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TERCER FINALISTA POPULAR CONCURSO RELATOS PRIMAVERA 2008

LA INMERSIÓN de Argos

En la superficie del mar el viento levantaba crestas de espuma que hubiesen hecho incómoda la navegación en barca. Sin embargo, a varios metros de profundidad ese brusco movimiento se convertía en un vaivén lento y armonioso.
Era lo que había enamorado a Sofía desde que comenzó a bucear: todo allí debajo era plácido y sosegado. Era el universo de paz que no había encontrado sobre la superficie.
Llevaba varios minutos descendiendo sin prisa hacia el fondo rocoso, sintiendo la temperatura del agua en su piel y dejándose seducir por los sonidos atenuados bajo el agua.
Ralentizó su aleteo y se giró suavemente para observar la superficie del mar desde abajo, como hacía siempre. Su cuerpo se mecía a unos veinte metros de profundidad, boca arriba, y distinguió sobre ella el círculo clarísimo de la superficie a través del cual se filtraba la luz solar. A su alrededor el color turquesa del agua se iba oscureciendo hasta volverse tenebroso allá donde le alcanzaba la vista.
Volvió la mirada hacia sus piernas, rematadas con unas aletas negras y amarillas. La temperatura del agua era tan agradable que no utilizaba traje de neopreno. Movió lentamente sus extremidades y observó con más detenimiento la ligera flacidez que se intuía en sus muslos mientras flotaba.
Por un momento se preguntó cómo Dani seguía encontrándola atractiva a pesar de que hacía ya muchos años que perdió la silueta estilizada de su adolescencia. ¡Existían chicas mucho más jóvenes y atractivas que ella!
Volvió a fijarse en los muslos. Era posible que el mar le confiriera una forma algo más redondeada que la ofrecida por el espejo, suavizando la odiada piel de naranja que había aparecido en la parte superior de sus piernas en los últimos años.
Al final iba a creerse las palabras que él pronunció al poco de conocerla. Hacía días que habían cenado juntos, primero en grupo y luego a solas, y habían disfrutado toda la semana de la suave brisa marina que soplaba en el paseo.
Era su tercera o cuarta inmersión, y Dani no había cesado de admirar sus movimientos bajo el agua. Mientras flotaban en la superficie, ella, armándose de valor, le preguntó la razón de no quitarle el ojo de encima y él balbuceó al explicarle que los cuerpos sumergidos adoptaban una forma más suave. Luego se perdió en explicaciones sobre la fuerza ascensional y sobre Arquímedes, incapaz de mirarla a los ojos.
Después, sin dejar que ella abriera la boca, la invitó a colocarse la boquilla de la botella de oxígeno y la arrastró, cogida de la mano, unos metros por debajo de la superficie.
Allí, observados por varios peces, le hizo una seña para demostrarle la acción del agua en sus muslos. Algo sugerente debió ver en los ojos de Sofía, pues acarició su mejilla y, acto seguido, le desató la parte superior del bañador. Sofía entrelazó sus piernas sobre él, que observaba sus senos, sugerentes y brillantes, y se apretó contra su cuerpo. Aquella fue la primera ocasión en que hicieron al amor. Cuando emergieron a la superficie, el sol les sorprendió a punto de perderse en el horizonte. Y Sofía sintió que aquella comunión de sus cuerpos bajo el agua no se borraría durante mucho tiempo en su mente.

