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GANADOR POPULAR CONCURSO RELATOS PRIMAVERA 2008


COMO EL HIELO de Barsabá

Cae la noche. Desde la ventana abierta de mi dormitorio puedo observar cómo algunas estrellas aparecen en un cielo que se oscurece por momentos, un cielo raso, añil, triste. Acabo de despertarme y todavía no puedo deslizar la mirada con agilidad a mi alrededor. Me quedo embobado mirando a Venus, insolente sobre el horizonte. Sí, ya sé que es un planeta. A ella le hubiera faltado tiempo para decírmelo. Prefiero no recordar. Es verano y hace calor. Apenas hay tráfico por las calles. Al menos, yo no lo escucho con nitidez.
Abro los brazos con fuerza y me estiro como un gato remolón, como un Cristo en su cruz. Giro sobre mí mismo y me dirijo hacia el cuarto de baño para despejarme. Tengo el cuerpo pegajoso de sudor y el sueño atado a los ojos. Hoy no abriré el grifo del agua caliente. Necesito despertarme de una vez. Tengo poco tiempo. Estoy decidido. Pego un brinco sobre el plato de la ducha. De mi garganta se escapa una blasfemia áspera cuando el agua fría resbala por mi espalda. Pronto me acostumbro a la temperatura y me enjabono con fruición. Quizá tenga el alma más helada que el agua. No me extrañaría. La verdad es que mi alma dejó de preocuparme hace tiempo. Ahora tengo otras inquietudes, otros asuntos que me aprisionan la mente. Mis ideas hace tiempo que no fluyen con la rapidez de antes. Sólo una es capaz de reinar sobre el caos de las demás, una obsesión, casi paranoia, y ella es la culpable.
Allá donde mire, sea lo que sea que piense, siempre está atado irremediablemente a ella, a su vida, a la mía, al dolor y al desengaño, a la tristeza impenitente que significa quererla y no tenerla. La sensación de perdedor me quema por dentro hasta el extremo de no sentir la ducha. Pego un puñetazo contra los baldosines de la pared. Me hago daño, pero esa válvula de escape a base de fuerza bruta sirve para que me tranquilice durante unos segundos, vuelva a la realidad y cierre de una vez el grifo. Ya me he espabilado y además hay sequía.
Miro el reloj. Aún tengo tiempo suficiente como para no tener que salir corriendo. Supongo que estas cosas hay que tomárselas con tranquilidad. Estoy solo y ya no dependo de nadie. Únicamente de mí mismo y de mi voluntad, de mi puta voluntad. El destino está en mis manos. ¿Y el de ella? ¿Está también está en mis manos? ¿Lo estuvo en alguna ocasión o lo ha estado siempre? Hoy lo sabrá de una vez por todas. No puedo dejar que esto quede así, por la buenas, porque le dé la gana. Por una vez en la vida, la última palabra hoy la voy a tener yo.
Me pongo unos vaqueros sucios y raídos. Son mis preferidos. A ella no le gustaban, pero hoy lo haré con ellos puestos como homenaje póstumo. Después, me desharé de los pantalones para siempre. No quiero que nada me vuelva a recordar lo que pudo ser y no fue. Ella jamás sabrá que han ido a parar al cubo de la basura. De todas formas, nunca le habría importado lo que hubiera hecho con ellos, pero esta noche será distinto. La ignorancia da la felicidad, la felicidad eterna.
Busco en el armario una de esas camisas holgadas que hay que llevar en verano. Mejor una oscura de algodón no demasiado fino. No quiero que se marque la pistola. Es lo bueno de ser policía, que puedes llevar un arma por la calle sin miedo a que nadie te diga nada. Desde luego, no la vas a ir enseñado a todo el mundo, pero aunque alguien te la descubriera en un bar, al entrar en el coche o… ¡yo qué sé!, si se te levanta el faldón de la camisa, basta con enseñar tu placa y hasta ahí va a llegar el asunto. Lo que luego hagas con el arma es cosa tuya. Hay que ver qué fácil puede llegar a ser todo. Me acuerdo que ella siempre me decía que le daba miedo, que no le gustaba que la llevara a casa, que cualquier día se podría disparar y tendríamos un disgusto. Pero mujer, cómo se va a disparar sola. Siempre tiene que haber un dedo que apriete el gatillo para que la bala salga del cañón y rasgue el aire a trescientos metros por segundo. Eso sí, líbrete Dios de estar en el camino del plomo, porque a esa velocidad puede darse por muerto cualquiera que esté en la línea de fuego a menos de cincuenta metros. Y ya no te digo si estás a dos, a uno... a menos de medio.
