Armaduras y Cicatrices.

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Morrigan Navarre
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Armaduras y Cicatrices.

Mensaje por Morrigan Navarre » 22 Dic 2007 01:32

Primero que todo, soy nueva en este foro y quisiera que conocieran un poco de mí a través de este relato. Agradezco profundamente la honestidad y la crítica constructiva. Gracias a todo aquel o aquella que pase por aquí y dedique algunos minutos a leer este texto.
Pues... sin más preámbulos, voy al grano:



I

Esa mañana el sol alumbraba débilmente. Aún no estaba alto... la niebla jugaba filtrándose entre los rayos amarillos y el verdor de los bosques. La mujer se encontraba dentro de la cama cubierta por unas mantas marrones de tosca textura... observaba su cota de malla, su casco de reluciente bronce y su hermosa espada corta que descansaban sobre el respaldo de una silla. También se veían sus flechas dentro de la aljaba junto con el arco de lisa madera, brillante por el uso diario. El pelo para deslizar el dardo era flexible, elástico dentro de su visible tensión. Esa mañana ella debía tomar un baño. El solo hecho de pensar en caminar dos pasos fuera de la cama sin su armadura, la transformaba en un ser ansioso y lleno de temores, no le gustaba andar desnuda. Uno nunca podía tener la certeza de estar segura dentro de casa, menos fuera de ella. Una saeta podía traspasar los aires hasta ensartarse en su carne... ya estaba cansada de sentir dolor. Observó su cuerpo desnudo y pudo ver tantas cicatrices como extensión de piel habitaba en ella... ya no era la moza de antaño, esa jovencita de carne lisa y vistosa. Cuando niña había oído las historias relatadas por antiguos, éstas contaban que a veces las heridas producían dolores agudos e intensos, la piel era truncada brutalmente, quedando unas marcas blanquecinas cuando las heridas eran medianamente leves; en cambio, si eran profundas... los vestigios eran violáceos. También se contaban las reseñas de aquellas personas que creyendo estar sanas, con las heridas cerradas, al vestir las armaduras sentían dolor sobre las cicatrices... nadie se podía explicar por qué. Cuenta ese viejo mito que un joven tuvo el valor suficiente para abrir aquella herida que estaba cerrada a punta de daga... cuando la piel se abrió pudo observar una herida purulenta que supuraba un humor verdoso. Asustado y padeciendo como los condenados, visitó a la curandera del pueblo para que ella curase su llaga. Todos los días debía caminar hasta la casa de la mujer, la cual, con manos frescas y leves, limpiaba aquella herida con plantas medicinales, con agua fresca, con emplastes e infusiones. Cuando la pústula estuvo completamente limpia, la curandera pudo cerrar la carne... al fin estaba pronta para sanar.
Resignada a tomar el baño, caminó rápidamente hasta el lugar donde se encontraba la bañera. Llenó el recipiente con agua tibia y se sumergió dentro hasta el cabello... ¿El agua podría reducir el impacto de una flecha?, Pensó, asomando la cabeza a la superficie para poder respirar. No dentro de esa cantidad tan reducida de agua, y menos en ese espacio tan pequeño, pero si era posible que aquel líquido redujese una colisión. Se respondió.
Observó su cuerpo sumergido con aquellos ojos siempre inquisidores... las marcas parecían verse más grandes bajo la masa de fluido transparente. Eran muchas... pequeñas y repartidas por casi todo su cuerpo, incluso su rostro. Recordó que no le gustaba mirarse al espejo... “Tienes ojos de princesa triste”, le dijo alguna vez un amante cuando aún su semblante no delataba huellas. Nunca pudo olvidar aquellas palabras... cada vez que se veía en el espejo confirmaba que aquel joven tenía razón.
Pero aún habitaba un gran misterio en su pueblo... era el secreto que muchos deseaban descubrir. Algunos pocos ancianos que ella recordaba de infancia llenos de bregaduras, habían resuelto el gran enigma... terminando sus días con la piel lisa como cuando eran mozos.
“Deben descubrirlo solos”, decían. Mencionaban que se necesitaba más valor que cualquier guerrero... entre otras palabras que ya no recordaba. Eran demasiado antiguas y pertenecían al argot secreto... ella había olvidado ese lenguaje completamente.
Al salir de la tinaja, secó rápidamente los excesos de agua y vistió su armadura completa... al fin se sentía segura. Su reluciente casco, su cota de malla, sus cuchillos al cinto, su espada corta descansando en la cadera izquierda, su carcaj con flechas colgando por uno de sus hombros y el arco en su mano derecha. Completamente invulnerable para salir de caza esa fresca mañana.
Morrigan Navarre.

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Mensaje por Aelo » 22 Dic 2007 03:12

Dos chilenos en el mismo día, terminaremos a este paso por ser mayoría :lol: , bienvenida Morrigan.

Sobre lo que has escrito, es obvio el gusto por celtas y cosas así, la historia, a pesar de que me enredó un poco me llamó la atención, estaré atenta por ver como continua.

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Mensaje por Morrigan Navarre » 23 Dic 2007 16:39

Muchas gracias :D es grato contar con una compatriota.
Es cierto, la cultura celta es una de mis grandes pasiones. Estaré publicando la continuación dentro de poco... te agradezco mucho por leer y dejar tu huella por acá.
Morrigan Navarre.

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Mensaje por lucia » 06 Ene 2008 16:25

¿A qué llamas dentro de poco? :lol: :lol: Porque ya ha pasado un tiempito desde que pusiste la primera parte y supongo que tenemos que enterarnos de porque se les vuelve la piel lisa a algunos ancianos ;)

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Mensaje por Aelo » 06 Ene 2008 19:56

Esa loca de Morrigan anda en mil y una cosas, le recordaré que se pase por acá.

Pero yo ya me sé el final de la historia :P

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Mensaje por lucia » 06 Ene 2008 23:20

Mírala qué maja ella dando envidia. Abusona

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Mensaje por Aelo » 06 Ene 2008 23:44

Yo igual te quiero Cruela :P

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Mensaje por lucia » 07 Ene 2008 10:36

:lol: :60:

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Lo prometido es deuda...

