Aita Tettauen - Benito Pérez Galdós

Grandes clásicos de la literatura mundial.

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RAOUL
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Aita Tettauen - Benito Pérez Galdós

Mensaje por RAOUL » 10 Feb 2010 20:53


Episodios Nacionales
Serie IV, Episodio 6º


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En cuanto a la sinopsis, bastará decir que en este episodio Galdós se propone narrar la Primera Guerra de Africa (1859-1860). Como el asunto tenía enjundia y como le cundió más que medianamente, el episodio se quedó corto y necesitó más de la mitad del siguiente título de la serie para rematar la faena.

Dividida la novela en cuatro partes, la primera se dedica a explicar las razones del conflicto y a describir el ambiente prebélico. Pocas veces hubo en España una guerra más popular, que se apoyara con tanto entusiasmo. Partidos políticos de todos los pelajes y prensa de todos los colores encauzaron el sentimiento popular de manera que en todos lados se organizaron campañas de recaudación de fondos y alistamiento de voluntarios. Desde el niño hasta el obispo, desde la tribuna pública ("El dedo de Dios nos marca el camino que debemos seguir para aniquilar al agareno") hasta la más cochambrosa taberna se clamaba venganza por el ultraje sufrido a manos de las fieras cabilas del Sultán.

Fueron los españoles a la guerra porque necesitaban gallear un poquito ante Europa, y dar al sentimiento público, en el interior, un alimento sano y reconstituyente. Demostró el general O'Donnell gran sagacidad política, inventando aquel ingenioso saneamiento de la psicología española. Imitador de Napoleón III, buscaba en la gloria militar un medio de integración de la nacionalidad, un dogmatismo patrio que disciplinara las almas y las hiciera más dóciles a la acción política. Con las victorias de Crimea y de Italia fabricó Napoleón patriotismo más o menos de ley, que hubo de servirle para consolidar su imperio. Francia nos daba las modas del vestir, las modas del pensar y del sentir artístico: nos hacía los ferrocarriles; nos ponía, con mano -46- de niñera ilustrada, en los andadores del progreso; de Francia trajimos también una remesa de imperialismo casero y modestito, que refrescó nuestro ambiente y limpió nuestra sangre viciada por las facciones.


De entre el ingente censo de personajes galdosianos, un apartado destacado lo forman los niños y los locos. En este episodio conocemos a otro niño memorable, Vicentito Halconero, baldado de una pierna, de salud más que quebradiza y enloquecido con la cosa de las batallas y los militares. Vicentito asiste desde su balcón al continuo movimiento de tropas y uniformes y hasta su hogar llegan y desfilan los nubarrones bélicos que decargan en tertulias, movimientos tácticos de mesa camilla y pregones de enrolamiento.

Tras el estupendo y animado preludio, cruzamos el estrecho y desembarcamos con las tropas en Africa, con el propio O'Donnell de general en jefe y los generales Zabala, García, Echagüe y Prim al mando de otros cuerpos del ejército. A partir de ahí nos toparemos con todo tipo de personajes (soldados rasos y oficiales con extraordinario concepto del honor, periodistas -por aquí anda el gran Pedro Antonio de Alarcón componiendo su "Diario de un testigo de la guerra de África"-, curas castrenses, intérptetes de la lengua mahometana, cirujanos, cantineras...) y toda clase de lances entre campos de batalla, tiendas de campañas y hospitales de sangre.

Tremenda, por ejemplo, la estampa de Juan Prim en la famosa Acción del 1 de enero de 1860
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El suelo estaba lleno de cadáveres, el aire de un alarido en que las dos lenguas, árabe y española, juntaban sus maldiciones y los acentos de la fiereza humana, lenguaje animal anterior al de los hombres. Retrocedían los de Córdoba, empujados por los moros, y casi tocaban ya al sitio en que habían soltado sus mochilas... Ya no había más salida de aquel laberinto, ni más remedio del desastre, que no prodigio del Cielo, o de los hombres por divina inspiración. Prim, lívido, vibrando de pies a cabeza, imagen de la desesperación altanera que no admite la derrota y borra la idea de muerte del espacio mental en que se pintan las ideas, arengó por milésima vez a su gente. Gaminde había desenfundado la bandera de Córdoba, para que, desplegada, fueran sus vivos colores como latigazo en la retina de los soldados, casi ciegos ya del humo, atontados por la fatiga, y a punto de sentir apurada y nula su brutal fiereza. Prim empuñó el mástil de la bandera; al viento dio la tela, y con la tela unas palabras roncas, ásperas, como si las soltara con un desgarrón de su laringe... Más por la expresión que por el sonido las entendieron los que le rodeaban... Coger la bandera, echar la tremenda invocación, hincar espuelas al caballo y saltar este sobre el tropel de moros, fue todo un instante...