Trago saliva. Extrañamente, hoy no tengo la boca reseca. El café puede esperar a después. Café por la noche. Café después de despertarse, aunque sea por la noche. Creo que esto es mejor hacerlo con el estómago vacío, que llegado el momento, el hipotético momento, luego puedo llegar a echar la culpa de mi fracaso a unas tripas revueltas. Ni estoy nervioso ni necesito nada para estar en plenas condiciones. Cuando hable con ella por última vez quiero estar sereno, con la mente despejada y la lengua ágil, que se entere bien de todo lo que tengo que contarle antes de que llegue el final.
Pienso rápido y el reloj va más lento de lo habitual. Estoy decidido pero parece que el tiempo va en mi contra. ¿Acaso los minutos quieren que lo rumie una y otra vez? Bastante he tenido ya con meditar mi decisión como para tener que sopesarla nuevamente hoy, ahora, cuando ya no tiene remedio.
Me pongo la camisa y la abotono con irresistible parsimonia. Luego me giro hacia la mesilla de noche y abro el cajón. Tomo la pistola por el cañón porque la empuñadura está escondida debajo del tablero. Luego me hago con el cargador que está sobre unos blisters de pastillas para dormir. Está repleto. Lo encajo en el culatín y dudo si tirar de la corredera o dejar el arma sin montar. La verdad es que hoy, justamente hoy, la ocasión requiere que esté preparada para abrir fuego sin más necesidad que presionar con suavidad y firmeza el gatillo. Así que con mi mano izquierda tiro suavemente de la corredera, con lentitud, viendo perfectamente como la bala sale del cargador y se introduce en la recámara. Con el pulgar sujeto el martillo y lo devuelvo a su posición de descanso. Presiono el botón del seguro, no la vaya a fastidiar por un descuido de principiante.
Zapatos cómodos sin calcetines y a la calle. Voy hecho un cuadro, como de costumbre. Puedo llegar a comprender que a ella le repugnara mi aspecto de cuando en cuando, pero es mi trabajo. ¿Acaso me he metido yo alguna vez con esas minifaldas tan escandalosamente cortas? Me decía que a su edad ella estaba de buen ver y que, claro, había que mostrarlo y demostrarlo. Pues ella verá. Admito lo de sus piernas, pero tampoco andaba tan sobrada de tetas y bien que se escotaba a la menor ocasión, y siempre con esos sujetadores pretenciosos que todo lo suben y todo lo muestran. He acabado enfermo de ver a la gente con los ojos atrapados entre los botones de su blusa, de imaginar a más de uno deseando quedar adherido a su pecho como un insecto en una tela de araña. ¡Y que no le falten tacones para completar el cuadro! Parece que uno setenta y cinco de altura no es razón suficiente como para dejar de utilizar unos zapatos con un tacón de vértigo hasta casi quedar equilibrada conmigo. Da igual botas en invierno que sandalias en verano. ¿Que es mi imaginación? Pues lo será, pero jamás he estado de acuerdo con una ostentación tan clara y provocativa del propio cuerpo. Como si fuera una cualquiera, una cochina, una puerca. Pues a cada cerdo le llega su San Martín, y vaya si es verdad.
¿Exagerado? ¿Yo, un exagerado? ¿Un enfermo celoso? “Lo que pasa es que ya no me quieres”, me decía. ¿Qué no la quería? ¿Qué no la quiero? Valiente infamia, no... No: valiente gilipollez, que es que a veces lo único que sabe hacer es el gilipollas. Y claro, tanto va el cántaro a la fuente que termina por romperse, como la paciencia, como la integridad, como el amor propio, como el respeto.
