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GANADOR CONCURSO RELATOS PRIMAVERA 2008

ESCRITORES FRANCESES MUERTOS de Fley

Nestor nunca bebía whisky.
Siempre había bebido vodka. Comenzó a beber vodka el día que un moscovita espigado llamado Novak, al que apenas se le entendía cuando hablaba, le desafiara a un combate de chupitos en su etapa de estudiante. Pero nunca whisky.
No tenía nada en contra de esta bebida e incluso pensaba que estaba dotada de un halo de romanticismo. Siempre le había gustado la imagen estereotipada del bebedor de whisky; ese hombre solitario en la barra de algún local de dudosa calidad higiénica, con un sombrero ceñido y desgastado, la barba de varios días y el olor indeleble de tabaco en sus ropas. Y con una triste historia que contar a quien le escuchase.
Nestor no era ese tipo de persona, aunque tampoco era lo que podría considerarse un modelo a seguir. Era un tipo arrojado, a veces hasta parecer temerario, aunque él consideraba esta actitud como una virtud, y veía en ella la clave de haber obtenido una vida completa y plena, fuera lo que fuera lo que significara eso. Todos decían que había sentado la cabeza cuando se casó con la mujer que amaba. Tenía todo lo que podía desear: una esposa, un hijo y un trabajo envidiable.
Una vida perfecta.
Hasta hacía un año.

-Ponme otro más- musitó Nestor balanceando el ancho vaso vacío en un tintineo de hielos.
-Ha bebido demasiado, señor.- apuntó el camarero mientras le servía otro whisky.
-Lo se. -replicó Nestor. Pensó entonces que el calor de esa bebida de color tostado era una delicada réplica del orín oscuro que muchas mañanas, desde hacía un año, había surgido de su cuerpo febril.
Pero qué estupidez, pensó. Soltó una carcajada y tomó un trago. Hacía un año que no probaba el vodka; el mismo tiempo que hacía que no leía un libro.

Nestor dejó caer a su hijo hacía justo un año.
Fue sin querer, un accidente, un descuido, un nefasto y terrible tropiezo. Su mujer le había dicho miles de veces que ordenase los libros que tenía apilados en el salón.
Nestor los leía con avidez y los dejaba en cualquier esquina de cualquier habitación, como cadáveres derrotados tras una exhausta batalla.
“Ordena esos libros de una vez, siempre los tienes en medio...”. La voz de su mujer reprendiéndole tamborileaba en su cabeza cuando apuraba el tercer whisky. Ya era suficiente alcohol para acercarse a una mujer, para bailar y cantar sin pudor, o para comenzar una pelea sin sentido con algún desconocido. Pero sabía que para llegar a realizar el cometido que aquella noche se había propuesto, aún no había bastante alcohol en su sangre. Todavía no tenía suficiente valor.

Recordaba aquel fatídico día con exactitud. Lo que no recordaba demasiado bien sin embargo eran los días posteriores; el entierro del niño, su mujer abandonándole, la pérdida del trabajo por no asistir al pasarse las noches bebiendo y siendo incapaz de levantarse del sofá en todo el día... Todo aquello formaba una nebulosa pegajosa que había quedado adherida en algún lugar de su embotada cabeza, y a la que, aunque quisiera acceder, no podía.
Sin embargo, el recuerdo de aquél día era claro y transparente, y hacía aparecer las imágenes ante sus ojos como hojas danzando con el viento de otoño; salió pronto del trabajo, tomó un atajo y llegó antes de la hora habitual a casa. Quería continuar leyendo el libro que le tenía absorbido en esos días. Lo hizo durante un rato tumbado sobre el sofá. Al llegar la hora de cenar dejó el libro en el suelo, como hacía siempre. Comenzó a cenar junto a su esposa. El infante, de apenas unos meses y que compartía nombre con su padre, se puso a llorar. Nestor se dirigió al salón, donde dejaban la cuna cuando ellos estaban en la cocina. Tomó al niño en sus brazos y se puso a bailar. Cuando el niño lloraba, Nestor lo tomaba en sus brazos y bailaba. La única imagen que recordaba de su propio padre, antes de que éste se fuera a morir al frente siendo Nestor un crio, era la de sus fuertes y seguros brazos balanceándole con suavidad mientras bailaba para calmar su llanto.
Bailó con su hijo, como había hecho su padre con él, meciéndolo mientras tarareaba un vals. El pequeño lo miraba en un gesto entre diversión y sorpresa. Los muebles del salón se movían en derredor mientras el padre mantenía fija la mirada en los diminutos ojos del pequeño. ¿Tendría la misma sensación, se preguntaba Nestor, que él mismo había sentido con su padre? ¿Se sentiría seguro y recordaría en un futuro que su padre bailaba para calmarle, tal y como él recordaba de su padre?
Un instante después, tropezó con el libro.

