el padre gregorio

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doctorkauffman
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el padre gregorio

Mensaje por doctorkauffman » 29 Oct 2007 22:19

Puedo imaginarme al Padre Gregorio abriendo sus enormes y saltones ojos negros ante los inevitables y repetitivos cantares del gallo. Incluso, si hiciera el esfuerzo, podría imaginarme a esa espantosa y maloliente ave de corral pavoneándose por sus dominios sabiéndose observado por los miembros de su muy particular harén. Sí, ¿por qué no imaginarlo? Tengo tiempo. El viaje promete ser largo, o puede que ese sea mi deseo, que este tren al que he subido de forma del todo imprevista e intempestiva me porte lo más lejos posible de mi propia persona. Detengo pues mi imaginación un instante en ese apestoso e inservible bípedo de inútiles alas; no merece mucho más tiempo en esta historia. Me lo imagino deleitándose con su reflejo, cual narciso enamorado, en un mísero charco, pero con el desdén característico de los de su especie. Con ese mismo desdén bravucón e ibérico marca sus patas de palillo en el fango rumbo a la carretera donde nos otorgará a los demás seres miserables de este planeta la gracia de despertarnos con su voz altisonante ante los primerísimos centelleos del astro rey. Probablemente fruto de alguna desagradable experiencia anterior, nuestro gallo mira a ambos lados de la carretera antes de comenzar a atravesarla. Desobedeciendo o, quizás más apropiado, desafiando cualquier lógica se detiene justo en medio. Tras de sí, su legión de admiradoras cluecas; ante sus ojos, el pueblo de Alhama de Aragón. Ese es su objetivo a batir, aunque más correcto, sin duda, sería decir a levantar. Cual Caruso de cuarta fila se aclara la garganta. No desea decepcionar a su auditorio. Contonea un poco su cuerpo, provocando una pequeña hecatombe en la microscópica y copiosa población de sus alas, y cuando el primero de los rayos solares contrae sus pupilas, empieza a cantar, por calificarlo de alguna manera. No cesa en su canto y no cesará hasta que el último de los habitantes de Alhama se haya despertado.
No había sido el Padre Gregorio precisamente de los últimos en alzarse ese día, sino más bien de los primeros. Persona de costumbres bien arraigadas, gustaba de hacer un buen rato de oración antes de comenzar los quehaceres diarios propios de su vocación, que en Alhama, además, no deben ser demasiados.
Uno de los aspectos que distinguen al sacerdote de este peculiar pueblo es que se aleja en modo absoluto de la imagen que podamos tener de un miembro de la iglesia, o al menos derrumba con virulencia todos mis prejuicios en este sentido. Esto me sucede con frecuencia; cuando algo no se ajusta a los conceptos y descripciones que me he forjado en años y años de aburrimiento suelo adjudicar mis impresiones al resto de la humanidad. Asombra su delgadez. Al observar sus huesos marcados en el rostro me pregunto siempre si anda muy lejana la última vez que probó bocado. Preocupa la humildad de una sotana milenaria o quizás muy pocas veces lavada. Impone su seriedad; he oído incluso que por aquí nadie aún le ha visto sonreír, y ya son años. No podría atinar con su edad; sus canas y clareas me dan una pista; los surcos en frente y mejillas me orientan en la dirección de la sesentena, pero me confunden irritantemente la agilidad de sus piernas y la vida que desprende su mirada. Es sin duda esto último lo que a mi juicio destaca sobremanera en el Padre Gregorio, sus chispeantes ojos oscuros que en muchas ocasiones hablan por él. Asusta.