Subo al coche y lo arranco a la primera. Sé la nueva dirección de memoria. Lo he mirado en los archivos de comisaría antes de salir. Me incorporo a la circulación después de mirar por los retrovisores. Apenas hay tráfico en mi calle, y poco más en la avenida principal. En diez minutos estaré allí, y en otros diez todo habrá terminado. Ella será historia y yo me iré con viento fresco. ¿Sólo me quedan veinte minutos para dar el último paso? Siento vértigo y repaso mentalmente lo que hay planeado: diez hasta origen, cinco de trayecto hasta destino. Eso suman quince. ¿Y los otros cinco? ¡Ah, es cierto! Claro, claro... que no es cuestión de llamar y... ¡pum, se acabó! Hay que ser educado y cortés, que ella me perciba entero, consciente de lo que hago, que se entere bien de mis razones y le dé tiempo a darle un par de vueltas. No, jamás voy a admitir sus lágrimas de agua mineral, aunque ahora no estoy tan seguro de que llore. Lo habitual es que, aún en estas situaciones, saque a relucir su arrogancia y esa seguridad en sí misma que sabe que me repatea. Ya la estoy imaginando, sí, con la cabeza firme y la barbilla alta hasta el final. Pero no voy a darle oportunidad para que me responda.
Puntualidad británica. Esta noche aquella parte de la calle está más oscura porque la farola que hay cerca del portal se ha estropeado. La claridad de las demás apenas llega a iluminar tenuemente los alrededores. Aparco casi enfrente en doble fila, junto a un contenedor verde para reciclar vidrio. Me quito el cinturón de seguridad y saco mi teléfono móvil del bolsillo delantero del vaquero desgastado. Antes de desbloquear el teclado se me ocurre echar una ojeada al tercer piso a través de la ventanilla. Aún se ve la lámpara encendida en el dormitorio. Bueno, voy a darme dos minutos de margen para que baje, porque tiene que bajar, que si no al final me va a tocar subir a mí y es preferible pasar inadvertido.
La sombra de un vecino entra en el portal. Cierra con cuidado y se va directamente al ascensor. Veo su silueta a contraluz introduciéndose en la cabina y después el resplandor del fluorescente desaparece hacia arriba. De nuevo queda todo en penumbra. Así mejor. Discreción. Miro el reloj del tablero de instrumentos del coche. Ha pasado un minuto. Pienso que mientras salgo y me aseguro de que la calle está solitaria y tranquila, el segundero recorrerá otro círculo completo. Abro la guantera y recojo la pistola que he dejado ahí antes de salir porque me molesta conducir con ella. Salgo del coche y la encajo entre mis riñones y el pantalón vaquero. Luego paso el faldón de la camisa por encima. De los dos, me palpo el bolsillo superior derecho de la camisa. Es el único que va cerrado con una cinta de velcro. Constato al tacto que dentro está la placa. Un policía debe ir siempre identificado, aunque no esté de servicio. Nadie pregunta nada, nadie sospecha nada si enseñas un placa de policía. Es una llave a la hora de cerrar las bocas.
Miro de nuevo hacia arriba. Ahora se acaba de encender la araña del salón. ¿Será posible? Está visto que no tiene prisa por bajar. ¡Maldita sea! Aprieto el botón del mando a distancia que esconde la llave y los seguros del coche se cierran automáticamente. Miro a ambos lados de la calle. Nadie. Nada. Desierta. Genial. Cruzo de acera y me acerco al número treinta y siete. La puerta está abierta, apoyada contra el marco. Ese vecino es un imbécil. Luego la gente se queja de la inseguridad ciudadana. Se queja al gobierno, al alcalde, a la policía, a un policía como yo. Como yo. Repito: hay que ver qué fácil puede llegar a ser todo. ¡Qué cruelmente fácil!
