La tragedia del adivino

Espacio en el que encontrar los relatos de los foreros, y pistas para quien quiera publicar.

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JANGEL
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La tragedia del adivino

Mensaje por JANGEL » 04 Abr 2006 13:44

I

Las horas se transformaban en días, los días en meses, los meses en años. El tiempo pasaba cada vez más deprisa, a medida que nos hacíamos mayores. Pero la amistad entre David y yo permanecía por encima de todo, desde que comenzó en nuestra niñez hasta que nos convertimos en adultos.

Me gustaría decir que David Onagre era un tipo normal, al menos aparentemente normal. Pero, si podía decirse algo de él, no era precisamente esto. Ni era normal ni lo parecía. En realidad, David era un individuo extraño, de lo más raro que podía haber conocido.

Para empezar tenía un ojo de cada color, uno marrón y otro verde. Recuerdo que, cuando se ponía cerca de mí y me miraba fijamente, sentía un escalofrío indescriptible, no sabría explicar por qué. A pesar de la enorme estima que sentía por él, este rasgo me resultó repulsivo hasta que terminé acostumbrándome, una vez superada la terrible adolescencia que revolucionó nuestras hormonas.

Por otra parte, era muy delgado y muy pálido, hasta tales extremos que con frecuencia parecía un chico enfermizo. Para completar este aspecto desgarbado, lucía una espesa cabellera que, pronto, con catorce o quince años, la naturaleza tiñó de gris. En su cabeza, los pelos negros y las canas se mezclaban espontáneamente, revistiendo de mayor austeridad su grave semblante. Así que siempre representó más edad de la que realmente tenía.

Durante una etapa temprana de su vida, esta apariencia resultó exótica para los demás, incluso atractiva para las chicas. Pero, pasados los años, rozó los límites de la repugnancia y se convirtió en un tormento para él, una marca de su condición singular. Muy pocos eran los que, sin conocerle de antes como yo, se acercaban para entablar algún tipo de relación con David.

Sin embargo, poseía algunas cualidades difíciles de descubrir si no te avenías a conocerle. Yo lo sabía, porque, desde niño, había visto cómo las desarrollaba. Por ejemplo, nunca tuve charlas con otras personas tan amenas y agradables como las que mantenía con David. Con él siempre aprendía algo, siempre me lo pasaba bien, porque gozaba de una particular elocuencia que solía dejarme atónito y a la vez me entretenía. Apreciaba mucho su facilidad para expresarse. Por eso, más tarde, en otras circunstancias, continué hablando con él, contándole todo esto que ahora está escrito, con el objeto de que pudiera transcribirlo utilizando su gran capacidad narrativa y quedara constancia de líneas como éstas que le dedico.

Otra característica de David era su necesidad de expresar cariño, que casi nadie comprendía pues lo hacía buscando el puro contacto físico. Cuando David paseaba por la calle, hacía todo lo posible por acariciar con sus brazos los cuerpos de los transeúntes con los que se cruzaba. Cuando iba en el autobús o en el metro, se pegaba mucho a otros pasajeros y era de los que leían por encima del hombro el periódico o el libro de los demás; disfrutaba en las horas punta, cuando la gente se agolpaba en los medios de transporte como sardinas en lata y el contacto era inevitable. Normalmente, David dialogaba con sus interlocutores posando una mano en el antebrazo o cerca del cuello, como si quisiera transmitirles algo más que palabras. Y, si estaba de buen humor, saludaba y daba los buenos días o las buenas tardes a todo el mundo, aunque no le conocieran. Era una persona que necesitaba mostrar afecto y también encontrarlo, pero pocas veces se lo devolvían. Porque los individuos de la sociedad actual tendemos a proteger nuestro espacio vital, la intimidad de nuestro inmediato alrededor, y odiamos que alguien lo invada deliberadamente. A menudo, esto le traía problemas, porque tenía que hacer frente al desdén de los ciudadanos, a las respuestas agresivas, incluso violentas de quienes se sentían desairados por su actitud. De manera que David era un pobre incomprendido en éste y otros aspectos.

Al decir otros aspectos, habría que destacar la facultad más peculiar de David que hasta ahora no había mencionado: era vidente.
Última edición por JANGEL el 04 Abr 2006 16:25, editado 1 vez en total.
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fl_fernando
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Mensaje por fl_fernando » 04 Abr 2006 15:15

:128: :128: :128:
Estado: ansioso por la continuación
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Nelly
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Mensaje por Nelly » 04 Abr 2006 17:42

:eusa_clap:
impecable.

