Jack Foster - Cómo generar ideas

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Jean Valjean
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Jack Foster - Cómo generar ideas

Mensaje por Jean Valjean » 23 Nov 2008 23:06

LA MALA LITERATURA

“El buen gusto estético e intelectual es muy difícil de adquirir”
Héctor Abad Faciolince

Algo me ha enseñado mi experiencia como lector: antes de creer hay que medir, desconfiar de los bestsellers, de la edición barata y de la infamante sección de autoayuda. Títulos como “Supérese usted mismo”, “Hágase rico pensando” o “Cómo generar ideas” me inspiran una aversión inmediata, casi instintiva, aunque no por esto injustificada. Huyo al verlos, cierro los ojos, doy la vuelta y escapo sin pensarlo dos veces, como quien intenta sacar de su mente una impía ilusión, una imagen lasciva que atiza su sistema nervioso. Sin embargo, por más que escapo, la mala literatura me persigue adondequiera que vaya, la casa de mi tío, la portería del conjunto, la clase de creatividad. ¿Por qué? Porque siempre, donde voy, encuentro una mala biblioteca, y una mala biblioteca no podría ser lo que es sin nombres como Coelho, Chopra, Walter Riso y Jack Foster.
Analicemos por el momento a Jack Foster, un vedette del medio publicitario estadounidense cuyos textos (para el caso “Cómo generar ideas”, libro que pretende ser teórico y a lo mucho llega a ser testimonial) han convencido a millones de lectores de que al pasar sus páginas puede olerse el secreto del pensamiento creativo, de la genialidad, de la idea repentina.
Hay algo que tenemos que conceder, y es que sin duda Jack Foster, vendiendo libros, encontró su idea genial, su propio tesoro, en cierto sentido su piedra filosofal: la ralladura sosa y rosa y empalagosa de su prosa se convierte -como por arte de magia- en oro editorial, en miles de copias de consumo masivo de mediocridad.
Pero ¿cómo lo hace? ¿Por qué, siendo un escritor tan rudimentario en el uso del lenguaje, tan pobre en el pensamiento y tan elemental en sus recursos estilísticos, consigue tocar la sensibilidad de tanta gente? No voy a dar la respuesta más obvia e inmediata, la que todos dan: si Foster vende por sí solo más libros que cien de los buenos escritores juntos, esto se debe precisamente a que son tontos y elementales. Si fueran libros profundos, complejos literariamente, con ideas serias y bien elaboradas, el público no los compraría porque las masas tienden a ser incultas y a tener muy mal gusto. Claro que en los miles de ejemplares vendidos hay algo de esto. Pero también existen muchísimos libros tan malos como los de Foster que no tienen ningún éxito y, al contrario, hay unos cuantos libros excelentes y literariamente impecables que se venden por millones. En vez de tranquilizarnos con respuestas facilistas y tautológicas (el vulgo es vulgar, el mercadeo vende), conviene examinar con cuidado los libros de Foster y no desdeñarlos de entrada con altivo esnobismo.
Expliquemos bien el tipo de respuesta que vamos a dar: el vulgo sí es vulgar, pero su vulgaridad no le hace comprar el primer libro que tiene a la mano; ése trabajo lo realiza la credulidad, y en esto son muchos los mercachifles que han aprendido a utilizar lo que yo llamaría con alguna soberbia la escritura bíblica; nombre que hace referencia a ese tipo descarnado de literatura que promete sin titubeos el cielo y la tierra tras seguir un ambiguo procedimiento en el que siempre, pierda o gane, la culpa termina siendo de quien lo aplica y no de quien lo enseña y diseña.
Jack Foster en “Cómo generar ideas” promete básicamente una cosa: la llave absoluta de la creatividad. Sospecho con tristeza que muchos desgraciados sin ideas se consuelan creyendo semejante ingenuidad. Vista secamente, es sólo una simpleza. Lo primero que hace Foster en su libro es plagiarle un proceso, el proceso para generar una idea, a un escritor que al parecer admira con vehemencia, James Webb Young. Dicho proceso consta de diez pasos que podrían resumirse en tres (y así resumido es más sencillo advertir la tontería): para tener una idea piense en el problema, luego olvide el problema y espere a que la idea le llegue del cielo, “como por encanto”. No dudo de que la creatividad sea algo que se puede cultivar y fomentar, incluso guardo la esperanza de que pueda estudiarse de una manera teórica (aunque precisamente la creatividad es por definición lo opuesto al proceso preconcebido), pero que en un libro que pretende enseñar cómo generar ideas se diga que las ideas se hacen “como por encanto”, “pensando como un niño”, es algo que yo (libremente) no pagaría por leer.
¿Por qué, entonces, sí hay miles de lectores añublados con lo que a simple vista es el método más infantil que pueda uno imaginarse? Por varios motivos, para empezar porque Foster se la pasa todo el tiempo justificando sus palabras, poniéndole el codo a las teorías ajenas, ensuciando el nombre de grandes intelectos para limpiar un poco el suyo. Aquí es donde por primera vez enseña su estrechez mental. Los malos escritores –tal vez sería más correcto decir los malos pensadores- siempre buscan apoyar sus ideas con las palabras de los demás, cultos e incultos por igual, apelan al vox populi, al argumento de que muchas moscas no pueden estar equivocadas viviendo del estiércol, a que lo cierto es lo que muchos creen, y si muchos lo dicen algo tiene de cierto. ¿Por qué? Por cobardía, porque alguna conciencia tienen de que sus pensamientos carecen de una base propia, de una base sólida, de un fundamento. No hace falta más que abrir el libro, para la portada del primer capítulo Foster emplea cuatro citas, tres para el segundo y seis para el tercero. Así durante todo el libro, no sólo en la apertura de los capítulos, sino en la médula de la argumentación. George Bernard Shaw, Albert Einstein, André Guidé. Extractos de teorías, de seminarios, de periódicos pululan en cada página; básicamente la mitad del libro está compuesto por las palabras de los demás. Así termina pareciendo que la idea es muy sólida, y además muy popular, aunque en realidad las citas vayan a textos absolutamente disímiles.