Subo por las escaleras. Eso me han enseñado a hacer. Así nunca te puedes quedar atrapado en el ascensor, ni cuando atacas ni cuando huyes. Cada peldaño que abordo veo su rostro, su gesto, siento sus manos, oigo su voz. Me noto absorto, distraído. No me la puedo quitar de la cabeza. Me sigue teniendo prisionero, pero soy consciente de que será por poco tiempo. Llego al rellano del tercer piso. No tengo la cabeza donde debiera y acabo de darle al interruptor de la luz. Soy un idiota. Voy a descubrirme. Busco de un vistazo la letra D. Es en este momento cuando me ha parecido escuchar un quejido, quizá un sollozo reprimido. Me acerco a la puerta y apoyo la cabeza suavemente. Ahora ya no tengo dudas. Está llorando, un lloro forzado, ahogado, presa de un contenido histerismo. Por angustia. Por terror. No hay tiempo que perder.
Saco el arma de debajo de la camisa. Me parece oír un grito sordo, un chillido que no ha logrado salir por la boca. Es pánico. Me enfrento a la puerta y le sacudo una patada a la altura de la cerradura, con todas mis fuerzas, con toda mi furia. Un estruendo. La madera cruje. Han saltado algunas astillas y una lívida y mínima nube de polvo se arremolina a media altura. Pero la puerta sigue cerrada. Repito la coz, con más cólera si cabe. Ahora cede un poco. Una más y se abre de golpe. Ante mí un recibidor minúsculo que da paso a un salón en el que adivino que está la mujer. Doy dos pasos adelante con la pistola encarada y los ojos bien abiertos. Quito el seguro. Soy rápido, muy rápido. Sólo ha pasado un instante desde que he tirado la puerta abajo. Accedo al salón. Ante mí veo a dos personas. Entre nosotros no hay más de tres metros. Un hombre tiene agarrada a una mujer por los cabellos. Es un tipo fuerte, muy fuerte. Ella ha perdido pie y se sujeta como puede a la mano del hombre que la aprisiona el pelo. Sus pies son incapaces de moverse. Sus rodillas bailotean débilmente en el aire. Tiene el vestido manchado de sangre, a la altura del estómago, a un lado. También tiene un corte en un brazo y la sangre ha empezado a caer sobre el suelo de madera. Miro directamente al hombre. Parece fuera de sí. Tiene la mirada ida, una mueca de crispación, de locura. Está despeinado y jadea con fuerza. En su mano derecha empuña un cuchillo de cocina teñido de rojo.
―¡Policía!
Es lo único que soy capaz de decir. El hombre parece ignorarme y lanza su mano contra el pecho de la mujer, de arriba a abajo. El acero no llega a tocarlo. He disparado dos veces, tan ligero que los estallidos se han superpuesto y casi parecen uno. Él ha caído hacia atrás. El impacto de las balas lo ha impulsado un par de pasos y se ha ido al suelo como un fardo. El cuchillo ha salido despedido al otro extremo del salón. Me acerco a él aún con la pistola encarada. El dedo en el gatillo. Firme, preparado para reaccionar. Pero él no va a moverse. Tiene un agujero de bala en el pómulo derecho, muy cerca de la oreja. Veo otro agujero en el cuello. Ha empezado a brotar una sangre oscura y espesa, pero no lo hará por mucho tiempo. Está muerto. Imagino cómo tendrá la cara por el lado que no puedo ver. No, no lo quiero ni imaginar.
Me acerco a la mujer. Está tirada en el suelo. Ha empezado a llorar con desolación. Le tomo la mano y la aprieto con seguridad. Veo el terror en su mirada. Le observo el corte que tiene en el brazo. No es grave. Puede esperar. Luego le levanto el vestido. La herida del vientre es un pinchazo no demasiado profundo aunque sí aparatoso. Le pido que se tranquilice, que ya ha pasado todo. Mientras voy hacia el cuarto de baño saco el móvil y hago una llamada. Luego regreso al salón. Aún huele a pólvora. El hombre sigue inmóvil en el suelo. La sangre se va acumulando entre la cabeza y su hombro izquierdo. Me arrodillo al lado de la mujer y le tapono la herida del abdomen con una toalla limpia. Presiono ligeramente. Me mira entre sollozos. Le vuelvo a tomar la mano y trato de tranquilizarla. Presto atención de nuevo al hombre. Tras él observo parte de la pared del salón. Hay salpicaduras de sangre sobre la pintura color vainilla. Veo dos impactos de bala bajo una lámina impresionista. Impresionante. Creo empezar a escuchar las sirenas en la lejanía. En unos segundos estarán aquí.