Nunca he tenido el placer, ni la curiosidad, y las ganas tampoco, gastando así una sinceridad de la que apenas me quedan ya unas migas, de entrar en su casa. Pero a tenor de los comentarios de sus feligreses y de las pocas ocasiones en que con él he cruzado unas palabras, no me resultará muy laborioso imaginármela. En su lecho, yo le adjudicaría categoría de catre, permanece el Padre Gregorio con los ojos abiertos, fija la vista en algún punto de su descascarillado techo, agradeciendo al Señor la visión de un nuevo día. La austeridad en persona es quien le rodea. Sólo una gastada imagen de la Virgen del Pilar adorna la desnudez de unas paredes entristecidas por años de desinterés hacia ellas. Sorprende que como único mobiliario de su dormitorio encontremos otra cama, algo improvisada, eso sí, pero cama después de todo. Al incorporarse, el Padre Gregorio detiene su mirada en el lecho vacío e inevitablemente se le escapa un suspiro cargado de resignación. Y no es para menos sabiendo lo que ha de atender a partir de esa mañana. Se le ha encomendado una complicada tarea; una labor que sin duda le apartará de su anodina aunque placentera monotonía; y no se sabe capaz de afrontarla con éxito. A pesar de que lleva días preparándose para ello, siente que sus energías son escasas, o quizás sea la voluntad lo que escasee. Sacude con brusquedad su cabeza queriendo desprenderse de tal debilidad y endereza el rumbo hacia una nueva jornada.
En el frío silencio de su cocina, gasta el Padre Gregorio un gran tazón de leche caliente, su único sustento hasta el almuerzo. Presiona la parca cerámica queriendo contagiarse del calor que desprende su frugal desayuno. Las mañanas en Alhama siempre son frías. Tras rociarse la cara con el agua gélida de su palangana, se endosa su larga y holgada sotana que le cae sin resistencia alguna hasta los pies. Sorprende pensar que bajo esa oscura tela haya un cuerpo que respire. Incluso el alzacuello se desenvuelve con desparpajo por encima y debajo de su huesuda nuez. Diríase que nada hay en su aspecto físico que pueda importarle lo más mínimo. Misal en mano, coge su sombrero, la llave de la iglesia, se santigua y emerge al exterior.
Todo el desapego que pueda albergar el sacerdote hacia su propia persona se desvanece cuando entramos en la iglesia de Alhama de Aragón. Al ver el esplendor que exhala tan pequeño templo, podemos suponer que en realidad el Padre Gregorio guarda todo su afecto, su mimo, su gusto, su amor exclusivamente para su parroquia. Baldosas, bancos, santos, vírgenes, órgano, retablo, todos brillan incólumes ante los sorprendidos ojos de un visitante inadvertido, aunque estos sean pocos, pues la fama de su belleza ha sobrepasado con mucho los límites del pueblo hasta llegar incluso a ser tema de interés en los cafés tertulianos de la propia Zaragoza.
Y es precisamente ahí, en la iglesia, donde el Padre Gregorio consideraba que daba comienzo el día. Los pesados giros de la llave resonaron en el templo anunciando la inminente entrada de su pastor. Siempre había albergado el Padre Gregorio la impresión de que aquellas imágenes que tanto gustaba de cuidar se alegraban de verle. Él les respondía con una sentida genuflexión general al tiempo que se descubría la cabeza; acto seguido mortificaba sus rodillas con media hora de rezos y plegarias. A continuación, se sentaba y clavaba sus ojos en el sagrario, perdiendo, como era habitual, la noción del tiempo. En su contemplación no dejaba de rogar por unas fuerzas que creía más que necesarias para afrontar lo que se le venía encima. Buscaba continuamente la vía más clara, el camino más llano para conducir la situación con la competencia que se le había solicitado.
Absorto como estaba, tardó en asimilar que esos sonidos que se habían ido introduciendo en su cabeza desde unos minutos atrás no eran propios de esas horas de la mañana, no eran propios del lugar, ni siquiera eran propios del mes en el que estaban. No era lógico, se saltaba todas las normas de lo común que la banda del pueblo se estuviera exhibiendo a todo volumen con una de sus fanfarrias más sonadas. Además, a esas horas incluso el desafino era mayor de lo habitual. Con el gesto propio de un incómodo enfado, el Padre Gregorio se alzó para avanzar con resolución hacia la puerta. El espectáculo le sorprendió aún más. Efectivamente, la banda del pueblo, con sus mejores galas, con sus instrumentos desprendiendo