Mensaje por Morrigan Navarre » 08 Ene 2008 00:56

La extensión de bosque era inmensa... casi eterna. Nunca podrías definir a ojos desnudos donde comenzaba o terminaba la glauca floresta. Esa mañana el lobo se hallaba aún durmiendo, enrollado dentro de su madriguera como un ovillo. Se lamía las patas con gesto perezoso, todavía tenía los ojos adormilados... era tibio estar acurrucado dentro del tronco hueco, pero la sed ya estaba inquietando su descanso... tarde o temprano debería salir del templado arrullo y mojar sus extremidades en la orilla del río.
Sus ojos grises brillaban en la oscuridad del refugio. Cuando la sed pudo más que la tibieza, el lupino irguió sus patas asomando la cabeza hacia un frío amanecer. Avanzó despacio entre la alborada neblinosa... recorrió los bosques, feliz por su soledad. Los cazadores llegarían en unas horas... pero él era un animal privilegiado de cierto modo. Era un macho expulsado de su manada... y estaba condenado a vivir en el destierro, sin manada con la cual cazar... sin protección... sin compañía. Lo bueno de todo, es que era el único lobo en esas tierras, por lo tanto los cazadores lo dejaban en paz. Él sabía aparecer cuando los cazadores ya habían abandonado sus labores, por lo tanto era muy raro cruzarse con esos ojos brillantes en la oscuridad o en las albas madrugadas.
Llegando a la orilla del río bebió largamente del agua cristalina... ya acostumbrado al ambiente frío pensó que no era malo darse un chapuzón. Se lanzó con un veloz salto, sumergiéndose completamente para salir pronto por la urgencia de un respiro. Nadó hasta la orilla y sacudió su pelaje con fuerza... como un lobo viejo le había enseñado cuando aún era cachorro.
Esa mañana transcurría mansa... pensaba en recorrer un poco por si encontraba alguna presa que los cetreros hubiesen olvidado recoger. Muchas veces, cuando le acertaban sobre todo a pájaros, éstos quedaban abandonados sobre la tierra, y si los captores no lograban encontrar a su presa, debían abandonar la búsqueda. Ahí nuestro cuadrúpedo amigo aprovechaba las circunstancias, hincando el diente sobre estas desdichadas aves.
Antes de que él mismo lo percibiese, sus orejas se alzaron como si fuesen un par de alas, aguzadas y erectas adivinando las pisadas de un extraño que inexplicablemente, pisaba el bosque a esas horas. Eran pasos humanos... pesados. Distraído intentando adivinar el origen de aquellas huellas, no logró percatarse de que efectivamente un individuo armado hasta los dientes se aproximaba por el camino. Ahora ya era demasiado tarde para ocultarse entre el follaje o tras un árbol milenario. La armadura brillaba de una forma tan intensa, que nuestro peludo personaje tuvo que desviar sus sensibles ojos grises hacia el suelo, buscando las sombras para el descanso. Cuando quiso mirar nuevamente, logró distinguir lo que parecía ser una mujer ya que una larga trenza se deslizaba por su espalda hasta posarse en su cintura. No era corpulenta como la mayoría de los hombres que frecuentaban el bosque, tampoco era fina como las mujeres que le había tocado observar alguna vez cuando hambriento, volcó los tarros de basura hasta encontrar unos sabrosos huesos de pollo los cuales trituró hasta transformarlos en polvo.
La mujer tenía los ojos adheridos sobre aquel precioso espécimen... era la bestia más hermosa que había visto en la vida. En el lomo del animal habitaban pelos azules... el gris de sus ojos era intenso... podría haberse perdido eternamente dentro de aquella mirada invernal. Si... deseaba cazarlo... deseaba ensartarle una flecha a toda costa. Era su oportunidad, la fiera se había quedado inexplicablemente quieta... observaba a la cazadora con desconfianza, pero incluso así no podía quitar su vista de ella. Lentamente... ella comenzó a alzar la diestra, lo hizo muy despacio... para llegar hasta el carcaj y quitar una de las flechas. El lobo la contemplaba en cada movimiento... como si esperase algo especial... o alguna falencia. Ensartó el dardo a ciegas, conocía tan bien su rubro, que ya no necesitaba mirar lo que hacía para saber que lo realizaba correctamente. Cuando el ritual hubo finiquitado... ella alzó el arco, apuntando directamente al cuello del animal. Estiró las cuerdas hasta lograr una tensión tal, que casi sentía como la flecha huía de sus dedos expertos. Antes de que ella lanzase... la bestia dio un indómito brinco, escabulléndose entre la hojarasca del bosque infinito. Las hojas aún se estremecían por el paso del lobo... las manos de la mujer temblaban de impotencia y rabia. No pudo moverse de su sitio por varios minutos, hasta que consiguió dominar su ímpetu y regresó al pueblo con una cicatriz más de las tantas a la altura de su garganta... pero eso no lo descubriría hasta que contemplarse al espejo fuese necesario.
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Mensaje por Morrigan Navarre » 08 Ene 2008 00:58

El animal corrió... se deslizó entre el verde y la tierra como un caballo desbocado hasta salir de los límites que habían impuesto sus congéneres. Cuando el cansancio y la sed lograron frenar su furiosa huida... caminó hasta el río y volvió a beber de sus aguas. Estaba demasiado cansado como para realizar el trayecto hacia su territorio, así es que decidió descansar un poco antes de volver a casa. Se enrolló sobre unas hojas secas, intentando pensar en aquella mujer de trenza larga y flechas veloces. Nunca supo como el sueño se apoderaba de su mente aquel mediodía... y cerrando sus párpados al miedo, logró conciliar un corto y profundo sueño.



La mujer había perdido completamente el apetito. Sin desear llegar a casa aún, vagó por las calles del pueblo interrogando a los cazadores acera del lobo de lomo azul que vagaba por el boscaje. Todos respondían que nadie importunaba a aquella bestia, que era un animal solitario y todos sin jamás ponerse de acuerdo, habían determinado dejado en paz. Ella escuchaba atentamente todo lo que le decían sobre el ermitaño animal.

- ¿Por qué deseas saber sobre ese lobo, Bruna? – Le preguntaron algunos.
- Porque no sé nada de lobos – Respondió ella astutamente.
- Pues deberías ir a la casa de la curandera, dicen que esa mujer conoce a aquellas fieras, más de lo que los mismos lupinos creen conocerse – Acotó uno de los más viejos monteros.