El movimiento sinuoso de un pez cercano la devolvió a la realidad. Dejó de contemplar sus piernas y le siguió, maravillada por los llamativos colores que ostentaba en su cuerpo. El pez se deslizaba sin rumbo fijo mientras descendía.
Los rayos de sol penetraban en el agua y creaban reflejos cristalinos sobre el fondo rocoso. Una columna de burbujas escapó disipándose hacia la superficie mientras ella perseguía, con su cadencia suave de movimientos, al pez que deambulaba hacia el fondo.
Éste, con sus enormes ojos amarillentos, pareció no importunarse por la presencia del ser juguetón que mostraba curiosidad por sus evoluciones.
Sin dejar de seguirle, Sofía consultó el indicador de su bombona de oxígeno. No se había movido desde la última vez que lo miró. Incrementó la cadencia de su aleteo, pues el pez con el que intentaba retozar avivó su ritmo, describiendo pequeñas curvas a un lado y otro.
A varios metros de distancia las cabezas de varios peces se escondieron al unísono tras divisar la silueta de Sofía descendiendo hasta el fondo marino. No pudo observarlos bien. Tan sólo notó un ligero movimiento de la arena, pero su experiencia le decía que allí se ocultaban, asustados ante su aparición.
Un caracol se arrastraba pesadamente por la arena mientras el pez de color índigo nadaba en zigzag. Así permitía que uno de sus ojos siempre tuviera la visión de la buceadora que se empeñaba en seguirle, a cierta distancia, fuera a donde fuera.

Volvió a mirar de nuevo hacia arriba, buscando con la vista a Dani, que no podía nadar muy lejos. Deseaba que apareciese para mostrarle el peculiar pez que no había visto en ninguna inmersión anterior. Su mente aún no podía creer, a pesar de los meses que llevaban juntos, la suerte que había tenido al conocerle.
Patricia, su amiga, le había insinuado que la diferencia de edad era imperdonable, pero, de todos modos, ¿qué podía haber mejor que su propia pareja la encontrara maravillosa, aún cercana a la cuarentena? Que él tuviera tan sólo veintisiete no debía suponer impedimento alguno. Y posiblemente la envidia hubiese hablado por voz de su amiga, que seguía aguantando al tedioso de su marido…

A su izquierda un banco de salemas se desplazaba agrupado, lanzando destellos plateados cuando la luz del sol era reflejada en sus costados. Las líneas amarillas que recorrían sus cuerpos siempre le habían recordado un nutrido equipo de rugby entrenando unidos. En cuanto el cardumen “deportista” atisbó a Sofía emprendieron la huida de forma organizada, como si de un solo organismo se tratara, ocultándose tras una pequeña colina rocosa.
Más allá, entre unas rocas grisáceas, un pequeño banco de viejas se ponía raudo a cubierto ante la amenaza del depredador de silueta alargada que tanto afán mostraba por seguir las evoluciones de otro pez.

Sofía descubrió su sombra difusa en el fondo arenoso. Los brillos de los rayos solares creaban líneas de luz ondulantes que se deslizaban allí abajo. Disfrutaba observándolas. Aquellas figuras aparecían y desaparecían brillando durante unos segundos en la arena, creando una sensación mágica, mientras la superficie del mar se entretenía en crear ángulos de refracción para que la luz se concentrara en grandes líneas luminosas que no cesaban de crearse y desvanecerse.

Sofía había escrito un poema que dedicó a Dani en el que mencionaba a esas serpientes inquietas que parecían vivir y morir en tan sólo unos segundos, y las había comparado con la felicidad que creía haber encontrado en brazos de otros amantes: algo que nacía y moría con rapidez, sin proporcionarle nada a su espíritu. Recordó varias estrofas del poema y también la vergüenza que sintió cuando se lo entregó.
Luego él le pidió que se lo recitara a solas, en el salón de su casa y Sofía volvió a emocionarse ante la expresión que pobló el rostro de él. Hacía tan sólo unos meses que se conocían pero algo dentro de su alma insistía en la idea de que él era la persona que había buscado toda su vida.

