Estudios sobre el amor, José Ortega y Gasset

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Estudios sobre el amor, José Ortega y Gasset

Mensaje por 1452 » 25 Mar 2008 19:21

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El libro Estudios sobre el amor se publicó inicialmente en 1939 y en Buenos Aires. A los ensayos que llevan ese título (de 1926 y 1927) agregó entonces Ortega otros de tema afín, pero en las sucesivas y numerosas reediciones del libro esa segunda parte experimentó cambios por incluirse o extraerse de la misma algunos de ellos. En esta nueva edición, además de los estudios que originaron el libro -los titulados «Facciones del amor», «Amor en Stendhal» y «La elección en amor»-, he incluido otros artículos y ensayos (de fechas precedente y posterior) en los que converge la doble circunstancia de la afinidad temática y de no formar parte de los otros libros de Ortega que aparecerán en esta misma colección. Su contenido es el más completo y extenso de los publicados bajo este título, y, por primera vez, alberga los ensayos denominados «El manifiesto de Marcela», «La poesía de Ana de Noailles» y «Meditación de la criolla».
La presencia del tema en la obra del autor no es, ciertamente, azarosa. Su pensamiento central es la consideración de la vida humana entendida como realidad radical; pero lo humano aparece condicionado por el hecho de ser, en su raíz, dual, viril y femenino. Y la amplia cuestión tratada en estas páginas es, en rigor, cuanto se origina directamente en esa división básica. Quizá no sea ocioso advertir que se trata de uno de los caracteres más decisivos en la vida de la humanidad, pero menos frecuentados por la meditación, por tanto, más urgentes que un pensador debe afrontar. Así, en otras páginas suyas -en El Espectador, I- escribía Ortega: «Abrigo la creencia de que nuestra época va a ocuparse del amor un poco más seriamente que era uso... Desde todos los tiempos ha sido lo erótico sometido a un régimen de ocultación. El Espectador se resiste a aceptar que en el espectáculo de la vida haya departamentos prohibidos. Hablaremos, pues, a menudo de estas cosas, las únicas en que Sócrates se declaraba especialista.».
Así pues; puede afirmarse que el propósito de Ortega en todas estas páginas responde al título de otro de sus estudios sobre el tema: «Para la cultura del amor» (incluido en El Espectador, 11). Pese al incomparable relieve que la aventura amorosa tiene siempre es bien poco lo que sobre el amor se sabe. No hay, todavía, una cultura del amor, aunque ningún afán suelta tanto la palabra ni solicita con tal vehemencia el consejo. Y esta escandalosa incultura es causa inequívoca de muchos desajustes y zozobras del mundo contemporáneo.
Con reiteración e insistencia, desde sus escritos juveniles hasta los de madurez, Ortega ha cumplido su proyecto de ocuparse extensamente del magno tema. Una antología que seleccione cuanto el autor ha escrito sobre el asunto en su vasta obra requiere muchas páginas 1. Pero en esta nueva edición de los Estudios sobre el amor, en la que el texto se ha revisado y cotejado con los originales, se contienen los ensayos más conclusos y sustanciales para iniciarnos en la deseada «cultura del amor».

http://www.geomundos.com/cultura/poemancipado/estudios-sobre-el-amor_doc_13427.html
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Estudios sobre el amor, de J. Ortega y Gasset

Mensaje por WaraWara » 27 Mar 2008 00:34

Precisamente ayer estaba repasando mi colección de libros dedicados a citas y aforismos publicados por la Editorial Edhasa, y en medio encontré el de "Estudios sobre el amor", que no recordaba... Sin embargo, tampoco ahora es su oportunidad; decidí dejarlo para otra ocasión. Lo siento.