Bruna solo agradeció, mientras desaparecía por una esquina y se deslizaba por las estrechas callejuelas que llevaban a la choza de la curandera. Ella vivía a las afueras del pueblo, es decir, donde comenzaba el bosque. La cazadora después de caminar un largo trecho de caminos escurridizos, consiguió llegar hasta la morada de la “mujer de los secretos”, como la llamaban algunos pueblerinos antiguos... los jóvenes aún lo lograban comprender a qué se referían los ancianos con aquel apelativo.
La mujer de la armadura llamó a la puerta, la cual estaba completamente abierta. Dentro del habitáculo se veía a una dama mucho más joven de lo que ella imaginaba... no pasaba de los cuarenta y cinco años, delgada y bastante más agraciada que la imagen formada en su cabeza. Pensaba que encontraría a una vieja y encorvada anciana, con los cabellos desgreñados... enfundaba en un saco viejo y maloliente a modo de túnica... pero no fue así. Tenía unas hermosas manos lisas y blancas, un cabello negro y lustroso... liso hasta los hombros. Machacaba algunas hierbas en el mortero, su casa olía deliciosamente. Al oír el toque en la puerta, la curandera volteó para observar quién llamaba. Cuando vio a Bruna de pie junto a la entrada... armada de botas a yelmo, solo se limitó a sonreír... y la invitó a entrar con un gesto de sus manos.
La cazadora se vio de pronto, sentada en una cómoda silla con una infusión de rosa mosqueta en las manos. El líquido rojizo tenía un sabor extraño... dulce, pero también un poco ácido. La mujer se sentó a su lado, observando sin recato alguno sus miles de pequeñas escaras blanquecinas en el rostro. Bruna empezó a hallarse incómoda, detestaba dar lástima y no le gustaba sentirse así de expuesta. De pronto la mujer aproximó una de sus manos... increíblemente blanca... se veía tersa... tan tersa. Bruna tuvo que reprimir sus deseos de tocarla, ella no recordaba haber visto nunca manos así en la vida.

- ¿Sabías que la rosa mosqueta difumina las cicatrices? – Interrogó la curandera mientras pasaba su mano por el surcado rostro de Bruna.
- No. No lo sabía – Responde ella un tanto cohibida.
- Tengo aceites de la misma... eso también te hará muy bien – La mujer ya estaba de pie junto a ella, examinándole la cara detenidamente, como analizando qué hierba era mejor para su estado y de qué modo debía ser preparada.
- ¿Y de lo que hablan los antiguos... es esto entonces? – Interrogó la cazadora súbitamente, sacando a la mujer de su concentrada situación.

La mujer de las manos cándidas detuvo de pronto su inspección. Soltó delicadamente el rostro de la joven cazadora y tomó asiento nuevamente.

- No – respondió ella con su habitual sonrisa – Lo que hablan los antiguos es algo mucho más profundo... y puede ser incluso doloroso. Lo que yo te ofrezco no duele, pero tampoco sana, solo disipa.
- He visto un lobo en el bosque – dijo, cambiando bruscamente el tema de conversación – deseo que me cuentes de los lobos... los ancianos me dijeron que tú sabías mucho de ellos.
- Sé de ellos... ahora, ¿Qué es lo que tú deseas saber?.
- Deseo saber sobre el lobo que habita en la floresta... deseo cazarlo. Cuéntame sobre él, para saber como debo actuar para capturarlo.

La mujer quedó mirándola con ese semblante inamovible mientras quitaba un pequeño frasco del bolso que colgaba de su cintura. Bruna tenía ya el mango de su espada empuñado, solo esperando el ataque de la curandera. La mujer abrió sus manos y le mostró el ínfimo botellín que calzaba holgadamente en la palma de su mano.

- Aceite de rosa mosqueta... para tus marcas – Le recalcó burlona – Solo dime una cosa. ¿Por qué deseas cazar al lobo?. Respóndeme eso y te contaré todo lo que sé sobre ellos.

¿Por qué deseaba cazarlo?... no lo sabía realmente. Era bello, lo más bello que había visto en la vida... deseaba poseerlo, que fuese suyo. Ansiaba poder acariciar ese lomo azul para siempre... perderse en esa mirada gris... La mujer del cabello negro aguardaba la respuesta:

- Deseo que sea mío – arguyó la cazadora – deseo poder tocarlo.
- Y si lo cazas... ¿Crees que podrás tocarlo siempre que gustes?
- Claro, estará muerto – Musitó la joven.
- Y cuando la carne se pudra, ¿Qué harás?.

No había pensado en ello. Toda la belleza de aquel hermoso espécimen desaparecería luego de unos días, cuando ya la carne fuese devorada por pequeños gusanos hambrientos.

- ¿Entonces qué puedo hacer para tener al lobo junto a mí? – Interrogó la cazadora.
- Debes lograr que él confíe en ti... no debes verte como una amenaza. Ofrécele amistad... no la muerte por estar a tu lado – Respondió la curandera.
- Háblame de ellos – Solicitó Bruna.

Esa tarde, ambas mujeres charlaron sobre estas enigmáticas criaturas tan mancilladas por las leyendas populares. Así, Bruna supo que los lupinos vivían en manada, eran monógamos, y gustaban de los jabalíes salvajes... por solo mencionar algunas de las tantas circunstancias cotidianas de estos montaraces animales. Pero el lobo del bosque era solitario... de eso ella tenía seguridad... todos los cazadores hablaban de ello. Entonces Emilia (ese era el nombre de la curandera) le explicó que era casi segura la expulsión del lobo por algún tipo de comportamiento inadecuado dentro de la manada. Desde ese minuto la intriga se apoderaba de Bruna... ¿Por qué?... se interrogaba. ¿Qué había hecho el animal para estar fuera de la grey?.
La noche llegó de un modo sutil... nunca se percataron cómo de pronto ella ya cubría absolutamente todo de negrura y estrellas. La cazadora se dirigió a su casa, sabiendo lo necesario... el resto debía descubrirlo sola, le había dicho Emilia. De todas formas ya sabía a quién recurrir en cualquier circunstancia.
Esa noche retiró su armadura pausadamente... la dejó sobre una silla mientras sobaba sus muñecas y algunas partes entumecidas de su cuerpo, producto del largo contacto con el metal. Se arropó con sus pesadas mantas y concilió un descanso sin sueños... mañana iría tras su amada fiera... mañana sería el anhelado día
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Mensaje por Morrigan Navarre » 08 Ene 2008 01:03