Sofía seguía descendiendo lentamente, siguiendo los caprichosos destinos de aquel pez de vivos colores. Ella dejó de moverse por un momento y el pez pareció detener su marcha. Ahora podía observar su aleta dorsal, de un añil iridiscente, que contrastaba con su cuerpo achatado y corto de color oscuro. Las aletas pectorales lanzaban destellos celestes, y su cola ancha parecía contener todos los colores posibles entre el azul y el violeta, que brillaban de forma diferente con cada movimiento. Una llamativa línea amarilla recorría su contorno hasta difuminarse en la cola.
¿Dónde estaba Dani? Seguro que le hubiese encantado ver ése espécimen. ¡Si no se acercaba pronto iba a perderse el espectáculo! Sofía pensó que posiblemente él sabría que clase de pez era.
Sin dejar de observar a tan sorprendente criatura se ajustó de nuevo el cinturón que mantenía su bombona pegada a la espalda. Sólo hacía unos meses que Dani le había instruido en el buceo con botella. Y había sido muy estricto con los pasos a seguir bajo el agua.
Él fue su monitor durante todo el curso y Sofía se sintió atraída por él desde el principio. Dani era de un carácter tan impulsivo que la había asustado durante los primeros días. Y la verdad era que no sabía aún como la había convencido de que iniciaran una vida en común tan rápido. Pocos meses después se encontraba vestida de blanco terriblemente nerviosa ante su tercer “Sí, quiero”.
Pero, tal y como él decía, no había que dejar escapar ninguna oportunidad para ser feliz. Y todo el derroche de ímpetu y coraje que él mostraba en el exterior se plasmaba en ternura ante ella.
Junto a él se sentía como una chiquilla, y adoraba la sensación de vivir cada instante como una quinceañera, incapaz de aguantar ni un segundo más la oleada de sentimientos que amenazaban con explotar dentro de ella cuando estaba junto a él.
Hasta que le conoció sólo había buceado en superficie, con sus aletas, su tubo de respiración y sus gafas... no necesitaba más para sentirse en su otro mundo, tanto dentro como fuera del agua.
Junto a él descubrió un paraíso oculto y fascinador, tanto dentro como fuera del mar. Él la había instruido para disfrutar de un mundo submarino que apenas intuía. Bajo el agua la invadía la sensación de estar aislada de todo. Era un mundo de leves susurros: un suave chapoteo, el ritmo de su propia respiración, el rumor lejano del motor de alguna embarcación...
Y fuera del agua la hacía levitar en una nube de atenciones y cuidados. ¿Qué más podía pedirle a la vida?