No obstante..., bueno, me reservo un comentario (positivo) para dentro de un par de días.

Describes caracteres con una facilidad tan solo equiparable a lo acertado de sus características, siempre sorprendentes.

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Mensaje por JANGEL » 04 Abr 2006 17:57

Gracias, Nelly. ¿Esperas tener en un par de días el final de la historia? :lol:
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Mensaje por Nelly » 05 Abr 2006 10:57

:eusa_naughty:
no, no, no van por ahí los tiros....

De todas formas, me mola esto de "cuentos por entregas"..

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Mensaje por JANGEL » 05 Abr 2006 11:08

De todas formas, aquí tenéis más, que Fernando se nos impacienta. :lol:

II

Era una víctima de lo que hoy en día los expertos han preferido denominar ENOC (es decir, los Estados No Ordinarios de la Consciencia), considerando que no son alteraciones psíquicas, sino modificaciones del estado consciente que permiten disponer de una percepción extrasensorial para captar hechos que no se percibirían por medio de los sentidos. Afirmar que David era una víctima no se debe al capricho, pues él, como afectado por este indeseable don, nunca llegó a adaptarse a la tensión que constantemente le oprimía y muchas de las experiencias a las que se veía sometido eran duras y desagradables.

La clarividencia de David era un don innato que funcionaba de forma imprevista, sin previo aviso. Aunque siempre se encontraba latente (David era fecundo en premoniciones), con el tiempo había aprendido a ignorarlo. Sólo hacía caso a los amagos más pronunciados porque, como él mismo describía, durante esos episodios parecía que la cabeza le iba a estallar. Por lo demás, a mi parecer, era una habilidad sin utilidad, ya que lo que predecía que iba a suceder era inevitable que acaeciera. Las pautas del destino eran inviolables y se cumplían irremediablemente. A mí me costaba entenderlo, porque siempre creí en el libre albedrío del hombre, que podía elegir su propio camino y equivocarse o acertar. Pero cuando, siendo jóvenes, le pedí que me explicara en qué consistía su facultad especial, me contestó:

-¿Para qué? No lo vas a entender.

-¿Por qué no?

-¿Se le puede explicar a un ciego cómo es el color rojo?

Algunos videntes mentían sobre sus capacidades o se las inventaban y creían que el poder de la precognición residía en hacer una extravagante lectura sobre las combinaciones al azar de una baraja de cartas. Otros eran conscientes de sus limitaciones, vivían una vida normal pero de vez en cuando utilizaban los naipes como mero instrumento para distraer la atención de quien tenían delante y contarle sólo lo que querían escuchar. Los había también que eran profesionales cuyos servicios alguien requería de vez en cuando, en ocasiones lo hacían incluso los agentes del orden público para resolver algún crimen. David pertenecía a un cuarto grupo, el de los que trataban de ignorar aquello que les distinguía de los demás y pasar inadvertidos, quizás la misión más complicada.

La ingenuidad infantil propició que David me confesara sus extraños poderes poco después de conocernos, de camino al colegio. Naturalmente, por entonces yo era muy impresionable y me quedaba perplejo con cualquier atisbo de sus premoniciones. Más adelante, el estupor vino acompañado de la más absoluta turbación, en los casos en que los sucesos extraordinarios iban seguidos de accidentes fatales y fallecimientos. Si yo quedaba consternado por estos acontecimientos, David se sentía hundido por la desolación y padecía profundas depresiones ante la impotencia de no poder reparar el daño que, no obstante, era capaz de presagiar. David y yo fuimos, por tanto, amigos desde siempre, lo que implicó disfrutar más de nuestra relación, pero también sufrir con él todos estos arduos lances.
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Mensaje por JANGEL » 05 Abr 2006 11:11

III

Las primeras experiencias paranormales de David se produjeron justo después del accidente que le puso al borde de la muerte, siendo muy pequeño. Aunque él siempre dijo que había nacido con esas dotes y que el accidente sólo había actuado como una situación traumática desencadenante.