brillo además de notas, avanzaba calle abajo. A punto estuvo el sacerdote de lanzar un enérgico grito de protesta, cuando se percató de que tras los músicos se encontraban el alcalde, sus concejales, el cacique del pueblo con su señora, y tras ellos toda una representación de los estratos sociales del lugar portando algo en común, alegría. Sólo cuando alcanzó a leer la pancarta de la cabecera entendió toda aquella algarada . El acto de bienvenida; lo había olvidado por completo. Todo el pueblo había reaccionado entusiasmado cuando se supo que el famoso coronel Jiménez pasaría unos días en el pueblo con su señora. Harto conocido por sus hazañas bélicas en Marruecos, ahora había añadido a su brillo la realización de unos programas radiofónicos que levantaban emociones enfrentadas en todos los rincones de la joven República, incluida Alhama de Aragón. Merecía un recibimiento digno de su persona. Y con esa sana intención marchaban todos hacia la estación de tren.
En medio de aquel trajín, comprendió nuestro cura que él también debía ir a la estación, que a él le correspondía igualmente dar una bienvenida, aunque fuera a una persona bien distinta a la del prestigioso militar. Entró raudo en la iglesia a por su sombrero y tras amasar todo el fuelle del que era capaz se apresuró hacia su destino. Pero por mucho que se esforzaba, no era capaz el Padre Gregorio de abrirse paso entre aquella ilusionada marabunta. Conocida era su escasa paciencia, sus arrebatos incontrolados cuando ésta alcanzaba su mínimo de existencias, sus subidas de tono cuando algo le exasperaba. Pero por muchos empujones que dio sólo pudo alcanzar la comitiva de autoridades que seguía los pasos de la banda.
-Hombre, Padre Gregorio, ya empezábamos a pensar que no venía-dijo sonriendo el alcalde-tenga, tenga.
Se desprendió el alcalde de la parte de su pancarta para dársela a un despistado Padre Gregorio que de inmediato se sintió como ratón en una ratonera. De la sartén había caído de lleno al fuego. Nada que hacer. Con los dientes apretados hasta el dolor, aguantaba su rabia el sacerdote caminando en esa colección de hombres ilustres hasta alcanzar la estación. Un camino que se le hizo interminable. Cientos y cientos de pasos soportando aquel desafinado trombón que tenía delante de él. Aquella mañana, quién sabe si por lo inusual de la hora, la banda se mostraba más desacertada que nunca. Diríase que aún no habían despertado. El gallo, después de todo, no había hecho del todo correcta su labor. Siempre había pensado el sacerdote que aquel estropicio musical se debía al erróneo reparto vocacional de sus músicos, de tal manera que el trombón era tocado por un fideo de hombre, el flautín por un orondísimo aficionado, el bombo por el que tenía el honor de ostentar el título de vecino más delgado del pueblo, el triángulo por un rechoncho niño que andaba siempre con la boca manchada de chocolate, los platillos por un adolescente bizco y enclenque que apenas sí acertaba cada vez que debía enfrentar aquellos dos dorados metálicos, y así con el resto de músicos e instrumentos. Formaban toda un esperpento de estampa. Para el cura de Alhama aquello sólo podía presagiar malos vientos para la difícil tarea que estaba a punto de emprender.
Ya en la estación, le resultaba demasiado embarazoso apartarse de aquella multitud expectante, de modo que continuó, pancarta en mano, deseando que el tren llegase de una maldita vez. Al menos la banda había cesado en su lamento.
De pronto, todos los presentes giraron sus cabezas hacia la lejana izquierda. Un remolino de humo blanco acompañado de unos silbidos rebosantes de entusiasmo anunciaba la presta llegada del caballo de hierro. Un rumor cargado de expectación pronto superaría a aquellos sonidos. En medio del creciente murmullo no pudo menos el sacerdote que lanzar un suspiro de resignación sazonado con algo de nerviosismo. Pronto seguirían a aquella exhalación de aire unas palabras que sólo él pudo oír.
-Será lo que tú quieras que sea, Señor.