Volvió a soltar una carcajada mientras miraba el irregular trazado de la barra del bar. Esto sí que es una estupidez, pensó, tropezar con un libro y estampar en el suelo a tu hijo recién nacido. Es la reina de las estupideces, el clímax de la estupidez, el premio gordo de la lotería a la estupidez más grande de la historia. ¡Traigan el libro de los records! ¡He aquí el hombre más torpe en el lado rico de la tierra!
Se había sorprendido a sí mismo, durante aquél año, intentando recordar el título del libro con el que había tropezado. El mismo que había estado leyendo esa noche tumbado en el sofá. ¿Qué libro había sido? ¿Cuál era el libro que había hecho cambiar su vida? Y lo más importante, ¿qué tipo de persona era él, que se fustigaba pensando en aquél día para tratar de recordar el título del libro?
-Maldita sea, ¿Cómo se llamaba?...- murmuró.
El camarero le miró de reojo. Era el único cliente que quedaba en el local. Debía de ser muy tarde ya pero la hora no le importaba. Las horas no importan, pensó Nestor, sólo importan lo que hagas con ellas.
-¿Cómo te llamas, muchacho?- le preguntó al camarero.
-Logan, señor- dijo mientras pasaba un grasiento trapo por encima de la barra.
El acento del camarero denotaba un disimulado deje apastelado que sólo un interlocutor avispado podía notar.
-¿De dónde eres?
-Soy francés señor, de Burdeos.
-¿Sabes, Logan? Eres un buen chico.- comentó jugueteando con un dedo metido en el vaso casi vacío.- Francia es una gran nación. La literatura moderna nació en Francia, no dejes que nadie te diga jamás lo contrario.
-No lo haré, señor.- afirmó solícito el muchacho.
-Yo tuve una vez una novia francesa. Se llamaba Isabelle. Nunca supe pronunciarlo bien, así que la llamaba Isabel. A ella no le importaba. De hecho le hubiese dado igual que la llamara con otro nombre, estaba tan loca por mi que ni se hubiese dado cuenta.- tomó un largo trago y golpeó con el dedo índice en el borde del vaso.
Cuando se aseguró de que Logan había comenzado a rellenarlo, continuó hablando.
-Leíamos poemas de Baudelaire, y pasajes de Proust. Lo hacíamos tumbados en cualquier rincón de la ciudad. A ella le gustaba que habláramos de vuestro país, y de su cultura. Cuando la conocí yo estaba leyendo a Zola, y tenía la constante necesidad de pasear por las calles más recónditas de París.
Nestor hizo una pausa, con la vista desenfocada sobre la barra. La barba de varios días brillaba por el sudor acumulado por la falta de aseo. Cerró los ojos para obligarse a recordar.
-Isabelle-continuó-, la de los grandes pechos y enormes caderas. Mis compañeros de trabajo decían que era entrada en carnes. Y te digo que no sólo tenían razón, si no que se quedaban cortos. La conocí en uno de los viajes con la banda. Yo dejé los estudios y me fui a tocar el saxo a una banda de música. Una de esas que van de pueblo en pueblo. Era bueno, debías haberme oído entonces, Logan. Quizá lo hicieras, tocamos en Burdeos una vez, en el setenta y...- se estrujó los ojos con el pulgar y el índice- no lo recuerdo, en el setenta y pocos.
-No había nacido aún, señor.- apuntó el camarero.
Claro, pensó Nestor, claro que no había nacido. Es tan joven que podría haber sido tu hijo. Apenas tendría dieciseis años.
Miró su copa y pensó que aún no era suficiente alcohol. Le faltaba un poquito más. Un poquito más.
-Cuando yo tenía tu edad era un gilipollas, tenía la cabeza en las nubes. Tumbaba a vodka a cualquiera que quisiera retarme. Era un niñato prepotente, me gustaba hacerme el duro. Pero no me desviaré del tema. Hablaba de Isabelle. Tardé varias semanas en aprender a pronunciar bien su nombre. Pero como te decía, a ella no le importaba. A mi me jodería enormemente que alguien no supiera pronunciar mi nombre bien.
Miró entonces inquisitivamente al muchacho.
-Me llamo Nestor. ¿Tu sabes pronunciarlo bien, Logan?
-Creo que sí, señor Nestor.-dijo obediente el camarero, con una pronunciación perfecta.
Nestor asintió y como premio tomó un pequeño trago a salud del joven. Se le pasó por la cabeza que quizá Logan había interpretado esta pregunta como una amenaza. Una vez más, había querido verse sopesando la situación y controlándola desde su trinchera, en este caso, el otro lado de la barra. Su forma de ser no iba a cambiar ya a estas alturas, pensó. Además, estaba borracho, eso era disculpa suficiente para cualquiera.
-Viajábamos por toda Francia-siguió relatando -. A Isabelle la conocí en París, en una de esas escapadas con los libros de Zola bajo el brazo.- El joven camarero podía oír perfectamente el chascar de la lengua cuando Nestor hablaba, lo que constataba que el whisky hacía su efecto sin demora y de manera eficiente.- Teníamos mucho trabajo. Muchas fiestas y escenarios donde tocar. Yo quería formar un grupo de jazz, hacerme famoso y viajar a Nueva Orleáns. Pero me conformé con pertenecer a esa banda de música itinerante. No es que yo tuviese especial interés por las piezas que tocábamos, pero al menos veíamos mundo y nos divertíamos.
Se detuvo lo justo como para carraspear y tragar una flema. Levantó el dedo índice como un profesor a un alumno.
-Nunca te conformes, Logan. Siempre se puede aspirar a más.
-Sí señor, lo tendré en cuenta.-repitió monótono el chico.
Por un instante, Nestor pensó en si el muchacho relamente tenía el interés por escucharle que demostraba tener, o lo fingía, en ese arte tan bien cultivado por los camareros de pubs nocturnos, acostumbrados a personajes tristes y solitarios como él.
Qué más da. Pensó para sí.
-Isabelle trabajaba de pastelera. La conocí cuando fui a comerme un delicioso croistant mantecado. Olía los efluvios que emanaban de la pastelería desde la otra orilla del Senna. No se qué me conquistó antes de ella, si sus pasteles o el escotado delantal empantanado de harina que vestía. Había algo de sexual en esas dulces motitas blancas sobre su pecho. Tu me entiendes.
Forzó una sonrisa pícara que a Logan le pareció desagradable. Dejaba ver unos mal cuidados dientes y unas encías rojas como la sangre.
-Yo chapurreaba algo de francés, lo suficiente como para comunicarme con ella . ¡Ay, Isabelle! Cada vez que pasábamos por París sacaba un hueco para ir a verla. Me la llevaba a la parte de atrás de la camioneta y le quitaba el delantal mientras le hacía promesas de amor. Era oronda y tenía una risa horrible, como un resorte mal engrasado. Ni siquiera era guapa, tenía la cara llena de granos. Había muchas otras francesas por allí, pero ninguna más se fijaba en mí. ¡Qué bellas las francesas de largas piernas y melena ondulada!- exclamó alzando su vaso y dándole un trago- Cada vez que veía a Isabelle, creo que estaba más gorda. Debía de comerse los pasteles que no vendía.
Sonrió de nuevo y buscó la mirada cómplice de Logan, que se la devolvió tímidamente mientras se afanaba en secar los vasos recién lavados.
Ha sido un comentario insidioso, pensó Nestor, es igual, he sido desagradable toda la noche. Llevo siendo desagradable todo un año. Qué digo, toda mi vida.
-Pero como ves, yo no soy precisamente guapo, así que me aliviaba con ella. Hasta que empezó a desagradarme el verla. Podía haber dejado de acercarme a la pastelería, pero, amigo, tu no sabes cómo estaban aquellos croisants mantecados. Qué quieres que te diga, Logan, soy un tipo pragmático. Cuando digo algo, lo hago. Y cuando pensaba en que quería comerme uno de esos pasteles, me hacía a la idea de que tenía que tratar con la gorda. Merecía la pena lidiar con Isabelle sólo por poder degustar aquél manjar.