Buenas noches, B.
No me indigno, porque la indignación es para los fuertes; no me resigno, porque la resignación es para los nobles;
no me callo, porque el silencio es para los grandes. Y yo no soy fuerte, ni noble, ni grande.
- Pessoa -

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Mensaje por 1452 » 27 Mar 2008 11:44

Pues bien: imagínese un hombre o una mujer que hagan del amor in genere, abstractamente, el ideal de su acción vital. Seres así vivirán constantemente enamorados en forma ficticia. No necesitan esperar que un objeto determinado ponga en fluencia su erótica vena, sino que cualquiera servirá para el caso. Se ama el amor, y lo amado no es, en rigor, sino un pretexto. Un hombre a quien esto acontezca, si es aficionado a pensar, inventará irremediablemente la teoría de la cristalización.
Stendhal es uno de estos amadores del amor. En su libro reciente sobre La vida amorosa de Stendhal, dice Abel Bonnard: «No pide a las mujeres otra cosa que autorizar sus ilusiones. Ama con el fin de no sentirse solo; pero, en verdad, se fabrica él solo las tres cuartas partes de sus amores.»
Hay dos clases de teorías sobre el amor. Una de ellas contiene doctrinas convencionales, puros tópicos que se repiten, sin previa intuición de las realidades que enuncian. Otra comprende nociones más sustanciosas, que provienen de la experiencia personal. Así en lo que conceptualmente opinamos sobre el amor se dibuja y revela el perfil de nuestros amores.
En el caso de Stendhal no hay duda alguna. Se trata de un hombre que ni verdaderamente amó ni, sobre todo, verdaderamente fue amado. Es una vida llena de falsos amores. Ahora bien: de los falsos amores sólo puede quedar en el alma la melancólica advertencia de su falsedad, la experiencia de su evaporación. Si se analiza y se descompone la teoría stendhaliana, se ve claramente que ha sido pensada del revés; quiero decir que el hecho culminante en el amor es para Stendhal su conclusión. ¿Cómo explicar que el amor concluya si el objeto amado permanece idéntico? Sería preciso más bien suponer -como hizo Kant en la teoría del conocimiento- que nuestras emociones eróticas no se regulan por el objeto hacia que van, sino al contrario: que el objeto es elaborado por nuestra apasionada fantasía. El amor muere porque su nacimiento fue una equivocación.
Chateaubriand no hubiera pensado así, porque su experiencia era opuesta. He aquí un hombre que -incapaz de sentir el amor verdaderamente- ha tenido el don de provocar amores auténticos. Una y otra y otra han pasado junto a él y han quedado súbitamente transidas de amor para siempre. Súbitamente y para siempre. Chateaubriand habría forzosamente urdido una doctrina en la cual fuera esencial al amor verdadero no morir nunca y nacer de golpe.
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Mensaje por Agatha » 29 Mar 2008 12:25

Lo leí cuando era mu jovencita y me encantó, pero quizás tendría que releerlo para ver qué me parece ahora.

¿Qué tal para ti, 1452?
Estoy leyendo: La justicia de los inocentes - Elizabeth George.



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Mensaje por 1452 » 29 Mar 2008 12:46

De momento me está apasionando, Agatha :D
Además éste es uno de esos libros que daría mucho de sí para un club de lectura, porque tiene muchos puntos sobre los que se puede debatir largamente.
Algunas cosas de las que expone Gasset, ya las percibía como él y otras me las está descubriendo y me tiene anodada, porque son realmente sorprendentes y geniales.
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Mensaje por Agatha » 29 Mar 2008 13:21

Veo que sus ideas siguen estando de actualidad :D Me voy a plantear releérmelo :meditando: :wink:
Estoy leyendo: La justicia de los inocentes - Elizabeth George.



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Mensaje por 1452 » 29 Mar 2008 13:24

Agatha, hasta donde llevo leído, desde luego creo que sus ideas siempre estarán de actualidad y el día que no lo estén, habrá cambiado el mundo tanto, que no sé si se podrá llamar mundo.
Se nota que me tiene totalmente entregada, ¿no? :D
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Mensaje por Agatha » 30 Mar 2008 09:59

A mí me provocaba lo mismo, es más, tengo todo el libro subrayado :lol:
Estoy leyendo: La justicia de los inocentes - Elizabeth George.



