Servidumbre (relato de política ficción).

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Alonso
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Servidumbre (relato de política ficción).

Mensaje por Alonso » 05 May 2006 23:41

Aquí publico otro relato de los que escribí hace bastante tiempo. Pertenece al género de la ciencia ficción, más concreto, al género de historia alternativa.

Está ambientado en un hipótetico año 1955, donde Hitler ha ganado la Segunda Guerra Mundial.

Ha sido uno de mis pocos intentos de hacer una especie de relato más o menos largo. También intenté ser riguroso respecto a los datos históricos, para que la parte de "historia inventada" resultara creíble.



El sueño de Adolf Hitler de construir la Gran Alemania recuperando el espacio vital que, según él, le correspondía históricamente, se había realizado.

Hitler y sus mandos militares habían puesto de su parte la meticulosidad para que el ejército alemán pudiera llevar a cabo semejante empresa. La operación "León Marino", con la que las tropas alemanas invadieron Inglaterra en 1940 fue un éxito rotundo. Para mediados de 1943, los Estados Unidos comprendieron que era inútil atacar a la Alemania nazi, y concentraron todos sus esfuerzos para derrotar a Japón.

En enero de 1945 los científicos alemanes lograron desarrollar la bomba atómica y Hitler no dudó en utilizarla contra los ejércitos soviéticos que amenazaban por el Este la integridad territorial del Tercer Reich. Mientras, los EE.UU llevaban un retraso tremendo en física nuclear. Sin otra opción, el presidente Harry Truman ordenó la invasión terrestre del Japón. Para cuando se conquistó la capital y se logró la rendición del emperador (1947), las bajas americanas ascendían a más de 200.000 soldados.

Quedaba pendiente la cuestión europea. Hitler se comprometió a firmar un Pacto de No Agresión con Truman a cambio de retirar el ejército alemán de Inglaterra, Francia y los Países Bajos. La Casa Blanca aceptó a regañadientes, firmándose ese acuerdo en Ginebra en noviembre de 1948.

De esta forma, el Tercer Reich quedaba consolidado añadiendo al territorio natural de Alemania, Polonia, Austria, Checoslovaquia, Rumania, Hungría, la mitad de Yugoslavia y una franja de doscientos kilómetros al Este de Polonia robada a la Unión Soviética. Hitler había logrado su propósito, pero renunciando al placer de destruir la Unión Soviética y con ella "la amenaza comunista que se cernía sobre el mundo".

Años después, todavía quedaban en Alemania un reducido grupo de espías norteamericanos infiltrados en los engranajes de la maquinaria política nazi. Estos contactos tenían como misión organizar o realizar cualquier tipo de acción que perjudicara los planes de Hitler para la nueva Europa que había construido. Y es que el Fürher no sospechaba lo cerca que podían estar esos espías de él...





Residencia oficial de Adolf Hitler, a 30 km de Berlín.
6 de noviembre de 1955.
9:01 h.

El asistente personal del Fürher llamó a la puerta del despacho con tres suaves toques con el puño.
-Adelante- dijo Hitler desde dentro.
Patrick Mulligan, que así se llamaba el asistente, entró, y con una libreta en la mano, se dispuso a tomar notas en taquigrafía de lo el Fürher le dictara. El asistente, que hacía las veces de secretario, llevaba casi diez años al servicio personal del dictador.
Hitler le dictó un informe el cual contenía su punto de vista sobre la nueva política a seguir para administrar la Seguridad Social. Cuando Patrick hubo terminado de escribir el Fürher le preguntó:
-¿Qué opina sobre esto?
-No es mi trabajo opinar sobre sus decisiones- dijo Patrick.
-Le plantearé el tema de la siguiente manera- continuó Hitler- Imagine que usted es médico, y que tiene dos pacientes. Uno es la hija pequeña de un campesino y el otro un subnormal tarado. Sólo tiene medios para salvar la vida de uno de ellos. ¿A quien elige?
-Supongo que al paciente sano- contesto Patrick confuso, sabiendo que eso era lo que Hitler quería oír- Es el que tiene más esperanza de vida.
-Buena respuesta. Nuestra sanidad no puede atender a todo el mundo por igual...
Patrick estaba harto de que siempre que el Fürher tenía una duda moral recurriera a él para justificarse.
Aquel era un día especial. Se cumplían siete años desde que la Alemania nazi firmara la paz con EE.UU, y era tradicional que Hitler pronunciara un discurso acompañado de sus más directos colaboradores a las bases del Partido Nacionalsocialista en el Estadio Olímpico de la capital. Patrick debía acompañar al Fürher por petición expresa de él.





