Armagedón

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Desierto
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Armagedón

Mensaje por Desierto » 31 May 2008 16:18

Aquí va uno de estos que salen del tirón:


Estaba mirando la pantalla como quien pudiera mirar hacia el vacío de una noche sin luna. Trataba de no sentir nada, de dejar la mente hueca por unos breves instantes, aunque sólo fuera por un momento después del caos en el que había estado sumergido.
El majestuoso paisaje nocturno que se podía contemplar a través de las ventanas de la estación meteorológica, flotando a más de 10.000 pies, le dejaba frío. Ya nada conseguía emocionarle. Si ya ni siquiera lo hacían las palabras encendidas de Sombra, el magnético líder de la Jihad pour la Libération d´Arda, no iba a hacerlo el baile del mar de luces que tantas veces había contemplado desde los laboratorios de la Estación Espacial Internacional.
Hasta allí había llegado después de que la organización contactase con él. Con el pretexto de la búsqueda de nuevos remedios inmunológicos para las enfermedades neurodegenerativas, había utilizado todo su amargo talento en la búsqueda del arma biológica definitiva. Su impecable curriculum científico había evitado preguntas indiscretas y que los sabuesos de la Agencia Espacial hociqueasen más de lo justo en su vida privada. Si hubiesen descubierto el horror que aplastó a su familia, cuando su mujer y su hija fueron violadas y asesinadas por aquellos integristas religiosos del Séptimo Círculo, no le hubieran considerado psicológicamente preparado para trabajar en aquellos laboratorios, no le hubiesen dado la oportunidad para desarrollar su obra maestra: Armagedón.
El virus era una sinfonía perfecta de ingeniería genética. Después de tantos años dedicados a la microbiología, podía afirmar sin ánimo de dudas que era la combinación más impresionante de virulencia y contagiosidad que jamás hubiese visto. En el laboratorio no había podido dejar de insinuar una sonrisa al pensar cómo había vencido a las creaciones de la naturaleza; y no sólo a las clásicas plagas como las producidas por el cólera o la peste en la Edad Media, sino también a los terrores nacidos en S.XX. El virus de Ébola, el VIH, las cepas más agresivas de la Gripe Española, la causante de la encefalitis de von Economo… eran criaturas delicadas comparadas con Armagedón. Era el terror bíblico encarnado en apenas algunas secuencias de RNA. Sencillo, letal, perfecto.
Ningún ser humano iba a sobrevivir.
No le había temblado el pulso cuando saboteó los depósitos de aire de la estación espacial, ni cuando rajó la garganta del ingeniero atmosférico de la estación suborbital meteorológica que le recogió tras su mayday. Se había mantenido frío e impasible mientras cargaba la baliza de emergencia con su apocalíptica creación.
Estaba muerto, vacío. Tras el entierro de las dos mujeres que habían significado todo en su vida había llegado a sentirse asqueado por el mundo en que le había tocado vivir. Cada vez que veía las noticias dejaba a un lado las dudas y los remordimientos que había llegado a sentir tras las primeras llamadas telefónicas de Sombra. Ahora no sentía más que desprecio y repugnancia por sus semejantes.
«No nos merecemos este planeta. No somos dignos».
El reloj de la barra de herramientas del panel de control brillaba enmarcado con una banda de azul brillante, azul de neón, como el color que apenas iluminaba el universo que ahora le rodeaba. El color de su vida, el color de la nostalgia, el color de un sueño que ya había dejado de ser una pesadilla para convertirse en un purgatorio alejado de todo sentimiento que no fuese ese dejar las horas pasar.
Las agujas digitales se superpusieron en la vertical de la medianoche cortando la esfera azul y la pantalla rieló durante un instante. En ese parpadeo estuvo a punto de desvanecerse, vencido por el agotamiento de las noches sin dormir.
Sacudió su cabeza con el propósito de alejar de sí la modorra. Sólo necesitaba un par de minutos más y todo habría acabado, pero por un instante, durante la fracción de segundo que había durado su cabezazo, le había parecido escuchar música. Ahora, mientras tecleaba torpemente, su mente era incapaz de alejarse de ese rastro de recuerdo, como una llamada apremiante hacia una memoria remota. Empezó a tatarear la melodía sin darse cuenta, como si ésta se hubiese colado en su mente completamente ajena a su voluntad. Sí… la reconocía; era el violín de La violetera.
De forma violenta, como un golpe en la conciencia, aquel tango le trajo de súbito el recuerdo vivo y sangrante de las preciosas manos de su mujer, de dedos finos y delicados como espigas, cuando acariciaba las suyas mientras bailaban. Adoraba bailar despacio con ella, estrechar contra sí su cuerpo delgado y fibroso, mecerse con suavidad sin que nada más allá de sus manos unidas importase en la vida.
Un afilado cuchillo se clavó en su estómago junto a ese recuerdo. Una nota de dolor enterrado, la certeza ahogada de que una vez, hacía ya mucho tiempo, había sido un hombre feliz. Tras el tango se precipitaron en su mente como en una avalancha indómita las canciones que habían marcado su vida, aunque hasta aquel momento nunca lo había llegado a concienciar. Se vio escuchando a Miles frente a una pinta en algún tugurio de madera mientras disfrutaba de compañía silenciosa. Volvió a reír a carcajadas entre amigos en alguna fiesta en la que todos gritaban al son caribeño de Angelina de Harry Belafonte, le cantó de nuevo nanas en bable a su hija en la cuna, se enamoró del amor con Everything but the girl, cerró otra vez las puertas a la infancia mientras Disarm de los Smashing Pumpkins se repetía sin tregua toda la noche…
Estaba llorando. Las doce y un minuto. Toda su vida había pasado en música por delante de sus ojos en tan sólo sesenta segundos.
«Dios mío, ¿qué estoy haciendo? Esto es una locura… estoy tan cansado…»
Se vio durante los últimos años trabajando en el proyecto terrorista de la Jihad y no se reconoció a sí mismo. «¿Qué me han hecho? ¿Cómo he podido estar tan ciego? Yo amaba la vida…». Se miró las manos espantado. Aquellas manos envejecidas prematuramente habían creado un monstruo que ahora se retorcía en el interior de una cápsula de metal brillante. Había estado a punto de liberar el terror más oscuro que el mundo hubiese nunca imaginado.
«Se terminó.»
Sólo quería cerrar los ojos durante un minuto. Descansar un instante y olvidarlo todo. Sentía nacer dentro de sí de nuevo el germen de la vida. Volvería a su casa y buscaría trabajo en un instituto, recuperaría a los viejos amigos, llevaría flores a la tumba de su esposa y su hija y sonreiría otra vez.
«Sólo una cabezadita, no puedo más, estoy tan cansado…»