La persecución amistosa del pez le llevó hasta una pared abrupta, que caía a más profundidad. Se asomó a ella y vio un fondo arenoso repleto de pequeñas algas verdosas que se movían al compás. Era un sebadal inmenso.
Sus tallos se veían arrastrados suavemente, casi mecidos, por la corriente que los arrastraba, ahora a izquierda, ahora a derecha, todos al unísono, formando una alfombra viviente que podía llegar a marear a quien no estuviera acostumbrado a ello. Por eso Sofía volvió a concentrarse en aquel gracioso pez que cada vez nadaba más deprisa y que parecía ansiar escapar, arrastrándola cada vez más abajo.
Volvió a sentir un leve escalofrío en los brazos cuando dejó de nadar a escasos palmos del fondo y se alzó sobre el abismo que se abría a unos diez o doce metros de altura. El vértigo que en escasas ocasiones le atenazaba al asomarse por el balcón de un edificio alto también encogía su alma bajo el mar.
Por fin el pez detuvo su andadura por encima del “manchón”, varios metros debajo de ella, introduciéndose en la parte inferior de un pequeño saliente.
Sofía buceó hacia abajo, casi vertical, para no perder de vista al animal. Mientras aleteaba suavemente, a la altura del saliente, se contoneó girando la cabeza para buscar de nuevo al pez. La belleza de su movimiento siempre había atraído a su pareja, que la sorprendía de vez en cuando con una fotografía submarina mientras ella se retorcía persiguiendo a un pez o simplemente por el placer de jugar como un delfín sobre el líquido elemento, arqueando su espalda y contoneándose en círculo. Se pregunto si Dani la iba a sorprender de nuevo con alguna fotografía imprevista.
Ahora, sobre aquella pradera inmensa, Sofía intentaba permanecer en vertical, con su cabeza virada a un lado para no perder de vista al pez con el que había jugado inocentemente, que se intentaba camuflar en la grieta.
Giró la cabeza para buscar a Dani… no lo vio, pero sabía que no estaría muy lejos. Un rayo de preocupación pasó por su mente; llevaba taciturno varios días, y en el pequeño trayecto en coche había contestado a sus intentos de conversación sólo con monosílabos. Se dijo que debía estar más atento a él, pues pasaba por un momento delicado debido al fracaso económico de su negocio como instructor de buceo.
Y aún seguía sorprendiéndole su negativa a aceptar la inyección económica que ella le había ofrecido y que era parte de su ganancia como empresaria. Desde entonces un silencio incómodo parecía haberse instalado sobre él.
Desde abajo volvió a mirar el saliente. Su “presa” había desaparecido adentrándose en una grieta de pocos centímetros de anchura. Sofía dejó de aletear porque sabía que el juego había acabado para ella. El pez se había escondido, cansado de ser perseguido por ese ser larguirucho y su constante sonido al expulsar las burbujas que ascendían a la superficie.
Giró sobre sí misma, colocándose boca arriba, luego boca abajo, y se dejó llevar por el incesante vaivén de las olas.
La visión de la superficie desde una cierta profundidad volvió a maravillarla: el aspecto translúcido del límite superior de la capa de agua, reflejando el azul celeste del cielo, y la altura de la pared que quedaba a su lado, algo amenazante.
Una extraña sensación la embargaba cuando se hallaba a tanta profundidad, y comenzó a notar la presión del agua en todas las partes de su cuerpo.
A lo lejos se acercaba un enorme banco de agujas, varios metros por encima de ella. Trató de colocarse, sin éxito, bajo ellas. Se sintió como una cría traviesa, divirtiéndose observando como escapaban hacia un lado y otro, evitando siempre que ella se colocara justo debajo.
Dani le había apostado, hacía ya semanas, a que no conseguía situarse justo debajo de un banco de peces, y se había reído viendo los inútiles aleteos y evoluciones de ella. Horas más tarde, apoyado contra la pared de madera del bar, con ademanes pausados, le explicó que ningún ser marino se lo permitiría, pues era la situación más vulnerable a los ataques de otros depredadores. Ahora Sofía recordaba sus ojos de color miel y las puntas de su cabello aclarado por el sol mientras deseaba que Dani volviera a mostrarse tan jovial como siempre.

Volvió a dejarse llevar por una ligera corriente de agua que encontró muy cerca del fondo. ¿Por qué Dani no venía? Era él el que insistía en no alejarse mucho de los compañeros de inmersión.
Miró detrás de ella y se giró, barriendo con la mirada todo el lugar. Después miró hacia arriba, sin conseguir divisarle, y un pequeño escalofrío de soledad le recorrió la espalda. No había rastro de él en toda la llanura submarina.