Se mantuvo en silencio un minuto. De nuevo sin razón aparente, volvió a su cabeza el libro sin nombre. ¿Cuál era el maldito título del libro? Volvió a preguntarse mientras inflaba su pecho aguantando un eructo amargo provocado por el elixir que tamborileaba en su cabeza. Era un grueso y pesado volumen de pastas en cuero marrón, con un título grabado en oro y olor a pegamento viejo. Había estado durante años en la estantería, herencia de la biblioteca de su padre. Pero, ¿cuál era su título?
-Le prometí que me casaría con ella.-dijo al volver del letargo.- Que le leería a Apollinaire antes de acostarnos y que le daría siete u ocho hijos y le pondría una casa en el canal de la Mancha, en Rouen o alguna de esas ciudades de nuevos ricos. Una finca llena de olivos y perros,... esas cosas. Así que siempre esperaba impaciente que apareciera por allí con la banda de música a tocar en algún teatro o en alguna fiesta local.
Señaló de nuevo el vaso vacío.
-Creo que ya ha bebido demasiado, señor- dijo con firmeza el camarero.- No quiero importunarle, pero tendrá que pagarme antes de servirle otra vez.
-Capicci, Logan, capicci...
El jóven pensó en replicarle “Soy francés, no italiano”, pero desechó la idea, convenciéndose de que aquél tipo iba demasiado borracho como para saber lo que decía.
Nestor sacó un puñado de billetes arrugados del bolsillo y los arrojó en la barra con desdén.- Pónmelo doble, Logan, porque este será el último. Creo que ya tengo todo el whisky que necesito.
Así era; ya sentía algo en su interior a lo que podía pensar en llamar valor.
Logan sintió alivio. No lo disimuló, aunque Nestor no sólo no reparó en ello, si no que se levantó y vació de un trago el vaso que acababan de llenarle el camarero ante la mirada atónita del joven. Y mientras apuraba el último trago y el ardiente maná quemaba su gaznate vio los hielos balanceándose delante de su nariz. Se recordó bailando, meciendo al niño con suavidad, al son de un vals tarareado. Vio la carita del niño en un gesto entre emoción y sorpresa, aliviado al ver a su padre que había acudido a su llanto. Luego se vio tropezar y pensar en sujetar al niño fuertemente. Pero el neonato cayó, y su cabeza se abrió contra el suelo, hundiéndose como lo haría un dedo en un melocotón maduro. El intento de evitar la caída del niño había provocado que Nestor se retorciera en una pose grotesca hasta hacerle perder el equilibrio y caer sobre el pequeño. Sus dos ojitos azules saltaron de sus cuencas, atados aún por sendos pingajos de hilo rojo. Uno de ellos se soltó y rodó como una canica hasta alojarse, en una broma macabra, junto al libro que había provocado la caída. Pero el nombre del libro, bordado en letras doradas, permanecía borroso en su recuerdo.
El pequeño no emitió ningún sonido, ni un gritito siquiera. Mientras caía aún guardaba en su carita el mismo gesto emocionado y agradecido.
Desde la cocina, la mujer de Nestor, ignorante de lo que ocurría en el salón, hablaba en alto: “Se va a enfriar la cena, cariño.”.