El lobo había llegado a sus territorios cuando caía el atardecer, siempre orillando el río para sumergir su pata herida dentro del agua. Dolía mucho, y el agua aliviaba el ardor que la consumía.
Al parecer, la manada de congéneres lo había avistado en ese sitio que no le pertenecía. El macho líder lo desafió... y aunque él no deseaba luchar, tuvo que defenderse de los ataques furiosos de su par. La desventaja era notoria: Él era un macho mal alimentado y se cansaba con facilidad; el semental líder era un lobo sano y fuerte, que ganaría relativamente fácil una contienda con el extranjero. El resultado final fue una oreja partida y una pata bastante magullada, la cual resultaba casi imposible apoyar en el suelo porque el dolor era en extremo intenso. Demoró mucho más de lo habitual en llegar a su territorio... y al apenas pisar sus terrenos, se refugió en su madriguera y no salió de ahí... su pata debía sanar, él debía ser paciente. Por mientras... lamía su herida todo lo que podía para limpiarla... en su interior solo lograba culpar a la mujer de la trenza por todo esto. Por culpa de ella, él había huido y ahora se encontraba herido... la próxima vez que la viese... no tendría piedad... cortaría su garganta en dos, solo así lo dejaría tranquilo.




Esa madrugada Bruna despertó ansiosa y adelantándose a la salida del sol. Cubierta por sus mantas estaba sumida aún en las tinieblas arreboladas que la suave luz de su fuego hecho cenizas le otorgaba. Sentía el estómago tenso, era posible que no consiguiese tragar bocado alguno. Tan intranquila se encontraba, no podía creerlo. El lupino la sacaba de quicio. Saltó de la cama de forma abrupta, ya no soportaba esa quietud. Debía vestir su armadura y salir al frío encuentro con el objeto de su deseo.
La curandera le había contado que los lobos machos eran perezosos, sobre todo si era un lobo solitario. Mientras vestía las piezas frías de su indumentaria y cargaba sus armas, acariciaba con fe la opción de encontrarlo dormido. ¿Dónde estaría ubicada su madriguera?... pensó mientras cepillaba su largo cabello para luego pasar a compactarlo en una apretada trenza. Tomó un tazón con un poco de leche, pero esta le supo agria, producto de la excitación que la dominaba. Cogió las flechas, el arco y por último se calzó la espada mientras salía al exterior.

El sol recién se asomaba entre los altos pinos que conformaban el tupido bosque. Hacía frío, el invierno comenzaba a hacerse cada día más crudo. Las manos de Bruna se helaron y sentía lo álgido del clima a pesar de su ropa de gruesa lana bajo la armadura. Mientras avanzaba, tan distraída iba pensando en lo gélido del amanecer, mezclado con los consejos de la curandera, que casi pasa de largo el sitio donde por vez primera se encuentra con el hermoso lobo de lomo azul. Se detuvo de pronto donde el lobo había estado de pie antes de que ella intentara cazarlo... se quedó mirando el suelo y no pudo evitar que su mano descendiera hasta quedar de rodillas tocando la tierra, intentando olerla para ver si aún guardaba el intenso aroma del hermoso lupino. Se quedó quieta, intentando adivinar el aire mientras olisqueaba con la nariz erguida y con los ojos más abiertos que de costumbre. Su mirada se perdía en las lejanías verdinegras, intentando divisar más allá del arrullo silencioso de aquella sinuosa calina. Nada sucedía, no podía percibir los rastros de aquel animal... entonces decidió internarse en la floresta.




Había avanzado ya un buen trecho de camino, cuando se encontró con el cascarón de lo que fue en algún otro tiempo, un árbol grueso y frondoso. Ahora solo quedaba la corteza media carcomida pero aún firme. Su corazón dio un brinco... sintió algo encarnado a la altura del busto... adivinaba que dentro de ese tronco ruinoso, se encontraba el lupino que había invadido sus sueños. Con paso de rocío, se acercó cautelosa... intentando confundirse con la brisa matutina. Tendida en el suelo pudo observar por uno de los tantos orificios que habitaban, el refugio del solitario animal... éste dormía enroscado como un cachorro con frío. Pudo observar que tenía una pata herida y que un trozo de oreja le colgaba... sus blancas manos mutiladas deseaban tocarlo... su cuerpo entero gritaba por aquel pelaje lustroso de animal salvaje... sorprendentemente no deseaba el sacrificio, tan solo deseaba curar aquellas llagas inflamadas.
Mientras ella aguardaba observando al animal en reposo, éste se movió mientras dormía. Depositó su hocico sobre la pata herida, con lo cual emitió un agudo gemido que lo despertó de un salto. Se plantó de pie observando todo su alrededor, empinó su nariz olisqueando lo invisible pero nada percibió... la cazadora se ubicaba en contra del viento. Cuando sintió nuevamente la templanza, se quitó los últimos vestigios de sueño, desperezándose prolongadamente, estirando sus patas mientras asomaba un gran bostezo entre sus filosos colmillos de leche.
Se asomó por la entrada de su guarida y sintió la fría brisa crepuscular, un sol rojo pálido adornaba el cielo. Avanzó unos cuantos pasos hacia el exterior de la madriguera mientras Bruna mantenía un grito oprimido en la garganta. El animal marchó despacio, sin apoyar la pata lastimada hasta que orilló el río. La frescura del agua le reconfortaba, aliviaba el dolor. Caló la extremidad dentro a pesar del frío que habitaba a esas horas, quedándose en esa situación un buen lapso de tiempo, permitiendo que lo gélido del líquido lograse adormecer y desinflamar su pata herida. De pronto, sucedió lo que ella ni nadie jamás hubiese siquiera sospechado... el lobo se sumergió dentro del agua por unos segundos que parecieron eternos, Bruna observaba embrutecida como el río inmutable se había engullido a la bestia de sus pesadillas, los segundos pasaban dilatados, calando su piel a punta de daga... la bruma había descendido a tal punto que se confundía con el río... haciendo que lo gélido del aire fuese más intenso aún. La mujer observaba boca abajo y cubierta por la larga hierba que allí crecía, sus ojos se hallaban abiertos y encarnados en la criatura que emergió repentinamente desde las profundidades del torrente cristalino. Erguido en dos pies y envuelto en la deliciosa niebla matutina, se manifestó un hombre de cabellos oscuros y ojos de noche, con la piel tan blanca como la leche que había intentado beber esa mañana. La cazadora se encontraba estupefacta y boquiabierta... su sorpresa era tanta que sin más aspavientos se puso de pie... tan larga como sus piernas se lo permitían. Recorrió lánguidamente con sus extremidades pegadas a la tierra. Cuando estuvo tan cerca del margen acuoso que la corriente amenazaba con mojar sus botas de piel, pudo observar que aquel hombre fantasmagórico cargaba con un cárdeno y grueso cordón que atravesaba su pecho de garganta a pubis.
Ahí estaba ella, ataviada de pies a cabeza, armada hasta los dientes pero con la guardia baja como un guerrero derrotado. Él avanzó desnudo hasta la orilla, la piel era blanca y bruñida como la hermosa tez de Emilia. Se acercó a la orilla con la piel amoratada y jadeante, cayó de bruces al suelo, sus rodillas se estrellaron contra la tierra granate. Bruna se aproximó despacio, con la diestra inconscientemente agarrando la empuñadura de su espada. Unos húmedos ojos negros la escrutaban, el agua escurría por su rostro y empapaba unas generosas pestañas de minúsculo rocío. De pronto, el hombre levantó una de sus manos intentando protegerse de aquella que se aproximaba a zancadas largas. Con labios trémulos, intentó manifestar sonido en un susurro cargado de terror... pero las palabras se hicieron nudo en su garganta, y solo asomó tímidamente algo similar a un lamento, el cual expiró solo a segundos de haber sido creado.


