Bueno, pues como me estoy aficionando últimamente a dar mi opinión de casi todo lo que leo por aquí, os voy a dar la oportunidad de que os venguéis de mis críticas...
Os pongo un cuento cortito basado en unos hechos reales que ocurrieron en el Zoo de Londres estando yo en Inglaterra hace años.
Recientemente lo retoqué un poco, casi nada, así que, básicamente, es el texto que escribí entonces. Está lleno de la ingenuidad que tenía uno en aquel tiempo... Quizás por eso le tengo un cariño especial. No es ninguna maravilla, aunque espero que no os disguste demasiado.
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Sam y Dafne
En el zoológico de Londres hay multitud de canales y estanques que sirven de hogar a numerosas aves acuáticas: patos, gansos, ocas, garzas, flamencos, cisnes... Entre esos cisnes hay dos que viven emparejados; sus cuidadores, cuando aún eran polluelos les pusieron de nombre Dafne a la hembra y Sam al macho.
Sam y Dafne viven pacíficamente, acuden a las llamadas de todo aquel que les ofrece alguna golosina, se dejan acariciar por todos y cuando toman algo de la mano de los niños procuran hacerlo suavemente para no dañarlos sin querer: les encantan los críos.
Al caer la tarde, cuando todos los visitantes se han marchado y el ocaso irradia su luz sobre las aguas del estanque, Sam y Dafne, muy juntos, nadan suavemente, como danzando sobre los destellos dorados del agua. Si fueran humanos se podría pensar que recuerdan cuando se comprometieron: posiblemente Sam le reprocharía a Dafne lo coqueta que era antes de aceptarle y Dafne le diría a Sam que sólo quería hacerle rabiar, y que se decidió a darle el sí cuando Sam, valiente, salió en su defensa el día aquel que los gansos se metieron con ella...
Cuando la oscuridad les rodea por completo, se retiran a descansar, muy unidos, a su rincón favorito. En esa noche apacible, sin una nube, la luna y las estrellas reflejándose en la superficie del estanque parecen querer compartir con los cisnes la Nochebuena de los humanos.
A la mañana siguiente, las luces del alba parecen inyectar energía en Sam que no hace más que revolotear al lado de su compañera, lanzándole leves picotazos que apenas la rozan. Si fueran humanos se podría pensar que Sam está besando a Dafne, animándola a ser feliz, diciéndole que es el día de Navidad y que vendrán muchos niños a verlos.
Los primeros visitantes van acudiendo al zoológico. Un grupo de mozalbetes se acerca al estanque de los cisnes. Dafne, al verlos, se dirige confiada hacia ellos; Sam, por el contrario, se queda en el centro del estanque: él prefiere a los niños.
Uno de los muchachos le ofrece algo a Dafne; ella, inocentemente, sale del agua y se acerca a cogerlo. De pronto, otro de los chicos enarbola un bate de béisbol y descarga varios golpes sobre la cabeza del pobre cisne que no puede hacer nada por evitarlo. Dafne, sin un gemido, se desploma sobre el césped de la orilla.
Sam, desde lejos, lo ha visto y graznando a más no poder, se abalanza sobre los infames muchachos, pero cuando quiere llegar a la orilla, éstos se ha puesto fuera de su alcance y se alejan entre risas y burlas sin sentido.
Dafne, en el suelo, yace inmóvil, nunca más volverá a moverse. Sam la mira, la acaricia con su pico, la incita a levantarse. Si fuera humano, lloraría, pero no sabe; si supiera, podría descargar con sus lágrimas toda la amargura y la pena que le han puesto dentro los seres humanos que han matado a su Dafne.
Cuando los cuidadores del zoo acuden a recoger el cuerpo de Dafne, Sam les hace frente; no deja que se la lleven, no se quiere quedar solo, desea quedarse junto a ella para siempre...
Desde ese día, Sam vaga solo por el estanque, no acude a las llamadas de los niños, no chapotea en el agua, apenas come. Si fuera humano se podría pensar que sólo piensa en Dafne, que sin ella su vida no tiene sentido, que sufre recordando sus puestas de sol junto a Dafne...
Los cuidadores, preocupados, han traído jóvenes cisnes hembra al estanque de Sam, intentando que se empareje de nuevo, pero sus esfuerzos son en vano: Sam sólo busca la soledad. Si fuera humano se podría pensar que le embarga la tristeza, que no puede vivir sin Dafne.
El catorce de Febrero, fiesta de San Valentín, Día de los enamorados, hay un ovillo de plumas blancas en la orilla del estanque. Al recogerlo, un cuidador reconoce a Sam y lo lleva rápidamente a los veterinarios, pero éstos no pueden hacer nada por el pobre Sam: está muerto. Para ellos se trata de un caso típico: no pudo soportar por más tiempo la falta de su compañera. Si Sam hubiera sido humano hasta se podría pensar que ya es feliz porque ha conseguido reunirse con su Dafne...
Sam ha muerto el Día de San Valentín, ha muerto el Día de los enamorados, y el diagnóstico de los veterinarios ha sido que murió de amor.
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Ahora, lo que sí os pido, es que seáis sinceros. Nada de "mentiras piadosas"