Estadio Olímpico de Berlín.
18:14 h. del mismo día.

Más de ochenta mil personas esperaban impacientes la subida del Fürher a la tribuna que constituiría su sitio de orador.
Llegó el momento. Seguido de un temeroso Patrick Mulligan, Adolf Hitler, nada más subir, saludó a las masas, y comenzó su discurso.
Patrick sabía que entre toda la jerarquía reunida en la tribuna (entre otros estaban Hermann Goering y Heinrich Himmler) él no era nadie, sólo un miembro del partido vestido de uniforme marrón. Hitler le llevaba hasta ahí como una forma de exhibir el poder de la victoriosa Alemania, ya que sabía que las imágenes de aquel discurso serían vistas en los informativos televisados de Estados Unidos, y no había mejor manera de restregar a la administración del presidente Skinner la humillante idea de que un estadounidense nacido en Boston ejercía de asistente personal del Fürher. A los pocos minutos de comenzar el discurso, Patrick quiso salir de allí, pero se dio cuenta de que no era una buena idea. Dos cámaras de cine y una de la televisión alemana estaban enfocadas hacia la tribuna, y no quedaría bien que el asistente personal del Fürher abandonara el palco en pleno discurso. Patrick quería evitar a toda costa ser blanco de la policía interna del partido. Esperó pacientemente la hora y media que duró el discurso entre aclamaciones de la multitud, la cual sostenía estandartes y banderas con las siglas del partido nazi y la svástica inscritas.
Al acabar el discurso (un discurso repleto de la terminología machacona de reafirmarse en las esperanzas que se abrían en Europa tras la victoria nazi) Hitler le entregó como propina dos invitaciones para el baile que se celebraba en el Hotel Ritz aquella noche. Patrick ya sabía con quien compartirlas.





Estación central de Berlín.
20:15 h.

El tren propulsado a vapor se detuvo lentamente en el andén. De sus vagones bajaron docenas de soldados que estaban de permiso. Pero de entre todos los viajeros, a Patrick solo le interesaba uno, una "viajera" más concretamente. La operadora de radio Susann Roth, que trabajaba en una base de las Fuerzas Aéreas Alemanas cerca de Hamburgo. Ella vestía un uniforme gris con falda. Patrick la encontró encantadora aún con aquella vestimenta. Se besaron y sin decir nada, montaron en el coche particular de él, un Wolkswagen "escarabajo" último modelo.
El le preguntó acerca del viaje, de modo en exceso formal.
-Adivina el plan que tengo para esta noche- añadió él a la pregunta.
-Habíamos quedado en ir al cine- protestó Susann, temiendo que Patrick le dijera que el plan había quedado cancelado. Entonces, el le enseñó las invitaciones y ella quedó encantada.





Hotel Ritz, Berlín.
22:09 h.

Era un baile con cena incluida. Patrick y Susann estuvieron bailando a los sones del "Danubio azul" de Strauss mezclados entre las altas personalidades del Tercer Reich. Susann reconoció, entre otros, a Joseph Goebbels, ministro de propaganda, coqueteando con una joven que apenas tendría veinticinco años. También estaba, vestido con uniforme de gala, el general Rommel, el "zorro del desierto", con su esposa.
Un fotógrafo se acercó a la pareja de americanos y pidió que posaran para una foto que saldría publicada en "Signaal", la revista oficial de las fuerzas armadas alemanas, para ilustrar un reportaje acerca de lo que hacían los soldados de permiso en su tiempo libre.
Acabada la cena, Susann empezó a sentirse mal entre tanta figura conocida del mundo nacionalsocialista. Susurró al oído de Patrick en perfecto inglés:
-Quiero irme de aquí.
Patrick le guiñó un ojo.





