los alrededores de su casa hasta ese momento. Sólo sabía que ya no podía más, y su hermana menos aún. Estaban agotados, se dejaron caer al suelo respirando dificultosamente. Hacía bastante que dejaron de oír los gritos desgarradores de su padre persiguiéndoles.
Ya no sabía lo que sentía, se encontraba perdido, solo y sin saber qué hacer. Únicamente Ana le mantenía despejado y con ganas de luchar por alguien.
- ¿Qué hacemos ahora? – fueron las primeras palabras de su hermana en cuanto pudo articular palabra.
- Quedémonos bajo este árbol hasta que amanezca. Luego buscaremos a alguien que se encuentre igual que nosotros. No he cogido munición así que sólo nos queda un cartucho, intentemos no utilizarlo.
Y así lo hicieron. Poco rato después el cielo se fue aclarando, los dos se levantaron y caminaron en silencio. No hablaron nada en absoluto. A veces Ana dejaba escapar un ligero llanto y David la rodeaba con su brazo, apaciguándola como podía.
En una de esas ocasiones oyeron a lo lejos un helicóptero. Estaba cerca, así que al instante se pusieron en marcha juntos en esa dirección con un atisbo de esperanza. Pero esa esperanza se desvaneció bruscamente cuando aparecieron sin esperarlo en los límites de un pequeño pueblo. Aparentemente estaba vacío, pero ya no podían fiarse. Al otro lado había una llanura y podían ver el aparato a lo lejos volando no muy alto.
- Ana, no sueltes mi mano por nada del mundo. Y ni mucho menos te detengas pase lo que pase, ¿de acuerdo? – ella asintió sin quitar la vista del horizonte – vamos allá – y los dos corrieron como nunca lo habían hecho por la calle principal de la diminuta localidad.
Cuando llevaban unos cuantos metros empezaron a oír ruidos alrededor, como si su presencia estuviera alarmando a bestias dormidas. Poco después salieron tras ellos. Entre cinco y diez infectados les pisaban los talones.
Justo cuando estaban atravesando las últimas casas salió como una exhalación de detrás de un coche una de esas criaturas y derribó a David.
- ¡Rápido Ana vete de aquí! – su hermana le miró desesperada, tambaleándose, pero recuperó el equilibrio y se alejó sin decisión.
El infectado estaba sobre él, intentando morder cualquier parte de su cuerpo. Le costaba demasiado contener la fuerza con la que ese ser le atacaba y vio de reojo cómo los demás estaban a tan solo unos pasos de él. Instintivamente, David apoyó brazos y piernas en su pecho y lo rechazó bruscamente quedándose el contagiado de pie, el suficiente tiempo como para agarrar la escopeta y disparar cuando se abalanzaba de nuevo sobre él. Se puso de pie y volvió a correr dejando atrás el arma descargada, pero una mano le agarró de la camiseta por detrás, era el que iba primero en ese grupo que ya sumaba más de treinta, se la quitó con la consiguiente decepción manifiesta del atacante e intentó alcanzar a Ana que iba unos cien metros más allá, en plena llanura.

Habían conseguido dejarlos un poco más atrás aunque aún no había cesado la persecución. Siguieron adelante pero algo les hizo detenerse en seco. Habían llegado al límite de un alto precipicio y la distancia entre ellos volvió a acortarse.
De repente, el helicóptero que volaba un poco más abajo apareció justo delante de ellos, ascendiendo y a la vez avanzando hacia sus perseguidores. Desde arriba comenzaron a disparar a todo el que se movía y los infectados iban cayendo uno tras otro dejando paso a un reguero de cadáveres y seres agonizantes.
Cuando dejó de haber peligro uno de los soldados bajó deslizándose por una cuerda a cierta distancia de David y, sin dejar de apuntarles por precaución, comprobó que estaban sanos y le hizo señas al piloto para que aterrizara. El soldado no medió palabra con ellos, simplemente les ayudó a subir y despegaron con premura.
La imagen que pudieron ver los hermanos desde el cielo era un panorama desolador, sólo habían pasado unas semanas y el país parecía abandonado, acabado, poblado por unos depredadores que no dejaban nada a su paso.
Ya nada volvería a ser lo mismo para mucha gente… ni para ellos.
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Mensaje por lucia » 13 Sep 2007 11:06

Pues alguien estaba poniendo otro de zombies o similares por entregas, así que sí ha habido relatos de temática parecida. Lo recordé anoche al leer la primera parte.

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