Un día, David paseaba por la calle cogido de la mano de sus padres. Tenía entonces seis años y acababan de salir del cine. Aún caminaba aturdido, sopesando las maravillas que había visto durante la proyección de la película, cuando cruzaron un paso de peatones. Lo último que David recordaba era una motocicleta conducida por un desaprensivo aproximándose a toda velocidad hacia él y el dolor de un golpe brusco en la cabeza. Nada más.

De repente, un destello se encendió en medio de la más negra oscuridad y se expandió guiándole hacia el túnel de luz que se había abierto frente a él. Mientras tanto, su vida pasaba ante sus ojos, secuencia tras secuencia, frenéticamente. Pero no se detenía en el momento en que le habían atropellado como parecía lógico, sino que seguía adelante. Y se dibujó en su mente todo lo que le iba a suceder desde ese instante hasta el final, porque se percató en seguida de que ese adulto que veía envejecer en sueños era él mismo, de mayor, viviendo lo que sería su propio futuro. Incluso vio cómo iba a morir yo. Incluso vio cómo iba a morir él.

Permaneció inconsciente durante más de media hora. Cuando despertó, yacía sobre una camilla y le estaba atendiendo un hombre con bata blanca. Su madre sollozaba al lado del médico, consolada por su padre. Él, que se encontraba bien pero algo dolorido y mareado, tenía todavía presente todo lo que había ocurrido en ese tiempo que estuvo sin sentido, profundamente dormido. Dio un abrazo a su madre y a su padre y se prometió a sí mismo no olvidarlo jamás. Pero tampoco me lo quiso contar nunca, por más que se lo supliqué. Cuando averigüé la parte que me tocaba fue por otros cauces menos convencionales.
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Mensaje por Nelly » 05 Abr 2006 14:24

¿Y nos dejas así? mala pesona!!!! :user: continua....!!!

fl_fernando
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Mensaje por fl_fernando » 05 Abr 2006 16:04

En este foro TOOOODO se trata de esperar!
No importa, si soy capaz de esperar pacientemente dos días por ukio, seré capaz de esperar la continuación de tu relato :wink:

Saludos
fl_fernando
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Mensaje por JANGEL » 05 Abr 2006 16:42

Sólo porque me lo pedís, ¿eh? :wink:

IV

Cuando David ensayaba las facultades de adivino, el tiempo era su mayor enemigo. Podía vislumbrar los presentimientos, las intuiciones y las corazonadas con toda nitidez, pero no era capaz de prever el momento exacto en que ocurrirían. De ahí sus fútiles esfuerzos por impedir percances. Habría sido luchar contra el sino para ser derrotado una y otra vez. Y esas intuiciones, esas corazonadas, se esbozaban en alguna parte de su cerebro como vagos recuerdos parciales de la película de su vida que había visto tras el accidente. Se producían exactamente como un déjà vu, eventualmente acompañado de extrañas alucinaciones que servían como avisos.

Yo le instaba a practicar la relajación y la meditación, para concentrarse más en los momentos en que le sobrevinieran las sensaciones de videncia e intentar acotar el entorno temporal y espacial en que se desarrollaban los augurios que sucederían más tarde. Pero esto sólo nos llevaba a una agria discusión, porque se negaba a tomarse tan en serio su don, se negaba a sufrir más aún.

Llegó el día en que la situación se volvió insostenible. Una tarde recibí una llamada de David en la que me urgía a encontrarme con él cuanto antes. Cuando salí de la oficina, nos reunimos en su casa. Lo encontré destrozado, con el rostro descompuesto, el pelo ceniciento muy revuelto y las lágrimas surcando sus mejillas. Al verme, se limpió la cara con el puño de la camisa y se sacudió la nariz. Inmediatamente adiviné que había vuelto a pasar, se había materializado alguna otra fatalidad que había vaticinado.

-Isabel, la hija de Julio… -balbuceó tembloroso-. Ha muerto.

Obviamente, la conmovedora noticia me sobrecogió. Titubeé antes de elegir la pregunta que iba a formular. Contagiado de su candor, mis manos vacilaron pero finalmente se apoyaron en sus brazos, para hacerle saber que podía contar conmigo.

-¿Cómo ha sido?

