Los duendes de la camarilla - Benito Pérez Galdós

Grandes clásicos de la literatura mundial.

Moderadores: LizzyDarcy, Lía

Avatar de Usuario
RAOUL
Foroadicto
Mensajes: 4549
Registrado: 28 Dic 2008 05:58

Los duendes de la camarilla - Benito Pérez Galdós

Mensaje por RAOUL » 30 Jun 2009 21:48

Imagen

Episodios Nacionales / Serie 4ª, 3

La novela cuenta la historia del capitán Bartolomé "Tolomín" Gracián, militar revolucionario y en rebeldía, condenado a muerte en consejo de guerra y prófugo de la justicia, y la tan bella como pobre Lucila Ansúrez. Sobre la suerte de esta pareja de enamorados actuarán y conspirarán oscuras y misteriosas fuerzas, algunas de las cuales parecen tender sus tentáculos incluso desde determinadas habitaciones del palacio real

No se marcó mala novela Don Benito con esta tercera entrega de la Cuarta serie de los episodios. Desde luego, y en conjunto, a mi entender es superior a las dos anteriores.

La historia transcurre entre una tormentosa noche de mediados de noviembre de 1850, recién inaugurado el Teatro Real, y una luminosa mañana de principios de febrero de 1852, cuando Isabel II, recién parida, se encamina hacia la basilica de Atocha para presentar a la Virgen su primogénita, la princesa Isabel. La situación de comienzo es casi calcada a la de "Angel Guerra" (cámbiese a Angel por Tolomín y a Dulcenombre por Lucila) y la situación final a mí me ha recordado mucho a la de la zarzuela "Luisa Fernanda". Digo la situación final, no el final ni la solución final. Además, la historia de los personajes no acaba propiamente en esta novela; necesariamente habremos de saber de ellos en posteriores episodios (si no me equivoco mucho, vamos).

Sin duda, la gran protagonista es la hermosa, valerosa y enamorada Lucila. Da un poco de pena la pobre (que además es tan pobre), teniendo que cargar con el estropeado de su novio y el desahogado de su padre, mientras al tiempo debe sortear las babas y las redes que a su paso dejan y tienden tanto varón como en torno a ella revolotea; niño, joven, jovenzuelo, hombre, medio hombre, poco hombre, viejo, vejestorio o momia, que de todo hay y de todo cabe.

Entre los personajes secundarios destaca uno sobre todos: Domiciana, la monja exclaustrada. Los capítulos iniciales en los que cuenta su historia en el convento y el conocimiento trabado con Sor Patrocinio, la monja de las llagas (una especie de antecedente de Rasputín a la española pero con visiones y vuelos místicos y demoníacos), creo que son de lo mejorcito de la novela.

En cuanto al tema político, al señor Narváez le han sacado pañuelo verde y le ha dejado los trastos a Bravo Murillo que trata de enjaretar faena por el pitón derecho intentando demostrar a la afición que, si él se pone, puede ser má crúo que el Niño de Loja. Claro que Narvaéz no se ha ido de la plaza sino al tendido de sombra (o sea, a París) desde donde espera que los vientos varíen y el palco vuelva a indicar cambio de diestro.
También aparece ya haciendo sus primeros pinitos en el albero un joven torerillo de Reus que andando el tiempo llegará a primera figura:Juanito Prim, al que las masas ya claman como maestro partidario del "naufragio universal" y de la "libertad disoluta" de imprenta :cunao:
Y ¡ojo! Que los toreros ya tienen nuevo templo taurino: se ha inaugurado el nuevo Congreso de los Diputados y al gente va allí a ver y admirar el monumento a la soberanía popular.

También es de reseñar el retrato que hace Galdós del cura regicida Martín Merino.

-La justicia está en manos de los fuertes, y los fuertes no la usan más que en provecho propio, y en vituperio y perjuicio del humilde, del pobre, del limpio de corazón. Pero los fuertes caerán algún día... vaya si caerán... No hay ídolo de barro que resista a un buen empujón... Muchos que nos espantan por poderosos, nos harían reír si de un golpe los tiráramos al suelo y viéramos que son armadura de caña forrada de papeles; y más nos reiríamos si al hacerlos rodar de una patada, viéramos que ya por dentro, por dentro... se los van comiendo los ratones... ¿Usted me entiende?».
Decía esto el maldito viejo iluminando con la luz siniestra de sus ojos el rostro impasible, amarillo, de una rigidez estatuaria de talla vieja despintada y cuarteada. Lucila le miró, observando el marcado resalte de los pómulos que a la luz brillaban, redondos, con un deslucido barniz de santo viejo; observó también las dos grandes arrugas que descendían de la nariz chata hasta unirse con las comisuras de los delgados labios, y la extensa curva que estos formaban cayendo por sus extremidades... No entendía bien Lucila el lenguaje gráfico de aquel rostro, en el cual algo había de momia con vida, y lo que más claramente pudo descifrar en él, a fuerza de deletrearlo, era un inmenso desdén de todo el Universo.

Responder