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Fenix
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Mensaje por Fenix » 30 Oct 2007 14:34

Me ha encantado la historia, defines perfectamente a l padre Gregorio, puedes imaginarlo, sentirlo con sus arrebatos de mal genio. Haces de pescador con el relato, me colocas la otra cama como anzuelo y me haces perseguirlo hasta el final...será lo que Dios quiera que sea...
Te deja la sensación de que te has perdido el final de la película, pero te da alas para imaginar lo que quieras, desde una hermana anciana y decrépita, a un drogadicto que hay que rehabilitar, cualquier cosa.
Tu forma de escribir me resulta tan descriptiva, tan al detalle que a veces es ligeramente exagerada.
Me ha encantado, enhorabuena. :wink:

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doctorkauffman
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el padre gregorio (continuación) Lorenzo

Mensaje por doctorkauffman » 30 Oct 2007 18:35

me he emocionado tanto con el comentario de Fenix sobre el padre gregorio, que pongo aquí su continuación.

LORENZO

Puedo imaginarme perfectamente a Lorenzo. Quiero imaginármelo. A pesar de que ahora mismo lo tengo frente a mí, prefiero cerrar los ojos e imaginármelo en aquel vagón rumbo a Alhama. Le veo sonriendo. Es una sonrisa la suya un tanto socarrona; está pidiendo algo, está hablando por él su sonrisa. Tiene Lorenzo la virtud, o quizás la fortuna, de poseer en propiedad unos atributos que le proporcionan muchos éxitos, sobre todo entre las mujeres, y le ahorran muchas palabras, también entre las féminas. La sonrisa ya la he mencionado, aunque me gustaría añadir que es capaz de amoldarla con precisión a cada uno de sus propósitos, en especial el de hacerle el amor al sexo opuesto. Es ese propósito, precisamente, el que le porta hacia el pueblo de Alhama, contra su voluntad, todo sea dicho de paso.
¿Qué puedo decir de sus ojos? Desprenden un candor que quien fija la vista en ese azul turquesa ya no puede librarse de ellos. Aunque baje con presteza sus párpados fruto del estupor, la imagen de esa mirada permanece inexorablemente en la retina durante un buen rato, quizás para siempre. Al igual que hace con su sonrisa, tiene Lorenzo un repertorio de miradas para salir exitoso en cada una de las circunstancias que le presenta la vida, en concreto la de seducir a las mujeres. Ninguna puede resistir su mirada. Incluso la más abstemia queda embriagada por esos ojos cazadores. Metaforizando un poco, si nuestro efebo seductor fuera el majestuoso Ebro no habría presa que aguantara los embates de su corriente demasiado tiempo. Por mucho que se hubieran esmerado en la dureza de los materiales, más tarde o más temprano los muros acabarían cediendo y el río seguiría su curso hasta encontrar un nuevo obstáculo que derribar. A veces las paredes se desploman con suma facilidad a su paso, sin embargo en otras ocasiones debe esforzarse más de lo supuesto, hasta el punto de tener que filtrarse en sus cimientos y no parar hasta corroerlos y contemplar satisfecho como cede la estructura. El agua siempre se abre camino, al igual que Lorenzo, y en ello sus cautivadores ojos contribuían sobremanera.
Su rostro representa la mezcla equitativa de un efebo griego y un macho ibérico. Ninguna desproporción, ningún error, todo delicadeza pero al mismo tiempo unos rasgos que lo masculinizan evitando cualquier tipo de confusión. En cuanto a su físico, los mismísimos genios del Renacimiento disputarían por tenerlo como modelo, aunque yo encuadraría su cuerpo más en el prototipo de Donatello que en el de Miguel Ángel.
