O'Donnell - Benito Pérez Galdós

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RAOUL
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O'Donnell - Benito Pérez Galdós

Mensaje por RAOUL » 16 Jul 2009 05:05

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Episodios Nacionales. Serie 4ª, 5

Sinopsis Alianza Editorial: Como ocurriera antes y después con Espartero y Prim, O'DONNELL constituyó en sí toda una época en la era isabelina, problemática y pintoresca. A la precaria y difícil situación política sirven de contrapunto en este episodio los vaivenes de Teresa Villaescusa, frívola muchacha perteneciente a la clase media madrileña cuyos vicios y virtudes reflejan los del país.


Pues aquí va la crónica político-taurina de la primera mitad de la quinta de abono del presente ciclo galdosiano, que quizás sea la última, porque, a lo que parece, en la próxima el ruedo ibérico se irá de gira al extranjero. :wink:

"Resuenan todavía en la plaza los ecos del tremendo bullicio con que se remató el pasado festejo. Tras diversas maniobras de la fuerza pública, los espectadores-participantes van ocupando sus nuevas localidades; los “unos” (que antes eran los “otros”) bajan a barrera y se mudan a sombra, mientras los “otros” (que antes eran los “unos”) suben resignados a los tendidos altos y a la solanera. Les queda a estos últimos –y no es poco- el consuelo de saber que peor suerte han corrido los “algunos” (y ahí se cuenta el caso de cierto alguacil que ha recibido paseíllo, descabello y arrastre de mulillas). El cartel de hoy anuncia un interesante mano con mano (más que mano a mano) de dos extraordinarias espadas: la reciente promesa de la tauromaquia hispánica, o sea, el emergente Leopoldito O’Donnell alias “Irlandesito de Lucena”, de la línea moderada, y una vieja gloria, el legendario y consagradísimo matador, el victorioso Baldomero Espartero, campeón de la escuela progresista. En medio de la expectación general los dos toreros salen a los medios y se funden en un emotivo abrazo (que tiene mucho del “por el interés te quiero, Andrés”).
Tocan clarines y timbales. En la arena aparece “Constitucionero”, marcado con el número 1856 del tozudo hierro constitucional español y al que se le pretende una lidia basada en el pitón progresista. En cualquier caso – puesto que “Constitucionero” terminará siendo devuelto a los corrales por exceso de peso y de trapío-, la actuación de los toreros se presenta llena de dificultades. Teniendo como tienen que torear al alimón – con lo difícil que es torear al alimón- los pisotones y estironzotes de capote entre Espartero y O´Donnell menudean más de lo deseable y el espectáculo transcurre poco fluido y bastante zozobrante. Destacan las intervenciones de algunos subalternos de lujo, como Pascualillo Madoz, en la brega del toro “Desamortización II” (un morlaco al que se le da lidia y muerte ante la consternación y lloriqueos de Isabelona y el vaticano disgusto del nuncio papal, quien reputa ilegal haber sacado a plaza semejante cornúpeta -y no le falta razón al buen señor-). Pero lo que no puede ser no puede ser. A la menor oportunidad, la presidencia decreta pañuelo verde para el espada progresista y Espartero se va a hacer esparterinas a Logroño. Queda O’Donnell solo en el ruedo. En su esfuerzo por complacer a todos (empezando por la reinona) funda su propia peña taurina, la llamada “Unión Tauromáquica Liberal”, que busca incluir a los menos moderados de los moderados y a los menos progresistas de los progresistas. Pero… la cosa no convence a quien tiene que convencer. A juicio de la presidencia, el diestro oficiante abusa de los lances por desamortizorinas. Es entonces cuando a la atribulada presidenta le parece oír una voz: “Señora, acuérdese de mí, que eso sí era torear”. Mira al concurrido callejón y es descubrir allí la figura del gran Narváez y gritar Isabelona: “¡Narváez, tú eres mi torero!”. Dicho y hecho. “Irlandesito de Lucena” al callejón y el “Niño de Loja” al albero. “Constitucionero” a chiqueros y el toreo liberal a la porra. Terminada la primera tanda de pases, Narváez se vuelve al palco presidencial y con su gesto algo chulesco parece decir: “¿Ve Ud., Sra.? ¿Ve Ud. como yo no desamortizo?”.
Y así acaba la primera parte del festejo.