Bruna oyó ese rumor oculto... ese apéndice de voz que se había escondido tanto tiempo bajo filosos colmillos y un hocico circunspecto. Su mirada incrédula exploraba esa desnudez perturbadora. Estaba ofuscada, ni siquiera ella se había atrevido a escrutarse, despojada de toda ropa. Bruna percibió esos sonidos como ajenos... como si le hablasen desde muy lejos o estuviese recibiendo el eco de una voz perdida entre montañas borrascosas. Mientras caía de rodillas frente a él, pesada y vencida como si un par de manos la hubiese derribado, ambos quedaron frente a frente, mirándose a los ojos. El hombre temblaba de frío... o de miedo, quizás nunca lo descubriría. Pero cuando percibió esos labios amoratados y los estertores del cuerpo expuesto ya no podían ser ignorados... soltó la empuñadura de su espada y desenganchó su cinto donde colgaban los cuchillos, con manos increíblemente leves, soltó su arco y descolgó la aljaba, quedando completamente desarmada frente a él.

- No deseo hacerte daño – Señaló ella con honestidad y sin poder impedir que su mano despejase aquella frente cubierta por mojados cabellos fuliginosos. Él se mostró reticente a la caricia, dio un salto como si la mano de Bruna hubiese sido una vara de hierro encendido. En el preciso momento que ella alejaba su mano del rostro ajeno, otra llaga más se dibujó en ella. El extraño lupino pudo observar cuando aparecía la marca como si una daga invisible la dibujase. Iba a decir algo semejante a una disculpa, pero un par de dedos descansaron sobre su boca arrebolada, ahogando el sonido en su garganta.

- Debemos guarecernos – Susurró ella con un hilo de voz – Esta piel no te protegerá del frío – Sus dedos lacerados se deslizaron por esa boca lisa.

Bruna pensó en su capa... la cual había dejado colgada en un árbol cercano antes de internarse por completo en el bosque. Las capas siempre estorbaban la cacería, pero esta vez sería de gran utilidad para abrigar la alba desnudez de aquel extraño.
- Ven – Sugirió ella – Tengo con qué cubrirte – Y su glauca mirada se posó sobre los ojos nocturnos... extendió una de sus manos, entregándola en señal de intimidad. El hombre deslizó la mirada hasta esa extremidad atiborrada de blancas cicatrices y la aceptó lleno de dudas.

Ella avanzó junto a él, mientras árboles vetustos eran testigo de semejante unión. Cazadora y presa, hembra y animal... juntos bajo un mismo firmamento. Mientras Bruna lo guiaba por el bosque infinito, solo pensaba en abrigar a ese hombre y guarecerlo en casa de Emilia. De seguro ella los asistiría.
A unos cuantos metros de distancia, logra distinguir un bulto oscuro colgando del ramaje torcido de un proyecto de roble. Apura el paso, el lobo la sigue torpemente a trastabillones, hasta que al fin Bruna pone las manos sobre su gruesa capa de viaje y la quita de un solo tirón. El lobo la observa mientras ella extiende el capuz con un amplio movimiento, la eleva por sobre sus hombros y lo deja al fin, cubierto en absoluto.

- Esto te será útil por ahora – Acotó la cazadora mientras cubría la cabeza del lupino con la caperuza – Será como la piel que has perdido.


El hombre recuperó un poco de temperatura, pero sus manos seguían frías y húmedas. Debía abrigarse los pies, beber algo caliente. Sus labios seguían temblorosos y los dientes castañeaban mientras lograban al fin, salir del bosque. Muy cerca de ahí se ubicaba la casa de Emilia. La mujer llevaba al lobo por callejuelas laberínticas. Él, observaba todo con grandes ojos... abriendo las entradas de su nariz para olfatear los humeantes matices que escapaban de los ventanales. De pronto hizo el ademán de detenerse, Bruna dio un brusco giro y con enormes ojos pudo percatarse de como el animal ya le había soltado la mano e intentaba encaramarse por una lumbrera para ir en caza de una hirviente olla que expulsaba deliciosos vapores. La cazadora logró atraparlo y con la mano hecha garra lo increpó sutilmente:

- No. Yo te daré de comer – Mencionó ella señalándose el pecho y luego llevando su mano a la boca. Intentando con toda esta pantomima, persuadir al lobo de que hurtase aquella cacerola. Él pareció entender... la miró con expresión bobalicona unos segundos y luego fue él quién le tendió la mano para ir en busca de lo prometido.
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Mensaje por Morrigan Navarre » 08 Ene 2008 01:05

La casa de Emilia se encontraba abierta, exactamente como cuando Bruna había asistido por vez primera a aquella arcana estancia. Ella apresuró el paso... el lobo la siguió sin problemas, ya acostumbrado al ritmo propio de la mujer, a la pesadez de su armadura, a su mano tibia poblada de marcas.
Emilia reconoció el sonido propio de la indumentaria de la cazadora, asomó a la puerta para recibirla... cuando logra adivinar al lupino bajo la negra capa. Con un gesto de la mano le indicó a Bruna que entrase rápido. Ella ingresó con el lobo de la mano.
Sin que se entablase un diálogo entre las dos mujeres, ambas lo secaron con paños limpios de pies a cabeza, lo cubrieron con gruesas mantas de lana y Emilia le dio un caldo caliente el cual sorbía con avidez e intentando no quemarse. Ambas lo contemplaban en silencio desde un canto de la cabaña. Al final la curandera rompió el silencio.