Del lado allá de este instante, que era como vértice en los órdenes del tiempo, estaba el milagro. El milagro fue que los hombres se multiplicaron. Ya no se vio más que el cruzarse de bayonetas y yataganes, el brillar de los ojos como brasas, el hervor de un mar en que sobresalían miles de brazos agitando las armas. La masa española se incrustó en la mora. El fiero caballo del General, aunque herido, descargaba sus patas delanteras sobre cuantos cráneos a su alcance cogía. Las bayonetas segaban los haces enemigos. Morazos de tremenda estatura caían hacia atrás, elevando al cielo los remos inferiores como si fueran brazos; españoles caían también, de bruces, heridos de muerte, agujereados vientre y pecho. Otros pasaban sobre ellos... seguían creciendo y multiplicándose, a cada momento más esforzados, con mayor desprecio de la vida... El General, siempre delante, echando rayos de su boca, a todos deslumbraba con su locura increíble.

Sin duda, la figura de Prim, arrojándose a la muerte y ofreciéndose con cierta voluptuosidad de sacrificio heroico a las cuchillas y a las balas enemigas, debió de producir en el ánimo de los moros una fascinación inaudita... Sobrecogidos los que recibieron terribles golpes; desalentados los que veían la inutilidad de su bravura, corrieron todos en querencia de lugares seguros... Les llamaba el interior plácido de su país... Iban a sus aduares, a sus casas, a sus mezquitas, bien como los animales acosados que siempre buscan la orientación de sus viviendas. En bandadas huyeron. Las posiciones quedaron rescatadas; el suelo limpio de moros vivos, no de muertos, pues tantos eran que daba horror ver el campo. No pocos españoles yacían entre los despojos de tan horrible matanza. Las dos patrias, las dos religiones, semejantes, en aquel empeño de honor, a las antiguas divinidades iracundas que no se aplacaban sino con holocaustos de sangre, ya podían estar satisfechas. Y los muertos, el sin fin de hombres sacrificados en el ara sacrosanta, ¿qué pensarían de aquel furor con que los degollaban como carneros para que desarrugase el ceño la diosa implacable?... ¿Será verdad que la diosa, cuando bebe mucha sangre, se pone muy contenta, y en su seno acoge con amor a las innumerables víctimas de la guerra? Así por lo menos se dice en todas las odas que consagran los poetas a cantar batallas...


Y tremenda también la narración del penoso avance del ejército español en su marcha contra Tetuán, acosado por el enemigo, por el mal tiempo, por el hambre y por la epidemia.

"Odio la guerra, y admiro a los que sin esperar ningún beneficio de ella, inocentes piezas del ajedrez militar y político, se lanzan a empeños heroicos por un fin que sólo a los jugadores interesa. Cada día veo con más dolor de mi alma estos horrores inhumanos; pero también digo, despojándome hasta del último plumacho de la fanfarronería que fue mi encanto antes de venir aquí; también digo que no hay en el mundo soldados que hagan esto... batirse mojados y muertos de hambre por un ideal colectivo, la gloria, de que sólo les corresponderá parte inapreciable. O son ellos la misma inocencia, o llevan dentro un poder anímico de extraordinaria intensidad. Si el poder anímico produce estos actos en la guerra, ¿qué actos produciría en la paz? Falta saberlo; falta verlo. Pero no lo veremos, porque no hay caudillos que arrastren a los soldados a las hazañas pacíficas... No sé en qué consiste que el patriotismo es casi siempre un sentimiento guerrero; no concebimos la patria sino incrustada en la idea de conquista; no pronunciamos su nombre sin que en el aire repercuta con son de trompetas y tambores»

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RAOUL
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Re: Aita Tettauen - Benito Pérez Galdós

Mensaje por RAOUL » 11 Feb 2010 12:47

En la tercera parte Galdós introduce un giro. De una narración en tercera persona se pasa a otra en primera y de tener los ojos puestos hacia Tetuán pasamos a mirar en dirección a Ceuta. Es decir, que nos trasladamos al campo y al bando de la morisma :mrgreen: para ver, a través del catalejo inglés de Muley Abbas, el príncipe mahometano, el inquietante avance del ejército infiel.

No cabe duda de que que la tropas del Mogreb resultan de lo más lustroso y abigarrado 8)
Allí estaba el Mogreb: todo lo vivo y sano de esta tierra de bendición que Allah tiene por suya. Contar los hombres que pisaban el suelo desde las alturas medias de El Darsa a la vaga corriente de Guad El Gelú, habría sido tan difícil como sacar cuenta exacta de las estrellas del Cielo. En el enjambre bullicioso distinguí las rudas facciones del bereber, de ojos encendidos y ágiles movimientos; vi los negros del Sus, de expresión triste y dulce mirar; los muladís, o mestizos de sudanés y bereber, veloces en la carrera y astutos en la intención; vi el árabe de Oriente, cuyo rostro, de belleza descarnada, trae a la memoria la imagen del Profeta, y el árabe español o granadino, de fina tez, fácilmente reconocido por su compostura aristocrática. ¡Y qué variedad de trajes y atavíos! ¡Cuánto más pintoresca nuestra tropa que la de España, en que los soldados van igualmente vestidos, como frailes o alumnos de una escuela eclesiástica! No son personas, sino muñecos fabricados conforme a un vulgar patrón de la industria de sastres. Aquí veo la rica variedad de colores que me dice los gustos de cada tribu y de cada país. Los montañeses del Riff 3 traen sus pardas chilabas terrosas, para que el color les ayude a confundirse con los tonos del suelo; los más pudientes las adornan con caireles y flecos de risueños colores. Ved allí los talebes, de blanca vestidura, y los bereberes de Semmur, gustosos de que los vivos matices de sus trajes ofrezcan blanco seguro al enemigo. De esta otra parte aparecen los ricos árabes tetuaníes y facíes, con el blanco albornoz que ennoblece la figura; los negros bukaras ostentan el rojo de sus gorros puntiagudos; los del Sus visten caftanes listados de blanco y rojo, y los beni-argas y tsuliés combinan el negro y blanco... ¡Qué armonía en esta variedad, y qué hermoso espectáculo el de tanta gente que trae a la guerra la unidad de su fe, manteniéndose cada cual en la forma y colorines que la tradición de su tribu le impone!