Su elegancia es natural, aunque la endosa con un excelente gusto en el vestir. Debo añadir que hasta en esto es afortunado, pues sus progenitores se preocuparon desde muy temprano en otorgarle todo tipo de lujos, costumbre que todavía hoy, con tres décadas encima, no ha dejado de disfrutar. Su padre es un prestigioso ingeniero madrileño enriquecido especialmente con el último de los tramos de la tan discutida Gran Vía, y por lo que sé está empezando a perder la paciencia con los desmanes amorosos de su hijo. Pero cualquier tentativa en este aspecto por su parte me atrevo a pronosticar que se saldará con un estrepitoso fracaso, porque sencillamente su hijo es encantador, y Lorenzo es plenamente consciente de su propio encanto, de su personalidad arrebatadora capaz de brillar en la más oscura de las cavernas. Es imposible enfadarse con él, hacerle un reproche, incluso desearle algún mal, con una sola excepción, la de los maridos ofendidos cuando le descubren con el objeto de sus deseos: las esposas. Es entonces cuando sus encantos se dejan de remoloneos y huyen lo más rápido que pueden hasta protegerse bajo la falda de su madre y la influencia de su padre. Pero incluso esta influencia ha llegado a su límite.
Como decía antes, en aquella mañana soleada, aunque algo fría todavía, la sonrisa de Lorenzo hablaba por él. ¿De qué hablaba? De sexo, como de costumbre cuando veía a una mujer, y a ésta en concreto llevaba ya tiempo mirándola. Era una mujer que podría estar rondando perfectamente la cincuentena. Me atrevería a decir que veinte años antes gozaría de muy buen ver, pero ahora el otoño de sus años había empezado a marchitarla haciéndose evidente el paso del tiempo en sus pequeños y proporcionados mechones blanquecinos y en su rostro cansado. Sin embargo, uno de sus atributos lo conservaba aún de manera notable, sus pechos, y era esto lo que llamaba poderosamente la líbido del joven Lorenzo. Nada importaba que estuviera acompañada por el que probablemente fuera su marido, un hombre del que hasta ese momento sólo había podido ver el periódico abierto al que se aferraba ocultando su cuerpo de cintura para arriba, unos pantalones impecablemente planchados y unos zapatos que resplandecían hasta hacer apartar la vista. El hecho de que llevara al menos media hora agarrado a la misma página hacía suponer que estaba durmiendo. Ideal para los improvisados planes de Lorenzo. El Ebro empezaba a aumentar su corriente.
En cuanto se sintió observada, la mujer trató de apartar la vista como mejor pudo. Bien miraba por la ventanilla, bien jugaba nerviosa con los dedos tratando de mantener la mirada lo más baja posible, bien trataba de buscar a su acompañante tras aquel desplegable de noticias con la reforma del cuerpo de militares en portada. Pero de nada servía. Acababa siempre por encontrar, cada vez con más interés, los ojos de tan atractivo desconocido.
Como cada cual en su oficio o en sus aficiones más apasionadas, Lorenzo poseía un hábil control sobre cada una de las fases de su seducción. La primera ya la había llevado a cabo: captar la atención de su presa. La segunda era, sin duda, la más satisfactoria, la que más henchía su orgullo, pues era la que daba luz verde al resto de las fases y consistía en iluminar el rostro del objeto de su pasión. Esa luz que todos poseemos, pero con frecuencia olvidamos y pronto se apaga sucumbida por los avatares cotidianos de nuestra existencia, Lorenzo era capaz de encenderla. A veces le bastaban unos simples segundos, en otras ocasiones era cuestión de avivar con constancia la llama. La mujer de aquel vagón de primera clase se podía enmarcar como un caso intermedio. Su rostro fue recuperando su luz a medida que se convencía de que era cierto, ese joven helénico la miraba con ojos de lobo en celo. ¿Quién sabe cuántos años de monotonía se esfumaron sabiéndose admirada por alguien veinte años menor que ella y además con semejante porte? Ya no retiró sus ojos de los suyos. Su rostro resplandecía como adolescente que se abre a la vida. Luz verde.