Apenas dos semanas antes, habíamos asistido a un concierto de violín de la pequeña Isabel, una niña prodigio de doce años. El padre, nuestro amigo Julio, nos había invitado muy orgulloso para que asistiéramos al primer paso a la celebridad de su querida hija. No nos lo pensamos. Reservamos las entradas y el día de la función nos acomodamos contentos en nuestras butacas, frente al escenario. Tras las presentaciones de rigor, Isabel inició la interpretación de su repertorio, que incluía piezas de cierta complejidad. Exhibió todo su talento musical, haciendo vibrar las cuerdas con portentosa destreza. El público la escuchaba con fascinación. Casi al final del concierto, David empezó a encontrarse mal, su faz se tornó lívida y quedó traspuesto durante unos segundos. Finalizado el espectáculo, mientras destinábamos unos merecidos aplausos a la jovencita demostrando nuestra satisfacción, David escapó hasta los aseos del teatro para refrescarse la cara y borrar la desazón de sus facciones.

-¿Recuerdas lo que vi durante el concierto?

-Sí, tuvo un gran impacto sobre ti –asentí desalentado, sentándome junto a él-. Fue una de las pocas veces que me lo quisiste contar, supongo que para desahogarte y sentirte más aliviado.

-Creí que así rompería el hechizo.

A David no se le aparecía ningún espectro anónimo que le ayudara a comprender las premoniciones ni le hablaban los personajes retratados en los cuadros. Sencillamente, y en circunstancias excepcionales, tenía visiones donde la realidad se transformaba momentáneamente.

-Viste cómo empezaba a gotear agua por las aberturas de la caja del violín, cada vez más abundante –recordé, reincorporándome para ir hasta la ventana, pues necesitaba un poco de aire fresco-. Y el agua iba manando con más intensidad, formando un charco alrededor de la niña. Luego anegaba el escenario, mientras ella chillaba con la cara contraída y amoratada. ¿No fue eso lo que me contaste?

-Así es –confirmó David, tremendamente afligido, entrelazando las manos sobre las rodillas-. Pues ha muerto ahogada en una piscina…

Había vuelto a ocurrir. La explicación me desconcertó. Miré al exterior, hacia abajo. Sentí vértigo al comprobar la altura, unas doce plantas. Después me volví hacia David, con talante reprobatorio.

-Te dije que teníamos que haber avisado a Julio.

-Hubiera sido en vano –se lamentó David, sin dudas acerca de su afirmación.

-¿Por qué estás tan seguro? Teníamos que haberlo intentado. ¿No es lo que deseas? ¿Evitar estas catástrofes? ¿Implicarte?

Resopló con fastidio, encontrando mis argumentos bastante discutibles. Ésa era su debilidad, que pensaba demasiado.

-Ya te he dicho que no es tan fácil. Ni siquiera yo sé interpretar el significado de las visiones que tengo. ¿De qué le hubiera servido a Julio saberlo? Ahora, probablemente, estaría sufriendo todavía más, se sentiría responsable del accidente, culpable de la muerte de su hija…

-¿No me oyes? –exclamé sorprendido por la melancolía de David-. Tu don tiene que servir para algo. ¡Sólo tienes que saber utilizarlo!

-No, te repito que no funciona así.

-Está bien –aduje, nervioso ante la obstinación de mi amigo. Por su honradez y su falta de afán de lucro y notoriedad, era un buen vidente, pero tenía en su contra que no aceptaba las críticas-. Me da igual lo que digas. Quiero saber cómo me voy a morir.

-No puedo decírtelo…

-¡Quiero que me lo digas! –grité exasperado, con impaciencia. Pero me di cuenta de que la ventana estaba abierta y recuperé el tono normal de mi voz-. Tengo derecho a saberlo, David. Es parte de mi vida.

-Sí, la muerte es parte de la vida. Es su desenlace –replicó impasible.

-No vuelvas a decirme lo mismo de siempre: “Ya llegará, no tengas prisa”. Quiero saber cómo voy a morir. Tal vez consiga burlarla, vivir un poco más, ¿no crees?

David se levantó de su asiento y se fue acercando a mí, en silencio.

-¡Dímelo!

-No deberías pedir eso –amonestó en tono amenazante.

-¡Dímelo!