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Mensaje por 1452 » 31 Mar 2008 20:48

Agatha, no voy siquiera por la mitad del libro y tengo una libreta al lado en la que voy tomando apuntes...¡catorce páginas tengo de anotaciones! :shock:
Ahora se empieza a poner más interesante, porque ya he encontrado un par de cosas, en las que en principio, no estoy muy de acuerdo con Gasset.
Una de ellas que viene más o menos a decir, que la mujer es amante de la rutina y el hombre de la aventura. En principio no lo niego, pero tampoco lo puedo afirmar.
Otra, que la mujer tiene menos imaginación (no me queda demasiado claro si refiriéndose en concreto a la lujuria o en general) que el hombre. Aunque de esta última afirmación da una serie de puntos, marcando las excepciones y ahí, quizás estoy a medio camino para estar de acuerdo con él.
La verdad es que te hace reflexionar largo y tendido.

Voy a poner una de las decenas de anotaciones que tengo...
...en la elección de la amada revela su fondo esencial el varón; en la elección del amado, la mujer. El tipo de humanidad que en el otro ser preferimos, dibuja el perfil de nuestro corazón.
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Muerta me acabo de quedar con lo siguiente :shock:
¿Hasta qué punto puede alojarse en la mujer la genialidad lírica? La cuestión es poco galante y corre riesgo de suscitar en contra todas las banalidades del feminismo. No obstante, algún día será preciso responder a esta pregunta con toda claridad. Por ahora, permítaseme una ligera indicación. El lirismo es la cosa más delicada del mundo. Supone una innata capacidad para lanzar al universo lo íntimo de nuestra persona. Mas, por lo mismo, es preciso que esta intimidad nuestra sea apta para semejante ostentación. Un ser cuyo secreto personal tenga más o menos carácter privado producirá una lírica trivial y prosaica. Hace falta que el último núcleo de nuestra persona sea de suyo como impersonal y éste, desde luego, constituido por materias trascendentes.
Ahora bien: estas condiciones sólo se dan en el varón. Sólo en el hombre es normal y espontáneo ese afán de dar al público lo más personal de su persona. Todas las actividades históricas del sexo masculino nacen de esta su condición esencialmente lírica. Ciencia, política, creación industrial, poesía, son oficios que consisten en dar al público anónimo, dispersar en el contorno cósmico lo que constituye la energía íntima de cada individuo. La mujer, por el contrario, es nativamente ocultadora. El contacto con el público, con el derredor innominado, produce automáticamente en la mujer normal un cauto hermetismo. Ante «todos», el alma femenina se cierra hacia dentro.
Al revés que el hombre, el cual, en la relación privada o individual con otro semejante -una mujer u otro varón-, es siempre insincero, torpe e insignificante. Es vano oponerse a la ley esencial y no meramente histórica, transitoria o empírica, que hace del varón un ser sustancialmente público y de la mujer un temperamento privado. Todo intento de subvertir ese destino termina en fracaso. No es azar que la máxima aniquilación de la norma femenina consista en que la mujer se convierta en «mujer pública», y que la perfección de la misión varonil, el tipo más alto de existencia masculina, sea el «hombre público».
Ese mecanismo de sinceridad que mueve al lirismo, ese arrojar fuera lo íntimo, es en la mujer siempre forzado, y si es efectivo, si no es una ficticia confesión, sabe a cínico. Conviene a este propósito recordar que ha habido un género literario donde sólo han descollado mujeres y donde siempre el hombre ha fracasado: el género epistolar. Es él la única forma privada de la literatura y, como tal, estaba predispuesto para la mujer. En cambio, el hombre no acierta a escribir cartas, porque, sin darse cuenta, convierte al corresponsal en todo un público y hace ante él gestos de escenario. Cuando se da el caso de que una mujer posea facilidad y gracia bastantes para transmitir a la muchedumbre su secreto personal de una manera convincente y auténtica, descubrimos que esa intimidad femenina, tan deliciosa bajo la luz de un interior, puesta al aire libre resulta la cosa más pobre del mundo. La personalidad de la mujer es, más bien, un género que un individuo. Me parece vano querer cegarse ante esta evidente realidad, que explica tan bien la labor de la mujer en la Historia y la perpetua mala inteligencia interpuesta entre ambos sexos.Ello es que la mejor lírica femenina, al desnudar las raíces de su alma, deja ver la monotonía del eterno femenino y la exigüidad de sus ingredientes. (...) Si hubiese habido mayor número de mujeres dotadas de los talentos formales para la poesía, sería patente e indiscutido el hecho de que el fondo personal de las almas femeninas es, poco más o menos, idéntico.
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Mensaje por Icar » 31 Mar 2008 23:36

