¿Verdad que siempre tiene que pasarme algo?
Episodio III. Primeras impresiones
Lo de perder el equipaje no es algo tan inusual, lamentablemente. Después de tantos viajes, tantos vuelos, tantas experiencias ajenas que nos habían contado, alguna vez tenía que tocar. De hecho, no sé si me creeréis, pero, sinceramente, en este viaje tenía el presentimiento de que algo iba a pasarle a nuestro equipaje. Por ese motivo, nos tomamos la molestia de repartir toda la ropa entre las dos maletas (por cierto, son idénticas salvo por el color, una roja y la otra granate). Cuando digo toda es toda: una camiseta mía aquí y otrá allá, unos calcetines de Mª Carmen aquí y otros allá, un pantalón de ella aquí y otro acullá...
Los que me conocen bien, saben que no exagero. Soy extremadamente previsor y precavido. Pero, al contrario de lo que nos cuentan en las películas, esta "cualidad" no es infalible. El azar siempre juega en nuestra contra y es más poderoso. Por eso me fastidió doblemente que se perdieran simultáneamente ambas maletas, a pesar de mi intuición al respecto.
Pero no quiero alargar la angustia. La guía del operador que nos atendió la primera mañana nos confirmó que todas las semanas ocurría esto y se llevaban maletas de más al crucero, algo que venía sucediendo para su desazón desde hacía más de un año (otro punto menos para el operador). Sin embargo, esto nos tranquilizaba porque era muy posible que, en efecto, ambas maletas estuvieran esperando dueño en el puerto de La Habana. El crucero zarpaba esa noche, a las nueve. Como la guía no localizaba al responsable del operador en el barco (tenía el móvil desconectado), nos sugirió con franqueza que fuéramos nosotros mismos al puerta a recoger las maletas y llevarlas al hotel, pasando factura luego a quien correspondiera. Es lo primero que hicimos. Una vez en La Habana, nos dirigimos a la terminal, donde estaba fondeado el único buque de pasajeros de toda la ciudad (el del operador), y buscamos al responsable que, según nos dijeron, ya estaba llevando las maletas perdidas a sus propietarios. Horas más tarde, hablaríamos con él para corroborar que nuestras maletas estaban entre las que iba repartiendo.
De todas formas, el día había amanecido luminoso y el hotel era tan confortable que olvidabas los problemas. Desayunamos abundantemente y, tras hablar con la guía, tomamos el primer autobús al centro. Este hotel, el Meliá Habana, se encuentra en el barrio de Miramar, uno de los más lujosos -si puede decirse así-, bastante distante del casco histórico. Pero desde hace poco han puesto a disposición gratuita de los clientes una lanzadera que conecta el hotel con la ciudad durante casi todo el día. Es una ventaja, porque ahorras mucho dinero en taxis, el único medio de transporte alternativo.
Una vez en la ciudad, comprobé que lo que había visto por la noche era cierto. La Habana estaba que se caía a trozos... Pero, con la luz del sol, todo tomaba otro color. La gente, los mercadillos, daban vida a La Habana.
Desde la Plaza de San Francisco, donde se encontraba la terminal portuaria, emprendimos la marcha por la calle Brasil hacia el Capitolio. Tal como veis en la foto, se aprecia la extrema pobreza de la ciudad. Esta larga calle, por ejemplo, era principal, pero se apartaba tan sólo una manzana (una cuadra, dicen en América) de los itinerarios turísticos. Por la noche, al contrario que ocurría con la iluminada calle Obispo, la Brasil aparecía tan oscura como la boca del lobo.
Lo más caro de Cuba son las entradas para visitar los museos y monumentos, está claro por qué. Sin embargo, nos pareció que entrar en el Capitolio bien merecía la pena. Así lo hicimos. Se trata, seguramente, de uno de los edificios más ostentosos de La Habana. Vimos la cámara de las cortes, utilizada sólo para actos académicos hoy en día, el lujoso salón Simón Bolívar, la rotonda bajo la cúpula en cuyo centro un diamante hace de punto cero para todas las carreteras cubanas...
Y, al salir del Capitolio, el mundo real. Edificios despintados, con fachadas desconchadas, andamios por doquier, coches de los años cincuenta, algunos muy cuidados y otros oxidados, y -prestad especial atención al gran vehículo de color morado y rosa en la foto- enormes "camellos" transportado gente como ganado.