Pocos días después fue cuando fijó una fecha en su cabeza. Una fecha que finalizaba esa noche. El día en el que su hijo, el pequeño Nestor, hubiese cumplido un año.
Antes de que cumplas un año, habré arreglado todo esto, se dijo hablándole a su hijo muerto. Arreglaría su matrimonio, pasarían página y tendrían otro hijo, recuperaría su trabajo y su dignidad... Sin embargo, durante este tiempo no haría nada de lo que se propuso. En los primeros meses pensaba que era incapaz de hacerlo, porque su objetivo le superaba más allá de lo que su capacidad, su cabeza y su físico daban de sí. Pero hacía unas pocas semanas se había dado cuenta de que realmente no quería hacerlo.
No quería haber tenido nunca un hijo, ni casarse jamás, ni buscarse un puesto de trabajo que no le gustaba en absoluto. Quería agarrar su saxo y recorrer Europa, prendando a jovencitas, de bar en bar, bebiendo vodka y armando peleas sin motivo. Con sus Proust, Zola, Flaubert, Baudelaire, y Montaigne bajo el brazo...
Soy una mala persona, se repetía. Y es que no podía permitirse a sí mismo el aceptar que, entre el dolor y el sufrimiento por la muerte de su hijo, pudiera haber un mínimo sentimiento de agradecimiento. Agradecimiento por haberle sido dada una excusa para huir de una vida que nunca había deseado, a pesar de la violencia con la que esta huída se había producido. Amaba a su hijo, de eso no había duda. Pero hoy había dejado de ocultar esa gratitud, y se había dado cuenta de que reconocérselo a si mismo le había convertido en un monstruo.
Los monstruos viven, los niños mueren. Hay que cambiar la ecuación, pensó.
Supo, cuando pidió el primer whisky, que se había dado tanto tiempo para tomar carrerilla, armarse de valor y poder acabar con todo.