La siguiente fase era la que más excitaba a Lorenzo, el contacto físico, y cuanto más arriesgado mejor. En esa ocasión, la escena implicaba un riesgo considerable. Un movimiento brusco y se encontraría con un marido ofendido demasiado cerca y además sin vía de escape. Irresistible. Sin previo aviso, se inclinó con sigilo hasta alcanzar con su mano la pierna derecha de la mujer, que de inmediato reaccionó tensando todo su cuerpo, aunque procurando no despertar sospechas con ruidos indeseables y, por supuesto, sin apartar la pierna. Acto seguido, la mano de Lorenzo empezó a avanzar bajo la falda con dirección inequívoca. El placentero escalofrío que recorría el cuerpo de la mujer ante el experimentado tacto de su pretendiente fue interrumpido bruscamente cuando su marido dio señales de vida. Con un movimiento enérgico, aquel hombre pasó página a su periódico aunque dejándolo en la misma posición de cortina cerrada. Después de todo, no estaba dormido. Los reflejos de Lorenzo fueron dignos de elogio, pues como el rayo simuló que se ataba uno de sus zapatos. Una vez pasado el peligro, Lorenzo volvió a coger camino con su mano compartiendo una sonrisa de complicidad con su dama. Sin embargo, antes de que los espasmos contenidos de ella les delataran ante el calor del contacto llegando a su muslo, Lorenzo interrumpió su ascenso y regresó a su posición anterior.
No fue un acto casual ni un súbito arrepentimiento; formaba parte de su siguiente fase: la desesperación. Poner un caramelo en la boca para luego arrebatarlo a medio saborear. Sin apartar los ojos de su víctima, Lorenzo sabía con certeza que en aquel momento ella aceptaría con ciega pasión cualquier propuesta que le insinuara. Y la insinuación no tardó en llegar. Con un simple movimiento de sus cejas y una leve inclinación de la cabeza, la mujer entendió que Lorenzo la estaba invitando a salir para encontrarse lejos de su marido. Lorenzo suponía que la mujer terminaría por utilizar la excusa más previsible, aunque eficaz, en estos casos. No se equivocó.
-Querido, no me encuentro muy bien, voy un momento al servicio.
En cierto modo no mentía. El volcán que se estaba encendiendo en su interior la había acalorado hasta el punto de empezar a ahogarla. Tras el corto refunfuño afirmativo de su marido, salió medio tambaleándose del vagón. Ahora era sólo cuestión de una pequeña y cauta espera. No era ni apropiado ni sensato salir inmediatamente detrás de ella. Con la calma que da la experiencia, dejó Lorenzo pasar unos minutos para salir luego con la naturalidad que sabía gastar en tales ocasiones. Incluso antes de abrir la puerta se permitió lanzar una sonrisa de superioridad a aquel marido envuelto en periódico.
Según decía Óscar Wilde, la mejor forma de vencer la tentación es caer en ella. Se ve que aquella mujer madura, casada y de aspecto recatada había leído al autor irlandés pues no diría yo que cayera en la tentación, más bien, y a juzgar por sus jadeos y suspiros, se lanzó de cabeza en ella con una pasión que sorprendió al propio Lorenzo. En la penumbra del vagón de equipajes, los dos pecadores daban rienda suelta a sus instintos más primarios. Para Lorenzo no era más que la realización de su necesidad diaria, lo cual no significaba que el muchacho no pusiera empeño en tan placentero menester. Sus manos expertas recorrían el cuerpo aún macizo de su conquista deteniéndose con interés en aquellos dos promontorios que llevaba por pechos. Pero por mucho que intentara sumergir su cabeza entre ellos, le resultaba imposible pues su víctima insistía con vehemencia en que sus labios carnosos continuaran dejando huella en los suyos. Demasiada vehemencia empezaba a pensar el joven seductor, cuya iniciativa había quedado ya ahogada por la de su víctima, y cuyo cuerpo comenzaba a estar a expensas de aquella inesperada loba hambrienta. ¡Quién lo hubiera dicho!,la presa convertida en cazador. En muy pocas ocasiones se le había virado la tortilla a Lorenzo, y sucedía que en tales casos perdía muy fácilmente el interés, evaporándose su líbido por el calor de su amante que, en su sofoco, aún no había notado la diferencia.