- No me habías dicho que él era un lobo azul.
- ¿Un lobo azul? – Interrogó la cazadora con sus verdes ojos interrogantes.
- Sí, un lobo azul. Existen los lobos azules y los lobos escarlata. Este luce como un lobo azul. Pensé que ya no quedaban en los bosques de Iorva... menos en Glasbul. La leyenda contaba que ellos no habían logrado sobrevivir en la densidad de este planeta.

- Ni siquiera sabía que existían variedades de lobos. ¡Con suerte creo que supe de éste! – Argumentó la cazadora.

- Pero este lobo tiene algo extraño, – Mencionó la curandera – Tiene el pelaje veteado de azul, sus ojos son grises... pero su cuerpo es el de un lobo escarlata. Debe ser un mestizo, por eso lo expulsaron de la manada.

- ¿Expulsan a los mestizos? - Interrogó Bruna.

- No lo sé... es una posibilidad. Si alguna vez decide hablar podremos saberlo.



Bruna la observó sorprendida. La curandera era mucho más sabia de lo que delataba. Conocía muchos de los secretos que guardaban los antiguos.
Se acercó con una manta seca hasta donde se encontraba el lobo, comenzó a secar ávidamente su negro cabello. Unos sutiles gruñidos evidenciaron lo placentero que era para él esta caricia. Bruna se detuvo repentinamente... los gruñidos la estimulaban, y no deseaba ser tan evidente. No lograba recordar la última vez que su cuerpo dormido había sentido esas turbaciones, tan ajenas a su realidad.
Emilia yacía fuera de su vista. El lobo la miraba con ojos profundos... como queriendo decirle algo. Atrapó la mano fugitiva de Bruna y la depositó sobre su pecho. La cazadora advirtió algo en aquel gesto, pero estaba tan turbada que no lograba determinar exactamente qué significaba. De pronto solo percibió como la mirada del lupino se nubló de pronto, abruptamente... y cayó al suelo. Emilia acudió de inmediato al distinguir el ruido sordo del amplio cuerpo contra las maderas de su cabaña. Bruna yacía de rodillas al lado del lobo, levantando su cabeza del piso. Emilia se acercó a ella y tan solo con el lenguaje del silencio decidieron trasladarlo hasta un cuarto que había pertenecido a la hermana fallecida de la curandera. Lo cubrieron con gruesas mantas hasta que un sutil arrebol realzó sus pálidas mejillas.


- Ya me sorprendía que hubiese resistido tanto – Acotó la curandera - Ahora tan solo necesita descanso y alimento. Yo podré cuidarlo.


- No – Respondió la cazadora – Yo deseo cuidarlo.

- Está bien, Bruna. Pero tú dormirás con él.

- ¿Yo?, ¿Por qué yo debo dormir con él?

- ¿Deseas o no ganarte la confianza del lobo?- Interroga incrustando sus negros ojos en el glauco bosque de Bruna.

- Si, claro que si. Eso es lo que deseo – Responde la cazadora con una seguridad y firmeza que a ella misma le sorprende.


A veces le daba la sensación de que Emilia estaba media loca. ¿Cómo iba ella a dormir con el hombre bajo un techo ajeno?. Ya había olvidado la última vez que tomó la decisión de invitar a algún varón a pasar una noche sobre su lecho, en su propia casa. La sola idea de compartir la cama le daba pánico, pensar que podía despertar abruptamente con los colmillos del lobo desgarrando su garganta la laceraba, ni hablar de que la viera desnuda, ¡No! Por ningún motivo. Ella dormiría con su armadura y en el suelo, no tenía problema alguno con ello. Así cuidaría del lobo y al mismo tiempo estaría más segura.


Esa tarde el lupino durmió profundamente. Ambas mujeres cuidaron de arroparlo, y conversaron a su lado a la luz del fuego. La bestia, en su interior... recordaba... poco a poco. Había sido tanto tiempo transmutado en animal que ya no recordaba su parte humana. Por más esfuerzos que hacía no lograba evocar las memorias de su pasado. ¿Qué había pasado con él... quién era?. Si... él podía comprender lo que las mujeres hablaban, las palabras no le eran desconocidas. ¡Pero dónde habitaba ese lenguaje en él... dónde estaba!. La mujer de la larga trenza y la armadura brillante había despertado en él aquellas fibras en letargo... esa mujer de cabellos castaños tan similar a la de su pasado. No podía creer lo que estaba sucediendo... reminiscencias asomaban a los bordes de su cerebro, revestidos en la imagen de una mujer de largos cabellos dorados y mirada sigilosa... malvada y ponzoñosa... cargada de llagas y marcas para obsequiarle a su piel de infante en marfil.


- Emilia, ¿Qué sucede?. ¿Acaso el lobo está sudando? – Interroga de pronto la cazadora al ver como miles de gotas perlinas cubrían el rostro ahora encendido del níveo varón.


La curandera se acerca a él presurosa. Deposita una de sus lisas manos sobre la frente del lobo y puede comprobar que éste arde en fiebre.

- Apresúrate, Bruna. Ve y trae de la cocina unos paños limpios y una vasija con agua fresca. Debemos reducir su fiebre. Yo le quitaré algunas mantas.

No faltó mas instrucción para que la cazadora corriese veloz a realizar los menesteres que la curandera le había encargado. Emilia, rauda como el viento aligera sus ropas, quitando algunas pesadas mantas de lana. Bruna aparece en la puerta con lo solicitado por la mujer y lo deposita sobre una rústica “mesa de noche” que habita al lado del camastro. Ella misma embebió la tela, estrujó un poco, y la depositó sobre la frente del lobo.

- Ayúdame a quitar esto, Bruna – Solicitó la mujer – y ambas retiraron por completo las mantas que cubrían al lupino, comenzando a secarlo del sudor que escurría por su cuerpo.