Posiblemente estuviera mirándola, oculto entre las rocas, para sorprenderla, tal y como hizo la semana pasada. Volvió a consultar sus indicadores en un vistazo rápido: el tiempo había pasado más deprisa que de costumbre. El resto de esferas indicaban que todo marchaba dentro de la normalidad. Aún le restaba mucho oxígeno y podía dedicarse a explorar aquel fondo esperándole.
Bucear era algo tan mágico… el tiempo parecía detenerse allí abajo. Se impulsó sin rumbo, dejando divagar cuerpo y mente. A pesar de las similitudes con la superficie terrestre, ¡cuán diferente era el fondo del mar!
Sofía se extasió al distinguir aquellas pequeñas colinas con algas de todo tipo creciendo entre sus oquedades, que siempre le recordaban las maquetas de los trenes eléctricos que pertenecieron a su hermano mayor.
Más allá una finísima arena negra se veía empujada de forma incesante a un lado y a otro, provocando una sensación de mareo que siempre la desconcertaba.
Las algas que se extendían bajo ella le proporcionaban una sensación aún peor.
Por un momento pareció quedarse como hipnotizada observándolas y tuvo que alzar la vista momentáneamente. Pensó en lo estúpida que era dejándose marear como una principiante, como una niña que jugara a dar vueltas sobre sí misma.
El vahído no parecía disminuir. La vista se le nubló por momentos. Sin duda alguna, el juego con el pez, girando y revolviéndose para acabar encima del fondo repleto de algas, había aturdido sus sentidos.
Quizás el desayuno no era todo lo consistente que exigía una jornada de buceo. Cerró los ojos por un momento y de forma instintiva estiró sus brazos para apoyarse en una pared que no existía. ¿Dónde estaba Dani? Tuvo que volver a abrirlos porque notaba que se desvanecía. La cabeza comenzó a darle vueltas y más vueltas y la angustiosa sensación de no poder respirar le atenazó. Con gran esfuerzo bajó la vista e intentó concentrarse en el indicador de oxígeno. El miedo invadía hasta el último recodo de su cerebro. Tras varios intentos consiguió enfocar el amarillento indicador de oxígeno que le restaba, y distinguió que la aguja seguía en el mismo sitio que cuando inició la zambullida. Comprendió con horror que el indicador estaba estropeado y sintió que sus pulmones parecían hincharse buscando oxígeno con desespero.
Su mente comenzó a nublarse: estaba a demasiada profundidad para iniciar el ascenso. No tenía fuerzas y se sintió desorientada: ni siquiera sabía hacía donde debería dirigirse para llegar a la superficie. Se quitó el cinturón de plomo y, apenas consciente, dejó que su cuerpo fuera arrastrado hacia arriba, sin siquiera percibir el alto muro rocoso que se encontraba a su lado. Su escasa respiración se aceleró. Quiso mover las piernas pero la sensación de pesadez se lo impidió. Se intentó zafar del resto de material pesado, exhausta, pero entonces notó que algo la aferraba del tobillo y le impedía ascender.
A punto de desfallecer miró hacia abajo y observó los enormes ojos de Dani, que la contemplaban, fríos e hirientes, mientras los últimos pensamientos de su mente sin oxígeno descubrían que tenía razón en lo que le había comentado a su amiga ayer mismo: todo era demasiado increíble para ser verdad.
Miró hacia arriba y dejó de sacudirse mientras dedicaba su mirada final a la belleza de aquel rincón del Mediterráneo que tanto había amado.

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Última edición por Arwen_77 el Mar Abr 29, 2008 11:07 pm, editado 1 vez en total

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Un poco agobiante al final :?

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Este relato es tremendamente visual, casi una fotografía.
Y el final...¡me encanta! Un final dulce, me hubiera parecido cargante después de las escenas del principio.

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Foroadicto
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Ufffff!!!! Al final casi me ahogo, no pensé que fuera a pasar eso, había imaginado que Dani se convertía en el pez

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Palmeras en la nieve. Luz Gabas.

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Vadertini
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Una bella postal de otro mundo maravilloso, un final escalofriante. :eusa_clap: :eusa_clap:

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Registrado: Jue Dic 20, 2007 2:36 pm
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Comenzaré poniendole unas pegas que apenas lo son. Las frases cortadas cuando aparentan al principio ser subordinadas, o la repetición del nombre de la protagonista al principio de varios párrafos me hacen pensar en que el autor (creo que autora) es jóven, o bien lleva poco tiempo escribiendo. Seguramente no acierte luego en nada... Ahora a lo positivo, que es todo. El autor de este relato tiene un potencial enorme. Estoy seguro de que podría haberlo escrito mucho mejor, y con el tiempo acabará haciéndolo si no le puede la desidia o si no se resta tiempo para escribir. Está en la antesala de un paso que han de dar todos los autores en algun momento de su vida. Es capaz de aunar una vida entera en pequeñas salpicaduras como los chapoteos de agua del protagonista, y jugar con el mar, con su inmensidad, su hechizo, y la imagen de la muerte que nos trasmite mientras tanto sin que se note para nada el escalón que ha de subir entre tanto. Puede que no sea el mejor de todos los relatos en cuanto a cómo está escrito, pero he visto en él un poderío, una sensibilidad y una concienciación enormes. Ha sabido comenzar y terminar en el mismo equilibrio. De otros relatos me gustan partes, quizá el principio, el final, cómo son los diálogos, cómo las descripciones...de este me gusta todo sin destacarse una sobre otra característica. A ese compendio que provoca el equilibrio le doy mi más sincera enhorabuena, y le pido al autor que no deje de escribir.
Me quito el sombrero. Este es mi relato favorito de cuantos he leído hasta ahora.