Era preciso reaccionar con presteza, despabilar su habitual ingenio para buscar una vía de escape, una manera de protegerse de aquel terremoto. Pero era inútil, cada vez que intentaba emitir algún sonido, su voz quedaba absolutamente anegada por la estertórea pasión de la mujer que, bajo ningún concepto, deseaba interrumpir su particular retorno a tiempos mejores. Tenía en mente Lorenzo hacerla despertar con la amenaza del tiempo transcurrido y la más que probable preocupación de su marido ante su tardanza, obteniendo únicamente pequeños triunfos a modo de palabras sueltas.
-Es...tarde-ahogo-es-ahogo-tarde-ahogo prolongado-marido-ahogo preocupante-volver-toma de aire urgente.
No se imaginaba Lorenzo que la solución a tan agobiante problema estaba a punto de llegar sin llamar. Había cometido el error de menospreciar a aquel bulto onomatopéyico que se ocultaba tras un periódico. Error habitual en él, por cierto, el de subestimar a los maridos. No podía imaginar que tras ese gran diario se escondía un rostro imponente de severidad, de mirada desafiante y perspicacia aguda que transcurridos unos más que razonables diez minutos inclinó su periódico al tiempo que sacaba el reloj de su bolsillo. No podía sospechar Lorenzo que ese hombre tenía por costumbre endosarse su uniforme de militar incluso en sus viajes de descanso, acompañado, además de su señora esposa, de su arma reglamentaria. Sus ojos de soldado en permanente estado de guerra llevaban posados unos segundos en el asiento vacío de Lorenzo. Era evidente que el engranaje de su cerebro se había puesto en marcha, cavilando, atando cabos a marchas forzadas. Decidió que era poco probable que aquello que le sugería su imaginación estuviera pasando en la realidad. No creía que ese joven fuera tan insensato. Además, alguien escucharía sin duda los gritos de su mujer pidiendo auxilio. Asunto zanjado; vuelta al periódico. Pero he aquí que cuando sus ojos revolotearon de nuevo por la diminuta letra de la actualidad española, se detuvieron inconscientes en un anuncio publicitario. Unos brillantes mocasines negros parecían sonreírle desde la zapatería Fernández, todo a buen precio. ¿Por qué le llamaban tanto la atención esos zapatos? Si ni siquiera le gustaban. La sensación de estar a punto de descubrir algo sensacional era demasiado intensa como para abandonarla sin más. Sus pupilas permanecían fijas escudriñando la fotografía. Tenía que ser algo reciente, cercano, de lo contrario no se explicaba tanta intriga. Pasó revista a sus recuerdos más actuales; los llevaba perfectamente ordenados y clasificados. Fue desechándolos todos hasta que llegó a su más cercana vivencia. Eso es: el joven presuntuoso que les acompañaba en el vagón. ¿Pero que tenía que ver él con esos zapatos del anuncio? No había terminado de hacerse la pregunta cuando cayó en la cuenta, dio con el acertijo y se levantó hecho una furia llevándose la mano a la cartuchera. Había visto a ese joven atándose los zapatos. Entonces no se percató, pero ahora estaba seguro. Los zapatos de ese mequetrefe no llevaban cordones: eran mocasines.
Atrapado aún en aquella trampa que era la boca de la apasionada señora, Lorenzo tuvo el reflejo, aunque me inclino a pensar que una vez más se trató de su buenaventurada fortuna, de mirar hacia la puerta del vagón. Una sombra emergía amenazante desde el umbral e iba directo hacia él.
-Maldito canalla, hijo de perra-gritó el militar.
Lorenzo aprovechó el tremendo susto que se llevó el marido ante el histérico grito de su mujer para escabullirse entre el mar de apelotonadas maletas y baúles que flotaban en la penumbra.
-Calla, coño-le increpó el ofuscado militar, pero cuando volvió a apuntar con su pistola Lorenzo ya había desaparecido.
-Me forzó, querido-balbuceó la mujer-me obligo a venir aquí y...
No terminó la frase. Se lanzó al hombro de su marido y rompió a llorar.
-Tranquila, querida-su voz desprendía un claro tono de venganza-está en un tren. No podrá ir muy lejos.