Pero a esto no se limita su argumentación; Foster también incluye en su discurso elementos oscurantistas (hilos mágicos, trampas invisibles, fe ciega...) el principal de los cuales está constituido por el presunto poder de la mente. Es ése precisamente el punto, que muchas veces no hay idea, pero parece que la hay, y en ese trance menesteroso de la duda el ingenio puede truncarse fácilmente en artificio, en artimaña, porque lo importante es convencer al otro de que sí hay, no sólo una, sino un montón de ideas y conocimientos velados por la cortina de lo desconocido, por la bruma que separa lo físico y racional, lo disoluble y lógico, de los delirios metafísicos.
Otro punto cardinal de la ‘teoría’ de Foster es el pensamiento infantil: “vuelva a ser usted interrogante, deje de ser punto final”. Con esto no disiento de una manera radical (la diversión en el medio publicitario tiene una utilidad muy considerable), mas me parece que Foster sobrevalora la infancia, y aquí hecha mano de la nostalgia que los adultos guardan a su niñez perdida. No lo hace de una manera sucia (él es un pésimo escritor y un pensador barato pero puede ser buena persona, una buena persona que para vivir necesita engañar a quienes lo leen), sino de una manera desaforada, su recomendación es básicamente eliminar los filtros de autocensura y proponer cualquier dislate puesto que entre tanto dislate puede colarse una buena idea, una idea que valga la pena. (“Muchas veces las ideas no son realizables, y por eso es mejor curarse en salud con ‘muchas ideas’”). Sobre esto puedo decir poco más, la locura es una cosa que se cae de su propio peso; asimismo los precipitados son una variante de los locos, pero esta es una de las cosas que no puede aprenderse por escrito. La diferencia entre la creatividad y la demencia tiene un nombre: seriedad. La creatividad, además, debe regirse por parámetros de factibilidad.
El conocimiento –y esto no sé quién lo dijo, no me importa quién lo dijo, yo no aspiro vender millones de libros y por tanto no tengo la necesidad de apoyar mis análisis en la honra de los otros- es, como el tiempo y el espacio, un tema relativo. Aprender y conocer, lo digo por experiencia propia, es algo de una vaga utilidad, de una utilidad circunstancial, que unas veces sirve y otras no. Yo, sin embargo, continúo leyendo y conociendo, y así voy dándome cuenta de que el estudio riguroso de los temas rinde muchísimos más frutos que el constante ensayo y error de los locos, de los dementes que desdeñan la prueba exhaustiva.
Pero Foster tampoco es del tipo que la desdeña enteramente, sólo que no tiene conciencia de la contradicción en la que cae cuando propone como pasos del mismo proceso usar la perspectiva cándida de quien espera el milagro, la puerilidad de quien lo encuentra en cualquier parte y el metodismo de quien lo desgaja en diez piezas. Así, de una manera bastante ridícula, Foster desprecia el análisis metódico en cinco capítulos y luego lo acoge en el seno de sus conjeturas con otros dos, entre ellos el último y menos mal estructurado de todo el libro. Con el capítulo siete pide una temeridad sin límites que no contradice por escrito, aunque eso sí, con su estilo esgrime una cobardía sin parangón. Pero hasta aquí estamos, como él, poco menos que especulando; expliquemos, de manera similar a la suya, por qué es un artilugio el que invoque el desconocido funcionamiento de la psiquis en el sustento de su teoría.
Ya Thomas Hobbes en su clásico Leviatán (1651) señalaba la irresistible atracción (y por lo tanto el fácil engaño) que padecemos los seres humanos ante todo tipo de presagios y vacíos del conocimiento. Es una tradición muy antigua (una socorridísima mina de oro, una piedra filosofal) explotar esta debilidad de nuestra psicología. Copio el resumen que hace Hobbes de estos engaños, el cual es preciso y exhaustivo, y parece a su vez un resumen de las técnicas de seducción esotéricas que Foster utiliza en sus libros: "Así se hizo creer a los hombres que encontrarían su fortuna en las respuestas ambiguas y absurdas de los sacerdotes de Delfos, Delos, Ammon y otros famosos oráculos, cuyas respuestas se hacían deliberadamente ambiguas para que fueran adecuadas a las dos posibles eventualidades de un asunto (...). A veces en las frases desprovistas de significado de los locos, a quienes se suponía poseídos por un espíritu divino: a esta posesión se la llamaba entusiasmo, y a estos modos de predecir acontecimientos se les denominaba teomancia o profecía. A veces en el aspecto que presentaban las estrellas en su nacimiento, a lo cual se llamaba horoscopia. A veces en sus propias esperanzas y temores, en lo llamado tumomancia o presagio. A veces en las predicciones de los magos, que pretendían conversar con los muertos, a lo cual se llamaba nigromancia, conjuro y hechicería, y no es otra cosa sino impostura y fraude. A veces en el vuelo casual o en la forma de alimentarse las aves, lo que llamaban augurio. A veces en las entrañas de los animales sacrificados, a lo que llamaban aruspicina. A veces en los sueños; a veces en el graznar de los cuervos o el canto de los pájaros. A veces en las líneas de la cara, a lo que se llamaba metoposcopia; o en las líneas de la mano, palmisteria; o en las palabras casuales, omina. A veces en monstruos o accidentes desusados, como eclipses, cometas, meteoros raros, temblores de tierra, inundaciones, nacimientos prematuros y cosas semejantes, lo que se llamaba portenta y ostenta, porque parecían predecir o presagiar alguna gran calamidad venidera. A veces en el mero azar, como en el acertijo de cara y cruz, en el juego de elegir versos de Homero y Virgilio, y en otros vanos e innumerables conceptos análogos a los citados. Tan fácil es que los hombres crean en cosas a las cuales han dado crédito otros hombres; con donaire y destreza puede sacarse mucho partido de su miedo e ignorancia".