Mil, a este libro le tengo un especial cariño, pues el tema me atrajo mucho en su tiempo.
No comparto quizás muchas reflexiones de OyG, pero coincido contigo en que hay muchas ideas para el debate.

Apunto al principio del libro las siguientes reflexiones:
Diferencia entre amor y deseo:

- Desear algo es la tendencia a la posesión de ese algo….. Por esa razón el deseo muere automáticamente cuando se logra. El amor, en cambio es, un eterno insatisfecho.

- El deseo tiene un carácter pasivo… Se desea que el objeto venga a mí. En el amor todo es actividad… En el acto amoroso se sale fuera de si…. No ella hacia mi yo gravito hacia ella… ( ella es la persona amada, ojo aquí OyG se refiere al amor en general, entre hombre y mujer, entre padres e hijos entre hermanos, a Dios,….).. Va del amante al amado… No se trata que nos movamos físicamente hacia lo amado… Este constante estar emigrando es estar amando.

También me gusta mucho el pensamiento/frase “Amar una vez es estar empeñado en que exista; no admitir, en lo que depende de uno, la posibilidad de un universo dónde aquel objeto esté ausente. Pero nótese que esto viene a ser lo mismo que estar continuamente dándole vida, en lo que de nosotros depende, intencionalmente.

A mi estas reflexiones me gustan...

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Mensaje por Icar » 31 Mar 2008 23:45

1452 escribió:Una de ellas que viene más o menos a decir, que la mujer es amante de la rutina y el hombre de la aventura. En principio no lo niego, pero tampoco lo puedo afirmar.

Otra, que la mujer tiene menos imaginación (no me queda demasiado claro si refiriéndose en concreto a la lujuria o en general) que el hombre. Aunque de esta última afirmación da una serie de puntos, marcando las excepciones y ahí, quizás estoy a medio camino para estar de acuerdo con él.
La verdad es que te hace reflexionar largo y tendido.


Me da que es una reflexión machista... :roll:

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Mensaje por Icar » 31 Mar 2008 23:54