Pensión Otto, Berlín.
3:32 h.

El quitarse la ropa era para ambos una liberación. Se sentían más a gusto desnudos, sin nada encima. Habían acabado haciendo el amor en aquella pensión porque se necesitaban el uno al otro y porque cerca del apartamento de Patrick podría haber espías. Los dos se hablaban en inglés, necesitados de expresarse en el idioma de su país natal.
Patrick Mulligan había sido infiltrado por los servicio de inteligencia estadounidense en Alemania en 1934, adoptando la personalidad de un americano que ardía en deseos de formar parte de la cruzada de Hitler contra las decadentes democracias europeas. Llevaba casi la mitad de su vida en Alemania, pasando cuando podía información al Departamento de Defensa a través de cartas secretas enviadas a países neutrales, hasta que, casi sin pretenderlo llegó al servicio personal del Fürher.
Susann Roth se había infiltrado después, en 1938, con una historia distinta. Se alistó en las fuerzas armadas alemanas alegando que quería defender la patria de origen de su familia a cualquier precio.
Se habían conocido en 1950, durante una visita del Fürher a unas instalaciones militares en Hamburgo. Mientras Hitler se entrevistaba con los mandos de la base, él la encontró escribiendo en una barracón un mensaje en clave que debía enviar a otro contacto vía postal. Hay algo que hace que los espías de un mismo bando se reconozcan mutuamente y así ocurrió entonces. Después de identificarse mutuamente a escondidas, estuvieron hablando largo rato sobre sus respectivas vidas. Y en una hora, ambos descubrieron que no podían vivir el uno sin el otro. La primera vez que hicieron el amor fue media hora antes de que Patrick embarcara en el avión personal del Fürher de vuelta a Berlín. En un mundo donde el fascismo había vencido a la libertad, su romance les permitía una especie de resistencia pasiva que era más poderosa que la Gestapo o todos los discursos de Hitler juntos.
Patrick se puso encima de ella, besándola.
-Ha llegado el momento- dijo él.
Ella se asustó. Se levantó de la cama, desnuda, y rebuscó entre las ropas desperdigadas por la habitación un diminuto envase de plástico de formas redondeadas, el cual entregó a Patrick. El hizo un gesto de aprobación, pero ella tenía miedo.
-Sabes que después de esto, tengas éxito o no, hoy será la última a vez que nos veamos.- dijo ella con voz triste.
-Es la única posibilidad. Solo se trata de envenenar a un anciano.
Susann cerró los ojos. Sabía que el que ella se enamorara de él había sido un error que había dado lugar a una fantasía de felicidad.
-¿Cuándo lo harás?- preguntó Susann.
-Pasado mañana- contestó él.





Peenemunde, norte de Alemania.
7 de noviembre de 1955.
12:30h.

El grupo estaba compuesto por Hitler, Patrick Mulligan, el mariscal Smchidt y Von Braün, el genio que había hecho de la ciencia de fabricar cohetes un arte. Se hallaban a pocos metros de la rampa de lanzamiento de un cohete V-10, el último grito en tecnología militar alemana.
El mariscal Smchidt explicaba al Fürher los progresos en la fabricación de bombas volantes. El reto consistía en adaptar una bomba nuclear en la cabeza de los cohetes. Si conseguían eso, ya no haría falta enviar aviones bombarderos para lanzar las bombas atómicas. Desde Peenemunde, cualquier ciudad del mundo en un radio de miles de kilómetros estaría al alcance del ejército alemán.
-Podríamos destruir Moscú en cuestión de media hora- decía Smchidt, orgulloso del papel que desempeñaba el complejo de Peeenemunde- O Washington, si Estados Unidos decidiera atacarnos.
Patrick observó la bomba volante, pensando que la locura de Hitler unida al poder de las armas nucleares era demasiado. El Fürher no había dudado en destruir tres divisiones del ejército soviético en 1945 con una bomba atómica.





Residencia oficial de Adolf Hitler.
8 de noviembre de 1955
10:05 h.