Estupenda novela ésta, con un arranque soberbio en el que se relatan los últimos movimientos de la revolución de 1854 y el episodio de Francisco Chico, jefe de la policía de Madrid. Hay momentos inolvidables como la peripecia de un oficial del ejército enfermo de cáncer en el proceso del desarme de la Milicia Nacional o la exposición de los pensamientos del presidente del Consejo de Ministros tras un baile con la reina. Pero por encima de todo destaca el retrato que se hace de la nueva clase burguesa. Y no con tintes positivos precisamente. Hay una enorme vulgaridad, una enorme hipocresía que a veces desemboca en un cinismo enorme. Asistimos a reuniones sociales que son verdaderos tentaderos de novios y de novias, a matrimonios nacidos de la conveniencia y que pronto hacen vida separada (ya se advierte a las mujeres que antes de buscarse un querido se procuren un marido que les sirva de pararrayos; porque lo que a las casadas se les puede tolerar –“no hay en España divorcio pero sí Filipinas”- a las solteras no), la ociosidad de los pudientes, el gusto por ostentar o, si no, por aparentar, la falta de iniciativa, el mamoneo presupuestario…
Si ésta no fuera una novela de Galdós, se diría que parece de Balzac. A lo mejor, aún así puede decirse.

El gran protagonista de la historia es el dinero. Por eso esta cuarta serie tiene necesariamente un tono distinto. No es como la primera, donde se narra la lucha épica contra un invasor; no es como la segunda, donde se cuenta el combate a cara de perro entre la libertad y la tiranía; no es como la tercera, donde se relata una guerra civil cruel, absurda y con episodios de verdadero salvajismo; en la cuarta la historia versa muchas veces sobre algo más “prosaico”: la necesidad fundamental de “comer”, de “tener dinero para comer y para vivir”… Como se dice en la novela: “¡Comer, comer! De esto se trataba, y toda nuestra política no era más que la conjugación de este sustancial verbo”. Todo así resulta más "pedestre" (caramba, pero si el mismo nombre del protagonista no es casual y su comparación con los de anteriores series da una buena pista de por dónde van los tiros: Pepe García Fajardo –nombre más común y rutinario que éste es difícil encontrar, ¿eh?; nada de Gabriel Araceli, Salvador Monsalud o Fernando Calpena; fuera resonancias heroicas-).

En fin, a ver cómo acaba la historia de la Teresita, que a esta pájara también hay que echarle alpiste aparte.

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Re: O'Donnell - Benito Pérez Galdós

Mensaje por Hypathia » 16 Jul 2009 19:29

Apañao es... :mrgreen: :60:

¿Sabes que voy por Bailén y que con los hilos que abres me dan ganas de dar un buen salto y leerlos? :lol:

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Re: O'Donnell - Benito Pérez Galdós

Mensaje por RAOUL » 17 Jul 2009 00:13

Hypathilla, guapa, que te espero con las damas ésas y el paraíso :60:


Tán mejó las primeras series. O a lo mejó no :roll:
La verdad es que me estoy dando cuenta de que la calidad de las series no resulta muy dispar.

Y luego es que este Galdós tiene unos golpes :cunao: ... Por ejemplo, cuando empieza a contar cómo se vestían las mujeres elegantes de la época. Explica que si la parte superior debía ir bien ceñida, que si se buscaba adelgazar mucho la cintura, que si se usaba una jaula de miriñaque ampulosísima... Entonces se para y termina diciendo (no es todo literal):"Bueno, señores, no me canso en seguir describiendo. Háganse Uds. cargo. La moda en aquellos años era exhibir la mitad de una señora colocada sobre la mitad de un globo".

Pos a mí me ha hecho soltar la carcajada :mrgreen:

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Re: O'Donnell - Benito Pérez Galdós

Mensaje por Hypathia » 17 Jul 2009 14:10

:meparto: :mrgreen: ¡Y a mí! Me gusta mucho ese humor... del tipo "como quien no quiere la cosa"... seguro que don Benito soltaba la perla tan pincho, tan serio, y se quedaba tan ancho. :lol: :lol: :mrgreen:

La ultima caída que leí fue de un personaje de Bailén, que decía que uno de sus capitanes se peinaba y emparejaba los rizos antes de entrar en batalla: "porque no hay nada que aterre tanto al enemigo como la conveniencia y buen parecer de nuestras personas". Qué chic. Imagen :meparto:

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Re: O'Donnell - Benito Pérez Galdós