1452 escribió:¿Hasta qué punto puede alojarse en la mujer la genialidad lírica? La cuestión es poco galante y corre riesgo de suscitar en contra todas las banalidades del feminismo. No obstante, algún día será preciso responder a esta pregunta con toda claridad. Por ahora, permítaseme una ligera indicación. El lirismo es la cosa más delicada del mundo. Supone una innata capacidad para lanzar al universo lo íntimo de nuestra persona. Mas, por lo mismo, es preciso que esta intimidad nuestra sea apta para semejante ostentación. Un ser cuyo secreto personal tenga más o menos carácter privado producirá una lírica trivial y prosaica. Hace falta que el último núcleo de nuestra persona sea de suyo como impersonal y éste, desde luego, constituido por materias trascendentes.
Ahora bien: estas condiciones sólo se dan en el varón. Sólo en el hombre es normal y espontáneo ese afán de dar al público lo más personal de su persona. Todas las actividades históricas del sexo masculino nacen de esta su condición esencialmente lírica. Ciencia, política, creación industrial, poesía, son oficios que consisten en dar al público anónimo, dispersar en el contorno cósmico lo que constituye la energía íntima de cada individuo. La mujer, por el contrario, es nativamente ocultadora. El contacto con el público, con el derredor innominado, produce automáticamente en la mujer normal un cauto hermetismo. Ante «todos», el alma femenina se cierra hacia dentro.
Al revés que el hombre, el cual, en la relación privada o individual con otro semejante -una mujer u otro varón-, es siempre insincero, torpe e insignificante. Es vano oponerse a la ley esencial y no meramente histórica, transitoria o empírica, que hace del varón un ser sustancialmente público y de la mujer un temperamento privado. Todo intento de subvertir ese destino termina en fracaso. No es azar que la máxima aniquilación de la norma femenina consista en que la mujer se convierta en «mujer pública», y que la perfección de la misión varonil, el tipo más alto de existencia masculina, sea el «hombre público».
Ese mecanismo de sinceridad que mueve al lirismo, ese arrojar fuera lo íntimo, es en la mujer siempre forzado, y si es efectivo, si no es una ficticia confesión, sabe a cínico. Conviene a este propósito recordar que ha habido un género literario donde sólo han descollado mujeres y donde siempre el hombre ha fracasado: el género epistolar. Es él la única forma privada de la literatura y, como tal, estaba predispuesto para la mujer. En cambio, el hombre no acierta a escribir cartas, porque, sin darse cuenta, convierte al corresponsal en todo un público y hace ante él gestos de escenario. Cuando se da el caso de que una mujer posea facilidad y gracia bastantes para transmitir a la muchedumbre su secreto personal de una manera convincente y auténtica, descubrimos que esa intimidad femenina, tan deliciosa bajo la luz de un interior, puesta al aire libre resulta la cosa más pobre del mundo. La personalidad de la mujer es, más bien, un género que un individuo. Me parece vano querer cegarse ante esta evidente realidad, que explica tan bien la labor de la mujer en la Historia y la perpetua mala inteligencia interpuesta entre ambos sexos.Ello es que la mejor lírica femenina, al desnudar las raíces de su alma, deja ver la monotonía del eterno femenino y la exigüidad de sus ingredientes. (...) Si hubiese habido mayor número de mujeres dotadas de los talentos formales para la poesía, sería patente e indiscutido el hecho de que el fondo personal de las almas femeninas es, poco más o menos, idéntico.


También este texto es tela de machista...
Confío en que pocos tíos puedan mantener esas reflexiones...
Hay que comprender que éstas tienen casi 100 años...

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Mensaje por 1452 » 01 Abr 2008 19:58

Icar, yo también estoy de acuerdo con Ortega en muchísimas cosas de este libro, pero ahora que lo he terminado, pues bueno, sobre el tema de la mujer y de la homosexualidad, no estoy para nada de acuerdo en ciertas ideas que expone, sin embargo me reafirmo, en que muchas de las reflexiones que hace acerca del amor, serán vigentes siempres.
Estoy plenamente de acuerdo con las reflexiones que has apuntado, Icar :D

Voy a poner los maravillosos versos de de Ibn Hazm de "El collar de la paloma" que aparecen en el libro de Gasset:
Te amo con un amor inalterable
mientras tantos amores humanos no son más que espejismos.
Te consagro un amor puro y sin mácula:
en mis entrañas está visiblemente grabado y escrito tu cariño.
Si en mi espíritu hubiese otra cosa que tú,
la arrancaría y desgarraría con mis propias manos.
No quiero de ti otra cosa que amor;
fuera de él no te pido nada.
Si lo consigo, la Tierra entera y la Humanidad
serán para mí como motas de polvo, y los habitantes del país, insectos
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