Un golpe en la nariz le despertó. Su cabeza había cedido al sueño como un árbol abatido por la tormenta y su cara había chocado contra el teclado. Una luz roja, intermitente, ominosa brillaba en la pantalla. A través de los cristales de la estación pudo ver cómo la baliza de emergencia se alejaba lenta pero inexorablemente hacia la superficie del continente. Decidida e implacable, irrefrenable como la misma muerte que viajaba en su vientre.
Última edición por Desierto el 01 Jun 2008 23:24, editado 1 vez en total.
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SimpleMind
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Mensaje por SimpleMind » 31 May 2008 18:42

Terrorífico :D Me han gustado especialmente dos frases que me han parecido fantásticas.

El color de su vida, el color de la nostalgia, el color de un sueño que ya había dejado de ser una pesadilla para convertirse en un purgatorio alejado de todo sentimiento que no fuese ese dejar las horas pasar.

Decidida e implacable, irrefrenable como la misma muerte que viajaba en su vientre.


Enhorabuena

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Desierto
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Mensaje por Desierto » 31 May 2008 20:02

Gracias, SimpleMind, me alegro de que una de las frases que más te gusten sea la última. En el relato me gusta buscar esa frase que sirva de broche, que diga: se ha terminado aquí, no hay que darle la vuelta a la página para ver si hay algo más escrito.
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lucia
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Mensaje por lucia » 01 Jun 2008 19:43

Un poco desesperanzador el final ¿no? No vale el arrepentimiento.

Por cierto, porque Yersinia pestis y no peste cuando va a continuación de cólera.

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Mensaje por Desierto » 01 Jun 2008 23:24

Veamos cómo te puedo contestar, lucía.