-Adiós Logan.- murmuró mientras dejaba todo el dinero que llevaba encima sobre la mesa.
-Gracias señor.- dijo el camarero sorprendido, viendo cómo Nestor se alejaba con dificultad, balanceándose borracho hacia la puerta.
Una angustiosa sensación de culpa se apoderó del camarero en un instante, que se preguntó si no había sido demasiado frío y distante con aquel pobre hombre.
-Señor,- dijo Logan entonces con pretendido interés- ¿Qué ocurrió entonces con la chica francesa, Isabelle? ¿Se casó con ella y le puso la finca de olivos en Rouen?
Nestor se dio la vuelta despacio, sonriente, con los ojos inyectados en sangre y unas grandes bolsas oscuras rodeándolos, síntoma del alcohol.
Agarrado al tirador de la puerta para no caerse, alzó la cabeza.
-No, mi querido Logan, no volví a París. Aún debe de estar esperándome. Soy un miserable.
Logan, acuciado por la compasión, sintió la necesidad de decirle unas palabras de aliento.
-No es cierto, señor, usted no es un miserable.
El acento afrancesado con en el que había dicho la última palabra hizo abrir los ojos de par en par a Nestor que salió del local riéndose. Logan, tras la barra, pensó que su comentario había satisfecho a aquél solitario personaje y conforme consigo mismo, volvió a sus quehaceres.
-¡Claro!- exclamaba Nestor entre risas.-¡El maldito libro era Los Miserables! ¡Los Miserables de Víctor Hugo!
Mientras bajaba la calle hacia el puente, con la cabeza latente y la vista desenfocada continuaba riéndose. Ahora veía claro el título del libro. La risa se volvió un gorjeo y tornó lentamente en un llanto nervioso que acabó arrastrándole por el suelo, dando rienda suelta a un dolor acumulado que ignoraba que hubiese existido en tal magnitud.
Ver el título del libro con tanta claridad grabado en oro sobre aquellas pastas de cuero desenfocaba todos lo demás recuerdos. De repente, de la noche en la que murió su hijo, no podía visualizar nada más que el título del libro. Y ahora venían a su mente otros momentos que habían quedado encallados ante la puerta que ahora se había abierto. Recordó la emoción que sintió cuando conoció a su mujer y el día que le dijo “sí, quiero”. Recordó también los planes de futuro de ambos, el día en que nació el pequeño, su primera risita, y las lecturas de sus libros en el sofá de un caliente hogar, con su hijo durmiendo y su esposa acurrucada junto a él.
Allí también estaban Proust, Zola, Flaubert, Baudelaire, Montaigne y compañía.
No bajo su brazo, si no sobre la estantería.
Llegó hasta el puente, con el sonido de las aguas refulgentes que pasaban por debajo tronando en su oído.
La vida continúa, se dijo, aquí o en París. Con familia o sin ella. Con vodka o con whisky. Con el sonido de un saxo o con la melodía tarareada de un vals.
Y así, asomado al abismo por el llevaba toda la noche pensando en lanzarse, se dio una nueva oportunidad.
Giró sobre sus pasos decidido a regresar a casa. Pero parecía que el haber aunado fuerzas durante todo ese año hiciera que la inercia de esa loca carrera fuese ya imparable. La torpeza inherente en sus movimientos se había acrecentado químicamente con el alcohol corriendo veloz por sus venas.
Y tropezó.
Tampoco en esta ocasión supo con qué había tropezado, pero eso ya no importaba.
El whisky no le dejo asirse al borde empedrado y resbaladizo del puente. Como un muñeco roto, y sin darle tiempo a darse cuenta, se precipitó al vacío de aguas negras, y en irónica semejanza con su primogénito, en su gesto había sorpresa, admiración, y un cierto atisbo de paz. Como la burla de un destino que se ríe de él cerrando un círculo invisible, mantuvo la sonrisa en sus labios incluso cuando, varios días después, encontraron su cuerpo azul e hinchado en la orilla.