Mensaje por RAOUL » 22 Jul 2009 19:00

Acabado el festejo y, no sé otros, pero desde luego el empresario ha salido por la puerta grande :60: . He aquí la segunda parte de la crónica:

“El gran Narváez sale a la plaza muy emperifollado, muy farruco y muy dispuesto a sentar cátedra con la ayuda de su formidable picador Candidito Nocedal. A pies juntos empieza a manejar la muleta con gestos y maneras opuestas a las de O’Donnell. Tauromaquia muy antigua la suya. La faena se convierte así en un trágala de pases reaccionarios en la que al toro no se le permite decir ni “mu”. Por su parte, a los espectadores se les impide la posibilidad de recurrir a la música de viento por el seguro procedimiento de taparles las boca; tras la mordaza, sólo se admiten los gritos de “olé”, o, mucho mejor, los de “amén”. Y, ¡ay del que se salga del guión! La fierecilla domada embiste por la cuenta que le trae, porque si no, ahí está el Niño de Loja descargando con la izquierda recios golpes de látigo sobre la testuz, el lomo o los cuartos traseros. Y el toro va, vaya que si va… Pero es evidente que los tiempos han cambiado, que ya no estamos en la primera época del presidente narizotas, y que semejante lidia a estas alturas asusta hasta a los más nostálgicos de palco. Por tanto, pañuelo verde al aire y segunda oportunidad para “Irlandesito de Lucena”. Narváez regresa al callejón muy disgustado y llevándose las manos a la cabeza: “Pero, vamos a ver, ¿quién preside aquí esta cosa? ¿La señora del palco o la veleta del tejado?”
Y así, con O’Donnell de nuevo en la arena en compañía de toda su cuadrilla de la “Unión Tauromáquica Liberal”, que pretende reunir a lo mejor y más granado de las escuelas moderada y progresista en un toreo limpio y centrado, concluye el festejo”.

Y así concluye también un episodio maravilloso como es éste de “O’Donnell” y el extraordinario hervidero de seres humanos que lo pueblan y lo cruzan desde el primer capítulo hasta el último: políticos, funcionarios, aristócratas decadentes y en vías de la ruina junto a otros ennoblecidos por vía de un matrimonio conveniente e instalados en la ociosidad y el cinismo, burgueses en ascenso y en descenso, comerciantes y empresarios de moda, mujeres de la vida, damas de caridad, miembros del pueblo llano que suda la gota gorda para comerse una patata, pobres de solemnidad, inválidos desamparados, mendigos desarrapados… Vamos desde la alcoba del primer ministro, donde O’Donnell le lee a su mujer el último folletín de Dumas, hasta la habitación desnuda de una familia que no encuentra más que una lechuga para cenar. Desde el palacio donde se alumbra al príncipe de Asturias hasta las plazuelas más humildes de Madrid, pasando por los restaurantes de lujo, los mercados de abastos o las primeras compañías de seguros. Todo pintado y tratado de una forma admirable, vivísima. ¡Qué extraordinarios esos últimos capítulos del libro, centrados ya en la historia de Teresa, y de qué manera se nos muestra su alma hasta hacer persona del personaje!
No es que los Episodios Nacionales puedan sustituir a un buen manual de Historia de España del siglo XIX, pero lo complementan y recrean dándonos cuenta de las preocupaciones e ilusiones de nuestros antepasados de una forma genial. Son como la sangre y la carne que rodea al esqueleto Si, por ejemplo, Galdós no tuviera ya una novela tan magistral como “Miau” dedicada al tema de los cesantes, ¿acaso no bastaría leer algunos pasajes de “O’Donnell” (capítulos III y XVI) para obtener una idea clara de los sentimientos y aspiraciones de toda esa casta, cuyos medios de vida –el comer, vamos- dependían de algún puesto o puestecillo en la Administración? Qué fantástica esa imagen de los que, tras un cambio político, suben corriendo locos de alegría mientras otros deben bajar con la angustia de los condenados.

“Otra vez el alta y baja de ropa; otra vez el vertiginoso triquitrín de las tijeras de los sastres; otra vez La Gaceta cantando los nuevos nombramientos con grito semejante al de las mujeres que pregonaban los números de la Lotería; otra vez la procesión triunfal de los que subían por las empolvadas escaleras de los Ministerios, y el lúgubre desfile silencioso de los que bajaban…”

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