Emilia se detiene casi sin percatarse, en la enorme cicatriz que el lobo tenía a lo largo de su torso. Una gruesa trencilla violácea que iniciaba a la altura de la garganta, y se perdía entre los oscuros vellos de su sexo.

- Debió de ser algo brutal para que quedara esta marca – Menciona la curandera, volviendo a cubrirlo presurosamente. – No debemos permitir que se enfríe – Acotó.


Bruna quedó con dudas en su interior... deseaba preguntar pero el instante no era adecuado para ello. Solo sabía que esa herida era recóndita en demasía y que debió haber sido una experiencia atroz para cualquiera, no solo para el lobo. Se preguntaba cómo había logrado sobrevivir... cómo conseguía cargar con un recuerdo tan profundo sin anhelar la muerte en secreto.
Ya cubierto con ropas más livianas y seco del sudor... ambas mujeres se encargaron de aliviar su fiebre. Pasaron la noche en vela al lado de él cambiando paños, secando humedades y reemplazando agua tibia por fría... mientras que la afable bestia se debatía en asfixias y jadeos, a veces acompañados de sutiles gruñidos que lograban destilar música del cuerpo inerme de Bruna, ambas mujeres se debatían contra la terciana abrasadora... el lobo viajaba a los rincones más inhóspitos de su intimidad.
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Mensaje por Morrigan Navarre » 08 Ene 2008 01:09

“El bosque sublimaba aromas a noche lluviosa. Matices marrones y carmesíes se enredaban en los rayos ambarinos, enmarañados como hilillos de hadas en las espesuras otoñales. Las hojas crujían deliciosamente bajo sus botas de piel mientras avanzaba raudo a través del boscaje. De pronto, al asomarse un poco a través de la espesura, pudo ver cómo las hembras del bosque preparaban todo para el ritual de aquella noche. Noche esperada desde el inicio de los tiempos por aquellas hechiceras milenarias que anhelaban el rito de huesos, tierra y sangre. Al desviar su mirada, encontró de pronto, unos zarcos ojos clavándose entre los suyos.

- Row – Lo llamó una mujer de largos cabellos claros. Iba vestida exquisitamente... sus bellas telas de satén en tonos perlados, contrastaban terriblemente con el abrigo de lana que lucía el muchacho. Él recordaba su nombre... se hacía llamar Igla y había sido expulsada del conciliábulo de hechiceras, el motivo para muchos era un misterio.”


El lobo sudaba abundantemente. Agitaba su cuerpo con visible temblor, mientras sus globos oculares danzaban de forma agitada tras los párpados cerrados. Bruna lo contemplaba, inquieta. Podía adivinar cómo en las entrañas del “ahora” muchacho, se estaba revelando el secreto de las máculas anónimas... el enigma de la huella carmesí encarnada en su pecho. La cazadora cogió la mano de él... como intentando calmar su agonía. Emilia depositó su fresca mano blanca sobre la frente del hombre... ambas mujeres eran prisioneras de la ansiedad... ambas deseaban aliviarlo.

“La mujer giraba sobre sí misma en una danza bruja, mientras su cabello de oro era agitado por el viento indómito. Sus ropas flotaban... como si ella estuviese bajo el agua... todo en ella eran cabriolas voluptuosas y miradas al joven oculto tras el follaje, rayando en lo perverso.
Row observaba en silencio... con la boca entreabierta, encandilado por esta musa aria que danzaba frenética en el alma del bosque...
Esa noche se celebraba La Novena Luna Roja. Unos tambores sonaban a lo lejos mientras la mujer que danzaba, ya se había arrojado frenética sobre el doncel, robándole los besos... depositando en los labios de Row todos los vicios transmutados en sangre. El rojo escurría a través de las bocas fusionadas y resbalaba por cuellos y hombros... tibio como todo pecado... ideal a la carne... incorpóreo y cálido aquel líquido viscoso se depositó en el alma de Row, marcándolo más allá de la piel y de los tiempos.

Los tambores dejaron abruptamente de tocar. La mujer se alzó velozmente del cuerpo de Row, como si saliese de un trance, sacudiendo la cabeza, visiblemente aturdida. A través del follaje aparecen las sacerdotisas con sus miradas de fuego, observando a Igla y condenándola por la eternidad.
Ella había derramado sangre antes de la hora exacta. Ella había maculado la virtud del chiquillo para así quedar libre de las llagas. Ella era la culpable de que el ritual no fuese llevado a cabo. “¡Estúpida!” Le gritaban las mujeres. “¡Eres la reina madre de las necias!”. Una mujer de cabello oscuro y ojos de fuego apareció blandiendo su hacha, dispuesta a ensartarla en su jactancioso y rubio cráneo. La más anciana se lo impidió, reclamando que esa era una salida demasiado fácil.
- Serás condenada a parir hasta que el cuerpo ya no te lo permita - dictaminó la anciana.- Copularás con los machos escogidos del templo, y cobijarás la semilla. Cuando las criaturas nazcan, serán arrebatados de tus brazos y criados por nosotras. Esa es tu merecida sentencia, tú te la has buscado. ¡He dicho! –


- ¡Que así sea! – Acompañaron las demás. Cogiendo a la mujer de ambos brazos y llevándola al interior del bosque, entre gritos y dolorosos lamentos por parte de Igla.


El muchacho yacía desmayado sobre la tierra húmeda y vaporosa. La anciana lo miró casi con ternura... “pobre chico”, susurró a la niebla... “cargar con una culpa que no le corresponde”. Acto seguido, asió con ambas manos su báculo... y elevándolo a las alturas, dispuso:

- ¡Liberarás a la bestia de su ergástula... dejarás que te posea por completo. Deambularás errante por los mundos hasta que llegue aquel que te redimirá. Será guerrero y abandonará los brazos de la muerte para salvaros de la mancilla, solo ahí quedarás libre de huella y podrás volver a ser un hombre.!

Dicho esto, la anciana con paso firme, se retiró del lugar antes que la magia del cosmos produjese su efecto sobre el moribundo muchacho.