Veamos de qué manera, "con donaire y destreza", Foster le saca partido a nuestra credulidad, a nuestras debilidades y a nuestra ignorancia. Podría usar un número mágico, de esos que les encantan a los autores baratos, siete, o diez, o tres. Para no exagerar, me limitaré a tres: “Que lo que piensa usted mismo es el factor más importante de su éxito”, “imagínese, cuando piensa sobre sí mismo se ve de seis años de edad. Con razón siempre tiene ideas y soluciones nuevas”, “Si la mente puede curar el cáncer, alterar el funcionamiento del organismo, realizar milagros, no me digan que la mente no puede cambiar a la mente. Sólo les pido eso: un pequeño paso, no un gran salto”; con frases como éstas Foster pretende pasar por encima de la filosofía, de la psicología y de la neurología y adentrarse así en el funcionamiento de la mente, en las lides telepáticas y telequinéticas (nuevamente los rincones oscuros del conocimiento, los vacíos en los que se escudan los pensadores cobardes) y convertir así su libro en un panfleto de autoayuda: todo se puede, hágalo que todo se puede (pues sí, casi todo se puede, yo nunca creí estar leyendo un libro suyo… mejor dicho, todo es posible, pero pocas cosas son probables, y aunque haya muchas respuestas siempre hay una más correcta que las otras).
Pero además de este tipo de enseñanzas baratas, de seducción infalible a pesar de su pésimo gusto intelectual, el uso de la vanidad tradicional también va apareciendo capítulo tras capítulo. “Yo, que llevo veinte años en el medio publicitario”, “Yo que he trabajado con tantos publicistas”, “A mí que el escritor Ray Bradbury”. Esto, lo confieso, es un argumento que escapa a mi comprensión, pero por alguna razón Foster presupone que por el hecho de estarlo leyendo lo admiramos. En cierta forma puede tener razón, a la palabra escrita se le guarda mucho respeto, puesto que el sólo hecho de conectarla por más de dos páginas exige un desgaste mental importante. Él lo sabe y lo aprovecha con alguna destreza, entra y sale de la mente de sus personajes (digamos de sus compañeros, lo creo incapaz de crear un personaje), califica los pensamientos, las experiencias, la vida misma: “la mayoría eran curiosos por naturaleza, tuvieron ‘la necesidad de saber’. La necesidad era tan fuerte en algunos que inclusive llegaron a pensar que se trataba de un castigo. Estaban equivocados.”