Desesperanzador sí, vale. El tema del relato no quiere ser el arrepentimiento, yo veo la moraleja más bien en que existen monstruosidades que no deben ser nunca concebidas, demonios que una vez creados ya no dan nunca marcha atrás, encrucijadas, límites que una vez transgredidos cambian la cara del mundo para siempre aunque aquellos que les diesen vida en un principio creyesen que podrían tenerlo todo bajo control. "Algunos terrores son demasiado peligrosos para siquiera pronunciar su nombre."

El tema de los términos científicos son deformación profesional, lo siento, ni me había dado cuenta. Tienes toda la razón, posiblemente tendría que usar el término genérico o científico para ambos si están en la misma frase, pero se me escaparon los nombres con los que yo me refiero a ellos en mi cabeza. Creo que te haré caso. Lo edito.
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Mensaje por SHardin » 02 Jun 2008 08:38

Saludos, Me ha gustado el relato justo por lo que respondes a Lucía, es lo que me transmitía al leerlo. Me estaba dieciendo según leía, hombre no jueges con eso, destruiras todo, ¿merece la pena? y cuando concibe que no merece la pena, el final me da la razón.
Por cierto según lo leía me estaba inspirando otro final...

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Desierto
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Mensaje por Desierto » 02 Jun 2008 10:23

¡Coño SHardin! Pues compártelo...
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Mensaje por Felicity » 02 Jun 2008 19:22

Aparte del relato en sí. que está muy bien y crea una atmosfera de Suspenso. que no de suspense sino de suspenso del tiempo.

me ha llamado la atención esa " Humanización" del "malo".

y el arrepentimiento. aunque inexorablemente... si alguien tiene una idea en la cabeza... por más que se arrepienta la acabará cumpliendo de una forma o otra.

bueno ya me meto en Metafísica así que no os meto el rollo pero este relato muestra claramente lo que se denomina: Ley de Mentalismo.
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Mensaje por Desierto » 03 Jun 2008 00:14

Tendrás que darnos más detalles, Feli...
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Mensaje por Felicity » 03 Jun 2008 00:38

Yo te los doy Tranquilo ;)
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SHardin
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Mensaje por SHardin » 03 Jun 2008 01:22

He estado reescribiendo el final, pero no merece la pena colgarlo, así que dejo un esbozo de la idea. Esto es solo lo que se me pasó por la cabeza al avanzar por el relato, me gusta el final como está. Pero por jugar:

* Había conseguido un virus letal para el ser humano, odiaba pertenecer a está decadente especie. Mira a su hámster, el único ejemplar que ha podido llevar a bordo de los que sobrevivieron a los experimentos.

Contempla la tierra por última vez, la feroz plaga que le espera a la humanidad no afectará a ninguna inocente criatura de la madre naturaleza, lo contrario, piensa, sería perverso.

Pulsa el botón sin remordimiento alguno, no está sino salvando un planeta que agoniza y que antaño rebosaba vida y diversidad. Se siente satisfecho, y expresa sus emociones al pequeño habitante de la estación.

- ¡Noooo! - grita.

El hámster agoniza con las típica manchas rojas que delatan lo avanzado de la enfermedad, en dos horas moriría entre dolor y fiebre, su/nuestro verdugo no ha tenido un pensamiento para acortarle el sufrimiento antes de abandonar este mundo.

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Mensaje por Desierto » 03 Jun 2008 01:32

Está muy bien, SHardin... pero choca con mis teorías sobre ecología: hay muchas personas que claman al cielo diciendo "nos estamos cargando el planeta". La Tierra es mucho más dura que nosotros... no podemos hacerle daño. Todo esto del cambio climático y el calentamiento global... en realidad no es más que la Tirerra defendiéndose de nosotros. La haremos inhabitable para la especie humana, pero la vida se abrirá paso, siempre. Nuestra única salida es la evolución o la extinción... o matarnos los unos a los otros.
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Mensaje por SHardin » 03 Jun 2008 03:48

Podría haberla dramatizado un poco más, iba a poner un esquema más simple pero al final me deje llevar.

Más que sobre ecología, pues solo vemos el punto de vista del genocida, quería reflejar el jugar a ser Dios (y lo mal que sale) y por otro lado que los que nos quieren salvar, en realidad no se preocupan de nosotros (esto que se lo digan al pobre hámster).

Si te das cuenta, podría haber aventurado la destrucción total de vida, pero como a ti, me gusta la idea de que la vida siempre sobrevivirá (aunque el genocida-suicida no lo sepa).

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