Los primeros rayos del sol se colaban a través de las grietas de la ventana, iluminando el rostro dormido de Bruna, la cual yacía a los pies de la cama, mientras que Emilia reposaba sobre una silla... medio desplomada... tal como la venció el sueño. Los negros cabellos del hombre estaban sueltos, cayendo hasta sus hombros en dóciles ondulaciones que acariciaban su espalda de jaspe. Tenía las mejillas sonrosadas y sus azabaches ojos brillaban a la luz, rebosantes de vida. Sus sentidos estaban absortos, descubriendo a Bruna... la mujer plagada de marcas. Bajo todas aquellas escaras sin duda debía ser una mujer agraciada, pero no conseguía imaginarla sin ellas, hacían parte de su sello. Ella, la mujer implacable, con su armadura lustrosa y sus armas recién afiladas. No pudo evitar deslizar una de sus manos hacia el brazo izquierdo de Bruna... deslizar sus dedos sobre aquella piel cubierta de surcos, recorrer los intrincados diseños de su armadura. Despejó el rostro de unos cabellos sueltos que caían sobre ella. La cazadora se movió en sueños, restregando su nariz con la muñeca. Él se acercó despacio... instaló la punta de su nariz en el pliegue de su cuello, pero sin tocarlo. Absorbió el aroma extasiado, olía a sangre y a bosque... deliciosamente familiar.
Bruna abrió sus ojos lánguidamente. El sol le hacía eclipsar un poco la mirada y además fruncir el ceño por el contacto directo. No lograba ver con claridad. Una respiración demasiado cercana la hizo orientar sus sentidos en alerta, inconscientemente tensó su musculatura mientras desplazaba sutilmente sus manos hacia una garganta desconocida.
El hombre, de improviso, capturó en su boca los labios trémulos de la mujer. Las manos viajeras de Bruna quedaron estáticas en el aire... sostenidas por la nada. Despacio, él se deslizó sobre el camastro hasta quedar inclinado sobre ella, entreabriendo su boca para absorber aquellos bordes en capullo de la cazadora. Una rosada lengua traspasó el umbral del decoro, refugiándose en aquel abismo irascible. Las manos de Bruna descendieron indómitas a enredarse en la cabellera de ébano, mientras sus fibras internas estallaban en llamaradas brutales, extasiando sus movimientos. Tenues gruñidos escapaban de la garganta de Row, evidenciando los vestigios animales que jamás dejarían de acompañarlo.
Emilia claudicó en silencio mientras los amantes se reconocían. Era un hermoso amanecer a pesar del frío que habitaba en los bosques. Se enrolló en su capa de lana y salió a la intemperie, satisfecha por haber cumplido el pacto con su abuela. La verdad es que ella no se había propuesto las cosas de ese modo, todo llegó a su puerta de un modo inverosímil, en las manos de una hembra. Jamás pensó que sería una hembra la que redimiría al varón mancillado por aquella sangre mefítica. Ella, en la mentalidad propia de una hechicera, además criada por las sacerdotisas guerreras del bosque, jamás pensó en una mujer. Imaginó muchas veces que aparecería un guerrero y que éste iría en busca del lobo. Fantaseó muchos arduos entrenamientos, ardidas luchas, tardes meditativas y noches en vigilia... “Secretamente cobijé la imagen de un guerrero porque en el fondo deseo y extraño no tener a un compañero”, se dijo. Era cierto... ella había idealizado de cierto modo la imagen del guerrero sin nombre, ese que desde pequeña apareció en las historias de infancia que su madre y su abuela le relataban antes de ir a dormir. Ese que tenía un rostro a la medida, un talante y un modo, el cual calzaría a la perfección con su molde. “Creo que he nacido para esta misión, mi destino será partir sola de este mundo”, pensó. Un poco nostálgica, se dedicó a caminar por el frío espesor del boscaje, despidiéndose de aquella fantasía que alimentó sus noches solitarias y los escarchados amaneceres en aquella cabaña taciturna. Su cuerpo maduro jamás había probado tacto masculino. Ella había sido una de las vírgenes escogidas para guarecer el templo secreto de las sacerdotisas del bosque, ella debía custodiar el fuego sagrado hasta que los astros dibujasen los símbolos exactos en el firmamento, para entonces reunir a las otras custodias y realizar el ritual que aguardaba desde el principio de los tiempos en el fondo de sus huesos.
El sol ya estaba alto. Calculaba que habían pasado unas tres horas desde que había dejado a los amantes en su cabaña. Pensó que ya era una oportunidad adecuada para regresar, no sin antes husmear cautelosa por alguna ventana para no entorpecer algún vínculo entre los amantes.
Ingresó a su morada con paso tranquilo, pensando en todo aquello que su abuela relataba en antaño. Reavivó con algunos leños las brasas del fogón, deseaba tomar un caldo, venía con las manos dormidas del frío. Recordó a la pareja y decidió preguntarles si deseaban también beber un poco de aquel caldo, ella no dudaba a que ellos accederían, pero por cortesía quiso interrogar de todos modos. Se acercó al cuarto donde había descansado el muchacho lobo, haciendo evidente ruido para advertir su presencia. La puerta estaba abierta hasta atrás... Emilia se asomó prudente para tan solo encontrarse con la pareja dormida bajo las gruesas mantas, entrelazados. Ambos delataban un leve arrebol en las mejillas, la curandera se acercó un poco más para contemplarlos... y sorprendida descubrió que ellos habían logrado revelar el secreto de los antiguos. Creer... confiar... permitir... amar. Ambas pieles lucían increíblemente lisas, tersas como en antaño. Bruna descansaba sobre el pecho del muchacho, con el torso desnudo y su cabello castaño desparramado sobre ambos cuerpos y mullidas almohadas. Ambas teces lucían bruñidas, con una nueva efervescencia que delataba la naturaleza de lo confesado por el universo: Amar es un antiguo misterio... para penetrar en él, debes ser lo suficientemente humilde como para creer, lo bastantemente aventurado como para confiar y lo necesariamente sabio como para permitir y permitiros vivirlo vehementemente... sin mascaradas, sin armaduras, sin turbaciones. Siempre habrá un lobo para una cazadora... y una cazadora para un lobo. Siempre.

Fin.
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Aelo
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Mensaje por Aelo » 08 Ene 2008 01:27

No sé a los demás, pero a mi me gusta esta historia, si que si.

¿Vieron que si volvería?

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Morrigan Navarre
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Mensaje por Morrigan Navarre » 08 Ene 2008 04:50

Gracias Aelo, por lo de loca y porque te agrada mi historia :D

Pues si... la verdad es que andaba ocupada porque he tenido bastante trabajo estos días y no me había dado el tiempo de asomar mi nariz por acá. Pero en fin... ahí está la historia completita. Ojalá les guste.
Bytes!
Morrigan Navarre.

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