El tono sapiente (de una sapiencia falsa, pero en fin) y el ambiguo lenguaje oracular se van soltando en pequeñas dosis a lo largo del libro. Una persona que con la carencia de conocimientos de Foster ostenta a diestra y siniestra tantas seguridades, o tantas pretendidas seguridades, acerca de tan variados temas, es por lo menos sospechosa. Hay algo más triste: en dosis más grandes, más irregulares pero igualmente visibles, se encuentran a lo largo del libro un millar de errores sintácticos y gramaticales, las tildes, los puntos, el solo y el sólo, el olímpico ‘siempre y cuando que’ dejan al descubierto su ignorancia absoluta en temas literarios. Que alguien así se diga escritor y que el mundo se lo permita es, cuando menos, vergonzoso.
Voy a especular un poco más diciendo que, además de la mala literatura (la de Webb Young, por ejemplo), el único libro con el que Foster cuenta es un catálogo de frases célebres (posiblemente el de Mondadori). Esto lo intuyo por la forma en la que conecta las palabras, me resulta difícil creer que una estructura tan plana pueda sostenerse después de haber pasado por los textos de Guidé, de Rousseau y Sartre.
En fin, si de especular se tratara podría perder unas cuantas semanas aquí. Ése es el problema con las teorías polimorfas, que por donde las ataque siempre se terminan amoldando, porque son metafísicas, aunque sean palabras escapan fácilmente a la razón. Todo lo físico, lo visible, lo tangible y lo elaborado tiene una base que se puede debatir; lo metafísico no, el amor, la alegría, por ahora el origen del pensamiento, la creación de ideas son cosas que carecen de base y por lo tanto sólo pueden especularse.

¿Cuál es mi punto de vista en ese caso (hablando ya plenamente de generar ideas)? La rigurosidad en el estudio de los problemas, creo que la genialidad es un valor subjetivo, intangible, que se ensancha exclusivamente con la madurez intelectual; por tanto lo único prudente, lo único decoroso en éste caso es, como lo dije antes, regir la creatividad por parámetros de factibilidad, y a su vez separar la creatividad de la demencia con seriedad. También, dependiendo del fin y del individuo, emplear la manipulación maquiavélica, la diplomacia, el arte de la guerra, en este ensayo ese elemento se me escapa puesto que la discusión es teórica y la estoy entablando como un debate, la manipulación es para los culebreros que salen a vender, no para los estudiosos que presentan ideas a otro grupo de presuntos estudiosos que se supone cuentan con unos parámetros rígidos para juzgarlas.

Algo más: también me encuentro en desacuerdo con que una idea sea básicamente la combinación de dos elementos ya establecidos, yo a eso lo llamaría explotación, no creación (Foster sí, durante todo el libro toma la idea como una invención). De allí se desprende mi concepto de idea (como invención): una creación totalmente nueva. Para crear, obviamente, se usan recursos (el fuego, el agua, las piedras, los conocimientos electrónicos...), pero esto no quiere decir que si yo combiné el televisor y el equipo de sonido inventé algo; quiere decir, sí, que exploté una serie de inventos. Idear requiere novedad, no sólo conjugación, por lo que publicitar, vender y administrar quedarían en una categoría distinta de ideas que hacen uso de una creatividad diferente a la de la invención, yo pensaría que una creatividad bastarda, mucho menos elaborada.
Estoy de acuerdo en una cosa, el último punto: lo más importante de una idea (cuando aún se considera proceso mental) es la argumentación, hay que buscarla, y perseverar (de una manera objetiva).

*estructuralmente basado en el ensayo de Héctor Abad Faciolince sobre la literatura de autoayuda de Paulo Coelho, los párrafos tres y cuatro, algunas frases sueltas y la alusión a Hobbes son adaptados del mismo.

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