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NotaPublicado: Jue Abr 17, 2008 6:39 pm 
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No puedo evitarlo
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¿Final dulce Mil y pico?... o yo no lo he entendido o es que eres una tipa rara...

Debo reconocer que he tenido que recordar que debo respirar para sobrevivir (me pasa los mismos con las escenas de pelis que pasan bajo el agua que estoy ahí mirando sin respirar). Esto me lleva a la conclusión que es un relato brillante, que atrapa y que no tiene arritmias a la hora de leerlo. Muy bien, muy bien.

Felicidades

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NotaPublicado: Jue Abr 17, 2008 6:48 pm 
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La Gruñ
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Mensajes: 9336
Ubicación: En mi Gruñidera
Será que no me gusta sentir agua sobre mi cabeza, pero me ha resultado bastante agobiante :? :lol: Lo cierto es que me perdido un poco en tanta descripción del fondo marino :roll:
El final es lo que más me ha gustado, se veía venir poco a poco, pero me ha gustado.
Gracias.


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NotaPublicado: Sab Abr 19, 2008 4:33 pm 
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Vivo aquí

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Me ha gustado mucho: elegante y realista. Cuidado. Muy bien :eusa_clap:

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NotaPublicado: Sab Abr 19, 2008 4:39 pm 
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Ubicación: Entre tus brazos...
El Ekilibrio escribió:
¿Final dulce Mil y pico?... o yo no lo he entendido o es que eres una tipa rara...


Dejando de lado que yo sea una tipa rara o no :lol: no he dicho que el final sea dulce, sino que un final dulce me hubiera parecido cargante, pero entiendo la confusión, la coma está mal puesta.

En lugar de Un final dulce, me hubiera parecido cargante después de las escenas del principio. debería haber escrito Un final dulce me hubiera parecido cargante después de las escenas del principio.

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Última edición por 1452 el Sab Abr 19, 2008 8:54 pm, editado 1 vez en total

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Me han gustado las descripciones y el tono del relato. Mientras lo leía estaba esperando todo el rato que le pasara algo a la protagonista. Una duda, ¿hay viejas y salemas en el Mediterráneo? Yo creía que eran tìpicos de Canarias. :?: :?:


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Ubicación: Lejos de ti...
Leído. Nunca he hecho submarinismo, hasta ahora. Al leer este relato me he sentido bajo el mar. Muy bueno, eso si el final me lo esperaba, cosa que no le quita mérito.

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NotaPublicado: Lun Abr 21, 2008 10:58 am 
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Me gustó mucho, hay alguna repetición de palabras, pero el relato tiene un desarrollo increscendo. Enhorabuena al aut@r.


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NotaPublicado: Lun Abr 21, 2008 10:13 pm 
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De los relatos que he alcanzado a leer, creo que este es el más redondo. Necesita algún retoque fino, pero nada más.
Un cuento puede tener un final detonante o no. En ese caso, el arte consiste en mantener el interés del lector a pesar de lo previsible del desenlace.
Previsible, aclaro, no significa obvio, sino que el autor ha colocado los indicios necesarios a lo largo del texto.

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Saludos,
Kalessin


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