El inspector jefe está muy alterado. Apenas se ha podido contener hasta que los de la ambulancia se han llevado a la mujer. Me han dicho que está fuera de peligro. En cuanto han desaparecido los enfermeros, se ha puesto a chillar como un energúmeno. No le importa que haya más agentes en la habitación. En unos minutos llegarán los de la científica y el juez, y esto será como una iglesia en Domingo de Ramos.
―¡Joder! ¿Tan difícil es? ―me suelta a bocajarro delante de todo el mundo―. Teníamos el aviso confirmado. Sabíamos que podía ocurrir en cualquier momento. Era un servicio sencillo. Sólo tenías que recoger a la denunciante y llevarla a su trabajo. Estaba amenazada de muerte por su marido. Nos lo había avisado. Incluso él nos lo había advertido. ¡Joder, que sólo era un servicio de cinco minutos! ¡Cinco minutos! Lo que se tarda en coche desde esta casa a su trabajo. ¡Y casi la matan! ¿Pero se puede saber en qué coño estabas pensando? ¿Cómo ha entrado el marido aquí? ¿Quién le ha abierto la puerta?
Miro el reloj. Se me acaba el tiempo. Respondo de forma sucinta. El hombre ha entrado dos minutos antes que yo. Me avergüenzo de mí mismo. Cómo no me he podido dar cuenta de que se trataba de aquella sombra con forma de vecino. Está claro que tiene las llaves del portal. Supongo que él vivía aquí y se hizo una copia antes de que le entregaran la orden de alejamiento. Seguramente la puerta de la vivienda se la ha abierto su propia mujer. La lógica me indica que también tendría las llaves del piso, o pudiera ser que si ella cambió la cerradura, entonces pulsó el timbre y ella le abrió. Pensaba que era su escolta, que era yo quien llamaba. No miró por la mirilla. Una desaprensiva. Lo cierto es que ese hombre ha llegado hasta aquí y no la ha matado de milagro.
¿Ha sido mi culpa? No lo sé. Quizá. Tengo la cabeza en otra parte y no puedo evitar pensar de nuevo en ella. Pero ni ella ni yo. La culpa es de los dos, de nuestra historia y de nuestra irresponsabilidad. Por nuestras diferencias y nuestras disputas han estado a punto de asesinar a esta mujer. Soy responsable. He matado a un hombre porque no estaba concentrado. Debía haberme dado cuenta cuando entró en el portal. Lo hubiera detenido y entonces no habría pasado de ahí. Todo sin violencia, sin sangre.
―Ya hablaremos ―me dice el inspector jefe con un cabreo de mil demonios.
Le conozco. Van a pasar varios días hasta que se tranquilice. Me voy a la cocina a beber un vaso de agua y me doy cuenta de que me he quedado sin tiempo. Miro por enésima vez el reloj. Desde que me monté en el coche ha pasado casi media hora, y sólo tenía quince minutos, diez desde mi casa hasta aquí y cinco de aquí hasta el trabajo de esta pobre mujer. ¡No puede ser! Despliego mi teléfono móvil, pulso primero el número 2 y luego el botón verde. “Tecla abreviada encontrada. Marcando...”. No puedo tener tan mala suerte. No quiero seguir perseguido por su recuerdo eternamente. Quizá me lo merezca por haber esperado hasta el último momento.
No escucho nada en el auricular. Temo que, como un fantasma, aparezca la locución que informa de que el aparato está desconectado o fuera de cobertura. Cinco, seis, siete segundos y creo estar sordo. Impaciente, noto que voy a perder los nervios de un momento a otro y que el teléfono va a acabar estrellado contra la pared de la cocina. ¡Por fin da señal!
―¿Aló?
Es su voz, pero ella no sabe que la llamo yo porque tengo el número oculto. Quizá lo intuya, pero no tiene la seguridad.
Dudo un instante antes de hablar pero al fin me decido.
―Soy yo ―se sorprende. Lo he notado―. ¿Estás en el aeropuerto?
―Sí. Va con retraso. Poco más de media hora ―acierta a decir.
Suspiro de alivio pero ella no lo ha advertido.