Cuando el Fürher no tenía nada que hacer, veía películas de su estrella favorita, Imperio Argentina, en una sala de proyecciones privada situada en el sótano de la residencia. Esas películas eran regalos que le enviaba el general Franco en nombre del gobierno de España.
Patrick era el encargado de montar las pesadas bobinas en el proyector. Sólo unas horas, se decía a sí mismo, mientras ajustaba la cinta en los engranajes de la máquina. Horas, y todo habría acabado.





21:08 h. del mismo día.

Casi el todo el personal de servicio de la residencia terminaba su jornada laboral a las nueve. Minutos antes de esa hora, Hitler solía pedir su única concesión al alcohol, una copa de vino tinto después la cena, de la que se limitaba apenas a beber la mitad. Hilda, la criada encargada de servir las bebidas le servía la copa en una bandeja de plata.
-Deja que me encargue yo- le dijo Patrick cogiéndola la bandeja sin darla tiempo a rechazar la ayuda que le ofrecía.
Hilda se lo agradeció, porque así saldría unos minutos antes de lo acostumbrado.
Patrick entró en el despacho de Hitler. Este levantó la mirada y se sorprendió de que fuera Patrick el que le sirviera la bebida.
-Hilda tenía prisa por irse- mintió Patrick- Su hijo pequeño tiene paperas.
Hitler emitió un gruñido de asentimiento. Mientras, Patrick quería alargar su tiempo de permanencia en el despacho el mayor tiempo posible.
-Si no ordena más su excelencia…
-Retírese- le ordenó Hitler inmerso en la lectura de un informe.
Patrick pensó en como el paso de los años había cambiado al Fürher. Recordaba que en los primeros años de entrar al servicio del dictador, justo después de que Estados Unidos firmara la paz con el Tercer Reich, el líder de Alemania estaba exultante; irradiaba buena salud, como el día en que el ejército alemán entró en París tras la rendición del gobierno francés. Pero en 1949, Patrick fue testigo de como la felicidad del Fürher se vio truncada tras la muerte por cáncer de su segunda esposa, Eva Brown. Aquellos días Hitler se encerró en su habitación, oyendo durante horas interminables la radio. Hasta que un día, haciendo una ronda por la residencia, Patrick encontró a Hitler en una habitación que nunca había sido utilizada hasta ese momento.
El americano se le quedó mirando extrañado. El Fürher se hallaba vestido con una bata blanca manchada de pintura de diversos colores, con un pincel en una mano, una paleta en la otra y frente a un caballete. En el lienzo estaba pintado lo que parecía el esbozo de un paisaje. Hitler contestó a la mirada interrogante de Patrick sin que él le preguntase nada.
-Hoy ha amanecido un día espléndido- dijo Hitler –Y quería hacer un paisaje. Llevo años sin pintar nada…
Patrick, al mirar el esbozo, advirtió que la técnica del dibujo del paisaje estaba más cerca de lo que Hitler llamaba “arte degenerado” que de la escuela a clásica del siglo XIX. Pero aquella distracción sirvió para que Hitler rememorara sus años de juventud como pintor aficionado y lograra olvidarse de la muerte de su esposa.
Como pasaba el tiempo… ahora Hitler tenía el pelo totalmente blanco, usaba antiparras para leer y caminaba con bastón por la residencia excepto los días que tenía que salir a dar un discurso o cuando debía recibir a algún embajador o dignatario extranjero. Y hasta bebía alcohol, aunque siguiera manteniéndose alejado del tabaco.
Un segundo antes de que Patrick diera media vuelta y se retirase, Hitler cogió la copa de vino y se mojó los labios. Perfecto, pensaba Patrick. Con que solo tragase una de las gotas del vino bastaría para que la píldora de veneno que había echado en el líquido le hiciera efecto.





21:54 h.