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:101: El crimen del padre Amaro - Jose Mª Eça de Queiroz
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Última edición por Arwen_77 el Mié Abr 30, 2008 12:00 am, editado 2 veces en total

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GANADOR del III Concurso de relatos

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Desde el principio hasta el final, capta totalmente la atención del lector. Me parece excelente la manera en la que se va perfilando la personalidad del protagonista a medida que se avanza en la lectura.

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NotaPublicado: Mié Abr 16, 2008 8:25 pm 
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Vadertini
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Un relato estupendo, que sabe llevar un buen ritmo y con una historia muy interesante. Enhorabuena :)

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Ubicación: La cala más perdida de Eivissa.
un relato Correcto :D
agradable de leer

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Ubicación: Sociedad protectora de animales y barcomaris
Este lo leí ayer y ahora lo he repasado (no me acordaba del final :cry: )... vaya rachita de finales llevo hoy, ¡puñetas!.
La verdad es que el título, ya en cierta manera, nos indicaba que iba a pasar.
El ritmo y la cadencia me gustan; los diálogos no. Me parecen demasiado irreales... un camarero francés no te cuenta su vida de manera tan coherente (un español, posiblemente... ¿pero francés?)... no sé si explico muy bien lo que quiero decir... en definitiva... me deja la sensación de diálogos forzados... pero es un gran texto en general.

¡Felicidades!

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NotaPublicado: Jue Abr 17, 2008 8:22 pm 
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La Gruñ
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Igual ya es tarde y he leído varios seguidos, pero mi primera impresión es "demasida Isabelle". Me gustan las reflexiones que se hace Néstor sobre su comportamiento, cómo pese a estar tan borracho puede sopesar las reacciones que a sus palabras y actitud provoca en Logan. Pero la conversación entre ellos se me hace muy larga; ya lo he dicho, mucha Isabelle :lol:
Aún así, un buen relato. Gracias.


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NotaPublicado: Jue Abr 17, 2008 11:32 pm 
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Eki, es Nestor quien cuenta su vida al camarero, no el camarero quien le cuenta la vida al otro. El camarero parece que es incluso reacio a hablar con él. Pero también pienso que los diálogos son mejorables y que la conversación (que más bien es un monólogo) puede hacerse larga aunque creo que esta es esencial para comprender el tipo de personalidad que tiene Nestor.

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Fley escribió:
Eki, es Nestor quien cuenta su vida al camarero, no el camarero quien le cuenta la vida al otro. El camarero parece que es incluso reacio a hablar con él. Pero también pienso que los diálogos son mejorables y que la conversación (que más bien es un monólogo) puede hacerse larga aunque creo que esta es esencial para comprender el tipo de personalidad que tiene Nestor.

Gracias por el apunte. Eso me pasa por comentar tras 24 horas de la lectura con sobresaturación de relatos... ¡qué bruto soy!... ansioso, que soy un ansioso... mis disculpas.

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jaja no me extraña, son un huevo de relatos. Yo los voy copiando al movil para ir leyéndolos por ahi poco a poco. Pero creo que ya tengo en mi mente mezclados varios y me cuesta recordar cual es cual :lol:

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NotaPublicado: Sab Abr 19, 2008 4:57 pm 
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Muy bueno, muy triste a la vez. Soy partidaria de dar esperanza al lector, algún punto de luz.

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Está muy bien redactado y la trama es interesante. Lo que no me gustó fue la parte en la que se recuerda con lujo de detalles el momento de la muerte del bebé (muy morboso me pareció).

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"Sé selectivo en tus batallas, a veces tener paz es mejor que tener la razón".

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Me gusta. Tiene un buen ritmo y un buen final. Coincido con Gabi en cuanto a la descripcion de la muerte del niño, en mi opinión no solo sobraba, sino que es un poco exagerada.


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NotaPublicado: Vie Abr 25, 2008 11:39 pm 
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Tremenda historia. Muy bien narrada. Felicidades

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