Por tal vía alcanzamos noticia del ambiente que se respira en la ciudad todavía musulmana, sometida a un progresivo despoblamiento, al desgobierno y al saqueo de los bandidos rifeños.
Hasta que llegamos a la decisiva batalla final. Poco después, comienza la cuarta parte del libro donde se desemboca en una especie de novela en la que se funden la picaresca al estilo de "La segunda casaca" y la mismísma "Celestina", pues nos topamos con una Celestina maga y alcahueta, con un Calixto apasionado y repensado y con una Melibea bien guapa y graciosa. En este "marco" y trasfondo los españoles atraviesan los muros de Tetuán sin que se les oponga resistencia y hasta entre vítores

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Varias cosas se pueden destacar de esta novela, pero me quedo fundamentalmente con tres:

1ª. El juego de perspectivas. La novela es como una sinfonía en cuatro movimientos donde, tras el preludio inicial, las restantes tres partes se dedican a cada uno de los tres colectivos humanos implicados en el conflicto: el cristiano, el musulmán y el judío. De este modo, tenemos oportunidad de conocer los pensamientos, inquietudes y sentimientos de todos. Así, pasamos por el campamento de O´Donnell pero también por el cuartel general de Muley Abbas y por las callejuelas y casas del barrio judío de Tetuán. La estructura está estupendamente pensada.

2ª. Galdós ofrece no sólo un claro mensaje antibelicista -que no antimilitar pues todos los militares, desde los generales profesionales hasta los soldados voluntarios, están tratados con respeto y admiración- sino de hermanamiento de culturas y religiones ("Allah y la Virgen te acompañen. Todo es lo mismo... Dios hizo al hombre, y el hombre ha hecho los nombres de Dios" ). En este sentido, "Aita Tettauen" me ha recordado a otra novela muy anterior de Galdós, "Gloria", donde se plantea un caso dramático de intolerancia cuya situación aquí se replantea. La posición de Galdós no ha cambiado, pero el mensaje de esperanza parece salir ahora reforzado a expensas de lo que suceda en la narración interrumpida.
Odio la guerra, y deseo que todos los pueblos vivan en perpetua concordia, con amplia libertad de sus costumbres y de sus religiones. Echar a pelear a Dios contra Allah, o a este contra Jehovah, es algo semejante a las riñas de gallos, con sus viles apuestas entre los jugadores. Pero la paz no sería buena y fecunda sin el amor, que es el aumento de las generaciones, y la continuación de la obra divina. Dios no dijo "Menguad y dividíos", sino "Creced y multiplicaos". Luego Dios bendijo el amor, y condenó las estúpidas guerras.


3º. Por último, una cosa muy hermosa y emocionante que está en la Historia y también aparece en esta novela... Cuando los españoles entraron en Tetuán se encontraron con numerosa gente que acudía a recibirlos y que en su mismo idioma castellano les decía: "Somos judíos, somos amigos". Eran los descendientes de los expulsados de España cuatro siglos antes. Hay que destacar y aplaudir el esfuerzo de Galdós por reproducir la lengua sefardita -desconozco con qué grado de acierto- porque todos los personajes judíos que hablan aquí lo hacen en sefardí. Para muestra un botoncillo delicioso en forma de diálogo entre un español y una hebrea:

-Si eres joya sin pulimento, más me agradas así. ¿Quieres que este pobre maestro te instruya, y adorne con luces de saber humano el divino entendimiento que posees?
-Sí que deseo polirme, y ser menos bruta de lo que so, que aquí en nuestras partes de Marroco no ha escuelas ande deprender cosas muchas y finas de lustración de Espania, Viena o la Rumanía.
-¿Quieres que proponga a tu padre tomarme de maestro tuyo? ¿Crees que pondrá en mí su confianza?
-No: antes ha de poner mi padre un garrote en tus costillas, y quitarme a mí de que te hable y oiga tus loores graciosos.
-Pues véate yo sin conocimiento de tu padre, y te instruiré, que en ello no ha de haber malicia, Yohar.
-Ni malicia ni perjudicio, sino ganicas mías de ver, de catar sabiduría. Creime, Juan, que es dolor de una mujer verse inorante y abrutada de tantas cosas.

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