Antes de que pudiera reaccionar, David se había colocado frente a mí, adoptando un aire glacial, y sus ojos de distinto color se clavaban en los míos con arrogancia, como si estuviera molesto por el desaire de un insensato, como si mi insolencia hubiera despertado en su interior una secreta aversión. Un segundo después, me miró con una involuntaria indiferencia, pero la confundí con una benevolencia intempestiva. Sin compasión, inesperadamente, me hizo una zancadilla y me propinó un fuerte empujón. Al tiempo que me precipitaba al vacío paralizado por el pánico, jadeando por el frenesí de la caída, él decía:

-Es así como mueres…
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Mensaje por JANGEL » 05 Abr 2006 16:43

V

No me pregunten por qué lo hizo. La pregunta sería más bien si realmente presentía los acontecimientos venideros o no era más que un simple ejecutor del infalible destino. Porque era cierto que no tenía motivos para matarme, salvo la incesante persecución con la que le había hostigado y que tiempo atrás había comenzado, insistiendo en encontrar una explicación a su extraño poder, un sentido a su ejercicio. Sólo quería ayudarle, pero quizás no fui prudente. Quizás influyó la tensión emocional, pues no había elegido la mejor ocasión para exigirle una respuesta, justo después de descubrir que había vuelto a ser partícipe del sarcasmo de la muerte.

Aquello marcó mi final. Y de alguna manera, también el suyo. Desde entonces, su vida no volvió a ser la misma. Con el mismo aplomo que había puesto al arrojarme desde la ventana de su apartamento, David se dirigió a la comisaría más cercana y confesó a la policía el homicidio que había cometido, como si no fuera más que una vulgar travesura. El juez le condenó a pasar una larga temporada en la cárcel, no esperaba menos.

Sin embargo, David tuvo suerte en algo. No soy rencoroso. Nuestra amistad perduró. Sólo tenía que llamarme para que acudiera a verle. De hecho, iba a visitarle a su celda siempre que podía, todas las semanas. Me gustaba hacerlo por las noches, cuando la prisión estaba tranquila y nadie nos podía molestar. Conversábamos un buen rato, a veces toda la noche. En efecto, los vigilantes creían que David sufría de insomnio, que no estaba muy bien de la cabeza y hablaba solo. Pero era yo, que me acercaba para escucharle y para dictarle mis experiencias, porque sentía que me había apartado demasiado pronto, muy joven, de ese mundo que tanto amaba. Quería, al menos, conservar parte de mi memoria de algún modo. Él lo hacía encantado, pero no lo asumía como una tarea placentera, sino como parte de su castigo.

A veces hacía algo que David sólo ha sabido después, cuando se lo revelé para que así lo escribiera. En determinados momentos en que David pensaba que estaba solo, yo le observaba detenidamente. Veía cómo pasaba los dedos sobre la agenda que le regalé en su último cumpleaños, la misma sobre la que ahora transcribía lo que yo le pedía. La tocaba con avidez, intentando percibir los sentimientos que impregnaban las tapas de cuero, mis reflexiones, que habían quedado adheridas a la agenda como la huella de un fantasma. David seguía necesitando recibir tanto afecto…
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Jaime
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Mensaje por Jaime » 05 Abr 2006 18:42

Me ha gustado Jangel... el mundo de la clarividencia siempre me ha parecido fascinante; a eso le has añadido una historia de amistad que termina de forma tajante y que no me esperaba.
Se han hecho muchas historias y varias películas alrededor de este tema, me pregunto si en realidad habrá alguien así... aunque yo soy muy escéptico en estos temas.
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La víspera de casi todo, de Víctor del Árbol

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Mensaje por lucia » 05 Abr 2006 19:08

Ese último capítulo hace que pienses en que va a haber continuación. Si no, como que no viene a cuento.

En fin, que con tanta ventanita, hubo un rato en que pensé que se iba a tirar él solito.

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Mensaje por JANGEL » 05 Abr 2006 21:34

Lucía escribió:En fin, que con tanta ventanita, hubo un rato en que pensé que se iba a tirar él solito.

Sabía que me ibas a decir algo así. :lol: Pero no estaba seguro de que quedara claro su proximidad a la ventana. Por otra parte, persigo precisamente esa sensación de incertidumbre ante la ventana. La caída por la ventana pone final a la historia, pero el amigo de David sigue ahí y quería dedicarle un epílogo.

Jaime, yo ni soy escéptico ni dejo de serlo. Es un asunto que está ahí fuera, como dicen en la serie. He escuchado a personas cercanas a videntes que consideran que Ghost y El sexto sentido son las películas que más se acercan a estas experiencias.
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