Aparte de la amabilidad de los cubanos, siempre risueños y dispuestos a ayudarte, me sorprendió ver que había papelerías y librerías, muy sencillas pero bien dotadas. En cambio, en los supermercados había grandes carencias. Por ejemplo, los artículos de perfumería escaseaban y siempre estaban vigilados por un dependiente, como también pasaba con la leche y otros productos.
Para que lo entendáis, los habitantes tienen cartillas de racionamiento para abastecerse de los productos básicos (poca cantidad de todo: huevos, aceite, arroz, frijoles, carne de puerco) y cobran su sueldo en pesos cubanos, pero casi todo se vende en pesos convertibles (CUC). Cada CUC equivale a 24 pesos cubanos. Si un cubano necesita un bote de champú, tiene que ir al banco para conseguir CUC y luego ir a la tienda. Si tiene suerte y hay algún bote a la venta, se lo llevará a casa. Pero le habrá costado un pastón. ¡Tienen que ahorrar para comprar algo tan elemental como un bote de champú!
Sin embargo, no hay un solo cubano con el que tropieces que no huela bien; todos llevan algún tipo de fragancia que esconde su pobreza y aumenta su dignidad. Puede parecer petulante por mi parte este comentario, pero es que en otros países como Egipto, injustificadamente, los lugareños no eran muy dados a acicalarse. En Cuba hacen todo lo posible por tener buen aspecto.
Continuamos el paseo hacia el casco antiguo de nuevo, para conocer la Plaza de la Catedral, monumento que me pareció más pequeño de lo que esperaba, pero, en cambio, más hermoso. A pesar de nuestros repetidos intentos, no conseguimos visitar su interior.
Muy cerca, se encuentra uno de los rincones más visitados y afamados, La Bodeguita del Medio, donde puedes probar los más conocidos mojitos -cóctel de ron, cómo no, con limón- y saborear la rica cocina criolla y cubana. A pesar de que los precios eran altos, en comparación con otros establecimientos, recomiendo probar. Nosotros cenamos, pero sólo tuvimos que pedir un plato principal para dos, porque ponen mucha cantidad.
Y al atardecer, el malecón, tantas veces mencionado por poetas y novelistas. Impresiona este paseo de nueve kilómetros que bordea toda la ciudad, la cual alberga a unos dos millones y medio de personas. Pero he de decir que es mucho más encantador el paisaje de Cádiz, ése que dicen que fielmente recuerda al Malecón habanero y así se muestra en la última película del agente 007, por ejemplo.
Antes de la cena en la Bodequita del Medio, hicimos parada en el Floridita, otro establecimiento digno de una visita, particularmente por la noche. Tal como reza el anuncio de neón, allí pueden tomarse los mejores daiquirís. Doy fe de ello.
Nuestra parada en el Floridita sirvió para relajarnos al son de la música (en todas partes encontrarás una pequeña orquesta cantando buenas canciones, todos son unos artistas) y con el sabor del cóctel. Era de agradecer después del duro paseo por las oscuras calles de La Habana. Para volver a la Habana Vieja no tomamos por el Malecón, sino por las calles del interior y los silbidos de los chiquillos haciéndose señales al acecho de los turistas nos inquietaron. Vuelvo a ser fiel a la realidad, pues un ciudadano al que preguntamos para orientarnos nos advirtió por qué calles tomar para eludir la alta delincuencia. Puedo decir que finalmente, siguiendo la dirección de las calles más transitadas, aunque fueran oscuras, nada nos sucedió y pronto volvimos a la multitud.
Antes de abandonar el Floridita, le pedí al buen señor Hemingway que me permitiera posar con él como recuerdo.
Nota: Si viajais a Cuba, hacedlo con euros en metálico. Los dólares están sometido a un 20% de retenciones por impuestos en el cambio. Y el uso de tarjetas de crédito o débito a un 12%, sean cuales sean. De eso no advierten las agencias de viaje. De hecho, el catálogo de nuestro operador queda completamente anticuado en ese sentido. A propósito de esto, evitad viajar con Pullmantur. A nosotros nos ha ido bien después de todo, pero estamos descontentos con ellos.