La misión estaba cumplida. Hitler había sucumbido al veneno.
Ahora quedaban los detalles secundarios. Patrick descolgó un teléfono y llamó al servicio de seguridad de la residencia, diciéndoles que Hitler se había acostado y que todo estaba en orden. Una vez seguro de que nadie entraría, Patrick entró de nuevo en el despacho. El cadáver de Hitler seguía como lo dejara una hora antes, sentado en la silla, con la cabeza y la mitad del cuerpo sobre el escritorio.
Susann tenía razón. El veneno que le entregara la última noche que pasaron juntos tenía un efecto instantáneo. Sólo se trataba de matar a un hombre mayor de sesenta y seis años, se había dicho él, pero no por ello dejaba de ser un hombre indefenso, y era tan mezquino como apuñalar a alguien por la espalda. Por curiosidad, Patrick revolvió entre los cajones de la mesa de escritorio. No había ninguna novedad, solo lo de siempre; informes que hablaban del buen progreso de la “solución del problema judío”. Patrick llevaba informando de ello desde hacía cuatro años a Washington, pero Sussan, mejor informada que él, le decía que a Estados Unidos no le interesaba una guerra directa contra Alemania. Aunque Estados Unidos y la Unión Soviética se aliaran contra el Tercer Reich, los alemanes tenían la bomba atómica y contra eso no había nada que hacer. Estados Unidos había perdido cerca de un cuarto de millón de soldados por conquistar Japón y el pueblo americano no perdonaría otra carnicería semejante.
Patrick, sabiendo que su suerte estaba echada, sentía que había contribuido a que hubiera un poco de esperanza para el futuro. Los responsables de la Inteligencia estadounidense preveían que si moría Hitler, el partido nazi se dividiría en diferentes tendencias, cada una con su propio candidato para sustituir al Fürher y que eso degeneraría en luchas internas por el poder que debilitarían al Reich.
El asistente salió del despacho y se sentó en un sofá del salón principal. No podía dormir. Tenía las horas contadas y solo se acordaba en esos momentos de Susann, de la primera vez que hicieron el amor y de cómo le hubiera gustado conocerla en un mundo y en un lugar diferente. Cerró los ojos y se dejó embriagar por los pocos recuerdos felices que ella le había proporcionado, de cómo su amor le hizo olvidar donde estaba y en qué trabajaba.
“Mi sacrificio debe valer para algo” pensó Patrick.





9 de noviembre de 1955.
8:10 h.

Hilda era la primera del servicio en llegar a la residencia.
-Parece que hoy no ha dormido bien- le dijo Hilda, viendo las ojeras que tenía Patrick. El asistente no le contestó. Hilda no le hizo caso y comenzó a revisar de arriba a abajo la residencia para ver como tenía que organizar la limpieza para la criada que vendría a media mañana.
Hilda revisó las habitaciones y al abrir la puerta del despacho de Hitler, gritó. Un grito que se pudo oír en toda la residencia. Hilda se dirigió a donde estaba Patrick, histérica, al borde de un ataque de nervios.
-¿Lo ha visto?.. ¿Ha… ha… visto…?- tartamudeaba ella sin pensar en que Patrick dormía en una habitación al lado de la cocina y que él pudiera ser el responsable.
Patrick asintió con la cabeza. Sin inmutarse, metió la mano en un bolsillo de su chaqueta y sacó algo parecido a una píldora, una de las dos que le había dado Susann. Una ración de veneno para Hitler y otra para él. Se la tragó, advirtiendo que sabía a limón.
-Cosas que pasan- comentó Patrick.
La histeria de Hilda confirmaba para Patrick que lo que había hecho era algo real, que no se lo había inventado. Que él había asesinado a Hitler.
Patrick volvió a acordarse de Sussan. Su píldora tardaría menos de cinco minutos en pararle el corazón.

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lucia
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Mensaje por lucia » 06 May 2006 11:52

Me ha chocado eso de que Hitler renunciase a Inglaterra, Bélgica y Francia.

Alonso
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Mensaje por Alonso » 06 May 2006 15:29

Bueno, no soy especialista en temas históricos. Lo de renunciar a Inglaterra y Francia en la hipotetica posguerra lo pensé partiendo de la base de que Hitler obrara con más inteligencia que en la "historia real". Vamos, que una vez que los Estados unidos derrotaran a Japón sin la bomba atómica, Hitler preferiría como gesto de buena voluntad frente a ellos, renunciar a Europa occidental y quedarse con Europa oriental.

Pero sólo es una opinión, yo sólo he pretendido escribir un relato en la medida de mis posibilidades.

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