―Quería despedirme ―continúo con tono calmado―. ¿Sabes? No pensaba llamarte, pero creo que también tengo derecho a decirte lo que pienso de todo esto, de ti, de mí. Y la verdad, antes de que desaparezcas no me resisto a tener la boca cerrada y que te vayas de rositas sin darme oportunidad a defenderme ―y escucho un leve gruñido de asentimiento―. Estoy de acuerdo en que no te he dado todo lo que te podía dar, que soy un tío cómodo y que me entrego tanto a mi trabajo que parece que no exista nada más. Pero no todo es del color con el que tú miras la vida. ¿Cuántas veces he tratado de hablar contigo y te has dado la vuelta dejándome con la palabra en la boca? ¿Cuántas veces he vuelto a casa machacado y ni siquiera me has preguntado qué me pasaba? A veces pienso qué interés tenías en que continuáramos juntos. Está bien, no habré puesto mucho de mi parte, pero tú tampoco has hecho demasiado. En fin, que creo que has hecho menos que yo, que no has hecho nada.
Escucho perfectamente cómo respira. Lo sé. Ni se ha inmutado. Me atrevería a decir que sabía que la iba a llamar antes de que ella dé el gran salto y se esfume para siempre. Se va al otro lado del Atlántico. Cruzará el charco para contraer matrimonio con ese americano que conoció en la oficina y que le dio lo que yo nunca pude darle. Le ofreció la oportunidad de practicar inglés… bueno, de practicar sexo e inglés. Ahora le regala una vida lejos de mí, una nueva vida llena de lo que más quiere, de buen sexo y buen inglés. Quiero que sepa que sé asumir mis errores, mis faltas, mi desidia. Sé que hasta que la he llamado estaba convencida de que yo la odiaría eternamente. Siempre me ha dicho que era un inmaduro y un egoísta, que sólo sabía pensar en tonterías y que todo giraba en torno a mí, sólo en torno a mí. Esa es su ilusión, su deseo, su anhelo: que yo me vea culpable y que ella se sienta odiada por mí. Pero no. Ha llegado el final, un final planeado concienzudamente, con ideas, hechos y palabras bien escogidas.
―Sé que tengo mucho genio ―continúo―, que en todo este tiempo te he dicho cosas horribles, que incluso una vez te amenacé, pero ahora te ruego que lo borres de tu memoria. Me avergüenzo de mí mismo. Me arrepiento y siento en el fondo de mi ser haberte hecho daño. Pasado mañana te casas y eso tiene que significar una nueva vida para ti. Te deseo que seas feliz, que te olvides de mí. Te irá bien. Reconstruye tu vida. Es tu derecho, tu obligación. También es la mía, y así trataré de hacerlo. No te guardo ningún rencor. Incluso con el tiempo te recordaré con cariño ―y sé que esto último le ha tenido que escocer en su amor propio. Le ha dolido. Pero no voy a callarme nada. No volveré a habar con ella en mucho tiempo. Quizá nunca.
―¡Ah!, antes de despedirme, una cosa más. Ha llegado mi reconocimiento médico. Está confirmado: tengo el virus VIH desde hace un año. Seguro que tú también ―aprieto la tecla roja y desconecto el móvil.
He esperado al último momento para llamarla de tal forma que lo que pueda pensar a partir de ahora le brote dentro del avión y no tenga oportunidad de dar una respuesta rápida e impulsiva. Lo que le acabo de soltar se lo lleva de merienda durante ocho horas. Pues eso... ¡ve con Dios!
Mañana será otro día. Redactaré el atestado de la que ha podido ser la última víctima de violencia doméstica en España y no ha sido. Lo habría sido por mi culpa. Por la de ella. Por nuestra culpa. Siento que soy responsable de la muerte de ese hombre, sí, de ese cobarde, de ese cabrón. Y todo porque he estado seducido por la idea fija de que ella se vaya con mi venganza resonándole en los oídos. Lo había planeado con la misma frialdad con la que ese hombre iba a matar a su mujer. El utilizó un cuchillo. Yo sólo una llamada desde un teléfono móvil que tiene el número oculto. El quería hacerle sangre. Yo no. Jamás.
Mañana me va a caer una buena bronca. Será la última por su culpa.