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Mensaje por Fenix » 31 Oct 2007 12:54

El Lorenzo ese era la de Dios, que jodío, una miradita, media sonrisita y ¡zas! aquí te pillo y aquí te mato. Como te cojan las feministas te cortan los güevos. Me ha parecido el tal Lorenzo demasiado exagerado, en todo, en su belleza, en su elegancia, en joder qué tío.
Luego, no sé en qué época me encuentro, si postguerra y por eso no se tiñe la señora o actual. Debe ser años 40 por el vagón de equipajes y porque el militar lleva pistola.
Sólo de servicio se llevaba la pistola, y dentro de los acuartelamientos. Las particulares las guardaban en lo más recónditos de sus casas para que los niños no se pegaran un tiro.
¿Qué te pasó en la mili? Sería la pregunta que subyace de tus historias, en todas salen militares, y no muy bien parados, el padre de la niñita, el de la manifestación del cura Gregorio y ahora, el cornudo.
A mí me ha parecido poco creible.

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Mensaje por doctorkauffman » 31 Oct 2007 19:28

uff, fenix, una de cal y otra de arena, ¿eh?
A ver, por partes:
tienes razón en una cosa, y es que tardo en localizar en el tiempo la acción; tanto tardo que no lo hago hasta un par de capítulos más adelante. Y es un error, creo yo, fácilmente subsanable. error que me da que te ha irritado tanto que te ha puesto algo en contra del texto. la acción, por cierto, transcurre a principios del siglo XX.
Personas como Lorenzo existen. Yo las he conocido y, de hecho, Lorenzo está inspirado en una de ellas (suertudos que hay en esta vida)
En la mili no me pasó nada salvo la terrible sensación, que aún hoy me pesa, de haber perdido miserablemente el tiempo.
Es cierto que en muchos de mis escritos aparecen militares y curas. En mi familia la tradición fmailiar existió hasta hace dos generaciones y tengo unos cuantos amigos curas. Está claro que todo eso ha influido, e influye,aunque tambien considero que tanto curas como militares son personajes que se prestan a mucho juego en la literatura. Supongo que me pasa algo parecido que a Noha Gordon con sus jodidos médicos.

saludos

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Mensaje por doctorkauffman » 31 Oct 2007 19:30

quise decir que en mi familia la tradición militar exisitió hasta hace dos generaciones. sorry

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Mensaje por Fenix » 31 Oct 2007 19:31

Pues tienes razón, aunque ahora a Noah le haya dado por el vino :lol:

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lucia
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Mensaje por lucia » 31 Oct 2007 22:09

No me ha entusiasmado tanto como a Fénix, porque con el gallo no me centraba, pero luego fui saboreando las palabras según las desgranabas :lol: Es llamativa la riqueza del vocabulario bien utilizado, aunque como dice Fénix, a veces roces el exceso.

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Mensaje por lucia » 01 Nov 2007 20:09

Ya me he terminado la segunda parte. El otro comentario es de la primera.

Y me ha costado bastante relacionar ese tren con el tren que llega a la estación en la que está la banda esperando con el cura.

Lo que no entiendo es por qué motivo el cornudo va con el uniforme y el arma encima. Incluso en aquellos tiempos en que dices que se sitúa debía de ser bastante raro.

Eso sí, yo hubiese calentado un poco mas a la señora en el vagón antes de que el marido diese señales de vida :lol:

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