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Última edición por Arwen_77 el Mié Abr 30, 2008 12:09 am, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: Lun Abr 14, 2008 8:09 pm 
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Me ha gustado mucho. La narración te atrapa. Con ese ritmo tan explosivo, con frases rápidas como balas, te pegas a las palabras como si fueran gominolas. La cadencia es fenomenal y está muy bien escrito.:D
Pero...no me ha gustado final. No sé, será que me esperaba otra cosa, pero me ha dejado un sabor agridulce...

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NotaPublicado: Lun Abr 14, 2008 8:21 pm 
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Roland el que no comentes será el tuyo? :wink:


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takeo escribió:
Roland el que no comentes será el tuyo? :wink:



Jajajaja, no había caído en eso. Me tendré que hacer una muy buena crítica a mí mismo :twisted: :wink:

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El estilo me parece impecable y acerca del final, todavía estoy en contradicción conmigo misma...por una parte me gusta por lo que pretende con la noticia, pero por otra parte, preferiría una manera diferente de que él consiguiera lo que busca.

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NotaPublicado: Mar Abr 15, 2008 10:44 am 
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Me gusta el monólogo que tiene consigo mismo. Tiene un tono directo muy bien llevado, y los diálogos creo que son de sobresaliente.
Me escuece un poco el final, del que no se con certeza qué pensar.

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Leído, muy bien escrito.

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Este es el más claro ejemplo de que la televisión es un fraude. Después de tanta serie de policias (hay que reconocer que el tema esta gastado hasta la saciedad), un relato del género es capaz de sorprendernos de manera tan grata con un ritmo tan trepidante. Sublime.
Que tomen nota los guionistas de TV.

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NotaPublicado: Mar Abr 15, 2008 6:09 pm 
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Este es el más claro ejemplo de que la televisión es un fraude. Después de tanta serie de policias (hay que reconocer que el tema esta gastado hasta la saciedad), un relato del género es capaz de sorprendernos de manera tan grata con un ritmo tan trepidante. Sublime.
Que tomen nota los guionistas de TV.

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Este es el más claro ejemplo de que la televisión es un fraude. Después de tanta serie de policias (hay que reconocer que el tema esta gastado hasta la saciedad), un relato del género es capaz de sorprendernos de manera tan grata con un ritmo tan trepidante. Sublime.
Que tomen nota los guionistas de TV.

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Comité de bienvenida
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Ubicación: La cala más perdida de Eivissa.
Bueno...
es un relato que tiene partes buenas. pero que también en según qu descripciones me parece un poco recargado...
aunque tiene frases que me gustan

"salté al plato de la ducha"

también hay partes en las que te pierdes un poco...
porque no sabes bien, bien de a lo que hace referencia..
los espacios temporales vaya :D

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Recuento 2017
Hay un momento en la vida, en el que tienes que dejar de vivir y empezar a sobrevivir...


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NotaPublicado: Mar Abr 15, 2008 7:08 pm 
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Ubicación: Espacio de lo posible
Me ha gustado mucho, tan embebida estaba en el relato, que ha sonado el timbre de casa y he pegado un salto, del susto. :shock:
Emocionante
:402:


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NotaPublicado: Mar Abr 15, 2008 7:30 pm 
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Ubicación: Vía Láctea; que no está nada mal para no haber elegido.
Me encantan los comics. Por eso me gustó tanto viendo Sin City.

He disfrutado con el relato.
:wink:

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El mundo tras el cristal azul (2ª edición)
:vb_493:

Por Amazon(Ebook o papel)


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Ubicación: Sociedad protectora de animales y barcomaris
¡Buah!. Este relato es bestial. En él he encontrado una metáfora que me voy a apropiar: He acabado enfermo de ver a la gente con los ojos atrapados entre los botones de su blusa, Simplemente fantástica.
Excepto el final que no acaba de convencerme (aunque lo entiendo), el resto del relato es, como he dicho al principio, bestial. Está bien escrito, con buenas descripciones (quizá sobra alguna reiteración de significado) y con un ritmo excelente.

Felicidades

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CAMPAÑA PARA PAGAR LOS ESTUDIOS DE BARCOMARI


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NotaPublicado: Mié Abr 16, 2008 5:28 pm 
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La vertebración es impecable. Por la sintaxis, parece estar escrito por un hombre. Consigue su objetivo: te intriga desde la primera frase a la última. Todas las piezas encajan a la perfección.

Pero... No me gusta el contenido.

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La amabilidad sólo puede esperarse de los fuertes, son los débiles los que son crueles (Leo Rosten)

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Traducción al español por Huan Manwë para phpBB España